LA HISTORIA NO ES MIA, ES UNA ADAPTACION Y LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MAYER
Edward cerró la puerta del dormitorio de Bella y se apoyó en ella un momento mientras recuperaba la respiración… mientras la dejaba hablando con Jacob para hablarle del proyecto.
Bajó los ojos y miró la carta que tenía en la mano. Al menos, había logrado evitar que a un hombre se le destrozara el corazón.
El suyo era otra cosa. Había hecho una promesa a Bella y la iba a cumplir; sí, la ayudaría. Pero tan pronto como se asegurase de que Bella tenía lo que quería, se marcharía. No quería estar presente cuando Jacob Black fuera a recoger a su novia.
— ¿Es ése el vestido de novia?
Edward estaba sentado trabajando en la mesa de la cocina cuando ella entró con una caja con el vestido. Él se puso en pie y le agarró la caja.
—Sí. He ido a casa de Victoria a recogerlo y ha quedado precioso.
—Me alegro. A propósito, Bella, estoy un poco preocupado con las máquinas de vapor. Ya sé que has dicho que Laura lo tenía todo bajo control, pero ¿no deberían…?
—No tienes que preocuparte por eso. Además, tenemos toda la mañana, nos sobra tiempo —le interrumpió ella—. Quería hablar contigo, Edward, pero antes deja que suba a dejar el vestido en la habitación.
— ¿No puedes esperar un momento? —Dijo él poniendo la caja encima de la mesa—. Quiero que vengas conmigo a ver la marquesina.
—Creía que ya estaba terminada.
—Sí, ahora lo está —dijo él con la media sonrisa a la que la tenía acostumbrada esos últimos días que habían estado trabajando juntos—. Tengo una sorpresa para ti.
Bella posó una mano sobre la de él y Edward entrelazó los dedos con los de ella. Durante unos instantes, ninguno de los dos se movió. Por fin, como si hubiera salido de un sueño, Edward se encaminó hacia la puerta.
Fuera, a la luz del atardecer, caminaron hacia la enorme marquesina que una empresa especializada había construido.
—Espera —dijo él cuando se aproximaron a la entrada—. Quiero que veas el efecto de golpe.
Edward le agarró la mano y con la otra encendió el generador. El perímetro exterior de la marquesina se iluminó. Dentro, las luces eran más pequeñas y más decorativas, a imagen de las luces exteriores, y reflejaban el pulido pavimento. Los soportes estaban decorados con lazos de color rosa. En las esquinas había puestos de comida y zonas para sentarse. Y globos por doquier.
Pero fue al darse la vuelta y mirar a su alrededor cuando Bella lo vio.
Era un órgano de feria. Un órgano de manivela.
Edward se acercó al órgano, lo encendió y, como por arte de magia, la música empezó a sonar en aquel enorme espacio cubierto.
— ¡Edward! ¡Es maravilloso! Es el toque perfecto.
— ¿Quiere bailar conmigo, señorita Swan?
Y antes de que ella pudiera decir que no, Edward la tenía en sus brazos moviéndose con ella al ritmo de un vals. Y fue magia. Pura magia.
Pero la música dejó de sonar demasiado pronto y, tras unos instantes, Edward la soltó y se separó de ella.
—Ve a la casa, Bella. Me va a llevar un rato apagar todo esto. Dejaré las luces de fuera encendidas para que no te tropieces por el camino —entonces, la miró fijamente—. Cuídate, Bella.
—Sí, claro, lo haré.
Durante unos momentos ninguno se movió. Entonces, ya que cuanto más tardara ella en marcharse más tardaría Edward en volver a la casa, donde iba a abordarle para hablar de la posibilidad de un futuro junto, Bella se dio media vuelta y regresó a la casa.
Dentro de la casa sintió un frío extraño y se dirigió directamente a la biblioteca. Allí podría sentarse delante de la chimenea a esperar a que Edward volviera para hablar con él.
Pero la biblioteca no estaba vacía. Había un hombre ocupando el sillón de Edward. Un hombre que se levantó al verla entrar y detenerse bruscamente.
Su padre.
Mayor, con menos pelo, más cintura, muy bronceado y aun increíblemente atractivo.
