PERO, EL NIÑO NO ES TU HIJO.
Los personajes de Inuyasha no me pertenecen; la historia narrada acontinuación, sí.
Drisfuten de este mundillo, donde demonios y humanos viven, quizás en paz, pero, anhelando guerra.
CAPÍTULO 01.
La sacerdotisa y el demonio.
El apellido Higurashi se hacía notar entre las prestigiosas familias del reino de Haku. Mientras los demás nobles se apoyaban en la riqueza y el dinero, la familia Higurashi poseía algo invaluable: los poderes espirituales que habían sido heredados por las hijas de la gran sacerdotisa Midoriko, difunta hermana del malvado conde Renkotsu.
El rumor de la gran herencia se había esparcido por la servidumbre del condado como azúcar entre las hormigas, y aquello se prestó como entretenimiento para la población. No tenían pruebas de que los vástagos hubieran nacido con tales poderes, pero los más allegados a la mansión Higurashi lo afirmaban fervientemente.
Se decía que tanto la mayor de los hermanos, Kagome, junto con la hermana del medio Rin, ya daban indicios de ser unas prometedoras sacerdotisas. Pero el hermano menor, Souta, era el único que no parecía dotado con aquella bendición.
Pronto, los bares y casinos se abarrotarían de personas que, usando el famoso misterio de los Higurashi a su favor, buscaban ganar fortuna al apostar entre si era cierto o no aquel popular rumor.
Esa primavera, un anuncio en el periódico local por parte del conde Renkotsu, trajo consigo los esperados resultados de los juegos clandestinos. Aquella temporada vería el regocijo de los ganadores de las apuestas. Todos ellos con sus abultados bolsillos que, evidenciaban sin disimulo alguno, las monedas de plata obtenidas como premio. La noticia que estaba impresa en el papel, con un titular exageradamente grande que la hacía sobresalir entre las demás primicias, daba a conocer el anuncio del compromiso entre la sobrina del conde, Kagome Higurashi, con el mayor de los hijos del clan de los demonios del este, Bankotsu Veskan.
El pueblo ya tenía su respuesta: Las dos jóvenes Higurashi habían nacido con los poderes espirituales de su madre.
Era cierto que el periódico no mostraba ninguna frase referente a los poderes, sólo era el anunciante de una futura boda, pero el compromiso en sí mismo era la confirmación de todas sus sospechas.
Todos en el condado sabían que las negociaciones matrimoniales entre familias se daban para obtener una ganancia mutua. Y los Higurashi, a parte de sus títulos nobiliarios, no poseían nada de valor material. Incluso la mansión que albergaba a la familia en cuestión estaba en la ruina. Era preferible que la estructura se cayera con el pasar del tiempo, que invertir el cuádruple de su valor en repararla.
Ningún noble querría desposar a aquellas pobretonas que se vestían con diseños tan antiguos, que bien podrían haberlos usado sus abuelas en sus días de debutantes.
No. Ningún noble común y corriente querría comprometerse con ellas. Pero, sí lo haría uno que no fuera totalmente humano.
Los únicos interesados en lo espiritual sobre lo material eran los demonios. Y el poder de los Higurashi era un premio tan valioso, como una caza de veinte ciervos en invierno.
Sería un ganar-ganar para todos. Los demonios del este, como dote del matrimonio, obtendrían poder espiritual. Al conde Renkotsu se le regalaría tierras con un alto valor monetario. Y Kagome, quizás, podría ser libre junto con sus hermanos.
Al menos, eso pensaba antes de conocer a Bankotsu Veskan, Barón de una región importante del Sengoku, las conocidas tierras altas demoniacas.
Las esperanzas que Kagome había retenido con recelo en su corazón, se habían roto cuando fue presentada ante lo que sería su nueva futura familia.
A partir de esa noche, nunca olvidaría la sonrisa llena de maldad que Bankotsu le había mostrado. Él, un joven alto, que aparentaba estar en sus veintes, tenía una larga y envidiable cabellera azabache, tan oscura como la noche. Y como si albergara un mar en sus ojos, el azul intenso de su mirada parecía ahogar a Kagome, la dejaba desvalida, a merced de su perversión. El moreno era la viva imagen de lo que se decía sobre los demonios: eran hermosos, más que los ángeles pintados en los techos de las iglesias. Y como decía el párroco local:
"Como la tentación, son el pecado andante; como un disfraz, son los lobos vestidos de ovejas".
