- - ¡Bueno, bueno, bueno! - la voz de Caesar Flickerman, el relator de los Juegos, resuena en toda la Arena - ¡Y ahora, démosle la bienvenida a los tributos sobrevivientes: al tributo del 1, al tributo del 6, y a la del 7! - Entonces se escuchan unos fuertes aplausos.
Salgo de la cueva y observo la situación en la que me encuentro. A mi derecha veo una jauría de una especie de perros, pero con cortes sangrantes y moretones en todo el cuerpo. Arriba, en el cielo, se ve proyectada la imagen de Caesar, que lleva pelo y cejas anaranjados.
- - Después de unos Juegos extremadamente emocionantes, me dirijo a ustedes, tributos, con la idea de "invitarlos" a ir hacia la Cornucopia, para reencontrarse nuevamente con los demás participantes - dice con un aire de superioridad y un dejo de sarcasmo.
Levanto las cejas y me preparo ante un posible ataque de los animales.
- - ¡No teman! - Caesar parece estar observando cada uno de mis movimientos - No todavía. Estos animales han sido modificados genéticamente y entrenados especialmente para ser extremadamente veloces y fuertes, pero no los atacarán a menos que pasado el amanecer no se presenten en un radio de 200 metros de la Cornucopia. Recuerden: tienen tiempo hasta que el Sol haya salido completamente. De lo contrario, sus posibilidades de sobrevivir son prácticamente nulas. ¡Hasta entonces, que la suerte siempre, siempre los acompañe!
Pienso en los tributos muertos, y en como la suerte no siempre los acompañó. Miro a los perros, que parecen estatuas, y por un momento dudo si presentarme en la Cornucopia o si luchar contras los animales, pero rápidamente descarto ésta última opción porque tengo el presentimiento de que Caesar no mentía cuándo se referí a su fuerza y velocidad.
No creo que quede mucho tiempo para el amanecer. Tomo otra botella de agua, como una manzana y medio conejo, y lo que me sobra lo dejo en la cueva. Me armo y me encamino hacia la Cornucopia. Veo que los perros me siguen durante todo el trayecto. También noto que otros animales huyen de los mismos, ya sea por el miedo que da su aspecto, o por el olor repugnante que emanan.
En el camino hago dos paradas para descansar, y los perros también se detienen. Y en un momento veo que frenan, aunque yo siga caminando. Y entonces veo la Cornucopia. A menos de 200 metros enfrente mío, el cuerno despide un fuerte resplandor dorado que ilumina el terreno a su alrededor. El Sol comienza a asomarse y yo me concentro en mi casi imposible objetivo: ganar los Juegos.
Veo al Profesional: lleva la espada y el hacha con la que mató a la chica del distrito 8.
- "Por suerte, no se le dan bien las armas arrojadizas, y no me está viendo - pienso y saco un cuchillo del cinturón - Tal vez pueda alcanzarlo"
Pero justo cuando me dispongo a lanzárselo el chico desaparece de mi vista. Entonces lo veo. Está escondido tras un frondoso arbusto mirando algo que se mueve detrás de un montón de rocas. Ese "algo" es Stella, y veo fugazmente que su lanza vuela perfectamente hacia el chico del distrito 1, pero éste, con una agilidad increíble la esquiva. Yo me acerco al tributo cubriéndome en los árboles y saco el hacha. Stella me mira y apenas llego a advertirle que el profesional toma su lanza y se la arroja. Corro hacia el profesional y le hundo el hacha fuertemente en el cuello, por lo que unos pocos segundos más tarde suena el cañonazo que indica su muerte.
Me dirijo hacia donde estaba Stella, preparado para atacarla en cuanto la visualice, pero bajo las arma cuándo veo que se encuentra acostada en la roca, sangrando muy rápidamente a causa de un profundo corte en la zona izquierda del pecho. También noto que su lanza está a un lado de su cuerpo. Entonces, con horror, me doy cuenta con la fuerza que debe haber lanzado el profesional el arma, ya que le atravesó la armadura y la punta se le introdujo más de quince centímetros en el cuerpo. Le saco la arruinada armadura y luego los sangrientos harapos que usaba como abrigo, y una visión me horroriza, ya que me doy cuenta de que si no es tratada morirá en pocos minutos.
Y por lo que sé solo la puede ayudar su mentor, aunque estoy completamente seguro de que no lo hará. Nadie la va a ayudar, ya que cualquier remedio que le mandaran sería de gusto, ya que no podría curarse ella misma. Entonces me doy cuenta de que puedo ayudarla. En contra de lo que me marca la razón, levanto la cabeza y miro al cielo.
- - ¡MATT! Por favor, si es que alguna vez me apoyaste y confiaste en mí, escúchame. Puede que te suene una estupidez, pero no quiero que Stella muera así. ¡Ayúdala, por favor! - digo casi llorando.
- - John… - escucho decir a Stella.
- - ¿Si?
- - Vas a ganar - me sonríe.
- - No digas eso - le contesto e intento detener la hemorragia - Esto bastará hasta que Matt te ayude.
- - Siempre con tus chistes John, ¿es que no aprendés nunca?
- - Stella…
- - No llores John. - me dice aguantándose el dolor - ¿Ya te dije lo de mi madre?
- - No vas a morir. No digas eso. - digo con rotundidad.
- - No puede negarse…
- - Stella, por favor…
Sonríe y hace una gran mueca de dolor. Veo su mirada perdida en un punto muy lejano del universo.
- - Gracias por todo John. Ah… Y felicidades…
- - ¡NOOOOOOO!
Entonces, escucho algo que estaba esperando con ansias desde el día que me eligieron como tributo, pero que a la vez, no quiero escuchar. El cañonazo que marca la muerte de Stella.
- - Y ahora señoras y señores, niños y niñas de todas partes de Panem - escucho decir a Caesar, y lo maldigo con todo mi ser - Démosle un fuerte aplauso al campeón de los Cuadragésimo octavos Juegos del Hambre, ¡John Skeet, del distrito 6!
