LA HISTORIA NO ES MIA ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAGES PERTENECEN A STEPHANIE MAYER
Bueno, ¿continuamos? –dijo Edward Cullen, una vez acomodado detrás de su escritorio.
Bella estaba que se la llevaban los demonios. ¿Por qué se castigaba a si mismo de esa manera? ¿Y porque la estaba castigando a ella?
No podía tratarse de dinero. La cantidad que se estaba manejando allí, aunque era una cantidad respetable, era calderilla para un hombre tan rico como el.
Era casi como si con cada factura que estaba examinando estuviera subrayando la lección que había aprendido: no fiarse de nadie y tampoco de una persona que había confesado su amor por el. Porque se suponía que Rose le había confesado su amor. O quizá, al igual que Rose, el consideraba el matrimonio como un asunto de negocios y la palabra amor no era mas que una tontería sentimental.
Quizá lo que lo estuviera destrozando no fuera el corazón, sino el orgullo.
_ ¿Camareros cantantes? –inquirió el con incredulidad, mirándola para ver si ella estaba leyendo la misma pagina del informe que él.
_Si, aquí lo tengo –respondió Bella dejando el vaso.
Bella espero algún comentario sarcástico, pero se alegró al ver que él no decía nada mas, contentándose con sacudir la cabeza.
Sin embargo, su suspiro de satisfacción fue anticipado.
_ ¿Palomas blancas? –dijo el unos momentos mas tarde.
_Si, también palomas blancas. Y el maíz esta muy caro últimamente –dijo ella, provocando una prolongada mirada de él.
Bella se preparo para la siguiente factura, la referente a los regalos para las damas de honor. Rose había elegido brazaletes para cada una de ellas, comprados en una joyería de primera clase de Londres. A todo lujo.
_Devuelva los brazaletes.
_ ¿Que? No, un momento… ¡No puedo hacer eso!
_ ¿Que no puede? ¿Por qué no?
¿Hablaba enserio ese hombre? ¿Acaso no había prestado la mínima atención a la organización de su propia boda?
_Porque los brazaletes se han grabado con sus nombres y la fecha. Han sido un regalo para las damas de honor, para que se los quedaran.
_Ah, ¿si? ¿Y donde están?
¿Podía empeorar más la situación? Eso temía.
_Los tiene Rose –admitió Bella –.Había hecho que los envolvieran en paquete de regalo para que usted se los diera a las damas de honor durante la cena antes de la ceremonia.
Al verle fruncir el ceño, Bella añadió:
_ ¿No sabia lo de la cena antes de la ceremonia?
_Lo tenia anotado en mi diario, igual que la boda –contesto el.
Bella trato de hablar, pero tuvo que aclararse la garganta antes de hacerlo.
_También están los gemelos para las camisas de los acomodadores de la ceremonia –dijo Bella, decidiendo que era mejor acabar con el tema joyería de una vez por todas –. Y también los gemelos para usted.
_ ¿También están grabados con nuestros nombres?
_Solo con la fecha –respondió ella.
_Para que no se me pueda olvidar, ¿eh? –dijo el y, sin previo aviso, algo le ocurrió a su boca.
Bella creyó ver una sonrisa. No una sonrisa clara, mas bien una distorsión del labio inferior, pero ella tubo que agarrar el vaso de agua y beber otro sorbo.
Le hirvió en la lengua. Y si ese hombre podía lograr aquello con un gesto tan mínimo, ¿Qué no podía conseguir si se propusiera de verdad?
No. No queria saberlo. Mejor ni imaginarlo.
_Estoy segura de que Rose los devolverá –dijo Bella en un esfuerzo por calmarle.
Una vez que Rose saliera de su escondite, pensó Bella. Casi seguro que, cuando lo hiciera, vendería su historia a la revista del corazón que le ofreciera mas dinero por ella.
Ahora que se había quedado sin su millonario necesitaba mas que nunca dinero.