Los Veskan se presentaron para el precipitado banquete que había organizado su tío. Bankotsu había llegado junto con su padre, Mukotsu, un señor poco agraciado, bajo y con sobrepeso. No era parecido al barón, tampoco se parecía a su otro hijo, Jakotsu.
Jakotsu era el menor de los Veskan. Tenía un rostro hermoso, de piel bien cuidada, y con facciones tan delicadas que, por un momento, Kagome lo había confundido con una mujer.
Entre vistazos fugaces, ella se había percatado que físicamente los Veskan no parecían estar emparentados. También, no dejó pasar por alto las interacciones entre su tío y los demonios.
Parecen conocerse de antes.
No queriendo llamar la atención, decidió no hablar durante la cena. Su silencio poco les importaba a sus acompañantes, los cuales la ignoraron, y descaradamente hablaron de ella en sus conversaciones. Todo ese tiempo, Renkotsu la estuvo describiendo, como si de una mercancía importada de tierras lejanas se tratase.
Kagome sabía que estaba siendo vendida como ganado y no podía impedirlo. En ese momento esa era la mejor solución para todos los hermanos. O aceptaban la oferta, o tendrían que seguir aguantando los maltratos de su tío.
¿Podría haber algo peor que eso?
Por desgracia, la mala suerte que perseguía a Kagome parecía confirmarlo. No podía creer que, de todos los demonios existentes, Bankotsu hubiera sido el mejor postor.
Justo él. El hombre que era conocido por ser uno de los a nobles más retorcidos y malvados del Sengoku. Gracias la servidumbre, pudo conocerlo a través de rumores, y tristemente, ninguno de aquellos chismorreos fue capaz de hacerlo quedar como una persona decente. ¿Pero qué podía haber esperado?, en definitiva, nada positivo; después de todo, su prometido era un demonio.
Tal vez porque aún quedaba en ella un destello de esperanza, seguía anhelando que hubiera alguien, dentro de aquella temida especie, que no fuese como Bankotsu.
Fue la primera en terminar de comer. Cuando hizo una corta reverencia para retirarse, sintió sobre ella la penetrante mirada del joven moreno, mirada que Kagome no devolvió. No le importó perder los modales ante los invitados. Su trabajo ya estaba hecho, y en ese momento solo quería huir de aquel lugar cuanto antes.
Dio media vuelta, y salió del comedor a grandes zancadas. Casi corriendo, se dirigió hacia el ala de las habitaciones y subió las viejas escaleras de madera. Entró en la pequeña habitación, que compartía con su hermana Rin, y no se sorprendió al ver a su otro hermano, el menor de todos, Souta. Era común que los tres durmieran juntos, como una forma de consolarse y darse fuerzas mutuamente. Pero, en la habitación había un ambiente distinto al del habitual, todo estaba muy tenso. Rin lloraba y Souta la intentaba calmar.
Rápidamente, Kagome se aproximó hacia ellos. Tenía la intención de preguntar por el estado de su hermana, pero, no hizo falta. Cuando Rin la vio acercarse, comenzó inmediatamente a hablar entre sollozos.
—Lo ha vendido, Kag. —Hipó—. Descubrió en donde lo había guardado... Y lo vendió.
Al escucharla, kagome parpadeó varias veces. Sabía que Rin hablaba de su tío, pero... ¿A qué se refería con lo otro? ¿Qué era lo que Renkotsu había vendido?, ellos ya no tenían nada para...
Mierda.
El pánico casi la invadió cuando por fin pudo comprender todo.
No, no es posible...Era lo último que nos quedaba de mamá.
Tenía la mente hecha un lío, pero trató de mantener la calma. Souta hacía lo propio, aunque el temblor de sus brazos, con los que intentaba proteger a Rin, delataban su ira.
Kagome dejó salir un suspiro y miró a su hermana.
—¿cómo lo encontró? —preguntó con voz queda.
—Fue esta mañana. Me amenazó con que si no le decía en dónde lo había escondido, iba vender a Souta al demonio Jakotsu... Y yo... Yo no pude negarme —Rin cubrió su rostro con sus manos, la vergüenza la estaba atormentando—. Lo siento, lo siento mucho.
