LA HISTORIA NO ES MIA ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAGES PERTENECEN A STEPHANIE MAYER
Bella Swan miro la hora en su ordenador portátil. Las dos y cuarenta y cinco minutos, y su cita era a las dos. Llevaba cuarenta y cinco minutos esperando en la recepción de las lujosas oficinas de Edward Cullen.
El mensaje no podía ser mas claro.
Ella era el enemigo.
Para pasar el tiempo, se había entretenido repasando los detalles de una boda al estilo hindú que estaba organizando para una supermodelo. Incluso había logrado localizar un elefante en alquiler para el día de la boda.
También había calmado los nervios de una pasada diva del pop que tenia la esperanza de reavivar su carrera con una fiesta espectacular en la que iba a presentar su nuevo álbum.
Todo ello le había ayudado a no pensar demasiado en la inminente entrevista… si lograba tenerla.
Sabia que era la ultima persona en el mundo a quien Edward Cullen quería ver. Comprendía que el quisiera posponer el encuentro todo lo posible. Era mutuo.
Lo único que no comprendía era que él, que la había evitado durante los últimos seis meses, quería que ambos pasaran por aquello.
Volvió a mirar su reloj. Las tres menos diez. No aguantaba más. Quizá su paciencia no tuviera limites, eso y su atención a los detalles era lo que la hacían la mejor organizadora de eventos en Londres, pero su tiempo si.
Aquella cita había sido idea de Edward Cullen. A ella, por su parte, no le hacia gracia reunirse con un hombre al que no podía quitarse de la cabeza desde la primera vez que lo vio. Un hombre que había estado a punto de casarse con su amiga de toda la vida y portada permanente de las revistas del corazón, Rosa lie Hale.
Lo único que ella quería era que Edward Cullen le extendiera un cheque por el dinero que le debía y así poder olvidarse de esa pesadilla.
Bella apago el ordenador, lo cerró y lo metió en la bolsa. Después, se acercó al mostrador de la recepcionista, que le había estado ignorando todo el tiempo.
_ No puedo esperar mas –dijo Bella –Por favor, dígale al señor Cullen que se ponga en contacto conmigo. Estaré en mi despacho mañana a las diez
_Pero…
_Lo siento, pero repito que no puedo esperar más. Tengo otro compromiso –dijo Bella, acallando la protesta de la recepcionista.
No era del todo verdad, las personas que trabajaban para ella estaban perfectamente capacitadas para manejar el asunto de la fiesta de lanzamiento del álbum; sin embargo, en ocasiones era necesario dejar claro que su tiempo era muy valioso, a pesar de ser una millonario como Edward Cullen. Además, pensándolo bien, quizá él también se alegrara de poder evitar un encuentro y solucionar el asunto mediante el envió de un cheque por correo.
_ Si no me marcho ahora mismo…–Bella se interrumpió al ver que la recepcionista dejaba de mirarla a ella para fijar sus ojos a sus espaldas, lo que le advirtió que habían dejado de estar solas.
Al volverse, lo primero que vio fue un fuerte pecho y unos anchos hombros cubiertos por una camisa de lino blanco. El botón superior de la camisa estaba desabrochado y la corbata, floja. Las mangas, subidas hasta los codos, mostraban unos poderosos y bronceados brazos.
A pesar de que había pasado los últimos seis meses organizando la bosa de Edward Cullen, esa era la segunda vez que lo tenía delante cara a cara.
Edward Cullen era un soltero multimillonario que, a pesar de defender su vida intima, no podía escapar de los comentarios de la prensa; sobretodo, después de que hubiera anunciado su inminente matrimonio con la hija de un aristócrata, Rose.
Y ese matrimonio era, para Rose, la meta de sus aspiraciones en la vida, tal y como había dejado claro durante un seminario en el colegio: una casa en Bulgaria, una mansión en el campo y un titulo nobiliario. El titulo no era imprescindible, pero si los millones.
¿Por qué perder el tiempo estudiando para los exámenes cuando no tenía intención de ir a la universidad? Todos sus esfuerzos iban dirigidos a perfeccionar sus talentos naturales con el fin de lograr casarse con el hombre perfecto.
