Disclaimer: Naruto no me pertenece. Hago uso de sus personajes con el fin de entretener. Y porque todas estas ideas que no me dejan dormir deben ser liberadas.
Notas: Inspirado en un trabajo auditivo de antaño, al universo de Zootopía y Beastars.
Aclaraciones: La especies serán las más básicas como felinos, caninos, algunos roedores, ciertos mamíferos así como algunos reptiles; aves, insectos, especies más elaboradas no formarán parte de esta historia debido a la complejidad que representan —no es discriminación, es solo que no quiero quebrarme la cabeza—.
Advertencias: Menciones de sangre. Insinuaciones de negocios ilegales. Especies carnívoras. Contenido raro. Destrucción de propiedad privada.
.
.
.
Introducción
.
.
.
La sociedad se dividía en dos. Carnívoros y herbívoros. A partir de esos dos enormes grupos las leyes tuvieron que adaptarse para lograr construir una armonía que lograra satisfacer las necesidades de ambas partes. Por estipulación del Alcalde de Zoopolis los carnívoros se alimentarían de otras alternativas —legales, por supuesto— que no fuera carne de ningún herbívoro.
Durante la Guerra de Especies varios grupos de humanoides se habían reducido más de la mitad debido al consumo deliberado y caza de los líderes de la Cadena Alimenticia de aquella época tan caótica que hasta el día de hoy lograba asustar a las generaciones más jóvenes. Por ello de la integración de Programas de Reproducción cuya misión era preservar a las especies a punto de extinción así como mantener controlados los impulsos asesinos por parte de los carnívoros. Tal tarea no fue llevada con facilidad pues surgieron muchas disputas y golpes de grupos sociales que demandaban el exilio de los depredadores.
Afortunadamente los líderes lograron dar con una pacífica alternativa para mantener el equilibrio entre ambos grupos sin que nadie se viera afectado por las necesidades naturales de cada especie. Con la respuesta positiva a los Programas de Reproducción las poblaciones de humanoides herbívoros lograron recuperarse, el número rebasó el gráfico de natalidad de décadas anteriores.
Los herbívoros ocupaban más de la mitad dentro de la sociedad mientras que los carnívoros se reducían. Dicho fenómeno era estudiado por los científicos que habían notado la disminución en las especies, alarmando a los investigadores que buscaban la raíz del problema. En muchos debates se discutía sobre la necesidad de la alimentación correcta pues las alteraciones de alimentos —cuyos ingredientes principales siempre eran semillas y proteína vegetal— destinados a la población carnívora no satisfacía el requisito nutricional que ellos necesitaban.
A causa de aquel factor que los representantes de los carnívoros comunicaban a través de espacios públicos podría desencadenar consecuencias destructivas en el futuro. Una de ellas era el Mercado de Carne, una mancha persistente dentro de la sociedad de Zoopolis cuyos negocios eran ilegales. La pobreza era uno de los puntos clave para favorecer la existencia del problema pues las exigencias eran altas y pocos era los que lograban mantener una buena economía usando la sabiduría para administrar los pagos de los servicios básicos. Por el otro lado, gente de escasos recursos se venían en la necesidad de vender parte de sus cuerpos —sobre todo herbívoros— al Mercado de Carne donde se les pagaba la parte correspondiente, según el peso, a los vendedores.
El Alcalde de la ciudad intentaba calmar las inquietudes de sus habitantes con sonrisas frente a las cámaras de la prensa cuando daba charlas en público, repitiendo una y mil veces que todo volvería a la normalidad. Algunos le creían mientras vociferaban un fuerte "Hizuren, Hizuren, Hizuren", creyentes de las palabras sinceras del hombre mientras otros grupos de herbívoros, una parte de la población le miraban sin una pizca de confianza en sus palabras al ver las situaciones actuales donde todo parecía transcurrir para mal; ellos no dejaban de apoyar la idea sobre eliminar a los carnívoros para disfrutar de una plenitud en la que solo convivieran herbívoros.
No obstante el Alcalde Hizuren Sarutobi no podía tomar un lado, buscaba siempre el equilibrio de ambos bandos sin dejarse intimidar por la presión de la mayoría en lugar de darle la espalda a la minoría.
