Resumen: Un ex combatiente que regresa a casa después de la batalla, no altivo y victorioso, sino confundido y amedrentado. Él no quería dejar su campo de batalla, no así. Ese no era modo de regresar a casa. O, Ash despierta listo para enfrentarse al trio de Dino, Blanca y Yut Lung, sólo para encontrarse en las planicies de Cape Cod; con un Eiji que ha perdido el brillo de sus ojos, con un Sing que es más miradas que palabras, y con una tumba que tiene su nombre.


Muere dignamente en tu soledad.


Cuando Ash abrió los ojos, lo primero que le saludó fue un límpido cielo estrellado.

Lo segundo, fue la sensación de que se estaba congelando.

Maldijo en voz baja, mientras usaba sus manos para empujarse hacia arriba. Su cabeza latía, un dolor punzante amenazaba con romper su cráneo en dos. ¿dónde se suponía que estaba? ¿Qué era lo que había estado haciendo?

Recordaba… La mansión de Dino. Su mirada borrosa, la falta de fuerza en sus piernas, la voz de Blanca en su oído y… ¡la voz de Eiji!

La voz de Eiji diciendo que dispararía.

Después, el subterraneo. Las manos de Eiji guiándolo por un perpetuo pasillo oscuro de sombras difusas, y el sabor de la más celestial sopa de lata que alguna vez hubiera probado.

Después… después…oscuridad.

Se había quedado dormido.

¡dormido!

Observó alrededor con desesperación, intentando captar un rezago de cualquier silueta familiar. Cualquier sonido, cualquier olor.

Pero no encontró nada. Estaba en medio de un campo vacío.

Se puso de pie con rapidez; tanta que, pudo sentir el momento exacto en el cual perdía el equilibrio, tendiendo que colocar sus manos, antes de impactar directamente contra el suelo. Lo intentó de nueva cuenta, incorporándose como podía, al tiempo que llevaba las manos a su boca, mascullando una maldición.

—¡Eiji! —Gritó, con toda la fuerza que aún le quedaba—¡Eiji! ¡¿Dónde estás!? ¡Respóndeme!

Lo hizo hasta que sintiera la garganta seca y adolorida, mientras cómo podía, avanzaba en medio de la oscuridad. Cuando sus pulmones se hubieran cansado, así como sus pies, Ash simplemente dejó caer sus brazos a los lados, mientras una expresión de incredulidad mezclada con horror lo llenaba.

Mientras avanzaba no había podido reconocer en qué parte de Nueva York se encontraban. La jungla de concreto no tenía tales bosques, ni áreas verdes. Por un segundo lo había confundido con algún parque estatal, pero era demasiado amplio, y muy mal iluminado. Mientras más terreno hubiera recorrido, la respuesta parecía más obvia. No estaba en Nueva York.

Y, eso sólo había sido confirmado por la visión que ahora le saludaba.

Era su hogar.

Su vieja casa, en Cape Cod.

Ash murmuró ahogadamente un "no" mientras daba un paso atrás. Aquello no era posible. Hacía tan solo unas horas estaba en un intrincado sistema de túneles, listo para recibir el ataque combinado de Dino, la serpiente Lee, y el traidor de Blanca. Y ahora-

—Esto no puede ser…

Murmuró, el sentido de urgencia regresando a su cuerpo. ¿Dónde estaban los demás? ¿Dónde estaban sus hombres? ¿Dónde estaba Eiji?

Un millón de probabilidades atacaron su mente, cada una más desastrosa y catastrófica que la anterior. Sintió su estómago retorcerse, y de no ser porque debía haber pasado una buena cantidad de horas desde que pudo tomar un poco de sopa de las manos de Eiji, estaba seguro que lo que devolvió sobre el pasto húmedo, habría sido más que solo bilis mezclada con jugos gástricos.

Se sentía enfermo…

Respiró hondo, intentando calmarse.

Tenía que pensar.

Necesitaba un plan.

Necesitaba encontrar a Eiji.

Se tambaleó hasta la puerta de entrada de la casa, sintiendo que la respiración se le hacía pesada, al igual que sus miembros.

Ese era el peor lugar y momento para desmayarse. Se quitó la chaqueta como pudo, y el viento helado de Cape Cod le recordó que había perdido muchísimas calorías, pues su cuerpo entero tembló. Ash gruñó, mientras envolvía su puño en la tela gruesa de la chaqueta, no lo pensó mucho y, de un golpe, rompió el vidrio. Hizo la misma acción un par de veces, hasta que el agujero fuera lo suficientemente grande como para entrar, sin cortarse demasiado.

No era la primera vez que entrara a algún lugar en medio de cristales, aun si su debilidad y poca coordinación de momento lograron que terminara con varios rasguños.