Todo el mundo se había reído, Rose siempre hacia reír, pero nadie había dudado ni por un momento de que hablaba en serio y de que era muy capaz de conseguir sus objetivos.
Si, el motivo de que Rose quisiera casarse con Edward Cullen estaba claro.
Pero…. ¿en que demonios estaba pensando Edward Cullen?
Una pregunta estúpida
Era hecho reconocido universalmente que una sonrisa de Rose Hale era suficiente para causar un cortocircuito en el cerebro de cualquier hombre. Quizá no hubiera pasado sus exámenes en el colegio, pero lo que si había logrado era perfeccionar al máximo sus talentos… naturales.
Sumamente hermosa y divertida, ¿quien se le podía resistir? ¿Por qué iba un hombre a tratar de resistirse a ella?
Y aunque Edward Cullen daba la impresión de ser de piedra y con una mirada de granito, Bella sabía que era un hombre de carne y hueso.
Un hombre que le aceleraba el pulso.
Sin embargo, ella no era un perrito faldero, sino una mujer de negoción, con éxito, dedicada a ignorar sus hormonas y a concentrarse en el asunto que la había llevado allí.
_ ¿Si no se marcha ahora mismo…..? –pregunto el.
_ Tendré problemas –no, los problemas los estaba teniendo en ese momento –. Buenas tardes, señor Cullen. Le estaba diciendo a su recepcionista….
_ Si, lo he oído. Llame a quien tenga que llamar y diga que esta ocupada. Su tiempo es mio hasta que yo lo diga.
¿Qué? Eso era indignante. Sin embargo, el brillo de los ojos de él le advirtió que su intención había sido provocarla.
Bien, pues no estaba dispuesta a morder el anzuelo.
_ A Tanya Denali –explico Bella –no sirve de nada decirle que estoy ocupada.
Bella quería zanjar ese asunto lo antes posible. Cuando un hombre empezaba a dar ordenes como su fuera el amo del mundo, la obligación de una mujer es mantenerse firme y demostrarle lo equivocado que estaba.
A pesas de que las piernas le temblaran.
_ Voy a consultar mi agenda para ver si tengo otro momento libre…–Bella abrió la solapa lateral de su bolso.
Si esperaba impresionarle con su lista de clientes, no lo consiguió. Antes de poder sacar su agenda, él le dijo:
_ Señorita Swan, le advierto que es imposible que el que tenga otro momento libre para concluir el asunto de sus ridículos honorarios sea yo.
Bella se mordió el labio inferior para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse después.
Ese hombre estaba enfadado. Y ella lo comprendía. Pero sus honorarios no eran ridículos,
Sino todo lo contrario. Había hecho lo humanamente posible por negociar las mejores ofertas de cancelación. No había tenido la obligación de hacerlo, pero se sentía responsable en cierto modo por lo ocurrido.
_ Usted decide, señorita San –dijo el –.Ahora, si se marcha, le prometo que tendrá que llevarme a juicio para cobrar su dinero.
Y no parecía estar bromeando.
Edward Cullen era un hombre que le recordaba a aquellos que, en el pasado, cruzaban tierras salvajes en busca de la gloria y la fortuna. Cullen era su equivalente moderno, un hombre del siglo XXI que, de adolescente, jugaba ya a la bolsa y había ganado sus primeros millos a los veinte años.
Y por mucho que ella admirara la clase de tenacidad y ambición que le había hecho ascender hasta la cima de su profesión, sus humildes orígenes hacían incomprensible que Rose le hubiera escogido como pareja.
Edward Cullen era millonario, pero no provenía de la clase alta. Carecía de alcurnia.
No tenía una mansión en el campo ni una casa en la zona aristocrática de Londres. Solo tenia un enorme ático que, según una exasperada Rose, estaba en la orilla equivocada del Támesis.
Al parecer, cuando ella se lo comento, Edward Cullen se hacho a reír y ridiculizo a aquellos que pagaban una fortuna por vivir al otro lado del rio con vistas a su casa.
Bella se había visto obligada a contener una sonrisa cuando Rose se lo conto. Y también había pensado que tenia que haber multimillonarios mas fáciles de manejar.
