LA HISTORIA NO ES MIA, ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAGES PERTENECES A STEPHANIE MAYER

Bella se echó agua en el rostro para tranquilizarse. No debería haberle preguntado si había recibido la carta, pero había querido asegurarse. No podía creer que Edward fuera incapaz de sentir…

Bella se sonó la nariz y se miró en el espejo.

—Lo tienes bien merecido —se dijo a sí misma poniéndose una mano en el vientre—. Deberías contentarte con lo que tienes.

Y, tras esas palabras, se cambió de zapatos y se reunió con Edward Cullen en la parte superior de las escaleras de servicio. Ninguno de los dos dijo nada, pero ella tenía plena conciencia de la presencia de Edward a su lado y después, a su espalda, mientras subían los últimos peldaños que conducían al ático.

— ¡Dios mío! —Exclamó Bella echando una mirada por el ático—. ¡Qué desastre!

— ¿No les pasa a todos los áticos lo mismo? Al fin y al cabo, están para dejar en ellos lo que no se usa.

—Sí, pero un poco de orden no le vendría mal.

Bella había esperado encontrar inmediatamente el baúl en el que estaba el vestido de novia de su bisabuela, agarrarlo y salir a toda prisa de allí.

Sabía que el tiempo que pasara en compañía de Edward y rodeada de objetos de su familia solo serviría para aumentar la dolorosa verdad: que Edward Cullen no quería formar parte de esa familia.

Él no le podía haber dejado más claro que no quería saber nada de ella. Bien. Su única intención había sido que él supiera que iba a ser padre y que tenía opciones.

Edward había elegido.

Lo que no quería por nada del mundo era que su hija tuviera un padre que no la quisiera. Lo mejor era continuar con la mentira de la inseminación artificial. Al menos, de esa forma, su hija no tendría dudas de que su madre la quería.

Eso era suficiente.

—Los baúles estaban alineados a lo largo del perímetro del ático con el fin de facilitar su acceso —explicó ella, haciendo lo posible por mantener la voz fría y carente de emoción.

Pero era evidente que habían movido los objetos de la estancia.

—Supongo que, a lo largo de estos años, ha debido de venir gente para examinar el tejado y cosas por el estilo.

—Sin duda, tú también debes de haber enviado a alguien para examinar el estado de la propiedad —dijo ella—. Bueno, pues deberían haber dejado las cosas como estaban después de haber hecho su trabajo.

—Quizá las cosas estuvieran así cuando vinieron —observó él.

Bella, sin contestar, levantó la tapa del baúl más próximo y, al momento, se echó atrás.

—Dios mío, ¿a qué huele? —preguntó Edward.

—A alcanfor —respondió Bella—. Sirve para ahuyentar a las polillas. Aunque, al parecer, se han dado un banquete con estos trajes de lana.

—Y creo que no solo ahuyenta a las polillas, sino a cualquiera que piense en ponerse esa ropa —le aseguró él. Después, la miró con preocupación—. ¿Te encuentras mal? No afectará a…

Pero Edward no pareció ser capaz de acabar la frase.

—Al bebé —dijo ella tosiendo—. La palabra «bebé» no es una palabrota.

—No, ya lo sé. Lo siento.

—Lo sé, pero yo no —le espetó ella.

Edward cerró la tapa del baúl.

—Me alegro por ti —dijo él, y se volvió para abrir un segundo baúl.

¿Cómo podía mostrarse tan indiferente?, se preguntó Bella.

—El contenido de éste parece en mejor estado —dijo él, con absoluta falta de preocupación por su hija. Y tras sacar un osito de peluche, se lo dio—. Habrías hecho mejor en dejar tu ropa y llevarte esto.

Bella agarró el osito y tanteó el botón de la oreja del muñeco.

— ¿Es esto lo que estabas buscando? —Preguntó Edward tras abrir otro baúl que contenía más ropa; esta vez, la ropa estaba envuelta en papel—. Aquí no huele a alcanfor. ¿Es que las polillas no atacan a la ropa de las mujeres?

Bella suspiró y, sin hacer ningún comentario, miró en dirección al baúl que Edward había abierto.

—Ese baúl es de madera de sándalo —dijo ella acercándose—. Esa madera repele a las polillas.

Al llegar al baúl, Bella se tropezó y perdió ligeramente el equilibrio. Edward, al instante, la rodeó por la cintura para evitar que pudiera caerse. Igual que lo había hecho anteriormente…

Se miraron fijamente durante un momento, conteniendo la respiración.

