Advertencias: Yahoi. Fluff. Lime. LEMMON. Y el capítulo más largo hasta el momento.

Lean bajo su propio riesgo. Lo sigo en serio. Francis se sentiría orgulloso de mí al ver esto xD.

Escocia acomodó su camisa negra. Se pasó la mano por el pelo por enésima vez. Se veía bastante bien con esa ropa. Corroboró por última vez que no haya ningún mensaje en su teléfono, y lo apagó. No quería interrupciones esa noche, mucho menos de su feje. Esa noche serían simplemente Scott Kirkland y Matthew Williams.

El sonido del timbre lo sacó completamente de sus pensamientos. El corazón le dio un brinco, y bajó corriendo las escaleras. Abrió la puerta despacio, con una sonrisa en la cara, dispuesto a hacer pasar al canadiense…

-Hermano, me asusta tu sonrisa de voyaviolaraciertocanadiensee stanoche.

La sonrisa de Scott pasó a ser una mueca de decepción en una milésima de segundo. Gales lo miraba desde la puerta.

-A todo esto, ¿por qué la casa está a oscuras y llena de velas? ¿Estás haciendo magia?-preguntó Deian. El escocés iba a responder, pero el galés siguió hablando -¿Tienes mariscos para cenar? Huelen delicioso, me entra hambre. Oye, ¿no me invitarás a pasar? Me gusta la música que tienes puesta.

-Lo siento, pero esta noche estoy ocupado con alguien más. Y no te invites a comer a la casa de otro, es de mala educación.

-Eres mi hermano, la educación no cuenta.

-Sí que cuenta.

-Argh, pareces Arthur cuando empiezas con esas cosas, ¿lo sabías?

-No me compares con Inglaterra.

-Sí, sí. Oye, ¿y con quién estás ocupado esta noche?

-No puedo creer que preguntes eso, Deian.

-¿Se supone que debo saber la respuesta?

-Por supuesto que sí. Vendrá Canadá.

-Oh, es cierto, me había olvidado de él-Escocia hizo una mueca de disgusto al escuchar eso –Supongo que los dejaré solos –el pelirrojo iba a darle las gracias de todo corazón a su hermano menor-pero me contarás los detalles mañana, eh.

-Eres un metiche.

-No insultes así a tu hermano menor.

-Deian, ¿acaso yo hago preguntas de lo que haces cuando vas de fiesta con Australia y los demás?

-Eso es diferente.

-Sí, y como hermano mayor tendría que obligarte a hablar, pero no lo hago. Así que no molestes, enano.

-Siempre tan tierno-murmuró Deian, y se fue caminando -¡Y no soy enano!

Scott rodó los ojos y cerró la puerta. Y se miró de vuelta al espejo, para asegurarse de que seguía estando bien. Corroboró que la comida estaba bien. Tenía todo. La mesa parecía digna de un lujoso restaurante, con la botella de champagne descansando en el centro, rodeada de hielo. El ambiente de la casa era precioso.

El corazón volvió a darle un brinco al escuchar nuevamente el timbre. Le pidió a los dioses otro milagro (Que la comida haya quedado bien fue el primero), deseó para sus adentros que fuera el canadiense el que estuviera detrás de esa puerta.

Efectivamente, al abrir, se encontró con Matthew, envuelto en una gran campera, una bufanda, guantes, y gorro para el frío. Esa noche la temperatura había descendido mucho.

El escocés no aguantó y abrazó al canadiense. El otro correspondió. El pelirrojo de verdad lo había extrañado. Canadá se separó un poco.

-Hola Scott-saludó el rubio mientras le sonreía al mayor. Él también había extrañado a su novio. Entraron a la casa, y mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba sobre el sofá, Matthew no pudo evitar sorprenderse.

-Esto es… inesperado-dijo el rubio con una risita nerviosa mientras se quitaba también los guantes y botas, e iba directamente a la estufa, para calentarse un poco -¿Lo has hecho tú?-El pelirrojo asintió con la cabeza, orgulloso de sí mismo-¿Tú solo?

-Bueno… Francia me dio las ideas.

-Se nota que es su estilo-dijo el canadiense, ya acostumbrado al romanticismo de su ex tutor.