Pero no tan retadores.
Quizá Rose fuera tan de carne y hueso como cualquier otra mujer y, al final, se hubiera rendido no al dinero sino a la testosterona.
El hecho de que Edward Cullen ejerciera el mismo efecto en ella no la hizo sentirse mejor, pensó mientras lo veía darse la vuelta y dirigirse a su despacho sin esperar respuesta.
Todo lo contrario.
Pero si Rose había creído que podía hacer con él lo que quisiera, lo único que había conseguido era engañarse a si misma.
Son embargo, al contrario que Rose, Bella no estaba en situación de escapar. No se trataba de su dinero. La cuenta que le había presentado a Edward Cullen contenía docenas de recibos de pequeñas empresas que habían hecho su trabajo. Los dueños de las empresas contaban con ella.
Por lo tanto, Bella llamo a su secretaria y le dijo que iba a retrasarse.
La llamada solo había durado medio minuto; sin embargo, cuando ella se reunió de nuevo con Edward Cullen, este ya estaba sentado detrás de su escritorio y estaba leyendo un informe.
Una copia del que debía haberle llegado el mismo día que la carta de despedida de la novia. La copia que él había devuelto con la sugerencia de que fuese enviada a nuevo novio de Rose.
Y no lo había expresado cortésmente.
Bella comprendía su reacción.
Aunque pensara que, en el fondo, Edward Cullen había tenido suerte, era evidente que él no pensaba lo mismo en esos momentos. Que le dejaran unos días antes de la boda era humillante, Bella lo sabia por experiencia.
Edward Cullen y ella tenían eso en común.
Sin embargo, no había tenido mas remedio que devolverle la copia, recordándole en una nota que había sido el quien había firmado el contrato, aceptando hacer los pagos en un plazo de veintiocho días.
Bella no se había molestado en recordarle que ya habían transcurrido cinco de esos días ni había añadido que, expirado el plazo, pondría el asunto en manos de su abogado.
Había estado segura de que él lo comprendería y le enviaría un cheque. Sin embargo, lo que había recibido era una llamada telefónica y ese hombre le había exigido que se presentara en su despacho al día siguiente a las dos en punto.
Y la había hecho esperar casi una hora.
Al ver que no se sentaba inmediatamente, Edward Cullen la miro y ella sintió como una corriente eléctrica corriéndole el cuerpo cuando algo peligroso encendió las plateadas motas escondidas en los ojos verde esmeralda de él. La misma corriente eléctrica de su primer encuentro. Un calor que le calo hasta los huesos, le enrojeció las mejillas y encendió partes de su anatomía que ninguna otra mirada había alcanzado; al menos desde…. No, nunca. Ningún otro hombre había provocado semejante reacción en ella, ni si quiera Jacob.
¿Qué demonios le ocurría?
No creía en el amor a primera vista. Conocía a Jacob desde la infancia. Además, ese no era un buen ejemplo.
Y tenia por norma no mezclar los negocios con el placer.
Sin embargo, comprendía muy bien lo que Rosa lie había sentido y por qué no se había conformado con otro millonario mas parecido a ella en sus orígenes.
_ Le aconsejo que se siente señorita San –dijo el –.Esto nos va a llevar algo de tiempo.
Normalmente, sus clientes y ella se tuteaban desde el principio; sin embargo, con Edward Cullen se había establecido un trato formal desde su primera entrevista y ahora no le parecía el momento de pedirle que la tuteara.
Además, como le temblaban las piernas decidió obedecer.
Sintiendo cada vez más calor, Bella se desabrocho los botones de la chaqueta.
_ ¿le ha despedido? –quiso saber Edward Cullen –.Me refiero a Emmett McCarty, por supuesto.
Bella trago saliva antes de contestar con sinceridad.
_Como me imagino que debe suponer, enamorarse no es motivo de despido. Si intentara hacerlo, el Tribunal de Empleo se me echaría encima al instante y me despedazaría.
_ ¿Enamorarse? –repitió el como si hubiera pronunciado una palabrota.
_ ¿Que si no? –pregunto ella.
