Glosario:
En este capítulo aparecen algunos términos que son acuñados por Ihara Saikaku, un escritor japonés del siglo XVII que describía, en relatos cortos, las relaciones amorosas homosexuales entre los samuráis, tan frecuentes en su época.
Es importante comprender el marco histórico: los samurái sostenían que solo el amor entre hombres era puro o, al menos, era mucho más puro que entre un hombre y una mujer. Obviamente que hubo historias de amor heterosexuales y que no todos pensaban igual xD (la realidad no es cuadrada), pero el punto es que todas la clases sociales tomaban esto como algo natural y hasta esperado.
Nyôdo: el camino del amor por las mujeres.
Wakashudo: Abreviado a "shudo", el camino del amor por los hombres.
Wakashu: jóvenes que ofrecían su cuerpo, su amor, su fidelidad y su lealtad hacia un samurái más experimentado y, por ende, de más edad. Eran considerados wakashu hasta los 19 años de edad, luego eran sometidos a una ceremonia de presentación en sociedad en la que se le otorgaba el estatus de adulto y podía, a su vez, tener un Wakashu y ejercer el papel de nenja.
Nenja: amante adulto; debía proveer apoyo social, respaldo emocional y un modelo de masculinidad para el muchacho (wakashu). Era el samurái de más edad así que debía ser un ejemplo a seguir.
Shôjin zuki: conocedores de muchachos. Se interesaban por ellos, pero no exclusivamente. Podían estar casados e incluso mantener relaciones con mujeres.
Onna girai: misóginos. No se casaban y rechazaban completamente a las mujeres como compañeras sexuales. Eran los que más defendían el wakashudo.
Esta información es extraída del libro El gran espejo del amor entre hombres (Nanshoku akagami), escrito en el año 1687 por el autor antes mencionado.
Y ya que estamos les comento una curiosidad XD ¿Saben cómo se llamaba la editorial que en Edo (actualmente Tokyo) publicó la obra por primera vez? Así es: Yorozuya Edo. Me reí tanto con ese detalle :D Ya, que Yorozuya significa "hacemos de todo" o más bien "multi-trabajos", no es nada extraño, pero mi cara fue de "OMFG! ¡Basta, no me den más material para yaoizar el mundo de Gintama!"
Capítulo 2: "Es bueno dejar el trago, lo malo es no acordarse dónde"
Sanji no tardó en darse cuenta de que estaban volviendo a la casa del samurái, reconocía el paisaje.
—Ey, te pedí que me llevaras a recorrer el pueblo, tengo que encontrar algo que me oriente…
—Primero págame… —impuso—o no trabajo.
Sanji intentó acuchillarle la nuca con la mirada, pero como evidentemente no pudo porque las miradas no matan, por mucho que uno quiera, se contentó con rechistar todo el viaje y quejarse como una novia histérica.
Al llegar de vuelta al departamento, la luna y las estrellas ya coronaban el cielo. Luego de encender las luces, Gin miró hacia el lugar donde dormía Kagura -porque a eso no se le podía llamar habitación- notando vacío el espacio reducido.
—Qué raro, todavía no volvió —se dijo a sí mismo.
Trató de no preocuparse, Kagura era la clase de niña que sabía cuidarse perfectamente bien en un planeta como la Tierra.
—¿Dónde está la cocina?
Señaló hacia atrás; su casa no era tan grande para preguntar semejante obviedad, pero comprendía que el pirata trataba de ser cortés.
—¿Cómo vas a hacerlo sin helado?
—Haré helado.
Gin abrió los ojos, maravillado. ¿Acaso la diosa de la fortuna había decidido sonreírle también a él y le había mandado del cielo un habilidoso cocinero-mago?
—Pero no voy a hacer un Parfait; debemos comer comida primero, comida —enfatizó.
En ese punto el estómago de Gin tronó de hambre. Ciertamente tenía apetito y debía aprovechar que Kagura no estaba. Solía entablar fieras batallas con ella para no terminar al borde de la inanición. De golpe tomó en cuenta ese detalle.
—Eh, cocinero… ya sé que somos solo dos, pero ¿podrías hacer comida como para… un regimiento? —Al ver la cara de desconcierto que le regaló, fue más preciso—Un regimiento de veinticinco soldados corpulentos que vuelven al cuartel luego de un arduo día de trabajo y entrenamiento, y cuyos integrantes más jóvenes no han probado bocado en varios días.
—Por empezar, deja de llamarme cocinero —ese mote le recordaba a cierta persona—, mi nombre es Sanji. Y en segundo lugar, ¿puedo preguntarte con qué clase de monstruo vives?
Dio la vuelta tratando de dar con todo lo necesario para hacer algo sencillo, un poco de carne y verdura a la cacerola, no estaba para cocinar platos elaborados, menos que menos a un hombre; si por lo menos fuera a Paako-chan lo haría con más gusto.
—¿Qué buscas? —preguntó al verlo abriendo y cerrando cajones y puertas.
—Todo —dijo con cierto deje de molestia—. Es tu cocina, dime dónde están los elementos para cocinar.
En poco menos de una hora la cena estaba lista. El plato se le hacía desconocido a Gin; miró el contenido con tanta desconfianza que Sanji le hundió la cara en el caldo, quemándolo. ¿Qué tanto tenía que andar mirando su arte con esa cara de asco? Era verdura y carne, nada extraño.
—¡Come y deja de mirarlo como si fuera estiércol!
Gin probó bocado con cierto recelo, encontrándolo delicioso.