-¿Te gusta?-preguntó el más alto, colocándose a su lado; ambos quedaron de pie, dándole la espalda a la estufa.

-Me encanta-respondió, mientras sonreía y se ponía en puntas de pie, para besar la mejilla del otro. Un pequeño sonrojo cubrió las mejillas de Escocia. El pelirrojo revolvió un poco los lacios cabellos de Matthew. Ambos se quedaron recostados contra la parte superior de la estufa. El norteamericano estaba maravillado con el ambiente: la calidez, la luz tenue de las velas, el sonido de la música, el apetitoso olor de la comida…

Y entonces el estómago del rubio hizo un sonido. Matthew se ruborizó enormemente. ¿Por qué tenía que entrarle el hambre en ese momento? En cambio, Scott no pudo contener la risa. Posó sus manos en las mejillas del más bajo.

-Eres adorable-le dijo el pelirrojo, y luego unió los labios de ambos en un pequeño beso. Canadá seguía sonrojado, pero más por las palabras de Escocia que por el hecho de que su estómago haya rugido. A Scott le pareció tan tierno que se lo hubiera comido a besos entero, pero él también tenía hambre.

Guió a Canadá hasta la cocina. El rubio se quedó atónito al ver la mesa.

-Me dejas sin palabras-dijo el norteamericano, recorriendo con su mirada la mesa, mientras se dirigía a tomar asiento. El británico pensó "Te dejaré sin palabras más tarde, Matthew", y llevó la comida a la mesa, abrió la bebida, y le sirvió al canadiense en la copa. El menor extendió su mano hasta tomar una de las flores que había allí.

-Supongo que Francis eligió la flor-dijo, mientras jugaba con ella.

-¿Por qué dices eso? Yo fui a la florería a buscar algo más original que simples rosas rojas afrancesadas -dijo el otro, algo descolocado.

-La flor de Lis es la flor nacional de Francia-dijo el rubio con una risita.

Escocia palideció un poco. Gastó su valioso tiempo en encontrar algo más lindo que las rosas afrancesadas, ¡y ahora se enteraba que esa flor era aún más francesa que las rosas! Matthew soltó una melodiosa carcajada.

-De todas formas es muy lindo de tu parte. Me gustan los Lirios.

-Hm… gracias, supongo-dijo, algo avergonzado.

-En el fondo eres increíblemente tierno-dijo Canadá mientras comenzaba a comer. El otro también se llevó la comida a la boca, pero para pensar en otra cosa que no fueran las palabras del canadiense.

-Esto está muy rico. ¿Dónde lo conseguiste?

-Cociné yo.

A Canadá casi se le cayó la comida de la boca, pero se acordó de cerrarla. Aún así, sus ojos azules estaban completamente abiertos. Tragó de una y siguió con la expresión de sorpresa en su rostro. Escocia levantó una ceja.

-No da para ponerse así. No tiene veneno.

-No es eso… es que…-dijo Canadá-…Tú nunca cocinas.

-Lo hago. Lo he hecho muchas veces.

-Sí, cocinabas comida británica. Y… no te ofendas, pero…

-¿Es horrible?

-¡No! No está tan mal, solo qué, err, es diferente a lo que la gente considera como delicioso.

Scott rió un poco.

-Oye, ya sé que la comida de por aquí no es muy deliciosa, pero eso no significa que yo cocino mal. Aunque no soy precisamente un chef francés, esto no quedó tan mal.

-…Eso es lo que me sorprende.

-Eres malo, Matty-bromeó Escocia.

-¡Lo… lo siento!-se disculpó el canadiense, que no captó el tono de la broma. El escocés sonrió levemente.

-Lo decía en broma.

Matthew suspiró aliviado. No quería hacer sentir mal al europeo.

Pasaron un rato comiendo y charlando tranquilamente. Al terminar, el mayor abrió la nevera para sacar el postre. Francia le había dicho "El chocolate es perfecto, es afrodisíaco. A Matthieu le encantará", pero el escocés lo ignoró. Él sabía cuál era el dulce preferido de Matthew, y aunque al canadiense le gustara el chocolate, había algo que le gustaba aún más.