¿Qué otra cosa podría haber empujado a Rose a dejar a Edward Cullen?
_ ¿Que me dice de la fidelidad a sus clientes, señorita San? En su carta, deja muy claro que su cliente soy yo –el la miro con dureza –.Y supongo que el señor McCarty se ausento sin que fuera su época de vacaciones y sin estar enfermo, ¿no?
¡Cielos!
_Bueno el me pidió unos días libres…
_ ¿Me esta usted diciendo que le dio unos días libres para que se escapara con la mujer a la que usted estaba organizando la boda?
De repente, Bella no supo que contestar.
Cuando Rose le pidió que le prestara a Emmett para llevarle las bolsas en una de sus salidas a hacer compras, a Bella no se le paso por la cabeza que Rose se le ocurriera poner en peligro su boda por una aventura amorosa con su empleado de veinticinco años, a pesar de que con los años acabaría haciéndola condesa. Emmett provenía de una familia de gran alcurnia, pero las posibilidades de heredar el titulo de su abuelo antes de cumplir los cincuenta o sesenta años eran remotas.
Y aunque ella se había puesto furiosa al enterarse de lo ocurrido, en cierto modo comprendía a Emmett. Si un hombre como Edward Cullen había sucumbido a los encantos de Rose, ¿Cómo no se iba a rendir un pobre incauto como Emmett?
Sin embargo, a pesar de lo que le había dicho a Edward Cullen, no le iba a quedar más remedio que despedir a Emmett. Cosa que sentía mucho, tanto por lo buena persona que era como por lo bien que hacia su trabajo. Emmett tenía una habilidad especial para tranquilizar a mujeres neuróticas. Era un hombre muy decente y jamás se le ocurriría ir a los tribunales para acusarla de despido improcedente.
Edward Cullen volvió a los papeles, examinándolos con un rostro carente de expresión.
La mujer que tenia delante estaba nerviosa. Bien, se lo merecía, pensó.
Su matrimonio con la aristócrata Rosa lie Hale habría sido la culminación de todas sus ambiciones. Con ella como esposa, habría borrado los últimos vestigios del mundo del que había salido.
Habría logrado todo lo que se había propuesto conseguir desde su adolescencia.
La buena ropa, los coches caros y las mujeres hermosas no le habían faltado. Pero aquello era otra cosa…
No era tan estúpido como para creer que Rose se había enamorado de él, el amor solo causaba sufrimiento, pero si le había considerado una gran partido. Ella lo tenía todo, excepto el dinero, y la tenia suficiente para procurarle todo lo que se le antojara.
Y ella había terminado escapándose con un aristócrata venido a menos que se ganaba la vida como empleado en una empresa que organizaba eventos. ¿No era irónico?
La alcurnia contra los millones.
Al final, era la clase social la que ganaba. Al fin y al cabo, Bella San había sido elegida para organizar la boda solo por u motivo: se amiga de Rose del colegio.
Bella San. Él había pasado sea meses enteros esforzándose por no pensar en ella. Y una hora intentando obligarse a enviarla de vuelta sin verla.
Debería extender el cheque, dárselo y hacer que se marchara cuanto antes del despacho. Sin embargo, con los ojos fijos en la cuenta, pregunto malhumorado:
_ ¿Que demonios en un cañón de confeti?
_ ¿Un caños de confeti? –replico Bella haciendo un esfuerzo por concentrarse.
Quizá la forma de responder a esa pregunta fuera dándole un tono leve de contestación.
_Es justo eso, lo que se lee en la lata que hace –añadió ella.
El arqueo las cejas ligeramente.
_ ¿Y que es lo que la lata que hace?
_ La lata dispara cañones de confeti…. de todos los tipos y tamaños.
El no contesto.
_ Es… realmente…. espectacular –añadió Bella, nerviosa por el silencio.
Edward Cullen la estaba mirando como si tuviera delante una loca. De hecho, quizá tuviera razón, pensó ella con un estremecimiento. ¿Qué persona cuerda se pondría a buscar en internet un elefante para alquilarlo para un día?
¿Y quien en su sano juicio se dedicaría a un trabajo que consiste en organizar una fiesta perfecta para una estrella del pop?
