Isa ya no temblaba de frio ni de dolor, sino de miedo. Cuando los vampiros se enteraban de lo que había hecho, y supieran que ella ya no tenía utilidad para sus planes, podrían hacer dos cosas: la dejaban ir (cosa que era muy improbable) o la mataban. Aunque le gustaría pensar que pasaría lo primero, eso no era parte de la naturaleza vampírica, pues ellos eran del tipo de "hiere a tus enemigos y ayuda a tus amigos: no hay nada en el medio". El vampiro más grande, Jean-Baptiste, entró en la habitación acompañado de una sombra un poco enclenque y transparente, que a Isa le costó mucho trabajo ver en la oscuridad.

⎯ Sabemos lo que hiciste ⎯ comenzó, justo como Isa había imaginado⎯ , y no nos

importa. Ya te encontraremos algún uso ⎯ Isa se sintió salvada. No vería la libertad pronto,

pero todavía tenía alguna posibilidad de ser rescatada⎯ . Si es que no mueres de hambre

primero.

Isa tuvo que evitar sonreír, pues la falta de inteligencia de los vampiros podía ser

muy interesante. Ellos eran los que más investigaban su propia naturaleza, los que se hacían pruebas más complicadas incluso que la de los humanos y aún así, jamás se daban el tiempo de aprender lo que ya se sabía de otras razas. Por eso, ninguno de ellos sabía que Isa podría sobrevivir sin alimento por años, siempre y cuando tuviera agua. Esta era provista por una gotera que había en el techo, y de la cual caían incontables gotas cuando llovía, cosa que, por tratarse de Inglaterra, era muy seguido.

Pero la sombra seguía ahí, y su presencia no podía ser casualidad. Algo más pasaría. Antes de poder pensar más, la sombra se adelantó e Isa cayó en la misma oscuridad en la que la habían llevado ahí, controlada por una sombra.

Cuando despertó de nuevo, estaba en una celda parecida, pero con detalles que hacían obvio que era un lugar nuevo. La silla del guardia estaba del otro lado, los barrotes eran más gruesos, y el cerrojo se veía todavía más polvoriento. La oscuridad era más pesada, y después de un cuidadoso estudio, Isa determinó que se encontraba bajo tierra pero también a una gran altura.

⎯ Probablemente sea una montaña ⎯ dijo en voz alta, sin importarle quien la podía oír. De todos modos, a pocos le importarían los desvaríos de quien, pensaban ellos, iba a morir en pocos días.

Eso le recordó a Isa que el cambio representaba un problema: ya no había gotera. Levantando la vista con cuidado de no mover su espalda todavía adolorida demasiado rápido, comenzó a buscar cualquier otra fuente de agua, y sin embargo no la encontró. Su respiración se agitó, y después comenzó a palpar las paredes que tenía cercanas, solo para encontrarlas completamente secas. Un estado de agitación cercano a la histeria se apoderó de ella por horas, durante las cuales sus ojos no descansaron de buscar la preciada agua. Solo hasta que intentó volar para palpar el techo, y lo único que sintió como resultado fue un inmenso dolor, Isa se dio por vencida. Era obvio que ahí no había nada.

Mientras la pobre hada se resignaba a morir en donde estaba, su cuerpo se fue calmando. El rápido latir de su corazón había acelerado la velocidad con la que perdía sangre, e Isa sabía que incluso con todos los sistemas que tenía su cuerpo para ralentizar el proceso, acababa de acortar su tiempo a unos meses, y encontró, finalmente, el lado bueno de todo: al menos, moriría de sed, algo más placentero que la agonía de lentamente quedarse sin sangre.

Un susurro interrumpió sus pensamientos fatalistas. Sonaba como el eco del rugir de un rio subterráneo, y a pesar de no estar segura, Isa deslizó la cara hasta el piso y empezó a murmurar. No le importaba estar hablando con la nada: iba a agarrarse de toda la esperanza que se presentara hasta que su sufrimiento terminara.

⎯ Agua ⎯ comenzó, hablando suavemente⎯ , Tierra, yo sé que no me escuchan bien, pero por favor, denme su ayuda. Soy un hada, y las necesito para no morir. Por favor riachuelo, por favor, sube. Tierra, rompe el metal, yo se que si puedes, por favor, para que tenga agua.

No pasó nada.

⎯ Por favor.

Nada. Isa regresó a su posición erguida y cerró los ojos. Las hadas nunca lloraban,

pues eso era cosa de humanos, pero en ese momento, Isa sintió que podría hacerlo, como lo había hecho cuando era una adolescente. Sintió más frio, y tuvo que acercar sus rodillas a su pecho para conservar el calor. Aún así, el frió subía por su ropa, se deslizaba por debajo de ella, un frío muy... húmedo. Isa bajó la vista, y el brillo que vio se sintió como si fuera el del anillo que alguna vez le había dado Anthony: pura y completa felicidad.

⎯ ¡Gracias!

Isa bebió del agua, y cuando su sed se sació, se secó el riachuelo. En su mente, la voz del agua sonó simple, sin palabras sino con ideas e imágenes. Fue algo así lo que dijo:

⎯ La próxima vez que me necesites, solo pídelo.

⎯ Gracias ⎯ la gratitud no fue necesaria decirla en voz alta, pues ambos elementos la podían sentir con una gran intensidad.