Inseguro. Vacilante.
Bella dio un paso hacia él. Su padre dio un paso hacia ella. Cuando se encontraron, ella le tomó la mano y se la llevó al vientre.
—Vas a ser abuelo —dijo Bella.
—Lo había leído en Celebrity. Al principio, cuando leí el artículo, pensé que habías vuelto con ese pedazo de… —su padre se tragó el insulto—. Jacob Black. Creía que habías vuelto con él.
—No es el bebé de Jacob —Bella cubrió la mano de su padre con la suya—. Es de Edward. Él sabe que estás aquí, ¿verdad? Por eso me ha dicho que viniera yo primero, ¿no?
—Me ha dicho que creía que necesitaríamos vernos a solas. Yo… había perdido la esperanza. Cuando leí en esa revista que estabas embarazada, creí que jamás volvería a verte a ti ni al bebé.
—Lo siento. Lo siento…
—Shh, no pasa nada, Bella, sigues siendo mi pequeña. Jamás me pidas perdón.
Y su padre la abrazó.
Más tarde, después de que ambos hubieron llorado y hablado de su madre y también de que hubieran reído, Bella dijo:
— ¿Ha venido Michael contigo?
—Sí, nos hemos hospedado en Melchester. Va a venir a verte mañana. Gracias por preguntar por él.
—Tú le quieres, así que es parte de nuestras vidas.
— ¿Y Edward? ¿Va a ser parte de tu vida?
—Yo… no lo sé. Cuando creo que sí, luego pasa algo que me hace pensar que no —Bella tembló.
— ¿Por qué no vas a buscarle, Bella? Ya hablaremos mañana.
— ¡Edward!
Su padre se había marchado y ella estaba buscando a Edward por toda la casa. No solo para darle las gracias, sino decidida por completo a hacerle entrar en razón e insistir en que formara parte de su vida y de la de su hija.
La señora Masen estaba en la cocina preparando un bocadillo.
—Edward me ha pedido que le preparara algo de comer.
—Ya he tomado sopa.
—Sí, hace siglos. ¿Ha tenido una visita?
—Sí, mi padre. Va a venir mañana a la feria. Tiene ganas de verla.
—Eso espero —y la señora Masen sonrió—. Me alegro de que hayan hecho las paces.
—Sí, yo también. ¿Dónde está Edward?
—No lo sé —la mujer se limpió las manos con el delantal y agarró un sobre que había en uno de los muebles de la cocina—. Pero cuando se marchaba, pasó por nuestra casa y me pidió que viniera para hacerla comer algo y también para decirle que le había dejado una cosa arriba, en su habitación.
— ¿Cuando se marchaba? ¿Cuándo ha sido eso?
—Después de apagar las luces de la marquesina.
Bella salió corriendo y subió a su habitación. Allí, encima de la cama, vio su viejo osito de peluche, justo donde hacía unos días había estado tumbado Edward. Y junto al osito había una carta.
Bella la abrió desgarrando el sobre.
Querida Bella,
Mañana va a ser un día muy especial para ti y, ahora que cuentas con el apoyo de tu padre, sé que te dejo en buenas manos.
Voy a irme lejos durante un tiempo, aunque esta vez no será una escapada. Necesito cambiar de vida, hacer algo diferente. Algo más grande, más real. Para empezar, no voy a transformar la casa en un centro de conferencias. Es un verdadero hogar y quiero que siga así. Pase lo que pase, no quiero que te preocupes por el señor y la señora Masen, lo he arreglado todo para que nunca tengan que abandonar la que hasta ahora ha sido su casa.
También le he pedido a la señora Masen que lo arregle todo para donar las ropas del ático al museo de Melchester. El resto de lo que pueda haber de valor en el ático es para ser donado al Club Pink Ribbon. El osito, sin embargo, es tuyo y, cuando nazca tu hija, será suyo.
Por fin, quiero asegurarte que puedes contar con mi discreción. Lo que hubo entre los dos seguirá siendo un recuerdo muy especial e íntimo.
Espero que el sol brille mañana y os deseo a ti y a Jacob toda la felicidad.
Siempre tuyo,
Tom
Bella volvió a leer la carta. Quizá se debiera al cansancio, pero no lo entendía.
