Detrás de un gran amor... hay una gran historia

DISCLAIMER: Ni la mayor parte de las líneas aquí escritas, ni los personajes de MSLN me pertenecen sino a sus respectivos autores.


Capitulo 17: De regreso a mi tarea


La historia termina aquí, así que cierro el cuaderno, me quito los anteojos y me restriego los ojos. Están cansados e irritados, pero hasta el momento no me han fallado. Aunque estoy segura de que pronto lo harán. Ni ellos ni yo somos eternos. Ahora que he acabado, la miro, pero ella no me devuelve la mirada. Tiene la vista fija en la ventana que da al patio donde los residentes se reúnen con sus familiares y sus amigos.

Sigo la dirección de sus ojos, y miramos juntas. En todos estos años, la rutina cotidiana no ha variado. Cada mañana, una hora después del desayuno, empiezan a llegar. Adultos jóvenes, solos o con niños, vienen a visitar a los residentes. Traen fotografías y regalos, y se sientan en los bancos ó pasean por los senderos flanqueados de árboles, diseñados para crear la ilusión de que estamos rodeados por la naturaleza. Algunos pasan todo el día aquí, pero la mayoría se marcha al cabo de pocas horas, y cuando lo hacen, siempre siento pena por los que se quedan.

A veces pienso en lo que sentirán mis amigos al ver que sus seres queridos se alejan en sus coches, aunque sé que no es asunto mío.

Y nunca los interrogo al respecto, pues he aprendido que tenemos derecho a guardar algunos secretos. Aunque pronto les revelaré los míos.

Dejo el cuaderno y la lupa sobre la mesa que está a mi lado, sintiendo un dolor en los huesos, y una vez más reparo en lo frío que está mi cuerpo. Ni siquiera el sol de la mañana puede calentarlo. Aunque eso ya no me sorprende, pues últimamente mi cuerpo impone sus propias reglas.

Sin embargo, no soy tan desafortunada. El personal de aquí me conoce, conoce mis limitaciones, y hace todo lo posible para hacerme sentir cómoda. Me han dejado una tetera caliente sobre la mesa, y la levanto con las dos manos. Tengo que hacer un gran esfuerzo para servirme una taza, pero lo hago, porque sé que el té me calentará y el ejercicio ayudará a evitar que termine de oxidarme. Aunque ya estoy bastante oxidada; oxidada como un coche después de veinte años a la intemperie.

Esta mañana le he leído, como todas las mañanas, porque sé que debo hacerlo.

No lo hago por obligación — aunque supongo que llegado el caso, podría calificarse de tal —, sino por un motivo más romántico. Me gustaría poder explicarlo mejor ahora, pero todavía es pronto, y hablar de romanticismo antes de comer es una tarea ímproba, al menos para mí. Además, ignoro cómo acabará esto, y prefiero no hacerme ilusiones.

Pasamos todo el día juntas, pero dormimos separadas. Los médicos me han prohibido verla después del anochecer. Entiendo perfectamente sus razones, y aunque estoy de acuerdo con ellos, de vez en cuando rompo las reglas. Cuando estoy de humor, me escapo de mi habitación a última hora de la noche y vengo a verla dormir. Ella no lo sabe. Entro, observo cómo respira, y pienso que si no hubiera sido por ella, jamás habría conocido la felicidad. Y cuando miro su cara, una cara que conozco mejor que la mía, sé que yo he sido igual de importante para ella. Y eso significa mucho más de lo que puedo explicar con palabras.

A veces, mientras la contemplo, pienso que haber cumplido cuarenta y nueve años de estar junto a ella me convierte en la persona más afortunada del mundo. Celebraremos nuestro aniversario el mes que viene. Me oyó roncar durante los primeros cuarenta y cinco años, pero a partir de entonces hemos dormido en habitaciones separadas. Yo no duermo bien sin ella a mi lado. Doy vueltas y más vueltas, añorando su calor, y paso la mayor parte de la noche en vela, con los ojos como platos, mirando cómo las sombras danzan en el techo como plantas rodadoras en el desierto. Con un poco de suerte, duermo un par de horas, y aun así me despierto antes del amanecer. Esto no tiene sentido para mí.

