Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo sólo traduzco.
Cita de juegos
Queridísima Hikari:
Sé que pasamos mucho tiempo en el pasado. Pero habíamos decidido hace mucho que te criaríamos en ambos mundos. Me temo que puede que hayamos tenido tendencia a dejarte un poco libre demás en el pasado y es hora de enseñarte a llevarte bien con otros niños de tu edad. Aunque hemos viajado frecuentemente para visitar a tu abuela, no hemos hecho mucha vida social con gente de fuera de nuestra familia. Y como VAS a ir al colegio, ya va siendo hora de que te enseñemos a comportarte como una niña pequeña moderna.
Buena suerte para todos nosotros.
Tu cariñosa mamá
—De verdad pienso que no deberías leerle a tu hija tantas historias de miedo…
Fue difícil, pero Kagome consiguió mantener una sonrisa en su rostro y hacer un sonido evasivo. Este no era el primer comentario sobre qué estaba haciendo mal como madre. Casi se arrepintió de haberle hecho jurar a Inuyasha que se comportaría de la mejor manera posible. De hecho, casi se arrepentía de la decisión de aceptar la invitación para la cita de juegos, en primer lugar. Dejar que Hikari jugara con niños de su edad (supervisada atentamente) había parecido una buena idea en su momento. La interacción con otros niños era buena, saludable incluso. Si iba a ir al colegio en el presente, necesitaría aprender a comportarse en situaciones sociales. Sin embargo, en ese momento, Kagome se estaba inclinando fuertemente hacia educarla en casa. También sonaba bien ser ermitaña.
Parecía… equivocado estar allí. Le preocupaba que enseñarle a Hikari que tenía que ocultar sus orejas le hiciera sentir como si fueran algo de lo que avergonzarse. Dolía pensar que su hija pudiera sentirse marginada. Kagome suspiró, Hikari SERÍA diferente de los demás niños. Más rápida. Más fuerte. Por no mencionar las bonitas orejitas que en ese momento llevaba ocultas bajo cuatro coletas (dos por delante de su oreja y dos por detrás, con los siempre presentes lazos… uno de algún modo siempre desatado) y todo eso de poder transportarse a través del tiempo.
¿Estaba haciendo algo incorrecto? ¿Deberían abandonar la idea de mandar a Hikari al colegio para que recibiera una educación?
—… Le he oído decirle a mi pequeña Kiko que puede haber demonios debajo de su cama, no monstruos. ¡Demonios! ¡En serio, Kagome! ¡No deberías llenar la preciosa cabecita de esa niña con esas espantosas tonterías!
Preciosa. La palabra la había dicho con demasiada dulzura. Por lo menos, en el pasado, Hikari podía ser ella misma. Aquí tenía que escuchar a gente haciendo comentarios desdeñosos sobre su pelo (si UNA. SOLA. PERSONA. MÁS. La acusaba de teñirle el pelo a su hija y de ponerle extensiones, ¡Kagome NO se iba a hacer responsable de sus actos!) o sobre sus dientes súperafilados y sus inusualmente afiladas uñas. ¿De verdad quería exponer a su hija a toda la gente de mente estrecha del mundo que iba a emitir juicios en función de su apariencia?
Y no necesitaba los agudos sentidos de Inuyasha para ver cómo los padres habían estado apartando a sus hijos de Hikari.
Kagome mantuvo sus ojos sobre su hija mientras esta jugaba en el cajón de arena. La pequeña estaba explicándole pacientemente al último niño que quedaba que tendrían que cruzar el río (que había cavado alrededor del cajón) para poder ocultar sus olores. Alzó la vista hacia los árboles, sonrió alegremente y se tocó la nariz. Luego explicó que las narices te ayudan a encontrar cosas… incluso cuando al último niño lo estaba llamando su madre para que fuera al tobogán. Kagome cerró las manos en puño y estaba lista para coger a su familia, dirigirse al pasado y quedarse allí, pero Hikari la miró y sonrió animadamente antes de volver a centrarse en crear su propio mundo en la arena. Los palos se convertían en árboles, las rocas se volvían peñascos y casas. Kagome se relajó un poco cuando el pequeño perdió el interés en el tobogán y volvió al cajón de arena con los puños llenos de hierba y de palos para ayudar a arreglar el mundo de Hikari en la arena.
