Seis de la mañana en Londres. Era un día normal: nublado, triste, desapacible. En el que la lluvia amenazaba con dejar caer unas pocas gotas de agua.

El temperamento de los habitantes tampoco era muy distinto. Todos los magos que se dirigían al Ministerio acudiendo al origen de una voz que proclamaba llamada urgente a los aurores no estaban de muy buen humor. Si se les miraba de cerca, puede que hasta se viera salir humo de sus cabezas, aunque este estaba en otra parte y con fines muy distintos.

Tonks era una de las auroras que tenía que ir. No estaba de muy buen humor, no solo por ese comunicado tan madrugador sino también por el comportamiento de Ojoloco. Arthur le había informado de su conversación con él y todos coincidían en que el viejo auror estaba distinto. Solo habían pasado dos semanas desde la última vez que había hablado con él y no le "echaba de menos" pero había sugerido al señor Weasley que si en unos días no tenía noticias suyas, le mandara una carta pidiendo explicaciones. Pero Tonks estaba inquieta: según el aviso urgente, todos los aurores, ya sea más jóvenes o mayores, debían presentarse en el Ministerio para escuchar una exclusiva de la investigación de Karkaroff de la misma boca del Ministro de Magia. Escucharían órdenes y su deber era cumplirlas. Y Moody no estaba en condiciones adecuadas para hacer todo eso.

Por eso a Tonks parecía no caberle el corazón en el pecho, deseando saber de Ojoloco y "deseando" también saber qué tenía que hacer.

Muy ligeramente movió su varita realizando una forma circular y, girando sobre si misma, se despareció.

Apareció en una calle apagada, con ninguna luz matinal que guiara a la joven al centro de Londres.

Lumos!

Un haz de luz blanca apareció de la punta de la varita y enseñó el camino para salir del recoveco. Aunque un ruido sordo detrás de ella la asustó y la detuvo por completo.

-¿Quién es?-preguntó asustada, mientras daba un paso adelante para que la luz mostrara a la persona que se había situado detrás de ella.

-¿Nymphadora?-susurró el, en ese momento reconocible Kingsley Shackelbolt.

-¡Kingsley! Que susto…no es propio de ti aparecerte en lugares tan oscuros.

-¿Por qué lo supones?- escudriñó Kingsley, con los ojos saltones y las manos firmes en los bolsillos.

-No pareces de ese tipo de personas- sonrió insegura Tonks.- Yo siempre me aparezco aquí, pero los que tienen cargos más altos normalmente se aparecen más cerca del Ministerio, según tengo entendido.

- Pues entiendes mal, Nymphadora.-respondió el alto hombre que se erguía cada vez más ante ella.- Si me disculpas…

"Otro que está raro. Arthur no me habló nada de Kinsley. Puede que no haya hablado con él aunque me parece raro. Me parece que no voy a investigar solo a Igor Karkaroff…"

Con paso decidido aunque discreto, la bruja se dirigió a los lavabos públicos de la plaza que tenía enfrente. "No somos nada discretos"- pensó al ver una gran multitud ante ellos.

Se unió a la gente que esperaba la larga cola, intentando colarse para llegar antes (como todos los demás), aunque otras personas más altas y aparentemente más fuertes que ella, vestidas de negro la mayoría, empujaban hasta quedarse los primeros. Cuando por fin le llegó el turno de entrar, hizo los honores y, metiéndose en el retrete, tiró de la cadena, cosa que siempre le había hecho sentir un profundo asco.

En un abrir y cerrar de ojos llegó a una de las muchas chimeneas del Ministerio. Dejando un gran fuego verde detrás, inspiró y empezó a andar lentamente hacia el centro de la plaza. Le sorprendió ver que ya no estaba la pancarta que antes anunciaba al Ministro de Magia pero supuso que alguna razón habría y rápidamente se olvidó del tema.

Era normal que se escucharan chisporroteos en el Ministerio de Magia, ya que cada vez que alguien salía de alguna de las chimeneas, un ruido salía de ellas y dejaba un suave silbido en el oído. Pero el pitido que oyó Tonks provenía de la chimenea que estaba a su lado.

Miró hacia ella y, estupefacta, contempló como Kingsley Shackelbolt sostenía del cuello de la chaqueta a un Ojoloco Moody más sucio y herido que nunca.