—Espero que hayas hecho suficiente, esto está muy rico y Kagura tiene un gran apetito…
—No te preocupes —sonrió—, estoy acostumbrado, créeme que nada ni nadie supera la voracidad de mi capitán.
—No, te digo que Kagura puede comer en un día lo que come una nación entera en un mes.
—Y yo te digo que mi capitán es capaz de albergar tanta comida que a veces el barco no se mueve…
—Pero Kagura nada más tiene que ir al baño para después volver recargada…
—¡Ya basta, esta discusión es absurda además de desagradable, estamos comiendo!
Gin lo miró entre ojos, más de lo que se solía hacer de manera natural. Siguió comiendo hasta repetir dos veces más, pero quería dejar espacio para el postre. Sin darse cuenta, conversando con el cocinero o, mejor dicho, escuchándole hablar, acabó por comerse otra ración.
—Entonces… —intentó recapitular una vez que el pirata cerró la boca—dices que no sabes cómo llegaste aquí. Nada te resulta familiar.
—El puerto no es el mismo. No soy el marimo —chistó, molesto consigo mismo—. No sé qué mierda pasó, pero… hay algo extraño en el ambiente.
—¿Y la neblina apareció cuando estabas peleando contra ese tipo que hacía cosas raras?
Sanji asintió, no tenía sentido andar explicando lo que era un Usuario, de todos modos no creía que fuera un detalle relevante para el samurái, a duras penas podía seguirle el hilo de lo que decía y, en más de una ocasión, se le había quedado mirando con cierta expresión de burla o descreimiento, murmurando cosas sobre algo llamado Shampu...
—¿Y la neblina no podría haber sido algún tipo de droga o gas somnífero? Quizás te desmayaste, te cargaron y te dejaron aquí…
—Por eso mismo no puedo perder más el tiempo —se puso de pie sintiéndose ligeramente mareado, mientras conversaban habían estado bebiendo sake como si fuera agua—; he estado todo el día corriendo en círculos, si recorro la ciudad quizás pueda dar con algo que me oriente mejor. No deben estar lejos, me preocupa que mis chicas estén en peligro.
—Ey, espera… ya es tarde, mañana…
—¡No hay tiempo para mañana! —Lo tomó de la camisa y lo sacudió—¡Préstame tu moto!
—No me sacudas, que recién comí —pidió con calma y tapándose la boca. Se recompuso antes de vomitar—. Tengo mucha pereza para salir ahora, acabo de tomarme media botella de sake. ¿No puedes esperar hasta mañana? —se metió un dedo dentro de la oreja escarbándosela—Puedes pasar la noche en el sillón y…
—¡No! Tengo que encontrarlos, no estamos atravesando por un buen momento…
—Bueno, eso a veces pasa con las relaciones —Gin se mostró falsamente empático—. Las parejas a veces no atraviesan por buenos momentos, pero ya vendrán tiempos mejores…
—¡Hablo en serio!
—Yo también —se sacó las manos del cocinero de encima porque ya empezaba a fastidiarle—, además me dijiste que me ibas a hacer un Parfait ¡y todavía estoy esperando! —Simuló enojarse—¡Gin sin azúcar es peor que Hulk sin camiseta!
Sanji se dejó caer sentado en el sillón y encendió un cigarrillo para buscar relajarse.
—¿Tanto te preocupan? —investigó Gin con cierto tono que sonaba a reproche—¿No dijiste que eran fuertes?
Sanji corrió el brazo con el que se había tapado los ojos y estudió el semblante del samurái.
—Sí, son muy fuertes.
—Entonces confía en ellos. Seguramente estarán bien —volvió a sentarse en el sillón, del lado opuesto en el que estaba el cocinero—. Estás cansado, estuviste todo el día corriendo del friki de la mayonesa con ese pesado bulto tras la espalda. Así que… —se llevó un dedo a la nariz y perdió la mirada—hazme un Parfait, te hará sentir mejor.
—¡¿Cómo hacerte un postre podrá hacerme sentir mejor?! —refunfuñó—Si al menos fuera a Paako-chan —sonrió embobado—, a ella con gusto le haría mil postres…
—¡Yo, yo! —se señaló el pecho con un dedo, cual loco—¡Paako-chan es Gin-chan!
Si ese "permanente natural" no se ofrecía a llevarlo, le robaría la moto y se iría por su cuenta, después de todo era un pirata; pero debía reconocer que Gin tenía razón: estaba mortalmente cansado y levemente borracho. Si el Shinsengumi lograba interceptarlos en el recorrido no sabía si sería capaz de enfrentar a Mayora-sama que, por cierto, no sabía su nombre ni tampoco le importaba conocer el nombre de un hombre, pero se iría de allí con la idea de que ese habilidoso samurái que tanto le recordaba a Zoro se llamaba Mayora-sama.
—Estoy esperando —sentenció Gin cruzándose de brazos.
—¿Quién te crees que eres? ¿Mi capitán?
—No voy a llevarte a ningún lado hasta que me pagues.
—Te pagué con la cena. Mis servicios culinarios tampoco son gratuitos —terció, arqueando las cejas con fanfarronería—. Te acaba de hacer la cena el mejor cocinero del mundo, desgraciado. Podrías al menos ser más educado.
—¿Por favor? —A esas alturas del día a Gin no le importaba un comino rogar por un postre; tenía orgullo, pero la falta de azúcar comenzaba a alterarlo.
Por culpa de ese tipo con cejas ridículas había estado corriendo todo el día y no había parado para comprar siquiera un mísero dango.
—El Parfait tiene otro precio —terció con media sonrisa seductora.
