Hola! Esta nueva historia es un tanto más personal… es un poco de las cosas que he vivido con mi hermana y del dolor que significa vivir con alguien a quién a pesar de todo lo que se le ama no se puede ayudar…

Así que espero que lo disfruten ^^


Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer;

La historia es nuestra xD


CÁP. 01: ¿Bienvenida?

Bella POV

El día a día no era más que una seguidilla de números en el calendario que, desde hace un tiempo para acá, jugaban en mi contra. Iba tarde, como nunca.

Hacía frío. Mucho. Lo que era extraño y desagradable. Amo el sol. El olor a asfalto, a aire cálido... el silencio de la ciudad dormida por la mañana, todo ello hacen que me levante temprano para poder caminar junto con mi hermana al colegio. Tenía coche, pero el establecimiento estaba demasiado cerca. Sin embargo, hoy no podría disfrutar del único momento en que Nessie no era hostil, en el que me tomaba de la mano y caminaba conmigo permitiendo que envolviera sus delicados dedos entre los míos para que no se congelara.

Phoenix era una ciudad ruidosa, gigantesca y calurosa, muy gris y polvorosa dependiendo la época del año. Aunque, generalmente, el sol abrasador iluminaba el firmamento.

Esa mañana una densa niebla cubría las calles haciendo prácticamente imposible ver el camino pero, no había tiempo para sentir miedo o preocuparse por perderse, Además, conocía bien ese camino. Llevaba once años andándolos cada mañana. Algún día debía de servirme la experiencia.

Nessie ya se había ido. A estas alturas estaría en la cafetería desayunando. Yo no alcanzaría. Me sentía estúpida ¿Cómo pude haberme quedado dormida justo hoy? ¿De todos los días de mi vida tenía que ser hoy?

Me negaba a entender las maniáticas supersticiones de Renee pero por una de sus ideas atolondradas mañana dejaríamos esta ciudad. Renee creía que había sido hechizada por la ex mujer de Charlie, mi padre, que vivía a dos calles de nosotros. Sinceramente, yo no le veía la gracia a sus ideas tontas.

Hoy debía despedirme de mis compañeros, profesores y del director que más que eso era como mi padrino. Además, más a la tarde tendría que renunciar al ballet y despedirme de mi instructor, tendría que dejar el equipo de animadoras y la presidencia del curso. Ahora que lo pienso, era una persona bastante ocupada. Pero claro, eso a Renee no le interesaba. Solo existía para ella su inmunda paranoia.

Charlie no estaba mejor que yo. Debido a que la situación era ya insostenible tendría que renunciar a su trabajo y aventurarse en lo desconocido. Pero él pensaba que era lo mejor para Renee y su amor por ella le daba la suficiente fuerza para soportar sus gritos y para llevar a cabo esta locura.

Vanessa apoyaba a Renee a ojos cerrados. Ambas compartían el odio hacia mis hermanastros y, en especial, a la madre de ellos. A mí me daba igual. Jamás he odiado a alguien, ni siquiera a mi abuela que había admitido abiertamente su desprecio hacia mí, menos a ellos que no han hecho nada tan malo a mi parecer y, sobre todo, nada que Charlie no mereciera.

Sin embargo podía distinguir el dolor que apenas de colaba por la férrea desición de mi hermana. Recree en mi mente la discusión que había tenido con mi madre el día que se decidió a comunicarnos su idea. Le había rogado que no lo hiciera, le había gritado que todo lo que importaba estaba en este pueblo, no en otro. Finalmente, había llorado y admitido que no me importaban ni ella ni sus crisis de pánico, que tampoco me importaban mis tíos y sus hijos. Incluso le había propuesto el quedarme en casa de uno de mis tíos y así le evitaba los malos ratos que seguramente pasaría estando yo allí, en aquel lugar desconocido e increíblemente húmedo.

A ella no le importó, por supuesto, y se dedicó a ordenar todo lo que ella consideraba necesario para el viaje.

Hoy ni siquiera tenía mi camiseta de licra favorita. Según Nessie me había dicho-gritado se encontraba sepultada bajo un sin fin de cazadoras dentro de una de las tantas maletas que habían esparcidas por la habitación.