_ ¿Esta usted segura? –pregunto el mirándola fijamente, durante al menos medio minuto –. Y aunque me devolviera los brazaletes y los gemelos, ¿Qué iba yo a hacer con ellos? ¿Venderlos por internet?
Bella abrió la boca, pero antes de poder pronunciar palabra, el añadió:
_Olvídelo.
Y paso a revisar la siguiente factura.
Fue cuando llego a la tarta nupcial cuando Edward Cullen empezó a mostrar síntomas de estar a punto de perder los estribos.
En su momento, a Bella le había sorprendido que Rose no hubiera elegido una tarta moderna cubierta de chocolate blanco sino una tradicional de frutas de tres pisos preparada por un maestro pastelero. La tarta, en cada piso, mostraba el escudo de la familia Hale y el logotipo de la empresa de Edward Cullen.
Era la clase de tarta cuyo piso superior, según la tradición, se separaba y se guardaba para ser consumida cuando naciera el primer hijo.
_? ¿Donde esta esta monstruosidad? –pregunto Edward Cullen.
_ ¿La tarta?
_ ¡Naturalmente que la maldita tarta! –espeto el, demostrando que no estaba hecho de piedra – ¿También la tiene ella? ¿O va a utilizarla en otra boda?
_Eso es un insulto, señor Cullen. La gente con la que trabajo son personas serias, formales y profesionales. Además, nadie quiere una tarta de segunda mano.
Sobre todo, una tarta con el escudo de otra familia.
_ ¿No? Que pena que no pueda decir lo mismo de las novias. Bueno, ¿Qué va a pasar con la tarta?
Desesperada por acabar con aquello, Bella se sintió tentada a preguntarle que importancia podía tener eso para el.
Pero justo cuando tenía las palabras en la punta de la lengua, vislumbro algo de la verdadera personalidad de ese hombre. Un hombre salido de la nada, un hombre que había llegado a donde estaba a base de trabajo duro y que no había olvidado lo mucho que le había costado ni de donde venia. Un hombre, en definitiva, horrorizado ante semejante despilfarro. Si, para el si tenia importancia.
_Eso le corresponde decidirlo a usted –respondió Bella.
_Entonces, llame al pastelero y dígale que envíe la tarta a mi casa esta tarde.
Bella sabía que tenía que preguntarle si estaba bromeando.
¿Tenia idea ese hombre de lo enorme que era la tarta?
Pero se contuvo.
_Hágalo, señorita San. Ahora
A punto de preguntarle que iba a hacer con una tarta de más de cinco kilos, se lo pensó mejor. Quizá a Edward Cullen le gustaban las tartas de frutas.
Y cuando se cansara de comer tarta, podría darles el resto a los patos del parque.
De ahí en adelanto todo fue de mal en peor. Los menús, las tarjetas, las velas, los cohetes con los nombres de los novios, los regalos para los invitados…. Al menos, logro arreglarlo para devolver los regalos de los invitados.
No había nada que Rose se le hubiera pasado en su afán de tener la boda mas extravagante del año.
La lista era interminable, pero la única otra factura que provoco en el un a reacción fue la de la fuente de confines.
_Vaya, algo diferente –dijo el con sorna –. Una forma francesa, en vez de inglesa, de tirar el dinero.
Viendo ya la luz al final del túnel, Bella iba a aventurar esbozar una sonrisa cuando, de repente, contuvo la respiración al ver las ojeras bajo los ojos verdes de él.
El debió notarlo, porque pregunto al instante:
_ ¿Que pasa?
Bella sacudió la cabeza y logro darle una contestación que pareció satisfacerle. Sin embargo, de ahí en adelante, mantuvo la cabeza baja y llegaron a la última factura. La factura referente a sus propios servicios, que había rebajado un veinte por ciento.
_Tiene suerte de no ofrecer una garantía –dijo el.
_Los servicios de mi empresa están garantizados –le aseguró ella.
_Pero no en lo referente al cambio de piezas.
Casi una broma, pero a Bella no se le ocurrió sonreír.
