LA HISTORIA NO ES MIA ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAGES PERTENECEN A STEPHANIE MAYER

Concéntrate. Olvida a Edward Cullen. Olvida los sobresaltos, durante semanas, cada vez que sonaba el teléfono pensando que podía ser él».

Frío. Era un hombre frío.

La atracción sexual que la había asaltado tan inesperadamente, algo tan nuevo para ella, para él no había sido nada más que puro instinto animal, una respuesta a una situación cargada de tensión. Una necesidad de demostrar su virilidad después de haber sido rechazado.

No tenía interés en ella.

Y si ella había querido aferrarse a la esperanza de que no era así, él acababa de devolverla a la realidad.

«Estoy harto de las de su clase», le había dicho.

Su clase era la misma clase de mujer que Rose Hale. Iguales. Pero no.

La verdad era que Edward Cullen no tenía idea de cómo era ella y no quería saberlo. No le interesaba.

Bella apartó la mirada de la vista que se veía desde la ventana: en la distancia, el viejo pueblo en el valle en las márgenes del río; la torre normanda de la iglesia. Haciendo un esfuerzo, miró las fotografías de la persona que estaba haciendo un esfuerzo ímprobo por proporcionarle un vestido de novia de ensueño.

Pero no podía centrarse, aún trataba de recuperarse de su encuentro con Edward Cullen. Estaba más delgado. Bronceado, pero más delgado. Y más duro, si era posible.

Cerró los ojos en un intento por bloquear la imagen de él y concentrarse en el vestido. Estilo… Como solía recordar a las novias, el vestido debía ser una prolongación de su aspecto natural.

Una boda no era la ocasión apropiada para experimentar con modas nuevas.

Sobre todo, si el resultado iba a aparecer plasmado en las páginas de Celebrity.

Volvió a las fotos pensando que, al menos, ya había elegido las flores: violetas. Quizá hiciera una boda minimalista. Muy elegante.

Los vestidos de las fotos, sin mangas ni tirantes, quizá fueran demasiado minimalistas. Aunque podían ser perfectos para una ceremonia civil, no se verían bien en una boda celebrada en la iglesia de un pueblo tradicional.

Necesitaba encontrar un fondo temático, algo que lo unificara todo.

Bella suspiró y echó un vistazo a la colección de objetos que Kate le había llevado: pendientes con amatistas, un retal de gasa violeta, lazos, pétalos de flores secas, tarjetas, sobres…

Fue entonces cuando vio un par de zapatos de seda morada con bordados y los agarró.

— ¿Has visto algo que te haya gustado especialmente? —le preguntó Victoria Wagner, la diseñadora de la feria, desde la puerta.

— ¿Estos zapatos? —preguntó ella a modo de respuesta.

— ¿Te está resultando difícil el trabajo?

Bella señaló su cuerpo.

—Un poco. Aunque sé que tengo que evitar el aspecto virginal —dijo Bella indicando una fotografía que tenía delante—. Y no es que no sea encantador o que no vaya con mi vientre abultado, sino que no me parece… auténtico, ¿me entiendes?

Entonces, tratando de explicarse mejor, añadió:

—Creo que todas las novias, a la hora de elegir el vestido, piensan en el novio —al menos, la mayoría—. Y cuando lo encuentran, siempre dicen algo parecido a «se va a deshacer cuando me vea con este vestido».

Rose, por el contrario, había dicho: «mis amigas se van a morir de envidia cuando me vean con esto». Y eso era justo lo que la había motivado respecto a todo lo que había elegido para su boda; no lo que Edward podría haber pensado o querido, sino la envidia que provocaría.

Quizá ésa fuera la diferencia entre casarse por dinero o por amor. Rose no había necesitado nada para casarse con Emmett, él le había resultado suficiente.

Había leído el reportaje de Celebrity sobre su matrimonio, titulado Una verdadera historia de amor.

Victoria, acercándose a ella, le quitó uno de los zapatos e intentó ponérselo, pero le quedaba demasiado pequeño.

—Es absolutamente precioso —declaró, devolviéndole el zapato a Bella—. Vamos, pruébatelo, tienes los pies más pequeños que yo.

Cualquier cosa era mejor que mirar vestidos de boda, y el zapato era fabuloso. Se lo puso y extendió la pierna. Las cuentas del zapato reflejaron la luz y brillaron.

Victoria y Bella suspiraron.

