LA HISTORIA NO ME PERTENECE ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MAYER
Jasper Whitlock no pronunció palabra cuando se reunió con Edward, pero no había necesidad, se conocían desde hacía mucho tiempo. Una mirada era suficiente.
—Siento lo que ha pasado. Como seguramente te has dado cuenta, había algo de… tensión en el ambiente.
— ¿Cenizas? Si eso es tensión, no me gustaría estar cerca de ti cuando declaras guerra abierta –Jasper sonrió pensativamente—. Si quieres que te diga la verdad, me ha parecido…
— ¿Qué te ha parecido? —Aunque no era necesario preguntar, estaba escrito en su cara—. Ha sido una cuestión de negocios, nada más.
Pero lo que había pasado no tenía nada que ver con los negocios, se trataba más bien de dos personas que no conseguían decidir si estrangularse o si desnudarse el uno al otro a toda prisa.
El problema era que no quería sentir lo que sentía. No quería perder el control. No quería volverse loco. No quería sentirse culpable…
A ella, por otra parte, no le había costado nada olvidarse de él. Aunque no podía culparla. Él se había marchado, no le había escrito, no la había llamado y luego lo había acabado de estropear todo cuando ordenó a su secretaria que le enviara un cheque que cubriera el total de la factura. No era de extrañar que ella hubiera devuelto el cheque.
Y después, cuando ya estaba dispuesto a arrodillarse delante de ella, a suplicarle, era demasiado tarde.
Pero en los últimos cinco meses no había cambiado nada. Bella Swan seguía atormentándole.
Y empezaba a sospechar, a pesar de que ella fuera a tener un hijo con su amor de la adolescencia, que a Bella Swan le ocurría lo mismo respecto a él.
Quizá debiera volver a Londres, tal y como le había aconsejado Alice, hasta que aquel lío de la feria hubiera acabado. Pero no podía hacerlo. Al menos, si se quedaba, no tendría más remedio que presenciar la boda de Bella.
El hecho de que estuviera embarazada debería forzarle a ser más realista…
Al darse cuenta de que Jasper le estaba mirando con expresión extraña, se volvió bruscamente y empezó a dirigirse hacia las construcciones de fuera cerca de la casa.
—Vamos a echar un vistazo a los establos y demás —dijo Edward.
«Embarazada».
—Creo que se podrían construir una docena de habitáculos en los edificios que hay alrededor del jardín —dijo Edward.
—Muy bien. ¿Qué hay del granero?
—Ahí se pueden hacer varias cosas, es muy flexible. A mí se me había ocurrido transformarlo en tu estancia privada. Como también tiene un pequeño camino privado, si rodeáramos el granero con un muro de piedra y ajardináramos la zona alrededor del granero dentro del muro, tendrías completa privacidad.
De haberse tratado de otra propiedad, le habría parecido bien. Pero Longbourne Court ahora se había convertido para él en un lugar del que quería obtener el máximo beneficio con el fin de erradicar su historia y, de paso, todo rastro de Bella Swan.
Lo último que Bella había hecho antes de abandonar Longbourne Court fue guardar el vestido de novia de su abuela en un baúl en el ático, con el resto de su ropa.
Iba a resultarle doloroso volverlo a ver. Tocarlo.
Eso suponiendo que los baúles y muebles siguieran ahí.
Pero como Longbourne Court ya no era su casa, no podía subir la escalera de servicio y ponerse a examinar el contenido del ático sin pedir permiso antes.
Por eso, fue en busca de Alice Bardom.
La puerta de la biblioteca estaba abierta y, tras llamar con los nudillos, entró. Pero encontró la estancia vacía.
Miró el reloj y, después de decidir que iba a esperar un par de minutos para ver si Alice aparecía, se acercó a las estanterías y acarició los lomos de los viejos y queridos libros. Todo estaba exactamente como lo había dejado, incluso el libro con el árbol genealógico de la familia estaba en su pedestal. Bella abrió las páginas en las que aparecían todos los nacimientos, matrimonios, fallecimientos…
Había un espacio en blanco debajo de su nombre, el espacio destinado a ser rellenado con la fecha de su matrimonio, con el nombre de sus hijos… Ese espacio permanecería vacío.