_No, me temo que no, señor Cullen. La novia es su responsabilidad.
_Cierto. Pero quizá este dejando pasar una oportunidad para expandir el negocio –por fin. El extendió el cheque –.seria mucho más sencillo si uno pudiera elegir de una lista las cualidades requeridas para obtener la esposa perfecta.
_ ¿Como si se tratara de un coche o una lavadora? –dijo ella, preguntándose que cualidades tendría la esposa perfecta para el.
Quizá una mujer menos deslumbrante y más resistente.
_De alto rendimiento, con estilo, buen acabado…. –dijo ella casi sarcásticamente, pero Edward Cullen pareció tomarla en serio.
El arranco el cheque del talonario mientras decía:
_Pero sin preocuparse de los costes. Las mujeres de alta velocidad, como los coches, salen muy caras –Edward Cullen se quedo mirando el cheque sin dárselo –. Buen negocio para usted.
_No soy tan cínica, señor Cullen –le aseguro ella mientras recogía sus papeles.
Lo que quería era salir de aquella oficina con el fin de poder recuperar la compostura…. Y la respiración…. Y el nivel hormonal normal.
Entonces, Bella se quedo atónita cuando le vio doblar el cheque y metérselo en el bolsillo de la camisa.
A continuación, Edward Cullen se levanto, agarro la chaqueta que tenia colgada en el respaldo del asiento y se dirigió hacia la puerta.
_ ¿Nos vamos señorita Swan? –dijo el, abriendo la puerta.
_ ¿Irnos? –Bella se puso en pie muy despacio –.¿Adonde?
_A recoger toda esa cara basura que voy a tener que pagar a precio de oro.
No, no tenia sentido. Además, ahora si que tenia prisa de verdad. Sus empleados no la necesitaban, pero la estrella del pop, sí.
_Yo…. podría encargarme de ello –dijo Bella rápidamente –. O podría hacer que se lo enviaran al sitio que usted quisiera.
_Supongo que no tendrá pensado cobrarme por el almacenamiento, ¿o si?
_Bueno, no…
El asintió.
: Esta noche salgo del país; en cuyo caso, podría guardarme el cheque y pagarle cuando vuelva dentro de un mes y acabemos de solucionarlo todo. La llamare a mi regreso, ¿le parece?
¿Qué la llamaría a su regreso?
¡Ese era su límite!
_Tiene que estar usted bromeando. Ya he tenido que cambiar una cita este mediodía y usted me ha tenido una hora esperando. Y esta tarde tengo una fiesta.
_Su vida social no es problema mio.
_ ¡No tengo vida social! –declaro ella furiosa.
_ ¿En serio? –Edward Cullen la miro de arriba abajo. Y pareció gustarle lo que vio.
_En serio, señor Cullen, estamos tratando de negocios. Y mi furgoneta, al contrario que yo, no puede hacer dos cosas a la vez.
Por algún motivo que no pudo imaginar, eso le hizo sonreír.
_No hay problema –declaro Edward Cullen –. Por un precio módico, alquilare mi furgoneta a su empresa.
Bajo un colorido collage de globos y confetis pintados en la furgoneta de Bella, se veía el color de fondo, negro, tan negro como su estado de humor.
La furgoneta de Edward Cullen era de la misma marca y el mismo modelo que la suya, y también negra. Pero la de la no tenia dibujos, a excepción del logotipo de su empresa en letras de oro: TMF.
Habían bajado en el ascensor privado de el al garaje en absoluto silencio. Bella estaba demasiado enfadada para entablar una conversación intranscendente.
Ese hombre ya no le inspiraba ninguna pena.
Pasaron a lado de un brillante Aston Martin; sin duda, el coche privado de le. Veloz y con clase.
Igual que la esposa que quería.
Una pena que Rose le hubiera dejado plantado. ¡Ese hombre se merecía una mujer como ella!
Llegaron a la furgoneta. Edward Cullen abrió la puerta del conductor y le dio las llaves.