Todo terminará pronto. Yo lo sé, pero ella no. Las anotaciones en mi diario se han vuelto más breves y tardo poco tiempo en escribirlas. Son muy simples, pues casi todos mis días son iguales. Sin embargo, esta noche copiaré un poema que me pasó una de las enfermeras, pensando que me gustaría. Dice así:

Jamás, hasta aquel día, me había asaltado un amor tan dulce y repentino.

Su cara hizo eclosión como una tierna flor, robándome entero el corazón.

Aunque por las noches somos libres de hacer lo que nos plazca, me han pedido que visite a los demás. Por lo general lo hago, ya que soy la lectora oficial y me necesitan; o por lo menos, eso dicen. Camino por el pasillo y elijo dónde entrar, porque soy demasiado vieja para ceñirme a una rutina fija, pero en el fondo de mi corazón, siempre sé quién me necesita. Son mis amigos, y cuando abro una puerta, veo una habitación parecida a la mía, casi en penumbras, alumbrada sólo por las luces de La rueda de la Fortuna y la reluciente dentadura del presentador. El mobiliario es igual para todos y el televisor está a todo volumen, porque aquí nadie oye bien.

Tanto los hombres como las mujeres sonríen al verme entrar, apagan el televisor y me hablan en murmullos. "Me alegro de verla", dicen, y me preguntan por ella. A veces les respondo. Les hablo de su dulzura y de su encanto, les cuento que ella me enseñó a descubrir la belleza del mundo. O les describo nuestros primeros años viviendo juntas, cuando lo único que necesitábamos para ser felices era abrazarnos debajo del estrellado cielo del sur. En ocasiones especiales, les hablo de nuestras aventuras, las exposiciones en Nueva York y en París, o de las innumerables críticas elogiosas escritas en lenguas desconocidas. Sin embargo, casi siempre me limito a sonreír y a decirles que sigue igual. Entonces miran hacia otro lado, porque no quieren que les vea la cara. Les recuerdo su propia mortalidad. Así que me siento a su lado y leo para ahuyentar sus miedos.

Serénate ten confianza en mí...

Mientras el sol no te rechace, no te rechazaré,

Mientras las aguas no se nieguen a brillar por ti,

y las hojas a estremecerte para ti, no se me negarán

mis palabras a brillar ni a estremecerse por ti.

Les leo para que sepan quién soy.

Yo vago toda la noche en mi visión...

inclinándome, con los ojos abiertos sobre los ojos cerrados de los durmientes.

Errante y aturdido, abstraído, fuera de lugar, contradictorio,

Vagando, contemplando, inclinándome y deteniéndome.

Si pudiera, ella me acompañaría en mis excursiones nocturnas, pues la poesía siempre ha sido una de sus múltiples aficiones. Thomas, Whitman, Eliot, Shakespeare y el rey David de los Salmos. Amantes de las palabras, artífices del lenguaje. Cuando miro hacia atrás, mi pasión por la poesía me sorprende, y a veces hasta me arrepiento de ella. La poesía embellece la vida, pero también la entristece, y no estoy segura de que sea un intercambio justo para alguien de mi edad. Uno debería disfrutar de otras cosas cuando todavía tiene la oportunidad de hacerlo; debería pasar los últimos días al sol. Yo los pasaré junto a la luz de una lámpara.

Camino achacosamente hacia ella y me siento en el sillón que está junto a su cama. Al sentarme me duele la espalda, y por milésima vez me recuerdo que debo conseguir otro almohadón. Le tomo la mano huesuda y frágil. Su contacto es agradable. Responde con un débil apretón y me acaricia suavemente un dedo con el pulgar. Tal como he aprendido, no hablo hasta que lo hace ella. Casi todos los días permanezco sentada a su lado, en silencio, hasta que se pone el Sol, y en esos días no sé nada de ella.

Pasan varios minutos hasta que se vuelve hacia mí. Está llorando. Sonrío, le suelto la mano, saco un pañuelo del bolsillo y le seco las lágrimas. Ella no deja de mirarme y me pregunto qué piensa.

