LA HISTORIA NO ES MIA, ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHAANIE MAYER

Edward fue incapaz de moverse durante un minuto entero. Le llevó ese tiempo recuperar la respiración y controlar otras partes de su cuerpo que parecían tener vida propia.

Sobre todo, su corazón.

El sentido común le decía que lo mejor que podía hacer era salir de la casa, subirse a su coche y marcharse a Londres.

Pero ya había huido antes, la distancia no iba a salvarle de nada y Bella tenía otra relación. Lo había dejado muy claro. Cuando se comprometía con algo, cumplía.

Sintiera lo que sintiese, y Edward sabía que Bella había sentido el mismo deseo que él, ella no iba a perder la cabeza.

Y él no iba a ponérselo más difícil, Bella ya había sufrido bastante.

Se pasó ambas manos por el pelo; luego, mirando al techo, lanzó un suspiro.

Llevaba tanto tiempo sin que hubiera amor en su vida que apenas recordaba lo que era; lo único que recordaba era el dolor y el sufrimiento de su pérdida. Por eso se había prometido con Rose y había arreglado un matrimonio que le había parecido, en su momento, perfecto, con la esposa perfecta, sin que ninguno de los dos quisiera ataduras sentimentales.

Pero cuando Bella apareció en escena, su perfecto matrimonio se le había antojado una condena. No obstante, al igual que Bella, cuando él se comprometía siempre cumplía, por eso no había roto con Rose.

Pero ahora…

Bella se recordó a sí mismo que Bella estaba embarazada. Que lo que Bella estuviera haciendo tenía un buen motivo: su bebé.

Abrió el grifo. Pero, en vez de llenar la cafetera de agua, bajó la cabeza y la colocó bajo el chorro de agua fría.

Bella se sentó en uno de los viejos sillones de cuero de la biblioteca junto al fuego y cerró los ojos, sintiendo más desesperación que placer.

La intensidad de la atracción no había disminuido, eso era evidente. Y no se trataba de ella sola, era mutuo. Sin embargo, había una extraña barrera entre ambos.

¿Cuál era el problema de Edward?

Edward abrió la puerta de la biblioteca y se quedó inmóvil al ver a Bella en el sillón junto al fuego con las extremidades relajadas, los ojos cerrados y la cabeza apoyada en una de las orejas del sillón.

Estaba profundamente dormida y se la veía sumamente vulnerable. Y en vez de sentir el deseo que le había hecho meter la cabeza bajo el grifo del agua fría, se vio sobrecogido por un intenso deseo de protegerla.

Sintió algo que no había sentido nunca.

¿Era amor?

¿Cómo podía saberlo?

Tan silenciosamente como pudo con el fin de no despertarla, Edward dejó la bandeja en una mesa que había al lado y se sentó en el otro sillón al lado de la chimenea, satisfecho con mirarla. Satisfecho con quedarse ahí durante el resto de su vida.

Pero nada era eterno y, después de unos minutos, ella abrió los ojos. Al principio, su rostro mostró confusión; luego, sonrió al darse cuenta de donde estaba.

La sonrisa de Bella se desvaneció al verle y, avergonzada de haberse quedado dormida, se enderezó en el asiento.

—Por favor, dime que no estaba babeando.

—No estabas babeando —le aseguró él al tiempo que se ponía en pie para dejar la taza de manzanilla encima de la mesa auxiliar que Bella tenía a su lado—. Y roncas muy bajito.

— ¿En serio? En mi casa los vecinos se quejan.

—Bueno, trataba de ser un caballero… —Edward le ofreció un plato con pastas y ella se echó a reír—. Vamos, come una por lo menos.

— ¿La cura para todo de la señora Masen? ¿Quién puede resistirse?

—Yo no —dijo Edward, agarrando una pasta. Y la sintió derretirse en su boca—. Ahora comprendo por qué dice que lo curan todo. Debería comercializarlas. ¿Qué te parece que les llamáramos «Auténticas Longbourne Court»?

—Y que aparecieran con una foto de la casa en el envoltorio, ¿eh? Perfecto para el mercado nostálgico. Excepto que Longbourne Court dejará de existir como está muy pronto. Aunque se las podría llamar «Auténticas del Centro de Conferencias Longbourne», pero no suena igual, ¿verdad?

Edward no respondió inmediatamente. Y, cuando lo hizo, no respondió a la pregunta que ella le había hecho.

—Cuando me preguntaste si había comprado la casa por Rose es posible que te haya dejado con una falsa impresión.

— ¿No era para ella? ¿Desde un principio tenías idea de convertirla en un centro de conferencias?

