Necesidad. Hecho o circunstancia en que alguien o algo es necesario.

Aegon escucha los gritos poco después de meterse en la cama, no hacen una diferencia notable sobre sus ya difíciles noches. Lleva años sin dormir de forma adecuada. Las pesadillas reptan su descanso y el descanso nunca llega por temor a sus pesadillas. Demasiado para alguien que acaba de cumplir doce días del nombre.

Es verano, así que ha mantenido abiertas las ventanas de su recámara para que la brisa del Aguasnegras y el mar en el que desemboca le lleven algo de frescor. Afuera está oscuro, solo logra divisar las estrellas y el infinito mar. Más allá, entre las sombras, está Rocadragón.

Jaehaera vuelve a gritar en la habitación del lado. Aegon se levanta y se pone una bata, no va a llamar a ninguno de los sirvientes. En menos de diez pasos, está abriendo la puerta que le conduce a la habitación de su esposa.

En la enorme cama, rodeada por un dosel de terciopelo borgoña, la joven reina se mueve apresurada en su pesadilla. Sus puños blancos toman las esquinas de sus sabanas para arrugarlas, su boca se abre en un grito que no termina. Aegon sabe lo que ve, ella está otra vez reviviendo la noche en que el complot al interior del palacio, quiso acabar con su vida; damas y nobles que habían jurado protegerla a ella, protegerlo a él. Aegon también ha tenido los sueños de dagas en la noche, con el sudor frío recorriendo su espalda.

El Rey se siente agotado, cada día de cercanía con su reina le escarba más en los sentimientos, pero no puede odiarla. La habían intentado matar en su propia habitación, bajo el cobijo de la noche. La Danza ha sido terrible, no necesitan más motivos para estar aterrorizados.

Con cuidado, Aegon camina hasta el lecho y toca con suavidad el hombro blanco, perlado, que se ha escurrido fuera del camisón de dormir. La niña vuelve a temblar.

—Jae —susurra, mientras la mueve—. Soy yo, Aegon.

Los ojos purpura que se abren ante él están llenos del más puro terror. De la fina y pequeña garganta emerge otro grito. Aegon ha escuchado de los escuderos mayores que los gritos de una mujer en la alcoba son lo mejor que puede recibir un hombre, pero no cree que sea algo remotamente parecido a esto. No considera posible mirar a la cara de esta muchachita y obligarla a algo que lo va a hacer sentir culpable hasta el último de sus días.

Los susurros de su Consejo lo persiguen.

—Soy Aegon, tu primo. No pasa nada, estás a salvo —recita, al tiempo que pasa sus dedos por el sedoso cabello de la niña. Ella hipa, sin reconocerlo o echarlo.

No piensa que eso pueda ser un gran consuelo, dos años atrás no eran más que enemigos, bandos opuestos de una guerra, aunque llevasen el mismo apellido. ¿Antes de eso se habían encontrado alguna vez? Aegon recuerda vagamente a Jaehaerys y a la madre de ambos, Helaena. Su esposa, le han dicho, se parece mucho a su madre, con la misma mirada suave y el tratamiento alegre para quienes son sus favoritos. También es conocida por su actitud retraída, sus palabras vagas, y los seis dedos en su mano derecha —un símbolo de los dioses, han dicho los maestres—.

Pasa un minuto allí, de pie, acariciando la pequeña cabeza con una ternura que él mismo no recuerda haber recibido nunca. Su madre, obligada a la guerra y a defender su corona, había sido fría y fiera para cuando él pudo retener memorias.

La habitación está caliente, encerrada, y las ventanas reflejan una luna agresiva. Aquí el mundo parece detenido, contenido para su admiración.

Es la Sala del parto, construida por el rey Jaehaerys para su esposa. Está al lado de las cámaras reales, por lo que el señor puede entrar y salir del cuarto mientras la parturienta pasa por lo peor de la sesión. A pesar de su nombre y del uso que le dio el viejo rey, Aegon sabe que sus antepasados solo albergaron amantes en él —esas amantes, esas otras esposas, son parte del problema que los mantiene atados—.

Hizo traer aquí a Jaehaera después del intento de asesinado para asegurarse de que nadie, nunca, intentase acabar con su vida una vez más. No es el mejor marido, pero si puede ser un buen protector.

Hay dos golpes en la puerta.

—Adelante —dice con voz clara. Jaehaera, que permanece despierta, se vuelve sobre sí misma como un cachorro herido.

—Su majestad —dice el Guardia Real, desde el pequeño agujero por el que emerge su cabeza—, ¿Está bien todo con su alteza? ¿Necesitan algo?

—No, Ser Robin, La Reina tuvo una pesadilla, eso es todo. Gracias. Regrese a su puesto.

—Claro, señor —la voz del hombre resuma preocupación. Es la única persona autorizada para custodiar la puerta de los reyes desde hace casi un mes. Los demás caballeros del castillo han empezado a bromear diciendo que se convertirá en búho.