—Calma, no es tu culpa... —musitó.
No quería que creyera que los había traicionado. Como la mayor de los hermanos, sentía que su deber era protegerlos, y no fue difícil hacerlo cuando eran pequeños, pero, cuando crecieron todo comenzó a complicarse. Con la excusa de que ya eran "adultos", su tío los obligaba a trabajar en la mansión, y cuando se dedicaban a cumplir con esas órdenes, no podían estar juntos.
Esa mañana había ocurrido lo mismo. Por las visitas de los Veskan, Renkotsu la había mandado a limpiar todo el piso de la casa hasta que quedara reluciente. No pudo ver a sus hermanos en todo el día, y por eso, tampoco pudo enterarse de lo que Renkotsu había hecho.
Ella se acercó hasta la cama y se sentó al lado de Rin. Quería asegurarse de algo que la estaba atormentando. Tomó entre sus manos el rostro de su hermana, totalmente empapado por las lágrimas, y lo miró cautelosamente.
Luego de unos segundos, lo soltó, tan rápido como si se hubiera quemado. Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Por la cara enrojecida, y la mejilla magullada de Rin, sus sospechas eran ciertas.
Su tío la había abofeteado.
Maldito cobarde.
Sintió ganas de llorar, pero no podía hacerlo, no ahí con sus hermanos menores presentes. Renkotsu los maltrataba por cualquier motivo. Los hacía pasar hambre y les negaba salir al pueblo, estaban recluidos en su propia casa. A pesar de que las ruinas con techo les pertenecían a ellos. Todo el lugar lo habían heredado de su madre, Midoriko.
Además de la mansión, también eran herederos de las joyas de la familia, pero éstas se les fueron arrebatadas una por una por su tío. Renkotsu las vendía, y el dinero ganado lo gastaba en sus vicios: alcohol, prostíbulos, apuestas, falsas inversiones, y más. A veces, usaba el dinero para renovar su guardarropa, mientras ellos tenían que remendar a diario viejas telas para poder vestirse decentemente.
Lo único que les quedaba de su madre, era un collar de cuarzo rosa. Lo habían guardado en el bosque que estaba a espaldas de la casa. De vez en cuando, y por precaución, cambiaban el escondite, pero era fácil para ellos identificarlo: solo había que buscar una piedra que estuviera echada a las raíces de los grandes árboles.
Kagome y sus hermanos cuidaban aquel collar, así como una osa cuida a su cría. Era la joya de más valor que habían heredado, porque aparte del gran cuarzo que adornaba su hermoso diseño, el collar tenía pequeñas bolas de diamantes que se deslizaban por la larga cadena de oro que lo conformaba. Era su tesoro. Era el último recurso que tenían para escapar de Renkotsu, en caso de que los planes finales de su tío fuesen tan malvados como él.
Y ahora ya no estaba.
—Renkotsu dijo que era por nuestro bien —La voz de Souta denotaba furia. El pequeño de los hermanos seguía abrazando a Rin con las manos en puños—. Nos dijo que debíamos agradecerle porque usaría el dinero para el banquete de los Veskan.
Kagome dejó de caminar. Aquello le sentó como un balde de agua fría en plena mañana.
Cayó en cuenta que, toda la comida que había devorado hace unos minutos fue pagada con el dinero del collar que su tío había vendido. Y no sólo era eso… Kagome llevaba un vestido nuevo, una criada se lo había llevado antes de que los Veskan hicieran presencia en su casa. Aquella prenda también fue adquirida por el robo que les hizo Renkotsu, y fue la causa del rostro herido de Rin. ¿Cómo no se había dado cuenta de eso?
¿Cómo fui tan tonta?
Ellos apenas se permitían comer y estaban tan delgados que aparentaban menos edad de la que tenían.
—Quédense aquí. No quiero que salgan hasta que regrese —Kagome se dirigió hacia la puerta.
Antes de abrirla, agarró de la cómoda unas tijeras que reposaban en un cuenco de madera. Souta la miró sorprendido. El muchacho, de unos quince años, se levantó de inmediato para detener las intenciones de su hermana mayor.
—Kag, no —murmuró con temor de hacer ruido. Él la sujetó del brazo—. Cálmate. Rin no está bien ahora… te necesita.