— ¡No! —Edward sacudió la cabeza—. No, no es eso. Me dije a mí mismo que la había comprado para ella a modo de regalo de bodas. Pero, al poner los pies en esta casa, sentí como si estuviera entrando en la casa que siempre soñé como hogar familiar. Hay viejas chaquetas en el colgador del vestíbulo de la entrada posterior, hay botas de goma, alfombras con marcas de pisadas de perro…

—En otras palabras, cosas gastadas y usadas —dijo Bella.

—Cómodas. Hogareñas. Cosas que indican que la gente las ha usado.

—Desde luego.

—Rose habría querido cambiarlo todo, ¿no crees? Habría contratado a algún diseñador de Londres que lo habría tirado todo y habría decorado la casa con todo nuevo de arriba abajo.

—Es posible. Pero eso ya no importa, ¿no te parece? —Bella arqueó las cejas, pero al ver que él no respondía, se arrellanó en el sillón y agarró otra pasta—. Esto es una bendición. Oye, ¿está lloviendo?

— ¿Que si está lloviendo?

—Tienes el pelo mojado.

—Ah, eso. No, no es nada. Me ha salpicado agua al hacer el café y la manzanilla —mintió Edward.

— ¿Y te ha salpicado hasta el pelo? —Bella arqueó las cejas aún más—. ¿Cómo es posible? Cuando me pasa a mí, me mojo la cara y el pecho. En fin, acércate al fuego o te va a dar un resfriado.

Edward no necesitó que le repitieran la invitación. Tras agarrar otra pasta, se sentó en la alfombra apoyando la espalda contra el sillón.

—Cuéntame cómo pasabas los domingos de invierno, Bella. ¿Jugaba tu padre contigo?

—No, Edward, mi padre nunca estaba los domingos en casa. Siempre estábamos solas mi madre y yo.

Tras esa declaración, Edward sintió la pena de Bella y recordó como, aquella mañana durante el ensayo de la boda, Bella le había eliminado tajantemente.

— ¿Tenía una amante?

—Mi madre debía haberlo sabido, debió darse cuenta de la verdad al poco de la gran boda, pero me protegió. Le protegió a él también. Le quería.

A Edward le llevó un minutos adivinar lo que había pasado, pero lo hizo.

— ¿Tu padre era homosexual?

—Y sigue siéndolo —respondió ella—. Me enteré de ello cuando murió el padre de mi padre; fue entonces cuando mi padre dejó de representar el papel de esposo y padre perfecto y se fue a vivir con su amante a una isla griega, a pesar de que a mi madre ya le habían diagnosticado el cáncer de mama. No le importó lo que la gente pensara. Creo que a la única persona que quería era a su padre.

—Si tu madre le quería, Bella, estoy seguro de que, al final, se alegró de que pudiera ser él mismo.

—Eso fue lo que mi madre dijo, pero le necesitaba. Fue muy cruel por parte de mi padre dejarla.

— ¿Estás segura de que no fue un alivio para ella también? Cuando se está enfermo se necesita toda la energía que se tiene para sobrevivir.

Bella tragó saliva y sacudió la cabeza.

— ¿Lo has vuelto a ver? ¿No quiere verte él?

Bella se encogió de hombros.

—Me envía tarjetas de felicitación por mi cumpleaños y por Navidad a través del abogado de la familia, pero yo las devuelvo sin abrir.

— ¿No sabe que va a ser a ser abuelo dentro de unos meses? —Preguntó Edward—. ¿Estás esperando a que lea en una revista que has tenido un hijo?

—Una hija —dijo ella posando una mano en su vientre—. Las pruebas han mostrado que va a ser niña.

—Una niña… —repitió él con voz suave—. Me pregunto qué va a sentir cuando se entere.

— ¿Te importa?

—Sí, Bella, claro que me importa. Es tu padre. Le destrozará el corazón enterarse por la prensa.

Bella, al instante, se puso pálida.

— ¡Cómo te atreves! —Gritó ella levantándose del sillón—. ¡Hipócrita!

¿Hipócrita? ¿A qué venía eso?

Pero Bella salió de la biblioteca a toda prisa sin darle tiempo a preguntárselo.

Cuando Bella salió de darse un baño antes de acostarse y entró en su dormitorio, se encontró con Edward Cullen tumbado en la cama.

Los efectos relajantes del aceite esencial de lavanda que había echado en la bañera se disiparon al instante.

—No vayas a decirme que los fantasmas de la familia Denyer han ido a por ti —dijo ella con acritud.

—No que yo sepa. Y he llamado a la puerta.

— ¿Y cuándo te he dado permiso para entrar? Da igual, ¿qué es lo que quieres, Edward?