Las casas allí estaban bastante separadas la una de la otra, así que Ash estaba seguro que el sonido de un vidrio romperse en medio de la noche, no alertaría a nadie. Intentó guiarse en la oscuridad, y terminó chocando contra un mueble.

Murmuró otro par de maldiciones, mientras su mente le juraba que ese había sido un corredor vacío tan solo hacía unos meses. O, es que quizá, de verdad ya estaba a punto de perder la conciencia.

Finalmente, llegó a un sofá que conocía bien. Dejó que su cuerpo cayera sobre el mismo, mientras sentía como la habitación giraba a su alrededor. La inconciencia lo recibió con brazos abiertos, aún si Ash seguía peleando por mantenerse consiente.

El último pensamiento perenne en su mente: Eiji.


Era de madrugada y Sing conducía la camioneta. En el asiento de atrás, Akira dormitaba acurrucada a Buddy, mientras murmuraba un par de cosas en sueños. Ella había dicho que se quedaría despierta durante todo el viaje, lista para vivir la verdadera experiencia de un viaje de carretera americano.

No había pasado de las tres horas.

Eiji no la culparía. No había realmente grandes autopistas, y el paisaje podía hacerse repetitivo después de un rato, sin contar que el frio del exterior, y lo cálido del pelaje de su fiel compañero, eran suficiente como para invitar a cualquiera a un largo sueño.

—Sing, ya estamos cerca—Dijo, mientras giraba el rostro con suavidad, sonriendo a su acompañante—¿No quieres que conduzca yo?

Sing negó categóricamente, aún si él había estado detrás del volante desde que hubieran subido al vehículo. Para ese punto era una pregunta de cortesía, más que una verdadera interrogante. Sing nunca lo dejaba conducir.

—Nah—Dijo, intentando restarle importancia a sus horas sin sueño—Descansa, tú mismo lo dijiste, ya estamos cerca.

Eiji se acurrucó en su asiento, asintiendo con suavidad.

Sing no confiaba en él y la soledad, o él y la soledad sumado a un auto.

"¿Crees que voy a impactarnos contra un árbol o algo así?"

Había sido una pregunta que había danzado mucho tiempo en sus labios, algunas veces más dispuesta a salir que otras, pero sin realmente ser materializada. Pues eso sólo lastimaría a Sing, y Eiji ya había sido demasiado cruel con él. Como el dolor en su hombro se lo hacía recordar.

Acarició la zona adolorida con suavidad, pues desde el día de ayer no dejaba de latir, como un mudo recordatorio de su discusión. Quizá había dejado marca, pero Eiji no se había molestado en revisar.

El resto del viaje continuó en silencio, hasta que la vieja entrada a la casa de Cape Cod fue visible. Sing se estacionó con cuidado, bajando y abriendo la maletera, para buscar la correa de Buddy. Eiji lo imitó, tomando una manta extra y sacando a Akira del asiento trasero en sus brazos. Las corrientes frías de la mañana lo recibieron, y no quería que la pequeña abandonara la calidez del interior del vehículo.

Sing le dedicó una mirada dubitativa, como si no supiera cómo preguntarle si no prefería que fuera él quien cargara a la pequeña.

Eiji sólo rio en silencio, mientras negaba un par de veces. A veces Sing parecía olvidar que él había sido un atleta, aún si ya había pasado más de la mitad de su vida sin pisar un campo deportivo.

Akira se removió en sus brazos levemente, y Eiji la pegó más a su pecho, mientras cubría como podía su rostro. Sing pareció conforme con su respuesta, y tras dejar a Buddy bien atado a su casa, avanzó. Eiji aún maniobraba con el cuerpo de Akira y su propio caminar, cuando escuchó un grito ahogado. Y, antes de poder preguntar qué pasaba, fue empujado con premura contra la pared de la casa.

Akira volvió a removerse, y Eiji observó a Sing con incredulidad y confusión en partes iguales.

—¿Sing-

Pero el mentado no le dejo terminar, poniendo un par de dedos sobre sus labios. Lo escuchó mascullar, al tiempo que maldecía no tener una pistola encima.

Eiji parpadeó.

—¿Qué?

Murmuró, su mente regresando por un momento a situaciones similares, aún si estas ya habían dejado de ocurrirle hacía más de siete años.

—Quédate atrás—le susurró—Alguien rompió la ventana.

Oh.

—Entraron a robar.

Razonó, mientras la tensión que se había construido en sus hombros parecía descender lentamente.

—Quizá siga dentro—La figura de Sing seguía doblada sobre la de él, cambiando apenas para observar los alrededores. Eiji sabía por qué lo hacía. La clase de cosas que veía a diario.

Se pegó un poco más a él, dejando que su frente rozara la espalda de su amigo.

