Detrás de un gran amor... hay una gran historia

DISCLAIMER: Ni la mayor parte de las líneas aquí escritas, ni los personajes de MSLN me pertenecen sino a sus respectivos autores.


Capitulo 4: Mi historia sin ti


Fate se levantó a las cinco y, fiel a su costumbre, dio un paseo en canoa por el río. Cuando volvió, se puso la ropa de trabajo, calentó unas galletas del día anterior, agregó un par de manzanas y acompañó el desayuno con dos tazas de café.

Trabajó otra vez en la valla, reparando la mayoría de las estacas que lo necesitaban. La temperatura —más de veintiséis grados— era insólita para la época, y a mediodía estaba tan acalorada y cansada, que se alegró de poder tomarse un descanso.

Decidió comer a orillas del río porque los salmonetes estaban saltando. Le gustaba verlos saltar tres o cuatro veces y flotar en el aire antes de desaparecer en el agua. Por alguna razón, siempre se alegraba de que el instinto de los peces hubiera permanecido inmutable durante miles, quizá cientos de miles, de años.

A veces se preguntaba si los instintos del ser humano habían cambiado en ese tiempo, y siempre llegaba a la conclusión de que no. Por lo menos en los aspectos más básicos y primitivos. Le constaba que el hombre siempre había sido agresivo, ansioso por dominar, por controlar el mundo y todo lo que se encontraba en él. Las guerras en Europa y en Japón daban fe de ello.

Dio por concluida la jornada de trabajo poco después de las tres y caminó hasta un pequeño cobertizo situado cerca del desembarcadero. Entró, sacó la caña de pescar, un par de cebos y unos cuantos grillos vivos que siempre tenía a mano, luego salió al desembarcadero, enganchó el cebo al anzuelo y lanzó el sedal.

Siempre que salía a pescar, acababa reflexionando sobre su vida, y esa vez no fue una excepción. Recordó que tras la muerte de sus padres había vivido en una docena de casas diferentes. En ese entonces tartamudeaba ostensiblemente y los demás niños se burlaban de ella. En consecuencia, comenzó a hablar cada vez menos hasta que un día, se negó rotundamente a hacerlo. Cuando empezó a ir a la escuela, los maestros la tomaron por retrasada y recomendaron a Zest que la retirara de allí.

Sin embargo, Zest decidió tomar cartas en el asunto. Se ocupó de que siguiera yendo a clase, y todas las tardes, al terminar la jornada escolar, la llevaba al aserradero para que lo ayudara a levantar y apilar la madera que pudiera cargar.

—Es bueno que pasemos tiempo juntos — decía el fornido hombre mientras trabajaban codo con codo — como hacíamos mi padre y yo —

Durante esas horas, Zest le hablaba de pájaros y animales, o le contaba leyendas típicas de Carolina del Norte. Unos meses después, Fate comenzó a hablar otra vez, aunque no muy bien, así que Zest decidió enseñarle a leer con libros de poesía.

—Aprende a leer esto en voz alta y serás capaz de decir todo lo que se te ocurra — Dijo él mientras le entregaba un libro liviano de caratula gastada.

Una vez más, aquel hombre tenía razón, y al cabo de un año, Fate había dejado de tartamudear. Pero continuó yendo al aserradero todos los días, sencillamente porque él estaba allí y por las noches leía la obra de Whitman y Tennyson en voz alta mientras Zest se hamacaba en la mecedora. Desde entonces, nunca dejaba de leer poesía.

Cuando fue algo mayor, pasaba la mayoría de los fines de semana y las vacaciones a solas. Exploró el bosque aledaño al pueblo en su primera canoa, remontando el río Brices, y treinta kilómetros más arriba, cuando le fue imposible seguir, recorrió andando los kilómetros que quedaban hasta la costa. Acampar y explorar se convirtieron en su pasión, y pasaba horas en el bosque, sentada a la sombra de un roble, silbando quedamente y tocando la guitarra para un público de castores, gansos y garzas salvajes. Los poetas sabían que la soledad en la naturaleza, lejos de la gente y los objetos creados por el hombre, era buena para el alma, y Fate siempre se había identificado con los poetas.

Aunque era de temperamento tranquilo, su larga experiencia cargando uno que otro peso en el aserradero le ayudó a destacarse en los deportes, y sus logros deportivos le dieron popularidad. Disfrutaba de las competiciones de atletismo, pero aunque la mayoría de sus compañeros de equipo pasaban juntos también el tiempo libre, Fate rara vez se reunía con ellos. Algunos de sus amigos la consideraban arrogante, pero la mayoría simplemente pensaba que era más madura que sus contemporáneos. Tuvo algunos escarceos amorosos en el instituto ya que desde temprana edad descubrió su atracción por las mujeres pero ninguna chica dejó huellas en ella. Salvo una. Y esa llegó después de la graduación.