Antes de darme cuenta había llegado al colegio. Justo a tiempo cabe destacar. La Señorita Maryoris estaba cerrando la puerta cuando me vio irrumpir en el silencioso pasillo jadeando.

Ella me sonrió. Era una joven maestra de 25 años, de baja estatura y menuda. Tenía la piel blanca, casi tanto como yo pero ella no parecía enferma, y los ojos verdosos. Usaba el cabello corto por sobre los hombros de color castaño, un delantal blanco pues enseñaba química, sus infaltables vaqueros ceñidos de color azul oscuro y unos botines negros en punta con tacones aguja de varios centímetros. Ella era mi ídolo.

-¿Acabas de llegar? -preguntó suavemente, me pregunté como podía una persona como ella mantener a un curso de cincuenta alumnos tranquilos durante noventa minutos.

-Si.

-Ve a desayunar y luego te pones al día.

Fruncí el ceño. A ella le encantaba taparnos en materia y actividades desde que empezaba la clase hasta que ella misma la daba por terminada, a veces varios minutos después del final establecido.

-No te preocupes -me consoló-. Solo haré un glosario y añadiré los ítems que deben estudiar para el siguiente examen.

Le agradecí y corrí a la cafetería por mi ansiado desayuno. Me sentía de ánimos para un reconfortante café con leche y galletas de avena. En realidad estaba desesperada por algo caliente. El otoño aquí era un de las estaciones más frías. La escarcha cubría todo lo que se quedara quieto por más de tres minutos, en el caso de la tierra la congelaba al punto de quebrarse como una varilla de vidrio.

Entré al calido comedor y me acerque a la señora Nieve, una de las cocineras, y le di los buenos días. Ella era una mujer de edad con ojos oscuros en un rostro moreno y cabello corto.

Desayuné rápidamente sintiendo el peso de estar sola en aquella mesa. Odiaba comer sola, pero esta vez no tenía alternativa.

Volví al salón y me senté junto a Jessica, mi mejor amiga.

La mañana paso sin contratiempos exceptuando las lagrimas de Teresa mientras me repetía hasta el cansancio que me extrañaría. Sin embargo no sentía pena ni alegría, sentía algo más. Una leve punzada en el estomago me acompañó el resto del día.

No había llorado. La pena había sido menguada por el presentimiento que asechaba mi inconsciente. Estaba pensando en eso cuando un dolor en mi pecho impidió el paso del aire hacia mis pulmones obligándome a jadear por la falta de oxigeno. Hans, un amigo de otro grado, me sostuvo justo antes de estamparme contra el suelo de concreto. Volví a jadear mientras intentaba abrir los ojos para enfocar la vista. Sentía como si me estuvieran clavando cientos de agujas en los pulmones y el corazón, podía percibir el peso de mi pulso sanguíneo tras mis oídos. Me llevé las manos sobre mi pecho izquierdo impresionada por el agudo dolor que mantenía tensados todos mis músculos y alteraba mi sistema nervioso. Hans me miraba con el ceño fruncido, parecía que me estaba hablando pero su voz era obstruida por un zumbido que atontaba mi sistema auditivo.

Y de pronto, así como vino, el dolor cesó. Atontada alcé la cabeza y vi a Hans y a Jessica inclinados hacía mí. En algún momento el primero me había sentado apoyando mi espalda contra la pared. Con gesto ansioso, Jessica recorrió mi rostro con sus manos y sus ojos color miel. A ellos se había unido el inspector, un hombre de estatura media y piel morena, intimidantes ojos negros y rostro severo, pero las personas como yo, que lo conocían de verdad, sabíamos que era un hombre sumamente amable y comprensivo, estricto y moralista pero, por sobretodo un guía sabio y un excelente dador de consejos. Me observo detenidamente antes de acuclillarse a mi lado.

─Niña Bella, ¿Puede oírme?

Asentí con un cabeceo casi imperceptible.

─Esto se lo diré una vez más. Debe ir a ver al médico.

─Sólo es el estrés por la mudanza.

─Hace un mes, cuando se desmayó ─me recordó─, ni siquiera había planes para mudarse, de hecho, en ese entonces estaba segura de que se graduaría aquí.