Hinata observó al hombre en la televisión, éste contestaba como mejor podía a las preguntas de la prensa, la mayoría eran humanoides con características de hienas y cabras, tecleando a la velocidad de la luz en sus computadoras mientras alzaban los micrófonos —como si se tratara de una pistola desenfundada— para formular la siguiente interrogante. Sintió lástima porque ella de verdad pensaba que el Alcalde Hizuren hacía lo mejor que podía a su alcance para solucionar los problemas dentro de la sociedad sin dejar desamparada a ninguna parte.
Sus compañeras del trabajo, Ino y Sakura, no paraban de quejarse sobre las medicas poco confiables que el Sector de Seguridad Público implementaba.
Circulaba el rumor que un asesino serial rondaba por las calles de los barrios tranquilos en búsqueda de carne fresca.
A pesar que algunos noticieros omitían dichos detalles en las redes sociales la información era accesible para todos. Ya muchos se habían ido a quejar a la página oficial del Alcalde para que diera solución a tan alarmante peligro y éste aseguró que todo estaba bajo investigación.
Pero las palabras del hombre con rasgos de liebre no lograban calmar el miedo de todos los habitantes. Hinata lo admitía, tenía miedo de regresar a casa cuando su turno se alargaba más de lo normal, varias veces se había sentido acechada por alguien. Incluso reconoció desde lo lejos una sed de sangre oculta en los profundidades de las penumbras de las zonas del barrio donde los postes de luz no lograban alumbrar.
El instinto de supervivencia dentro de ella le instó a correr con toda la fuerza posible hasta el departamento que venía rentando desde los días universitarios, cerrando la puerta detrás de sí y respirando con dificultad, asegurándose de cerrar con total cuidado las puertas y ventanas. Solo de ese modo podía irse a su habitación a descansar.
—Esto es horrible —expresó Hinata con solemnidad, las orejas blancas con el interior rosado sobresalientes de la cabellera negro azulada se movieron a la par de sus sentimientos. Preocupación—. De verdad espero que todo esto termine pronto —dijo—. Las elecciones serán dentro de dos meses —musitó al recordar dicha fecha señalada en su agenda electrónica.
En Zoopolis la votación para el nuevo Alcalde era importante y feriado, no había excusas ni horas de trabajo, todo con el fin de que cada ciudadano votara por su candidato favorito. Hizuren Sarutobi había ocupado el puesto por unos largos diez años, hasta el momento nadie se había quejado a excepción de los últimos meses en que las cosas parecieron complicarse respecto a las anomalías en la salud de los carnívoros, el aumento de casos y desapariciones que conducían directamente al Mercado de Carne.
Y como si los problemas no fueran suficientes el reinado de terror por parte del desconocido asesino en serio que se presumía era carnívoro —todos daban por hecho el tema al revelarse que la mayoría de las víctimas pertenecía a la clase de los herbívoros— rondar por las calles de la ciudad en completa libertad sin nadie tras su rastros, escondiendo la veracidad de los hechos detrás de notas falsas que solamente aumentaban la angustia.
Lamentablemente Hinata no pudo pensar mucho sobre ello pues el celular sonó. Era Neji, su primo. Hizo una mueca con los labios; Neji era alguien especial, tanto que lo consideraba un hermano, sin embargo últimamente se había dedicado a llamarla para preguntarle, además de su salud y bienestar, si había recapacitado las cosas respecto a los asuntos sin resolver de la familia.
Esa tarde se dedicó a disfrutar su día de descanso tejiendo unas cuantas prendas para regalarle a Mirai, la hija de Kurenai —su amable vecina—, tomar chocolate caliente, pastel de zanahoria y ver doramas con el atractivo Toneri Otsutsuki como protagonista para relajarse. El ring de su celular le había tomado de los pies para traerla de nuevo a la tierra y darse cuenta que los problemas con su padre no estaban concretados como a ella le hubiera gustado.
Cuando escapó de la mansión, dejando en claro a su padre que no se haría cargo de la empresa familiar porque no era su deseo, su progenitor se había encargado de herir su corazón al gritarle delante de todos que no la consideraba más sangre de su sangre, dándole la espalda por querer seguir con sus propios sueños en lugar de la herencia empresarial que sabía muy bien no le daría la felicidad que buscaba.
