Ser atrapado. Secuestrado. Y obligado a participar en los Juegos del Hambre, una lucha por la supervivencia contra otros 23 adolescentes. Salir a una Arena desconocida y escuchar veinte cañonazos. Participar en varias peleas, robar vidas, para más tarde ser nuevamente secuestrado y liberado por tu aliada.

Lo anterior puede definirse como un breve relato de lo que aconteció en mi vida durante los últimos quince días. Miro a Stella y veo su tranquilo semblante. Se siente segura a mi lado, como yo también al suyo. Estoy seguro que ninguno de los dos habría sobrevivido a todo lo que nos pasó sin la ayuda del otro.

Hago un gran esfuerzo intentando no pensar en Chuck, mi valiente compañero que murió en una lucha contra los Profesionales.
También recuerdo a Mark, que lo asesinaron el segundo día de los Juegos, gracias a no revelarles a los Profesionales nuestro escondite.

Un ruido me despega de mis pensamientos. Stella se despierta. Aso entonces la mitad sobrante del conejo y se la come velozmente.

Caminamos hasta llegar a un pequeño lago. Juntamos agua en las seis botellas de plástico que poseemos y la purificamos. Luego, mientras yo hago guardia, Stella se dedica a separar las provisiones en partes iguales y a guardarlas en las dos mochilas. Esto lo hacemos todos los días por si nos vemos obligados a separarnos. Pero ésta vez veo diferente a Stella, casi triste.

- -¿Sucede algo? - le pregunto, y me mira con cara de incredulidad por darse cuenta de que no se algo que parece ser la cosa más obvia de mundo.

- -Bueno, es que… Creo que ya es hora de separarnos.

- -Ah sí, ya. Digo… Tenés razón. Chau - no se me ocurre que más decir. Temo haber quedado como un idiota maleducado.

- -¡Ay John! - se me acerca corriendo, sonriente, y envuelve mi cuello con sus brazos, en el gesto más lleno de cariño que haya recibido en mi vida, exceptuando a los abrazos y besos de mi madre - Cuídate. Ah, y si ganas los Juegos y ves a mis padres, diles que los quiero mucho y que cuiden bien de mi hermanita, Lily.

- -Lo haré - le respondo - Y si tú ganas dile a mi madre que luché por ella, y que por ello no debe perder las ganas de vivir.

- -También lo haré.

Nos despedimos con otro abrazo y Stella sale corriendo por el bosque. Bebo media botella de agua. Me cuelgo la mochila en la espalda y tomo las armas. Me pongo tres cuchillos en el cinturón. Me aferro bien el escudo de Chuck en el brazo izquierdo y controlo que no se me salga. Luego agarro el hacha con la mano derecha y la choco suavemente contra una piedra para afilarla.

Tomo más agua, lleno nuevamente la botella, y la purifico. Me como un puñado de moras y espero hasta bien entrada la tarde, ya que es lo único que puede ser de utilidad, ya que tengo más provisiones de las que voy a necesitar en el resto de los Juegos, y además debo conservar la energía intacta por si tengo que luchar.

Camino lentamente hacia la cueva al pie de la montaña. En el camino bebo otra botella de agua y como dos manzanas. Entonces escucho un grito.

- -"Stella" - pienso, y salgo corriendo hacia el lugar de donde provino el grito.

Pero no. No era Stella, sino la chica del distrito 8, que lucha contra el chico del 1, y que está en clara desventaja. Ésta tenía un profundo corte en una pierna y otro en un brazo. Portaba un cuchillo minúsculo en la mano derecha y se la veía muy débil.

Por el contrario, su contrincante empuña una gran espada en una mano, un hacha en le otra y viste una reluciente armadura de cota de malla. Está ileso y no muestra ningún signo de cansancio.

No pasa mucho tiempo hasta que suena el cañonazo. La chica queda desangrándose lentamente en el suelo hasta que un aerodeslizador baja una escalera y se la lleva. Por suerte para mí el profesional sale corriendo hacia el lado contrario al mío.

Sigo mi camino hacia la cueva, ahora más tranquilo por pensar que ni Stella ni el profesional me atacarán por la noche.
Llego a mi escondite justo cuando el Sol se esconde en el horizonte. No estoy cansado, pero igualmente luego de llenarme el estómago tengo un profundo sueño que me dura unas pocas horas, ya que me despierto sobresaltado a causa de unos ladridos infernales, y del estridente sonido de más de una decena de trompetas.