—¿Y desde cuando hablamos de precios? Ninguno de los dos tiene una moneda… —Intuía hacia dónde apuntaba, por eso decidió desviar el tema con la inocencia que no tenía.
El silencio que se instaló entre ambos luego de esas últimas palabras cruzadas, fue pesado más que incómodo. Gin seguía mirando hacia la ventana, como si estuviera reflexionando seriamente sobre algo, aunque en su cabeza tan solo hubiera un monito como Jugem tocando la pandereta. Volvió la vista lentamente hacia al cocinero, tratando de lucir despreocupado y casual en su pesquisa, pero se dejó en evidencia.
Lo estudió brevemente, pero cuando sus miradas se cruzaron, Gin volvió a correr la cara con violencia. Luego suspiró escandalosamente llevando los brazos tras la nuca. Lo importante era lucir relajado, aunque no lo estuviera.
Sanji bebió el trago de sake que le quedaba sin dejar de mirar fijamente al samurái. Le iba a ganar en esa batalla silenciosa por cansancio. Funcionaba con Zoro y algo le decía que podía funcionar con ese samurái. A fin de cuentas, para Sanji, todos los espadachines eran iguales, tenían acero en lugar de cerebro.
Gin estaba al borde de un ataque de nervios. Su pie había comenzado a moverse nervioso, como si estuviera en el consultorio del dentista, aguardando por su sentencia de muerte.
Impaciente, ¿asustado? No, a Gin-san solo le asustan fantasmas, las arañas, los dentistas… en resumen, muchas cosas, pero no un hombre. Un simple hombre con una mirada tan… perversa, (¡Válgame Dios! ¡¿Qué tenía misiles en lugar de pupilas?!) Iba a destriparlo si seguía mirándolo de aquella manera tan ardiente.
—¡Ok! —Terminó por gritar exasperado, mientras Sanji reprimía la risa—¡Solo un beso a cambio del postre! ¡Ese es el servicio que te ofrezco por el tuyo! ¡Pero te vas caminando a recorrer el pueblo!
Porque nadie jugaba con Gin-san, ¡nadie!
—¿Y qué te hizo pensar que quería el beso de un hombre? —arqueó las cejas, sobrador—Si al menos fuera Paako-chan, con gusto metería mi lengua en su boca.
—¡Asco! —lo miró con profunda aprensión—¡No voy a vestirme de mujer solo para cumplir tus fantasías fetichistas!
—¿Quieres o no el Parfait? —Ladino, era un maldito artero de la lujuria.
—Pero no tengo aquí nada de Paako-chan, no puedo convertirme en ella. —Se llevó ambas manos a la cara, tapándosela—¡Por las bragas de Bulma, ahora sueno como si fuera alguna chica Magical Girl! —Empezó a sollozar—¡Esto es un shoujo, ¿cuándo mi vida se convirtió en un shoujo?!
—Deja que me tome media botella más de sake y te juro —movió la cabeza de lado a lado—, no me va a importar que seas hombre, mujer, pez, rana… —alzó el brazo bebiendo un sorbo—al menos así funciona con el marimo.
No pudo seguir tomando, Gin le había colocado la mano sobre la suya, apretándole firmemente. Entendió el mensaje corporal, e incluso pudo interpretar mejor la férrea mirada que le dedicó.
Al samurái no le había gustado nada lo que había dicho.
—¿Necesitas estar borracho para aceptar lo que eres?
—¿Qué insinúas, adicto al azúcar? ¡Te la voy a meter vía anal!
—Sal del clóset, o al menos pon una ventana. No puedes vivir así —Elevó un dedo al ver que iba a replicar—, quiero ese postre, pero no si no me aceptas como lo que soy —frunció el ceño, desafiante—. Soy un hombre, no Paako-chan. Te guste o no reconocerlo. Y si tú te consideras verdaderamente un hombre, deberías tener los cojones suficientes para admitirlo.
Sanji sintió que algo se rompía dentro de él, o al menos creyó oír el chirrido que hacía su espíritu al quebrarse. Estaba demasiado sobrio para oír esa desgarradora realidad, y de quien menos lo pretendía. Zoro solía refregárselo en la cara, pero con el marimo era distinto. Todo era distinto.
—¿Quién te crees que eres para darme tal discurso? —lo tomó de la nuca haciéndole tambalear sobre a la mesa. Recién en ese momento Gin comprobó que el cocinero era más fuerte de lo que realmente parecía.
—¡Eres un yato, a mí no me engañas! —trató de darle guerra, pero Sanji doblegó todas sus intenciones de dar pelea cuando le mordió los labios.
—No me agradan los hombres —lo atrajo más hacia sí, notando que se mostraba ¿dócil? No, esa no era palabra, ciertamente Gin no parecía ser un sujeto sumiso—. No de la manera en la que piensas —terció con orgullo, buscándole el cuello con el malsano fin de dejarle una marca.
Para conseguirlo debía morder, sorber y lamer. Quería marcarle los dientes y eso iba a hacer.
—V-Veo… —murmuró, riendo luego al sentir la lengua haciéndole cosquillas en el cuello, la situación lo ponía tenso, pero se daba cuenta de que no tenía fuerza de voluntad para apartarlo; no quería—, ey… dije que solo un beso, esto ya es… —volvió a reír, pero la sonrisa se le borró de los labios cuando el cocinero metió la mano dentro de la camisa para acariciarle directamente la piel.
—Los hombres no me llaman la atención de la manera en la que lo hacen las mujeres —bajó el cierre de la camisa negra para tener más libertad.
Gin se había arrodillado lentamente en el sillón, sentándose sobre las piernas del pirata y quedando frente a frente. La posición era sugerente, demasiado provocativa.