_La acompañaría, pero tengo que ir a recoger una tarta. ¿Necesita que la ayude a subir?
_No, gracias –respondió ella de mal humor. Entonces, agarro las llaves y tiro su bolso al asiento contiguo al del conductor –.Tengo una furgoneta igual y estoy acostumbrada a conducirla.
_No creo que lo haga con una falda como la que lleva y tacones.
Desgraciadamente, Bella tuvo que alzarse la estrecha falda con el fin de subirse a la furgoneta, lo que permitió a Edward Cullen verle el final de las medias y la braga de encaje.
Lo único bueno de aquella experiencia era que, en esa ocasión, le tocaba a Edward Cullen quedarse sin respiración.
_De todos modos, no puedo quejarme –le aseguro el; al parecer, respirando perfectamente.
_ ¿Porque ha tardado tanto? –le pregunto Edward Cullen en el estacionamiento subterráneo de su casa, al lado del ascensor privado que subía directamente a su ático.
La impaciencia de el la exaspero aun mas.
Ese hombre no solo la irritaba, sino que también, por primera vez en años, la hacia sentirse como una mujer…. Y eso creaba adicción.
_No se preocupe, puedo arreglármelas sola –le aseguro ella cuando Edward Cullen le abrió la puerta y le ofreció la mano para ayudarla a bajar de la furgoneta.
_Ya he visto como se las arreglaba para subir. Y como también le he visto la ropa interior, esta vez se hará como yo digo.
_Un caballero no habría mirado –declaro ella con indignación.
Con indignación por el hecho de que el no considerara necesario mirarle las piernas dos veces.
_No me diga. En fin, supongo que eso demuestra que no soy un caballero. ¿No se lo dijo su amiga del colegio que esa era una de las cosas que más le gustaba de mí? Aparte de mi dinero, por supuesto. Si, le gustaba el riesgo; saber que, por primera vez en su vida, no tenia ella el control.
Edward Cullen se le acerco lo suficiente para hacerla sentir su aliento en la mejilla. El pulso se le acelero. La piel se le erizo….
_Su amiga estaba jugando con fuego –añadió el.
A Bella se le seco la boca.
_Pero claro, usted no es una dama, señorita Swan; de serlo, habría aceptado que la ayudara. ¿Lo intentamos otra vez? ¿Necesita que le eche una mano?
_ Solo necesito que me eche una mano con la caja –contesto ella encolerizada.
Edward Cullen no podía dar crédito al modo como se estaba comportando. No se reconocía a si mismo. Había zanjado todos los asuntos pendientes y lo único que le quedaba por hacer era subirse al avión. Sin embargo, le había exigido a Bella Swan que se presentara en su despacho y le diera razón de aquellas facturas. Y luego, como si aquello no hubiera sido suficiente, le había exigido que le llevara a su casa unos montos de basura inútil.
Ya se había atormentado lo suficiente aquella tarde mirando las piernas de esa mujer.
Eran la clase de piernas que podían hacerle perder la cabeza a cualquier hombre.
Pero ya era suficiente. Y antes de que ella pudiera volver a subirse la falda por segunda vez aquel día, Edward recupero el control y, agarrándola por la cintura, la levanto.
Sorprendida, ella jadeo antes de agarrarse a sus hombros. Y no era ella sola la que tenía problemas para respirar. Ahora veía que el cuerpo de Bella Swan sobrepasaba lo que él había imaginado cuando aquella tarde en la oficina se había desabrochado la chaqueta. Todo suave curvas, la clase de cuerpo que se veía perfecto con algo suave y ajustado. O mejor sin nada.
Durante unos instantes, permanecieron abrazados y con una sola idea en la cabeza, ambos.
Un mechón castaño le acaricio a Bella la mejilla y, como la cosa mas natural del mundo, Edward deslizo la mano bajo la seda de color chocolate y, con el pulgar, le rozo el sujetador de encaje que estaba seguro de que hacia juego con las bragas.
