EL ABUELO WILLIAM
1
Como cada mañana Albert se levantaba muy temprano para comenzar a alimentar a todos los animales que tenía en la cabaña Andrew, sabía que estaba en su propia casa sin embargo el mantenerse oculto a los ojos de los demás lo hacía seguir pareciendo un vagabundo sin un lugar en donde vivir, comportándose como si estuviera en un lugar ajeno a él ya que sabía que esa era la única manera de sentirse libre. Era un acuerdo al que había llegado con su administrador quien lo ayudaba a prepararse para el gran cargo que le esperaba en la familia y al este comprender su necesidad de sentirse libre lo ayudaba a hacerlo.
Alimentó a cada uno de los pequeños animales que tenía, entre ellos poupée quien era la que más hambre parecía tener al ser la que se encargaba de levantarlo puntualmente cada mañana.
-Buenos días ¿amanecieron con hambre? – Saludó al grupo de animales como si realmente alguno de ellos fuese a responderle. Suspiró con una gran sonrisa invadiendo sus pulmones del aire fresco de aquella particular mañana, recordando que ese día era la presentación de su pupila ante la sociedad. Sonrió al saber que sus tres sobrinos habían insistido tanto en que la adoptara y por fin se hacía real ante toda la familia y la sociedad más adinerada de Chicago y sus alrededores.
Muchas personas habían llegado desde Escocia y habían sido citados en la mansión de las rosas para dicha presentación y su participación en la cacería del zorro que se celebraba año con año. Esa fecha tan importante había sido elegida para la presentación de su hija demostrando la importancia que tendría aquella joven a partir de ese momento.
La seguridad había sido incrementada por órdenes de la tía abuela y él mismo sabía que no era sencillo pasar desapercibido para ellos ya que seguía siendo un extraño para los trabajadores así como para el guardia que siempre pasaba por ahí para ahuyentarlo con su escopeta, a pesar de las veces que se habían cruzado en el camino y compartirdo más de una charla entre ellos.
-¡Quieto ahí vagabundo! – Se escuchó de pronto el sonido de la escopeta siendo preparada para disparar.
-Tranquilo. – Dijo Albert con una sonrisa tranquila al ver que una vez más había sido descubierto. – Ya me voy. – Dijo levantando las manos en señal de rendición. Sabía que mientras su identidad estuviera oculta de los demás ellos solo hacían su trabajo.
-¡Siempre dices lo mismo y vuelves una y otra vez! – Dijo con insistencia, demostrando que estaba cansado de advertirle una y otra vez que esa era propiedad de los Andrew. - ¡Esta es propiedad de los Andrew! ¡Ya lo sabes! Y al señor Andrew no le parecerá que estés invadiendo sus dominios una y otra vez. – Dijo el hombre sin bajar su escopeta. Albert lo miraba con una sonrisa, si supiera que él era el señor Andrew dejaría de perseguirlo y hasta él mismo lo ayudaría a cuidar a sus animales.
-Tranquilo, ya me voy. – Dijo de nuevo con una sonrisa amable. El guardia comenzó a bajar su escopeta al ver que una vez más lo había ahuyentado. Correspondiendo a la sonrisa que Albert le dirigía como si fuese un amigo al que reprendía una y otra vez con lo mismo.
–La próxima vez no seré tan amable. – Dijo una vez más como advertencia, se había convertido en una especie de ritual cada vez que lo encontraba ahí. Sabía que así lo haría, pero ese día tan especial no podía dejarlo que estuviera rondando por ahí y fuese a asustar a algunos de los invitados tan importantes que habían sido encomendados para que él los protegiera de los intrusos. Albert sonrió con la advertencia que le daba una vez más, intentando que comprendiera que todo estaba claro. De cierto modo agradecía su lealtad para con su familia, específicamente para con "El Sr. Andrew".
-Sé que solo cumples con tú trabajo, estoy seguro que el señor Andrew sabrá recompensarte por la manera en la que cuidas de sus tierras. – Dijo Albert al hombre que ya bajaba su escopeta, sonriendo orgulloso porque aquel vagabundo que hasta cierto punto disfrutaba espantar reconocía su trabajo.
-Anda ya es hora que te vayas, los invitados no tardan en llegar. – Dijo una vez más para que Albert saliera de una vez por todas de la propiedad.
Albert asintió con una sonrisa, sin embargo uno de los venados que él cuidaba no se podía levantar porque estaba lastimado, alguno de los otros animales lo había molestado haciendo que se levantara de golpe, esto asustó al hombre que seguía con la escopeta preparada y por reflejo apunto al venado para defenderse de lo que él creyó era un ataque en su contra.
-¡No! – Gritó Albert dispuesto a salvar a aquella criatura que no tenía culpa de haberse lastimado.
Todo había sido muy rápido, la nobleza de Albert había hecho que se lanzara sobre aquel ciervo indefenso que él había tomado bajo su cargo y las municiones que habían salido de la escopeta de aquel hombre se impactaban en el cuerpo del joven vagabundo, quien en ningún momento había analizado la situación, su amor a los animales lo había hecho reaccionar sin siquiera dudarlo. Una vida debía ser tomada aquella mañana de otoño, una vida que el destino había cobrado, logrando el equilibrio que necesitaba el destino para otorgar una oportunidad a otro ser que al igual que Albert tenía mucho por lo cual vivir.
-¡Albert! – Gritó el guardia realmente preocupado por lo que había hecho. Todo había sido un accidente, él sabía que no quería hacerle daño a aquel joven que se había convertido en un agradable huésped y al cual a pesar de correr seguido de la cabaña de los Andrew era más una orden que las ganas que tenía de hacerlo.
Albert ya no contestó, su cuerpo había quedado tendido al frente de la cabaña mientras aquel hombre lloraba asustado, soltando su arma por lo que había hecho al que podría llamar su amigo.
Anthony caía del caballo casi casi al mismo tiempo que había sucedido la muerte de Albert, sin embargo algo había cambiado y el joven había quedado desmayado sobre un charco de sangre que hubiera sido más aparatoso si no hubiese llegado la muerte momentos antes a Lakewood, para reclamar la vida que debía llevarse. Candy estaba sobre él gritando desesperada por que se levantara y volviera a abrir sus bellos ojos, sin embargo no obtenía respuesta alguna, formándose un silencio de muerte en aquel bosque que sí había tomado una vida aquella fatídica mañana.
-Candy, no llores, estoy bien pecosa, solo que no puedo despertar. – Decía Anthony totalmente noqueado por el golpe que había obtenido, sin embargo en su inconsciencia podía escuchar claramente el grito tan desgarrador que salía de la garganta de Candy, un grito que lo llevaba a mantenerse en el mismo lugar en el que ella estaba sin embargo el duro golpe recibido le impedía despertar y calmar el llanto de la pequeña.
Sintió el peso de su cuerpo caer sobre su espalda y una desesperación se apoderó de él, unas ganas de levantarse y tomarla entre sus brazos para advertirle que no tenía nada y que se recuperaría habían nacido de su alma, manteniéndose en todo momento alerta de lo que sucedía a su alrededor a pesar de que no podía abrir sus ojos.