—Creo que estamos poniéndonos en plan Cenicienta —dijo Victoria con una sonrisa traviesa—. Anda, pruébate el otro y camina un poco.

Y tras unos momentos…

— ¿Sientes algo?

—Siento una total desgana a quitármelos y a devolverlos —admitió Bella riendo—. Pero… ¡zapatos morados en una boda!

—El color está empezando a ponerse de moda en las bodas —dijo Victoria pensativamente—. Podría quedar bien. ¿Bordados y cuentas? Conozco a alguien que es perfecta para eso. Y ahora, lo que necesitas para concentrarte en la boda, en un novio.

—Lo siento, pero no puedo hacer nada respecto a eso —dijo Bella, mirando los zapatos.

— ¿Y qué me dices de…?

—Repito que me he quedado embarazada por inseminación artificial —dijo Bella, interrumpiéndola.

— ¿En una clínica? —Victoria no parecía convencida.

—Lo importante es que el hombre en cuestión no ha tenido nada que ver.

—Bueno, da igual. No tiene que ser «ése» precisamente el novio. Nos conformaremos con uno que te haga soñar.

Bella no pudo evitar evocar imágenes de Edward Cullen.

—Me temo que no es posible.

— ¿No? Qué pena. Pero te aseguro que ahí hay tipos trabajando que le dejan a una con la boca seca. ¿Te parece bien que vaya a por uno de ellos?

Bella se volvió cuando un hombre se aclaró la garganta a sus espaldas.

—Ah, hola, Jasper. ¿Qué estás haciendo aquí? —Pero sin esperar respuesta, Victoria se volvió a Bella con un brillo malicioso en sus ojos—. Bella, ¿conoces a Jasper Whitlock, el arquitecto del pueblo? Jasper, ésta es Bella Swan.

—Bella, me temo que te están engañando. Vivo en Upper Haughton, con mi esposa y tres hijos; así que, a pesar de lo que Victoria te haya podido decir, la respuesta es no.

—Lo mismo digo —declaró Bella rápidamente.

Pero Jasper no había acabado.

—Para este pueblo necesitas a Edward Cullen, Victoria. El nuevo propietario de Longbourne Court.

Y como ese hombre en persona apareció en el umbral de la puerta, Jasper les dejó para discutir el asunto mientras se paseaba por la estancia con un cuaderno en la mano.

— ¿Edward? —Dijo Victoria ofreciéndole la mano—. Soy Victoria Wagner.

Entonces, tras mirarle de arriba abajo, añadió:

—Ah, sí, eres perfecto.

— ¿En serio? —preguntó él confuso, pero sonriendo.

Era una sonrisa natural, la clase de sonrisa que un hombre dedicaba a una mujer atractiva al conocerla. La clase de sonrisa que Bella no recibiría nunca.

Aún no la había visto.

Bella quiso protestar, pero solo un gruñido escapó de su garganta… suficiente para atraer la atención de él. La confusión siguió reflejada en su rostro, pero la sonrisa desapareció.

— ¡Absolutamente perfecto! —Exclamó Victoria—. No estás casado, ¿verdad?

— ¿Por qué no se lo preguntas a la señorita Swan? —respondió él.

— ¡Os conocéis! Excelente. Edward, tenemos un problema; Bella necesita un novio de ensueño. ¿Estás por la labor?

—Nnnnnnn… —fue todo lo que Bella pudo pronunciar.

—Eso depende de la naturaleza del «ensueño» —respondió él, ignorando la forma en que Bella sacudía la cabeza.

—Verás, lo único que necesito es que tú estés presente, guapo y atractivo —y no le dio tiempo a moverse—. Así, perfecto.

—Pero si no he hecho nada —protestó él.

—No tienes que hacer nada —respondió Victoria sonriendo ampliamente—. Bueno, Bella, da rienda suelta a tu imaginación.

—Victoria, yo pienso que…

—Pensar es lo último que quiero de ti. Estamos hablando de emociones, de sentimientos, de los sentidos… —dijo Victoria en tono autoritario.

Después, agarró a Bella por los hombros, la condujo hasta Edward y la colocó a su lado.

Cuando Bella le miró, vio que lo único que Edward Cullen sentía era furia.

—Vamos a deshacernos del jersey y de los pantalones, por bonitos y buenos que sean —dijo Victoria—. Para este ejercicio necesitamos que se ponga un traje… gris; eso es, gris. Un traje gris con chaleco y unas violetas en el ojal.