─Bella, puede ser grave. Cuando te encuentre moribunda en algún pasillo vas a hacernos caso ─me regañó Hans─. Tal vez ni en ese momento. Dime, ¿Quién va a salvarte de romperte la cabeza en ese otro colegio al que asistirás?

─Ya basta, Hans ─lo cortó Jessica─. Sólo lo estas haciendo peor.

─Estoy bien ─aseguré─. Hans, don Jorge, Les prometo que iré al médico apenas pueda. De seguro no es nada grave.

─Eso espero ─murmuró Jessica con un suspiro─. Ahora mueve ese trasero tuyo a la sala de música. Don Sergio se enfadará si llegamos después que él.

Al entrar al salón todos me miraron con tristeza. ¿Tan patética me veía? Pestañeé alejando las lágrimas traicioneras de mis ojos y me escabullí hasta el fondo del salón junto a mi chello. La clase de música la compartíamos con dos cursos más. Entre todas las personas que allí habían también se encontraba Hans, él era un experto en guitarra clásica mientras que Jessica tocaba maravillosamente la viola. Eran personas sumamente talentosas.

La clase pasó sin mayor novedad. Don Sergio nos aplicó uno de sus exámenes sorpresa para que "rodaran cabezas". Nada más falso. Él lo hacía para ayudarnos a subir las calificaciones, una prueba de ello fue que como objetos de análisis nos puso "La Traviata" de Giuseppe Verdi, el Estudio nº 3 MI M de Freddy Kempf y "El Cascanueces" de Piotr Ilich Chaikovsky representada por la filarmónica de Berlín. Esas eran sus piezas favoritas, llevábamos años escuchándolas… estudiándolas… ¡No había forma de que saliéramos mal de ese examen!

Le sonreí cuando la clase finalizó y me encaminé hacia la dirección intentando absorber todo lo que me fuera posible del entorno. Extrañaría tanto ese lugar. Había crecido allí, conocía a todas las personas que trabajaban por sus nombres de pila incluso conocía la fecha exacta de sus cumpleaños. Este lugar era mi hogar.

─Señora Nelly ─llamé después de tocar a la puerta─.

─Niña Bella ─me sonrió─. Tengo tus documentos listos, lamento la demora pero Sergio vino hace solo unos instantes a decirme que había otra calificación que agregar a tu historial.

Me reí.

─Si, es cierto. Hoy nos puso en la guillotina.

Me tendió una carpeta con mis archivos dentro. Cuando fui a tomarla noté que mis manos temblaban. Me apresuré a despedirme y huir de allí. No quería llorar. Entonces el presentimiento de la mañana se hizo claro ante mis ojos humedecidos. Incluso sin quererlo, olvidaría gran parte de lo que había vivido aquí. Mi memoria era tan débil. ¿Cómo lograría atesorar cada uno de los momentos que me habían hecho tan feliz cuando al pasar el tiempo haya olvidado la esencia que se acumulaba en el viento?, ¿Cuándo no queden vestigios de los matices exactos de los colores de las murallas?

Respiré hondo alejando estas inquietudes de mi mente. No tenía caso que me preocupara ahora por ello, ya buscaría la forma de recordar a medida que vaya olvidando. Aunque, tal vez, esta vez mi memoria no me fallaría y lograría recordarlo todo.

Me acerqué a los ventanales del tercer piso y mis ojos se perdieron recorriendo el césped de lustroso color verde resplandeciente por el sol y la humedad de otoño. Pronto comenzarían a caer las hojas. Todo volvería a comenzar

::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::

Edward POV

El despertador inició su irritante alharaca matutina a las seis en punto. Lo odiaba. A esa hora de la mañana odiaba todo. Sentía deseos de que fuera una persona y pudiera estrangularlo por arrebatarme mis preciadas horas de sueño. Me levanté sintiendo como el frío me calaba los huesos. Sin duda, el frío era lo que más odiaba de Forks. No, el frío era lo que más odiaba, punto.

Si bien había vivido toda mi vida aquí no lograba resignarme a los días oscuros por los cielos cubiertos de nubes negras, al frío que se extendía durante las veinticuatro horas del día ni el eterno invierno que se adueñaba de todas las estaciones. Aquí no había primavera, con suerte y se lograba disfrutar de un mes de verano. ¡Maldita Canadá! ¿No podía estar más lejos?