No oyó protesta alguna cuando empezó a acariciarle un erguido pezón. Los labios de Bella Swan se abrieron y su respiración se hizo sonora y a la mirada que le lanzo fue una inequívoca invitación mientras se deshacía en sus brazos, aferrándose a sus hombros como si fueran lo único que podía mantenerla en pie.
Imposible saber si fue el temblor del cuerpo de ella, la forma como se humedeció los labios con la lengua o el gemido gutural que escapo de su garganta el detonante de lo que ocurrió a continuación.
Quizá fuera la mezcla de todas esas cosas.
Quizá hubiera estado en su mente desde la primera vez que la había visto seis meses atrás….
¿Por qué la había hecho ir a su despacho aquel mediodía?
Porque esa atracción entre dos desconocidos era tan inevitable como explosiva.
Sus labios entraron en contacto y, de repente, hubo un incendio. Imparable….
Lograron llegar al ascensor. Subieron al ático desnudándose el uno al otro, desesperados por sentir la piel del uno contra la piel del otro.
En la pantalla del ordenador vio que tenía un mensaje de la oficina.
Edward Cullen había decidido ir a Mustique, a pesar de tener alquilada la villa, y había ido directamente al Lejano Oriente. A trabajar. El trabajo siempre había sido la respuesta.
Edward leyó el mensaje que su secretaria le había enviado y lanzo un juramento. Después, agarro la postal que tenía al lado del ordenador y que mostraba la Casa de la Opera de Sídney y leyó el breve mensaje: Ojala estuvieras aquí. Y la rompió en dos.
Estaré bien….
Unas palabras de despedida muy valientes, pensó Bella mirando el resultado de la prueba de embarazo. Pero al decirlas, no había tenido en cuenta que acababa de hacer el amor sin tomar precauciones y con un hombre que, a pesar de obsesionarla, la llamaba de usted.
Había albergado la esperanza de que el la llamara desde Mustique, aunque solo hubiera sido para asegurarse de que su momento de locura no había acarreado ninguna consecuencia imprevista. O simplemente para saludar. O, mejor aun, para decirle que le gustaría repetir la experiencia.
Al parecer, no era así.
Bella se toco el vientre y sonrió. En realidad estaba contenta de haberse quedado embarazada. Quería tener un hijo.
Sin embargo, lo que pensara de ello el padre del niño era otra cosa. Había dejado de esperar una llamada de el el día que recibió su cheque por correo con una nota de agradecimiento, pero no escrita por el. No, él debía de estar de vacaciones en la maravillosa villa de Mustique que Rose había alquilado para pasar la luna de miel.
El cheque incluía el veinte por ciento de descuento que ella había hecho; con lo cual, no podía haber dejado las cosas mas claras. Edward Cullen sabia lo que se hacia, había recuperado el control.
Ella había devuelto el veinte por ciento con una breve nota, recordándole que la reducción la había hecho su empresa. Una tontería, sin duda, pero tenia orgullo.
Una secretaria la había llamado para darle las gracias por informarles del error cometido y para asegurarle que habían informado al señor Cullen de ello.
Ahora, tenia que hacerle saber que iba a ser padre, por lo que llamo a la oficina de Edward Cullen. Allí le informaron que aun estaba de viaje y le preguntaron si quería dejarle algún mensaje.
Bella respondió negativamente. Lo mejor seria enviarle una carta. Y, al momento, agarro una hoja de papel y un bolígrafo.
Una hora mas tarde, seguía sentada en el mismo sitio.
¿Cómo se le decía a un hombre al que apenas se conocía que iba a ser padre?
¿Cómo explicarle a ese hombre que aquello era lo mejor que a ella le había ocurrido en la vida? ¿Cómo iba a compartir con el la felicidad que sentía? ¿Cómo iba a decirle que, de repente, la vida había cobrado sentido para ella?
Sabía que a el eso no le importaba y, ya que no quería enfadarle, decidió darle la noticia lo más fríamente posible. Y en un lenguaje directo.