Nunca se consideró apta para llevar las riendas de un imperio de los negocios que su familia venía liderando desde siglos. Grupo Byakugan no era para ella, Neji era mejor para el puesto. Le era tonto que su padre no lo considerara solamente porque éste nació en la familia secundaria, un rango inferior dentro del clan. Una tradición bastante absurda que Hinata no podía tolerar más.
—Hola, Neji —contestó por fin a su primo, subiendo sus pies al sofá y tratando de no sonar a la defensiva.
—Hinata —la voz masculina y seria le contestó al otro lado, sonaba tranquilo. Esperaba que esa voz de verdad no insistiera sobre el tema y solo se tratara de un cordial saludo—. Es bueno escucharte después de todas estas semanas —comentó con cierto tono sarcástico—. Pensé que estabas evitándome.
—He estado ocupada en la Academia de Arte —se excusó.
Aún sin ver a Neji podía asegurar que las cejas estilizadas de su primo se estaban frunciendo en aquellos momentos
—Ya veo —volvió a responder después de un corto período de tiempo—. Lamento haberte molestado.
—No lo haces —Hinata se apresuró en aclarar. «Siempre y cuando no hables sobre la pelea entre mi padre y yo»—. También me alegro escuchar tu voz. Concuerdo contigo, ha pasado tiempo desde que hablamos.
—¿Cómo te va en tu nuevo lugar? —Neji pasó a otro tema, Hinata no sabía decir si aquello era bueno o no. De todos maneras se mantuvo en alerta si Neji sacaba de improvisto el tema sobre la familia y recuperar la cordura para hacerse cargo de las responsabilidades que por derecho de nacimiento le pertenecían—. La última vez me comentaste que tenías problemas con la tubería.
«Yo y mi maldita boca». —Oh, eso. No te preocupes, Neji, todo se ha arreglado —no era cierto pero no quería que Neji presionara sobre aquel detalle. Su nuevo departamento no era igual de lujoso que la mansión pero era suyo y podía ser ella misma sin la incesante mirada de su padre atento a cualquier error para corregirla con dureza—. Tengo vecinos muy amables —aquello también era mentira, o la mitad de ésta porque Kurenai y su hija sí que eran agradables a comparación del resto que parecía hacerle el fuchi cuando estableció una amistad con la humanoide de rasgos felinos y su hija que era un híbrido entre liebre y pantera—. No me quejo.
—Entiendo —si Neji le creía o no Hinata no podía saberlo. De los dos su primo era mejor ocultando sus emociones que ella—. Eso me alivia, me preocupaba que tuvieras dificultades en tu nuevo estilo de vida —comentó—. Considerando que siempre has estado acostumbrada a la buena vida…
—Neji, de verdad aprecio tu llamada pero dudo que realmente quieras saber cómo estoy si insistes tanto en señalar el cómo vivo mi vida —cortó la amabilidad deshonesta del joven al otro lado para ir al verdadero asunto. Pronto su novela favorita empezaría y no quería que Neji arruinaría su buen humor—. Puedes decirme que hablas para discutir sobre lo de mi padre o hacerme la pregunta de siempre sobre si he reflexionado y es momento de regresar a casa, de ese modo podré despedirme educadamente para colgar.
—No estoy mintiendo, Hinata. Todos estamos preocupados por ti. Es natural de mi parte checar cómo estás —por un momento la voz de Neji se escuchó sincera e Hinata se regañó a sí misma su rudeza—. Tio Hiashi también lo está.
—Eso lo dudo —se negó a creer eso—. La última vez me gritó en la cara que no me consideraba más su hija, que para él estaba muerta, no titubeó, lo dijo desde el fondo de su corazón —recordar aquel sucedo aún le dolía pero se prometió avanzar. Lloró todo un día, eso había sido suficiente—. Por eso acepté irme para no traerle más vergüenza. Estoy segura que contigo a tu lado, Neji, la empresa saldrá en viento a popa. No me necesitan.
—Hanabi te extraña —la mención de su hermana por poco la hace temblar pero lo soportó. En su mente Hanabi era una joven fuerte, ella de entre toda su familia entendió sus razones y la había apoyado—. Yo te extraño… —confesó Neji.
Hinata casi sonrió pero se contuvo.
