-¡Mina! ¡Apúrate! ¡Ya vinieron por ti!

-¡Ya voy mamá!

Armand y Catherine fueron a la casa de Minako a buscarla. Esa noche irían al teatro a ver una obra de una compañía americana que, se decía, tenía actores de gran talento. Era una noche especial para Mina: esa noche le confesaría su amor a Armand. Se puso un vestido amarillo, largo hasta las rodillas y unas sandalias color natural con taco tipo chino.

-¡Ya estoy lista! ¡Siento mucho la espera! – Mina se presentó en la sala dónde la esperaban sus amigos.

-Vaya, Mina, ¡qué bien que te ves! – La felicitó Catherine.

-Minako, te ves muy bonita esta noche. – Le guiñó un ojo Armand.

Acto seguido, Minako se sonrojó, pensando si él estaba enamorado de ella tanto como ella de él. Se veía muy apuesto esa noche, si bien estaba vestido algo informal. Salieron rápido hacia el teatro y ocuparon sus asientos.

Aún faltaban unos minutos para que comenzara la función y Armand se excusó para ir al baño. Minako sabía que era su oportunidad para hablar con él a solas.

-Catherine, ya regreso. – Le llamo la atención Mina. – Iré a comprar algo para comer durante la función.

-Pero, Mina… - la joven ya se había ido – en la sala no se puede comer. – Finalizó su frase frunciendo el seño.

Los baños de hombres se encontraban a la derecha de la sala y los de mujeres a la izquierda. Mina sabía que si alguien la veía en el pasillo que se dirigía a los baños de los hombres la sacarían de inmediato. Por eso, se prometió ser muy sigilosa.

Minako comenzó a caminar sin hacer mucho ruido por el pasillo semioscuro. Necesitaba llegar a Armand y hablar con él. Mientras caminaba escuchó una voz al final del pasillo:

-Caballeros, en veinte minutos comienza la función. Por favor, sean breves.

Quien realizó esta advertencia estaba saliendo del baño. La joven Sailor se percató de ello e intentó encontrar un escondite hasta que el señor se fuese.

A unos pasos de ella había una puerta entreabierta en la que se leía un cartel que decía "Sólo se permite el acceso a personal autorizado". Minako comprendió que perdería tiempo si se cuestionaba el por qué una puerta tan importante estaba abierta. Entró algo apurada: rogó que nadie la viese. Se sentó, tras la puerta, al lado de unas cajas de cartón. Era una habitación grande, a un costado parecía haber otra puerta que la conectaría con otra habitación. No era una buena opción ir hacia allí: no sabría cuándo el hombre del pasillo se iría.

-Usted no debería estar aquí, señorita…

La blonda pensó que su corazón dejaba de latir. ¡La habían descubierto! ¿Cómo no pudo darse cuenta que allí había alguien más? ¿Y si la echaban del teatro y no le permitían ver la obra? ¡Qué vergüenza si Catherine y Armand se enterasen que estaba por el pasillo del baño de hombres! ¿Cuándo iba a poder hablar con Armand? ¿Le volvería a dirigir la palabra?

Minako alzó la cabeza y observó a quien la había descubierto. Se trataba de un muchacho joven, apuesto, con unos grandes y profundos ojos azules. Llevaba una armónica en la mano. No lo había visto pues estaba sentado entre unas cajas. Mina suspiró: no porque la belleza del joven, sino porque esperaba encontrarse a un hombre mayor, un guardia de seguridad o algo semejante.

Sin pensarlo dos veces, tomó al muchacho del pescuezo, acercó su cara a la de ella y, nariz con nariz, le susurró:

-Abre la boca y juro que te arrancaré cabello por cabello.

El muchacho abrió los ojos de par en par, sorprendido por la reacción de la niña. Abrió su boca y, antes que se dispusiera a contestar, se escucharon pasos desde afuera. ¡Era el hombre! Mina le tapó la boca con su mano a su acompañante y llevó la cabeza del muchacho hacia su pecho.

El joven estaba sorprendido. ¿Quién era esa chica? ¡Qué impertinente! ¿Cómo se atrevía a tomarlo así, tan bruscamente? Además, balbuceaba algo indescifrable.

La pequeña enamorada estaba rezando para que el hombre no la encontrara. Sabía que iba a intentar entrar a esa habitación… ¡incluso ella había olvidado de cerrar la puerta! Como era de esperarse, se oyeron que los pasos se dirigían hacia la puerta. El hombre había tomado el picaporte. Minako sentía un frío que le recorría la espalda. ¡Armand! No podía sacarse de la cabeza el tipo de reacción que tendría si se enteraba de ello.

-¡Disculpe, señor!

¡Era la voz de Armand! ¡Su querido Armand! ¿Qué ocurriría si ahora los dos la descubrían? ¿Cuál sería su excusa? La niña se sentía más y más nerviosa…

-Señor, ¿a qué hora comenzará el intervalo? – Consultó Armand.

-Comenzará 21.30, caballero. Tendrán media hora para luego regresar a sus asientos. – Contestó el hombre, quien cerró la puerta del lugar donde se encontraba Mina. – Déjeme acompañarlo a la sala. – Concluyó.

Minako respiró aliviada. Observó a su acompañante y se percató que lo había llevado ¡cerca de su pecho! Sonrojada, lo soltó y dejó de mirarlo. Se concentró en oír los pasos de Armand y del otro hombre alejándose.

Cuando supo que ya había pasado el peligro, se paró y abrió la puerta cuidadosamente. Miró hacia ambos lados del pasillo y sonrió: ya podría volver a su asiento.

-Por lo visto ese otro hombre te salvó.

Mina se volteó hacia le lugar desde donde venía la voz. El muchacho había vuelto a hablar. La rubia se apenó por lo que había ocurrido: lo había tratado de una forma muy ruda.

-Siento mucho haberte tratado de ese modo. – Le dijo disculpándose.

Indiferente, el muchacho suspiró. Ni siquiera la miró cuando le dijo:

-No pensé que una niña tan grosera supiera pedir perdón.

-¿Niña… grosera? – Repitió la Sailor del amor, sintiendo un peso en su espalda que le hizo perder la postura. Intentó no enojarse y le comentó: - ya podemos volver a la sala. No hay nadie en el pasillo.

-¿Volver? – El joven de los ojos azules se volvió a verla. - ¿No sabes quién soy, verdad? ¿Qué tipo de gente viene al teatro que no se informa de lo que va a ver?

Mientras terminaba de hablar se fue acercando a la otra puerta de la habitación. La abrió y desapareció por ahí. Mina estaba atónita. ¿Sería un actor del elenco?

-¡Un actor no sería tan maleducado! – Gritó y, luego, se tapó la boca.

Una vez más abrió la puerta y miró hacia el pasillo. Como no había nadie, salió y se encaminó hacia la sala.

-¡Armand me salvó! – Festejó para sí.

Dibujó una sonrisa en su rostro. Ya encontraría otro momento para hablar con él.