Advertencias: El combo de siempre, y Lemmon muy Francés.

Canadá estacionó el auto de Escocia en la casa de éste. A duras penas no perdió el control del volante durante el trayecto, ya que el pelirrojo acariciaba continuamente sus muslos, a veces pasando la mano por las caras interiores de éstos y acercando los dedos peligrosamente a los genitales. El rubio se mordía el labio y miraba al frente, repitiéndose mentalmente "Concéntrate, no pierdas el control". También estaba resentido con el escocés, por llevarlo al borde de la locura con las caricias. Por eso, fue un alivio poder apagar el motor. Al hacerlo, el mayor salió disparado del auto, llevándose un par de botellas con él, mientras le guiñaba un ojo a su novio.

El rubio resopló, mientras descansaba la cabeza sobre el volante del auto ajeno. Los malditos manoseos de Scott lo habían alterado completamente. Respiró hondo, y bajó del auto con su mochila y sus cosas. Fue hasta la casa y abrió la puerta. Estaba oscuro, al parecer, el mayor no tenía ganas de encender la luz.

O eso pensó hasta que dos manos le taparon los ojos. Alguien se posicionó detrás de él, y uniendo sus cuerpos, comenzó a besarle el cuello. El aroma del escocés inundó sus sentidos. El canadiense sonrió, dejándose hacer. Incluso se restregó contra el cuerpo de Scott, como si fuera un gato.

-Al diablo con el juego de las escondidas- murmuró la voz de Escocia.

Quitó las manos de los ojos del rubio, lo tomó por la cintura, para girarlo y dejar a ambos frente a frente, y comenzó a besar sus labios de forma apasionada. Canadá enroscó los brazos alrededor del cuello del más alto, mientras abría los labios lentamente, dándole permiso al mayor para que empuje la lengua dentro de su boca. Ambas lenguas se rozaban, cada uno exploraba la boca del otro. Scott acercó a Matthew aún más contra él, sin soltar la cintura, y el rubio mordió levemente el labio inferior de su pareja. El mayor se apartó lentamente, aunque mantuvo sus narices rozándose. El aliento de ambos chocaba, y el americano acarició suavemente la mejilla del otro. Escocia sonrió, aunque fue apenas perceptible debido a la oscuridad.

-Tengo el whisky en la cocina.

Un sonrojo cubrió las mejillas del norteamericano, pero asintió con la cabeza.

-Vamos. Pero enciende la luz, que me tropezaré con algo-dijo como respuesta.

Scott ensanchó su sonrisa, y guió a Matthew por la casa, ya iluminada al encender la luz. El canadiense se quitó la camisa lentamente, esperando a que el europeo abriera una de las botellas de whisky. Pero no se dio cuenta de que al hacer eso, el pelirrojo interrumpió la tarea, y sin soltar la botella, se quedó admirando el "espectáculo". Cuando Canadá dejó caer la camisa, se percató de la mirada esmeralda sobre él y se sonrojó. Dejó escapar un grito ahogado, a causa del sobresalto.

-No me mires así. Me pones nervioso-confesó con la mirada baja.

-¿Cómo quieres que no te mires, si eres irresistible? –reprochó el escocés, mientras terminaba de abrir la botella. Se la llevó a los labios y bebió. Sintió una calidez ya conocida en la garganta. Le extendió la botella al rubio. Éste negó con la cabeza.

-Quiero un beso indirecto-demandó el pelirrojo.

-Eres un caprichoso-le dijo el norteamericano, pero hizo lo que le pidió -¿Contento?

-No del todo-admitió. Canadá rodó los ojos.

-Oye, ¿y cómo se supone que harás esto? Es puro líquido.

-Improvisaré-concluyó Escocia, y tomando la botella, dejó caer generosas cantidades de líquido sobre los hombros de Matthew. El menor sintió como bajaba por su torso. Y no tardó en sentir la cálida lengua de Scott, que lamía aquellos lugares del bien formado pecho en los cuáles las gotas de whisky resbalaban.

El rubio no se sentía muy cómodo con eso resbalando por su pecho, pero las húmedas caricias compensaban cualquier incomodidad generada. La verdad era que él hubiese preferido usar chocolate o miel… o miel de maple.

-¿Estás bien?-la voz de Scott lo sacó de sus pensamientos.

-Sí… sólo que… esto es raro.

-¿Te sientes incómodo?

-Más o menos-admitió el menor –Pero… no quiero arruinarte la diversión. No está taaan mal.

-No sé en qué mierda pensaba. ¿Qué hago con esto?-cuestionó mirando el whisky.