Sintió cuando los encontraron después de varios minutos de estar desaparecidos, comprendió que era porque se habían alejado bastante de la zona de cacería. Los disparos de escopetas eran escuchados por todos lados imaginándose que era por los zorros que habían descubierto, sin embargo el primero que se había escuchado no era precisamente por haber atrapado a un zorro sino por la vida que se cobraba aquella oscura mañana.
George se enteraba de lo que había sucedido con su protegido y un sentimiento de culpa y dolor se apoderó de él de inmediato.
-¿¡Qué estás diciendo!? – Preguntaba tomando de las solapas al hombre que le decía afligido que había matado al vagabundo que invadía la cabaña de los Andrew, sin comprender el motivo por el cual el administrador de la familia se mostraba tan afligido y sorprendido. - ¡Dime que no es cierto! – Decía sin soltar al hombre que tenía frente a él quien pronto lo miró con miedo sin comprender bien lo sucedido.
-¡Disparé al ciervo que estaba por atacarme! ¡Él se atravesó para salvarlo y las balas se incrustaron en su cuerpo! – Decía con verdadero temor en sus palabras. George podía ver en sus ojos el miedo y la culpa que cargaba en su alma.
-¡No es cierto! – Dijo George comenzando a llorar, soltando al hombre que salía corriendo del despacho donde había sido anunciado su crimen. George se hincó para cubrir con sus manos el llanto incontrolable que llegaba de pronto a sus ojos.
-¡George! – Decía una voz afuera del despacho, una que se escuchaba lejana y que no sabía identificar al estar sumido en su dolor. - ¡George! ¡El señorito Anthony tuvo un accidente y al parecer está muerto! – Fue el llamado que hacía de nuevo el mayordomo de la familia, llamándole para que se hiciera cargo de los funerales del alegre jovencito Brower.
-¡No puede ser! – Dijo George con mayor dolor que antes, sintiendo que su mundo se abría bajo sus pies sin que pudiera evitarlo, sentía que estaba viviendo una pesadilla en la que perdía a las dos personas que más amaba en el mundo. Albert el joven que él cuidaba y que amaba como a un verdadero hijo y que había cuidado muy de cerca desde que era un pequeño, le habían confiado su vida desde que tan solo tenía seis años y se había dedicado a cuidarlo y enseñarlo para ser el patriarca de la familia Andrew y por otro lado estaba el joven Anthony, quien al igual que Albert había quedado muy solo desde la muerte de su mamá también a temprana edad y él lo veía también como el hijo que nunca tuvo, ya que Rosemary era la única mujer que él había amado en silencio todos esos años y por ello jamás se dedicó a formar su propia familia. - ¡Esto es una pesadilla! ¡Una maldición ha caído sobre la familia! – Gritó con fuerza en las cuatro paredes que lo cubrían de los demás.
La mansión había quedado desierta, los invitados se habían decidido ir a un hotel para dar privacidad a la familia por la pérdida del miembro más joven de la línea directa, mientras Stear y Archie parecían un par de fantasmas en la mansión esperando que Candy se recuperara y les contara lo que había sucedido en la colina de Anthony, sin embargo todo parecía que no sucedería así ya que la rubia no despertaba ni dejaba de delirar llorando desesperada presa de la fiebre que la aquejaba.
-Me mandó llamar señora. – Dijo George con el rostro triste y desencajado, uno que se reflejaba también en el rostro de la tía abuela.
-¿Cómo sucedió? – Preguntó Elroy al ver en los ojos de George todo el dolor por el que estaba pasando. George comprendió que se refería al accidente de Albert y procedió a relatar lo que le había dicho el guardia contratado. – Quiero que lo refundas en la cárcel. – Dijo la matriarca con todo el dolor que pudiera tener en su corazón.
-Fue un accidente. – Dijo George intentando suavizar el odio que se reflejaba en el rostro de la matriarca, uno mayor al dolor que llevaba en su alma.
-¡No me importa! – Dijo en un grito lleno de dolor. - ¡William debe ser vengado! – Decía comenzando a llorar, sentándose en su sillón frente al escritorio que estaba frente a él. George la miraba visiblemente afectada viendo como por primera vez aquella dura y fría mujer perdía la compostura por el dolor que le atravesaba el alma.
-Como usted ordene. – Dijo el fiel administrador, al saber que nadie más tendría el poder de decidir sobre la familia que la vieja Elroy, hasta que se eligiera a un nuevo representante. – Si me permite preguntar ¿Qué sucedió con el joven Anthony? – Preguntó con el mismo dolor punzante que había sentido cuando se enteró de lo de Albert, pero soportando las ganas de llorar que tenía atoradas en su pecho.
-Anthony está muy grave. – Dijo Elroy revelando que él estaba aún con vida. George levantó su mirada entre alivio y sorpresa. – Sin embargo si sobrevive tendrá que llevar el cargo que portaba William. – Dijo visiblemente afectada. George asintió aún incrédulo a sus palabras, Anthony estaba vivo y eso amortiguaba un poco su alma afectada por la muerte de su hijo mayor. – Busca a todos los médicos posibles para que salven a mi nieto, no importa lo que cueste. – Dijo con la voz ronca de dolor, aguantando con frialdad aparente todo el peso que se le había venido repentinamente sobre su alma martirizada.
George asintió y se despidió en silencio para abandonar el salón donde permanecía la vieja Elroy, quien se había encerrado para llorar el dolor que le había causado la pérdida de su sobrino, el único descendiente directo de los Andrew, porque a pesar de que Anthony era el hijo de Rosemary la primera descendiente directa, él era un Brower directo y un Andrew indirecto, eso lo hacía que el puesto que portaba Albert corriera peligro ante los demás miembros de la familia.
Otra opción era que Candy portara el cargo al ser la hija legítima de Albert, sin embargo ella no podía permitir eso, no…, ella era una recogida y no merecía el alto honor de llamarse hija de los Andrew al ser tan solo una adoptada.
Elroy salió del salón para dirigirse hacia su habitación, llevaba los ojos enrojecidos por el llanto, mientras los demás la veían con tristeza y temor de sus reacciones, sabían que era una mujer dura y fría, pero todos podían advertir en su semblante el dolor que estaba padeciendo.
Se encerró en su habitación sin dejar entrar a nadie, dando rienda suelta de manera desgarradora a su dolor, llorando incansablemente, rogando a todos los Dioses que su nieto se salvara, suplicando por su vida y su pronta recuperación. Ya había perdido a su sobrina y a su sobrino, igual que a su hermano y cuñada, creía que era demasiada desgracia caída en la familia para que se sumara la muerte de su amado nieto. Lloró, suplicó,imploró y hasta ordenó con todas sus fuerzas para que los médicos hicieran lo posible por salvar su vida.
-¿Cómo sigue? – Preguntó Archie a Stear, quien se paseaba igual que él de un lado a otro.