-Ice Cream!-exclamó el rubio emocionado. Los ojos le brillaban de felicidad como si fuera un niño pequeño.

-Sabía que te gustaría-dijo Escocia con una sonrisa de suficiencia. Que el francés se guardara el chocolate para Irlanda; a su precioso canadiense se le conquistaba con helado. El norteamericano le sacó el helado de las manos, y dejándolo sobre la mesa, abrazó al británico con tal entusiasmo que casi lo tiró al suelo.

-Gracias por todo, Scott-dijo el rubio, sonriendo y dándole un sonoro beso en la mejilla. El europeo también sonrió. Amaba verlo así de feliz, y más si era él el responsable. Con Canadá abrazándolo por detrás, comenzó a servir el helado. Volvieron a sentarse, aunque el de ojos azules no tenía muchas ganas de soltarlo.

Mientras se llevaba otro poco de helado a la boca, el menor recordó que debía preguntarle a algo a Escocia.

-Oye, Scott…-el de ojos verdes lo miró atentamente-Tengo una pregunta.

-Te escucho.

-No es que no me guste. De hecho me encanta. Pero, ¿puedes explicarme la razón por la cual hiciste todo esto? Ya sabes, cocinar, arreglar todo, la cena súper elegante…

Scott se sonrojó un poco. No podía simplemente contestarle "Porque quiero hacerte mío". El rubio lo miraba expectante. El pelirrojo suspiró mientras se frotaba las sienes.

-Te lo mereces-Tal vez no era el motivo principal, pero era en buena parte cierto.

-No creo que sea sólo eso.

Escocia lo miró con ojos suplicantes.

-No me hagas decirlo, Matthew-el pelirrojo no se atrevía a decirlo sin morirse de vergüenza, y el norteamericano era demasiado inteligente como para tragarse alguna otra indirecta que ocultara la verdad.

-Scott-habló Canadá, fuerte y claro –Dime. Por favor.

El escocés no podía resistirse a eso. Derrotado, se llevó otra cucharada de helado a la boca, y se puso de pie. Canadá iba a decir algo, pero Escocia le hizo un gesto para que esperara. Al poco rato, le dio al canadiense un pedazo de papel blanco, doblado prolijamente. El rubio no tardó en desdoblarlo, y pudo reconocer la letra de Scott.

-Es para ti-dijo el pelirrojo-Léelo tranquilo.

El más bajo obedeció, y sin dejar de comer helado, comenzó a leer.

Matthew:

No sé cómo empezar esto. Bueno, eso no es del todo cierto.

Lo primero que debería hacer es agradecerte. ¿Por qué? Por permitirme conocerte, ocupar un lugar en tu vida (me tocó el mejor de todos, por cierto). Gracias por dejarme que te ame. Gracias por amarme tú también.

Mentiría si dijera que eres lo único en mi vida. Aunque a veces no los soporte, mis hermanos son importantes para mí, al igual que otras pocas personas. Pero la única persona que me genera todo tipo de sensaciones, que quiero de esta forma tan especial, eres tú.

Deberías saber que si hiciera una lista con los momentos más hermosos de mi vida (o existencia) en la mayoría de esos momentos, aparecería tu nombre. Eres lo que me hace más feliz, ¿lo sabías?

Cuando eras más pequeño, una colonia de mi hermano, no sabía describir el sentimiento que me generabas. Quería protegerte. También quería proteger a mis hermanos, pero contigo era distinto. De verdad, en ese entonces me hacías sentir cosas que nunca antes había sentido. Lo sigues haciendo, pero no me desviaré de tema.

Luego te independizaste. No era que nos viéramos seguido cuando eras colonia de Inglaterra, pero te sentí más lejos que nunca. Te extrañaba mucho. Pensaba seguido en ti, en cómo te estaría yendo a ti, si te encontrabas bien. Si tú también pensabas en mí.

Nos veíamos todavía menos. Pero, en las pocas reuniones o eventos en los que coincidíamos, verte era un alivio inmenso. No, no me daba cuenta de que lo que sentía por ti era demasiado especial. No podía pensar en algo medianamente romántico sin relacionarte de alguna u otra forma.