Edward Cullen emitió un sonido que pareció querer decir: «ni muerto».

—Está delante del altar y es…

— ¿Qué altar? —quiso saber Tom apretando los dientes.

—Buena pregunta, Edward. Bella, ¿la iglesia del pueblo? —preguntó Victoria ensimismada en su trabajo.

Bella abrió la boca, decidida a poner punto final a aquella pesadilla, pero Victoria continuó hablando sin darle tiempo a responder.

—Sí, claro que en la iglesia del pueblo, ¿dónde si no? Pero tú no te preocupes por eso, Edward.

— ¿No? —dijo él, aparentemente nada convencido.

Pero Victoria estaba inspirada y nada parecía poder detenerla.

—No, en absoluto. Nosotras somos quienes hacemos el trabajo.

Bella se encogió de hombros mientras Edward Cullen, mirándola, enarcaba las cejas. Lo que, momentáneamente, les puso del mismo lado.

Aunque eso era imposible, solo un sueño.

—Bien, Bella. La puerta de la iglesia está adornada con hojas verdes y flores. Tus damas de honor están esperando. ¿Todas ellas adultas o quieres niñas también?

«Concéntrate en la boda. Aprovecha estos momentos de ensueño…».

—Una adulta —respondió Bella.

Si esa boda fuera auténtica, querría el apoyo de Ángela, asegurándose de que todo estuviera bien—. Y cuatro niñas y un niño.

En aquel sueño, debía acercarse a la realidad todo lo posible y sus cuatro ahijadas jamás le perdonarían que las excluyera de la fiesta. Por otra parte, su ahijado de cinco años tampoco le perdonaría jamás que le hiciera aparecer en público con tirantes de satén. Pero quedaría muy bien al lado de sus hermanas.

—Bien —dijo Victoria—. Ahora, el órgano empieza a sonar y tu padre te agarra del brazo…

— ¡No! —la última vez, había sido su abuelo quien la había llevado del brazo. En esa ocasión, no había nadie—. Iré yo sola.

Bella se estaba dejando llevar por Victoria. No pensaba, solo sentía.

Al darse cuenta de que tanto Victoria como Edward la estaban mirando con extrañeza, añadió:

—Soy una mujer adulta, no necesito que nadie me lleve del brazo.

—Bueno, de acuerdo, como quieras. Al fin y al cabo, es tu boda. Ve sola si quieres —Victoria agarró unas violetas y se las dio a Bella—. El órgano empieza a sonar y tú oyes a todo el mundo ponerse en pie. Eso es, muy bien. Empiezas a caminar hacia el altar. Vamos, camina, camina.

Victoria la empujó hacia Edward y continuó:

—Todo el mundo te está mirando. La gente canta, pero tú no la ves, no la oyes. Todo se centra en las dos personas que realmente importan: tú, con ese vestido de ensueño, y él.

Las miradas de Bella y de Edward se encontraron.

¿Por qué seguía allí? ¿Por qué Edward no se había dado media vuelta y se había marchado? No tenía por qué quedarse…

— ¿Qué sientes mientras caminas, Bella? —Murmuró Victoria con voz suave, como si realmente estuviera en la iglesia—. Vamos, Bella, dímelo. Dime lo que sientes. Dime qué es lo que él está viendo…

En su imaginación, Bella pudo ver a Edward mirándola como si ella fuera su mundo entero, avanzando hacia él con un sencillo ramo de violetas en la mano.

—Dime qué está viendo él, qué le está haciendo derretirse —insistió Victoria.

Los ojos de Edward se clavaron en el abultado vientre donde su hija estaba creciendo. Entonces, rompiendo el encanto, Edward dijo:

—Cenizas —antes de volverse bruscamente—. Jasper, ¿has terminado lo que tenías que hacer aquí?

Edward no esperó respuesta, sino que salió de la estancia, esperando que el arquitecto le siguiera.

Jasper, con una sonrisa burlona, dijo:

—Victoria, has metido la pata del todo —entonces, miró a Bella—. Encantado de conocerte, Bella.

Victoria, perpleja, se despidió de él. Luego, le preguntó a Bella cuando se quedaron solas:

— ¿Qué le ha pasado?

—Deberías haber preguntado cómo nos conocimos —respondió Bella apoyándose en una mesa ya que las piernas le temblaban.