—¿No es esa la misma… bonita… camiseta roja que llevaba cuando vimos por última vez a tu niña?
—En realidad no es una camiseta. Su padre se la hizo para… —Kagome se vio interrumpida antes de que les pudiera hablar de lo preciado que era aquel traje. Probablemente habría omitido la parte donde cazaba y despellejaba a la rata de fuego, así como lo de hacer él mismo el curtido. Pero nunca tuvo la oportunidad de siquiera hacerles saber que él la había hecho para su pequeña.
—Espero que ya la hayas puesto en la lista de espera para la Academia Pequeñas Cumbres.
—¿Qué?
Las madres que estaban a su alrededor ahogaron un grito de horror ante la pregunta de Kagome.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—Es EL colegio al que hay que ir.
—¡Ahora nunca podrá entrar!
—Oh, eso es espantoso.
—Pobre niña. Pero bueno… a ti tampoco te fue tan bien en el colegio, ¿verdad, Kagome?
Kagome se sonrojó. Casi podía sentir el peso de la mirada de Inuyasha sobre ellas mientras gruñía desde los árboles desde donde las vigilaba. Al mover los dedos a modo de señal para calmarle, intentó indicarle que se estuviera quieto. Encontrar un grupo de juegos que tuviera niños de la edad de Hikari cerca de casa no había sido fácil. Una de las mujeres era incluso una antigua compañera de clase suya, no exactamente una de sus amigas, pero una compañera de clase de todos modos. Ami le había presentado a las otras mujeres del grupo. Por supuesto, Ami había dejado muy claro que ella era DEMASIADO joven para tener hijos y que era canguro mientras estudiaba en la universidad. Las otras madres y canguros del grupo de juegos eran todas varios años más mayores que ella y, aparentemente, sentían que estaba bien decirle cómo criar a su hija.
—No es que no me fuera bien, Ami —le corrigió Kagome—. Estuve demasiado tiempo enferma como pa…
—Tu marido tampoco terminó los estudios, ¿verdad?
Kagome cerró la boca de golpe y entrecerró los ojos. Estaba harta de ser amable. La cita de juegos tenía que ser una oportunidad para que Hikari se acostumbrara a los niños de su edad. La ira provocó que su aura ardiera repentinamente con mayor intensidad. Si hubiera habido demonios, habrían estado achicharrados. ¡Cómo se ATREVÍAN a atacar a Inuyasha!
—A lo mejor sería más adecuado otro colegio para ella. Cumbres es un colegio muy competitivo, solo consiguen entrar los más brillantes. Puede que Pequeños Tintineadores sea una mejor opción.
Acababa… ¿acababa de decir que su hija era ESTÚPIDA?
—Ya. He. Tenido. Suficiente.
Antes de que pudiera descargarse contra ella (muy probablemente físicamente), Hikari se detuvo delante de ella con las manos en sus caderas y fulminando con la mirada a las mujeres. Se subió a su regazo tan rápido que las demás mujeres parpadearon con rapidez con las bocas abiertas. Señaló a la que le había hecho el desaire a Inuyasha e hizo un sonido que era casi un gruñido.
—¡Siéntate! —No pasó nada. Señaló y gritó con más fuerza—: ¡SIÉNTATE!
Miró a su madre, luego fijó la mirada con furia en su dedo. Kagome no pudo evitar sonreír cuando la pequeña sacudió su dedo para intentar que funcionara. Intentó dar la orden una vez más antes de rendirse y menear el dedo en dirección a ellas furiosamente, haciendo un sonido similar a un tch, tch, tch.