Siendo sincero, teniendo en cuenta la cantidad de años que tengo como nación, fue hace muy poco tiempo que me di cuenta de que los sentimientos por ti no eran ni más ni menos que amor. Tal vez me equivoque, tal vez no sepa lo que es amor. No, tal vez no lo sé. Lo único de lo que soy consciente es de las ganas que me dan de tenerte entre mis brazos, de abrazarte, besarte, demostrarte mi amor de todas las formas posibles (presta atención a esto último, hay una indirecta escondida). Soy consciente de que me haces el ser más feliz del mundo cuando estás conmigo. Matthew, mírame, en el poco tiempo que has estado conmigo, he pasado por miles de cosas que jamás en mis cientos de años como nación experimenté. Eres capaz de hacer que mi mundo de giros de 180º en cuestión de segundos. Me consumen los celos y las ganas de verte cuando no estás conmigo. Te juro que enloquezco cuando te siento tan cerca de mí. Todos los días me sorprendes con algo nuevo, por más pequeño que sea. Haces que cada momento que pase junto a ti sea inolvidable. Pierdo la noción de tiempo cuando estoy contigo. Me hace bien estar contigo. Me haces feliz.

La perfección no existe, pero que puedo decir, tú eres lo más perfecto que vi. Eres imperfectamente perfecto. Así es como te veo yo. Pasaría el resto de mi vida contigo. De hecho lo haré. Ahora que te tengo así, no pienso dejarte ir. Soy un egoísta, pero es lo que me generas.

Matthew, ¡me haces escribir estas cursiladas! Si eso no es amor, no sé lo que es. Tal vez nunca sepa lo que es el amor, pero esto es lo que siento. Y sé que también sientes lo mismo.

No te aburriré más. En resumidas cuentas: Tienes mi corazón. O mejor aún, lo eres.

Te amo, Matthew Williams.

Siempre tuyo,

Scott Kirkland.

Matthew terminó de leer. No sabía que decir. Oficialmente, el escocés lo había dejado definitivamente sin palabras. Tardó en reaccionar. Finalmente, dejó la carta encima de la mesa. Pero siguió en silencio.

Scott moría de los nervios. No sabía cómo le caería la carta al canadiense. Cuando la escribió, le había parecido buena, pero luego la leyó un tiempo después y le pareció una estupidez. Pero por el esfuerzo, de todas formas se la dio. El rubio al principio tenía una sonrisa divertida en la cara, pero conforme seguía avanzando con la lectura, le pareció que los ojos de Canadá estaban brillantes.

Los ojos azules se encontraron con los verdes. El mayor vio que el norteamericano parecía estar a punto de llorar. Sus intenciones no habían sido conmoverlo tanto. ¿Por qué hizo llorar al rubio? ¿Por qué le salieron las cosas mal, con todo el esfuerzo que invirtió en preparar todo? Suspiró, y se puso de pie. Fue hasta dónde se encontraba el canadiense y lo hizo ponerse de pie. Sin decir palabra alguna, lo rodeó con sus brazos, estrechándolo contra su pecho. El menor enterró la cabeza en su pecho, y a Scott le pareció que se largó a llorar. Llevó una de sus manos hasta el cabello de Matthew y comenzó a acariciar suavemente, intentando calmarlo.

-Matthew-susurró el británico-Eso no era para hacerte sentir mal.

-Tonto-dijo el otro con voz ahogada –No me siento mal. Es sólo que… ¡eres tan sincero y directo!

-Es parte de mi encanto-respondió el pelirrojo con una sonrisa. Y el menor no pudo evitar soltar una pequeña risa. Se apartó del pecho de Scott. El mayor secó con sus dedos las pequeñas lágrimas que caían del rostro de Canadá. Sus ojos azules estaban brillantes. Escocia le revolvió el cabello –Ánimo. Creo que alguien merece otra dosis de helado~

-Eso que escribiste fue lo mejor que me han dicho.

El británico se sonrojó un poco, pero aún así no soltó al rubio. Aunque se preguntaba, ¿cómo haría para cumplir el principal objetivo de la noche?

Canadá lo besó. El dulce sabor del helado no tardó en invadir al escocés. ¿Qué cómo haría? Bueno, tal vez debía hacerle caso a Arthur y dejarse llevar.