—Si es un ladrón de aquí, lo dudo. —Musitó, intentando calmarle. Lo peor que podría pasar sería que ahora les faltasen un par de cosas, no es como si Eiji dejara dinero allí, pero los cubiertos y quizá algunos adornos que alguien podría considerar antigüedades. Aún si la idea de que algo de ese lugar desaparezca le causaba un vacío insostenible en el estómago, no podía demostrarle eso a Sing—Entremos, ¿sí?

Sing se giró, fijando su mirada en él. Eiji intentó sonreírle, y en respuesta- le dedicó una mirada complicada, mientras fruncía los labios.

—Está bien…

Accedió, mientras con cuidado apartaba los pequeños mechones de cabello que tenía en la frente, y dejaba una pequeña caricia en su rostro.

—Pero yo iré primero. Sólo entra si te digo que es seguro.

Eiji accedió, tampoco es como si pensase poner en peligro a Akira.

Sing entró primero, y le dijo que había una chaqueta, que ambos accedieron en no tocar por si debían llamar a la policía.

Eiji asintió un poco, manteniéndose en la entrada. Sus ojos fijos en la prenda.

Era- extrañamente familiar. Los engranajes de su mente rodaron, intentando recordar.

Él había visto eso antes.

Sing le pidió que se quedara allí, mientras revisaba el segundo piso, pero todo parecía en orden. Eiji se mantuvo quieto en su lugar, esperando que todo aquel jaleo lo despertara a Akira, pues definitivamente no era la imagen que quería entregarle del sitio.

Posteriormente, avanzó por la sala con Sing por delante, notando un pequeño rastro de desorden, que los llegó hasta la sala.

Allí, había alguien en el sofá.

Eiji presionó el cuerpo de Akira con más fuerza contra su pecho, al tiempo que daba un paso para atrás y Sing le flanqueaba por delante, haciendo una muralla entre le extraño y su cuerpo.

—Eiji, vuelve al auto—Le dijo, mientras hacía sonar sus nudillos—Puede que no sea un ladrón de poca monta, y quizá sólo un ebrio que quería un lugar para dormir.

Eiji apretó los labios, inseguro de como proseguir. Aún si quería poner segura a la pequeña Akira, Eiji nunca había sido fanático de la violencia, y era lo que iba a salir de sus labios, cuando el extraño durmiente se removió en sueños.

Y, Eiji pudo verlo.

Los mechones rubios que brillaban con el sol.

Sing dio un paso hacia adelante, y su semblante cambió por completo. Los músculos se relajaron, y su expresión cedió. Sus ojos aumentando dos veces su tamaño, mientras su boca se abría en una expresión de horror.

El cuerpo frente a ellos jadeó, antes de que Eiji pudiera preguntar qué pasaba.

—Eiji…

Esa voz.

Él la reconocería donde fuera. Sin importar cuanto tiempo pasara.

—¡Ash!


Lo que recibió a Ash cuando abrió los ojos fue el sonido de gritos, mezclado con la voz de Eiji que pedía silencio o despertarían a un niño.

O, al menos, eso era lo que la mente de Ash había podido captar en medio del alboroto.

Pues, su primer reflejo al abrir los ojos había sido entrar en guardia, aún si uno tenía un arma en sus manos. Seguido por la sorpresa, y el sentir del tiempo detenerse.

Casi como en una película.

Porque sin importar cuanto tiempo pasase, él no podría confundir esos ojos.

No los de Eiji.

Se quedó inmóvil mientras las cosas pasaban frente a sus ojos, casi como si él no fuera partícipe.

Bien podría haber sido cierto.

El niño en brazos de Eiji despertó, y él intentó calmarlo en medio de la conmoción. Después de un par de dimes y diretes, Sing pareció acceder de mala gana a acompañar al infante al segundo piso, mientras Ash dejaba que su mirada los siguiera en su camino.

Y ahora, estaba a solas con Eiji.

El silencio llenó el ambiente, al menos por un segundo. Ash aprovechó ese momento para acomodarse en el sofá, mientras Eiji se acercaba a él, lentamente.

Estiró su mano, y Ash no se movió, dejando que los suaves dedos de Eiji recorrieran su rostro.

—De verdad eres tú…

Dijo, como si hablara con él mismo, y no con Ash.

Ash se permitió descansar su mejilla contra el suave toque que le recibía, mientras sus cansados ojos intentaban reconocer las facciones que tenía en frente.

Ese, definitivamente era Eiji. Tan encantador como siempre. Pero había algo más, algo que Ash aún no sabía nombrar. Sus ojos cargaban con algo que no estaba del todo bien, y el brillo de su sonrisa se había perdido.

Eiji lucía-

Frágil.

Increíblemente frágil.

Además de, profundamente triste.

De una manera tal, que incluso frente a él, parecía ser capaz de mermar su semblante.

—Eiji…—Susurró—¿Qué pasa?

