Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo sólo traduzco.

El bebé de Inuyasha

Mi querido ángel:

Eres la bebé más hermosa que he visto nunca. Tienes los encantadores ojos de tu madre y el pelo único de tu padre. ¡La combinación de tus ojos azul-grisáceos (los ojos de tu abuelo también tenían ese tono tempestuoso) y los mechones sedosos, suaves y plateados te hacen la bebé más adorable del mundo! Sostenerte entre mis brazos es una de las cosas más maravillosas que he experimentado alguna vez en mi vida.

¡Te quiero tanto!

Tu adoradora abuela

—Es preciosa, Inuyasha.

El demonio perro miró a su hija y sintió que su corazón se expandía. Estaba inundándose de emociones. Amor. Orgullo. Miedo. Enfado. Preocupación. Terror. Y más amor. Tenía ganas de reír, llorar, rugir, y gorjear (lo que le sucedía por primera vez).

Mirarla era como observar un milagro. Era parte de él y parte de Kagome. Ya lo tenía en la palma de su diminuta mano. Haría cualquier cosa por ella. Era su pequeña. Su hija. No tenía palabras para describir el amor que estaba llenando su pecho. ¡La había creado! ¡ÉL! Toda su vida había pensado que no tenía ningún valor. Pero entonces Kagome había entrado en su vida. Y mira qué increíble creación habían hecho juntos. Él había intervenido en traer a esta preciosa criatura al mundo. Pero ¿y si lo estropeaba? ¿Y si era un padre pésimo? ¿Y si era un padre tan pésimo que la estropeaba de por vida? ¡Y parecía tan delicada! ¿Y si la dejaba caer y se rompía? Estuvo casi paralizado del miedo cuando la cogió en brazos por primera vez.

La bebé bostezó, luego abrió sus preciosos ojos. A Inuyasha se le contrajo el corazón. Los ojos de Kagome.

Kagome…

La alegría se convirtió rápidamente en angustia. Inuyasha no había podido estar ahí para sujetar su mano mientras daba a luz, como habían querido. Ni siquiera le habían dejado estar con ella en la habitación. En vez de eso, lo obligaron a esperar con su familia, paseándose nerviosamente, incapaz de estarse quieto. Sin saber si Kagome o el bebé habían sobrevivido. Después de horas de tortura, el médico había salido para decir que tenía una niña, pero que había habido complicaciones. La niña había nacido con una severa deformidad y la madre todavía estaba en peligro. La mirada de tristeza y arrepentimiento del médico solo hizo que Inuyasha se pusiese furioso. ¿Ahora lo apartaban de su compañera? ¿Cuando más lo necesitaba? Se necesitó un montón de suave persuasión por parte de la madre de Kagome para evitar que atravesara a la fuerza las puertas del hospital.

La deformidad, como se vio después, resultó ser no tener orejas. Bueno, orejas que no eran visibles a los lados de su diminuta cabecita, donde se suponía que debían estar en un niño humano. En vez de eso, había aberturas en lo alto de su cabeza con solapas de piel extra. Inuyasha y la mamá de Kagome fueron firmes para que no tocaran esas pequeñas orejeras cuando les ofrecieron quitarlas quirúrgicamente. Se convertirían en orejas como las suyas en solo unas semanas, pero ellos no necesitaban saber eso.

—Tendrás que intentar llevarla al pasado lo más pronto posible —le susurró su suegra mientras arrullaba a su nieta, parpadeando para controlar las lágrimas. Miró un momento a los médicos del otro lado del cristal, que seguramente estaban hablando de ellos—. ¡No me puedo creer que fueran a intentar quitarle sus adorables orejitas!

—No me voy a ir sin Kagome.

Ella se sorbió la nariz y se secó los ojos con el dorso de su mano antes de depositar un beso en la cabeza de la bebé.

—Oíste lo que dijo el médico, Inuyasha. Kagome…

—NO. VOY. A. DEJARLA.

—Sé que esto es duro, Inuyasha. Lo sé. —Posó una mano en su hombro para consolarlo—. Pero Kagome querría que llevaras a la bebé de vuelta al pasado.

—No. —Inuyasha flexionó sus garras—. No dejaré a mi compañera.

—El daño fue demasiado. Puede que no…

—Ella VA A ESTAR bien.

Extendió los brazos y pidió silenciosamente a su cachorra. Ella le pasó a regañadientes el pequeño bulto. Su hija. Su niña. Suya y de Kagome. La cachorra había nacido fuerte. Demasiado fuerte. Los médicos no sabían por qué Kagome tenía rasgones en su interior, pero él sabía que eran de las pequeñas garras que le estaban creciendo a su hija. El cuerpo de un demonio estaba equipado para dar a luz a bebés con garras afiladas. El de un humano, no. El de Kagome… no. Había perdido mucha sangre. Dijeron que nunca tendría otro hijo… que a lo mejor tendrían que… era difícil pensar en ello… que quitar parte de Kagome desde el interior. Era todo tan espantoso que Inuyasha no había podido comprenderlo completamente.