Scott no tardó en corresponder. Entre besos, se las arregló para guiar al canadiense a través de la cocina. Llegó al sillón y lo sentó en uno de los posa brazos. Lo tomó de la cintura, acercándolo más hacia sí. Matthew abrazó su cuello y profundizó el beso, mordiendo los labios de Scott, intentando que su lengua entre en la boca del otro. El rubio enredó sus manos en los cabellos rojizos del otro. El mayor también quiso profundizar el contacto, y con su lengua exploró la boca del canadiense. Scott posó una de sus manos sobre una de las piernas del rubio, y acarició suavemente sobre la tela del pantalón. A veces su mano viajaba peligrosamente hacia la entrepierna de Canadá. El rubio rodeó la cintura del escocés con sus piernas. Escocia bajó hasta el cuello de Matthew, no sin antes pegarle una mordida en los labios. Comenzó a besar, lamer, y morder el cuello del menor con ansias. Adoraba la piel de Canadá, era sumamente suave. Y lo volvía loco la forma en que tiraba sus cabellos cuando tocaba un punto sensible de esa parte de su cuerpo. Repartió besos desde la base del cuello hasta la mandíbula. Arrancaba algunos gemidos por parte del canadiense…

Pero no podía seguir con eso allí. No había arreglado la cama sólo para dormir.

Haciendo uso de su impresionante fuerza de voluntad, Scott se separó de Matthew, y aprovechando el desconcierto de éste por la repentina pausa, lo tomó en brazos al estilo novia en luna de miel, y subió las escaleras con él.

-¿Qué haces, Scott…?-preguntó el canadiense, pero fue cortado en cuanto el escocés pateó la puerta de su habitación para abrirla. Dejó a Matthew sobre el colchón, y comenzó a quitarse la camisa. Al de norteamericano casi se le caía la baba: Escocia se veían realmente sexy con esa camisa negra. El color oscuro contrastaba con la piel pálida, y resaltaba los músculos del abdomen.

La dichosa prenda, ya desprendida, resbaló por los brazos del escocés, dejando la piel expuesta. Tomó asiento en la cama, y sentó a Canadá sobre sus piernas, quedando ambos frente a frente. El rubio volvió a rodearle la cintura con las piernas, y siguieron con lo que habían empezado abajo. Reanudaron los besos apasionados, las mordidas, el contacto entre sus lenguas, las caricias en el pelo, el cuello, la cintura y las piernas.

El canadiense se separó un poco sus labios de los del escocés, y comenzó a besarle el cuello. Scott daba pequeños gruñidos de satisfacción, mientras desabrochaba los botones de la camisa de Canadá. No tardó en quitarle la tela que, según el pelirrojo, estorbaba. El mayor recorrió el torso bien formado del rubio con sus manos, deleitándose con la suavidad de su piel, la calidez de su cuerpo, y lo espectacular que se sentía al tacto. El menor se estremeció levemente al sentir las grandes manos de Scott recorrer su pecho y su espalda, como si el británico quisiera recordar cada detalle. Aún así, siguió besando el cuello del escocés. Quiso bajar, pero una de las manos que había en su espalda lo tomó de la barbilla e hizo que uniera sus labios con los del más alto.

El europeo acarició sus labios con la lengua, mordió suavemente, degustó la boca del otro. Escocia no quería dejar de besarlo. Adoraba los labios de Matthew. Eran lo mejor que había probado en toda su vida. Suaves, dulces, cálidos. Acarició tiernamente la mejilla del menor. Todo en el canadiense era suave, dulce y cálido. Le quitó los lentes suavemente, dejándolos sobre la mesita de luz. No quería que estorbaran. Acostó al rubio boca arriba sobre la cama, y posicionándose encima de él, recorrió su pecho con las manos.

-Matthew, eres tan hermoso-le susurró sensualmente contra la oreja.

