De Altos y Bajos

Por DarkCryonic

4.

Un día de tranquilidad no era un día de esos en que llegas a casa y te quedas a ver televisión sin nada más en la cabeza que la obligación de hacer nada. Quizás para las personas normales, era así. Bueno, para él había sido así en el pasado… en ese lejano pasado anterior a su labor militar. Porque en la guerra no había tiempo de descanso al cien, no. Siempre tenía una mano en el fúsil, aún cuando comía.

Quizás ya no recordaba que significaba descansar un día domingo. Y creía que no volvería a saber de ello por el resto de su vida. Si seguía allí, en Baker Street, estaba muy claro que no. Era el costo de no aburrirse. Era el costo de seguir con el pulso exacto, y la pierna en buen estado. Un costo hasta cierto grado, muy gratificante.

Su vida recobraba un sentido más allá del que había imaginado. Podía ser el observador privilegiado de muchos hechos que otros ni siquiera habían llegado a imaginar en toda una vida. OK. Ver cabezas en el refrigerador no era tan genial, tampoco encontrarse con restos de índole misteriosa junto a las tazas del té.

Aceptaba que todo aquello hasta le divertía, aunque no mucho.

La puerta del cuarto del detective se abrió. Era extraño verlo aparecer tan tarde. Ya se había perdido la hora de la comida, aunque John sabía que Sherlock nunca comía. Aún no entendía como llegaba a sobrevivir de leche, galletas y uno que otro bocado cuando salían por comida china.

Le vio pasar los ojos rápidamente por el lugar antes de caminar a su sillón y dejarse caer sentado en él.

"Fase 1 del aburrimiento" pensó John. Aquello recién empezaba. Trató de concentrarse en su laptop tratando de narrar de forma detallada el último de los casos resueltos. Pudo hacerlo por menos de tres minutos, un bufido a sus espaldas le hacia pensar en la llegada de la "fase 2 del aburrimiento" y le puso algo inquieto. La perorata contra Scotland Yard empezaría en cualquier segundo.

-Necesito un caso.—Escuchó a sus espaldas. Hizo como si nada.—John, ve a pedirle casos a Lestrade.—Ordenó.

-Sabes que no iré.—Contestó el médico. –Es domingo y Lestrade tiene el día libre.

-Aburrido. El crimen no se detiene en domingo.

-Pues el crimen en Londres si se detiene en domingo. —Contestó Watson volviendo a concentrarse en percibir la "fase 3 del aburrimiento".

-Con lo inútiles que son… no deberían descansar…-Murmuró Sherlock subiendo los pies a su sillón y apretando sus piernas con sus brazos.

-También merecen descansar como cualquiera.—Musitó John tratando de apaciguar el momento. Pero los primero acordes del violín le dieron la bienvenida a las ganas de matar del ex militar.

John empuño sus manos. El chirrido, si es que podía llamarlo así, atravesó su nuca hasta el centro de su cerebro atontándole de forma inaudita. Cerró la tapa de la computadora de forma controlada y firme. Cerró los ojos un minuto y se concentró en respirar. OK. Tenía que salir de allí. Era la única respuesta cuerda dentro de su cerebro. La "fase 3" entraba en acción, podía estar tocando por horas…

Se levantó de la silla, y sin mirar a Sherlock tomó su chaqueta y salió del lugar con ligereza. Sabía que no podía estar más de un par de hora fuera, porque cuando el otro llegara a la "fase 4" podía pasar cualquier cosa, entre las que podría terminar haciendo explotar algún experimento en la cocina o acabar tirado en su cuarto perdido en su mundo de cocaína, y esa imagen no quería vivirla tan seguido.

Caminó por las calles cercanas mirando los escaparates, pensando en si pasaba o no a comprar algunas cosas que necesitaban. Pero el sólo pensar en usar su tarjeta magnética le quitaba todas las ganas. La tecnología no era lo suyo. Miró su reloj con algo de inquietud. Media hora fuera y aún no recibía mensaje alguno del sociopata. Decidió caminar un poco más, pero no había avanzado dos cuadras cuando giró sobre sus talones y se echó a caminar al departamento.

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DarkCryonic.

21/07/2012 09:35:11 p.m.