—Mi mami —les gruñó—. ¡Mía! ¡Sed buenas con mi mami!
Kagome acarició la cabeza de Hikari (la pequeña se negaba a que la abrazaran mientras miraba al enemigo, Kagome había aprendido a respetar eso. Probablemente lo había heredado de su padre…). Al pequeño con el que había estado jugando lo había apartado su madre y lo estaba atando a un cochecito. El niño se despidió con la mano de Hikari, pero su hija no apartó ni un momento los ojos del enemigo.
—Aprecio que nos incluyáis en vuestra cita de juegos —dijo Kagome con ninguna sinceridad mientras ponía en el suelo delante de ella a una Hikari de mirada desafiante para poder recoger sus pertenencias. Esperaba haber suprimido el sarcasmo—. Pero no creo que podamos volver la semana que viene. —Se colgó su mochila convertida en la bolsa de los pañales sobre el hombro—. O… nunca, en realidad.
Hikari intentó patear tierra hacia las mujeres (una mala costumbre que había cogido de su padre) antes de echar la cabeza atrás y gritar:
—¡PAPI!
¡PUM!
Inuyasha aterrizó pesadamente delante de ellas, provocando que las mujeres chillaran (una gritó y una pudo haberse desmayado). Cogió a Hikari en brazos y la lanzó al aire. Ella gritó de alegría mientras la lanzaba antes de ponerla sobre sus hombros. Kagome le dio la mano y salieron del parque. Con suerte, no volverían a encontrarse con aquellas mujeres. Aunque estaba encantada de haberse librado de ellas, Kagome todavía se sentía decepcionada porque la cita de juegos no hubiera ido bien. Había tenido la esperanza de que Hikari hiciera amigos. De que a lo mejor ella también hiciera amigas, otras madres con niños.
Se detuvieron a comprar un helado y lo comieron mientras pasaban por delante del museo. Kagome sugirió entrar, pero Inuyasha rechazó esa idea rápidamente. Su humor mejoró y soltó una risita, recordando cuando lo había llevado al museo con un grupo de sus amigos del colegio. Le había tapado los ojos cuando habían pasado al lado de algunas esculturas. Por su mirada y por cómo prácticamente la estaba arrastrando por la calle, él también debía de estar recordándolo.
Acababan de terminar los helados y estaban intentando decidir cómo pasar el resto del día juntos (Inuyasha votaba por volver a casa), cuando Hikari vio la tienda de mascotas. Con un chillido, se pegó al escaparate mientras miraba las adorables bolas de pelo blancas.
—¡Cachorrito!
—¡Qué lindo! —gritó Kagome mientras se arrodillaba al lado de Hikari.
—¡Po favo, papi! —Sin apartar la mirada de los cachorros, Hikari agarró las piernas de su padre—. ¡Po favo!
—Hikari… —La voz de Inuyasha contenía casi el mismo aullido que la de los cachorros. Kagome casi se rio ante la visión de él intentando decirle que no a su hija. No era algo que le dijera a menudo. En realidad, parecía estar sufriendo.
Kagome volvió a mirar a los perritos. Según el cartel, las lindas bolitas de pelo eran Nihon Supittsu, Spitz japoneses… posiblemente el cachorro más adorable del mundo, con orejas muy similares a las de su hija. Eran tan lindos… tan imposibles de resistir… Miró a Inuyasha, ya enamorada de los perritos del escaparate. Ansiaba tocar sus orejas.
—Kagome… —se quejó. Luego suspiró derrotado—. ¿Cuánto cuestan?
El precio resultó ser un poco demasiado alto y tuvieron que usar otra bola de helado para hacer que la llorona niña se apartara del escaparate. Justo cuando estaban terminando su segundo helado y al fin se habían secado las lágrimas de Hikari, vieron la biblioteca. La cita de juegos podría haber sido un fracaso, pero al menos podrían hacer de este un divertido día en familia.
