En ese momento entra mi madre llorando, confirmando así que mi sentencia de muerte está casi firmada.
Se acerca a mi cama y me besa, y entonces sus lágrimas comienzan a caer sobre mi rostro, y en ese intento desesperado de escapar de ésta realidad que nos envuelve, arrastran las mías por casi media hora, y cuando nos quedamos sin ellas comenzamos a despotricar contra el Capitolio y, como consecuencia, logramos que tres agentes de paz entren en la sala, entonces mi madre me da el último beso, tal vez el ultimo de nuestras vidas, deposita en mis manos una piedra suave, plana y oscura, que fue extraída de los restos de la casa de mi bisabuela luego de la guerra y luego, sin decirme nada mas, da media vuelta, y la veo alejarse lentamente, con los ojos nuevamente bañados en lágrimas.
Siento el ya conocido frio en mi cuerpo y cierro los ojos.
Despierto, ya desconectado de todos los aparatos que me mantuvieron con vida durante tres días. Me levanto y voy al baño. Me ducho, y cuando vuelvo a la habitación veo un hombre de alrededor de 30 años esperándome. Él había sido ganador de los Juegos hace 16 años, por lo tanto es mi mentor. Su deber es encargarse de encontrar patrocinadores para que me envíen regalos en la Arena, regalos que, más de una vez, salvaron vidas.
Entran dos agentes de paz y nos llevan a una sala donde nuestros estilistas, llamados Erk y Laka, nos maquillarían y vestirían a Marian y a mí para que le gustemos a la gente del Capitolio. Así se elevaría la posibilidad de conseguir patrocinadores.
Entonces llega Marian. Es una chica verdaderamente preciosa, un año menor que yo, y apenas si la conocía. La había cruzado mientras cortaba carne de un pequeño ciervo que había cazado. Habíamos llevado el ciervo a cuestas hasta mi refugio, donde encendí un fuego y asamos parte de la carne. Comimos lo asado y lo restante lo metimos en una mochila. Ella insistió en que me llevara la carne sobrante, pero me negué rotundamente a aceptarla. Luego volvimos al distrito, y nunca más volví a verla.
En ese momento, Marian se dirige a la sala contigua a la mía, y mientras pasan la cosecha de nuestro distrito (donde Marian se había mostrado desafiante), aparecen mis estilistas, vistiendo la ropa y el peinado más extravagante que haya visto en mi vida.
Erk tenía el pelo de color naranja, y un traje largo parecido a los que se usaban en los casamientos en el Antiguo País, solo que haciendo juego con el pelo.
Laka llevaba el pelo y las cejas de color verde, y una falda corta y azul.
Hablaban con voz extremadamente fina, y me explicaron que me depilarían, maquillarían y vestirían. Cuando protesté me explicaron (con la misma voz chillona de siempre) que lo harían así porque eso le gusta a la gente del Capitolio. Entonces acepté y comenzaron su trabajo.
Tardaron alrededor de una hora en hacerlo, y cuando salí estaba irreconocible. Me encontré con Marian y nos dirigimos hacia el tren, rodeados por un mar de periodistas y fotógrafos. Debíamos estar maravillosos, ya que todos querían obtener un primer plano de nuestros rostros.
Cuando subimos al tren y se cerraron las puertas, Marian estalló en llanto.