Al aludido se le puso la piel de gallina al sentir el cálido aliento chocando contra su oído. Escocia se acerco al lóbulo, y mordió suave y juguetonamente esa zona. El rubio jadeó. Scott llevó sus manos a los pezones del menor. Los acarició y jugó lentamente con ellos. Canadá gimió mientras sujetaba los cabellos rojos de Scott. Se tensaba completamente a los toques en esas zonas erógenas. Se estaba excitando bastante, y comenzaba a apretarle un poco el pantalón. Se mordió el labio inferior cuando sintió la áspera lengua de Escocia lamer uno de sus pezones. Le tironeó más el cabello. Scott bajó dando besos por todo el abdomen del menor. Pasó una mano, lenta y tortuosamente, sobre el pantalón, allí donde el norteamericano se sentía más duro. El británico desabrochó lentamente los botones, revelando un poco de tela blanca. El mayor se relamió los labios mientras quitaba el pantalón del otro. El menor se vio tentado a taparse el bulto con las manos. Había sido tan oportuno que se puso ropa interior blanca, y se traslucía bastante. Y más se notaba su pequeña erección, que si bien no estaba completamente parada, sobresalía mucho.

El escocés creyó que le había dado un orgasmo mental con la imagen del cuerpo semidesnudo de Matthew. La única pieza de ropa que le quedaba dejaba muy poco a la imaginación.

-Estás buscando que te viole-murmuró Scott, más para sí mismo que para el otro.

El rubio iba a decir algo, pero si quedó sin aliento cuando el mayor comenzó a jugar con el rulo que sobresalía de su cabeza. Enroscaba el mechón en su dedo, lo tironeaba un poco, y hasta lo llegó a morder.

Canadá se abrazó de brazos y piernas a Escocia. ¿Por qué rayos Scott lo tenía que poner tan caliente? A pesar de que afuera el invierno calaba a cualquiera hasta los huesos, Matthew tenía más calor que nunca. Se retorcía entre los besos y caricias que el escocés depositaba en sus labios, cuello, pecho y rostro. Y el hecho de sostener ese mechón no ayudaba a que el norteamericano se mantuviera en sus cabales.

El pelirrojo dejó en paz el rulo del canadiense, y se dedicó a sacarse los pantalones. Los gemidos de Matthew y su forma de responder ante los estímulos lo habían encendido completamente. Se quitó lentamente el pantalón claro, el cual el canadiense adoraba debido a lo bien que marcaba su trasero, para quedar con sus bóxer rojos. El menor tragó saliva al verlo, ese color no hacía más que acentuar el gran tamaño del miembro de Escocia.

El norteamericano llevó las manos a la nuca del británico para volver a unir sus labios con los de él. Con mucho esfuerzo, dio vuelta a Escocia, quedando él encima del europeo. Sus miradas chocaron. Los dos tenían la respiración algo entrecortada. Esta vez, Matthew estaba seguro que no podían retroceder. Ninguno de los dos.

Canadá atacó la boca del escocés, de una forma arrebatadora. Scott llevó sus manos hasta el trasero del canadiense, sujetándole las nalgas, y atrayéndolo más contra él. El rubio prácticamente dejó caer su cuerpo entero sobre el cuerpo del pelirrojo, y al hacerlo, sus genitales se rozaran. Aún con la ropa interior puesta, el repentino contacto hizo que una sensación de calor les invadiera el cuerpo a los dos. Escocia sujetó las caderas de Canadá, buscando el contacto nuevamente. El de ojos azules gimió contra la boca del otro. De forma juguetona, el escocés le pellizcó la nalga izquierda al canadiense. Matthew le hubiera pegado, pero siguió besándolo, aunque sintió como los labios del británico se curvaban en una sonrisa maliciosa. Y el mayor le dio una palmada en su otra nalga. Con un rubor en las mejillas, el rubio llevó los dedos hacia la parte trasera de Scott, y lo casi-penetró por encima del bóxer.

El pelirrojo abrió los ojos sorprendido, y Canadá sonrió. Era su venganza. El europeo consideró que tener al norteamericano arriba no era bueno para sus planes, y lo dio vuelta, no sin antes darle un último apretón en el trasero.

-¡Scott!-lo regañó el rubio completamente sonrojado.

-Perdón, es que tu trasero es irresistible. Tú eres irresistible.