Por fin, Bella comenzó:
Querido Edward.
No, así no.
Estimado señor Cullen.
Si, así estaba mejor.
Le escribo para hacerle saber que, resultado de nuestro reciente…
Ahí se detuvo.
¿Qué? ¿Cómo podía expresar con palabras lo que había ocurrido? La inesperada ternura de él. La absoluta felicidad que la había hecho llorar….
Él no había comprendido el motivo de las lágrimas y no era de extrañar. Estoy bien, estoy bien, le habíadicho ella. Y se lo habría contado, pero Angela la había llamado en ese momento, en un ataque de pánico, porque Tanya se había drogado justo media hora antes de que empezara la fiesta y el pastelero se había presentado con una tarta y no tenia tiempo de hacerlo todo.
_Tengo que marcharme –le había dicho ella a Edward Cullen.
Después había esperado que el la llamara, pero la esperanza había sido vana. Y cuando ella le llamo a la oficina con la excusa del cheque, le dijeron que estaba de viaje.
Vamos, Bella, no pierdas la cabeza explícaselo de la forma más sencilla posible, se dijo a si misma, animándose a continuar con la carta:
…. Como resultado de nuestro reciente encuentro, me he quedado embarazada y daré a luz en julio.
Por favor, créame, no le responsabilizo de nada. He sido yo quien ha decidido no interrumpir el embarazo y soy perfectamente capaz de mantener a mi hijo. No le escribo para pedirle nada; sin embargo, me ha parecido que tenia la obligación de comunicarle que va a ser padre. Si en algún momento usted quisiera formar parte de la vida de su hijo, le aseguro que no le pondré ningún impedimento.
Le doy mi palabra de que no volveré a ponerme en contacto con usted ni a hablar de este asunto si, por algún motivo, nuestros caminos volvieran a cruzarse. De no recibir noticias suyas, daré por sentado que no desea involucrarse en este asunto.
Le saluda atentamente
Bella Swan.
Edward consiguió el último asiento libre en el vuelo a Londres. Cuatro meses. No había dejado de viajar durante cuatro meses. Como un fugitivo, escapando de un recuerdo grabado en su memoria: las lágrimas de Bella Swan resbalándole por las mejillas.
Pero el trabajo, según había descubierto, no era la respuesta. Por eso volvía a Londres, para pedirle a Bella que le perdonara, para rogarle….
Justo antes de pasar el control de la policía del aeropuerto, entro en una librería; con más de doce horas de vuelo, necesitaba algo para leer, y allí se encontró con el rostro que le había quitado el sueño. Ese rostro no lloraba, sino que sonreía en la portada de la revista Celebrity, y el encabezamiento era La buena nueva de Bella.
No necesitaba ser un genio para averiguar a que se refería la buena nueva y, de repente se sintió fuerte y poderoso, como un hombre con el mundo a sus pies.
Su hijo….
Edward agarro la revista, la abrió y el mundo entero se le vino abajo al ver la foto interior; en ella bella aparecía con un hombre alto y moreno, y el artículo decía:
La famosa organizadora de eventos sociales, Bella Swan, que acaba de anunciar que va a tener un hijo a principios de verano, aparece aquí con su novio de la adolescencia, el conde de Melchester, recientemente divorciado. Han tenido que suspender los planes de boda debido al fallecimiento del abuelo de Bella. Como ha dicho Jacob, la vida es la vida. No obstante, todos nos alegramos de verles juntos y felices de nuevo y esperamos que pronto suenen campanas de boda.
Edward leyó el articulo dos veces; luego, tiro la revista a la basura que tenia mas próxima y volvió al mostrador de la aerolínea para cambiar el billete.
_Adonde quiere ir ahora, señor Cullen?
_ Lo mismo da.
Bueno aquí esta el segundo capitulo de esta historia
Espero que os guste y estaré encantada de leer vuestras opiniones
Intentare subir el siguiente capitulo pronto
Gracias