—No hagas eso —Gin intentó ir hacia atrás—, me hace cosquillas. No —negó con firmeza y le quitó la mano del pecho—; no me gusta que me aprieten las tetillas.
—¿Y qué te las chupen?
—Eso sí —respondió con tono de obviedad.
El cocinero le apresó una sin miramientos y Gin no pudo evitar que un sonoro gemido masculino delatase que, después de todo, él también la estaba pasando bien.
Al fin y al cabo era un samurái, y como tal no era desconocedor de ese camino. De jóvenes todo guerrero en algún momento sigue el camino del shudô con el fin de aprender sobre las artes y la vida de la mano de un samurái más experimentado.
No era algo extraño para él –y no, no pensó en Madao-san, porque eso nunca había pasado-, no obstante tampoco era un misógino, en su defecto se consideraba más bien un shôjin zuki que prefería recorrer el camino que lo llevaba a las mujeres.
No importaba qué camino, mientras lo llevara hacia una hermosa mujer. Eso lo tenía en claro, pues la sonrisa de Ketsuno Ana obraba maravillas en él cada mañana. ¿Shudô? ¿Qué era eso? ¿Samurái? No, solo un hombre. Con algo entre las piernas que comenzaba a endurecerse y a necesitar mucho afecto.
—Espera, cocinero… —intentó frenarlo cuando lo acostó sobre el sillón. Se sentía tan a su merced, tan incapaz de tener la voluntad necesaria para evitar una evidente violación a su no santa castidad.
—Que me llamo Sanji… —aclaró, buscándole de nuevo los labios para poder hundirse en él. Era demasiado apetitoso. Su boca sabía a azúcar, incluso su piel, y se preguntaba si también su semen sería dulce.
—Dios, lo que tengo que hacer —farfulló cuando el cocinero le liberó la boca para atacar otras zonas vitales y erógenas— ¡Y más te vale que el Parfait sea perfecto, valga la redundancia!
—Oh, parece que aquí, señor samurái, su segunda espada quiere ser desenvainada —bromeó, mirándole la entrepierna con perniciosa intención—. Vamos a ver qué podemos hacer para solucionar este inconveniente…
Se suponía que iba a ser solo un beso, pero él ya estaba entonado y el pene, apretado en los pantalones, clamaba por libertad, además de la ardorosa atención que el cocinero pretendía darle.
—Espera, no podemos aquí… —miró hacia los costado, rogando para que Dios, el diablo, Sorachi, ¡alguien! lo rescatase. O como si tuviera buscando el orgullo que ya había perdido. Debía haberlo dejado en algún lugar de la sala, capaz que se le había caído cuando se paró a buscar otra botella de sake—, traumaré a Kagura el resto de su vida si me ve así con…
—Solo una mamada y ya… —aclaró el cocinero desabrochándole el pantalón, sentía la imperiosa necesidad de volver a verlo desnudo y, en esa nueva ocasión, poder tocarlo… ¿Y por qué no? Hasta lamerlo de pies a cabeza.
—¿Quieres hacerme una…? —Gin hizo una cara muy graciosa, mezcla de placer con dolor, luego le golpeó la base de la cabeza por haberse echado a reír de él—¡Que me voy en seco, infeliz! ¡¿Sabes hace cuanto que Gin-chan no tiene una alegría?!
—Pero tú también me harás una al mismo tiempo, ¿vale? Ese es el trato —murmuró—; el nuevo trato.
Gin frunció el ceño, pero la idea no le desagradaba, sentía que era un intercambio equivalente. Asintió con la cabeza, estaba demasiado excitado a esas alturas como para detener ese demonio interno que le exigía un poco del sexo violento que tanto le gustaba. Aunque de todos modos y contra su voluntad debió hacerlo.
Estaba mordiéndole el cuello al cocinero, luchando para ver quién de los dos le bajaba primero los pantalones al otro, cuando la puerta de calle se abrió y la voz de Kagura llegó a él.
Toda la magia se esfumó en un segundo.
—¡Kagura, Kagura, maldición! —murmuró neurasténico, empujando con una fuerza bestial al cocinero para sacárselo de encima. Se paró de un salto y trató de acomodarse la ropa. Así lo encontró Kagura, de espaldas y ajustándose el cinto. —¡Oh… Kagura —exclamó dando la vuelta—, tanto tiempo, qué alegría verte! —Se sentía como la hija que es pescada in fraganti en la cama con el novio. Se suponía que él era el adulto.
"¡¿No podías haber tardado al menos unos diez minutos más, mocosa?! ¡No vienes en todo el día y justo se te da por aparecer en la mejor parte!" Pese a sus pensamientos, su cara lucía extraña, tenía una sonrisa que Kagura nunca le había visto. Era antinatural, Gin no sonreía así.
—¿Estuviste tomando, Gin-chan? —Miró lo que estaba en el suelo y vio al hombre rubio del que le había hablado Catherine, estaba tratando de ponerse de pie y de acomodarse la ropa.
—Sí, un poco… con un amigo. ¡Un amigo! —remarcó golpeando en señal de camaradería el hombro de cocinero con tanta fuerza que algo se le quebró. Un hueso quizás, porque su masculinidad ya la sentía quebrada desde antes.
—Sí, ya sabía que él estaba —dijo, mirándolo con esa expresión de decepción que solía regalarle de vez en cuando—. Catherine me contó que metiste a un hombre a hurtadillas dentro de casa, ¿qué pasa Gin-chan? —Frunció el ceño, tratando de comprender por qué lucía tan raro—Catherine me dijo que a partir de ahora me tendré que acostumbrar a la idea de ver hombres usando tu futon, ¿por qué, Gin-chan?