Eiji pareció reacio un momento, como si sus cavilaciones no pudieran ser compartidas con él.

—Primero… te traeré algo de comer—ofreció con suavidad, mientras dejaba que su mano se apartara, y Ash intentó fingir que su cuerpo no había seguido el camino de la mano de Eiji, como si rogara por mantener su toque un poco más.

Un poco de leche, y unas rebanadas de pan.

La comida era simple, cosa que su estómago agradeció.

Especialmente después de los nudos que parecieron formarse en el mismo al escuchar los rezagos de una discusión, no muchos metros lejos de allí.

La casa de la infancia de Ash tenía paredes delgadas, tanto que, si alguien con un oído como el suyo lo intentaba, podría escuchar un poco de lo que pasaba en otra habitación, aún si los participantes intentaban ser silenciosos.

Mordió sin cuidado el pan, intentando entender qué había pasado. Cuándo es que Sing se había hecho tan alto, y cuándo es que había comenzado a creerse con el derecho de levantarle la voz a Eiji.

Sintió su mano presionarse contra su pierna, al tiempo que la figura de Eiji regresaba a la habitación.

No había crecido, aunque su cabello sí lo había hecho. Caía sin cuidado por los lados de su cara, y además, ahora utilizaba lentes.

Es más, ya no parecía realmente un niño.

El estómago de Ash dio un vuelco.

—Ash…—Empezó Eiji—¿Recuerdas… como fue que llegaste aquí?

El rostro de Eiji se contrajo tan pronto las palabras dejaron sus labios, como si él mismo se reprochara el preguntar algo así. Ash no podía culparle.

Él mismo no podía hallarle sentido a lo que ocurría. Mucho menos, ponerlo en palabras.

Pues era obvio que el tiempo había pasado. Sing había crecido, y Eiji también.

—Sólo desperté aquí.

Musitó, aunque lo que realmente quería era reír, por lo increíblemente ridículo de la situación.

Eiji asintió, como si aquello pudiera hacer más verosímil el asunto.

—Y es por eso que entraste así por la ventana…

Ash sintió sus mejillas colorearse. Vergüenza. Algo que creía que ya no era capaz de sentir.

—Lo lamento… no sabía que… ¿vivieras aquí? —intentó.

El rostro de Eiji se iluminó un momento, antes de que moviera la mano, negando.

—Oh no, no vivo aquí.

Ash elevó una ceja, confundido.

—Pero- todo aquí se ve…

Habitable.

Habría querido decir. La casa ya no era más una bodega llena de recuerdos perdidos y polvo. Alguien había puesto tiempo y empeño en traerle vida al lugar.

Eiji sonrió suavemente.

—Es que vengo aquí—Se detuvo—Muy seguido.

Ash le dedicó una mirada confundida, y Eiji volvió a colocar esa expresión complicada, que parecía bailar entre la delgada línea de no querer compartir información, y la de no saber cómo hacerlo.

Finalmente, suspiró.

—Hay un lugar al que quiero que me acompañes.

Declaró. Sus ojos regresando a esa tonalidad que Ash aún no se atrevía a comprender.

Culpa.

Eso era algo que él no estaba acostumbrado a dilucidar en Eiji. No por tanto tiempo. No sin los deseos de eliminar cualquier cosa que pudiera ser la causante de la misma.

—Claro…

Accedió.

Sin saber que el lugar al que iría, sería uno con el que más de la mitad de las personas que conocía, de seguro soñarían por visitar. Uno al que él mismo le había dedicado muchas horas de meditación, imaginando, recreando.

Su tumba.


Ash tenía el doble de preguntas que cuando llegó. Y, el triple de las que tenía cuando escuchó la palabra campo santo, cementerio y tumba en la misma oración.

Eiji había hecho lo mejor para explicarle qué había ocurrido. Con una historia que intentaba sonar impersonal, pero fallaba tragicómicamente. Intentando relatar todo a grandes rasgos.

Pero Ash aún seguía en shock.

Porque- de verdad…

—¿Puedes repetirlo de nuevo? —Pidió, mientras se arrodillaba frente a la piedra de mármol en el suelo. Acarició las letras, deletreando su nombre. Intentando registrar que, quien se suponía estaba allí, de verdad era él.

Eiji a su lado lucía taciturno, la suavidad de su voz recordándole más a un susurro del viento que la voz de su amigo.

—Lao—Dijo, y si Ash no lo conociera tan bien como lo hacía, probablemente no habría notado que se detuvo un segundo extra detrás del nombre—te apuñaló frente a la biblioteca…

Ash se mordió los labios, reconociendo que aquello no debía ser sencillo para Eiji. Repetir la historia de nuevo.

—Y yo me quedé como un imbécil allí—ofreció en cambio, presionando sus uñas contra su palma—¿Haciendo qué? ¿Desangrándome hasta la muerte?