-Podemos improvisar, como dijiste.

-No tiene gracia…

-¿Se te fueron las ganas, Scott?

El pelirrojo arrugó la nariz un poco. El menor desabrochó la camisa del británico, y la quitó. Abrió la otra botella de whisky.

-¿Qué ha…?

-¡Guerra de whisky! –exclamó el rubio, y lanzó el licor al cuerpo del escocés. El mayor estaba algo sorprendido, pero rió y le devolvió el golpe. Corrieron alrededor de la cocina tirándose el contenido de la botella. Después de un rato, terminaron los dos sólo en ropa interior, empapados de alcohol. Parecían dos niños después de una guerra de agua improvisada. El piso apenas tenía gotas de whisky, ya que Scott no desperdiciaba esa bebida así como así. Podía llegar a ser igual o peor que Suiza si se trataba de ese asunto.

-Bueno… no ha sido exactamente sexo con whisky… ¡pero fue divertido!-comentó Matthew con una sonrisa en la cara. Y comenzó a reír al ver que el escocés se pasaba la lengua por el hombro.

-Nunca estuve tan delicioso-dijo el escocés –Pero seguramente tú estás mejor.

Después de decir eso, se acercó al canadiense y lo apresó contra la pared, mientras apresaba sus labios con suavidad. Degustó con suavidad la boca del canadiense. Éste último pudo percibir el gusto de aquella bebida. Y no porqué se haya bañado en eso, no, era porque el pelirrojo se había tomado buena parte de la botella en vez de lanzarle el contenido a Matthew.

El norteamericano quiso profundizar el beso, pero el británico fue más rápido y comenzó a besarle el cuello. Lamió las gotas que resbalaban del mentón. Mordió suavemente todos aquellos lugares que sabía que volvían loco al rubio. El menor se dejó caer hasta quedar sentado sobre el suelo, con la espalda pegada a la pared y los brazos de Scott a ambos lados de su cabeza. Por su parte, el europeo estaba arrodillado y repartía besos por el cuello y la nuca de su novio. Dio una última lamida desde abajo del mentón hasta la base del cuello, y bajó hacia el pecho, quedando así como habían empezado antes de la guerra improvisada. Canadá sujetó la parte de atrás de la cabeza de Escocia, guiándolo hacia sus zonas preferidas. El pelirrojo no tardó en complacer al menor. Adoraba esos gemidos de satisfacción que escapaban de su boca, la forma en la que los músculos se tensaban y relajaban, el rápido latir de su corazón. Y esos ojos azules que brillaban con cada nueva sensación. Le encantaba ser el único que le provocaba esas reacciones al canadiense.

El rubio quiso tomar la iniciativa. Aflojó el agarre de los cabellos rojos, y empujó suavemente a Escocia, para acostarlo sobre el suelo. Se posicionó encima de él. Bajó la cabeza hasta la parte superior del pecho, y lamió uno de los pezones rosados de Scott. El más alto no esperaba eso para nada, y dejó escapar un gemido de entre gozo y sorpresa. Mordió suavemente y con mucho cuidado esa zona tan sensible, deleitándose con los sonidos de placer que hacía Kirkland. Siguió así un rato más, pero fue hasta el cuello, sabiendo que esa sí era una zona que hacía que el escocés perdiera la cabeza completamente. Por lo que repitió las mismas acciones en esa zona. Para Scott, lo único que podía superar esa sensación de estar casi tocando el cielo sería el orgasmo. Porque de verdad perdía la cabeza si sentía los suaves labios de Canadá morderle el cuello. Se sentía completamente al mereced del americano.

Matthew sentía que el cuerpo que se encontraba bajo el suyo se removía de placer. Sentía que la ropa interior comenzaba a apretar cierta parte de su cuerpo. Es que el erotismo del escocés lo ponía así. Buscó la mirada del de ojos verdes. El par de esmeraldas reflejaron el más puro deseo. Antes de que el de ojos azules pudiera hacer algo, lo distrajeron las manos del pelirrojo apretando fuertemente su trasero. Comenzaba a sospechar que su novio tenía algún extraño fetiche con su trasero canadiense. Pero lo importante, era que el momento de sumisión del mayor duró unos pocos instantes y volvía a la carga de vuelta. Se puso de pie, levantando también al americano.

-¿Scott…?-preguntó el rubio. El más alto no dijo nada, y lo guió escaleras arriba. Lo vio abrir la puerta del baño, y girar la llave del agua. Matthew no pudo disimular su sonrisa -¿Quieres las dos cosas en una misma noche?