—¡Ah, maldita gata ladrona, decirle esas cosas a una niña inocente!
—¿Gata ladrona? —farfulló Sanji mirando alrededor con la esperanza de ver a Nami allí.
—Bah, me da igual lo que hagas con tu culo, Gin-chan —alzó los hombros, para de inmediato volver a mirarlo con fingido desprecio—. Pensé que solamente lo usabas para cagar, pero… me parece bien que sea multiuso. Si Gin-chan quiere hacerlo multiuso, no me opondré, porque después de todo por algo somos Yorozuya, pero no hagas asquerosidades como las que hiciste en el hospital con ese ninja o vomitaré. ¡Vomitaré, Gin-chan si te veo sacando otra vela de un culo! —sollozó a lo último, histérica.
—¡Retiro lo de inocente! —Gin la tomó de aquellos simpáticos adornos que estaban en su cabeza y empezó a jalar de ellos—¡¿Qué mierda tienes en la cabeza, eh?! ¡¿Quién te crees que eres, la princesa Leia?! ¡¿Qué diantres son estas porquerías?! ¡Te cortan la circulación! ¡¿De dónde sacas semejantes fantasías, semejantes delirios?! ¡Voy a arreglar a golpes esa cabeza rota que tienes!
Una patada lo sacó del rango y le hizo estrellarse dolorosamente contra la pared.
—Desgraciado, ¿cómo te atreves a tratar así a una damita?
Desde el suelo Gin miró a su agresor entre ojos.
—No sé qué le ves de damita —suspiró, poniéndose de pie—¡Es una salvaje! ¡Tiene más fuerza que yo y que tú, así que no te molestes en defenderla, que ella sabe pegarme tremendas palizas! ¡Siempre pierdo! Ok… eso no debería contarlo a la ligera —meditó, volviendo en sí—. Soy un hombre golpeado —bajó la vista al suelo, desahuciado— Soy una víctima de la violence domestic —murmuró afligido.
—¿Y tú quien eres? ¿El novio de Gin?
—Mi nombre es Sanji, preciosa —le sonrió con afecto—. Y tú debes ser Kagura, el monstruo del que me habló este infeliz, que de monstruo no tienes nada. Y no, no soy novio de hombres, solo de preciosas mujeres.
—Aléjate de ese hombre, Kagura. Él es claro ejemplo que siempre busqué para explicártelo mejor —lo señaló, cual espécimen—Cuando un hombre como él te adule, corre, ¡corre lejos! O te dejará embarazada antes de que parpadees ¡y para cuando te des cuenta! Ya será demasiado tarde y estarás pariendo.
—¡¿Qué clase de pervertido crees que soy?! ¡No soy un pedófilo!
—¿Qué es ese olor tan rico? —Kagura los ignoró y los dejó peleando solos y entre sí, para caminar hacia la cocina, dejándose guiar por el agradable aroma.
Sadaharu salió del armario a recibirla y su presencia fue suficiente para aplacar al cocinero y sus feroces patadas, eventualmente Gin dejó de repartir sablazos y destrozar su propia casa.
—¿Qué…? —antes de que pudiera completar la frase y preguntar qué carajo era ese animal, Sadaharu ya lo había "bautizado" a su estilo.
Aunque Kagura prefería decir que a Sadaharu le gustaba presentarse así, como un gesto de cordialidad o afecto hacia los que recién conocía.
Bueno, hacerle sangrar a una persona de la cabeza hacia los pies no era algo muy cortés de su parte ni tampoco denotaba afecto.
—¡¿Cuántas veces te dije que no comas porquerías, Sadaharu?! —le gritó Gin subiéndose al lomo para jalarle de las orejas—¡Suelta esa cabeza!
La puerta volvió a abrirse y la voz de Shinpachi sonando con desesperación, y rogando por la presencia de los otros dos, copó la Yorozuya.
—¿Shinpachi? —Gin se asombró con la imprevista visita—¿Qué haces aquí a esta hora de la noche? —frunció el ceño—Ey, los niños pequeños deben acostarse temprano, ¡si vienes a esta hora con la intención de quedarte a dormir, ya te dije que no! ¡No seré tu nenja! ¡No soy esa clase de samurái!
—¡Maldito pervertido, eres tú el que quiere serlo, no me dejes mal parado! ¡Vine para porque algo raro está pasando en Edo! ¡Prende la televisión! —miró al intruso que estaba desangrándose en el piso y a Sadaharu, con las pruebas del crimen cometido adornando el blanco pelaje de su hocico—¿Y este quién es, Gin-san? ¿Sigue vivo?
—Un cocinero —respondió Gin con dejadez mientras prendía la televisión.
—Y pirata —agregó el susodicho desde el suelo y dando la pauta de que seguía respirando. Mierda, encima su sangre era tan preciada.
En la televisión la periodista comentaba sobre una extraña neblina aparecida en Edo, en ese punto escucharon con atención.
Sanji se puso de pie acercándose más al aparato, podía reconocer el tono violáceo, incluso la densidad, sin duda era la misma neblina que lo había derrotado. Era la técnica que su enemigo de turno le había lanzado poco antes de acabar allí.
En el Nuevo Mundo había gente con poderes realmente muy locos y extravagantes.
—Las autoridades no se explican qué es lo que está pasando, pero mucha gente ya ha desaparecido por culpa de esta neblina. Les rogamos a todos los residentes de Edo que no salgan de sus casas y sellen bien las ventanas. No se acerquen a ella, ni tampoco...