Le había visto hacía solo un par de horas. ¿Y qué demonios quería decir con eso de que les deseaba a Jacob y a ella toda la felicidad?
Volvió a leer la carta y luego bajó a la cocina.
— ¿Qué quiere decir Edward con eso de que usted y su marido no van a tener que abandonar su casa, señora Masen?
La mujer sonrió.
—Que Dios le bendiga, nos la ha regalado. Ha dicho que es lo que lady Renee habría hecho si viviera aún.
Bella se sentó.
— ¿Y la ropa, se la va a llevar usted al museo? —le preguntó Bella a la mujer.
—Creo que él habló con alguien al respecto ayer. Y me ha dicho que le dijera que, si hay algo que usted quiera, que se lo lleve.
Bella sacudió la cabeza.
—No… ¡Oh, no!
Bella tenía el número del teléfono móvil de Edward programado en el suyo y llamó al momento. Sin embargo, el teléfono estaba apagado y le salió un buzón de voz invitándole a que dejara un mensaje:
— ¡Edward! ¡No vuelvas a desaparecer otra vez hasta no hablar conmigo antes! Llámame, ¿me oyes? ¡Llámame ahora mismo!
Pero… ¿y si no la llamaba?
¿Y si Edward iba directamente al aeropuerto después de pasarse por su casa para recoger lo que quisiera llevar consigo?
¿Era posible que Edward no hubiera recogido su carta?
Pero… ¿cómo podía ser?
Nada tenía sentido. Tenía que hablar con él.
Lo único que podía hacer era ir a Londres inmediatamente.
Edward entró en su casa. Como siempre, todo estaba inmaculado. Vacío.
Dejó las llaves encima de una mesa y se pasaron las manos por el rostro con intención de darle vida, de calentar su piel.
Después, agarró los montones de cartas que la señora de la limpieza había dejado allí. Empezó a mirarlas sin interés hasta que, de repente, vio un sobre del mismo color que el sobre que le había dado Bella con la carta que había escrito a su padre. El color del sobre podía ser una coincidencia, pero también era su letra la que aparecía en el sobre.
¿Cuándo le había escrito Bella?
No había sello, por lo que no sabía cuánto tiempo llevaba allí la carta. Debía de haberla llevado allí en mano.
Súbitamente, recordó que Bella le había preguntado si había recibido su carta, pero él había pensado que se trataba de la devolución del dinero. Ahora, sin embargo, sabía que ella se refería a esa carta en concreto.
Con angustia y manos temblorosas, Edward abrió el sobre y empezó a leer:
Estimado señor Cullen,
Le escribo para decirle que, como resultado de nuestro reciente encuentro, me he quedado embarazada y voy a dar a luz en julio…
— ¡No!
Fue un grito desgarrador.
Sin esperar a leer el resto, agarró el teléfono y llamó a Longbourne Court. El teléfono sonó y sonó hasta que se disparó el contestador automático.
—Mañana no te vas a casar —dijo él—. ¿Me oyes, Bella? ¡Nada de boda mañana!
Después llamó al teléfono móvil de Bella, pero le salió también el contestador y dejó el mismo mensaje, añadiendo:
—Ahora mismo voy para allá.
Después, desesperado, llamó a la casa del matrimonio Masen.
Su coche se negó a ponerse en marcha. Su precioso y pequeño coche que jamás la había dejado tirada decidió elegir ese momento para hacerse el muerto. Las luces. Había conducido a través de una zona de niebla y había encendido las luces. Y se le había olvidado apagarlas.
Le llevó diez minutos llegar andando a la casa del matrimonio Masen.
—No se preocupe, Bella —dijo la señora Masen—. Siéntese y tómese una taza de té. El señor Masen está jugando un partido de dardos, pero en el momento que llegue, cargará la batería y tendrá su coche listo.
—No puedo esperar. Pediré un taxi.
—Yo llamaré por teléfono para pedir un taxi mientras usted descansa un poco.
Media hora de espera; entre tanto, la señora Masen fue a prepararle un té y ella fue a llamar a Edward otra vez; pero su teléfono, que había hecho horas extras ese día, eligió ese momento, al igual que el coche, para rendirse.
