Lo que Anthony Reed jamás pensó durante las noches que se pasaba en vela, pensando en su futuro como Rey, era la terrible cantidad de trabajo que tenía ese puesto. Después de todo, no era en vano que a los seres de la Sangre se les llamaba la razas más problemáticas de todo el Consejo, y ni siquiera tres gobernantes diferentes eran suficiente para calmar rápidamente todos los problemas que se daban. Clanes completos se revelaban, la Prohibición de la Caza del ser Humano se violaba todos los días, y la tasa de recién convertidos estaba teniendo un aumento que no se había visto en siglos. Los hombres lobo se mataban entre sí por los motivos más descabellados, y los vampiros se deshacían de sus asistentes al primer error, dejándolos a la deriva sin importarles los estragos que podían causar por su falta de entrenamiento.
Lo que tampoco ayudaba a la inmensa cantidad de documentos que descansaban en su escritorio, eran las innumerables llamadas que recibía diario. Había contratado una secretaria para recibir estas llamadas y decidir cuales eran importantes y cuales no, pero aún así, él pasaba al teléfono por lo menos ocho horas al día.
⎯ Su Majestad ⎯ le dijo un día a las nueve de la mañana, cuando Anthony ya llevaba demasiado tiempo en su oficina⎯ , creo que quiere tomar esta llamada.
⎯ ¿Quién es? ⎯ preguntó él, sin quitar los ojos de la larga carta que leía. No me quiere decir, pero dice que tiene secuestrado a alguien importante para usted.
Anthony contestó el teléfono de inmediato, pero no sin antes dar la orden de que se buscaran a Emili, a Johnie y a Isa, su hija, y los trajeran a su despacho. Desde antes de tomar el poder sabían que para siempre estarían bajo peligro de muerte, y aunque ya habían recibido varias amenazas, ellos confiaban en su sistema de seguridad.
⎯ Anthony Reed ⎯ dijo profesionalmente al recibidor.
Hola, Anthony ⎯ contestó una voz amenazante desde el otro lado de la línea. Era una que el medio hombre lobo no había oído nunca, pero de alguna manera le parecía familiar.
⎯ ¿Quién habla? ⎯ preguntó con firmeza.
⎯ Oh, tu sabes quien habla ⎯ dijo el hombre misterioso al otro lado de la línea⎯ . Yo convertí al macho alfa.
⎯ ¡¿Mario?
Efectivamente, la voz del niño llegó a la mente de Anthony con estrépito. La última vez que había sabido de él, era cuando escuchó sus lastimeros gritos mientras se lo llevaban a la manada rusa, y eran unos chillidos tan horribles que por mucho tiempo le habían causado pesadillas. Si en esa época tenía siete años, y habían pasado otros siete, Anthony calculó que el chiquillo tenía apenas catorce años. La voz ya le había cambiado, pero Mario González conservaba el carácter furioso al hablar que lo había destacado desde pequeño.
De inmediato, el entrenamiento de Anthony entró el acción. Ese lobo estaba desterrado de la vida con humanos, y el hecho de que tuviera acceso a un teléfono significaba que había gente en peligro.
⎯ ¿Donde estás, Mario? ⎯ preguntó, intentando sonar amigable.
⎯ No te voy a contestar eso ⎯ casi por inercia, Anthony presionó un botón de los muchos que adornaban su teléfono. Ese en particular rastreaba la ubicación de la otra persona por medio de un proceso demasiado lento para ser practico. Mientras tanto, el aludido continúo sin darse cuenta de nada:⎯ Solo hablé para avisarte: tengo a la Reina de las Hadas, y no está aquí por que quiera.
Anthony Reed enmudeció por primera vez desde que había terminado la escuela. Nunca, dentro de todos los peligros que había considerado en su vida, se había imaginado que algo le pudiera pasar a Isa, pues cuando ella se había ido, a él le había quedado el minúsculo consuelo de que no había ningún mal en el Reino de las Hadas aparte del olvido. El hecho de que estuviera en manos de ese niño, que había nacido salvaje, desafiaba todo lo que Anthony había tomado por sentado.
⎯ ¿Que... que quieres? ⎯ tartamudeó él, perdiendo toda la dignidad que sus padres le habían inculcado desde el día que nació.
⎯ Nada ⎯ contestó Mario, y Anthony miró a la pantalla de su intercomunicador, donde la barra de progreso parecía no moverse. Tenía que hacer que siguiera hablando un
poco más⎯ . No eres el único que me traicionó, y como no puedo pasarme toda la vida separando a los culpables y los inocentes, simplemente acabaré con todos.
⎯ ¿Qué vas a hacer? ⎯ la pregunta era inútil; la llamada había terminado. Con la seguridad de que todo estaba perdido, Anthony miró a la pantalla, esperando ver el anuncio de diría que no había sido posible rastrear nada, pero lo que vio lo dejó perplejo. Enormemente feliz, pero perplejo.
Una dirección de Londres brillaba en medio del pequeño cuadrado. No todo estaba perdido.