—¿Dónde es eso? —preguntó Sanji, señalando la pantalla por donde se veía la Terminal—Debo llegar a ese lugar, ¿cómo hago?
—¿Quieres ir ahí? ¿Estás loco? —exclamó Shinpachi—¿No escuchaste lo que dijo la periodista? La neblina es más intensa allí y la gente que se interna en ella, desaparece…
—Solo díganme cómo hago para llegar allí…
Gin miró brevemente al cocinero y suspiró, dándose por vencido. ¡Todavía no había comido nada dulce y empezaba a ponerse de hondo mal humor!
—¿Qué más da? —caminó hasta la salida—Te llevaré en la moto.
—¡Gin! —gritó Shinpachi, tratando de detenerlo, pero el hombre le sonrió con afecto.
—Tranquilo, no me pasará nada…
—Temo cuando dices eso —tartamudeó, apretando los puños.
—Si vuelvo con vida —la delicada sonrisa de su rostro no se borró— seré tu nenja, como tanto quieres.
—¡Deja eso, por favor, Gin! ¡Ya te dije que no quiero! —cerró fuertemente los ojos—¡Si sigues molestándome con lo mismo le diré a mi hermana!
—Pachi, eres un niño —le reclamó Kagura.
Siempre tenía que ir a esconderse tras la falda de la jefa cuando Gin bebía de más y se ponía cariñosito con él (más viejo más sonso, todo había cambiado desde ese Año Nuevo). Por lo general a Gin no le iban esas mierdas, su bushido era extraño y muy personal, pero no seguía códigos morales. Era… moralmente incorrecto.
Una vez afuera Sanji elevó una mano a modo de saludo, no era muy adepto a las despedidas, menos que menos de gente con la que no tenía trato, no obstante a Kagura le sonrió. En ese momento, cuando la mueca fue correspondida, Sanji no lo dudó, en unos años iba a convertirse en una mujer letal, de esas que quiebran baldosas al caminar. Una auténtica come-hombres.
—Eres tan afortunado de vivir con ella.
—¡Pedófilo! ¡¿Ves?! ¡Eres un pedófilo al final! —le gritó Gin mientras tomaban la carretera.
Iban a toda velocidad rumbo a la Terminal. No les tomó mucho tiempo llegar, las calles estaban vacías porque era evidente que solo a ellos dos se les ocurría salir en esa situación. Eran los únicos dementes o con la suficiente insensatez como para estar allí.
—¡Frena! —ordenó Sanji—¡No te metas más en la neblina!
—Bien —fue frenando despacio—, entonces, ahora ¿qué?
—Gracias por todo… —murmuró bajando de la moto.
—¡Espera, espera! —Gin levantó ambas manos clamando por piedad—Estás loco, de verdad. No sabes lo que es la neblina y aun así ¿piensas meterte en ella?
—La reconozco, es la misma neblina que me trajo aquí. No es magia, esto lo está haciendo alguien, y esa persona me está buscando a mí para matarme—señaló el centro de la neblina—y está ahí. Si vienes conmigo no sé qué podría pasarte, y no ando con ganas de preocuparme por hombres —giró antes de seguir hablando—. Piérdete. Vuelve a tu casa y revisa la heladera. No te hice un Parfait, pero mientras hacía la cena, hice también una tarta de fresa y algunos bocadillos dulces.
Gin le miró la espalda, comprendía que el cocinero no estaba dudando, que se sentía muy seguro respecto a lo que hacía. Era consciente de su locura y aún así pensaba llevarla a cabo. Chistó interiormente, incrédulo por tanto nivel de insanidad. Como si los Mugiwara supieran lo que era la cordura, prudencia o sensatez. Algo que tampoco parecía conocer la Yorozuya.
No debería sentirse inquieto, pero no podía evitar estarlo. Le resultaba un tipo de lo más extraño.
—Exactamente, es como dijiste —una voz frenó abruptamente los pasos del cocinero, un eco que pareció retumbar en todo Kabuki—, te estuve buscando, Kuroashi.
—¿Cómo era que dijiste que se llamaba esta técnica de mierda, pedazo de estiércol? —Le preguntó a la nada. Sabía que toda la neblina era su enemigo, un tipo de Logia de lo más curiosa.
—¡Another Dimension!
—Bueno, déjame decirte que tu técnica de mierda me vino de perlas. Hoy conocí a una belleza que me correspondió, soy un hombre afortunado —miró a Gin y este sintió ganas de vomitar y agarrarlo a sablazos por cursi y meloso—, así que tú, bastardo, dale mis saludos afectuosos a Paako-chan.
Maldito cabrón, todavía se refería a ella como si fuera otra entidad. Gintoki pensó en replicar, pero Sanji sonrió, interrumpiéndole.
—Lo sé, lo sé…
Gin arqueó las cejas, entonces, ¿debía sentirse halagado al comprender que ese cumplido asqueroso iba hacia él? Se llevó un dedo a la nariz hurgándose con dejadez, luego volvió a poner las dos manos sobre los manubrios con la clara intención de marcharse.
—Sanji —era la primera vez que lo llamaba por el nombre, y el detalle no pasó desapercibido para ninguno de los dos—¿Eres verdaderamente fuerte?
El cocinero pareció pensar la respuesta, como si dudara, cuando en verdad estaba tratando de entender el significado subyacente de la pregunta. Si le decía que no, ¿iba a meterse en la neblina con él? Claro, como si Sanji fuera la clase de hombre capaz de admitir una debilidad incluso de tenerla.