Gruñí algunas incoherencias mientras me bañaba, el agua caliente calmó un poco mi mal humor, lo suficiente para presentarme frente a Esme, mi madre, sin refunfuñar.

Carlisle no soportaba que mis hermanos o yo descarguemos nuestras frustraciones contra Esme y se ponía de un humor de perros cada vez que sucedía. Mi padre generalmente era un hombre amable y paciente pero amaba demasiado a mi madre y lo sacaba de quicio el que ella sufriera aunque sea un poco.

No voy a mentir, no lograba entender totalmente la forma en la que mis padres se amaban, era casi enfermizo, a veces demasiado cursie. Pero cuando observaba a mi madre con sus ojos dulces color caramelo, su gesto amable, su preocupación y el aspecto frágil y rompible que poseía un instinto protector afloraba desde mi alma obligándome a hacer lo mejor posible para que ella no sufriera.

Bufé. Todo ese sentimentalismo era culpa de Carlisle. Tanta azúcar iba a terminar haciéndolo insulinodependiente. Por suerte, Emmett y yo, no habíamos heredado esos genes.

Mi hermano era un poco menos que un mujeriego. No cambiaba chica a diario pero jamás había tenido una novia permanente. Yo no tenía tanta suerte. Claro que mi mala suerte era parte culpa del bueno para nada de mi hermano. El muy imbécil había apostado con Jasper, su mejor amigo, que yo no podría soportar más de una semana con una chica. A lo que yo, haciéndome el machito, había aceptado. Ellos elegirían a la chica con la que debía salir lo que no me importaba o eso creía. El par de jodidos maricas fueron lo suficientemente malditos como para elegir a Tanya Denali como mi conquista.

Tanya, físicamente, era la mujer perfecta. Alta, piel blanca, ojos azules, cabello rubio rojizo, cuerpo de infarto, incluso era una de las chicas más inteligentes del instituto. El problema: me acosaba desde que tengo memoria.

Los Denali eran familia política de mi tía Claire, hermana de Esme, por lo que habíamos crecido juntos. Cuando era niño pasaba la mitad del tiempo escondido en el desván junto a la puerta de la cocina esperando que esa pequeña niña con la voz chillona me dejara en paz. El puto maricón de Emmett solía delatarme solo para cabrearme. Al final del día estaba cubierto de rasguños. ¡Maldita niña loca!

Y ahora esa maldita niña loca con la voz aún chillona que me produce migrañas se creía mi novia. Había terminado con ellas al menos unas tres veces pero ella no se daba por enterada, ¡era como hablarle a una puerta!

Emmett y Jasper la pasaban de maravilla a mi costa durante los recesos. Incluso Jake, mi mejor amigo. Durante las últimas cuatro semanas me habían utilizado como blanco de todas sus putas bromas. Me estaban volviendo loco.

Emmett y Alice, mi hermana menor, bajaron corriendo las escaleras. La tierna Alice tenía de tierna lo que yo de moreno. Era una pequeña bruja con una sonrisa dulce y una mirada que destilaba inocencia. Todo el que le conocía le tenía un miedo atroz, incluso el grandulón de Emmett había caído en sus garras más de una vez. Uno de los más grandes traumas que habíamos desarrollado por su culpa inició cuando aún éramos niños, ella nos había manipulado con ese endemoniado puchero obligándonos a vestirnos a mí con un estúpido disfraz de princesa rosado y blanco y a Emmett con un horrible tutú de color rosa bebé. Kate e Irina, las hermanas de Tanya, se habían partido de la risa de nosotros durante horas, mamá, en cambio, decía que había sido hermoso el que mi hermano y yo hayamos hecho eso para hacer feliz a su "princesita". Todavía era tema de conversación obligatorio en las fiestas familiares por lo que yo aún me escondía en el desván intentando pasar desapercibido.

Era un jodido cobarde, lo sabía, pero no soportaba la risita tonta de Irina ni la sonrisa inocente de Alice, las odiaba tanto como a la voz chillona de Tanya.

