Advertencias: Lo de siempre. Yahoi, cosas tiernas. Y cosas francesas.
Los días de invierno pasaban. Scott podía decir que su vida era perfecta. Bueno, siempre había cosas que lo hacían enfurecer o perder la cabeza durante un buen rato. También le fastidiaban cosas como tener que levantarse temprano para ir a estúpidas reuniones de naciones. Pero sin duda, lo que menos le gustaba de todo eso, era el hecho de que Canadá no se encontraba precisamente cerca. Y solía extrañar al canadiense con locura, aunque ambos se mantenían en contacto y trataban de verse cada vez que podían. Aunque no era del todo malo si analizaba la situación a fondo. Tenían "su espacio", y no debían preocuparse por asfixiar demasiado al otro.
No era complicado mantener una relación a distancia con Matthew. Era una persona fiel. Y Escocia también. Bueno, la verdad era que Scott nunca fue uno de los grandes interesados en el amor, su corazón estaba ocupado por el whisky, los cigarros y Canadá, este último como el más importante de la lista.
Desde aquella noche tan especial, sólo habían vuelto a tener un encuentro apasionado dos veces, siempre en la habitación de alguno de ellos. Y adoraba tener al norteamericano gimiendo bajo su cuerpo, eso no lo podía negar. Pero llevaba tiempo queriendo probar algo nuevo. Nada muy francés, pero podía mejorar notablemente sus momentos íntimos.
Se lo dijo a su pareja un día que se encontraban tomando un café en la casa de éste, sentados en el sofá viendo la estufa.
-Matthew…-comenzó Escocia, sabiendo que su carta ganadora era comenzar la frase con el nombre del canadiense-… lo estuve pensando, y creo que me gustaría probar algo nuevo.
-¿Nuevo? ¿En qué sentido?-preguntó extrañado el americano.
-En el sentido más pervertido y malpensado que puedas imaginar.
-… He vivido con Francia, y sabes que puedo pensar lo peor.
-No tan extremo, estamos hablando de nosotros-se apresuró a decir Scott, intentando no pensar en imágenes que involucraran franceses perversos.
-Entonces dime, ¿qué quieres probar?-Canadá comenzó a imaginarse las fantasías sexuales que podría tener el escocés.
-Sexo en mi ducha.
El de ojos azules casi soltó un suspiro de alivio. Había pensado en cosas peores. Pero algo no cuadraba ahí.
-¿Porqué en tu ducha, y no en la mía? Es simple curiosidad.
-Tú tienes una bañera.
-Sigo sin entender tu punto, Scott. ¿Qué diferencia puede tener para el sexo el hacerlo en una bañera o en una ducha?-Matthew estaba un poco sonrojado al hablar de ese tema, pero seguía firme.
-Que no confío en las bañeras. No desde que me resbalé y me di la cabeza contra uno de los bordes. Maldita bañera inglesa. Maldita bañera de Arthur.
-... Sólo porque te haya pasado una vez, no significa que te vayas a resbalar.
-Me preocupa que tú te resbales. ¿Y si te ahogas?
Canadá levantó la ceja, mirando con cierta pesadez al escocés. A veces podía ser bastante extraño. Pero aún así lo amaba.
-En fin. Mejor dejemos de hablar de bañeras.
-Sí. Volvamos al tema de la ducha-dijo firmemente Scott -¿Qué te parece?
El rubio se mordió el labio inferior, pensativo. Nunca lo había pensado. Bueno, sí, se había imaginado eso muchas veces. Lo correcto sería decir que nunca consideró que podría hacerse realidad. La idea de la ducha no sonaba nada mal. De hecho le parecía buena. Muy buena. Se imaginaba el agua cayendo por el cuerpo desnudo del escocés. Antes de que el sonrojo inundara sus mejillas por las imágenes mentales que creaba, movió la cabeza afirmativamente. Escocia sonrió.