—Tan fuerte que, si quiero, puedo matarte.
—Entonces, ¿te arreglarás solo?
—No necesito ayuda.
—No pensaba ofrecértela —arqueó las cejas y sonrió con picardía.
—No pensaba aceptártela tampoco—retrucó infantilmente.
La neblina le obligó a tragarse sus palabras y su orgullo, otra vez volvía a faltarle el aire y otra vez volvía a caer arrodillado en el suelo. Vio que Gin hacía su movimiento y en ese punto Sanji lo supo, si se metía en la neblina sería absorbido, y nada podía asegurarles que tendría la misma suerte que él.
—¡No te metas, idiota, esta es mi pelea! —Se puso de pie en un segundo y le dio tal patada que Gin voló unos cuantos metros, quedándose con las ganas de dar batalla—¡¿Quieres que te pase lo mismo que a mí?! ¡Vuelve, no me compliques más la vida! ¡Si te quedas aquí no podré concentrarme y pelear!
Gin ya lo había entendido desde antes, pero sus piernas no parecían querer responder, sus manos tampoco, mucho menos su cerebro. Pese a que comprendía en verdad que debía salir de allí cuanto antes, quería asegurarse que ese cocinero estaría lo suficientemente bien para no volver a molestarlo. No le gustaba ser chofer de nadie.
El ataque cesó y Sanji supo que debía caminar hasta el centro de la neblina para dar con el Usuario, y no solo con la extensión de su técnica. Fue en ese punto que Gin supo que nunca más lo volvería a ver. No sabía por qué, pero tenía esa certeza, como la misma que siempre tenía respecto al clima, cuando era Ketsuno Ana quien daba el pronóstico.
Podía respirar aliviado y darle las gracias a los cielos –o a los infiernos- por el detalle.
—¡Espero no volver a verte, cocinero pervertido! —se subió a la moto.
—¡Lo mismo digo, bastardo permamentado!
Pese a que había encendido el motor hacía varios segundos, no tenía iniciativa para emprender el retorno a casa. Se quedó mirando la figura del cocinero, como se internaba más y más en la densa neblina.
Más le valía no volver a molestarlo. Más le valía encontrar el camino de regreso a casa.
…
La televisión llevaba encendida desde la mañana, pero recién cuando la noticia de la neblina apareció en pantalla, Gin dejó de pegarle mocos a Kagura en la cabeza y prestó atención a lo que decían.
—La extraña neblina desapareció así como apareció. La gente con paradero desconocido fue hallada sana y salva. Las autoridades no pueden explicar el fenómeno, pero creen que se trataba de algún tipo de tormenta nebular. Tampoco se descarta la teoría de conspiración, podrían tratarse de abducciones, pero se desconocen motivos de…
—Maldición, que en esta época todavía sigan ocurriendo abducciones —chistó Gin—, ¡¿para qué mierda tenemos a la policía si siguen habiendo secuestros espaciales?!
—Gin-san, ¿qué pasó al final con ese hombre? —preguntó Shinpachi y su intento de jefe suspiró.
—Supongo que habrá vuelto a su planeta natal. ¿Wanpizu se llamaba? Creo que algo así me había dicho —alzó los hombros, indiferente, para luego levantar una pierna y colocarle uno de sus pies a Kagura en la cara, y así noquearla simplemente con el nauseabundo olor—. No era terrestre, de eso estoy seguro.
—¿Lo extrañas, Gin-chan? —Kagura le pinchó con un palillo la planta del pie para alejarlo, antes de terminar vomitando—¿Lo extrañas tanto que te duele el pecho? —Volvió a picarle, pero esta vez la mejilla y con el mismo dedo con el que se había sacado un moco.
—¡Nada de eso, maldita! —le cacheteó la cabeza, recibiendo la dolorosa respuesta en forma de puño.
—Era tu amante después de todo.
—¡¿De dónde sacas esas ideas?! —se sulfuró, sobándose la nariz que había comenzado a sangrar.
—Te hizo la cena y te cocinó postres. ¡Llenó la heladera!
De esa forma Gin descubrió que Sanji había cocinado no un par de bocadillos, sino un montón. Kagura había acabado con la gran mayoría antes de que él pudiera darse cuenta.
—Fue un amor efímero de un día, pero fue amor, Gin-chan, no lo niegues. Como un romance de verano.
—Nada que ver, imbécil —le gritó en la cara empujándola otra vez con el pie, después miró a Shinpachi con desolación—¡Nada que ver, Patsuan! ¡No le creas a esta loca, son esas viejas que le llenan la cabeza con mentiras!
—¡¿Y a mí que me explicas?! ¡No me importa lo que hagas! —Entrecerró los ojos y murmuró tan bajo que nadie lo escuchó—además las marcas que tienes en tu cuello parecen hablar por sí solas.
—¡Solo las esposas cocinan con tanto esmero! —retrucó Kagura, levantándose del suelo para sentarse en el sillón—¡Admítelo, Gin-chan! ¡Admitirlo te hará una mejor persona!
—¡Shinpachi también nos cocina con esmero y ya ves: no me quiere! ¡No me deja ser su nenja!
Una batalla apoteósica se libró en la Yorozuya, hasta participó Sadaharu siendo el previsible vencedor (contaba con el factor sorpresa). Abajo, Otose no dejaba de preguntarse qué demonios hacían esos tres para armar tanto escándalo. Las botellas del bar vibraban amenazando con estallar.
Como siempre, la calma volvió después de que algo explotó. Tama, poniendo orden.