-Igual, aún no despierta. – Respondió Stear desanimado. - ¿Y la tía abuela? – Preguntó para saber de la matriarca. Lo último que había sabido de ella era que se había encerrado en su habitación a llorar su pena.
-No lo sé Stear, pero creo que sigue en la habitación de Anthony ya que los médicos no dejan de entrar y salir de ahí. – Dijo suspirando con preocupación intentando hacerse el fuerte por la pequeña rubia que seguía delirando de dolor en su cama.
-¿Crees que nos quedaremos solos? – Preguntó Stear con nostalgia. La tía abuela al parecer estaba muy grave después de haberse enterado del accidente de Anthony y también temían por su salud.
-No lo sé Stear, pero hay que pedir porque Anthony se salve y porque la tía abuela no sufra un colapso. – Dijo Archie también con temor, al igual que su hermano tenía miedo de quedarse solo porque a pesar de tener a sus padres con vida sabían bien que su padre no sería capaz de aceptar a Candy como una más de sus hijos, si muy difícilmente los toleraba a ellos no toleraría a una más a su lado, es por ello que él mismo había decidido mantenerlos lejos, más específicamente con la tía abuela para que ella se hiciera cargo de ellos hasta ser unos adultos responsables y le dieran menos dolores de cabeza como él mismo les había dicho el día que los dejó bajo su cargo.
Tres días habían pasado desde el accidente de Albert y Anthony y por fin había un veredicto para la salud del menor.
-Adelante. – Dijo Elroy quien se mantenía encerrada en su habitación apenas probando alimento, sin preocuparse por sus otros nietos a quien había dejado a cargo de los sirvientes.
-Señora tengo noticias de Anthony. – Dijo George que al igual que ella mantenía su semblante inflamado por el llanto que no había podido retener. Elroy se acercó impaciente a su fiel empleado para saber qué era lo que tenía que decir de la salud de su nieto.
-¿Qué sucede? – Preguntó con el alma en vilo, reteniendo la respiración esperando respuesta a su pregunta, sintiendo que su alma se iba de su cuerpo al esperar la respuesta que le parecía interminable su llegada.
-Él se recuperará. – Dijo respirando mejor, sabía que el joven era muy importante para la familia. – Sin embargo deberá permanecer bajo observación por varios meses para estar al pendiente de su salud. El golpe que sufrió fue demasiado fuerte que aún lo mantiene inconsciente. – Dijo George un poco menos consternado. Elroy respiró con menos dificultad soltando un suspiro de alivio, poniendo nuevamente el rostro duro y frío que poseía ante los demás para tomar fuerza y enfrentarse de nuevo a todos para que su familia no se desmoronara.
-Tengo que verlo. – Dijo con impaciencia. George asintió haciéndose a un lado para permitirle el paso y dejarla que fuera a ver a su nieto.
En la habitación de Anthony el joven se mantenía como dormido, el grupo de médicos que lo había estado atendiendo se mantenía ahí aún al pendiente de su salud. Sabían que era un miembro muy importante para la familia y todos hacían hasta lo imposible por él. Todos habían firmado un contrato de confidencialidad en el cual decía que todo lo que sucedía ahí dentro de esa habitación quedaría como un secreto y que nada podrían decir o revelar nada a nadie.
-¿Cómo está? – Preguntó la matriarca en cuanto atravesó la puerta de la habitación. Era cerca de la media noche y el silencio reinaba alrededor de la mansión.
-Estable. – Respondió el médico que los representaba, el que estaba a cargo de todo el grupo de especialistas que se había mandado traer de diferentes ciudades. – Estamos esperando que en cualquier momento despierte. A pesar de que el golpe fue muy fuerte podemos decir que aún no ha llegado su momento, aun así hay que estar al pendiente de su salud y de cualquier extraño comportamiento que pueda tener. - La tía abuela asintió a sus pedidos.
-Muy bien, continuará bajo cuidado médico. – Dijo Elroy con frialdad. Los médicos asintieron y George continuaba a su lado. – George es momento de que hagas los trámites necesarios para el funeral. – Dijo Elroy ante la sorpresa de los médicos, quienes se mantuvieron en silencio a pesar de lo que habían escuchado.
-Muy bien señora. – Dijo George, él sabía a qué funerales se refería ya que aún estaban a la espera de la entrega del cuerpo del finado patriarca.
George se retiró y Elroy se quedó acompañada de los médicos quienes la miraron algo sorprendidos.
-Tengo entendido que han firmado un contrato de confidencialidad. – Dijo mirando al médico encargado.
-Así es señora Elroy, pero déjeme decirle que el joven no morirá como usted cree. – Dijo atreviéndose a advertir que no era necesario lo que había ordenado.
-Lo sé, y agradezco su ayuda, sin embargo es otro el motivo que me lleva a hacer lo que estoy haciendo, pero aun así me sentiría más segura cuando ustedes se retiren hacia la ciudad que pertenecen. – Dijo ante la sorpresa de todos ya que los estaba corriendo al haber hecho todo lo que tenían que hacer para salvar a su nieto. – Ahora quiero quedarme a solas con mi nieto. – Dijo Elroy con firmeza. Los médicos se veían uno al otro indecisos de hacer lo que pedía, a pesar de que era la que les había pagado por hacer todo lo posible por salvarlo sus palabras los hacía dudar de dejarla a solas con el joven herido.
-Será mejor que se quede una enfermera a su cargo. – Dijo el médico seguro de sus palabras. – Por si despierta o necesita algo. – Se atrevió a decir una vez más pensando que era más seguro para ellos como médicos y no tener algún problema a futuro.
-Muy bien, pero le advierto que al igual que ustedes ella no podrá hablar de nada de lo que pase aquí. – Dijo a modo de advertencia. El médico asintió, dejando a una de las jóvenes al lado de Elroy, quedándose en un momento a solas con él.
La noche pasó con lentitud para la matriarca que se sentía cansada por esperar que su nieto despertara, sin embargo no había sucedido en toda la noche y continuaba preocupada. Por la mañana Anthony comenzó a moverse inquieto.
-¿Qué sucede señorita? – Preguntó Elroy alterada al ver que su nieto comenzaba a moverse de manera impaciente.
La enfermera se levantó de donde había permanecido sentada para acercarse a ver a Anthony, quien comenzaba a quejarse con mayor intensidad recuperando poco a poco la consciencia que había perdido días antes.
-¿Qué sucedió? – Preguntó confundido al ver que estaba en su habitación y que una enfermera estaba a su lado al igual que la tía abuela.
-Tuviste un accidente. – Reveló la tía abuela quien se acercaba a su cama.
-¿Y Candy!? – Preguntó de inmediato al sentir que los recuerdos volvían de pronto a su cabeza. Los gritos de la pequeña pecosa taladraban sus oídos al recordar la manera tan desgarradora como lo llamaba al creer que había muerto. - ¿¡Dónde está!? ¿¡Cómo está!? – Decía impaciente por el duro semblante que la matriarca había puesto en su rostro al escucharlo tan preocupado por Candy en primer lugar antes que él mismo.