Los tres nos montamos en mi coche, mi amado volvo, para ir a clases. Cuando doble para salir a la carretera noté que Alice a mi lado se removía inquieta. Parecía ansiosa por algo pero prefería mantenerme al margen, no vaya a ser que esa bruja me arrastre con ella en alguno de sus planes. Emmett no fue tan listo.

─¿Es qué no lo sabes, hermanito? ─chilló─. ¡Hoy tendremos compañeras nuevas!

Emmett me miró confundido, yo me alcé de hombros. No tenía idea.

─¿Y eso qué?

─¡Ay! ¡Los hombres nunca entienden nada! ─refunfuñó─.

Milagrosamente, Alice no dijo una sola palabra más durante todo el viaje hasta el instituto. Se bajo del coche de un salto y se despidió de nosotros agitando una mano.

─¡No agobies a esas chicas! ─le grito Emmett mientras se alejaba─.

Alice le respondió con un poco femenino gesto con el dedo. Rompí a reír inevitablemente hasta que unos brazos se enredaron en mi cuello y un fuerte olor a vainilla se coló por mi nariz. Distinguí el extraño cabello rizado de Tanya justo bajo mi barbilla. Bufé. Fue el turno de Emmett para comenzar a reírse.

Me quite a Tanya de encima y la miré reprobatoriamente, ella puso los ojos en blanco.

─Eres demasiado serio, mi amor.

─No soy tu amor ─dije con los dientes apretados─. ¿Cuándo vas a entenderlo?

Ella se giro para conversar con Jasper que acababa de llegar ignorándome por completo. En momentos como ese deseaba poder jalarme el cabello hasta arrancarlo de raíz.

─Rose dice que es agradable ─estaba diciendo Jasper a Tanya─.

Rose o Rosalie es la hermana gemela de Jasper. Una rubia aún más perfecta que Tanya pero con un carácter de mierda. Enemiga irreconciliable de Emmett y amiga intima de Alice. Ambas nos habían hecho tantas cosas que, si fuera más joven, rompería a llorar de solo recordarlo.

El timbre sonó y todos nos dirigimos a nuestras clases. Al parecer, seria un largo día.

::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::0::

Bella POV

Habíamos llegado a Forks hace ya dos días. Dos horribles días y todavía no terminaba de desempacar. Tal vez una parte de mi subconsciente aún tenía esperanzas de que Renee se diese cuenta del error que había cometido y se decidiera a volver, pero como siempre Dios no estaba de mi lado.

La casa era bastante linda, eso era cierto. Las habitaciones eran espaciosas y olía bastante bien. Eso último era realmente importante para mí. Yo no era quisquillosa con los objetos o las personas pero me dejaba llevar siempre por el olor que poseían. Jessica y Hans eran personas que olían realmente bien, ese era uno de los motivos por los que me sentía tan cómoda estando con ellos. El aire de la casa olía a limpio y fresco, la hierba buena, que había sido plantada por los dueños anteriores, abundaba a los alrededores de inundando las habitaciones de su delicado y delicioso aroma.

Respiré hondo llenado mis pulmones de ese aire sanador. En definitiva este lugar olía mucho mejor que Phoenix (Punto para Forks) pero llovía demasiado (Punto para Phoenix). El marcador estaba Phoenix tres, Forks dos.

Me reí de mi estado de idiotez momentáneo. El silencio siempre me obligaba a divagar.

El silencio…

Me levante de la cama donde hasta hace un momento había estado cavilando de un salto. ¿Por qué la casa estaba tan callada? Palidecí ¿Dónde estaba Nessie?

Repasé todas mis pertenencias. Superficialmente parecía no faltarme nada. Cuando Vanessa estaba en silencio era porque estaba haciendo algo horrible o, en su defecto, planeándome una emboscada durante la cual algunas de mis cosas pasarían a mejor vida.

Salí de la habitación intentando no hacer ruido y la cerré con llave. Caminé por el pasillo hasta su cuarto que, al igual que el mío se encontraba en el segundo piso. No se oía nada desde dentro. Pegué mi oreja derecha a la puerta para oír mejor, nada. Tome la manilla pero la habitación también estaba cerrada. Un leve estruendo me hizo pegar un salto. Corrí hacia la ventana al tiempo para ver como mi lindo coche era secuestrado por esa pequeña mocosa. ¡¿Cómo no había notado que faltaban las llaves del coche sobre la cómoda junto a mi cama?