—Entonces, quédate a su lado —dijo. Ella lo apartó suavemente—. No haré nada grave, lo juro.
Souta dudó. Hizo un gesto con su rostro, viendo fijamente hacia las tijeras que Kagome sujetaba con su mano. Ella bufó.
—Souta, no puedo cometer el error de ser estúpida en estos momentos. Si quisiera matarlo, lo haría cuando esos demonios se hubieran ido.
Rin chilló.
—Ahora, ve con ella y... Trata de tranquilizarla, por favor —Kagome instó a su hermano a volver con Rin.
Él la obedeció, y con resignación, se sentó. Kagome ya estaba por irse cuando Souta le hizo una pregunta.
—¿Y las tijeras para qué son?
—Para protegerme. —Contestó.
Con cuidado, cerró la puerta antes de salir de la habitación.
Kagome se dirigió hacia las cocinas. El lugar más ruidoso de la casa estaba ahora en completo silencio. Como era de esperarse, los criados ya se habían marchado. Era costumbre que se retirasen a penas el trabajo estuviera hecho. Recorrió la pequeña estancia. Los almacenes estaban llenos, pero el lugar era un desastre. Por todo el piso rocoso habían esparcidos sacos de harina, papas, avena, y fruta; parecía que no hubieran tenido tiempo para ordena nada, y en su lugar, decidieron cocinar de inmediato. En su niñez, alguna vez vio la cocina igual de abastecida que ahora, pero ese recuerdo ya era borroso, así como la imagen de su madre.
Renkotsu se esforzó bastante por complacer a los Veskan.
Soltó una risita irónica al pensar en la cena. En solo unas pocas horas, su tío había tratado a esos demonios mejor de lo que los había tratado a ellos durante todos esos años.
Las manos de Kagome formaron un par de puños que apretó con fuerza.
Estaba decidida. Si no podían escapar de ahí, entonces juraría no usar sus poderes espirituales para enaltecer el clan de los Veskan.
Eso nunca pasará.
Tratando de no hacer ruido, la muchacha tomó algo de pan, queso, fruta y leche de los estantes. Uno por uno, los puso en una canasta de mimbre hasta llenarla. A sus hermanos no se les permitió bajar durante la cena, tampoco habían comido bien por meses. No era justo que sólo ella hubiera saciado el hambre esa noche.
Soltó un largo suspiro.
No estoy robando, toda esta comida nos pertenece.
Después de todo, lo que se estaba llevando de la cocina se había comprado con el dinero de sus hermanos. Con su dinero.
Kagome salió a hurtadillas de la cocina. Aquel lugar era pequeño y contaba con una única puerta que daba al patio de la casa, por lo que, al salir, pudo sentir el frío de la noche recorrer todo su cuerpo. Igual a un escalofrío.
Con una vista del amplio bosque ante ella, no había ninguna farola como en el pueblo, que pudiera advertirle de la presencia de un intruso.
Odio la oscuridad.
La hacía sentir vulnerable e inútil.
Sabía que podía mantenerse alerta si prestaba atención a ruidos extraños, pero, el silbido de la brisa no le facilitaba concentrarse. Fue demasiado tarde cuando finalmente pudo distinguir dos ruidos parecidos, el de las hojas moviéndose, y el de unas pisadas a su espalda. Antes de que su mente pudiera reconocerle, ya se estaba dando de bruces con el amplio pecho del moreno.
—¿Escapando? —Siseó Bankotsu.
Debido al tropiezo, Kagome cayó al suelo, y soltó un leve chillido de dolor. La canasta rebotó en el húmedo césped, y toda la comida se desparramó por el lugar. Él no reaccionó, sino que simplemente miró con desdén el desastre bajo sus pies y luego, de la misma forma, miró a la chica de cabello azabache. La muchacha no quiso perder más tiempo y rápidamente comenzó a recoger las cosas, ignorando por completo la presencia de un Bankotsu que, no mostró señal alguna en querer ayudarla. En cambio, cuando ella se dispuso a recoger un pedazo de queso, él se acercó y lo pisó. Movió su pie de un lado a otro, como si estuviese aplastando una cucaracha. Su acción hizo que kagome se levantara del suelo, y con las mejillas enrojecidas por la cólera, lo enfrentó.
—¡Maldito seas!, ¿Qué estás haciendo? —dijo, levantando la voz.