Nanoha. Su Nanoha.

Recordó que después del festival había hablado de Nanoha con Yuuno, y que su amigo se había reído de ella. Luego le hizo dos predicciones: la primera, que se enamorarían y la segunda, que la relación no prosperaría.

Percibió un ligero tirón en el sedal y deseó que se tratara de un salmonete, pero el movimiento cesó, y tras enrollar el sedal y comprobar que el cebo seguía allí, volvió a lanzar...

Las dos predicciones de Yuuno resultaron acertadas. La mayoría de las veces, Nanoha tenía que mentir a sus padres para verla. No porque Fate no les cayera bien, sino porque estaba claro que una relación entre dos chicas no estaba bien vista para la sociedad y menos para alguien de la clase social de Nanoha, era intolerable. Ellos no querían que su hija terminara involucrada en algo así. Por eso, lo mejor era verse a escondidas y no levantar sospechas.

—Me da igual lo que piensen mis padres, te quiero y siempre te querré — aseguraba Nanoha—Encontraremos la forma de estar juntas —

Pero al final no pudieron. A principios de septiembre, acabada la cosecha de tabaco, Nanoha no tuvo más remedio que volver a Winston-Salem con su familia.

—Sólo ha terminado el verano Nanoha, nuestra relación no — había dicho Fate la mañana en que ella se marchó— Nunca terminará —

Pero lo hizo. Por razones que Fate nunca comprendería, Nanoha no respondió a ninguna de las cartas que le envió.

Poco después decidió marcharse de New Bern para quitársela de la cabeza, pero también porque corrían los tiempos de la Depresión, y resultaba casi imposible ganarse la vida allí. Primero fue a Norfolk y trabajó seis meses en un astillero, hasta que la despidieron. Luego se trasladó a Nueva Jersey, donde, según decían, la situación económica era mejor.

Finalmente comenzó a trabajar en una chatarrería, separando el metal del resto de los desperdicios. El propietario, un japonés llamado Genya Nakajima, estaba empeñado en reunir la mayor cantidad posible de metal, convencido de que la guerra en Europa era inminente y que los Estados Unidos se verían obligados a intervenir. A Fate, sin embargo, sus motivos la tenían sin cuidado. Simplemente se alegraba de tener un empleo.

Su larga experiencia en el aserradero la había preparado para esa clase de tareas y trabajaba duro. No sólo porque así conseguía olvidar a Nanoha durante el día, sino también porque estaba convencida de que era su deber. Zest siempre le había dicho: "Entrega un día de trabajo por un día de paga. De lo contrario, estarás robando". Esa actitud complacía a su jefe.

—Lástima que no seas japonesa —decía Nakajima— en todo lo demás eres una muchacha excelente —Era el mejor cumplido que podía hacer el japonés.

Seguía pensando en Nanoha, sobre todo por las noches. Le escribía una vez al mes, pero nunca recibió respuesta. Por fin envió la última carta y se obligó a aceptar el hecho de que jamás compartirían nada más que aquel verano juntas.

No obstante, ella seguía presente. Tres años después de la última carta, viajó a Winston-Salem con la esperanza de encontrarla. Fue a su casa, descubrió que se había mudado, y después de consultar a los vecinos, telefoneó a JRJ. La empleada que atendió el teléfono era nueva y no reconoció el apellido, pero echó un vistazo a los ficheros del personal. Averiguó que el padre de Nanoha había abandonado la empresa y que en su ficha no figuraba ninguna dirección. Tal vez habían regresado a Japón ya que de ahí provenía su familia, fue el pensamiento de la rubia. Aquella fue la primera y única vez que Fate la buscó.

Continuó trabajando para Nakajima durante los ocho años siguientes. Al principio, era una más de los doce empleados, pero con el tiempo la empresa prosperó y consiguió un ascenso. En 1940 dominaba el negocio y estaba al mando de todas las operaciones, desde el control de las transacciones a la supervisión de un equipo de treinta personas. La chatarrería se había convertido en el mayor negocio de compra y venta de metales de la Costa Este.

En aquellos tiempos salió con varias mujeres. Tuvo una relación seria con una de ellas, una camarera del restaurante local de intensos ojos azules y sedoso cabello rubio igual al suyo llamada Carim. Aunque el noviazgo duró dos años, nunca llegó a sentir por ella lo mismo que por Nanoha.