— ¿Estás bien? —preguntó él con voz suave y una mirada que parecía angustiada.

Pero debía de ser su imaginación, pensó Bella.

Se obligó a mirar el interior del baúl y vio el vestido envuelto en papel blanco y suave.

—Ah… sí.

Y tocó el papel.

— ¿Qué es? —preguntó Edward.

—Es… solo un vestido.

El baúl contenía pertenencias especiales de su abuela: vestidos diseñados por Balenciaga, Worth, Chanel. Seda y terciopelo. Accesorios del periodo modernista. Bolsas, zapatos. Incluso lencería.

—Mi bisabuela era muy elegante —no debía llorar, solo se trataba de cosas—. Deberían estar en el museo de Melchester, en la sección de vestimenta. Mi madre lo había apuntado en la lista que había hecho de las cosas que tenía que hacer.

Bella parpadeó. Nada de lágrimas.

—Uno siempre piensa que queda mucho tiempo… —pero no quería pensar en ello—. ¿Qué hay de tu familia?

Difícil decir cuál de los dos se quedó más sorprendido tras esa pregunta. Edward Culle, porque ella hubiera tenido la temeridad de hacerla, o ella por haberla hecho.

—No tengo familia —contestó él con el semblante carente de expresión.

— ¡Eso no es verdad! —y Bella se llevó las manos al vientre por no taparse los oídos.

No, ya no era verdad.

Y deseó tomarle la mano y colocársela en su vientre para que pudiera sentir a la criatura que llevaba dentro, a su hija. De esa forma lo comprendería.

—Lo siento, pero así es como me gusta que sean las cosas —declaró él, y entonces indicó el vestido con un dedo—. ¿Qué tiene de especial ese vestido?

Tras un largo silencio, Bella desenvolvió el vestido de novia de su abuela, exponiendo su fino encaje.

Edward se quedó mirando el exquisito tejido antes de volver los ojos a ella.

— ¿Por qué no me sorprende? Es para tu boda, ¿verdad?

— ¡Vamos, por favor! No creo que un velo virginal sea para mí, ¿no crees? —preguntó ella en tono burlón—. Victoria quería verlo. Por embarazosa que fuera la situación, el ejercicio de visualización le ha ayudado a desarrollar algunas ideas y creo que piensa crear una versión actualizada de este vestido para mí, con embarazo y demás. Por supuesto, no creo que sirva de nada.

— ¿Por qué no esperas a después de dar a luz?

—Porque el número de Celebrity no puede esperar. Tiene que ser este fin de semana o nunca —Bella le miró—. Por supuesto, reconocerán públicamente que tú has dado permiso para utilizarlo.

—No es necesario —respondió Edward—. Estoy harto de bodas. De hecho, tengo la impresión de estar atrapado en una pesadilla en la que las bodas se repiten una y otra vez.

Bella se hartó por fin.

— ¿Acaso crees que eres la única persona en el mundo a quien han dejado plantado unos días antes de su boda? —le espetó ella—. Créeme, se te pasará.

— ¿Me lo aseguras? Ah, se me había olvidado. A ti también te pasó, ¿verdad? No te extrañe que lo sepa, leí un artículo sobre ti en Celebrity.

—Ah, ya —Bella se encogió de hombros—. Bueno, fue tres semanas antes de la boda en vez de tres días, pero qué más da eso, ¿no?

—Entonces, dime, Bella, ¿cuánto te llevó sobreponerte?

—Mucho más que a ti, Edward. Seamos sinceros, a ti se te pasó en el minuto que metiste la mano debajo de mi falda.

En el momento en que aquellas palabras escaparon de su boca, Bella se arrepintió de haberlas pronunciado. Pero estaba enfadada con él. Quería hacerle el mismo daño que Edward le había hecho a ella.

Ahora, había evocado el momento en que ambos se habían perdido el uno en el otro. El momento en que él le había devuelto algo que había creído perder para siempre. Y Edward le había dado mucho más…

La tensión se hizo casi insoportable.

Bella luchó contra sí misma, luchó contra la necesidad de tocarle, contra el deseo de que sus brazos la rodearan como en sus sueños. Pero Edward estaba demasiado cerca. Lo suficientemente cerca para oler el aroma de su ropa limpia, de su piel…

Demasiado cerca.

Y vio que la expresión de Edward se transformaba.

