LA HISTORIA NO ES MIA, ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MAYER
Bella se quedó observando con distanciamiento mientras Victoria y sus empleados, con entusiasmo, hacían comentarios respecto al vestido de novia de su bisabuela.
— ¡Es precioso, Bella! —Exclamó Victoria examinando el encaje—. Francés, ¿verdad?
—Sin duda —respondió Bella—. Mi bisabuela Clementine era así. Pero es un vestido para una novia joven. Mi bisabuela solo tenía diecinueve años cuando se casó con mi bisabuelo.
—Estoy totalmente de acuerdo. He diseñado algo mucho más sofisticado para ti. Es un vestido suelto y vaporoso, un estilo que va muy bien contigo. Nada de velo. Y con una chaqueta de mangas anchas y puños vueltos.
Victoria le mostró los bosquejos.
Bella tragó saliva.
—Es maravilloso, Victoria. Perfecto. Y… ¿qué es lo que llevo en el pelo?
—Una pequeña tiara. Nada exuberante —respondió Victoria con una sonrisa—, ya que a ti te gustan las cosas elegantes, pero sencillas.
— ¿Sencillas? —Inquirió Bella con una sonrisa cínica—. ¿Son sencillos esos zapatos morados? A propósito, como los he estado usando, he tenido que comprarlos.
—Perfecto. ¿Te parece que pida que me hagan un chaleco morado para el novio?
—Tú tienes la última palabra.
—Lo sé. Haré al pedido inmediatamente —Bella asintió—. Y deja que yo me encargue de la tiara, conozco a una artesana que va a venir a la feria y que las hace. Y otra cosa, ¿podríamos añadir unos toques verdes a los violetas? No eres supersticiosa, ¿verdad?
—No. Te enviaré a tu oficina unas muestras de tonos… —empezó a decir Bella.
—No te preocupes, los recogeré yo misma cuando vuelva mañana con el diseño finalizado y con los materiales para los adornos. Y estate preparada para ultimar los detalles.
—De acuerdo. Y ahora, te dejo, tengo que ver a los del catering, a la florista y al pastelero.
Todo ello seguido de una tarde con el mismísimo demonio en el ático para ver qué se tiraba y qué no.
No sabía por qué se había ofrecido voluntaria.
—Huele muy bien —dijo Bella dejando encima de la mesa una carpeta con menús y fotos de flores y de tartas. Luego, se acercó a la cocina de guisar donde Edward, por increíble que pareciera, estaba machacando unas patatas—. ¿El guiso de carne de la señora Masen?
—Es un guiso de carne, pero no sé nada más —respondió Edward—. Yo solo soy el responsable de las verduras.
Edward le ofreció la cacerola y Bella hundió el dedo en las patatas, se lo chupó y lanzó una exclamación de placer.
—Mantequilla y ajo. Comida de verdad.
—Hay de sobra para dos —comentó él, al parecer sorprendido por el placer que ella había mostrado.
— ¿Estás seguro? Te advierto que estoy muerta de hambre.
—Vaya, una mujer con apetito, eso sí que es nuevo —la sonrisa de él desapareció al instante—. Claro que estás alimentándote por dos.
—Va, nunca he sido una entusiasta de la lechuga —observó ella, demasiado hambrienta para que la repentina falta de interés de él le preocupara.
Al momento, Bella agarró dos platos.
— ¿Dónde está la señora Masen? —preguntó ella—. ¿Por qué no ha hecho ella el puré de patatas?
—Se ha ido a descansar, las hordas de vándalos que están por la casa la han dejado destrozada. ¿No sabías que están comiendo nuestra comida?
¿Nuestra?
Sin duda, un desliz. Pero Bella no pudo evitar sentir un repentino placer.
—Envía la cuenta a Celebrity; al fin y al cabo, es su fiesta —replicó ella haciendo lo posible por mantener la conversación ligera.
— ¿Van a pagarlo todo? —preguntó Edward lanzándole una rápida mirada.
—Para la revista no es nada. Te perdiste un buen negocio, Edward: si les hubieras dejado hacer un reportaje de la boda, ellos habrían pagado la cuenta.
—Sí, y también habrían llenado sus páginas con la huida de Rose. No, gracias. Ya fue un circo sin la revista.