La última entrada en el libro era el fallecimiento de su madre, que ella misma había escrito. Y pensó en lo mucho que su madre había sufrido al tiempo que clavaba los ojos en la fotografía enmarcada que había encima de una pequeña estantería un poco más arriba del libro con la genealogía de la familia.
La foto no era nada especial: un grupo de chicos jóvenes con trajes de tenis almorzando en el jardín un verano años atrás.
No sabía cuánto tiempo había estado allí, oyendo el distante eco de la voz de su bisabuelo, cuando sintió algo, un cambio en el ambiente, un picor en la nuca. Y se dio cuenta de que ya no estaba sola.
Pero no podía ser Alice, Alice le habría dicho algo nada más verla.
— ¿Espiándome, señor Cullen? ¿Asegurándose de que no me pongo demasiado cómoda?
— ¿Quiénes son? —preguntó él a su vez al tiempo que agarraba la foto y, simultáneamente, hacía un gesto que lograba incluir los retratos que había a lo largo de la escalinata, en la galería superior y sobre todas las chimeneas.
Bella esperó, suponiendo que iba a oír algún otro comentario burlón; pero al mirarle, vio auténtica curiosidad en su expresión.
—Parientes —respondió ella simplemente.
— ¿Parientes?
—Sí.
Tom volvió a examinar la foto.
— ¿No tenían nada mejor que hacer? ¿Solo se dedicaban a entretenerse con juegos y almuerzos en el jardín?
Bella, con el ceño fruncido, le miró y vio que algo que él veía en la foto le molestaba; no obstante, no podía pasar por alto el desdeñoso comentario.
Poniendo un dedo en uno de los jóvenes de la foto que estaba sonriendo, Bella dijo:
—Éste es mi tío abuelo Henry. Tenía veintiún años cuando hicieron esta foto. Este otro es mi tío abuelo George, tenía diecinueve. El tío abuelo Arthur tenía quince. Y ésta es Bertie, y David, eran primos y tenían la misma edad que Arthur. Y éste es Max, acababa de anunciar el noviazgo con mi tía abuela Mary, que es la que está sacando la foto.
— ¿Y el chico que está delante, el que tiene cara de bromista?
—Ése es mi bisabuelo, James Denyer. Y en la foto no había cumplido aún los doce años. Estaba a punto de cumplir los diecisiete cuando acabó la Primera Guerra Mundial. Fue el único que sobrevivió, se casó y tuvo familia.
—Eso les ocurrió a todas las familias —dijo él bruscamente.
—Lo sé, señor Cullen. Tanto ricos como pobres murieron en las trincheras —Bella alzó los ojos—. No hubo muchos más almuerzos tras un partido de tenis después de que tomaran esta foto.
—Para la mayoría de la gente nunca hubo almuerzos después de partidos de tenis —comentó Edward. Y ya que parece que vamos a dormir bajo el mismo techo durante toda la semana, creo que sería mejor que nos tuteáramos y me llamaras Edward. Al fin y al cabo, no es como si no nos conociéramos.
—No nos conocemos, señor Cullen —respondió ella con frialdad.
Tom asintió, reconociendo la verdad de sus palabras. Y también su mentira.
—No obstante… aunque solo sea para simplificar las cosas…
—Está bien, Edward —respondió Bella—. Pero tú también me vas a tener que llamar Bella.
—De acuerdo, Bella.
Desprovisto del Denyer y del Swan, el nombre escapó de sus labios como la seda y quiso repetirlo.
«Bella».
En vez de volver a pronunciar el nombre, Edward se aclaró la garganta y volvió a mirar a la foto.
— ¿Por qué está aquí? ¿No la querías? Es parte de la historia de tu familia.
Bella le quitó la foto, puso la mano en el frío cristal y cerró los ojos momentáneamente, recordando.