— Es una historia preciosa —

Comienza a lloviznar. Las gotas tamborilean en las ventanas. Vuelvo a tomarle la mano. Será un buen día, un día espléndido. Un día mágico. No puedo evitar sonreír.

— Sí — digo.

— ¿La escribiste tú? — pregunta. Su voz es un susurro, una brisa ligera soplando entre las hojas.

— Sí — respondo.

Se vuelve hacia la mesa de noche, donde hay un pequeño vaso de cartón con su remedio. El mío también está allí. Las píldoras diminutas tienen los colores del arco iris para que no nos olvidemos de tomarlas. Últimamente, las enfermeras me dejan las mías en su habitación, aunque no están autorizadas para hacerlo.

— La había oído antes, ¿verdad? —

— Sí — repito, como lo hago en todas las ocasiones como esta. He aprendido a ser paciente.

Estudia mi cara con sus ojos azules como las olas del mar.

— Me quita el miedo — dice.

— Lo sé — asiento, moviendo suavemente la cabeza. Se vuelve y yo espero. Me suelta la mano y busca el vaso de agua. Está en la mesa de noche, al lado del remedio.

— ¿Es una historia verdadera? — Se incorpora un poco en la cama y bebe otro sorbo de agua. Su cuerpo se mantiene fuerte.

— ¿Conociste a esas personas? —

— Sí — digo. Podría añadir algo más, pero rara vez lo hago.

Ella sigue siendo hermosa. Hace la pregunta previsible:

— ¿Y bien? ¿Con cuál de los dos se quedo? —

— Con el que era mejor para ella —respondo.

— ¿Y cuál era? —

Sonrío.

— Ya te enterarás — digo en voz baja — Antes que acabe el día lo sabrás —

No me entiende, pero tampoco insiste. Comienza a inquietarse. Se esfuerza por formular otra pregunta, pero no sabe cómo. Decide posponerla un momento y toma uno de los vasos de cartón.

— ¿Es el mío? —

— No, es éste —

Estiro el brazo y le empujo el vaso. No puedo sujetarlo con la mano. Lo toma ella y mira las píldoras. Por su forma de mirarlas, sé que no entiende para qué son. Levanto mi vaso con las dos manos y me echo las píldoras en la boca.

Ella me imita. Hoy no habrá peleas, y eso facilita las cosas. Levanto el vaso simulando un brindis, y me quito el sabor amargo de la boca con un sorbo de té. Se está enfriando. Ella traga sus pildoras y las baja con agua.

Un pájaro comienza a cantar al otro lado de la ventana, y las dos volvemos la cabeza. Guardamos silencio durante unos instantes, disfrutando juntas de esa maravilla. Cuando el canto cesa, ella suspira.

— Tengo que preguntarte otra cosa — dice.

— Sea lo que fuere, intentaré responder —

— Pero es difícil —

No me mira, y no puedo ver sus ojos. Así es como esconde sus pensamientos. Algunas cosas no cambian nunca.

— Tómate tu tiempo — digo, aunque sé lo que va a preguntarme.

Finalmente se vuelve y me mira a los ojos. Esboza una sonrisa tierna, la clase de sonrisa que uno dedica a un niño, no a un amante.

— No quiero herir tus sentimientos, porque has sido muy buena conmigo, pero... —

Espero. Sus palabras me dolerán. Arrancarán un trozo de mi corazón y dejarán una cicatriz.

— ¿Quién eres? —

Notas del autor: Antes que nada, gracias por ser pacientes, estoy tratando de actualizar tan rápido como me es posible. Gracias a aquellos que me han dejado reviews, es grato ver que hay nuevos lectores disfrutando de la historia; también a los que la siguen desde las sombras y que sacan un tiempito de su rutina para leerla ˆˆ.

Bueno a partir de este capítulo empieza la otra cara del libro, o al menos a si la denomino yop XD poco a poco se irá revelando como ocurrieron las cosas (bueno para aquellos que no han leído el libro o los que lo leyeron y no recuerdan XD). Falta poco para el final, nos vemos en la próxima, cuídense :D