Giró el rostro, enfocando el de Eiji, quien parecía intentar sonreírle, en un vacuo intento por esconder su tristeza.

—Mi carta…

—¡No!

El sonido de su voz ahuyentó a las pocas aves que allí descansaban, pero no logró sobresaltar a Eiji.

La carta.

La carta que Eiji le había dejado antes de tomar el avión hacia Japón. Una que Eiji había sido capaz de recitar, haciéndole pensar a Ash que había pasado cada día de su vida hasta ese momento pensando en la misma. En las palabras grabadas con tinta.

En algo que sonaba como una declaración de amor.

Que había sido para él.

—Sé lo que piensas—articuló, su voz mucho más calma. Al tiempo que se ponía de pie y avanzaba hasta Eiji, aún le sacaba varios centímetros, y eso era algo que nunca cambiaría, pues ciertamente diecinueve años había sido el pico de crecimiento del japonés—Sé lo que piensas. Y no, no fue por la carta.

Aseveró, aunque los ojos de Eiji parecían mirarle con incredulidad. Pero Ash no se detuvo.

—Y no solo eso—espetó—Algo más debió ocurrir. Lo que dices… no lo sé—Porque él sabía bien que Eiji jamás le mentiría, mucho menos con algo así—Pero no suena como algo que yo haría. No.

Su respiración se alteró, y pudo ver las manos de Eiji moviéndose hacia su cuerpo.

—Ash…

—No—Volvió a repetir, el dolor de cabeza de la noche pasada regresando como un visitante no deseado—No es algo que haría. No a ti. ¡No a ti!

Su estómago y su mente dieron un vuelco, las ganas de vomitar regresando como un tifón.

Los brazos de Eiji lo envolvieron con cariño y suavidad. Con una delicadeza que Ash siempre había encontrado extraña, pero se veía anhelándola cada vez más.

—Ash…

Volvió a susurrar, aún si él pudo sentir como su voz parecía más contrita, como si peleara con el deseo de romperse.

—No…

Eiji lo mantuvo así, pegado a su pecho, lo suficiente como para que las aves encontraran seguro el regresar. Antes de llevarlo de la mano de regreso a casa.


Sing los había esperado en casa, y Ash aún no se sentía del todo acostumbrado a ese nuevo look, ya que reconocerle se le había hecho bastante difícil. Junto a él, también había estado esa niña.

Era un poco difícil de distinguir, siendo que la ropa que usaba era bastante masculina, pero Eiji le había dicho que se llamaba Akira, y era la sobrina de Ibe-san. Ash se habría atrevido a preguntar qué hacía ella allí, si no fuera que aún intentaba digerir las otras porciones de información que ya habían sido estampadas contra su rostro ese día.

Además, también los había esperado un perro. Un gran y gordo Golden retriever, cuya primera acción para con Ash, había sido el gruñirle.

Sing no había escondido la risa de gracia que había llegado a sus labios, mientras que Eiji le había corregido, muy amablemente; mientras le decía que "no, buddy, nosotros no gruñimos a los amigos"

La niña –Akira- y Eiji habían intercambiado un par de frases en japonés, de las que Ash sólo había podido diferenciar el apellido de Eiji siendo mencionado, y su propio nombre también. La pequeña había terminado saliendo de la casa con Sing, en dirección al pueblo para hacer compras, mientras Eiji lo escoltaba hacia el segundo piso.

—Esta es mi habitación—Le dijo, y Ash intentó no sentirse particularmente contrariado al ver su abandonado cuarto de infancia remodelado en una sobria habitación de adulto. Incluso, las fotos seguían allí—Descansa un poco, ¿sí? Te traeré algo de comer.

Ash asintió vagamente, mientras sus ojos deambulaban por los pequeños adornos que podía ver en la habitación.

Cuando el sonido de la puerta llenó el silencio, dejó que su cuerpo cayera en el colchón. El sonido de los resortes llegó hasta sus tímpanos.

Su anterior desesperación por levantarse, y correr de regreso a Nueva York había desaparecido, dejando sólo un inconmensurable vacío que apenas parecía estar devolviéndole la mirada.

Al parecer, todo había terminado hacía años atrás, dejándolo a él como el vencedor.

Al menos, hasta que simplemente se había dejado morir.

Ash intentó entender la idea, dándole vueltas, y examinándola de arriba abajo, como haría con un tratado o con un artículo, dejando atrás su conexión personal con la información.

Como si no fuera él, analizando su propia vida.

¿Qué se suponía había pasado? ¿Qué tenía en la cabeza en ese momento, para hacer algo tan estúpido?

Sin importar por donde lo viera, no podía entenderlo.

Se cubrió el rostro con la mano, halándolo hacia abajo y presionando el puente de su nariz. Necesitaba pensar en algo más.