Bella sonrió traviesamente.
—Te aseguro, Edward, que tu boda no fue para tanto. No hace mucho organicé una boda en la que la novia llegaba montada en un elefante…
— ¡Para! ¡No quiero oír nada más!
—Y, además, te libraste del típico ataque de nervios justo antes de la ceremonia.
—Por favor… —dijo Edward, también sonriendo.
—Está bien, lo dejaré, pero solo porque estás portándote muy bien con la señora Masen. Aunque apuesto a que se lo ha pasado a lo grande con tanta gente por aquí, ha sido una novedad para ella.
—Tanta gente que se está aprovechando.
—Tonterías. La señora Masen no tenía por qué darles de comer ni ofrecerles nada, seguro que todo el mundo ha traído bocadillos y comida.
Edward lanzó un gruñido mientras servía la comida en una bandeja.
—Yo creía que la feria era tu fiesta —dijo él—. Con lazos rosas y todo lo demás.
—Está bien. ¿Quieres enviarme a mí la cuenta y yo se la envío a la revista? Te prometo que no te obligaré a repasar todas las facturas, una por una.
— ¿No? —dijo Edward mientras iba a por dos vasos y una botella de vino tinto que ya estaba abierta. Entonces, la miró fijamente—. Quizá insista en que lo hagas.
Y Bella se ruborizó. ¡Qué idiota! Cualquiera diría que estaba pidiéndole que repitiera…
Quizá lo estuviera haciendo.
—Pero mañana nada de cafés ni bollos ni nada —dijo Edward mientras se sentaba a la mesa delante de ella.
Bella se aclaró la garganta.
—Bien. Pero ¿vas a ser tú quien le diga a la señora Masen que le vas a estropear la fiesta o prefieres que lo haga yo?
Edward sacudió la cabeza, tratando de no sonreír.
—Dile solo que no se pase. Y también dile que, mientras esto dure, no quiero que se moleste por mí.
—Por supuesto.
Edward llenó los vasos de vino sin molestarse en preguntarle si quería vino o no. Y entonces, cuando levantó los ojos, fue cuando notó la ironía en el tono de voz de ella.
— ¿Qué pasa?
Bella se encogió de hombros.
—Puede que me equivoque, pero sospecho que la señora Masen está desilusionada por no tener la oportunidad de ofrecerte una comida por todo lo alto en el comedor con el fin de demostrarte de lo que es capaz. Y otra cosa, puede que también esté preocupada por su futuro y el de su marido. Tienen una pensión, pero llevan viviendo en la casita de los guardeses desde hace treinta años.
—Supongo que nadie se preocupó por eso cuando vinieron los acreedores.
—Te equivocas, mi madre estaba muy preocupada. Por lo que a ella se refería, el señor y la señora Masen tenían derecho a vivir en esa casa durante el resto de sus vidas y ése era uno de los asuntos que quería resolver —Bella sintió la necesidad de explicarse—. Edward, no digo esto por meterme contigo. Solo te estoy diciendo cómo están las cosas.
Durante un momento, él se la quedó mirando; después, asintió.
—Pensaré en ello.
—Gracias. Y hablando de otra cosa, ¿dónde está Alice? ¿No va a cenar con nosotros?
—Ahora que yo he vuelto, ha aprovechado para ir a Londres durante un par de días para hacer unas cosas que tiene que hacer —Edward alzó su vaso a modo de brindis—. Estamos solos tú, yo… y los fantasmas.
—Por los fantasmas —repitió ella—. Aunque debería advertirte que ellos también son parte de la familia y protectores de los suyos.
Bella alzó su vaso, pero no el de vino, sino el de agua, bebió un tragó, y añadió:
—Yo voy a dormir muy tranquila esta noche —mintió ella—. Pero tú, sin embargo, vas a tener que vértelas con los fantasmas. No creo que les guste tu proyecto de cambiarlo todo en la casa.
—En ese caso, me alegro de que estés aquí. Si vienen a por mí, iré a refugiarme a tu habitación.
Bella, que se había llevado un trozo de carne a la boca, se atragantó.
— ¿Por qué iba yo a querer protegerte?