Pero tampoco la olvidó. Carim era unos años mayor que ella, y le había enseñado las maneras de complacer a una mujer, los sitios donde tocar y besar, los puntos donde demorarse, las palabras que debía susurrar. A veces se pasaban el día entero en la cama, abrazadas, haciendo el amor de la forma más satisfactoria para ambas.

Carim sabía que no estarían juntas para siempre. Hacia el final de la relación, se lo había dicho:

—Ojalá pudiera darte lo que buscas, pero no sé qué es. Ocultas una parte de ti a todo el mundo, incluso a mí. Es como si no estuvieras conmigo. Tu mente está con otra —Fate habría querido negarlo, pero solo se quedo en silencio—Sé mucho de estas cosas. A veces, cuando me miras, sé que ves a otra persona. Es como si esperaras que ella apareciera por arte de magia y te llevara lejos de todo esto...

Un mes después, Carim fue a verla al trabajo y le dijo que había conocido a alguien. Fate lo entendió. Se separaron como amigas, y al año siguiente Carim le envió una postal diciéndole que se había ido a vivir lejos de todo, donde nadie interfiriera en el amor entre ella y su actual pareja. No volvió a saber de aquella rubia desde entonces.

Mientras estuvo en Nueva Jersey, visitaba a Zest una vez al año, para Navidad. Pescaban, charlaban y de vez en cuando hacían una escapada a la costa y acampaban en las Outer Banks, cerca de Ocracoke.

En diciembre de 1941, cuando tenía veintiséis años, estalló la guerra, tal como había predicho Nakajima. Un mes después, Fate entró en su despacho e informó a Nakajima de sus intenciones de alistarse, y luego volvió a New Bern a despedirse de Zest. Cinco semanas más tarde estaba en el campo de entrenamiento de reclutas. Allí recibió una carta de Nakajima dándole las gracias por su trabajo, y adjuntando un documento que le daba derecho a un pequeño porcentaje de la chatarrería en caso de que ésta se vendiera alguna vez.

"No podría haberlo conseguido sin ti", decía la carta. "A pesar de no ser japonesa, eres la mejor empleada que he tenido."

Pasó los dos años siguientes en el tercer regimiento de Patton, recorriendo los desiertos del norte de África y los bosques europeos con muchos kilos en su espalda. Su unidad de infantería siempre estaba cerca de la acción. Vio morir a sus amigos y asistió al entierro de varios de ellos a miles de kilómetros de la patria. En una ocasión, cuando estaba oculta en una trinchera en las cercanías del Rin, le pareció ver a Nanoha velando por ella.

Recordó el final de la guerra en Europa y, unos meses más tarde, en Japón. Poco antes de que todo acabara, recibió una carta de un abogado de Nueva Jersey que representaba a Genya Nakajima. Cuando se reunió con el abogado, descubrió que Nakajima había muerto un año antes y que sus bienes habían sido liquidados. El negocio se había vendido, y Fate recibió un cheque por casi setenta mil dólares.

Una semana después regresó a New Bern y compró la casa. Recordaba que más tarde había llevado a su padre a verla contándole sus planes y señalando las reformas que se proponía hacer. Aquel hombre fornido que ella estaba acostumbrada ver ahora se veía débil, tosía y respiraba agitadamente. Fate se inquietó, pero Zest le aseguró que no debía preocuparse, que sólo tenía gripe.

Antes que transcurriera un mes, murió de neumonía y fue enterrado junto a los padres de Fate en el cementerio local. La rubia le llevaba flores con regularidad y de vez en cuando le dejaba una nota. Todas las noches dedicaba un momento a recordarlo y luego rezaba una oración por el hombre que le había enseñado todo lo importante de la vida.

Después de enrollar el sedal, guardó los aparejos de pesca y volvió a la casa. Su vecina, Hayate Yagami, nieta de Zafira, estaba allí para darle las gracias. Le llevaba unas galletas y tres hogazas de pan casero en reconocimiento por su ayuda. Desde que Signum — la hermana mayor de las Yagami— había muerto en la guerra, Hayate junto a su hermana Shamal trabajaban en lo que podían para ganarse el sustento diario. Vita, la más pequeña de las hermanas, se quedaba en casa junto a su abuelo ayudando en los quehaceres del hogar. Vivian en una ruinosa casa pero al menos tenían un techo donde dormir. Se acercaba el invierno, y la semana anterior Fate había pasado varios días en casa de Zafira, reparando el techo, cambiando los vidrios rotos de las ventanas, sellando los demás y arreglando la cocina de leña. Con suerte, sería suficiente para que salieran adelante.