Me lleve las manos al rostro y fregué con las palmas mis ojos para alejar la indignación. Tenía la mandíbula tensa mientras intentaba controlarme para no empezar a chillar como una desquiciada. ¿Qué iba a hacer ahora? Esa niña tenía apenas 14 años ¿Y sí la atrapaba la policía? …¡Oh, por Dios! ¡Me quitarían mi bebé!

─Dios, por favor, que no la encuentre la policía ─murmuré desesperada─.

Bajé corriendo las escaleras hasta el porche trasero. Renee todavía estaba acomodando algunas de sus plantas que serían considerablemente más felices con el clima de este pueblo que con el calor abrasador de mi ciudad natal.

─Mamá ─solloce-. Haz algo por favor.

Ella me miró asustada pero con cautela.

Tenía que jugar bien mis cartas para asegurarme de que Renee me ayudara esta vez.

─Es Nessie. Tomó mi coche y se ha ido. ─ "No menciones la policía", me repetía mentalmente─ ¡No pude alcanzarla! ¿Y si le pasa algo? ¡Apenas esta aprendiendo a conducir!

Renee abrió los ojos como platos cuando su cerebro proceso toda la información. Y luego… hizo justamente lo que yo no quería que hiciera: llamó a la policía. Genial.

Una hora después Renee y yo estábamos frente al jefe de policía Hale, la primera intentando negociar la condena de mi estúpida e impulsiva hermana menor y yo suplicando porque dejará en libertad a mi bebé.

Mientras intentaba decidir entre llorar o no, una hermosa chica alta y rubia entró tranquilamente a la oficina.

─Rosalie ─dijo el oficial─, en estos momentos estoy ocupado, cariño.

─Lo siento tío, pero es urgente. ─suplicó con una expresión que partía el alma─.

Gran truco, pensé para mí misma.

─Espérame un momento. Voy de inmediato ─le dijo, Rosalie salió a paso tranquilo de la pequeña y desordenada habitación─. Señorita Swan, su auto estará detenido toda la semana. De esa manera aprenderá a no dejar las llaves a la vista de un niño.

Estuve tentada a armar un escándalo pero mi carácter pacifico me lo impedía. Enterré las uñas de mis manos en mis palmas y salí de la oficina sin despedirme. Afuera Rosalie estaba sentada en una de las sillas plegables. Llevaba unos jeans azules desgastados y una cazadora gris con botones grandes, botas negras hasta la rodilla con tacón aguja.

Me miró e hizo un gesto para que me acercase. Por un momento me sentí intimidada ante su belleza pero intente mantenerme serena.

─¡Hey! ¿Qué te paso?

─Tu tío ha encerrado a mi bebé ─gimoteé─.

─¿Bebé?

─A mi coche.

─¡Oh! ¡Eso es horrible! ¡Si encerraran a mi osito me moriría de pena y desesperación! ─sollozó─.

Ambas nos miramos unos momentos y luego rompimos a reír.

─Soy Rosalie ─dijo tendiéndome una mano─.

─Dime Bella ─le sonreí─.

Rosalie era una chica extrañamente agradable. Algo mal hablada y, por lo que pude notar, absolutamente rencorosa. Sin embargo, había algo en su franqueza que la hacía dulce y que lograba que se le perdonase cualquier incordio que haya soltado antes. Amaba a su auto casi tanto como a su hermano me confesó en un aparte, pero que este último podía irse al infierno si con ello evitaba que algo malo le pasase a su "osito".

Se ofreció a llevarme a clases durante la semana a lo que yo accedí encantada. No me hacía nada de gracia la sola idea de caminar tres kilómetros hasta el instituto. Sé que había dicho que me gusta caminar pero no sería lindo hacerlo mientras la lluvia cae torrencialmente sobre mi cabeza.

Renee salió a los pocos minutos y Rosalie se despidió de mí mientras entraba a la oficina del Oficial Hale. Sus ojos estaban llorosos. Leí en su expresión que quería que le preguntase. Suspire fastidiada mientras dejaba que las palabras salieran de mi boca.