—Cuando los acreedores vinieron a casa, solo me permitieron llevarme la ropa y unos cuantos objetos personales, además de las perlas que mi abuelo me regaló cuando cumplí los dieciocho años. Y también el coche, ya que estaba a mi nombre.
—Debes comprender que no puedo evitar estar del lado de la gente a la que se le debía dinero.
Bella le miró. Tan sólido. Tan poderoso. Tan sarcástico.
—A los pequeños comerciantes y pequeñas empresas siempre les pagábamos. Nuestros problemas se debieron, principalmente, a los impuestos que tuvimos que pagar durante tres años para heredar tras un par de fallecimientos y al hecho de que mi abuelo, que era algo derrochador, decidió pensar en el futuro y, siguiendo los consejos de alguien en quien confiaba, hizo inversiones y lo perdió todo.
Y eso le causó un ataque al corazón que le mató y que, indirectamente, causó la muerte de su madre.
—Lo más irónico es que si hubiera querido seguir dando fiestas sin preocuparse por el futuro todos habríamos salido mucho mejor parados —añadió Bella.
—Pero esta fotografía no tiene ningún valor —protestó él—, aparte de su interés histórico y sentimental.
—Sí, ya. Nuestros acreedores dijeron que después de hacer un inventario podríamos volver a recoger las cosas que no tuvieran valor intrínseco. Pero una estrella del rock compró la casa con todo lo que había en ella y se acabó. Dicha estrella del rock también se quedó con el señor y la señora Masen, que siguieron llevando la casa.
Y ella había logrado empezar otra vida, sin objetos que le recordaran un pasado que prefería olvidar: Jacob posponiendo la boda hasta que la situación fuera más estable; la obstinación de su madre de enfrentarse a la gente que le estaba quitando sus posesiones; su padre… No, se negaba a malgastar un segundo pensando en su padre.
—Yo ya me había mudado a un piso con dos chicas y apenas tenía sitio para colgar la ropa, así que mucho menos para fotos de familia —Bella dejó la foto en la estantería—. Además, tienes razón, estas cosas no me han pasado solo a mí. Como bien has dicho, le han pasado a todo el mundo.
¿Había dicho él eso?, se preguntó Edward mirando a su alrededor.
Longbourne Court era una propiedad importante; pero desde el momento que había cruzado la puerta, Edward la había reconocido como lo que era: un hogar. Un hogar en el que habían vivido generaciones y generaciones de la misma familia.
—No todo el mundo tiene recuerdos, una casa con historia, Bella.
— ¿Ni familia ni recuerdos? —Bella captó inmediatamente el significado de las palabras de él—. Eso es terrible, Edward. Lo siento.
Bella había pronunciado aquellas palabras con sinceridad y, por segunda vez aquel día, Edward se arrepintió de haber hablado sin pensar, traicionando algo que llevaba escondido muy dentro de sí.
—No necesito tu compasión —dijo él secamente.
— ¿No? —Pero Bella se dio cuenta inmediatamente de que lo mejor que podía hacer era cambiar de tema—. En fin, había venido aquí para hablar con Alice. ¿Sabes dónde está?
— ¿Por qué? ¿Qué es lo que quieres de Alice? Si tienes prisa, quizá yo pueda ayudarte.
Bella titubeó, lo que sin duda significaba que se trataba de algo que tenía que ver con esa maldita feria de boda. Él se consideraba duro en los negocios, pero utilizar su propia boda para promocionarse le parecía frío incluso a él mismo.
Pero, con el fin de demostrarle a Bella que él era tan capaz como ella de salvar los momentos incómodos, dijo:
—La verdad es que quería pedirte disculpas por el comentario de las cenizas. Ha sido inexcusable por mi parte.
—No, todo lo contrario —dijo ella rápidamente—. Soy yo quien debería haber impedido que Victoria se dejara llevar por su entusiasmo.
—Habría sido como detener un tren en marcha.
—Cierto, pero…
—Olvídalo —dijo Edward—. De todos modos, debes comprender que eres la última persona a quien esperaba encontrar en Longbourne Court.
—Lo mismo digo —respondió ella—. Rose me había dicho que no te gusta el campo.