—Lo sé —ella también los extrañaba pero no podía flaquear—. Igual yo a ustedes pero tomé mi decisión, Neji. No voy a volver…
No fueron sus propios dedos los que oprimieron la opción de "Colgar", la llamada fue interrumpida y las luces en su hogar se fueron. Las orejas de Hinata se alzaron, alarmadas, escuchando cualquier sonido que le diera una pista de lo sucedido pero no percibía nada, detalle que la hizo sentir nerviosa porque el silencio extremo no era una buena señal.
Se movió hasta la cocina donde tenía una linterna para casos de emergencia, como ese. Al encenderla notó que todo estaba en su lugar. Fue a la puerta para revisar que todos los seguros estuvieran puesto y soltó un suspiro de alivio. Vio a través de las ventanas si todo el barrio también estaba a oscuras pero para sus sorpresa notó que no era así pues pudo apreciar luz en los demás vecindarios. Eso desconcertó a Hinata pues estaba al corriente con los pagos del servicio de luz, no había motivos para que se la suspendieran.
Pensó en ir con Kurenai para preguntarle qué había pasado o si debería bajar al primero piso a consultar al gruñón de su casero, Zabuza, que siempre andaba de malas cuando los inquilinos del lugar le comunicaban sobre los problemas domésticos. Se disponía a hacerlo en esos momentos cuando se echó a los bolsillos de sus pantalones cómodos de algodón las llaves y celular —en caso de que el aparato volviera a prender porque se rehusaba a dar señales de vida— cuando unos golpes violentos arremetieron contra la madera de su puerta.
Hinata retrocedió, asustada por el repentino ruido. Las orejas se inclinaron hacia abajo, signo de miedo. Aspiró el aroma para buscar algún hedor que le indicara la identidad del responsable de golpear con tanta brusquedad su puerta como si se tratara de un toro furioso pero a sus fosas nasales no llegaba nada salvo el propio olor de su miedo.
Quedarse quieta, sin hacer ruido ni dar a conocer su presencia era el mejor plan que en esos momentos Hinata podía idear. Estaba a salvo en los interiores de su departamento. Y en caso de que el intruso pudiera entrar gritaría con todas sus fuerzas para que Kurenai viniera a su rescate.
O eso imaginó.
La madera de la puerta no soportó la fuerza del ser al otro lado y se rompió con tanta facilidad —como si en lugar de ser madera fuera simple papel— debido al puño traspasar el otro lado de la superficie lisa, lazando astillas y pedazos por todos lados.
Hinata tuvo que protegerse para que ninguna de éstas le cayera en los ojos ni piel.
—¿Q-Quién…? —tontamente se quedó parada, observando el enorme hoyo en su puerta. Las piernas le temblaban y el corazón le latía desenfrenado. Su instinto le gritaba que se escondiera pero el miedo la congeló.
Por supuesto nadie le respondió. Al otro lado nadie le dijo "Oh, hola, solo pasaba por aquí y se me ocurrió romper tu puerta porque sí. Una disculpa. ¿Tienes seguro de daños?". Eso era una tontería que no ocurría en la vida real.
No en la suya, al menos.
El silencio al exterior le hizo pensar que el responsable se dio por vencido o logró desahogarse con su pobre puerta, dejándola en paz. Ilusa.
—¡Ah! —gritó al ver cómo lo que antes pudo llamar la puerta de su dulce hogar se vino hacia abajo con una figura desconocida.
Hinata estornudó y sus orejas se agitaron para quitar cualquier rastro de material sobre éstas. Trató de disipar la capa de polvo creada por la destrucción completa de la puerta para acercarse, sigilosamente y con la linterna a modo de arma —apretaba con fuerza la base de ésta, dispuesta a no fallar— cuando lo vio.
Completamente inconsciente, con cortadas y sangre en la piel que sus vestimentas hechas un desastre dejaban ver. La respiración la tenía demasiado débil, casi imaginó que estaba muerto de no ser por el lento movimiento de su pecho. Se encontraba encima de los destrozos de madera, con las extremidades completamente inertes, sumido en un profundo sueño o trance provocado por la severidad de sus heridas.
No sabía muy bien qué había llegado a aquel hombre hasta su puerta pero no iba a dejarlo desamparado.
Se acercó a él para verlo con más detalle. Lo primero que llamó su atención fueron aquellas tres marcas —similares a los bigotes de un zorro— en ambas de sus mejillas. A partir de ese momento su interior se apretó así como el aroma a carnívoro llegarle hasta el centro de su cerebro. Hinata tuvo que llevarse sus dos manos para no soltar un grito de sorpresa y miedo. Tenía a escasos centímetros un humanoide de zorro.