—¡Me encanta la biblioteca! —dijo Kagome entusiasmada mientras arrastraba a Inuyasha escaleras arriba—. Mamá solía traernos al cuentacuentos cuando éramos pequeños.
A Hikari, aparentemente, también le encantaba la biblioteca. Una vez dentro, corrió a la estantería con forma de cocodrilo y miró los libros con asombro. Kagome sacó uno de los libros de colores alegres y se lo tendió a Hikari para que lo mirara, pero ella solo miraba los libros que tenían dibujos de perros. Inuyasha los sacó de uno en uno y se los dio a su hija. Pero parecía… triste.
—¿Estás bien?
Él apartó la mirada.
—¿Crees que soy demasiado viejo para ir al colegio?
Kagome odiaba a esas espantosas mujeres por haberle hecho sentir mal sobre sí mismo.
—Inuyasha —dijo amablemente—. Tú no tienes que ir al colegio.
—¿Crees que soy demasiado estúpido? —Su voz sonaba herida, no enfadada. Y eso solo hizo que Kagome se enfadara más con Ami y su grupo.
—¡Papi! —le regañó Hikari—. ¡Papi NO estúpido! ¡Estúpido no es palabra bonita! —Una bibliotecaria le recordó a Hikari que tenía que usar su voz de interiores—. Pero… —La pequeña miró preocupada a sus padres…—. Esta es mi única voz…
—Tú no eres estúpido, Inuyasha. «Voz de interiores» significa que tienes que hablar en voz baja, cariño. —Besó a Hikari en la coronilla antes de alargar la mano para apretar la de Inuyasha—. Si quieres ir al colegio, puedes hacerlo. Pero no sientas que tienes que demostrarle nada a nadie. Tú eres un hombre muy inteligente. Y yo te amo tal como eres.
—Hikari va a ir pronto al colegio. —Sacó un libro que tenía cachorros y se lo dio a su contenta hija.
—Bueno… no TAN pronto.
—Quiero poder ser capaz de ayudarle con las mates —dijo en voz baja—. Quiero que venga a pedirme ayuda. Yo… quiero… NECESITO poder ser capaz de enseñarle.
Kagome le dio a Hikari otro libro para que lo añadiera a su creciente montón, luego tiró de un mechón del pelo de Inuyasha.
—Tú le enseñas todos los días. Hikari proviene de dos mundos. Solo tú puedes enseñarle sobre tu mundo. —Y después de hoy, Kagome no estaba muy segura de querer que su pequeña creciera en este—. Historia Antigua no era una clase en la que yo sobresaliera —bromeó.
Una voz hizo que todos se sentaran.
—¡Es hora de un cuento! Seguidme al rincón de las historias.
Las orejas de Inuyasha y de Hikari se irguieron rápidamente y sus ojos se abrieron como platos, Kagome sonrió. Era adorable. Se levantó y siguió a Hikari, que seguía a la bibliotecaria como si fuera el Flautista de Hamelin. Los niños parecían aparecer de la nada, ya que el sitio se llenó de repente con niños emocionados y madres sonrientes (y otros dos padres que parecían asentirse el uno al otro en alguna especie de código masculino secreto). Se sentaron y escucharon la primera historia. Hikari se reía cuando se reían los otros niños. Contó hasta cinco durante el estribillo cuando los demás niños contaron hasta cinco. Ella no se sabía la letra de la canción, pero cantó igualmente con los ojos brillantes, apenas capaz de estarse quieta de la emoción.
Pero solo cuando apareció la marioneta, Hikari gritó y se lanzó a los brazos de su padre. Todo el mundo se sorprendió tanto por el arrebato, que la marioneta del oso se detuvo a media frase.
—Ella… ella… oso…
Inuyasha estaba acunando y calmando a su hija, pero parecía tan confundido como Kagome. Desde luego que Hikari no les tenía miedo a los osos. De hecho, un saludable miedo a los osos en realidad sería algo bueno. Se agarró al pelo de Inuyasha y se alzó hasta su oreja, observando a la bibliotecaria horrorizada mientras susurraba.