Al parecer Nessie se quedaría esa noche en el calabozo lo que secretamente me agrado, se lo tenía merecido por haberse robado a mi bebé y logrado que lo encerrasen. Además, tendría que pagar cincuenta horas de trabajo comunitario por manejar siendo menor y sin un adulto con licencia. Lo malo: tendría que supervisarla porque Renee no se confiaba de lo que podría pasarle a su tesorito.

Tuve ganas de llorar. ¿Es qué acaso no le era suficiente con que haya perdido mi coche por culpa de su "tesorito"? ¿También tenía que arruinar mis horas de descanso por su causa? Al parecer, si.

Lunes por la mañana. Estaba tan nerviosa que me había vuelto diez veces más torpe. No había sido la nueva desde el preescolar y eso no cuenta por que allí todos son nuevos. Siempre había ido al mismo colegio y era un experta en hacer sentir a los demás como en casa. Una excelente anfitriona había dicho mi profesor de artes durante una muestra abierta al público en general. Pero ahora era totalmente diferente. Ese no sería mi entorno familiar y ya no estaría Hans. ¡Oh, por Dios! ¡Hans tenía razón! ¿Quién iba a salvarme antes de que me rompa el cuello en un ataque de torpeza? ¡Decidido! Iba a ponerme mis converces negras. No poseían tacón aguja pero me mantendrían durante más tiempo de pie.

Me mire al espejo que había instalado junto al armario de mi cuarto. Me veía enferma. Tenía la piel demasiado blanca y el cabello demasiado oscuro. Ambos eran bonitos pero en un lugar como Forks, donde el gris y el verde dominaban los espacios, parecía que sufriese de insomnio. Suspiré a sabiendas de que no había nada que pudiese hacer. Tomé mis cosas, incluso las llaves de mi coche y baje a desayunar.

Solo Renee estaba en la cocina.

─¿Y Nessie?

─Se fue hace unos momentos con tu padre. Dijo que prefería llegar temprano a estar empapada todo el día.

Entrecerré los ojos mientras Renee huía de la cocina. Esa pequeña mocosa. Daba por seguro que tendría que irme caminando por eso se había llevado a Charlie sin decirme nada. Completamente detestable.

Pero no importaba. Archive su acción para cobrármela más tarde. Apenas estaba terminando mi café escuche un bocinazo desde la calle. Salí corriendo casi chocando con Renee en el camino hasta la entrada. Lo que vi me dejó sin habla. Un maravilloso descapotable rojo estaba estacionado justo frente a mi casa, de piloto iba Rosalie que me sonreía abiertamente.

─Lindo, ¿A qué si?

─Mucho ─concedí mientras me subía a su lado─. Entiendo porque amas tanto a tu osito.

Ambas reímos mientras Rose encendía la radio. "Power" de Helloween retumbó en el interior del vehiculo y ambas comenzamos a cantar. Si, lo sé. Estudiaba música clásica pero eso no significa que no ame otros estilos.

El camino se hizo totalmente corto. Pronto pude divisar los edificios de ladrillo color granate. No era obvio que fuera un instituto pero el cartel en la entrada decía Instituto de Forks. Rosalie aparcó frente al tercer edificio junto a un hermoso coche Negro.

─De Jasper ─dijo cuando salimos del coche─. Hoy no lo traería así que tuvo que venir en su propio vehículo.

─¿No le gusta manejar?

─No es eso. Es solo que le gusta dormir mientras yo manejo.

Asentí. Rose me llevó hasta el primer edificio donde había un cartelito que decía "Oficina Principal" para que vaya por mi horario.

─Llámame al terminar las clases. Acuérdate de que te vas conmigo a casa.

─Entendido. Y gracias, Rose.

Me sonrió mientras hacía el camino de regreso por lo pasillos.

La oficina era minúscula. Un par de sillas plegables acolchadas descansaban casi pegadas a las paredes del fondo, una alfombra con motas amarillentas y un sin número de macetas con plantas bastante más grandes de lo recomendable para un lugar cerrado a así de pequeño. Tras un mostrador alargado se encontraban tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos.