—No me gustan ciertos aspectos de la vida en el campo, como la caza y el tiro al blanco —contestó Edward.
—A mí tampoco. Mi bisabuelo prohibió ese tipo de deportes en sus tierras. Decía que ya había habido demasiadas muertes —Bella hizo una pausa—. Por cierto, ¿recibiste mi carta?
Edward asintió y se dio media vuelta. Sabía que debía disculparse y explicarle a Bella que no había sido su intención insultarla con lo del dinero, era consciente de que se había ganado con su trabajo hasta el último céntimo. Pero… ¿de qué serviría?
En su momento, la había hecho ir a su oficina para castigarla. La había hecho revisar toda y cada una de las cuentas cuando, en definitiva, ese dinero no había significado nada para él.
Convencido de que Bella, en cierta manera, había estropeado su futuro, había querido atormentarla. Pero la verdad era que él era el responsable al irse distanciando de Rose según se iba acercando el día de la boda. Había utilizado la excusa del trabajo cuando, en realidad, lo que le había ocurrido era que no podía olvidar la sonrisa de Bella Swan el día que la conoció.
Y también había culpado a Bella de eso.
Después había llegado el momento de la fusión y el mundo, aunque brevemente, había cobrado sentido… hasta que vio las lágrimas de Bella resbalándole por las mejillas. Entonces se dio cuenta, sin necesidad de palabras, de que se había equivocado, de que había cometido el mayor error de su vida.
¿De qué serviría decirlo ahora? Bella tenía la vida resuelta y decirle lo que sentía por ella solo serviría para empeorar las cosas. Mejor que le despreciara a que se apiadara de él.
—Lo siento —dijo Edward—. Y me refiero a todo.
Bella se dio media vuelta con las mejillas encendidas. Sin duda, al igual que él, estaba recordando aquellos momentos de pasión.
O quizá sintiera vergüenza.
El hecho de que cinco meses después de lo ocurrido a Bella la hubiera dejado embarazada otro hombre demostraba que lo mejor que él podía hacer era olvidar.
Aunque era una pena, porque sabía que Bella era esa mujer. La mujer de su vida.
Pero como no quería seguir pensando en eso, dijo:
— ¿Para qué querías hablar con Alice?
—Quería preguntarle si podría subir al ático para buscar una cosa que era de mi bisabuela.
— ¿De tu bisabuela? ¿Cuánto tiempo lleva en el ático?
—Que yo sepa, desde que la puse allí. Antes de marcharme —Bella se volvió de cara a él—. Aunque si has vaciado el ático…
—No, no he hecho nada, aparte de pedirle a Jasper Whitlock que presentara el proyecto de remodelación —contestó él—. No creo que se haya tocado nada del ático.
—En ese caso, es posible que lo encuentre.
— ¿Se trata de la bisabuela que se casó con el chico de la foto?
—Sí, con James. La otra familia, la familia Swan, eran soldados y no tenían muchas posesiones.
—A juzgar por todo lo que hay en esta casa, creo que fue una suerte. ¿Quieres que te acompañe al ático?
—Es urgente.
—En ese caso, ¿vamos ya? Y otra cosa, ahí arriba hay mucho polvo, así que sería mejor que te quitaras esos zapatos. Sería una pena que los estropearas.
—Da igual. Como los he llevado casi toda la mañana, voy a tener que comprarlos.
— ¿Y eso es un problema? —Preguntó Edward—. Según Alice, comprar zapatos es la cura a la que las mujeres recurren para todo tipo de enfermedades.
—No he venido aquí para hacer compras.
— ¿No? Yo creía que para eso se habían inventado las bodas. De todos modos, nunca te arrepentirás de comprar esos zapatos.
—Lo haré si no me los quito. ¿Por qué no vas al ático? Me reuniré contigo allí en un momento.
Y, tras esas palabras, Bella se dio la vuelta y empezó a alejarse.
Aquí esta el siguiente capitulo
Lo que hace no ser claros cuando se habla y decir lo que uno piensa de verdad
Espero que os guste, gracias