«Pensé que estaban en cautiverio… —pensó al verlo, sobre todo darse cuenta de la cola negra y las orejas puntiagudas sobresalir del cabello desordenado de tono azabache—. Casi se consideran extintos. No debería estar afuera… Tanto por su bien como el de…». Eso no importaba ahora, debía hacer a un lado sus diferencias —y miedos— e intentar ayudar a ese pobre hombre.
Era peligroso —era una mujer que vivía sola— meter a un completo desconocido a su hogar pero ¿qué más podía hacer? Las opciones estaban reducidas.
Lo más conveniente sería llamar a una ambulancia y dejar que ésta se encargara de todo pero los aparatos dentro de su departamento no funcionaban, algo raro ocurrió con su caja de fusibles o el medidor de luz, no sabía con precisión pero debía llevar a rastras al extraño, dejarlo medianamente protegido y salir corriendo a pedirle el teléfono a Kurenai para llamar a la ambulancia, quedándose con su vecina hasta que ésta arribara.
Sí, eso era una buena idea.
—Qué —al comenzar a estirarlo de la tela de su ropa se dio cuenta de lo pesado que era— pesado —murmuró cuando hizo el intento de rodar el cuerpo como si fuera un tronco hacia el interior del departamento, teniendo dificultados para hacerlo. Después recordó que éste se hallaba herido y no podía manejarlo de ese modo o lo terminaría matando—. Lo siento, lo siento —se disculpaba al tratar de darle un mejor trato. Estaba dormido pero no quería tener problemas—. Por favor, no me comas, no me comas —repitió una y otra vez cuando se acercó al rostro del bello durmiente, notando lo atractivo que lucía pero recordándose nuevamente que era llevarlo adentro no apreciar su belleza.
Poco a poco logró llevarlo hasta la sala, chocó contra algunos muebles y una lampara casi le caía en la cabeza pero logró evitarlo, haciendo a un lado todo estorbo con la linterna en la boca para ayudarse a ver.
«Tengo que comer más zanahorias, estoy tan débil. Mi condición física está cada vez peor —se quejó Hinata cuando jalaba el cuerpo, hasta una leve capa de sudor se dibujó en su frente, remojando levemente el flequillo que siempre llevaba—. E-Esto me pasa por descuidarme y pasar tanto tiempo en el sofá… ¡A partir de mañana empezaré a correr! —sin embargo no era toda su culpa, ese sujeto era enorme».
El sonido de algo rasgarse alarmó a Hinata. Bajó la mirada y se dio cuenta que la tela de la que venía jalando —la chaqueta del desconocido— se había roto. Un enorme pedazo se hallaba en sus manos, dejando descubierto el pecho sin nada abajo —es decir, desnudo— del hombre.
—Oh no —exclamó no solo asustada y preocupada, sino también sonrojada de notar esos músculos que no dudaba habían sido ganados por esfuerzo.
Le gustaría decir que no había razón para el pánico pero la situación había escalado a un nuevo nivel de dificultad.
¡¿Cómo iba a mover a ese Hércules Azabache ahora?! La idea de tocarlo con sus propias manos, tener contacto con esa piel bronceada puso en un estado muy acalorado toda su anatomía. Hinata no paró de maldecirse una y otra vez por la impía dirección de sus pensamientos.
—Si no veo, no peco —se dijo al cerrar lo ojos, palpando la zona de los hombros para aplastar los dedos entre aquella piel firme e intentar acomodarlo mejor en medio de la alfombra—. Si no veo, no peco —seguía diciendo sin abrir los ojos, negándose a hacerlo por el bien del sujeto y el suyo. Las hormonas en los humanoides con semejanzas a los conejos eran muy inestables, por ello se le requería asistir con frecuencia a la especialidad de Ginecología General para medir el nivel de feromonas en su cuerpo ya que podía atraer, sin darse cuenta, a especímenes del sexo opuesto de cualquier grupo. No deseaba que un accidente de ese tipo sucediera y menos con un completo desconocido. Sería algo inapropiado aprovecharse del estado vulnerable de una persona e ir en contra de los códigos morales por andar toqueteando un cuerpo ajeno sin contar con la debida autorización…
—Oye…
Esa voz ronca venir de abajo puso en un estado de hibernación la mente de Hinata y a su cerebro lo enviaron al Infinito y Más Allá. Con temor abrió los parpados solamente para toparse con unos ojos de un intenso azul umbrío que no perdían detalle de su rostro. Parecía calmado o eso pensaba ella.