—Es lo que obtienes por ignorarme, mujer. —Y una media sonrisa maliciosa apareció en su rostro.
—¿Te crees el Rey de Haku? Esta es mi casa y no puedes faltarme el respeto de esa manera.
El pecho de Kagome subía y bajaba por la exaltación. Ya no le importaba si aquel hombre era un demonio, era un completo idiota y no se lo iba a permitir. Pero, su valentía se esfumó tan rápido como un parpadeo.
De inmediato, se percató de su error cuando la sonrisa de Bankotsu desapareció, y en su lugar, fue reemplazada por una mirada fulminante, tan fría como esa misma noche.
—Ah. ¿Qué has dicho? ¿Qué es lo que no puedo hacer? —Bankotsu acercó su rostro al oído de Kagome, y le susurró—: Creo que mi pequeña muñeca se ha descompuesto, sólo está diciendo tonterías.
Ella, usando la poca energía que tenía, trató de apartarlo dándole un empujón. Pero, Bankotsu no pareció moverse ni un centímetro. Tragó saliva cuando él la sujetó del brazo. Parecía que le estuviera dando una lección de fuerza, y si él decidiera cerrar más su agarre, la destrozaría. No podía hacer nada ante ese demonio.
¿En qué estaba pensando cuando decidió provocarlo?
—No soy tu juguete —dijo casi en un susurro. Sus ojos comenzaron a ponerse vidriosos por el dolor.
Sabía perfectamente que, si quería salir de ahí con todas sus extremidades intactas, lo más sensato era dejar de protestar y detener aquel extraño encuentro de una vez por todas. Pero, si lo hacía, ¿qué pasaría entonces?
Aunque suplicara de rodillas, Bankotsu no la dejaría en paz.
¡Qué se joda ese maldito!
Se arriesgaría.
Era terca, y aquello formaba parte de su ser como un tercer nombre, y a veces, aquel defecto le servía como una virtud, al menos con su tío. Renkotsu se aburría de que ella no reaccionara con sus maltratos. Kagome aguantaba el dolor y no cedía tan fácil; por eso, él solía desquitarse con sus hermanos menores, sabía que aquello la heriría más qué cualquier latigazo que pudiera darle. Ahora, tal vez la terquedad no la ayudaría contra Bankotsu. Podría ser todo lo contrario. Podría ser su perdición.
—¿No entendiste nada de lo que se dijo en la cena? Te he comprado. Soy tu dueño, Ka-go-me. —Bankotsu pronunció cada sílaba del nombre con diversión.
—¡Suéltame! —Ella protestó.
—No, eso no.
De un tirón, la jaló hacia él, y con el brazo que tenía libre, le rodeó la pequeña cintura.
—Vine aquí por una sacerdotisa, y tenía entendido que, eran tranquilas... —la miró con ojos entornados—. No me gusta tu insolencia. Eres una fierecilla, y eso tiene que cambiar.
Bankotsu no dejó que Kagome protestara. Ni siquiera la dejó reaccionar cuando, con una fuerza rústica, la besó. Se apoderó de sus labios como un salvaje. Le soltó el brazo, y centró su agarre en la pequeña barbilla de la muchacha, la cual forcejeaba para alejarlo. Estaba hambriento y ansioso, a la vez que, entre palabras entrecortadas por el roce de los labios, le expresaba lo mucho que se estaba divirtiendo. Cuando intentó profundizar aquel beso, ella se lo impidió al morderle el labio inferior, haciendo que un hilo escarlata se deslizara por su barbilla.
Bankotsu soltó una maldición y la separó de un empujón. Estaba furioso por aquel ataque, tan impropio de una dama que se hacía llamar "sacerdotisa".
Ella parecía compartir el mismo sentimiento. Escupió en el piso, asqueada por lo que acababa de ocurrir, y con brusquedad, se frotó la muñeca contra su boca, queriendo inútilmente borrar cualquier rastro del demonio en su piel.
—¿Crees tener mucho coraje? —dijo Bankotsu a modo de dura advertencia—. Mírate, estás temblando como un cachorro.
Dio un paso hacia ella. Quería castigarla hasta que supiera cuál era su nivel, hasta que reconociera quién era la persona con poder entre los dos. Se detuvo al ver como Kagome sacaba algo del lateral de su falda y luego lo empuñaba en frente de él. No pudo ocultar su sorpresa al identificar el objeto.