-Déjenos a solas. – Dijo la vieja Elroy a la enfermera, quien intimidada por su duro semblante solo asintió para salir de la habitación e ir por el médico para avisar que había despertado.
-¿Dónde está Candy? – Volvió a preguntar Anthony con firmeza al ver que la tía abuela no estaba dispuesta a decirle nada.
-Ella está bien por el momento, no te preocupes. – Respondió con la misma frialdad en sus palabras. Anthony no estaba tranquilo con aquella respuesta, mucho menos cuando había dicho "por el momento" ¿Acaso había pasado algo más que él no sabía?
-¡Quiero verla! – Anthony hizo el además de que iba a levantarse de su cama, sin embargo un mareo repentino lo impidió, sentándose nuevamente al sentir que comenzaba a perder el equilibrio.
-No puedes levantarte, tuviste un fuerte golpe en la cabeza y estás convaleciente aún. – Dijo sin dejar de verlo con tranquilidad.
-Quiero ver a Candy. – Dijo Anthony tomándose su cabeza con ambas manos.
-Me temo que eso ya no será posible. – Dijo la tía abuela decidida a hacer lo que había decidido por el bien de la familia.
-¿Por qué no? – Preguntó confundido, recostándose en la cama ya que estaba seguro que no podría enfrentarla como siempre lo había hecho.
-Anthony, ha sucedido algo que nadie se esperaba y que ha puesto en riesgo a toda la familia Andrew. – Dijo la matriarca con verdadera seriedad, enfocando el rostro de Anthony quien la miró confundido por sus palabras.
-¿A qué te refieres? ¿Qué tiene que ver con Candy? – Preguntó impaciente por saber de la pequeña llorona.
-Hace unos años, murió William. – Dijo ante el asombro de Anthony, quien volteó a verla confundido.
-¿El abuelo William? ¡Eso no puede ser! ¿¡Quién adoptó a Candy!? ¡Tú misma recibiste la carta en la que te anunciaban su adopción! – Decía Anthony seguro de que el tío abuelo había adoptado a la rubia.
-El que quería adoptar a Candy era William Albert. – Dijo mirándolo a los ojos con profunda tristeza al recordar a su joven sobrino.
-¿William Albert? ¿Mi tío Will? – Preguntó Anthony sorprendido por lo dicho por la matriarca.
-William Albert era el tío abuelo Williams, él había quedado a cargo de la familia al morir su padre, pero al ser tan solo un niño tuvo que esperar a la mayoría de edad para poder tener voz y voto ante el consejo. – Dijo aclarando un poco lo que decía la mujer, explicando sin dar muchos detalles la situación que habían vivido hasta la fecha en la que Albert había muerto.
-¿Por qué has dicho quería? – Preguntó Anthony captando las palabras anteriores de la tía abuela.
-Porque eran los deseos de William Albert, sin embargo ha sucedido algo que impidió terminara de llevar a cabo sus planes. – Dijo sin poder ocultar su dolor, dejando caer unas lágrimas que salían de sus ojos sin poder aguantarlas.
-¿Qué ha sucedido? – Preguntó Anthony preocupado por la reacción de la tía abuela, jamás la había vuelto a ver en ese estado, no desde la muerte de su madre.
-El día de tu accidente me avisaron que William Albert fue asesinado. – Dijo con dificultad, causando verdadero dolor en Anthony, quien a pesar de tener años de no ver a su tío le dolía profundamente haberlo perdido al igual que a su madre.
-¿Asesinado? – Preguntó con miedo, no entendía quién podría haberle hecho daño y con qué motivo si él recordaba que su tío era un ser bueno e íntegro.
-Uno de los guardias de seguridad lo confundió con un vagabundo. – Explicó Elroy aún con las lágrimas en sus ojos.
-¿Vagabundo? ¡No entiendo! – Decía Anthony preocupado por lo que escuchaba con atención.
-William tenía la costumbre de vagar por los alrededores de la mansión vestido de vagabundo. – Dijo la tía abuela en respuesta a su pregunta. – Se vestía con unos pantalones viejos, se dejaba crecer la barba y siempre cubría sus ojos con unos lentes oscuros. – Dijo de nuevo, aquella descripción llevó a Anthony a recordar al amigo de Candy quien reunía todas las características que la matriarca describía.
-¡Albert! – Dijo cayendo en cuenta que aquel que él creía también era un vagabundo libre y feliz era en realidad el tío abuelo, su tío, el padre de Candy que se había dedicado a esconderse bajo ese disfraz que portaba diario para cubrir su identidad y tal vez para cuidarlos más de cerca. Elroy asintió a lo dicho por su nieto.
-Así se presentaba ante todos. – Dijo sin dejar de sentir ese dolor en su pecho. – La muerte de William ha dejado en desventaja a toda la familia. – Dijo la tía abuela una vez más. Anthony la miró confundido.
-Candy… - Dijo Anthony comprendiendo a lo que se refería anteriormente.
-Ella solo es una de ellas. – Dijo tranquila como siempre demostrando que para ella aquel no era un problema, sin embargo para Anthony era el principal de todos. – Los negocios que quedaron en el aire, la adopción de Candy que jamás se firmó, en fin muchas cosas pendientes que si alguien se da cuenta de lo que pasó quedaremos en la miseria. – Dijo con temor tan solo de pensar que eso llegara a ocurrir a su familia.
-¿Nunca firmó la adopción? – Preguntó Anthony al escuchar lo que decía la matriarca, de todo lo que había dicho era lo que más le había preocupado, ya que sabía bien que ella podría hacerse cargo de los negocios y de los demás pendientes. Elroy negó a su pregunta. - ¿Entonces qué pasará con ella? – Preguntó Anthony aún dolido por la muerte de su tío y por la preocupación que surgía ahora con el destino de la pecosa, sabía bien que la tía abuela no estaba de acuerdo con aquella adopción y que era capaz de deshacerla.
-Me temo que la presentación de Candy será lo único que se sepa de ella ante la familia y la sociedad de Chicago. – Dijo sentenciando el destino de la pequeña. – Volverá a ser la criada de los Leagan, ya que ellos si tienen papeles de su salida del orfanato. - Anunció decidida a dar marcha atrás a lo que había estipulado William semanas atrás.
-¡NO! ¡No puedes permitir eso! – Dijo Anthony a la tía abuela, intentando una vez más levantarse de la cama, pero el dolor que sentía en su cabeza no le permitía hacer movimientos bruscos o perdía la orientación.
-No hay otra manera Anthony. – Dijo Elroy de manera determinante, observando su comportamiento.
-Tú puedes firmar esa orden, tienes el poder de hacerlo. – Dijo de nuevo el chico de manera más tranquila, intentando controlarse para convencer a la tía abuela de resolver aquella situación que le afectaba a él directamente.
-Los papeles están a nombre de William A. Andrew y él ya no está. – Dijo visiblemente afectada con lo que había sucedido. Anthony podía verlo en su rostro, sus ojos no podían evitar reflejar ese dolor que había afectado a la familia Andrew. – La única manera sería que se volviera hacer todo el papeleo, y sabes que yo nunca estuve de acuerdo con esa adopción. – Dijo de nuevo la matriarca. Anthony la veía con súplica y una profunda preocupación por el destino de la jovencita que él amaba.