— ¿Estás segura? —Murmuró Edward estrechándola contra sí—. ¿Crees que deberíamos revivir el recuerdo? Así podrías explicármelo mejor.

De ninguna manera, pensó Bella. Pero no pudo decírselo porque los labios de Edward rozaron los suyos, quitándole el sentido.

—Paso… —dijo Edward deslizando una mano por debajo de la blusa de ella, acariciándole la piel, haciéndola temblar.

No…

Era una equivocación.

Una estupidez.

Inevitable.

—… a…

La lengua de Edward le acarició el labio inferior y ella se alzó para exigir más.

—… paso.

Las piernas le temblaron. Un minuto más y acabaría tumbada en uno de los baúles.

La cabeza le pesaba, no tenía fuerzas para moverse, para romper el contacto; pero en ese momento, cuando él movió la mano hacia sus pechos y se encontró con el abultado vientre, el bebé que ella llevaba dentro se movió, y fue Edward quien se echó hacia atrás como si le hubiera traspasado un rayo.

Durante un momento, la expresión de él mostró desolación, vacío; después, bajó la mano.

—Bueno, mejor no —dijo él en tono ligeramente burlón.

—No, claro que no —dijo Bella, aunque tenía la boca seca y le había temblado la voz—. Tú no necesitas un libro de instrucciones, Edward Cullen, sabes perfectamente todos los movimientos.

—Me da la impresión de que lo que acabas de decir no ha sido un halago —comentó él, mirándola fijamente.

—Lo siento, pero eso vas a tener que adivinarlo por ti mismo —Bella ignoró el frío vacío que la mano de él había dejado en su vientre—. Y ahora, si me lo permites… tengo que ir a ver a Victoria.

—Sí, claro, la boda es lo primero.

¿A qué venía aquel comentario irónico?

—El reportaje sobre la boda es lo primero, Edward.

—Por cierto, y antes de que te marches… ¿no quieres llevarte el osito de peluche? ¿Qué me dices de las ropas de tu abuela para el museo? Puedes llevarte lo que quieras.

— ¿Por qué no lo dejas todo aquí? —sugirió ella.

Edward negó con la cabeza.

—Necesito este espacio. Vamos, dime qué es lo que quieres llevarte antes de que vacíe el ático.

Bella le miró. Lo mejor era aprovechar esa oportunidad que se le presentaba.

—Para mí no quiero nada. Pero si tan generoso te sientes y ya que no pareces querer nada de lo que hay aquí, ¿qué te parece si donaras algunas de las cosas que hay aquí al Club Pink Ribbon? Podrían sacar bastante dinero con una subasta.

Edward no sabía qué había esperado que Bella contestara. Sin embargo, rodeada de tesoros familiares que había perdido, no se le había ocurrido pensar que bella le pidiera que los donara.

— ¿La organización de obras de caridad que fundó tu madre? ¿Qué es lo que hace el club exactamente?

—Ofrece ayuda a mujeres con cáncer y a sus familias. Cuando mi madre estuvo en tratamiento, se dio cuenta de lo afortunada que era.

— ¿Medicina privada? ¿Nada de listas de espera?

—Así es —Bella se encogió de hombros—. Tienes razón, Edward, tenía una habitación para ella sola cuando recibió el tratamiento de quimioterapia y atención médica de primera. Pero Edward, mi madre era plenamente consciente de la suerte que tenía y por eso precisamente quiso hacer algo por devolver el favor.

—Sin embargo, murió, ¿no?

—Pero no de cáncer. Iba de camino a Londres, conduciendo su coche, para hablar con los del banco en un intento por solucionar algunos de los problemas que teníamos. El tiempo era muy malo y mi madre estaba disgustada. Yo debería haberla acompañado en vez de estarme portando como una niña malcriada.

Edward la vio tragar saliva con el fin de contener las lágrimas y tuvo que hacer un ímprobo esfuerzo para no abrazarla.

—En fin, eso ya es agua pasada. Edward, has sido muy generoso al dejarnos la casa, no te preocupes por nada más. Y ahora, tengo que marcharme.

—Sí, claro. Será mejor que no te robe más tiempo.

Bella se detuvo delante de la puerta y volvió la cabeza.

—Si quieres, luego podría ayudarte a ordenar lo que hay aquí para ver qué quieres tirar y con qué te quieres quedar. Es decir, si vas a quedarte en la casa y no vuelves a Londres.

—Voy a quedarme —le aseguró Edward.

Aquí esta el siguiente capitulo

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