—Estúpido teléfono —dijo ella volviendo a meterlo en el bolso.
Había transcurrido casi una hora cuando oyó el taxi aproximándose y parar delante de la casa. Y no esperó a que el taxista llamara, sino que agarró su bolso, dio un beso a la señora Masen y salió corriendo por el sendero del jardín hasta la pequeña puerta de la verja.
Y allí se paró en seco.
Apoyado en su Aston y cruzado de brazos estaba Edward Cullen. Y no parecía muy contento.
Ella abrió la boca, pero al ver lo que él tenía en la mano, volvió a cerrarla.
Satisfecho al parecer, Edward se enderezó, abrió la portezuela del coche y dijo:
—Entra.
—No has entendido nada, Edward—dijo ella, aparentemente pegada al suelo.
—Creo que más que tú, Bella.
—No me parece que eso sea posible —le espetó ella.
¿Estaba Edward enfadado? Bueno, ella tampoco estaba feliz de la vida. Y pensando que tenía derecho a sentirse indignada, Bella ignoró la portezuela abierta del coche y pasó por delante de él.
— ¡Bella! —fue una orden. Pero luego la voz se tornó ronca y adquirió otro tono, un tono suplicante—. Bella, por favor, no lo hagas. Por favor…
Ella se detuvo y, cuando él volvió a hablar a su espalda, estaba casi pegado a ella.
—Por favor, no te cases con Jacob Black.
¡Era verdad, Edward había creído que se iba a casar con Jacob!
—Pero no lo entiendo. Has estado ayudándome toda la semana, incluso se te han ocurrido ideas estupendas para la boda. Esta misma tarde me has escrito una carta deseándome lo mejor. ¿Qué es lo que ha cambiado?
—Todo. Yo creía que la niña era suya. Hace dos meses iba a venir para verte, aunque no sabía si querrías o no hablar conmigo. Ya estaba en el aeropuerto, con la tarjeta de embarque en la mano, y entonces vi la portada de Celebrity. Y leí lo del «feliz acontecimiento» y que habíais vuelto.
—Pero te escribí, Edward. Te dije lo del bebé. Y aquí te pregunté si habías recibido la carta.
—Y yo creía que te referías a la carta con el dinero. Mi secretaria me envió un correo electrónico diciéndome que habías devuelto dinero y me preguntó que qué quería hacer, y yo me di cuenta de lo que debías de haber pensado. No era eso, Bella. Además, siempre tuve la intención de pagártelo todo. El cheque que te envié fue para cubrir la factura completa.
—Oh.
—No he leído tu carta hasta esta tarde, Bella. No sabía nada de lo de la niña…
Bella parpadeó.
—Eso es imposible. Yo misma le eché por la ranura del correo de tu puerta, dos semanas después de…
—Y la habría leído si hubiera estado allí, pero he pasado cinco meses fuera del país, Bella. Solo pasé por mi casa para agarrar el pasaporte y me subí al primer avión con el fin de poner cierta distancia entre los dos.
—Yo… creía que ibas a Mustique.
— ¿Cómo iba a ir a Mustique después de lo que tú y yo…? —Y Edward se quedó sin palabras—. Te he hecho daño, Bella. Te he hecho llorar. Solo he hecho llorar a dos mujeres en mi vida.
—Tu madre…
Sí, su madre había llorado por él.
—Lloraba porque me habías dado algo increíble, Edward. Antes de ti, me sentía congelada, como atrapada en la época glacial. Lo había perdido todo y luego me sentí traicionada y… —Bella le miró, quería que supiera la verdad—. He pasado años organizando bodas perfectas para otra gente cuando yo era incapaz de besar…
—Bella…
—Fui a verte tan pronto como pude, pero tú te habías marchado.
—Estaba destrozado. Desorientado. Creía que no querías volver a verme y no me extrañaba.
Bella alzó una mano y le acarició los labios con las yemas de los dedos.
—Eres mi vida, Edward. Me miraste y me derretí al instante. Me abrazaste y tu calor me calentó.
—Pero…
—Lloré de felicidad, Edward. Y el bebé… —Bella le agarró una mano y se la llevó al vientre—. Nuestra hija es pura bendición, Edward.