—Nada. Solo que he tenido una idea respecto a tu boda —Edward le dio una copia de la revista Celebrity abierta en una página y ella se inclinó para echarle un vistazo—. Fíjate bien.

— ¿Te refieres a este anuncio del museo de máquinas de vapor antiguas que está en Lower Longbourne? —Preguntó ella sentándose en la cama—. Es un sitio muy visitado, una de las atracciones de la zona. ¿Y qué?

— ¿Por qué no te pones cómoda mientras lo piensas? —Dijo Edward amontonando unas almohadas contra el cabecero de la cama—. Vamos, es como un sofá, pero más cómodo.

Bella, envuelta en su bata, decidió seguir su consejo.

—Está bien. Es el museo de máquinas de vapor de Black House. Al abuelo de Jacob le encantaban las máquinas de vapor y las coleccionaba cuando dejaban de utilizarse. Incluso las restauraba y las enseñaba al público. A mí me encantaban los carruseles… ¡Edward, eres un genio!

Bella se echó a reír, la idea era brillante.

—Es el fondo temático perfecto, Edward. ¡Repito, eres un genio!

—Lo sé, pero ¿no sería mejor que le preguntaras a Jacob su opinión antes de hacer nada?

— ¿A Jacob? No, no es necesario —el museo lo llevaba ahora una sociedad, no la familia de Jacob—. Incluso el fondo temático es perfecto para promocionar los negocios de la zona.

—Entonces, ¿hecho? —dijo él.

—Sí, claro. Ahí hay de todo para la celebración, es prácticamente una feria. Incluso tienen carros tirados por caballos para los visitantes —Bella no podía dejar de sonreír—. Decoraremos la marquesina con lazos, lámparas de colores y flores. Y pondremos puestos de comida… ¿Salchichas y puré de patatas?

Edward sonrió traviesamente.

— ¿Y perritos calientes y fish and chips?

—Empezaré a trabajar en ello mañana por la mañana.

—Entonces, ¿te gusta la idea?

— ¿Que si me gusta? Me encanta. Eres un genio. ¿Por qué no vienes a trabajar a mi empresa? Maldita sea, ojalá no tuviéramos que hacerlo todo tan rápido.

— ¿Hay tiempo suficiente?

—Sí, creo que sí.

El museo de máquinas de vapor lo había creado lord Black. Lo único que ella tenía que hacer era pedir prestadas algunas cosas por un día y las tendría.

—Es una pena que no pueda contar con Ángela para preparar la marquesina. Ése va a ser el mayor problema.

—Si quieres, puedes contar conmigo.

Estaban en la cama y, sin saber cómo habían llegado a ese punto, estaban abrazados.

— ¿Lo dices en serio? ¿Estás dispuesto a ayudar?

—Sí, pero con una condición —entonces, Edward la vio ruborizarse intensamente—. ¡No, no me refiero a eso!

«Sí, por favor…».

—No, Bella, no es eso —repitió Edward—. Lo único que quiero es que escribas a tu padre.

—No —respondió ella en un susurro.

— ¡Sí! Dile que venga para acompañarte ese día. Deja que participe en la vida de tu hija.

— ¿Por qué? ¿Por qué te importa mi padre?

—Porque… porque sé lo que es que a uno le devuelvan cartas sin abrir. Porque un día, cuando yo tenía cuatro años, vino una gente y se llevó a mi madre. Me agarré a ella, sin querer soltarla, y ésa fue la única vez que la vi llorar; cuando me dejó, cuando se la llevaron los trabajadores sociales. Me dijo: «no pasa nada, tengo que marcharme. Esta gente cuidará de ti hasta que vuelva a casa…». Ahí lo tienes, ésa es mi historia.

— ¿Dónde está tu padre, Edward?

—Muerto. Mi madre le mató. Harta de que abusara de ella toda la vida, un día agarró un cuchillo de cocina y le mató. Se la llevaron y a mí me dejaron en un orfanato. Yo le escribí y le escribí pidiéndole que volviera a casa, semana tras semanas. Y semana tras semana me devolvían las cartas…

Bella no dijo nada de momento, se limitó a abrazarle. Por fin, preguntó:

— ¿Qué pasó con ella, Edward?

—No llegó al juicio, se volvió loca antes. Debería haberla llevado a un hospital, no a la cárcel… donde se suicidó.

Bella le acarició la mejilla, atrayéndolo hacia sí.

—Bella, ¿vas a escribir a tu padre? ¿Ahora mismo?

— ¿No puede esperar a mañana por la mañana?

—No, hazlo ahora, Bella. Luego me das la carta y yo la enviaré a primera hora de la mañana

Aquí esta el penúltimo capitulo, esta a punto de aclararse todo

Gracias