36. De ángeles y demonios

Gakuto siempre se caracterizó por que sus alas nunca crecieron lo suficiente. Gakuto nunca aprendió a volar y se decía que tampoco lo llegaría a lograr. Pero Gakuto lo que más quería en el mundo era volar, por eso un día, harto de no lograrlo, decidió volver a intentarlo y por eso se paró en el borde de una nube muy alta, creyendo que, si fallaba, podría caer sobre una nube más baja. Pero Gakuto se resbaló y las nubes más bajas eran demasiado pequeñas y no lograron retenerlo en el cielo.

Un día, un pequeño angelito cayó del cielo y un demonio lo vio.

Se le acercó sigilosamente, observándolo escondido tras un árbol. Se rió al verlo maldecir en silencio, cosa que un ángel no debería hacer. Vio que tenía alas muy lindas, aunque eran pequeña es inútiles, y asumió que aquella había sido la causa de su caída. Vio que batió las alitas con dificultad, pero una estaba torcida y le dolía, y fue entonces que decidió salir de su escondite.

-Perdón, pero me da curiosidad saber qué hace un angelito tan pequeño como tú aquí abajo en la tierra.

El ángel se volvió asustado, viendo al demonio, y frunció el ceño.

-¿¡Pequeño! –chilló indignado el de blanco, cruzándose de brazos-. ¡Tú tampoco eres muy grande que digamos!

El demonio ensanchó su sonrisa.

-¿Qué? ¿Acaso nunca te enseñaron que no debes hablar con un demonio?

El ángel sin embargo lo miró arrogante.

-¡Pff, por favor! ¡Eso solo lo dicen ustedes porque quieren disimular que nos tienen miedo! -exclamó, a lo que el demonio, que se llamaba Yuushi, frunció el ceño.

-¿Qué? ¡Claro que no! -contradijo enojado, tomando al angelito por los brazos y zarandeándolo sorpresivamente.

El angelito se asustó y trató de zafarse, pero el agudo dolor que atravesó su ala le hizo detenerse. Un quejido quebrantado escapó a sus labios, haciendo que también e, demonio dejase de jalonearlo. Los ojos azul oscuro del de negro se volvieron a fijar bien en las diminutas alas del ángel.

-Tienes alas demasiado pequeñas -dijo, enojando al angelito-. ¿Cómo se suponía que ibas a volar con eso?

Gakuto quiso responderle, y lo habría hecho de no ser porque, si decía algo, la voz no le sonaría como deseaba. Y las lágrimas no lo dejaban ver.

Yuushi perdió un poco de la expresión socarrona que traía, viendo como las gotitas caían sobre la tierra.

-Oye -murmuró en voz baja, pero Gakuto seguía escondido tras el flequillo.

Yuushi bajó la mano, tomando con cuidado los pequeños dedos de Gakuto. Al ver que el angelito quiso retirar su mano asustado, lo tomó con fuerza para que no se escapase. Volvió a escuchar otro quejido, pero le gustaba demasiado lo bien que se sentía la blanca piel del ser celestial. Había oído que los ángeles tenían la piel tibia, aunque las manos de Gakuto ya se estaban enfriando. Las suyas propias siempre estaban calientes, como las de cualquier demonio, y negras, porque en la mañana había estado jugando con azufre. Pero las de Gakuto estaban tan limpias que parecía que brillaban... O realmente brillaban, al menos eso hasta que comenzaron a ensuciarse también con el azufre. Los dedos de Gakuto temblaban, hasta que su otra mano se posó sobre las garras del demonio, tratando de alejarlo.

-¡Suéltame! -protestó, pero Yuushi hizo caso omiso.

-Tu ala está lastimada -señaló, y Gakuto, de no ser porque se hallaba ya en un estado de plena vulnerabilidad y desesperación, habría respondido con un agresivo "qué observador".

Sin embargo calló, con la mirada clavada en la tierra.

-Oye -susurró acariciando su mano-, te voy a vendar el ala.

Dicho esto, quiso jalarlo consigo, pero el ángel se opuso, jalando su mano hacia la dirección opuesta. Al ver que las lágrimas no paraban de resbalar por sus mejillas, Yuushi le dio otro jalón, tomándolo en brazos. Sintió la suavidad de sus plumas rozarle los brazos y le encantó. Quería tener su angelito y nunca soltarlo, cuidarlo como a una mascota. Sonrió contento, repelando con patética facilidad los fútiles intentos de Gakuto por liberarse.

-Tengo una medicina para golpes fuertes -volvió a decir Yuushi-. Te ayudará.

Los pataleos de Gakuto cesaron casi de golpe, y el demonio lo acomodó mejor en sus brazos. El ángel se mordió el labio inferior, sujetándose finalmente

-¿Y me dejarás ir? -susurró inseguro.

-Claro que sí -mintió el demonio, regalándole una de esas sonrisas que había visto a su padre usar.

Con cuidado volvió a posar al angelito en la tierra. El ángel le dedicó una mirada llena de duda. Sabía que seguir a esos ojos oscuros no le traería más que problemas y de los gordos. Ahora que estaba libre de su agarre debía echar a correr lo más rápido que podía. Sus pies por fin le respondieron, retrocediendo un paso, dos... Hacía frío y sus alas le temblaban. Otro paso más lejos del demonio y...

Su mano se alzó y fue recibida por la del diablillo. Este le sonrió, comenzando a caminar, seguido por el pequeño ángel. Como el viento era muy fuerte, le colocó hábilmente su capa negra sobre las alas.