-¿Por qué nunca has querido a Candy? – Preguntó Anthony como queja, dolido por saber que así era y que la vieja Elroy no se sentía conmovida ni un poco por la ternura que despertaba en él y sus primos la pequeña pecosa.
-No tiene modales, es una chica sin educación, ni moral, se la pasa trepando árboles, peleando como si fuera un chico, es imposible convertirla en una dama. – Dijo como queja por el comportamiento de la pecosa, recordando los motivos por los cuales ella la rechazaba definitivamente.
-Debe haber otra manera de arreglarlo todo, por favor tía abuela, jamás te he pedido nada… - Decía Anthony buscando la manera de arreglar la situación de Candy.
Después de unos momentos de silencio, los cuales para Anthony eran eternos la matriarca volteó su triste, duro y demacrado rostro hacia él, quien esperaba una respuesta favorable para él y para la joven que amaba.
-Creo que hay una manera. – Dijo ante la mirada de alivio de Anthony, quien la miró esperanzado, esperando que le dijera cuál era la manera de hacer que Candy fuera miembro de la familia Andrew. - ¿Serás capaz de hacer lo que yo te pida con tal de que Candy forme parte de los Andrew definitivamente? – Preguntó mirando fríamente a su nieto, quien la miró dudando por unos momentos al ver una extraña expresión en su rostro, pero por Candy haría lo que fuera, sobre todo librarla del martirio que era vivir toda su vida como una criada al servicio de los Leagan. Anthony por fin asintió a la pregunta hecha por su tía abuela. Elroy también asintió sin dejar su fría expresión. – Bien, entonces lo que tienes que hacer es tomar el lugar de William. – Dijo de manera seria, demostrando que no estaba bromeando con lo que había sentenciado.
-¿Tomar el lugar del tío? – Preguntó Anthony sorprendido con lo que le había dicho la matriarca. Ella asintió segura de lo que decía, mirándolo fijamente para que advirtiera que no era un juego su petición.
-Como te había dicho antes, tu tío William tomó el lugar de su padre y al ya no estar él, ni tu madre, el cargo pasa directamente hacia ti. – Dijo de nuevo la anciana intentando explicar lo que había decidido hacer para salvar a la familia del desastre.
-¿Ese cargo no le correspondería a Candy? – Preguntó el rubio olvidando por un momento que la adopción de Candy había quedado incompleta.
-Aunque la adopción se hubiera concretado ella es una recogida, no tiene derecho a ser la representante de la familia ante el consejo familiar. – Dijo explicando el punto con desagrado. Anthony frunció el ceño en señal de desacuerdo, pero sabía bien que todos los representantes del clan eran igual de testarudos y cerrados que Elroy y no era extraño que pensaran que Candy no tenía derecho alguno a portar ese cargo tan importante para todos.
-Yo tampoco soy un Andrew directo. – Dijo Anthony retando a su tía por la manera en la que hablaba de Candy, haciéndole ver que él tampoco tenía el derecho directo de ser el patriarca del clan.
-Lo sé, es por eso que debes convertirte en el abuelo William para tomar las decisiones de la familia. – Dijo Elroy de nuevo comenzando a tomar forma lo que quería. Anthony comenzaba a comprender lo que quería hacer.
-¿Y si me niego a hacerlo? – Preguntó dispuesto a negarse, no quería tomar el lugar de su tío y renunciar a seguir siendo Anthony Brower, si bien no sabía a ciencia cierta lo que aquella idea repercutiría en su vida y en la de Candy, si tenía un presentimiento que no lo dejaba aceptar del todo.
-Puedes hacerlo, pero con ello no evitarás que Candy regrese con los Leagan. – Dijo sentenciando de nuevo el destino de la rubia. Anthony abrió sus ojos sintiéndose en ese momento perdido, no quería que Candy continuara la vida que llevaba al lado de los Legan, sabía que ellos la odiaban y que después de haberse sentido humillados por que ahora ella había sido anunciada ante la sociedad como una nueva Andrew se vengarían con verdadera saña de ella. – Es tú decisión Anthony... – Dijo Elroy apresurando la decisión del joven, obligándolo a decidir sin tener tiempo de reflexionar bien su respuesta.
-Muy bien. – Dijo Anthony forzado por la situación, sin poder pensar en ese momento otra solución que lo llevara a ayudar a Candy. – Tomaré el lugar del tío William, pero ¿Qué pasará conmigo? – Preguntó confundido por el lugar que tendría él frente a la familia a partir de ese momento. La tía abuela lo miró confundido al no comprender a qué se refería. – Sí, ¿Qué pasara con Anthony Brower? – Volvió a preguntar para saber qué pasaría de ahora en adelante con su verdadera identidad. La matriarca suspiró pesadamente y pasó un trago amargo antes de responder las dudas de su nieto.
-Toda la familia y los invitados se enteraron del accidente en el que perdiste la vida. – Dijo costándole verdadero trabajo decirle aquello, ya que a pesar de tenerlo frente a ella el que había tomado el lugar de Anthony era William Albert, quien verdaderamente si había muerto.
-¿Estaré muerto para todos? – Preguntó Anthony sorprendido con la noticia que su tía abuela le daba.
-Lamentablemente así como tú tomarás el lugar de William, William debió tomar tu lugar. – Dijo sentándose a su lado para poder llorar un poco más la muerte de su sobrino, le dolía bastante aquella pérdida, sin embargo debía mantenerse firme por los que quedaban bajo su cargo, por Anthony quien debía convertirse ahora en el patriarca de la familia siendo aún muy joven para que se presentara ante todos. Debía volver a retrasar su presencia ante todos por lo menos cuatro años más. – Él será sepultado bajo tu nombre y tú tomarás su lugar. – Dijo sin mucho ánimo, tampoco estaba decidida a hacer lo que iba a hacer, sin embargo debía proteger el legado que había dejado su hermano a su cargo.
-¿Jamás volveré a usar mi nombre? – Preguntó Anthony indeciso a aceptar aquella propuesta que si bien sabía era por el bien de Candy aún no lo convencía de tener que alejarse de ella para siempre.
-Seguirás con tu nombre legalmente Anthony, el Abuelo William solo será un pseudónimo con el cual figurarás por un tiempo, cuando tengas la edad suficiente y puedas tomar el cargo podemos aclarar las cosas. – Dijo anunciando que tendría que ocultarse por un tiempo. – Adelante. – Dijo Elroy escuchar el llamado de la puerta.
-¿Cómo se siente joven? – Pregunto el médico al llegar hasta Anthony, quien lo miró sorprendido, aún no podía asimilar tanta información que acababa de darle la tía abuela.
-William. – Dijo Elroy revelando el nombre con el que ahora sería conocido como un pseudónimo. – William A. Andrew. – Dijo una vez más, él médico solo sonrió a lo dicho por la matriarca ya que no le habían revelado el verdadero nombre del joven que atendía.
