Detrás de un gran amor... hay una gran historia

DISCLAIMER: Ni la mayor parte de las líneas aquí escritas, ni los personajes de MSLN me pertenecen sino a sus respectivos autores.


Capitulo 3: Coincidencias, ¿será que existen?


Esa misma noche, poco antes, y a ciento cincuenta kilómetros de distancia, ella se sentó sola, con una pierna cruzada debajo del muslo, en el columpio del porche de la casa de sus padres. El asiento estaba ligeramente húmedo. Acababa de caer un fuerte chaparrón de gotas punzantes, pero las nubes se alejaban y miró más allá de ellas, a las estrellas, preguntándose si su decisión sería acertada. Había dudado durante días —y seguía dudando esa noche—, pero sabía que si dejaba escapar esa oportunidad, jamás podría perdonárselo.

Chrono ignoraba la auténtica razón del viaje previsto para el día siguiente. Hacía una semana, ella había insinuado que quería ir a echar un vistazo en algunos negocios de antigüedades cerca de la costa.

—Sólo estaré fuera un par de días — había dicho — Necesito tomarme un descanso de los preparativos de la boda —

No le gustaba mentirle, pero sabía que no podía decirle la verdad. Su escapada no tenía nada que ver con él, y no hubiera sido justo pedirle que la entendiera.

El viaje desde Raleigh fue tranquilo, duró algo más de dos horas, y llegó poco antes de las once. Se inscribió en un pequeño hotel del centro, subió a su habitación y deshizo la valija. Colgó los vestidos en el armario y puso todo lo demás en los cajones. Almorzó rápidamente, pidió información a la camarera sobre los negocios de antigüedades más cercanos y dedicó las horas siguientes a las compras. A las cuatro y media regresó a su habitación.

Se sentó en el borde de la cama y telefoneó a Chrono. Él no tenía mucho tiempo para hablar, pues debía estar en los tribunales a las cuatro, pero antes de despedirse, ella le dio el número del hotel y prometió llamarlo al día siguiente.

—Perfecto — pensó mientras colgaba el auricular. Una conversación de rutina, nada fuera de lo corriente. Nada que despertara sospechas.

Lo conocía desde hacía dos años. Se habían visto por primera vez en 1942, cuando el mundo estaba en guerra y los Estados Unidos llevaban un año en la contienda. Todos contribuían a su manera, y ella trabajaba como voluntaria en un hospital del centro. Allí la necesitaban y la apreciaban, pero las cosas resultaron más complicadas de lo que había esperado. Las primeras cuadrillas de jóvenes soldados heridos volvían a casa, y ella pasaba los días con hombres destrozados y cuerpos mutilados. Cuando Chrono, con su natural encanto, se presentó a sí mismo durante una fiesta de Navidad, le pareció justo lo que necesitaba: alguien con fe en el futuro y un sentido del humor capaz de ahuyentar todos sus temores.

Era atractivo, inteligente y decidido, un próspero abogado ocho años mayor que ella, cuya pasión por el trabajo lo llevaba a ganar muchos juicios y a hacerse un nombre en la profesión. Ella comprendía su obsesión por el éxito, pues tanto su padre como la mayoría de los hombres de su círculo social la compartían. Chrono tenía una educación idéntica, y en la sociedad clasista del sur, los apellidos y los logros eran la condición más importante para el matrimonio. En muchos casos, eran la única condición.

Aunque ella se rebelaba secretamente contra esa norma desde la infancia, y había salido con varios chicos que, en el mejor de los casos, podían ser calificados de advenedizos, se sentía atraída por el carácter afable de Chrono y poco a poco había llegado a quererlo. A pesar de las muchas horas que dedicaba al trabajo, era bueno con ella. Era un caballero, maduro y responsable, y durante los momentos más difíciles de la guerra, cuando ella necesitaba a alguien que la abrazara, Chrono nunca le falló. Con él se sentía segura y amada, y por eso había aceptado su proposición de matrimonio.

Esos recuerdos la hicieron sentir culpable por estar allí, y comprendió que debería hacer la valija y marcharse de inmediato, antes que cambiara de idea. Ya lo había hecho una vez, mucho tiempo antes, y estaba segura de que si volvía a marcharse, jamás se atrevería a regresar. Tomó el bolso, titubeó un momento, y se dirigió a la puerta. Pero la casualidad la había empujado allí, así que dejó el bolso, sabiendo que si renunciaba a sus planes, siempre se preguntaría qué habría pasado si se hubiera quedado. Y esa incógnita no la dejaría vivir en paz.

Entró en el baño y abrió la canilla de la bañera. Después de comprobar la temperatura del agua, regresó a la habitación y fue hacia la cómoda, quitándose los aros de oro en el camino. Abrió el estuche del maquillaje, sacó una afeitadora y una pastilla de jabón y se desnudó frente al espejo.