Pero nadie iba a sacarle nada a su compañera.

—Ya está mostrando colmillos —susurró preocupada la madre de Kagome—. Tienes que sacarla de aquí. Rápido.

—No puedo dejar a Kagome.

—Yo me quedaré con Kagome. Tú lleva a la bebé donde esté a salvo. Prueba con el pozo. ¡Por favor! Puede que funcione.

¿Cómo podía siquiera pensar en dejar a Kagome en este lugar?

Pero su madre tenía razón. Maldijo por lo bajo. Los médicos estaban hablando. Querían hacer más de esas pruebas. Sacar más de la sangre de la cachorra, pegarla a una máquina que sacaría fotos de su interior. ¡Y ESO sencillamente no iba a pasar! Había esperado que la cachorra fuera más humana, como su madre. Después de todo, tenía sentido que fuera más humana que demonio, ya que solo sería un cuarto demonio. Inuyasha tuvo un momento para sentirse absurdamente orgulloso de que su hija se pareciera a él. Luego casi se inundó de pena por el dolor por el que había pasado Kagome.

Sí. Llevaría a su cachorra al pozo. Tenía que funcionar. Luego volvería a por Kagome esa noche. La llevaría a casa. Seguro que Kaede tendría alguna idea de cómo curar tales heridas. O… o… o a lo mejor Sesshomaru lo sabía. Su propia madre había sobrevivido… Inuyasha se encogió. Claro que había sobrevivido, pero nunca se había recuperado completamente. Pero Kagome estaba hecha de algo más fuerte. Estaría bien. Lo estaría.

—Volveré después de que oscurezca —le dijo—. Tenga sus cosas preparadas.

Su pecho se comprimió al pensar en dejarla herida y luchando por su vida. Pero la cachorra… Podía hacer esto. Podía salvarlas a ambas.

La madre de Kagome se mordió el labio y asintió en gesto de conformidad. Luego depositó otro beso en la cabeza de su nieta.

—Coge la cinta de la muñeca de Kagome —le dijo en voz baja con su cara girada en dirección contraria a la ventana—. La bebé tiene una igual. Yo los distraeré mientras tú te llevas a la bebé.

Él deslizó gentilmente la pulsera de la muñeca de Kagome. Luego cogió la tablilla con el sujetapapeles con la información de su compañera y la metió entre sus ropas cuando su madre se lo indicó. Después de dirigirle a Inuyasha una sonrisa cálida, lloró sonoramente y se tiró al suelo.

Fue tan alarmante, que Inuyasha se quedó paralizado. Hizo falta que ella moviera una mano hacia él cuando se abrieron las puertas de golpe para que lo comprendiera.

Inuyasha entró en el diminuto cuarto de baño, dejando que la puerta se cerrara mientras su suegra empezaba a llorar con más fuerza. Solo necesitó subirse al retrete y dar un fuerte empujón contra uno de los grandes azulejos del techo y obtuvo su huida. Inuyasha saltó hacia el agujero que había hecho y volvió a poner el azulejo. Había visto a humanos haciendo algo parecido en una de esas películas que veía a veces con Souta. Aunque no mencionaban lo mal que olía. Cuando estuvo sobre una habitación vacía, quitó otro azulejo y saltó. Se aseguró de poner otra vez el azulejo en su sitio. A veces la gente en las películas no lo hacía y los descubrían.

Su hija hizo un suave sonido de arrullo cuando él abrió la ventana de la habitación. Por lo menos no estaba llorando.

—Vamos a dar un pequeño paseo —le dijo mientras se sacaba la túnica exterior con un brazo y la usaba para hacer una especie de canguro para asegurarla contra él. También le daría a ella un poco de protección extra.

Tiró la tablilla con el sujetapapeles en la cama vacía, pero se guardó los papeles. No estaba seguro de por qué, pero estaba seguro de que la madre de Kagome tenía una buena razón para querer que desaparecieran. Una vez que se aseguró de que la bebé estaría a salvo, saltó sobre la repisa de la ventana. Volvió a comprobar a la bebé para asegurarse de que seguía a salvo. Luego, saltó. Ir de piso en piso era fácil, pero tenía que estar incómodamente cerca del edificio. Después de cada salto, comprobaba cómo estaba la bebé. Pero todo lo que ella hacía era mirarlo con sus amplios ojos azul-grisáceos y hacía de vez en cuando un sonido que podría jurar que era una risita. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó sobre un árbol.

Intentó mantenerse oculto mientras volvía rápidamente al templo. Souta estaba esperándolo con la mochila de Kagome junto a la puerta principal. Parecía dividido entre el nerviosismo y la emoción. Abrió la boca, probablemente para preguntar cómo estaba su hermana. Luego la cerró y miró a la bebé con cariño.