El médico se dedicó a revisar detalladamente cada una de las reacciones de Anthony, observando cada uno de sus movimientos, preguntándole un sinfín de cosas que él respondía de manera tranquila, observando de cuando en cuando a Elroy cuando no sabía qué debía responder, tomándose ella la tarea de hacerlo.
-Bien joven William. – Dijo el médico una vez que terminó la revisión. – A pesar del fuerte golpe que ha recibido en la cabeza, me sorprende ver que el daño no ha sido mayor, sin embargo yo aconsejo que esté bajo vigilancia las 24 horas del día para evitar algún problema mayor. – Dijo el doctor como recomendación.
-No se preocupe doctor, mi administrador se encargará de estar con él día y noche, así como la atención médica necesaria para su pronta recuperación. – Dijo Elroy con su ya habitual temple de acero.
-Me parece perfecto. – Dijo el médico dando las últimas recomendaciones que debían de seguir para completar con el tratamiento antes de salir de la mansión de las rosas.
-Permanecerás aquí hasta que te indique lo contrario. – Dijo Elroy con seriedad saliendo de la habitación que le habían asignado.
Anthony suspiró asustado con lo que le había pedido hacer la tía abuela, no sabía si era lo correcto, pero temía que si desobedecía sus órdenes Candy sería la más perjudicada, sabía que la tía abuela no se tentaría el corazón para lastimarla, tenía el poder de hacerlo y dudaba mucho que ella no lo utilizara en su contra.
-Candy, Candy, ¿Qué haré sin verte a diario pecosa? – Se preguntaba el joven quien sabía que sería muy difícil para él no volver a verla diariamente.
La enfermera que lo atendía era una persona demasiado fría y seria, muy parecida a la tía abuela y solo hablaba con él de lo que era estrictamente necesario, tenía órdenes de no responder de nada que no fuera su salud, además de que no estaba enterada de nada más.
-¿Qué sucede allá afuera? – Preguntó cansado de estar encerrado y en cama, incomunicado con todos. La enfermera lo miró de lado sin responder. – Vamos, no pasa nada si me dices un poco de lo que sucede afuera. - La enfermera lo miró con un poco de compasión y decidió hablar con él un poco antes de que llegara la tía abuela.
-Todos salieron al funeral del joven Andrew. – Dijo sin mencionar el nombre de la persona que estaban sepultando, ya que todos se referían a Albert como el joven Andrew, pero Anthony sabía que los demás creían que era él el que había perdido la vida en la caída del caballo.
-¿Todos? – Preguntó Anthony de nuevo impaciente por saber más.
-Bueno, no todos. – Dijo la enfermera suspirando, mirando a todos lados como si temiera ser escuchada. – La señorita Andrew se mantiene en su habitación aún inconsciente. – Dijo una vez más para sorpresa de Anthony.
-¿Qué le pasó? – Preguntó confundido por lo que le pasaba a Candy, en los dos días que tenía encerrado no había tenido noticias de la rubia y era la primera vez que alguien se apiadaba de su sufrimiento.
-Al parecer la muerte del joven Andrew la ha lastimado bastante y no deja de llorar su nombre entre sueños. – Decía informándolo de manera apresurada para no ser descubierta y decir lo más posible al muchacho.
-Quiero verla. – Dijo con ansiedad, dispuesto a levantarse para ir a su lado, sin importar ponerse él mismo en riesgo por su decisión.
-Por favor joven puede meterme en problemas. – Dijo la enfermera preocupada porque le quitaran su empleo. Anthony la miró con súplica deseando que lo ayudara a ir a ver a Candy aunque fuera unos momentos.
-Se lo suplico, ella es lo más importante para mí y al igual que yo ambos estamos sufriendo por la muerte de él. – Dijo Anthony sin atreverse a decir la identidad del difunto.
-Muy bien, ahorita que no hay nadie lo ayudaré, pero por favor espere a que yo me cerciore que no hay nadie más en la mansión. – Dijo la enfermera decidida a ayudarle a llevarlo hacia la habitación de Candy, quien seguía con fiebre también al cuidado de ella. Anthony asintió con una gran sonrisa, provocando ternura en la joven que lo cuidaba, era imposible no tener compasión por alguien que conmovía con tan solo una sonrisa reflejada en su rostro.
La enfermera salió y Anthony se atrevió a levantarse de su lugar, poniendo sobre su ropa de cama una bata que lo cubría para después calzar unas pantuflas que evitaban que hiciera ruido al caminar.
-¿Listo? – Preguntó una vez que entró la enfermera. Ella asintió en silencio y le hizo señas para que lo acompañara hasta la habitación de la rubia.
Anthony caminó con precaución detrás de la enfermera y llegó hasta la habitación de Candy, manteniendo el mismo sigilo desde que había abandonado su cuarto.
-Me quedaré aquí para cuidar que nadie entre. – Dijo la enfermera dispuesta a jugarse todo por Anthony, le partía el corazón que lo tuvieran apartado de todos, no comprendía como era posible que le hicieran algo así a un joven tan noble y bueno como él. Incluso ella que era un alma fría había llegado a sentir remordimientos por el trato que le daba la matriarca, incluso sin ser de su familia.
-Gracias. – Dijo Anthony con una sonrisa a la enfermera.
Anthony caminó hasta la cama de Candy, la cual estaba cubierta con los transparentes velos que formaban el dosel de la cama. Caminó ansioso, pareciéndole lejano llegar hasta ella, quien lucía pálida y con el rostro completamente reflejando dolor, un dolor en el que estaba sumida día y noche al estar padeciendo la pérdida de su primer amor continuamente, como si estuviera atrapada en un ciclo que no le permitía despertar.
-¡Anthony! – Decía entre delirios, sudando a montones en su frente por la fiebre que no la había abandonado desde el día del accidente.
-Aquí estoy Candy. – Dijo Anthony besando su mano con ternura para que lo escuchara. – Todo estará bien pecosa, no llores por favor, no sufras porque también yo sufro contigo. – Decía besando su mano repetidamente, acariciando su rostro con ternura, secando el sudor que corría por su rostro.
-Anthony no me dejes por favor. – Dijo Candy una vez más entre sueños.
-No Candy, jamás te dejaré, primero muerto antes que dejarte, te prometo que a pesar de que no me veas estaré a tu lado siempre, te cuidaré y te protegeré de lejos en todo momento, me convertiré en una especie de sombra protectora y velaré por tu felicidad aunque no pueda estar contigo. – Decía el rubio con el corazón verdaderamente destrozado, dolido por tener que renunciar al amor de su vida, deseando que pasaran los cuatro años necesarios para poder revelar su identidad y poder confesarle por qué se había mantenido oculto tanto tiempo, todo por ella, por su bien, por poder darle la vida que él sabía ella se merecía, una vida más tranquila que la que le podían ofrecer los Leagan.
-Anthony. – Dijo Candy abriendo los ojos lentamente al escuchar la voz del rubio entre sueños. - ¿Eres tú? ¿Estás bien? – Preguntó Candy aún con la respiración agitada, con el sudor en su frente y con los ojos entre abiertos, lucía muy débil aún.