—Porque todo esto es culpa tuya. Si hubieras controlado mejor al personal que trabaja para ti, Rose habría tenido su propiedad en el campo y Longbourne Court habría estado a salvo durante otros cincuenta años.
Bella le miró fijamente. De repente, había perdido el apetito.
— ¿Compraste esta casa para Rose?
Sin contestar a la pregunta, Edward dijo:
— ¿Crees que se habría marchado con Emmett si lo hubiera sabido?
Bella se encogió de hombros.
—La misma Rose había declarado en más de una ocasión que quería casarse con un hombre rico, Edward; y, como debes saber, estuvo a punto de hacerlo en más de una ocasión.
—Eso no podía ocultarlo. Los romances de Rose se han paseado constantemente por las páginas de Celebrity.
—Y sus rupturas. Tenía la costumbre de estropearlo todo al final.
— ¿Qué es lo que quieres decir, que soy el último en una larga lista?
Bella sacudió la cabeza.
—No es eso exactamente —Bella movió el puré de patatas con el tenedor—. Yo siempre pensé que era porque a Rose le parecía que podía mejorar, que podía conseguir a alguien más rico y más interesante. Pero… te consiguió a ti, Edward, y volvió a huir.
Los ojos de Edward sonrieron.
—Creo que acabas de halagarme.
—Eso creo yo también —respondió ella devolviéndole la sonrisa—. He pensado mucho en ello desde que los vi juntos, Edward. Rose no te dejó por un hombre más rico o más interesante que tú, sino por el dulce y adorable Emmett. Un hombre que no tiene mucho que ofrecerle, excepto su amor.
—Y un futuro título nobiliario.
—Emmett procede de una familia muy longeva, Edward. En esa familia, nadie hereda nada hasta que es pensionista.
—Entonces… ¿por qué?
— ¿Que por qué se ha casado con él? Supongo que, por fin, Rose encontró lo que andaba buscando. Lo que le faltaba.
Edward frunció el ceño.
—Se enamoraron, Edward. Lo siento, pero los corazones pueden a los diamantes. El amor puede con todo.
—Me alegro por ella —pero Bella no parecía convencida—. Lo digo en serio. Los dos teníamos lo que el otro quería o, en el caso de Rose, lo que ella creía que quería. Pero ninguno de los dos estaba tan fuera de la realidad como para creer que estábamos enamorados.
—La realidad es una buena base para un matrimonio —le aseguró Bella, conmovida por la inesperada generosidad de él—. Hay muchas menos probabilidades de sufrir una desilusión en la luna de miel.
—Es una buena teoría, pero aún no has contestado a mi pregunta respecto a esta propiedad.
— ¿Si habría sido Longbourne Court suficiente para que Rose se casara contigo? —Bella le miró fijamente—. ¿Te arrepientes de no habérselo dicho?
—No hay una respuesta adecuada a esa pregunta.
—No lo sé, pero no creo que le hubiera bastado.
—En ese caso, me alegro de no habérselo dicho —Edward pareció dar por zanjado ese tema—. ¿Qué tal marcha tu boda? ¿Ha servido el vestido para algo?
—Victoria parecía contenta —respondió Bella sin querer dar más explicaciones.
— ¿Y tú?
Bella se encogió de hombros.
—Es su vestido y estoy segura de que el resultado será espectacular. Para ser sincera, he llegado a un punto en el que lo único que quiero es que todo acabe cuanto antes.
Edward la miró con detenimiento.
— ¿No debe ser éste el momento más feliz en la vida de una mujer? ¿El sueño de su vida?
—Sí, Edward, pero mi sueño sería que otra persona se encargara de ello. De repente, me he dado cuenta de lo maravilloso que es contratar a alguien para te organice la boda. Creo que debería haberlo dejado en manos de mi ayudante —Ángela habría sido perfecta—. Desgraciadamente, está haciendo su trabajo y el mío en estos momentos.
Edward miró a Bella con expresión de verdadera preocupación.
Todo aquello era demasiado para ella.
Bella debería estar descansando, no corriendo de un lado para otro organizando la boda. ¿Y dónde demonios estaba el novio? ¿El padre del bebé? ¿Por qué no se estaba responsabilizando de nada?