—¿Puedo verla? —preguntó en voz baja.

Inuyasha tenía prisa, pero dejó que el niño echase un vistazo.

—Está toda arrugada… como un extraterrestre, después de todo.

Inuyasha le dio un golpecito en la cabeza y se giró para esconder a su hija de Souta. Luego cogió la mochila de Kagome y se encaminó hacia el pozo sin decir una palabra.

—Volveré… ¿volveré a verla?

El tono de asustada incerteza en la voz del niño hizo que Inuyasha se detuviese. No estaba seguro de si estaba hablando de su hermana o de su sobrina.

—Sí —dijo, respondiendo a ambas preguntas, con un poco de suerte, con seguridad en su voz. No pudo, sin embargo, girar la cara hacia el niño. Después fue hacia el pozo. Bajó la mirada hacia su pequeña y ella le devolvió la mirada—. ¿Preparada?

La verdad es que no esperaba una respuesta. De todos modos, sospechaba que no le estaba preguntando a la bebé. Estaba plagado de preguntas y de miedo. ¿Y si no funcionaba? ¿Cómo escondería a la bebé allí? ¿Y si sí funcionaba? ¿Cómo se alimentaría la bebé hasta que Kagome pudiera alimentarla?

No tenía ninguna respuesta. Pero saltó de todos modos.

Agarró fuertemente a su hija, dispuesto a que la luz la dejara pasar. Dobló las rodillas ligeramente en caso de que no pudiera atravesarlo y necesitara suavizar el aterrizaje. No apartó sus ojos de su pequeña mientras la luz lo engullía. Soltó un suspiro de alivio cuando ella simplemente balbuceó a través de la luz azul. A salvo en el otro lado del pozo, se permitió relajarse. Casi inmediatamente, una cara apareció por el lateral del pozo.

—¿Ese es el bebé? —preguntó una voz incrédula—. ¿Ya está aquí?

Inuyasha saltó fuera del pozo, aterrizando lo más ligeramente que pudo del otro lado. Le dio a Shippo una palmadita en la cabeza, luego desenvolvió a la bebé y se arrodilló para que el kitsune pudiera verla mejor. El zorro pareció tan sobrecogido, que Inuyasha infló el pecho de nuevo.

—¿Una niña? —preguntó.

—Sí. ¿Algún problema con eso?

Shippo negó con la cabeza.

—¡No! ¡Es genial! Es muy linda. —Miró a la bebé e Inuyasha se animó por el amor que vio. Luego, Shippo volvió a alzar la mirada hacia él con sus ojos verdes confusos—. Pero ¿dónde está Kagome?

Inuyasha tragó con dificultad. Ellos no lo sabían. Ninguno de ellos sabía lo que había pasado.

—Necesito tu ayuda. Kagome necesita tu ayuda.

Después de una corta explicación, incluyendo un montón de lágrimas (Shippo) y maldiciones (Inuyasha), Shippo asintió con gravedad y se giró para irse. Luego se detuvo. Besó a la bebé en la cabeza, revolvió su rizado pelo, luego partió. Inuyasha corrió hacia la aldea mientras Shippo iba en busca de Sesshomaru. Kaede estaba en el jardín con Sango. Ambas mujeres se quedaron paralizadas cuando vieron venir a Inuyasha. Al principio, sonrieron de alegría por el bulto que sostenía entre sus brazos con tanto cuidado, luego notaron la mirada en su rostro… y la ausencia de Kagome.

—Necesitamos vuestra ayuda —les dijo.

Les explicó lo de Kagome y que necesitaría ayuda con la bebé hasta que pudiera traer de vuelta a Kagome. Sango aceptó cuidar de la bebé y protegerla con su vida. Kaede prometió preparar un lugar para Kagome y empezó a reunir las hierbas medicinales que necesitaría. Le tendió a su cachorra a Sango a regañadientes, luego corrió de vuelta al pozo.

Nunca en su vida se había sentido tan solo.

Sacar a Kagome no iba a ser tan fácil como pensaba. Se dio cuenta de esto al ver todos los coches con luces intermitentes. Coches de policía, recordó. En vez de entrar por la entrada, Inuyasha volvió a entrar a hurtadillas por una pasarela del techo. Al caminar por el pasillo, vio a agentes haciéndoles preguntas a las enfermeras y a los médicos. Decidió que usar otra vez el conducto del aire sería la mejor apuesta, así que encontró un cuarto de baño vacío y abrió un azulejo.