Tragó saliva. —¿S-Sí…?
—Tus manos —señaló el desconocido, apenas alzando un dedo, indicando a Hinata la localización de las mencionadas— están sobre mis pezones —dijo con la tranquilidad del mundo, observando el rostro de la joven conejo enrojecerse completamente mientras sus orejas blancas comenzaban a temblar.
—¡Lo siento muchísimo! —se desapegó de él, asustada, mirando sus manos como si éstas hubieran hecho la peor cosa del mundo.
¡Con razón se sintió tan suavecita la zona donde había tocado! ¡Era sus pechos!
«No, estoy segura que en el sexo masculino se dice de otra manera. ¿Pectorales?» no tenía idea y tampoco era lo importante. Con la lámpara —que desde hace rato, por andar arrastrando al recién despertado se le cayó por algún lado— iluminó el rostro del extraño que lanzó un gruñido fiero por la molestia, acción que provocó un temblor en todo el cuerpecillo de la mujer conejo.
—¿Q-Quién es usted? —mal momento para el tartamudeo, eso solo la haría lucir como el conejo asustado que realmente era pero que no quería dar a conocer tan fácilmente.
Zorros y conejos eran eternos enemigos; depredador y presa así como el alimento favorito de los zorros.
—¿Y-Y por qué destruyó mi puerta? —sí, le había tocado las boobies; no, los pectorales pero él le había derrumbado su puerta. ¿Ahora cómo mantendría la privacidad de su departamento? Hace poco le había asegurado a Neji que todo estaba bien y ¡sorpresa! Un humanoide con características de zorro venía a destruir su seguridad y departamento. Eso no era muy educado.
—Escucha —la voz del sujeto era débil, el aspecto de sus ojos indicaba que no duraría mucho tiempo consciente—. Contestaré tus preguntas pero primero haz algo por mí —señaló la parte de su abdomen donde una cortada se visualizaba y la sangre de ésta no paraba de salir—. Ayúdame con esto y yo te ayudo con lo otro. ¿Trato?
¿Ese sujeto pensaba que iba a aceptar con tanta facilidad aquello como si fuera una tonta…?
¡Ja!
—D-De acuerdo.
Pues tenía razón.
Oh si la abuela la viera en esos momentos sin duda se aseguraría de visitarla en la noche siguiente para atraparla de los pies y llevarla a las profundidades del Mundo de los Espíritus para darle unas buenas estiradas de orejas por andar creyendo con tanta facilidad en su enemigo natural número uno.
¿Qué no había aprendido nada de aquellas pláticas preventivas que las profesoras le dieron en la guardaría sobre acercarse a zorros malos que pudieran comerla —en muchos sentidos— o de intenciones sospechosas?
Parecía que todas esas advertencias se le borraron por culpa de unos ojos bonitos.
Qué fácil era.
—Lo ayudaré si me promete algo —con cautela Hinata se acercó a él, evitando mirarle porque estaba desnudo de la puerta superior, zona supervisada personalmente y accidentalmente, un claro sin querer queriendo, por sus manos.
—¿Qué quieres…? —cómo pudo el sujeto se logró incorporar con una mano en el vientre que no previno que más sangre saliera de la herida, alzando por un momento esa mirada de furioso azul enmarcado por espesas pestañas negras y un marcado ceño fruncido que le daban el aspecto de un zorro feroz.
Ella tragó ruidosamente.
—Por favor —de verdad se lo pedía— no me coma cuando lo ayude.
El rostro del desconocido no tuvo reacción alguna a su comentario, todo lo contrario, parecía indiferente.
Él pareció estudiarla, de cabeza a los pies, poniéndola nerviosa. No encontró nada atractivo en la mujer vestida con aquella pijama tan infantil que no iba a acorde con la edad que aparentaba.
Resopló.
—No me gustan la carne virgen —contestó sin muchos ánimos—. Me causa indigestión.