El sonrojo en las mejillas del menor aumentó ligeramente. El más alto acercó peligrosamente su mano hacia la entrepierna del otro. Rozó la superficie de la tela, y el rubio mordió su lengua para no gemir. La cara de Scott estaba peligrosamente cerca de su zona más sensible, y la punta de su nariz rozaba la erección de Matthew. El de ojos verdes hizo un ademán de morder el bulto, lo que hizo que el norteamericano jadeara y abriera inmensamente sus ojos. Escocia bajó lentamente la última pieza de ropa, dejando al canadiense así como había llegado al mundo.

El menor cerró los ojos con fuerza. Se sentía bastante avergonzado de que el británico lo viera completamente desnudo. Al pensarlo no le había disgustado ese hecho, pero ahora que sentía la mirada esmeralda recorrerlo, le dieron ganas de esconderse bajo las sábanas. Por su parte, el europeo se maravillaba con el magnífico cuerpo que tenía bajo él. Con las mejillas sonrojadas, las piernas semi abiertas, esos ojos azules brillantes, la respiración agitada, la boca abierta y los labios húmedos, el pecho subiendo y bajando rápidamente. Matthew era…

-…tan perfecto-susurró, antes de volver a besarlo. Lo hizo de forma lenta y dulce. No quería hacer que el canadiense se sienta incómodo. Trató de ser lo más romántico posible, aunque Ottawa pidiendo atención no ayudaba mucho. El rubio correspondió rápidamente al beso, y abrazándolo.

El pelirrojo comenzó a quitarse su ropa interior también. Ahora sí que le apretaba, después de ver a su precioso canadiense en todo su esplendor. Se bajó el bóxer de una, arrojándolo a un rincón desconocido de su habitación. Había pensado en poner a Canadá boca abajo, pero no quería dejar de ver su bello rostro. Le acarició el cabello suavemente, y le dio un beso en la frente.

-¿Estás listo?-preguntó Scott. Matthew asintió, con bastante seguridad.

-Confío en ti-musitó el norteamericano. El británico le sonrió, intentando transmitirle cierta seguridad, y sacó el lubricante de la mesa de luz. Se empapó los dedos con él, y abriéndole las piernas al rubio, introdujo uno de sus dedos.

Canadá se removió, muy incómodo. Le había dolido. Apenas se había acostumbrado a la intrusión, cuando Scott introdujo otro dedo. Ahí gimió bastante fuerte, y se agarró fuertemente de las sábanas. Le costó un poco acostumbrarse a esa nueva sensación, pero al hacerlo, comenzó a disfrutar un poco. El escocés se mordió el labio inferior con lujuria al ver como el canadiense disfrutaba, e introdujo un tercer dedo. El menor agarró con más fuerza las sábanas, sintiendo como los músculos de esa zona sensible se contraían. El pelirrojo movió los dedos, manteniendo un ritmo suave al principio, y luego más rápido. Los músculos de Matthew se relajaron en cuestión de un rato.

Escocia consideró que ya era su momento. Retiró los dedos. Resistiendo las ganas de embestirlo de una vez, tomó su pene y separó más las piernas del norteamericano. Introdujo lentamente su órgano reproductor en la entrada del menor. El más bajo gimió al sentir el miembro duro del mayor en su interior. Se aferró contra las sábanas fuertemente a causa del dolor. El pelirrojo despegó una de las manos de las sábanas, y entrelazó los dedos de ambos, mientras unía sus labios con los de su novio. Scott comenzó a moverse lentamente, mientras el canadiense gemía y jadeaba contra su boca. Él tampoco pudo evitar soltar un gemido de placer al sentir lo estrecho que era Matthew.

-Matthew-dijo con voz ronca, haciendo contacto visual con el menor-Te amo. I love you.

-I love you too. Je t'aime-respondió el rubio, rodeando al británico con sus piernas.

El pelirrojo lo tomó de las caderas con su mano libre, y comenzó a aumentar el ritmo de sus embestidas. El más joven soltó las sábanas y la mano de Scott, y se aferró a la espalda de éste, enterrando sin querer las uñas. El europeo besó el cuello de Canadá, mientras lo penetraba más fuerte y rápido. Enredó el rulo entre sus dedos, besó sus labios, mordió su cuello, le demostró su amor de todas las maneras que pudo.