—Créeme, lo único que me hace pasar por todo esto es ayudar a la organización fundada por mi madre.
Edward frunció el ceño. Había algo que no entendía, pero no sabía exactamente qué era.
— ¿Cuánto dinero ha ofrecido Celebrity por la exclusiva de tu boda?
—No tanto como debería —respondió ella con una súbita carcajada—. Resulta muy difícil organizar tu propia boda. Tengo que ser imaginativa, diferente, original…
— ¿Y cuál es el problema?
—Necesito un fondo temático. Normalmente, cuando organizo una boda para alguien, el entusiasmo de la novia me da ideas. A veces, demasiadas ideas.
— ¿Y no sabes lo que quieres tratándose de tu boda?
—Triste, pero así es —Bella hizo una mueca—. El problema es que he hecho esto muchas veces.
—No todo el mundo tiene la oportunidad de repetir la experiencia y de corregir lo que ha hecho mal.
—Es posible que ése sea el problema. La primera vez que organicé una boda fue perfecta —Bella sonrió tristemente—. Demasiado perfecta. Ahora, a Ángela la traigo loca, no hago más que intentar encontrar faltas…
—Los árabes suelen cometer errores, intencionadamente, en sus alfombras en la creencia de que solo Dios puede hacerlas perfectas.
Bella le miró y sus ojos se iluminaron.
—Eso es. Eso es exactamente… Cuando Jacob tenía cinco años y yo aún dormía en la cuna, nuestras familias planearon un matrimonio dinástico; y como buenos niños que éramos, hicimos lo que se esperaba de nosotros y nos enamoramos.
—Muy conveniente.
— ¿Crees que no lo hicimos por nosotros mismos y que nos convencieron de que estábamos enamorados?
—Puede que lo piense, pero jamás me atrevería a cometer el error de decirlo —le aseguró Edward.
—Claro que lo dirías. Acabas de hacerlo. Pero en serio, no podría haber sido más perfecto. Sin embargo, fue entonces cuando murió mi abuelo, nuestros acreedores llamaron a la puerta y la boda se suspendió.
Y luego murió su madre también, cuando ella se mostró como una adolescente mimada con una rabieta porque el hombre al que amaba la había dejado plantada; no solo el hombre al que amaba, sino toda su familia, porque no querían tener nada que ver con aquel desastre.
— ¿Y Jacob? —Preguntó Edward—. ¿Qué pasó con él?
Porque, evidentemente, algo había pasado.
—La empresa en la que trabajaba le ofreció un trabajo en el extranjero.
— ¿El banco Black?
—Sí.
—También muy conveniente. Supongo que le embarcaron con la intención de evitarle problemas y así la relación pudiera morir por causas naturales.
—Cínico.
—Pero tengo razón.
Dinero y patrimonio casándose con dinero y patrimonio. Edward sospechaba que la única que había sido completamente inocente en todo aquello era Bella, demasiado joven para enfrentarse a tanto dolor. Sin pensar, alargó el brazo y entrelazó los dedos con los de ella.
Perpleja, ella alzó los ojos y Edward volvió a ver lágrimas resbalándole por las mejillas, como la tarde que habían hecho el amor. Y al igual que entonces, le sobrecogió un sentimiento de impotencia.
—Lo siento, Bella —dijo él, apartando la mano de Bella y agarrando la copa, aunque no bebió.
—No lo sientas.
Por fin, Bella había logrado su final feliz, pensó Edad. Con un retraso de diez años, pero lo había logrado. En ese caso, ¿por qué le brillaban los ojos con lágrimas contenidas?
¿Cuántos años había desperdiciado Bella por un hombre que no se merecía ni uno?
— ¿Hay algo que pueda hacer por ti? —dijo Edward, sorprendiéndose a sí mismo.
— ¿Qué?
—Me refiero a la boda.
— ¿Lo dices en serio? —y, sin más, Bella se echó a reír. Y sus ojos lo iluminaron todo como el sol iluminaba el cielo estival—. Ah, ya, entiendo. Piensas que si me ayudas conseguirás deshacerte de mí antes.
—Vaya, me has pillado —dijo él, aunque eso era lo último que quería.