— ¿Dónde os conocisteis?

—Fui compañera de colegio de la mujer con la que él iba a casarse y me encargaron organizar su boda. He intentado decírtelo, pero…

—Pero no has podido porque yo no he parado de hablar. Es uno de mis defectos —admitió Victoria—. ¿A qué se ha referido con eso de las cenizas? ¿Qué hiciste, envenenaste la comida?

—La novia le dejó tres días antes de la boda.

— ¡Vaya! ¿Se volvió loca?

—No, todo lo contrario. Recuperó el sentido a tiempo. ¿Te suena el nombre de Rose Hale? —Victoria negó con la cabeza—. ¿Es que no lees las revistas del corazón?

— ¿Es obligatorio?

—No, no es obligatorio, Victoria. Pero, en este caso, me habría gustado que lo hicieras.

—Sigo sin entender cuál es el problema —comentó Victoria frunciendo el ceño—. No es posible que te responsabilice a ti de que su novia le dejara.

—Le dejó por uno de mis empleados y escapó con él.

— ¡Cielos! —exclamó Victoria. Entonces, vio a Edward, que estaba cruzando el césped, por la ventana—. Sigo opinando que no tiene derecho a culparte a ti. No obstante, por la forma como te miraba…

—Si las miradas matasen… —interrumpió Bella rápidamente, distrayendo a Victoria para que no atase cabos.

—Solo si se tratara de combustión espontánea como forma de asesinato. ¿Seguro que no hay nada más entre vosotros dos? —Pero Victoria debió de darse cuenta de lo que acababa de decir y alzó las manos en gesto de disculpa—. Olvida lo que he dicho. Pero… ¿no sería terrible para tu negocio que las novias temieran no poder dejarte a solas con sus novios?

— ¡Qué! ¡No! —exclamó Bella, pero el rubor de sus mejillas la traicionó.

Victoria no insistió, aunque su mirada fue muy significativa.

—Está bien, perdona. Olvidemos a ese hombre, aunque esté para comérselo, y dime qué es lo que has visto.

— ¿Qué es lo que he visto?

—Sí, ahora. Te estaba mirando y me he dado cuenta de que has visto algo. Has sentido algo.

Lo que había visto era la imagen que Victoria le había metido en la cabeza: se había visto a sí misma a los diecinueve años con el vestido de novia de su abuela, pero el hombre que estaba esperándola en el altar no era el hombre con el que había estado a punto de casarse, sino Edward Cullen.

—Bella…

—Sí. Tienes razón, estaba recordando una cosa. Un vestido…

«Concéntrate en el vestido».

—La verdad es que, cuando tenía diecinueve años, estuve a punto de casarme. En aquella ocasión, iba a llevar puesto el vestido de novia de mi abuela.

— ¿En serio? ¡Qué romántico!

—Bueno, vamos a trabajar. Ese vestido, que podría servirnos de inspiración, era de los años veinte y la falda llegaba hasta el tobillo. Tenía la cintura baja…

Victoria agarró un cuaderno de dibujo e hizo un bosquejo.

— ¿Es algo parecido a esto? —preguntó Victoria cuando acabó el dibujo.

—Sí, algo así. Es precioso —dijo Bella.

—Gracias —Victoria sacudió la cabeza—. Tienes mucha suerte. No hay muchas que sepan siquiera lo que sus abuelas llevaban el día de la boda, y mucho menos tenerlo. ¿Lo conservas?

Bella se dio cuenta de que, probablemente, el vestido seguiría donde lo había dejado.

Pero no quería volver al pasado, era una mujer diferente.

—Se supone que tengo que ayudarte a que muestres tus habilidades como diseñadora, Victoria. Si encuentro el vestido, tú no harías tu trabajo.

—Y tu trabajo consiste en mostrarle a todo el mundo lo que sería tu boda de ensueño —le recordó Victoria—. De todos modos, a menos que el vestido esté guardado como Dios manda, deben de habérselo comido las polillas.

—Es verdad.

—No te preocupes, se me ha ocurrido algo diferente para ti —añadió Victoria—. Algo que vaya con esos zapatos. No obstante, me gustaría ver el vestido de tu abuela, aunque solo sea por interés profesional.

—Iré a ver si lo encuentro.

—Estupendo. Y ahora, no te muevas, quiero tomarte las medidas.

Bueno aquí esta el siguiente capitulo

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