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PD:

Sherlock miró por sobre su hombro a John tomar su chaqueta y salir sin mirarle. Apretó más el violín en su clavícula. Y volteó la cabeza para verle salir a la calle por la ventana. Siempre era lo mismo. Sonrió levemente y volvió a concentrarse en el instrumento. Su mente viajaba pensando en las cosas que podría estar haciendo el médico mientras caminaba por las calles. También vagó en lo que podría estar haciendo Lestrade en su día libre. Aburrido. Cuando pensó en Mycroft frenó sus intenciones y volvió a concentrarse en el violín.

Sherlock Holmes no tenía tiempo para días libres. Además aquello era demasiado soso para siquiera intentarlo. La mecánica de su mente le exigía tener algo que hacer o terminaría a todo galope torturándole con ideas inconexas e imágenes sin sentido. Y era allí, en ese preciso momento, cuando el estuche que tenía escondido bajo esa tabla en el piso se le venía a la mente como la única forma de detener ese tren desbocado y conseguir algo de paz. Su "día libre" químico y analgésico.

Dejó el violín. El silencio le cayó de golpe en el cerebro. Dio un par de giros sobre su posición mirando alguna cosa para distraerlo. Sus ojos acabaron en el microscopio en la mesa de la cocina. Entrecerró los ojos. Caminó hasta allí, olvidando el instrumento en la mesita encima de la laptop del médico. Miró los tubos de ensayo, las placas con muestras, su libreta de anotaciones y el fregadero. Aquello no serviría. Miró el techo de la cocina, y tampoco. Su mano pasó nerviosa por su nuca desordenando sus cabellos. Sus pies se pusieron en movimiento de nuevo. Esta vez, hacia el salón. Caminó sobre el sillón de John, saltó al sofá y terminó de pie sobre la mesita de centro. Giró de nuevo sobre ésta. La ventana, el libro eterno que John nunca terminaba, la televisión apagada, su móvil en su sillón demasiado silencioso, la calavera sobre la chimenea, los recortes de periódico que habían quedado del caso anterior pegados en la pared, la navaja clavada en el manojo de cartas demasiado viejas, la alfombra aún manchada con una de sus soluciones, el silencio del primer piso, las revistas apiladas en un rincón que nunca leían, el lote de periódicos del día que John ya había revisado por él, el papel mural, la cara sonriente demasiado sonriente, la laptop de John con los correos aburridos de siempre, los agujeros de bala en la pared, el estante de libros, la repisa con adornos que la Sra. Hudson siempre ordenada para darle un toque femenino al lugar, las marcas en la pared de la vez que explotó el edificio del frente, el sonido del reloj del corredor, el goteo de la llave del baño en el pasillo…

Bajó de la mesa y se sentó sobre ella cerrando los ojos.

-Es inútil.—Murmuró. Se puso de pie y caminó hasta su cuarto cerrando la puerta de un golpe.

.. ….

Sherlock despertó cansado. OK, no se sorprendió demasiado cuando lo primero que vio fue el techo blanco, no era primera vez que lo veía. A su lado, junto a la ventana, John Watson trataba de no darle la cara. Una intravenosa en su brazo izquierdo era demasiado evidente. Se sentó aún algo mareado en la cama. Volvió a mirar la espalda del médico, pero supo al instante que era mejor quedarse callado. Había aprendido que no sacaba nada con hablar con él en situaciones de ese estilo. Pasó nuevamente su mano por su cabeza, tratando de ordenar ideas. Se sentó al borde de la cama. Cuando iba a quitar la intravenosa de un tirón, fue que vio las manos de John deteniéndole.

-No seas bruto. Yo la quito.—Dijo aún sin mirarle de frente.—Quien iba a pensar que el muy inteligente Sherlock Holmes, no es más que un idiota.

Iba a decir algo, pero se quedó callado. Aquello puso más tenso al médico, y lo supo al ver los nudillos blancos con que apretaba la manguerilla y la aguja.

-¿No vas a decir nada?—Preguntó con aquel tono de "di una estupidez y te doy un puñetazo".

Sherlock le vio a los ojos y negó con la cabeza. No iba a decir palabra, porque cada respuesta que pudiera darle ya la había escuchado antes, y él no repetía. Y de paso, sabía todas las cosas que pasaban por la cabeza del otro. Eran las de siempre. Que era un inconsciente, que no tenía respeto por la vida, que iba a matarlo de un infarto, que iba a decirle a Mycroft que lo encerrara en una clínica, que no pensaba en la Sra. Hudson… y la peor de todas, que se iba a ir de Baker Street.