Estar ahí sentado comiendo con ella era una experiencia que le gustaría repetir tres veces al día durante el resto de su vida.
Pero no podía ser. Sin embargo, tenía una semana y, a pesar de todo, él también rio.
—Bueno, ya has ayudado con la comida. Y, desde luego, tengo que reconocer públicamente que lo has hecho muy bien.
—Un hombre que vive solo tiene que saber cocinar.
—No creo que ése sea un problema. Debe de haber montones de mujeres haciendo cola para darte de comer y demostrarte que son dignas de ti.
—No la clase de mujeres con las que salgo —observó Edward.
Y ella se ruborizó.
Y a Edward le encantó verla ruborizarse.
Entonces, Bella agarró un folleto de menús que había encima de la mesa y lo empujó hacia Edward.
—Dime, ¿cuál sería para ti el desayuno perfecto si te casaras y celebraras tu boda con un desayuno?
Edward vio una especial intensidad en la forma que ella había hecho la pregunta, en la forma como le había mirado. Tuvo la impresión de que había un significado profundo en ello, como si Bella estuviera tratando de decirle algo.
—Me parece que nada de lo que veo en este menú —admitió él.
Bella se encogió de hombros.
—Vamos, sorpréndeme.
Por fin, Edward agarró el folleto con los menús, pero no pudo quitar los ojos de ella. Bella no era despampanante como Rose, pero tenía algo que le atraía: una mezcla de fuerza y vulnerabilidad. Era su igual y, al mismo tiempo, despertaba en él su instinto protector.
Pero llevaba dentro el hijo de otro hombre. Un hombre que la había dejado cuando ella más le había necesitado. Y, al parecer, con solo volver a aparecer ella le había aceptado como si no hubiera pasado nada.
—El trato es que yo examino el menú y tú comes —declaró Edward.
Obedientemente, Bella agarró el tenedor y bajó la cabeza para ocultar otro ataque de rubor. Eso era algo que parecía ocurrirle con frecuencia delante de él. Y, por fin, decidió ayudarla a elegir el menú y se puso a examinar el folleto.
Bella, observando a Edward leyendo los menús, recuperó el apetito. En cierto modo, hablar con él había logrado cicatrizar los restos de las heridas que Jacob le había causado diez años atrás.
Cuando se enteró de que se había casado en América y también del nacimiento de sus hijos, ella había sentido que las heridas volvían a abrirse. Y nadie la había tocado hasta Edward Cullen. Él la había devuelto a la vida.
Jamás volvería a llorar por Jacob Black, Edward Cullen había borrado su rastro. Ella apenas había reconocido a Jacob al encontrarse con él en la recepción; y no porque hubiera envejecido, nada de eso, sino porque le había resultado muy fácil darse cuenta de lo que era: un hombre vacuo.
Ahora el problema era no sufrir por Edward.
Edward levantó la vista del menú y, con expresión de asco, dijo:
— ¿Es esto lo que se espera que la gente coma en una boda, trocitos diminutos de pescado? Tenemos que hacer algo mejor que esto.
Tenemos. Primera persona del plural. Pero Bella sabía que no debía hacerse ilusiones.
—Se supone que tiene que quedar bonito en el plato —dijo ella.
— ¿Por ti o por Celebrity?
— ¿No es lo mismo?
— ¿De quién es la boda? —Preguntó él con enfado—. ¿Qué elegirías tú si no tuvieras que satisfacer los caprichos de una revista?
¡Vaya! ¡Cómo se había puesto! Edward parecía realmente enfadado, como si le importara de verdad.
—Van a pagar mucho por el capricho. Además, también hay que pensar en los expositores de la feria. Es su gran oportunidad.
—Es tu boda. Deberías tener lo que quieres.
Eso la hizo reír.
—No creo que diez minutos en el juzgado con un par de testigos seguidos de una cena a base de fish and chips satisficiera a nadie.
— ¿Es eso lo que elegirías?
—Rápido y sencillo. No me parece nada mal —y vio la expresión pensativa de Edward—. Y no digas ni palabra, es secreto.
—Por supuesto. Me doy cuenta de que sería fatal para tu negocio que la gente se enterara de que la organizadora de bodas número uno odia las bodas.
