Año 113 luego de la Gran Guerra. Dos chicas corren por el sedoso césped, mientras otro par de niños se hamacan apaciblemente en los rudimentarios columpios de madera, que con mucho trabajo construyó el padre de los primeros, George.

Éste último está sentado en una pesada silla de hierro, justo al bajar las escaleras que llevan de la casa, un elegante aunque sencillo hogar, hacia el extenso jardín.

Alice mira misteriosamente a George, su padre. Éste le cuenta historias sobre un programa de televisión llamado Los Juegos del Hambre. Alice todavía no tomaba clases de historia en el colegio, pues todavía no tenía la edad adecuada para hacerlo.

La niña no podía creer lo que escuchaba: éste programa, que divertido era para los habitantes del Capitolio, consistía en veinticuatro jóvenes que eran arrojados a una arena en la que tenían que luchar a muerte por la supervivencia. Pero por suerte, los Juegos habían sido abolidos antes de que ella naciera, y habían destruido al Capitolio. Desde ese momento hay paz en Nueva América, el hermoso país donde ella vive.

En el fondo del jardín, Stella, hermana de George asa junto a su marido Peter dos ardillas y un pequeño zorro que cazaron en las altas montañas situadas al norte, a espaldas de la observaban a sus hijos, la felicidad de sus vidas, balanceándose tranquilamente en las hamacas hasta detenerse por completo y descender de un salto de las mismas, levantando una pequeña nube de polvo y tierra.

Martin y Keira, los chicos que se divertían en el jardín, se cansaron de hacerlo y fueron a acostarse bajo un frondoso árbol que habían plantado sus bisabuelos hace muchísimos años. Más atrás, medio escondido en la sombra de un sauce, el abuelo de los chicos, a sus ya 80 años de vida, observa todo lo que lo rodea con una expresión de ensueño y felicidad. A lo lejos se oyen los últimos acordes de una romántica canción, y una sobreaguda, pero bellísima voz de mujer que canta:

- "Porque tú eres el dueño de mis suspiros.

Y tú eres lo único que hoy percibe mi ser…"

Llega ya la hora de la cena. Los nueve integrantes de ésta feliz familia se sientan rodeando la mesa, donde se sirve una suculenta y variada comida. Todos comen hasta saciar su hambre y entonces se hace un incómodo silencio, que rápidamente interrumpe Alice con su suave y dulce voz:

- - Abuelo John, por favor, ¿podrías contarnos que eran los Juegos del Hambre?

- - ¿Cómo? ¿Los Juegos del Hambre? No era más que una estupidez que mejoró con el tiempo - responde, visiblemente nervioso, resaltando la palabra "estupidez" y mirando con dureza a George.

- - Ya tienen edad suficiente papá - dice éste, excusándose - Creo… creo que ya deberíamos contarles.

- - Está bien, si vos lo decís... - el abuelo suspira - ¿Están todos de acuerdo en que es lo correcto?

Se escucha un murmullo general de aprobación, especialmente de parte de los chicos.

- - Entonces - prosigue - el que esté interesado en escuchar la historia, hágame el favor, ya que no la quiero repetir, de presentarse en la sala principal de ésta casa a medianoche. Si alguno no quiere, o cree no estar preparado para oírla, le digo buenas noches.

Por supuesto, las nueve personas estaban reunidas en el lugar indicado antes de la hora señalada. La habitación, tenuemente iluminada y con un dulce incienso, no hacía más que adormilarte, pero había un clima tal de expectación que todos hablaban a la vez, sobreponiéndose a los demás y gritando para hacerse escuchar.

- - Bueno, bueno - se escucha decir al relator, y todos se callan inmediatamente - Lo que voy a pasar a contarles es una historia bastante antigua, con más exactitud, de los 48º Juegos del Hambre. Ésta es mi historia y les pido por favor que no me interrumpan. - Alice abre la boca de inmediato al oír ese comentario - Y antes de que lo preguntes querida, sí. Yo participé en los Juegos.

Nuevamente, entre exclamaciones de asombro, gritos de sorpresa, y discusiones acerca de la veracidad de la historia de su abuelo, se formó un murmullo constante que ésta vez es más difícil de callar. Pero en cuánto se hizo silencio, el abuelo se aclaró la garganta y se propuso dejar atrás los malos recuerdos y contar su historia con lujo de detalles, pensando en las ocho felices personas que lo rodeaban en aquél momento. Y así lo hizo:

"Nací en una familia adinerada…"