Ella alzó los ojos hacía mí.

─¿Necesitas algo, querida?

─Soy Isabella Swan ─le dije suavemente─.

─Por supuesto ─asintió con una sonrisa─. Su pequeña hermana ya estuvo por aquí. Una jovencita interesante ─susurró más para sí misma mientras rebuscaba entre los papeles precariamente acumulados sobre el escritorio─. Aquí tiene su horario y un plano de la escuela, niña Bella.

La miré sorprendida. Ella rió.

─Su hermana dijo que prefería que la llamaran así.

Maldita mocosa.

─No es eso. Es solo que es lindo. Mis antiguos profesores más cercanos me llamaban así desde que tenía cinco años ─me ruborice como una idiota─.

Ella me miró maternalmente.

─Fue un lindo gesto de su hermana al decírmelo ─si, claro. Ironicé─. La llamaré así, ¿Qué dice?

─Perfecto ─sonreí─.

Así al menos podía abrazar un poco de ese pasado que estaba quedando atrás.

Camine al edificio dos donde tenía mi primera clase del día, Literatura, más tranquila de lo que creí posible.

Justo antes de que terminara la última clase de la mañana, Rose me envió un mensaje de texto invitándome a almorzar con ella. Sonreí mientras aceptaba y cuando sonó el timbre del descanso tomé mis cosas rápidamente para dirigirme a la cafetería, un edificio que estaba frente al gimnasio. Pero como no, mi torpeza decidió hacerme una visita. O tal vez fue mi suerte, después de todo la buena suerte me eludía. Al girar en el pasillo que conectaba el edificio dos del tres choqué estrepitosamente contra alguien. Caí golpeándome considerablemente fuerte el trasero y me quedé ahí unos instantes. Mientras tenía los ojos fuertemente cerrados y mis mejillas comenzaban a teñirse de rojo mi mente llamaba a Hans con desesperación. Al menos no me había roto el cuello.

─¡Ten cuidado! ─chilló una voz horrible─. Casi matas a mi Eddy.

¿Eddy?

Temerosa abrí un solo ojo y pude distinguir una figura de pie justo frente a mi. Era una chica. Me miraba con el ceño fruncido y las manos en jarras. Termine de abrir los ojos aún un tanto confundida mientras me ponía de pie. La chica era algo así como pelirroja. Pero no tanto como la que estaba más atrás de ella. Era muy hermosa, no tanto como Rosalie pero estaba bien. Entonces fue cuando vi a la persona con la que había chocado, al parecer. Se estaba poniendo de pie mientras me observaba fijamente. Era un muchacho guapo. Mucho en realidad. Pero no me detuve a verlo porque la voz chillona de antes salió desde el cuerpo de la del pelo casi rojo.

─¿No vas a disculparte?

─¿Disculparme? ─mire al chico pero él no hizo amago de suavizar las cosas. Idiota─. Fue un accidente.

─Eres una torpe. Si no sabes caminar no deberías andar donde seas un peligro para las demás personas.

Abrí la boca asombrada. Esa mujer acababa de ofenderme enfrente de todos los que pasaban por el pasillo. Luché contra el mal genio que amenazaba con superarme y decidí que mientras más rápido saliera de aquello mejor para mí.

─Lo siento ─le dije al muchacho─.

No esperé a que respondiera, simplemente salí lo más rápido que mis pies me permitieron hacia mi casillero. En menos de cinco minutos estaba entrando en la cafetería. Rose agitó su nívea mano para que la viera le sonreí mientras iba por mi almuerzo y caminaba hacia su mesa. Ella salió a mi encuentro con una gran sonrisa.

─¡Bella! ─chilló─. Pensé que ya no venías.

─Tuve un pequeño percance.

Cuando llegamos a su mesa desee haberme perdido en los pasillos. Allí mirándome ceñuda estaba la chica de antes junto al muchacho con el que había chocado.

─¿Qué hace esa aquí, Rose? ─cuestionó con veneno en la voz─.

Bufé. Al parecer estaba condenada a toparme con esa mujer.


Nota:

La historia no será muy larga ya que parte de lo que espero retratar ocurrió demasiado rápido.

Zaluiiito00ssss