La rubia había conocido a Signum en los años que estuvo al servicio de la milicia. Para ella, Signum era la versión femenina de Zest. En épocas donde la incertidumbre y desesperación infundidas por la guerra lograban desestabilizar emocionalmente a Fate, Signum se convertía en su soporte. Le hablaba de las esperanzas y metas que tenia para el futuro y del cercano regreso a casa. Pocos meses antes del fin de la guerra Signum cayó en combate.

Lo que nunca imagino Fate, era conocer a la familia de aquella mujer que la había alentado en muchas ocasiones. Su sorpresa había sido enorme cuando Zafira le hablo de la nieta que había perdido durante los años de guerra. Aunque el viejo ya se había abierto campo en su corazón, el saber que eran ellos, las personas por las que Signum había luchado fervientemente, le hacía querer velar por su bienestar, así que siempre les ayudaba en lo que le era posible.

Cuando Hayate se marchó, Fate subió a su desvencijada camioneta Dodge y fue a hacer compras al almacén de comestibles en el centro del pueblo. Al llegar a casa, no guardó la compra de inmediato. Se duchó, tomó una cerveza, un libro y fue a sentarse en el porche.

-o-

Nanoha aún no lo podía creer, aunque tenía la prueba en las manos. La había encontrado en el diario tres domingos antes, en casa de sus padres. Había ido a la cocina a buscar una taza de café, y al regresar a la mesa, su padre le sonreía, enseñándole una pequeña fotografía.

— ¿Te acuerdas de esto? — Le pasó el diario y, después de una primera mirada indiferente, algo en la fotografía captó su atención y la hizo fijarse mejor.

—No puede ser —murmuró. Shiro la miró con curiosidad, pero ella no le hizo caso. Se sentó y leyó el artículo en voz baja.

Recordaba vagamente que su madre se había sentado frente a ella, y que, cuando por fin dejó el diario, la miraba con la misma expresión de su padre unos minutos antes.

— ¿Te sientes bien? —Preguntó Momoko por encima de la taza de café— Estás pálida—

No pudo responder de inmediato, y se percató de que le temblaban las manos. Entonces había empezado todo…

—Y aquí terminará, de una forma u otra —murmuró otra vez.

Volvió a doblar el recorte y lo puso en su sitio, recordando que aquel día se había llevado el diario de casa de sus padres para recortar el artículo. Había vuelto a leerlo por la noche, antes de acostarse, buscando un sentido a la coincidencia, y también a la mañana siguiente, para convencerse de que no se trataba de un sueño. Ahora, después de tres semanas de largas caminatas a solas, después de tres semanas de confusión, ese artículo la había empujado allí.

Cuando la interrogaban, atribuía su extraña conducta al estrés. Era la excusa perfecta. Todo el mundo lo entendía, incluido Chrono, que por eso no había puesto ninguna objeción cuando ella dijo que necesitaba marcharse un par de días. La organización de la boda era causa de estrés para todos los interesados. Habían invitado a quinientas personas, entre ellas al gobernador, a un senador y al embajador del Perú. En su opinión, era demasiado, pero su compromiso acaparaba las páginas de sociedad de todas las publicaciones desde el día en que anunciaron la boda, seis meses antes. A veces tenía la tentación de huir con Chrono y casarse en secreto, sin tanto alboroto. Pero sabía que él no lo aceptaría. Como buen aspirante a político, le encantaba ser el centro de atención.

Respiró hondo y volvió a ponerse de pie.

—Ahora o nunca —murmuró, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta.

Notas del autor: Primero que todo quiero agradecer a Bardach, valengali, Ikeru y Kris ˆˆ por dejar su opinión. No esperaba encontrar reviews debido a lo que dijo mi querida Ikeru acerca de las historias que son adaptaciones. Gracias por apoyarme y espero seguir haciéndolo bien, en verdad me alegra que sea de su agrado. Gracias también a aquellos que están siguiendo la historia prometo hacer lo mejor que pueda.

El cap salió algo largo pero tal como les dije este tiene detalles de lo que fue la vida de Fate. En el próximo cap (osea mañana -.-) Nanoha por fin llegara hasta donde Fate? Quien sabe XD tal vez jajajaja nos vemos en el siguiente.

PD: Olvide mencionar algo sobre la historia. El libro se llama El cuaderno de Noah (The Notebook su nombre original en ingles) cuyo autor es Nicholas Sparks, el cual inspiro el filme del mismo nombre ˆˆ.