Giró el rostro hacia un lado, optando por observar las múltiples fotografías que adornaban uno de los muebles.

Pudo reconocer a muchas personas, intentando ignorar el ligero punzón de su pecho al notar los años extra en todos sus amigos.

Aún si no pudo ignorar el que le atacó al notar que había fotos de todos, con excepción de él.

Ni de él, ni de Eiji.

Como si poco a poco Eiji intentara borrar su propia existencia de la vida de sus amigos, retratando una realidad de la que él no era parte.

Se aventuró a dejar la cama, para tomar una, que era de Max y Michael. Podía ver un par de canas aparecer en las patillas del viejo, y el cabello de Michael había crecido varios centímetros, al igual que él.

La puerta sonó y Eiji volvió a entrar, con una pequeña sonrisa y un par de platos en una charola. Ash se apresuró a ayudarlo.

—No podemos comer abajo—ofreció, y ante la mirada dubitativa de Ash, aclaró—Sin está un poco… agitado.

La boca de Ash se abrió antes de que la información terminara de registrarse en su cerebro.

—Vives aquí con Sing.

Aquello no había sonado como una pregunta, aún si lo era. Y, quizá no era lo más importante para cuestionar en un momento así, pero Ash necesitaba saberlo.

El rostro de Eiji se deformó con sorpresa, sólo para regresar a la apacible sonrisa de hacía unos momentos. Una que no llegaba a sus ojos, y que Ash comenzaba a encontrar más descorazonadora que apaciguante.

—No…

Le aseguró, y procedieron a comer.

Eiji se disculpó al terminar la comida, llevándose los platos abajo.

Ash pasó el resto de la mañana durmiendo, pues el cansancio de los meses- ¿años? – anteriores parecía al fin comenzar a caer sobre sus hombros. Despertó cuando las luces ya se habían ido, con el sonido de un par de pasos acercándose al cuarto.

Se puso de pie antes de que Eiji entrara, y podía notar el nerviosismo en su semblante.

—Ash—le saludó, antes de acercarse e iluminar el lugar con una pequeña lámpara de mesa—Sing y Akira ya están durmiendo.

Oh.

Era hora de acostarse.

Ash se removió en su lugar, inseguro sobre qué decir.

Ellos habían dormido juntos antes, en la misma habitación y- también en la misma cama, en una casa, y en un lugar que podría describirse mejor como un nido de ratas que algo más.

Aquello no debería sentirse tan extraño.

Claro, más allá del hecho de estar compartiendo habitación con un muerto.

Eiji dio un par de pasos hacia una cómoda, mientras abría los cajones.

—Voy a cambiarme, ¿está bien?

Dijo y, ¿debía de avisarle? Parecía casi ridículo, casi tanto como que él mismo se hubiera terminado girando, para darle algo de privacidad. Únicamente observando sus movimientos gracias a las sombras que la tenue luz le regalaba.

Empero, algo lo hizo girar. Quizá solo la necesidad de corroborar que Eiji realmente estaba allí, junto a él. Que aquel extraño encuentro que se asemejaba más a una extraña alucinación no se desvanecería.

Entonces lo vio.

—¿Qué te pasó allí?

Preguntó, sin tacto, mientras se acercaba a Eiji, quien estaba a punto de colocarse la parte superior del pijama.

—Eh…

Ash señaló su hombro con la mirada.

—Oh..—Musitó Eiji—Sí dejó marca…

—¿Hm?

Eiji negó un poco, pero Ash no vaciló. Su mirada sólo incrementando en intensidad. Finalmente, Eiji cedió.

Ellos nunca habían podido mentirse, después de todo.

—Sing y yo tuvimos una discusión…—Dijo, y su rostro debió sufrir de un cambio muy brusco, pues Eiji se apresuró a elevar una mano—¡No! No es como suena.

—¡¿Sing te golpeó?!

Eiji negó, rápidamente. Antes de tocar su rostro, enviando una corriente eléctrica por todo el cuerpo de Ash.

—No. Solo fue una discusión, Ash.

El silenció reinó después, con la ira de Ash residiendo apenas, uniéndose al cúmulo de emociones que lo hubieran embargado ese día.

—Está bien…

Terminó ofreciendo, arrepintiéndose al segundo siguiente pues la mano de Eiji abandonó su lugar en su mejilla, al tiempo que se dirigía a la cama.

Ash se quedó inmóvil en medio de la habitación, siguiendo el camino que Eiji había tomado con la mirada. Y, el mentado tuvo que tomar su mano con suavidad, para instarlo a seguirle.

—Ven, —le pidió—No te haré nada.

Ash habría querido chasquear la lengua, asegurándole que no se trataba de eso, pero optó por acomodarse a su lado.