Su padre se mordió el labio, intentando no sonreír.
—No, cariño —dijo—. Ella no está metiendo la mano en un bebé oso muerto. Es solo un juguete. —Algunos padres ahogaron exclamaciones y algunos niños gritaron: «puagggggggg».
Hikari necesitaba convencerse. No abandonó el regazo de su padre en lo que quedaba de cuento. De hecho, se quedó mirando con mucho recelo a la bibliotecaria, incluso después de que hubiese retirado la marioneta. Tras cantar la canción de despedida, Kagome cogió a Hikari de la mano y le dijo que diera las gracias por las historias.
—¿Te gustaría ver la marioneta? —preguntó la bibliotecaria.
Los ojos de Hikari se llenaron de lágrimas cuando la señora cogió la marioneta del oso.
—Está muerto… —susurró con voz ronca y se giró hacia su madre.
—No, no, no. Está llena de relleno y… oh, cielos…
Hundiendo su cabeza en la falda de Kagome, Hikari empezó a sollozar.
Inuyasha le arrancó la marioneta a la bibliotecaria (por lo cual se disculpó muy efusivamente Kagome más tarde) y se sentó al lado de Hikari. Se la tendió y le pidió silenciosamente que la oliera. Después de sorberse un poco la nariz, Hikari pudo por fin atreverse a olfatear la marioneta (con los ojos firmemente cerrados). Pero ninguna cantidad de persuasión consiguió hacer que la tocara. La bibliotecaria sonrió, luego se apartó por un momento. Cuando volvió, le dio un libro de cómo hacer marionetas a Hikari.
Algunos padres se pasaron por allí y saludaron, presentándose a ellos y a sus hijos. Hikari se unió a los demás niños en la mesa de colorear. Un niño que estaba a su lado dijo que estaba pintando sangre sobre el dibujo que tenía de un poni. Su madre estaba a punto de disculparse por él cuando Hikari revolvió en la caja de las pinturas y le dio un color que iba mejor para la sangre.
La mujer sacó rápidamente su móvil y les preguntó si querían quedar algún día para que los niños jugaran.
Cuando abandonaron el edificio (con Hikari sosteniendo orgullosamente su primer carnet de biblioteca y su primer libro de préstamo), Kagome sacó una foto. La cámara no había salido de su bolso durante la cita de juegos original. Ese era un recuerdo que esperaba poder dejar atrás. Pero este era uno que quería conservar. Hikari posó con su libro y su carnet, y Kagome sacó fotos. Luego Hikari hizo que Inuyasha se sentara en el suelo mientras que ella se sentaba en las escaleras y sostenía el libro como lo había hecho la bibliotecaria y empezó a contar la historia del bebé oso que se había convertido en marioneta.
Este. Este era un momento que quería conservar.
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Inuyasha se estaba hartando de que la gente le dijera cómo criar a su hija. Ya era suficientemente malo que aquellas gallinas cluecas de la época de Kagome se pusieran quisquillosas con ella en cuanto a Hikari, ahora tenían que escuchar cómo el estúpido lobo le decía a él todas las cosas que estaba haciendo mal como padre. Qué mal que le hubiera prometido a Kagome que hoy no se pelearía con el lobo sarnoso. Era difícil negarle algo a Kagome.
Una cita de juegos con los hijos del demonio lobo era una mala idea.
—Va a ser la presa de cualquier demonio destructivo si no le enseñas a pelear —dijo Kouga.
—Cállate, lobo.
Normalmente, le entusiasmaría pelear con el antiguo pretendiente de su compañera, pero estaba demasiado ocupado observando a su hija.