—Con un infierno, Me saliste demente —Se mofó cruzándose de brazos.
Ella sostenía las tijeras que había traído de su dormitorio, como si de una pistola se tratase.
—Dime cuáles son tus intenciones conmigo, Bankotsu —siseó.
—Sólo quiero hacer un control de calidad a mi más reciente adquisición.
Él fingió inocencia cuando vio su rostro horrorizado.
—¿Qué? ¿Pido demasiado?
—¡No dejaré que vuelvas a tocarme! —Ella hizo un gesto con la mano con la intención de hacerlo retroceder—. Lo que acabas de hacer es deshonroso.
Bankotsu puso los ojos en blanco.
— ¿Eh? Así que... deshonroso. Veo que no sólo eres una fierecilla demente e indomable, también eres virgen. No sabía que una pobretona podía mantener aún el decoro. —Avanzó hacia ella con una media sonrisa en su rostro—. Si tu propósito es alejarme, te aviso que no está funcionando.
—Si no te vas ahora mismo, te mataré.
—¿Con esa baratija? —Soltó un largo suspiro—. Pudiste haberte esforzado más, mujer. Con algo más de tu tipo, como una palabra mágica o uno de esos bailes extraño.
—Las tijeras son de plata —advirtió Kagome.
Él se mantuvo impertérrito por unos segundos, luego, no pudo evitar estallar en carcajadas. Pensó que la sacerdotisa podía ser muy inocente, o simplemente, era muy estúpida. Cómo se le ocurría defenderse con aquellas viejas leyendas, tan antiguas que, él mismo se había olvidado casi por completo de ellas. Las viejas historias locales describían, muy a detalle, la forma eficaz, rápida y sencilla de cómo asesinar a un demonio. Podía apostar su alma a que todos esos cuentacuentos no habían matado ni a un gnomo de pantano.
—No soy un vampiro, idiota. Falta más que plata y estacas de madera para matarme.
—Eso podemos comprobarlo en este momento, Bankotsu Veskan. —Arrastró cada sílaba del nombre con desdén, casi escupiéndolo.
— Oh, ¿qué harás?, ¿vas a exorcizarme?
Kagome sabía que tenía que hacerlo. Era defenderse o ser presa de aquel demonio; y no quería volver a escucharlo referirse a ella como si fuese su juguete.
Bankotsu la retó con la mirada, y no pareció sorprenderse cuando ella aceptó el desafío y se abalanzó hacia su pecho, sosteniendo las tijeras en dirección a su corazón. Permaneció estoico, incluso, cuando sintió que su piel abría paso a la fría cuchilla de metal.
Un poco de sangre, un ligero dolor, pero sanará en menos de un día, pensó mientras sonreía.
La dejaría jugar un poco, después de todo, él también se beneficiaría de ella. Se imaginaba con deleite la expresión de pánico que le mostraría la humana, cuando por fin se diera cuenta de que su plan para matarlo no había dado frutos.
El gesto burlón, que adornaba la cara de Bankotsu, se borró de inmediato cuando vio que, pequeños destellos emergieron desde la herida que Kagome le había provocado. De su corazón parecía surgir luz y fuego, como una estrella fugaz. Maldijo dándose cuenta de que había caído en la trampa de la sacerdotisa. Juró estrangularla con sus propias manos. Cuando quiso hacerlo, sintió que no podía moverse. Y en un momento de pánico, quiso cerciorarse de que sus piernas no estuvieran convertidas en piedra, pero no alcanzó a verificarlo, porque tampoco pudo mover su cabeza.
—Eres una maldita bruja... —Su voz se fue apagando mientras hablaba.
A pesar de lo que creía Bankotsu, no estaba convertido en piedra; pero igual de pesado que un monolito, cayó de espaldas hacia el pasto.
Kagome se puso de cuclillas junto a él. Y con sorna en su voz le susurró:
—Ahora ya sabes qué se necesita, aparte de la plata, para acabar con la vida de un demonio.
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En el próximo capítulo aparecerá nuestro ML, nuestro niño de pelo de plata, ajá.
Si les ha gustado la historia, pueden dejar sus comentarios, me motivarían bastante.
Nos vemos