Una vez desnuda, contempló su imagen. Desde jovencita había oído decir que era preciosa. Su cuerpo era firme y proporcionado, con los pechos suavemente redondeados, el vientre plano, las piernas delgadas. Había heredado de su madre los pómulos prominentes, la piel tersa, el cabello cobrizo y hasta el color de sus ojos. Como siempre decía Chrono, tenía unos ojos como "las olas del mar".

Volvió al baño con la afeitadora y el jabón, cerró la canilla, dejó una toalla a mano, y se metió con cuidado en la bañera.

Se sumergió en el agua, disfrutando de su efecto relajante. El día había sido largo y tenía la espalda tensa, pero se alegraba de haber acabado tan pronto con las compras. Debía volver a Raleigh con algo tangible, y las compras efectuadas cumplirían ese cometido. Se dijo que debía informarse sobre otros negocios de la zona de Beaufort, pero de inmediato pensó que no sería necesario. Chrono nunca dudaría de su palabra.

Tomó el jabón, se enjabonó y empezó a afeitarse las piernas. Mientras tanto, pensó en sus padres y en lo que dirían de su conducta. Sin duda la condenarían, en especial su madre. Ella jamás había aprobado lo ocurrido durante el verano pasado allí, y mucho menos aprobaría esa escapada, por más explicaciones que le diera.

Permaneció un rato más en la bañera, y finalmente salió y se secó. Abrió el armario, buscó un vestido y optó por uno amarillo largo, ligeramente escotado, acorde con la moda del sur. Se lo puso y dio un par de vueltas frente al espejo. La favorecía, le daba un aspecto muy femenino, pero a último momento cambió de idea y volvió a colgarlo en la percha.

Se decidió por un modelo menos elegante y provocativo. El vestido, de color azul cielo, abotonado en la delantera y con puntillas, no era tan bonito como el primero, pero le confería un aire que le pareció más apropiado.

Apenas se maquilló. Sólo un toque de sombra y rímel para destacar los ojos. Luego un poco de perfume, no demasiado. Se puso un par de aros de argolla y se calzó las mismas sandalias sin tacón que llevaba antes. Se cepilló el cabello cobrizo, lo recogió en una coleta de medio lado y se miró al espejo. No, pensó, era demasiado y volvió a soltárselo.

—Mejor así — dijo para sí misma volviendo a verse en el espejo.

Cuando hubo terminado, retrocedió unos pasos y se examinó. Estaba bien, ni demasiado arreglada ni demasiado informal. No quería excederse. Al fin y al cabo, no sabía con qué se iba a encontrar. Había pasado mucho tiempo —quizá demasiado— y podían haber ocurrido muchas cosas, incluso algunas en las que prefería no pensar.

Bajó la vista, comprobó que le temblaban las manos y se rió de sí misma. Era curioso; nunca se ponía tan nerviosa. Al igual que Chrono, siempre se mostraba como una persona segura, incluso de pequeña. Recordaba que ocasionalmente esa actitud le había causado problemas, sobre todo cuando salía con chicos, porque intimidaba a la mayoría de los jóvenes de su edad.

Tomó el bolso, las llaves del coche y finalmente la de la habitación. La giró en la mano un par de veces, pensando.

—Si has sido capaz de llegar hasta aquí, no te rindas ahora — Se dirigió a la puerta, pero antes de llegar retrocedió y volvió a sentarse en la cama. Miró el reloj. Sabía que debía marcharse pronto. Quería llegar antes que oscureciera, pero necesitaba un poco más de tiempo.

— ¡Maldita sea! —Murmuró— ¿qué hago aquí? No debería haber venido. No hay ninguna razón —Pero una vez que lo dijo, supo que no era así. Tenía sus motivos. Al menos encontraría la respuesta que buscaba.

Revolvió en el bolso hasta que encontró un recorte de diario doblado. Lo sacó despacio, casi con reverencia, con cuidado de no rasgar el papel. Lo desplegó y lo miró fijamente unos instantes.

—Es por esto —dijo por fin— esta es la razón.

Notas del autor: Este capitulo es cortito pero en el se revela parte de la situación actual de Nanoha ¿Sera capaz de encontrar la respuesta que tanto busca en New Bern?...

Hubo alguien que me dijo: "¬¬ porque Zest como el hombre que crió a Fate?". casi me gano una golpiza cuando una amiga me lo pregunto XD. La verdad es que tener una razón de peso no la tengo, solo se me ocurrió, ademas que no quería dejar a Jail como el padre de mi querida Fate-chan u.u y en cuanto a Chrono, la verdad me parece mejor partido que Yuuno XD y hay que aceptar de que suena mejor el Harlaown que el Scrya.

El próximo capitulo sera mas extenso y se centrara en el pasado de Fate, todo lo que vivió antes y después de haber conocido a Nanoha.

Gracias a aquellos que invierten algunos minutillos valiosos de su tiempo para leer esta adaptación ^^ nos vemos en la proxima.