…
Sanji tuvo que soportar las quejas de sus nakama, aunada a la preocupación colectiva por haber desaparecido de esa manera: en plena batalla y sin dar ninguna señal, ni de vida ni de muerte; pero el mal trago ya había quedado atrás. O eso creyó.
Zoro entró a la cocina, de notable mal humor. La puerta casi se sale de las bisagras.
—Mierda, desapareces todo el día porque te vas de compras cual mujer con crisis existencial, te enfrentas a un tipo con una akuma no mi del tipo logia de lo más extraña, ¡y vuelves sin el sake!
—Ya, marimo… no podía con todo —suspiró hastiado—, no es el fin del mundo. Maldición, enojarte así por un poco de alcohol, eres francamente patético.
Zoro frunció el ceño, hasta él se descubría molesto por ser tan transparente. Solía ser calmado y no le agradaba dejarse llevar por el calor del momento, salvo que estuviera en medio de una batalla, y aun así sabía ser templado.
Bueno, pero hablar con el cocinero siempre era una batalla.
Mientras Sanji se preguntaba qué diantres le pasaba, Zoro no tardó en revelar la razón de su fastidio, levantó una mano, lo tomó de las mejillas y le corrió la cara con violencia.
—¿Qué es eso, cocinero? —le pasó con energía la yema del dedo por el cuello—¿Acaso alguna mujer osó tocarte finalmente? —intentó sonar hiriente, lejos de conseguirlo realmente.
—Oh, sí —arqueó las cejas, socarronamente—, una mujer preciosa que… resultó ser un hombre al final.
Sabía que la mención de que un hombre lo hubiera tocado crisparía los nerviosos de acero del espadachín. La vena en la frente de Zoro palpitó y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejar al cocinero hecho jirones.
Una cosa eran las mujeres, porque por lo general nunca le daban cabida, pero que le confesase tan abiertamente que le había manoseado un hombre era francamente imperdonable. ¿Dónde había quedado el orgullo heterosexual del cocinero? Tanto que le gustaba a este andar pregonándolo.
—Ahora comprendo qué es lo que pasó con el sake —asintió, con satisfacción por habérsela devuelto.
—Te equivocas —no iba a permitir que ganase esa contienda—, estaba bastante sobrio cuando ese samurái me hizo esta marca… y otras. ¿Quieres verlas? —mintió, porque el que más había mordido había sido él—Si quieres verlas, dime y me quitaré toda la ropa.
—Tsk —Zoro elevó levemente el labio superior en una clara señal de asco. A él, Sanji no le dejaba ponerle una mano encima, al menos hasta que no tuviera la cantidad suficiente de alcohol para desinhibirse. Cobarde, eso era lo que era, además de hipócrita. —¿Un samurái te blandió su katana, cocinero? —preguntó con cinismo.
Sanji decidió pedir una tregua momentánea. Provocar a Zoro era divertido, pero no quería despertar a ese Leviatán.
—Si te soy sincero… —perdió la mirada mientras revolvía la olla, pensativo—, descubrí que una persona puede atraerme independientemente de lo que sea, o de lo que tenga entre las piernas. Después de todo somos alma, ¿cierto? —lo miró, de una manera muy particular—Así que el envase es lo de menos, lo que importa es el contenido —rió, ante su propia alegoría—. Hay espíritus que resplandecen como el diamante más precioso… —sonrió suavemente, con cierta nostalgia— con un brillo plateado.
—O sea que en tu pequeña choco-aventura filosófica descubriste que a estas alturas cualquier barco te deja en buen puerto.
Sanji empezó a reír, Zoro en plan celoso era la mar de gracioso. Verlo a un espadachín tan gallardo en ese papel era demasiado irónico, especialmente porque nunca imaginó llegar a esos términos con él. ¡Pero vaya!, que nunca era un día normal en la tripulación de Luffy.
—Quiero decir que en menos de veinticuatro horas alguien me hizo entender de manera brutal lo mismo que tu vienes tratando de hacerme entender desde hace años. —Acabó por explotar—¡Pedazo de marimo apelmazado! ¡Deberías dar las gracias!
—¿Quieres morir, cocinero pervertido?
Esa expresión le recordó a alguien, pero por extraño que sonase no a Gin, sino al amante de la mayonesa.
—¡Desgraciado, la pasé horrible ayer y tú solo te preocupas por idioteces! ¡Tuve que correr todo el día de lo que parecía ser una copia barata de ti! ¡¿Tienes una idea de cómo tengo las piernas después de haberlo enfrentado tantas veces?! ¡Definitivamente voy a empezar a tomarle bronca a toda persona con katan-!
No pudo terminar la frase porque Zoro lo calló con un beso. Era lo único que servía para hacerle cerrar esa bocaza.
De esa forma Sanji aprendió a la fuerza que el amor y el deseo no se andan fijando en detalles tan triviales como el género. Por eso nunca olvidaría a Paako-chan, donde fuera que estuviera; en este mundo o en otra dimensión.
Fin
Acabo de llevar a "buen puerto" (o a mal puerto) mi primer crossover, waou, están tan emocionados como yo u_u
Lamento mucho no haber podido incluir a Katsura, con lo que lo adoro y la manera inmoral en la que me pone en su versión Zurako, saca a flote todo mi pansexualismo XDXDXD Pero ya haré fics de Gintama, solo… tengo que escribir (o más bien quiero escribir) algunas cositas de otros fandoms antes de abandonarlos.
Muchas gracias ^^.
—Por cierto, "Another dimension" es una técnica de Saga (Saint Seiya), consistía en eso: mandar a una persona a otra dimensión.
—Parfait significa "perfecto".
1 de noviembre de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