—Es mi hija… Mi pequeña —dijo él en tono reverente.
Bella había llorado entonces y lloraba ahora. Lágrimas silenciosas que resbalaban por su mejilla.
—Tienes una familia, Edward.
Durante un momento, se quedaron ahí, en silencio. Después, Edward dijo:
—No es suficiente. Te necesito, Bella. He intentado olvidarme de ti, pero no he podido hacerlo. Yo…
— ¿Qué, Edward? —Bella le acarició la mejilla—. Dilo, Edward.
—Te… te amo. Te amo, pero sé que lo he estropeado todo. Es demasiado tarde…
— ¿Lo dices por lo de la boda de mañana? ¿Es eso lo único que nos separa?
—Bella… —y pronunció el nombre con desesperación.
—Edward, es una boda de fantasía, de mentira. No es real, Edward. Es «cómo sería la boda de ensueño de Bella Swan Denyer»… cuando y si encontrara al hombre con el que quisiera pasar el resto de su vida.
Bella le vio tratando de asimilar esas palabras.
—Pero Jacob…
—No es ese hombre, te lo aseguro. Nos encontramos accidentalmente en una fiesta y nos comportamos civilizadamente. Celebrity hizo el resto. Sospecho que querían forzarme a revelar el nombre del padre de la criatura.
—Pero has ordenado tartas, comida, flores… E incluso una versión moderna del vestido que ibas a llevar la primera vez…
—Ese vestido no se parece en nada al de mi bisabuela —le aseguró ella—. Además, últimamente tengo otra fantasía… Y Edward, realmente no puedo creer que pensaras que iba a vender mi propia boda a una revista.
—Creía que estabas dispuesta a hacer cualquier cosa por la organización que tu madre fundó.
—Hay cosas que no tienen precio, Edward.
Entonces Bella vio una luz fugaz en la ventana de la casa de los señores Masen seguida de una cortina corriéndose.
—Lo sabían, ¿verdad? Sabían que venías.
—Si hubieras tenido encendido tu teléfono móvil durante las últimas dos horas tú también lo habrías sabido.
—Me he quedado sin batería. ¿Qué recado has dejado?
—Que no iba a haber boda…
— ¿Ninguna boda?
—Mañana, no —contestó él tocándole la mejilla—. Pero espero que pronto. Muy pronto. Porque si esperas que tu hija se quede sin que su padre le dé su apellido, te equivocas del todo.
— ¿Lo dices en serio?
—Y lo quiero todo. También va a ser mi fantasía.
— ¿Todo?
—Todo. Y a todos… excepto Celebrity. Mañana es una cosa, pero la realidad será solo para nosotros. Y no por un día, sino durante el resto de nuestras vidas.
Entonces, como si se diera cuenta de que faltaba algo, Edward se agachó y, arrodillando una pierna bajo la luz de las estrellas, dijo:
—Si te casas conmigo, te prometo llevar un chaleco morado que haga juego con tus zapatos. ¿Quieres casarte conmigo, Bella Swan?
Cuatro semanas después de la feria, Edward y Bella se casaron de verdad.
Bella llegó a la iglesia en un coche de vapor. Victoria le había hecho otro vestido y Bella llevaba los zapatos morados.
Ángela se había echado polvos brillantes de color verde en el pelo morado y, rindiéndose, había dejado sus botas por unos zapatos bordados.
Las ahijadas de Bella estaban adorables vestidas en tonos violeta y lavanda. El paje estaba protestón, aunque era normal, incluso un niño de cinco años sabía que era una vergüenza ir vestido de morado. Y mientras Bella se acercaba al altar del brazo de su padre, el sol hizo brillar los diamantes de la tiara que Edward había pedido de encargo a un joyero del pueblo.
La feria fue toda una algarabía, la comida resultó excelente, los niños se empacharon con los dulces y Ángela, ahora socia de Bella, se vio inundada por gente que quería que le organizara una boda exactamente igual a ésa.
Pero para Edward y Bella aquélla era una ocasión única. Una boda para ellos dos exclusivamente.
Fin
Bueno esta historia llego a su fin, espero que os haya gustado leerla tanto como a mi
Gracias por leerme