-Soy yo Candy, he venido a despedirme por un tiempo. – Le dijo sin aclararle que estaba con vida.
-No te vayas. – Decía Candy acariciando su rostro con ternura, abriendo los ojos con dificultad por la debilidad que tenía en su cuerpo. – Quédate a mi lado. – Le decía a Anthony con súplica.
-Estaré siempre contigo Candy, viviré en tu corazón así como tú siempre vivirás en el mío. – Dijo Anthony con una sonrisa, acercándose a ella para darle un beso en su mejilla.
-Te amo. – Dijo Candy de pronto, causando una grata sorpresa en el corazón del rubio, quien se emocionó al escuchar aquella revelación que ella le volvía hacer como días atrás lo había hecho.
-Yo también te amo Candy, siento no habértelo dicho antes. – Dijo recargándose en su frente con impotencia por no haber revelado sus sentimientos antes de aquel accidente que los estaba obligando a separarse por muchos años. – Te amo tanto pecosa que no sé cómo soportaré estar lejos de ti. – Decía besando repetidamente su rostro.
-Anthony... – Dijo Candy con súplica una vez más.
-Dime... – Dijo Anthony con ternura, mirando sus dulces ojos verdes, los cuales seguían adormilados como si estuviese en un hermoso sueño.
-Dame un beso... – Dijo Candy cerrando sus ojos y levantando su boca para recibir el beso que estaba solicitando. Anthony se sorprendió ante su petición, sin embargo pensó que tal vez pasaría mucho tiempo antes de que pudiera hacerlo y no se imaginaba de las muchas trabas que la vida le pondría para que su amor se hiciera realidad.
Anthony se acercó a ella y besó sus labios con ternura, con timidez, sintiendo que su corazón dejaba de latir por unos segundos, alejándose el alma de su cuerpo al sentir una maravillosa sensación por probar por primera vez la delicada y cálida boca de una chica y más que no era cualquier chica, sino que era la jovencita que amaba, era la niña que él había elegido para esposa y que había jurado que así sería aunque todos y todas se pusieran en contra de ello.
-Te amo Anthony... – Dijo Candy con una sonrisa tímida, sus ojos se mantenían abiertos con mayor dificultad y su respiración comenzaba a relajarse, la fiebre cedía y Anthony no podía hacer otra cosa más que pedir por su pronto alivio, le dolía verla así y quería verla de nuevo de pie.
-Te amo Candy... – Dijo volviendo a tomar su boca, esta vez duró más tiempo el contacto que sus labios buscaban y Candy se dejó besar por él nuevamente, disfrutando como entre sueños aquel maravilloso beso que recibía por primera vez, pero que era tan deseado que jamás se negaría a compartirlo con él.
-Disculpe joven. – Dijo la enfermera quien interrumpía aquel beso entre los jóvenes. – Pero creo que ya es hora de irnos. – Dijo tímida al darse cuenta que los había interrumpido en su idílico romance.
Anthony asintió un tanto tímido al haber sido descubierto besando a Candy, sin embargo al ver la sonrisa en el rostro de Candy no pudo evitar sonreír una vez más. Besó su frente y salió de la habitación de la misma forma que había entrado, sin embargo su corazón dolía bastante, tenía tanto miedo de no volver a besar su boca, tenía tanto miedo de no volverla a ver, pero estaba convencido que lo que hacía era por su bien, por el momento se decía a sí mismo intentando ser optimista de aquella situación.
Los funerales se llevaron a cabo y pronto la vida en la mansión comenzó a ser más asfixiante para todos, mucho más para Candy quien sintió que ya no tenía caso continuar viviendo bajo el yugo de los Andrew sin tener el aliciente de ver a Anthony una vez más, nadie le había hecho caso cuando les había dicho que Anthony estaba con vida y que había estado en su habitación, para ella había sido tan real, sin embargo al ver el estado en el que habían quedado Stear y Archie y la propia tía abuela, la habían convencido de que había sido un hermoso sueño, uno que ella deseaba y que se manifestó en su mente para despedirse de ella a pesar de su negativa de dejarlo ir.
-No soporto verla así George. – Dijo Anthony a George, el cual estaba sentado en el escritorio esperando que Anthony pusiera atención en lo que le estaba explicando.
-No es fácil perder a una persona que se quiere tanto. – Dijo con pesar el buen administrador, al igual que él habían perdido a Albert y ambos estaban tristes.
-Lo siento George, a veces se me olvida que tú querías mucho a mi tío. – Dijo Anthony triste al ver que aquel buen hombre también sufría por su tío.
-No te preocupes Anthony, pudo ser peor la tragedia. – Dijo mirándolo con alivio al recordar que aquel día pudieron perder a los dos miembros más importantes de la familia.
-No entiendo cómo le hacía mi tío para mantenerse oculto de todos. – Dijo Anthony fastidiado de estar encerrado estudiando, preparándose para ser el nuevo líder de la familia. Aquella soledad a la que había sido sometido lo estaba matando, él que era un ser libre y lleno de vida, debía estar sometido ahora a las sombras de todos para poder cumplir con el gran mito del abuelo William.
George lo veía caminar de un lado para otro, sin poder evitar recordar a Albert en los primeros años de su entrenamiento. Parecía que volvía a verlo en sus inicios cuando también se desesperaba por el encierro al que había sido condenado.
-El joven Albert era muy parecido a ti. – Dijo con melancolía. Anthony lo miraba de cuando en cuando mientras veía desde la ventana a Candy quien seguía sin moverse de su lugar, llevaba largo rato sentada en el mismo sitio. – Tampoco le gustaba estar encerrado, es por ello que se disfrazaba de vagabundo y solo así podía salir de la mansión y vivir una vida libre y feliz. – Dijo recordando cómo lo ayudaba para que saliera a disfrutar de su vida. Habían llegado a un acuerdo y esa era la manera en la que comenzó por fin a vivir su vida al aire libre.
-¿Tú lo ayudabas? – Preguntó Anthony sin dejar de ver a Candy, esperando que él hiciera algo para ayudarlo a acercarse a la rubia.
-El joven Albert y yo teníamos una especie de pacto. – Dijo George con una sonrisa melancólica de lado.
-¿Qué clase de pacto? – Preguntó Anthony volviendo su vista por fin hacia George. George lo miró con tranquilidad y sonrió porque por fin ponía atención a él y no a la triste rubia que parecía un pajarillo en una jaula, privada de su libertad.
-El joven Albert se la pasaba estudiando para lograr aprender todo lo que debía saber acerca de los negocios familiares, a cambio de hacerlo yo lo dejaba vestirse de trotamundos para que recorriera el mundo y pudiera relajarse de todos sus deberes. – Dijo George con una sonrisa sin poder evitar sentir nostalgia por su antiguo protegido.
-¿Entonces me estás diciendo que si yo me comprometo a aprender todo, también puedo salir igual que lo hacía el tío? – Preguntó Anthony considerando esa opción, volteando a ver a Candy quien continuaba triste por la pérdida de él mismo.