Aegon lo enviaría a descansar si eso no le pusiera los pelos de punta. No confía en nadie más en la fortaleza, a excepción de sus dos primas gemelas y ellas tampoco quieren a su reina. Ser Robin había sido echado por Unwin Peake, pero, ahora que está muerto, Aegon había insistido en que reemplazara al medio hermano de éste, ahorcado y sin insignias.

Suspira. No cree que ningún niño de doce años tenga preocupaciones tan molestas.

—Aegon —la voz de Jaehaera es pequeña y tímida como ella.

—Sí, su alteza.

No tiene una respuesta en palabras, pero ella se corre hacia atrás haciendo espacio en la cama. Está de más señalar que es la primera vez, en más de dos años de matrimonio, que el Rey es invitado a la cama de su esposa. Cuando se habían casado, Jaehaera le temía y él mismo estaba más propenso a los arrebatos de mal humor que a prestarle atención. Se habían casado por deber, se habían besado por tradición y estaban juntos porque los enemigos los matarían por separado.

Se sube en la cama con cuidado, sabe que Jaehaera valora el espacio. Él también. Ambos valoran no ser prisioneros. No de nuevo. El pensamiento es atroz.

—Duerme, Jaehaera. No me voy a ir.

La niña, a su lado, emite un sonido de reconocimiento. En pocos minutos, el sonido de su respiración suave, invita a Aegon a dormir también.

Tiene sueños inquietos. Hay dragones, dragones que vuelan muy alto. Está en las almenas de un castillo. Jaehaera, a su lado, tira de su manga para guiarlo dentro. La sigue, por instinto, y se pierden en laberintos de roca negra. Los dragones aletean fuera de las paredes, o entre ellas. Aegon quiere hacer preguntas, pero, cuando atrapa una, Jaehaera se detiene, para desaparecer tras una ventana.

La Mano es quien lo despierta al día siguiente.

El sol entra a raudales por las ventanas altas de la habitación y Jaehaera está pegada a su costado, todavía durmiendo, sin emitir sonido alguno.

—Mi señor, lo estamos esperando en la Sala del Consejo.

Aegon odia a su Consejo y odia las reuniones, pero jamás les brinda el placer de ausentarse de sus deberes. La mayoría de los días los espera, sentado a la cabeza de la mesa, ojeando un libro cualquiera.

—El Gran Maestre me envió a buscarlo. Nos preocupamos cuando no apareció. Aunque lo encuentro en buenas manos.

Aegon le da una mirada enojada. Sale de la cama con cuidado y le hace señas al hombre de seguirlo hacia su propia habitación.

Ser Marston es una Mano, por lo pronto, leal. Aunque, como todo caballero, tiene más tino para las batallas que para los asuntos del Estado. Aegon lo quiere más de lo que toleraba a Lord Peake.

En su habitación, encuentra a dos pajes y una dama con su ropa para el día y un desayuno. Todos miran hacia su dirección con inquietud nada disimulada.

Toma su ropa y comienza a cambiarse tras uno de los separadores. Uno de sus pajes le ayuda con las correas y múltiples botones. A partir de este momento, no tendrá momento de soledad hasta que logre escaparse a la biblioteca u otro lugar.

—Temo decirle, mi rey —comienza La Mano—, que hemos recibido una carta del Norte. Lord Stark ha insinuado que fue el Consejo quien quiso acabar con la vida de la Reina y lo insta a destituirnos a todos.

—No creo que Lord Cregan haya usado el término destituir.

No. El norteño había sido la única persona sincera con él desde el principio, siendo claro sobre los alcances del poder y el uso que le daban los hombres sin freno para su ambición.

—Claro que no, señor —no puede verlo, pero imagina que Ser Marston está jugueteando con el pomo de su espada.

—Aún no han encontrado a quienes huyeron luego del intento de asesinato de Jaehaera, eso sería un buen motivo de destitución —sugiere, aunque con la muerte de Lord Peake, quedaron más que claras las consecuencias que iban a enfrentar.

Odia a sus regentes, a su Consejo. Todos siguen pensando en los tiempos de su madre y su tío, en las rencillas por los colores de los vestidos. Si pudiese cambiarlos por jóvenes con más ideas, con entusiasmo por hacer las cosas y no solo contenerlas, podría pensar en respirar y no preocuparse tanto. Aegon está cansado de la indulgencia.

—Tendrá que esperar a su mayoría de edad para eso.

—¿Para que me digan por qué intentaron matar a mi esposa? —pregunta, caminando hacia la mesa del desayuno—. Es una Targaryen, merece respuestas.

Ser Marston tiene la decencia de parecer apenado.

Aegon desayuna sin apetito. Los huevos revueltos y el pan caen como piedras en su estómago.

Antes de salir deja órdenes a las damas de compañía que esperan frente a las puertas de su habitación.

—Traigan un baño caliente para la Reina, ropas frescas y un desayuno suave.

Por mucho que todos intenten compararlos, Aegon se ha dado cuenta de que tiene los mismos vicios traumáticos de su prima. Si él no ha conseguido pasar más que un par de cucharadas, ella seguro vomitará.

Van a estar juntos el resto de sus días, más le vale cuidarla.