Los hermanos lobato estaban jugando a un juego de carreras. No solo Hikari era la más pequeña (sin contar al nuevo hijo de Kouga, al que Kagome estaba arrullando), sino que también era la que tenía menos sangre demoníaca. Puede que fuera más rápida y más fuerte que un humano, pero no era rival para un demonio lobo de pura sangre, aunque fuera un lobato. El mocoso de Ban había estado reduciendo la velocidad para dejar que los alcanzara, pero el acoso de sus hermanos provocó que él también le hiciera morder el polvo. Literalmente. Hikari estaba sentada en el suelo, tosiendo por el polvo que habían dejado atrás los lobos. Inuyasha estaba dividido. No quería herir su orgullo, pero todo lo que reclamaban sus instintos era que la cogiera en brazos y la sacara de allí para protegerla de este dolor.
Cuando dio un paso adelante, ella negó con la cabeza en su dirección. Luego se levantó y se sacudió el polvo. En vez de ir hacia él, o hacia su madre, Hikari frunció el ceño en la dirección en la que se habían ido corriendo los demás y salió disparada tras ellos.
—Tiene espíritu —dijo Kouga con aprobación.
Ningún padre lo mencionó cuando vieron a Shippo ponerle la zancadilla a los que iban de primeros mientras estaba disfrazado de tronco. Pero la cola de zorro lo delataba bastante. Eso provocó que los tres que iban en cabeza cayeran unos sobre otros en un gracioso efecto dominó. Solo Ban, que se había quedado atrás, permanecía de pie. Y su repentina y dramática caída que hizo caer de nuevo a sus hermanos no engañaba a nadie. Inuyasha de verdad que no quería que le gustara el pequeño gamberro, pero él le había dado la oportunidad a Hikari de que los alcanzara. Había un débil brillo rosa rodeándola cuando aceleró y pasó al lado del montón de crías de lobo. La «torpeza» de Ban continuó atropellando a sus hermanos antes de que pudieran perseguirla.
—Mmmmm —dijo Kouga pensativamente—. Alguna vez has pensado en un matrimonio arre…
—No.
—¿Por qué? No es demasiado pequeña como para empezar a pensar en un posible…
—NO.
No iba a dejar que su hija se casara con un demonio. Especialmente con un demonio lobo. Un demonio pensaría que ella era débil y la trataría de esa manera. No iba a dejar que nadie despreciara a su bebé. Solo mira cómo hablaba Kouga de los hanyous. ¿Qué tipo de viles comentarios haría sobre la hija de un hanyou? ¿Sería el centro del odio como lo había sido él? La idea lo ponía enfermo. Tanto humanos como demonios le rechazaban, le odiaban y muy a menudo intentaban matarle. No quería que su pequeña tuviera que ser fuerte para sobrevivir. La semana anterior había decidido que era hora de empezar a enseñarle a Hikari a ser independiente y a que aprendiera a cuidar de sí misma. Así que, en contra de los deseos de Kagome, había llevado a su hija de caza hacía tan solo unos días. No necesitaba los regaños de Kagome para sentirse mal… la visión de Hikari llorando histéricamente sobre el conejo y rogándole que lo curara casi le había roto el corazón y le perseguiría para siempre. No podría soportar verla llorar de esa manera una vez más. Hikari estaba llena de una luz de tanto amor y alegría, que él no podía soportar la idea de ver que esa luz se oscureciera. ¡Y le daría una paliza a aquel que lo intentara!
Hikari, desconfiando de su repentina ventaja, se dio la vuelta y vio al montón de crías de lobo peleándose. Los fulminó con la mirada, de un modo familiar que hizo sonreír a Inuyasha, y les ordenó que se sentaran.
Se sentaron.