— ¡Yo no he dicho eso!
— ¿No? ¿O es que estás diciendo que lo que no puedes organizar es tu propia boda?
— ¡Claro que puedo organizarla! —y lo haría si él no estuviera allí—. Lo que pasa es que todo tiene que hacerse con demasiada rapidez. No logro controlar nada, no consigo pensar en un fondo temático.
— ¿Por qué no te casas después de que nazca el niño? ¿No es eso lo que hace la gente famosa últimamente?
—Yo no soy famosa —le espetó ella—. Y la feria de bodas es este fin de semana.
—Ya habrá otras ferias.
—Hay gente que depende de mí, Edward, y cuando me comprometo a algo, cumplo.
— ¿Así que vas a pasar por todo esto solo por una donación a una organización de obras de caridad?
—Es una donación muy importante, Edward. Podremos hacer muchas cosas buenas con el dinero. Y también quiero ayudar en lo que pueda a los pequeños negocios de la zona.
— ¿Es eso todo?
— ¿No te parece suficiente?
—A mí me parece que he dejado claro que no me lo parece, pero ¿quién soy yo para juzgarlo? —Edward parecía enfadado, lo que era una tontería—. Así que fish and chips, ¿eh?
—O salchichas con puré de patatas. Algo fácil que se puede comer con los amigos alrededor de la mesa de la cocina.
—Bueno, eso me parece mucho mejor que todo lo que he visto aquí, en este menú —Tom tiró el folleto con los menús encima de la mesa—. No sabía que hubiera tantas formas de servir salmón.
Bella lanzó un gruñido.
—Odio el salmón. Es tan… tan…
— ¿Rosa?
Y ambos sonrieron.
—Sí, ésa es la palabra. Venga —Bella se puso en pie y comenzó a recoger los platos—. Vamos a recoger esto y luego al ático.
—Olvida el ático. Ve a sentarte y yo llevaré el café.
— ¿Qué?
—Que llevas todo el día corriendo de un lado a otro. Necesitas poner los pies en alto y descansar.
—Vaya, gracias, Edward. Haces que me sienta tan atractiva como una…
—Estás preciosa —dijo él—. De hecho, podrías salir en un póster posando como la mujer embarazada ideal.
—Querrás decir gorda.
—Fecunda.
—Gorda.
—Radiante —dijo él, poniendo las manos en la mesa e inclinándose hacia delante—. A excepción de las ojeras, una indicación de que no estás durmiendo como debieras.
—Cansada y gorda. ¿Podría estar peor?
—Quizá estés algo más delgada de cara.
A punto de protestar, Bella vio el brillo en los ojos de Edward y se dio cuenta de que estaba bromeando.
—Cansada, gorda y con mala cara. Entendido —dijo ella, pero sin dejar de sonreír—. A propósito, no has mencionado mis hinchados tobillos.
—No tienes los tobillos hinchados —dijo él con la convicción de un hombre que les había prestado la atención que se merecían—. Pero no te preocupes por eso, estoy seguro de que un buen fotógrafo será capaz de hacer fotos que no muestren nada.
Bella lanzó un gruñido.
—El fotógrafo. Se me ha olvidado llamar al fotógrafo. El cerebro no me funciona.
—Razón de más para que vayas a poner los pies en alto. El cuarto de estar está al servicio de la feria, pero la chimenea de la biblioteca está encendida.
— ¿La ha encendido el señor Masen? ¡Qué maravilla!
—La he encendido yo esta tarde, cuando estaba trabajando. Venga, ve a disfrutarla.
—Eso mismo voy a hacer. Gracias. Y, por favor, nada de café para mí. Manzanilla y con miel. Las bolsas de manzanilla están…
Edward cruzó la distancia que los separaba y la besó, y ella se olvidó de la manzanilla.
Fue un beso de nada.
Un beso para hacerla callar.
Pero un beso que la hizo desear más, mucho más…
Quería a Edward en su vida, con su hija.
Y quizá él también lo hubiera comprendido, porque se apartó de ella.
Pero Bella aún sentía los labios de él, el cosquilleo que le habían producido en todo el cuerpo.
Bueno aquí llego el octavo capitulo, ya va quedando poco para el desenlace
Gracias