Tranquila. La clase de persona que lleva haciéndolo prácticamente toda la vida, se dijo Bella a si misma. Al igual que su madre, aunque esta lo había hecho por amor a la familia y por un sentido del deber; al contrario que ella, que lo hacia por dinero. La clase de persona que, como Rose, había acabado haciendo un trabajo que podía hacer casi sin pensar y que tampoco necesitaba una preparación especial.
Edward Cullen, con uno de los recibos en la mano le pregunto:
_ ¿Y el cono? Que yo sepa, no han cantado. Ni siquiera han ido.
_Pero se hizo la reserva para la ceremonia hace meses –contesto ella –.Es un coro muy famoso y tuve que pedir favores para conseguirlo; y claro, la cancelación ha sido demasiado próxima a la ceremonia para que los miembros del coro logren otro contrato para ese día….
Edward Cullen debería hacerse cargo y ella no necesitaba dar explicaciones. ¡Todo estaba claro!
Edward se paso las manos por el cabello. Estaba harto. Son embargo, en el momento en que iba a ceder, extender el cheque y dar por zanjado aquel asunto, alzo los ojos y vio la mejillas encendidas de Bella Swan, que estaba abanicándose con una de esas ridículas facturas.
_ ¿Hace demasiado calor señorita Swan? –pregunto el.
_No, estoy bien -respondió ella.
Al instante, la vio meter el recibo en la carpeta que tenia encima de las piernas; después, la vio tirarse de la estrecha falda y cruzar las piernas. Y todo ello con la cabeza baja, evitando mirarle. Esperando a que él le diera el cheque para poder salir de allí corriendo.
Pero no, todavía no, pensó Edward poniéndose en pie. Entonces, se dirigió a la bombona de agua y lleno un vaso. No, todavía no.
Bella oyó el crujir de cuero cuando Edward Cullen se levanto. Unos momentos después, oyó el sonido del agua. Incapaz de contenerse, se paso la lengua por los labios y, al fin, alzo los ojos.
Con la luz a sus espaldas, Bella no pudo verle bien la cara, pero sus cabellos broncíneos se veían como si hubiera estado pasando la mano por ellos durante una semana.
De repente, sintió un irresistible deseo de ser ella quien se los peinara con los dedos. Deseo acariciarle los hombros y consolarle. Pero la atmosfera en aquel silencioso despacho en un rascacielos en Londres estaba demasiado cargada de emoción. Por lo tanto, se vio forzada a apartar la vista ya a clavar los ojos en los papeles que tenia delante, consciente de que cualquier movimiento brusco o palabra equivocada podrían provocar una explosión.
_Tome. Le sentara bien.
Se había esforzado tanto en no mirarle que no le había oído acercarse. Al levantar la mirada, le encontró ofreciéndole un vaso de agua y la añadida dificultad de agarrarlo sin rozarle los dedos.
Una dificultad que la expresión de el sugería que comprendía. Quizá lo mejor fuera pedirle que, por el bien de los dos, le tirara el vaso de agua por encima.
_Gracias –dijo ella. Y fue a agarrar el vaso de agua y al demonio las consecuencias.
Las manos de él eran firmes y duras como el granito. Las de ella temblaron y derramaron unas gotas de agua en la falda. Probablemente imagino el vapor cuando el agua le calo la falda de lino y le mojo los muslos mientras él se agachaba y le sujetaba la mano con la suya.
Alguien debería decirle que, con ese gento, no la ayudaba. Pero sospechaba que lo sabía.
_Ya esta, ya la tengo –logro decir ella por fin.
El no pareció convencido.
_En serio, puede soltarme –le aseguro Bella, y se arrepintió al segundo de decirlo, porque él se incorporo y volvió a su asiento con la agilidad de una pantera.
Y mucho más peligroso que una pantera, pensó Bella bebiendo un sorbo de agua. Luego, se llevo el vaso a la frente, para refrescarse, mientras se ordenaba a si misma calmarse.
Bueno aquí esta el primer capitulo de esta historia
Espero que os guste tanto como me gusto a mi
Dejen reviews porfavor
gracias