-Es una muy buena idea. La verdad creí que me ibas a salir con otra cosa, algo así como "Matthew, quiero verte cubierto de whisky"-el rubio se rió después de decir eso último. Aunque su sonrisa se borró al instante al ver una mueca algo perversa por parte del pelirrojo.
-Me encantó eso último. Creo que sé que le pediré a Finlandia este año~
-Mejor evitamos situaciones vergonzosas con otras naciones, y me lo pides directamente.
-Tienes razón. Matthew, ¿te gustaría ser mi regalo de navidad? Un regalo de navidad cubierto de whisky.
-… No eres muy normal.
-De todas formas me amas. Admítelo.
-Lo admitiría las veces que haga falta. Jamás lo negaría. Pero, olvida lo del whisky, ¿quieres?
-No quiero. Regálame eso para navidad. Please. ¡Haré realidad tus deseos más profundos!
-Déjame decirte que ya has hecho varios. Amarme es uno de ellos.
El británico se quedó un rato en silencio, admirando los brillantes ojos azules del más bajo.
-Maldita sea, haces que quiera comerte a besos-dijo el pelirrojo con un falso tono de irritación, mientras tomaba al canadiense suavemente por la mandíbula y lo miraba a los ojos.
Se quedaron un rato mirándose, y luego Scott lo besó. El rubio estaba algo sonrojado, pero de igual forma correspondió al beso. Cerraron los ojos, dejándose llevar. Sabían a café. El británico acarició lentamente los la lengua los labios del menor. Matthew rozó su lengua con la del otro, y le dio un leve mordisco en los labios. El ritmo del beso fue aumentando poco a poco, volviéndose más rápido y apasionado. Pero de un momento a otro, el ritmo bajó y se suavizó. Solían ser así siempre: Iban como en una montaña rusa, a veces lento, luego rápido, de un instante a otro lento de vuelta, etc. Nunca sabían que esperar del otro (Especialmente Scott, ya que todavía no terminaba de entender la actividad hormonal francesa de Matthew).
Se separaron lentamente, Scott todavía sin retirar su mano del rostro del canadiense.
-¿Aceptarás lo del whisky?
-No arruines el momento-le reprochó el canadiense, haciendo un mohín algo infantil –Ya hablaremos luego de eso. Pero primero lo de la ducha, ¿de acuerdo?-el pelirrojo no respondió -¿De acuerdo?-repitió el rubio, esta vez más firme.
Scott resopló, y asintió. El norteamericano sonrió de lado y se terminó el café que quedaba en su taza. Canadá fue hasta la cocina a dejar las tazas. Al volver con el escocés, lo vio acostado en el sofá. El de ojos verdes le sonrió desde allí y le hizo un ademán para que se acercara. El menor obedeció, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, el mayor se incorporó ágilmente y lo atrapó entre sus brazos. Lo acostó encima de él.
-El sillón no es tan grande para que los dos estemos acostados-le dijo el canadiense.
-Mejor, así estamos más apretados-respondió sonriendo Escocia, y besó la frente del menor.
…
No muy lejos de allí, Alfred Jones se dirigía a casa de su hermano menor Canadá. No tardó en llegar, y tocó la puerta. Nadie atendió. Volvió a insistir un par de veces y nada.
Intentó hacer como los espías de sus películas, y miró por la ventana.
Casi se le cayó el rostro cuando vio a Matthew y Scott en el sillón, abrazados, durmiendo con un sueño más profundo que Grecia.
-Bueno, supongo que les dejo esto aquí-murmuró para sí mismo Estados Unidos, comenzando a escribir algo en un papel. Lo dejó doblado por debajo de la puerta, esperando que su hermano lo encontrara.
Dio una última mirada a la pareja antes de irse, y sonrió. Por más que le fastidiara un poco ver a Escocia con su hermano, el estadounidense sabía que Canadá estaba en buenas manos.
Y eso señores, es una conversación típica de esos dos como pareja. Alfred me quedó todito Fluffy al final :'D. ¡Espero que les haya gustado!