-Ah… Scott-jadeó Matthew -…Scott… Te amo Scott.

Al escocés le dio algo al escuchar al rubio decir eso. La voz suplicante, el sentirlo contra él. La forma en la que dijo su nombre. Escuchar tantos sentimientos en las pocas cosas que había balbuceado el canadiense, lo conmovía completamente.

-Ma…tthew-dijo entrecortadamente, mientras aumentaba el ritmo y la frecuencia de sus movimientos –También yo.

Canadá se aferró todavía más a la espalda de su novio. Sentía que se corría. No aguantaba más. Para su sorpresa, Scott le susurró que el también estaba en su límite.

-Matthew-jadeó por última vez el mayor, antes de eyacular dentro del norteamericano. El pelirrojo se sintió que tocaba el cielo. Una sensación mil veces más placentera que el mejor de los whiskies lo invadió. Por su parte, Canadá también llegó al orgasmo unos instantes después del escocés. Estiró los dedos de los pies, se le congelaron las extremidades, y con un gemido muy fuerte, se corrió contra el abdomen de Escocia. Este último le dio un pequeño beso en los labios antes de salir de su interior.

Quedaron acostados boca arriba en la cama, respirando agitadamente. El canadiense tomó la mano del escocés, y entrelazó sus dedos con él. Scott giró la cabeza para encontrarse con un par de ojos azules que lo miraban reflejando una infinidad de emociones diferentes. Le sonrió al más bajo.

Matthew le devolvió la sonrisa.

-Lindas sábanas. Son muy suaves-comentó el rubio.

-Sí, aunque eso no te importó mucho a la hora de arañarlas.

-No arruines el momento-lo regañó en tono de broma el canadiense.

Se quedaron mirándose a los ojos un buen rato. Luego Escocia rompió a reír como un loco. Canadá, contagiándose con el humor del otro también lo acompañó con su risa. El mayor se agarraba el estómago de tanto que le dolía. El rubio tenía pequeñas lágrimas en los ojos, de la risa.

Las carcajadas de ambos cesaron súbitamente. Sus miradas se encontraron de vuelta y rompieron a reír de vuelta.

-Ya basta Scott, deja de reírte.

-Lo siento, pero es que no puedo dejar de hacerlo, deja de reír tú primero

-¡Pero tu risa me da risa!

Hizo falta un buen rato para que las risas cesaran definitivamente. Ambos sonreían de oreja a oreja y se recuperaban de su ataque post-risa.

-Soy tan feliz-dijo Scott.

-Creo que lo dejaste bastante claro.

-Tenía que decirlo. Aunque… no es por matar el momento, pero creo que deberías bañarte.

-Yo diría lo mismo de ti.

-Oye, que yo no soy el que tiene semen ajeno chorreando entre las piernas…

-Al menos yo no lo tengo en todo el abdomen.

Scott miró hacia su parte baja sorprendido y vio el regalo que le dejó Canadá. Se había olvidado de eso. La melodiosa risa de su novio resonó en sus oídos

-¡Qué maldad! ¡Qué atrocidad! Mon dieu!-comentó sobreactuando, con una voz chillona y dramática. Incluso mordía el elástico de su bóxer, imitando a cierto francés con su pañuelo. El menor rió ante la mala imitación de su ex tutor y el pésimo manejo del idioma francés.

-Ve a bañarte, Écosse.

-Prefiero Scotland.

-Prefieres Scott.

-Debo darte la razón en eso-dijo el escocés, sonriendo, mientras le tiraba un beso muy sobreactuado al canadiense. Se retiró al baño, dejando a Canadá en la habitación, todavía riendo.

….

._. Sin comentarios.

Nah, es mentira. Espero que les haya gustado. Uf, ¡no fue nada fácil! Y Canadá no quedó tan afrancesado. En fin, aunque estoy llegando al final de esta historia, todavía no termina. Tal vez hasta ponga un Lemmon de vuelta. Pero claro, eso sólo si a ustedes les gusta y si quedó bien. Ahora sí, por favor, necesito sus opiniones desesperadamente. Esto es lo más explícito que he escrito, y de verdad preciso saber qué tal estuvo. :3