Se había quedado con camiseta y pantalones, sin cinturón y sin zapatos. No era la mejor ropa para descansar, pero no se había sentido cómodo aceptando nada de lo que Eiji hubiera dejado para él. Sin contar que nada realmente le quedaría. Él seguía siendo demasiado alto en comparación a su amigo.

Y no quería utilizar la ropa de Sing

Eiji se acomodó a su lado, observando su rostro; y, aunque una parte de Ash hubiera preferido el poder fingir que descansaba, después de tantas horas durmiendo, dudaba que pudiera hacerlo ahora.

En cambio, imitó las acciones de Eiji, dejando que su mirada recorriera su rostro, buscando posibles líneas de expresión, pecas, o algo nuevo que pudiera robarse su atención.

En cambio, lo que le saludó, fue la repentina aparición de lágrimas en los ojos de Eiji. Estas escaparon naturalmente, tanto que parecía que Eiji ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando.

—Eiji…

El mentado cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran con más fuerza. Sus labios apretados en un rictus que parecía intentar mantener atrás los gemidos de pena.

Ash sintió que su corazón se rompía.

—Yo nunca te dejaría…—murmuró.

Eiji abrió la boca, aún si lo único que pudo abandonar sus labios fue un gemido quedo.

—Ash…

Sabía que quería que se detuviera, pero no le hizo caso.

—No lo haría—Aseguró, acercándose sólo un poco más a su rostro, lo suficiente como para que su aroma chocara directamente contra su nariz. Y que sus frentes se rozaran—No podría…—No en un mundo cruel y despiadado como ese. Pues, podía ser que Ash nunca hubiera tenido deseos de morir, así como tampoco parecía encontrarle un sentido particular a la vida. Empero, si alguna vez había tenido algo cercano a un sueño, es ehabía sido el poder vivir para ver los de Eiji cumplirse. Y, si se sentía particularmente egoísta, atreverse a imaginarse como parte de ellos—…No descansaría en paz… sabiéndote solo.

Estiró su mano con delicadeza, acariciando el rostro de Eiji, limpiando las gruesas lágrimas que aún caían libres.

—No voluntariamente…—la muerte tendría que venir a arrastrarlo, rascando y pataleando—Porque nadie podría cuidarte como lo hago yo…

La mano de Eiji subió, colocándose sobre la de Ash, un tibio rastro de calidez viajando de piel a piel. Eiji rio con suavidad, aun si la tristeza también escapaba por sus labios.

—Pero si quien quería cuidar de ti era yo…

Musitó, y Ash suspiró con suavidad, pegando más su frente a la del otro hombre, disfrutando del contacto.

—No recuerdo habértelo pedido…

Pero agradecía infinitamente que lo dijera.

Eiji solo presionó su mano un poco más, sin atreverse a abrir los ojos. Ash se quedó observándolo, optando por acariciar su cabello cuando la fuerza que sostenía su mano residió, indicándole que Eiji se había quedado dormido.

Antes no se había permitido tocarlo. Aún en las noches donde las pesadillas llegaban como animales salvajes a devorarlo en las noches, y donde sólo quería poder escurrirse a la cama de Eiji, buscando la seguridad de la persona que le había prometido quedarse a su lado para siempre.

Pero ahora, pensó, mientras dejaba que sus labios descansaran sobre la frente de Eiji, bajando ligeramente, a apartar el camino de lágrimas secas que había quedado grabado en sus mejillas.

Ahora, creía, podía permitirse ese lujo.


Ash aún no había podido cerrar sus ojos cuando la madrugada llegó.

Sus dedos se sentían entumecidos, después de enredarlos de mil maneras en el cabello de Eiji, quien aún dormitaba parsimoniosamente.

Ash sonrió, antes de acercarse y volver a dejar un beso en su mejilla.

Se puso de pie sin hacer ruido, y llevó sus pies descalzos hacia afuera, donde se encontró con la figura de Sing.

Estaba fumando.

—Haz mejorado—Dijo con solemnidad, pues había notado el cambio en su postura desde un par de metros atrás.—Pero aún te falta—Pues Ash pudo ver claramente el temblor en sus hombros al momento de oír su voz.

Sing se mantuvo inamovible en su lugar, justo en el porche de la entrada.

—Uhum

Fue toda su respuesta.

—Fumar te va a joder los pulmones—Musitó, cruzándose de brazos, y observando a un punto en la nada, justo como lo hacía él—No lo hagas cerca de Eiji.

Sing rio.

—Qué gracioso que me lo digas tú.

La voz de Sing era profunda, claro, ya había pasado por la pubertad. Ash se limitó a elevarse de hombros.

—Cuando recibes suficientes disparos, descubres que no sirve de nada ayudar al enemigo a matarte.

Ofreció, girando ligeramente el rostro y observando a Sing con una ceja en alto. El otro muchacho, en cambio, parecía aún renuente a devolverle la mirada.