-¿Serás capaz de hacerlo? – Preguntó George como retando su inteligencia, no porque dudara de su capacidad, sino porque sabía si lo conocía igual que a Albert haría todo lo posible por hacerlo así.
-Por ella sería capaz de atravesar el mundo por tal de cuidarla de cerca. – Dijo con la mirada puesta en la rubia. George sonrió enternecido por aquel inocente amor que había surgido en el hijo de su más grande amor.
-Te creo. – Dijo George con una sonrisa, sintiéndose identificado con el joven Brower ya que él había jurado que permanecería al cuidado de su hermosa Rosemary así ella no supiera de su amor. – Por amor, las personas hacemos las cosas más inverosímiles que jamás hubiésemos imaginado hacer. – Dijo sin dejar de ver al rubio que se mantenía mirando a Candy con verdadero amor.
A partir de ese momento Anthony comenzó a estudiar con mayor ahínco y empeño para poder tener tiempo de salir vestido de vagabundo como un día lo había hecho su tío, solo así podría salir y ver a Candy, solo así podría estar al pendiente de ella, podría cuidarla y a pesar de que ella no sabría su identidad podría verla cuando sintiera que su corazón lo necesitaba.
Candy abandonó la mansión de los Andrew abrumada por el dolor que sentía por la pérdida de Anthony y Anthony se sintió verdaderamente frustrado por no poder hacer nada para mitigar ese dolor, lo único que atinó a hacer fue dejarla que se refugiara en el hogar de Ponny para ver si en aquel lugar sus madres podrían ayudarla a sobre llevar el dolor que sabía la había dejado marcada de por vida.
Stear y Archie no la estaban pasando mejor que ella, sin embargo se forzaban a llevar la vida normal que tenían antes de que Anthony llegara a sus vidas.
-Creo que es hora de que se vayan a Londres. – Dijo Elroy a Anthony, quien la miró detenidamente.
-¿Crees que es bueno que vayan a ese colegio? – Preguntó inconforme, sabía que él no había muerto y sabía que era la decisión de su tía para que ellos continuaran con su vida.
-Es bueno para que superen su pérdida. – Dijo la tía abuela segura de que era lo mejor para ellos. Anthony asintió con el dolor en su pecho.
-Con una condición. – Dijo firme en su pedido. Elroy lo miró atenta a lo que pediría. – Quiero que Candy vaya con ellos. – Dijo mirándola de frente. Elroy asintió sin poner objeción, después de todo Anthony había hecho todo lo que ella le había pedido, no podía negarse a aquella petición que él le hacía por su protegida.
Anthony fue a dar ánimo a Candy en el hogar de Ponny cuando se enteró que Stear y Archie se irían a despedir de ella, le reprendió su continua tristeza para animarla a seguir adelante. Le dolía verla en ese estado sin embargo lo que quería hacer era quitarse aquella espesa barba que le picaba la piel y lanzar lejos los anteojos que le cubrían sus bellos ojos que la veían con un profundo amor. Deseó tanto identificarse ante ella y hacerle saber que estaba vivo y a su lado, que no tenía por qué llorar más y que lo único que tenía que hacer era esperar a que pasara un poco el tiempo para poder estar juntos para siempre, pero el temor de que la tía abuela ejecutara la amenaza hecha lo hacía detenerse a su impaciencia.
Candy viajó a Londres, conoció a Terry en aquel crucero y no sabía que Anthony había sido testigo de aquella presentación, ya que él viajaba junto a George quien había sido el designado por él para llevarla, porque sabía bien que George tenía que estar con él siempre y aunque fuera a escondidas él continuaba con la promesa hecha aquella tarde de su entierro.
Anthony fue testigo del amor que había surgido entre Candy y Terry y a pesar del dolor que le había provocado continuó con su mentira, esperando cumplir la edad necesaria para revelarse ante ella, aunque ahora creía que no era necesario hacerlo ya que la sabía perdida. Se había hecho sin querer amigo del nuevo amor de la mujer que amaba, lo había defendido de unos asaltantes sin saber quién era y había nacido una amistad entre ellos. Una amistad que ahora se sentía con el deber de respetar.
-George, creo que ya es suficiente de padecer este sufrimiento. – Dijo Anthony a su fiel amigo y administrador. Estaba cansado de ver como Candy cada vez se enamoraba más y más de Terry y él no podía hacer nada por evitarlo. Se había convertido en contra de su voluntad en un espectador de aquel amor que nacía en el colegio San Pablo y era algo que lo lastimaba de manera profunda.
-Te entiendo más de lo que crees. – Dijo George comprensivo, él había pasado algo similar cuando Rosemary se enamoró y comprometió con Vincent, la diferencia era que Rosemary no lo creía muerto y que ella jamás le había correspondido a su silencioso amor. - ¿Qué harás al respecto? – Preguntó George a Anthony, viendo cómo el ahora joven sufría tristemente su pérdida.
-Viajaré por el mundo, creo que lo necesito... – Dijo a modo de petición, sabía que no estaba completamente listo para tomar el cargo de la familia, sin embargo sentía que el dolor lo estaba consumiendo, ver a Candy tan enamorada de Terry lo lastimaba bastante y quería salir corriendo para no verlo de cerca. Quería poner distancia a ese dolor que la imagen de ella representaba en su corazón a pesar de que la llevaría por siempre en él.
-Entiendo. – Dijo George sintiendo empatía por él. – No te preocupes por la tía abuela, yo me encargaré de todo. – Dijo de nuevo el fiel administrador para ayudar a sanar la herida que tenía aquel joven, tan solo tenía dieciséis años y ya estaba sufriendo tanto por ese amor que había sido condenado precisamente por intentar salvarlo. Todo había salido mal como lo había presentido al momento que aceptó llevar a cabo aquella locura.
-Gracias George. – Dijo Anthony con un nudo en la garganta, sintiendo ganas de llorar, aguantándose el dolor que sentía por la pérdida de su gran amor, tal vez era muy pronto para sentir que así lo era, pero en esos momentos lo que necesitaba era huir de ella lo más lejos posible para buscar otra manera de seguir adelante.
-¿A dónde irás? – Preguntó George de nuevo. – Recuerda que estás aún a mi cargo y soy responsable de ti. – Dijo de nuevo para aclararle que tendría que viajar siempre a algún lugar donde él pudiera estar al pendiente de él.
-No lo sé, siempre quise conocer África. – Respondió Anthony desanimado a la pregunta de su protector. – Deseo ayudar a la gente que menos tiene George. y creo que ese continente tiene muchos países que necesitan ayuda de misioneros. – Dijo suspirando sin dejar de ver por la ventana, queriendo enfocar su desamor de una manera positiva a quien más lo necesitara.
-Muy bien, arreglaré todo para que vayas con alguien de mi entera confianza. – Dijo George para arreglar el viaje que el tío abuelo William tendría que hacer para que Candy continuara su vida libre y sin el peso del recuerdo de su amor.
Continuará…