Kouga bajó la cabeza y suspiró, e Inuyasha no pudo evitar reírse. Ella sermoneó a los niños sobre pelearse (pelear malo… malo, malo, malo) y les dijo que jugaran limpio. Parecieron confusos un momento, como si la palabra «limpio» fuera una palabra extraña. Su sonrisa decayó un poco. No todos los demonios con los que se encontraban iban a sentarse cuando ella se lo dijera. ¿Le estaban haciendo más mal que bien al seguirle el juego? Claro que los lobos solo estaban actuando por instinto. Pero Miroku y Shippo hacían mal en consentirla. Podría ser peligroso si pensaba que todo lo que tenía que hacer para detener a un demonio violento era señalarlo y decirle «siéntate». Iba a tener que aprender a defenderse lo suficiente para escapar. Incluso puede que enviarse al futuro para escapar… una vez que le quitaran el rosario. Pero Hikari parecía haber nacido sin miedo y salir corriendo simplemente no era una opción.
Pero no podría soportar ponerla en una posición donde aprendiera lo que era el miedo.
Puede que Sango pudiera ayudar a enseñarle a luchar como lo haría un humano. Sango era una luchadora fuerte. Ya les estaba enseñando a sus propias hijas las bases. Suki puede que estuviera disfrutando del entrenamiento de exterminio de demonios un poco demasiado y Yuki parecía reacia a luchar siquiera. Miroku y ella habían estado hablando de entrenar a nuevos exterminadores de demonios y de devolver la casa en la que ella había crecido a la vida. Aunque Naraku ya no estaba, todavía había otros demonios peligrosos por ahí. No había preguntado antes porque no había pensado mandar a Hikari con ella para que aprendiera a pelear… pero… ¿una niña con sangre demoníaca sería bien recibida por aquellos que estuvieran entrenando para ser nuevos exterminadores? Por supuesto que Sango adoraba a Hikari (¿qué no se podía adorar de ella?), pero eso no significaba que otros sintieran lo mismo.
—¡Sucio hanyou!
Inuyasha levantó la cabeza bruscamente y le gruñó al segundo hijo más mayor de Kouga. Fue Shippo, sin embargo, quien tumbó al lobato en el suelo.
—¿Quién es el sucio ahora, moco de lobo? —gruñó el kitsune.
—¿Qué significa «hanyou»?
Ban se sonrojó ante la inocente pregunta de Hikari. La miró, luego miró a Inuyasha, luego a su padre.
—Mm… significa… —Volvió a mirar nerviosamente a Inuyasha—. Significa que uno de tus padres es humano… como tu mamá… y que uno de tus padres es un demonio.
—¿Yo soy un hanyou? —Se señaló a sí misma con los ojos abiertos como platos.
Los adultos dejaron de hablar, solo se oyó el juramento de Inuyasha. Ellos nunca le habían enseñado esa palabra. No había querido que sintiera el dolor y la humillación que él había sentido de pequeño. El lobo le había prometido a Kagome… LE HABÍA PROMETIDO… que nunca diría esa palabra delante de su hija. Pero había sido su hijo quien había dicho la odiada palabra, no Kouga. Sin embargo, Inuyasha aun así le hacía responsable. Después de todo, el lobato había oído la palabra en algún sitio.
Inuyasha se dirigió hacia su hija y se arrodilló a su lado.
—No pasa nada, cariño —dijo—. Papi también es un hanyou.
Levantó los ojos hacia él, luego sonrió y le dio unas palmaditas en la mejilla.
—Vale —dijo, después se retorció para bajarse. Fulminó con la mirada al segundo hijo más mayor de Kouga, que estaba siendo ignorado por sus hermanos. Luego fue trotando hasta Shippo y le dijo emocionada que era un hanyou como su papi. Le acarició la mano y le dijo que no pasaba nada porque él no fuera también un hanyou, que lo seguía queriendo igual.
Sabiamente, la compañera de Kouga estaba reuniendo a sus reacios hijos para llevarlos de vuelta a casa. Kouga se estaba disculpando efusivamente con una furiosa Kagome. E Inuyasha observaba a su pequeña mientras esta le contaba con orgullo a todo el que quisiera escuchar que era como su papi.
Esperaba poder recodar este momento para siempre.
Hola, cachorra:
Algún día vas a ser una gran guerrera. Ya eres una gran hanyou.
Te quiero.
Papi