Viajar a través de los conductos del aire no era divertido. Eran pequeños y olían mal. Encontrar habitaciones vacías en las que entrar de un salto no era tan fácil como parecía. ¡Los agentes de policía y el personal del hospital estaban por todas partes! Le llevó una eternidad volver al baño de la habitación de Kagome. Desafortunadamente, su madre tenía compañía en la habitación. La gente le estaba haciendo preguntas y su voz sonaba estresada. Odiaba oírla tan alterada. Ella era su familia. Suya para protegerla. Pero Kagome TENÍA que ir primero. Y ahora mismo tenía que esperar el momento justo para rescatarla.

El momento llegó más rápido de lo que pensó. Uno de los agentes necesitaba usar el servicio en el que se estaba escondiendo Inuyasha. El demonio perro se precipitó hacia el agente, luego saltó sobre el otro para aterrizar al lado de la cama de Kagome. Oyó a su madre gritar y, después de mirar en su dirección, se dio cuenta de que era otra distracción.

Con un golpe, cortó todos los tubos conectados a Kagome con una mano. Con la otra, la cogió en brazos. Con sus garras extendidas y mostrando los dientes, se volvió hacia la gente de la habitación y rugió. Luego corrió hacia la ventana, cubriendo la cabeza de ella y saliendo de espaldas para que el cristal no la cortara al romperse.

Su huida con Kagome fue muy parecida a su huida con su hija. Solo que esta vez fue mucho más rápida.

—Lo siento, Kagome —dijo al ver las agujas todavía en su brazo—. Solo un poco más, cariño. Aguanta solo un poco más.

El efecto de los analgésicos debía de estar desapareciendo, porque para cuando llegaron al templo, Kagome estaba gimiendo de dolor. Era mejor que Souta no la viera. Sin detenerse, corrió hacia la pagoda del pozo, tiró la puerta, y saltó dentro del pozo. Cuando llegaron al pasado, la colocó suavemente en la hierba y empezó a quitar el esparadrapo del brazo de Kagome para poder sacarle la aguja. Pero se detuvo con su primer grito de dolor. Le temblaban las manos mientras ponía su frente contra la suya. Estaba ardiendo.

Volvió a cogerla en brazos y corrió hacia la cabaña de Kaede. Nunca había corrido tan rápido en su vida. Cada grito y gemido de dolor lo destrozaban por dentro.

—Vas a estar bien —le dijo desesperadamente—. Te amo. Vas a estar bien.

Sango dio un grito ahogado cuando él se detuvo enfrente de la cabaña. Pasó por su lado mientras iba hacia donde había una esterilla en el suelo. La acostó cuidadosamente. Apenas pudo contenerse y no hablarle bruscamente a Kaede cuando se arrodilló a su lado. Intentó calmarse, pero no pudo evitar que le temblara la voz mientras hablaba.

—Tenemos que sacarle estas —dijo.

—Sí. ¿Qué es esta sustancia?

—¡Tú quítale esas cosas! —gruñó.

Finalmente, a Inuyasha le pidieron que se marchara. Hizo vagas amenazas (salpicadas generosamente con maldiciones). Hizo falta una amenaza de Sango de empolvarlo con polvo para dormir a demonios para que estuviera quieto. Su trabajo era acariciar el pelo de Kagome, y decirle una y otra vez que la amaba y que su pequeña estaba esperándola. Mantuvo sus ojos sobre Kagome. No podía soportar mirar lo que estaba haciendo Kaede. Afortunadamente, el caldo de hierbas que le hizo beber Sango la había calmado y parecía haberle quitado gran parte del dolor.

Una a una, sacaron las agujas y untaron las diminutas heridas con un ungüento curativo. El caldo era para ayudarle con la fiebre.

—Los médicos de su época dicen que su interior está destrozado —fue capaz de decir finalmente.

Kaede estuvo callada durante un momento agonizante. Justo cuando Inuyasha estaba a punto de perder los estribos (otra vez), habló solemnemente:

—Estas no son heridas que yo pueda curar. —Se movió para poner su mano en su hombro, luego cambió de idea—. Lo siento, Inuyasha. Haremos lo que podamos para que esté cómoda.

Se encorvó sobre la cabeza de su compañera y se obligó a no dejar caer las lágrimas. Le estaba costando respirar. No era verdad. Kagome IBA a sobrevivir. No podría soportar el perderla. Cuando oyó a su hija llorar, se le rompió el corazón. Sintió que alguien la cogía por él, y la cogió agradecido. Su familia… Kagome… Por favor, no me dejes, Kagome…

—Una Dama de las Tierras del Oeste no chilla como una plebeya —dijo una voz fría desde la puerta.

Inuyasha no necesitó levantar la vista para ver quién había entrado.

—Sesshomaru.

Bienvenida al mundo, pequeña:

Eres tan hermosa como tu madre. Aunque esperemos que saques mi carácter.

Y no le hagas caso a tu tío Sesshomaru. Es un poco idiota. Tienes mi completo permiso para morderlo cada vez que quieras.

Tu papá