—No soy un fantasma—Aseguró, sintiendo como el dolor en su puño por haber roto el vidrio le recordaba fielmente su mortalidad. Sing no se movió, ni reaccionó.

Ash intentó otra cosa.

—Y escuché que golpeaste a Eiji.

Aquello pareció ser el truco. Pues, Sing se giró con fuerza, observándole ofendido.

—¡Claro que no!

Ash sólo pudo dibujar una sonrisa pagada de sí misma.

—Hm, así que al fin me miras.

Y, quizá no debería permitirse sonreír así. No frente a Sing. Si es que lo que Eiji le dijo era verdad.

Después de todo, si era el caso, Sing fue el encargado de reconocer su cuerpo en la morgue.

Era normal que no quisiera verlo.

—Imbécil.

Le ladró y Ash solo elevó los hombros ligeramente.

—Sí. Creo que me merezco ese insulto.

Él, o al menos, el él que había obligado a Sing a pasar por aquella experiencia. Eran la misma persona después de todo, ¿no?

Sing apretó los dientes, observándolo con lo que parecía ira contenida. Para después de unos segundos, desplomarse en el suelo, mientras hundía su rostro entre sus manos.

—Yo te odiaba…

Le confesó, y Ash ya había perdido la cuenta de cuántas personas le habían dicho eso a lo largo de su vida.

—Lo esperaba.

—O creía odiarte… por lo que hiciste. ¿o era por lo que no hiciste? No lo sé…—Musitó, elevando su rostro, y dejando que su mirada se perdiera en lo vasto del campo. Ash no se molestó en seguir el camino, pues sabía que no había nada al frente—Quizá también me odiaba a mí mismo… ¿por haberte dejado entonces? Tenías una mirada perdida… Yo sabía que estabas haciendo idioteces. Es más, creo que debí golpearte.

La voz de Sing recuperó su tono, y esta vez sí se giró para verlo, determinación mezclada con algo más presente en su mirada.

—¿Oh?

Sing se puso de pie.

—Por rechazar así a Eiji, luego de mover mar, cielo y tierra por él. ¿Qué solo te negaras a verlo? Ha… lo sabía desde entonces, un buen golpe te habría reacomodado las ideas.

Pudo ver las manos de Sing presionarse en puños a los lados. A diferencia de sus ojos, que aún cargaban con la misma tristeza que los de Eiji.

Y Ash realmente no era bueno consolando a las personas. Nunca lo había sido, y dudaba que pudiera empezar ahora.

Así que, sólo se limitó a dar un paso hacia el frente.

—Entonces, vamos.

Sing parpadeó.

—¿uh?

—Golpéame.

El rostro de Sing era un poema.

—¿Qué diablos?

Ash suspiró.

—Lo dijiste. Que querrías haberlo hecho. Y, supongo que te lo debo—Por los años de pesadillas. Ash, después de todo, no querría ser el protagonista de las de nadie.

El rictus de Sing se volvió uno dubitativo.

Ash frunció el ceño.

—Hazlo—Azuzó.

Podía sentir la creciente frustración cociéndose en el estómago de Sing, Sus manos elevándose sólo para pegarse a su pecho.

—Hazlo—instó—O acaso crees que Lao-

Ash estaba listo para continuar esa frase, sólo para enfurecer más a Sing. Pues, la ira era mucho más sencilla para lidiar que la tristeza. Sin embargo, sus palabras fueron detenidas por el repentino derechazo que conectó con su mejilla.

Y, ouch.

Parecía que Sing había estado tomando clases.

Bueno, después de todo, él lo había pedido.


Notas finales: Una pequeña idea que daba vueltas por mi cabeza, la escribí en medio del capítulo de "al otro lado del río, entre los árboles" porque de rato en rato me quedaba estancada en qué cosas pasarían y donde. Este va con cariño para mi adorada Dia-chan, porque hablar con ella de banana fish me alegra el día x'D y, de hecho, me hizo pensar justamente en esta historia.

Chispas, GOL saca lo más fifas de Sing, sin lugar a duda.

Esto estaba a nada de volverse omegaverse, porque no paraba de escribir "bebé" en lugar de "Akira" en los borradores, pf.

Esos serán capítulos cortos, y ya tiene un orden en mi cabeza, que sólo tenía a un Ash con quien comparto neurona quejándose de lo terriblemente Ooc que le pareció su final –haha- Porque alejarse de Eiji sí, no estar allí para verle de lejitos y asegurarse de que nada malo le pasara, nope. Ash es fatalista, el rey del auto sabotaje, y un padre latinoamericano de primera que prefiere huir antes que encarar a su no-esposa, sí, pero igual se habría quedado solo para ver que nada malo pasara en su turno (¿?)

Ok, dejo de desvariar y seguiré escribiendo la otra historia.

¡Gracias por leer!