-Debemos quitarnos el whisky del cuerpo –comentó el mayor con un deje de diversión en su voz. Señaló el amplio espacio que ocupaba la ducha, haciendo un ademán para que el rubio entrara primero. El menor procedió a hacer eso, pero una mano sobre su pecho se lo impidió.

-¿Y ahora qué?-preguntó extrañado el norteamericano.

-¿Me vas a decir que te bañas con ropa interior puesta?

Canadá miró sus bóxer negros, y levantó una ceja.

-Yo no tengo ganas de quitarlos.

-Yo diría que sí. Te están apretando cierta zona de tu anatomía. Y si tú no quieres quitártelos, lo haré yo-demandó Scott, después de regular la temperatura del agua. Bajó hábilmente la última prenda de ropa del canadiense –Así está mejor-sonrió satisfecho al ver el miembro semi-erecto de su novio. El rubio, sonrojado, le dio la espalda para entrar a la ducha. Escocia no pudo quejarse, tuvo una hermosa vista de la espalda desnuda y las nalgas de Matthew al tenerlo así.

El de ojos azules entró en la ducha. El agua tibia se sentía muy bien contra su cuerpo. Casi podía sentir que se relajaba. Casi.

-Más te vale no tirar el jabón. Juro que no me haré responsable de mis actos si te agachas.

Matthew se rió un poco ante las palabras de Scott, aunque tenía la sensación de que esa frase iba bastante en serio. El otro no tardó en meterse en la ducha, posicionándose detrás del rubio. El canadiense se hubiera relajado contra el pecho de Escocia, si no fuera por la gran erección que había peligrosamente cerca de su trasero. Tragó saliva. Sintió que alguien le sacaba la cabeza de abajo del chorro de agua y ponía un líquido algo frío en su cabello. Por el aroma, era champú. Scott comenzó a pasar las manos por ahí, masajeando el cuero cabelludo.

-Pareces un peluquero profesional-comentó Matthew, que se relajaba con las caricias. Incluso comenzaba a olvidarse del hecho de que su trasero peligraba…

Scott simplemente sonrió, y siguió masajeando las suaves hebras doradas. Pero una duda le carcomía la cabeza en ese momento.

-Tengo una duda existencial. Cuando te lavas el pelo, ¿también lavas tu rizo? –Canadá asintió con la cabeza a modo de respuesta -¿Y no te excita?

El rubio se sonrojó un poco. No sólo por la pregunta, sino porque la frase y el tono de voz grueso le sonaron extremadamente sensuales.

-Más o menos. Trato de mantener la mente en blanco. Y si lo hago yo, no me perturba bastante.

Con la información ya asimilada, el europeo tomó el mechón, y lo juntó con los demás. El canadiense jadeó al tacto. Se excitaba si alguien tocaba eso, no si él mismo lo hacía. Además, iba con cuidado. No como Scott, que se enrollaba el rizo en el dedo e intentaba hacer peinados raros con él. Cuando Canadá estuvo a punto de gemir, Escocia volvió a poner la cabeza bajo el chorro de agua. Cerró los ojos, sintiendo como el champú le resbalaba por el rostro. Las manos del mayor seguían acariciando esa zona. Desocupando una de sus manos, Scott tomó el jabón. Estuvo tentado a tirarlo y decir "¿Me lo alcanzas?" pero se contuvo. El rubio sintió el tacto resbaladizo pasar por su pecho y luego por la espalda. El más alto se entretuvo un buen rato pasando el jabón por la espalda de Matthew, y luego comenzó a masajear esa zona.

-Además de peluquero, ¿ahora eres masajista? –bromeó el rubio.

-Seré lo que tú quieras-susurró el otro sensualmente en el oído del más bajo.

El americano sintió sus mejillas arder nuevamente. Las manos del británico viajaron desde sus hombros hasta el coxis. Y volvió a su fetiche de sujetarle las nalgas al rubio. Canadá bufó.

-¿No te cansas de hacer eso?

-Jamás podría hacerlo-dijo Escocia, y luego le dio una lamida al lóbulo de la oreja del menor. Éste se giró para quedar frente a frente con Scott. En ese movimiento, los miembros de ambos se rozaron. Una ola de calor los invadió a ambos. El menor tomó la iniciativa y atrajo el rostro del mayor hacia el suyo. Lo besó.

Siguieron así. Aunque el mayor se rehusaba a soltar el trasero del canadiense. Los genitales de ambos de tocaban con cada movimiento de sus cuerpos, que sumado al agua, les generaba una oleada de placer. El rubio tomó una decisión. Sabía lo que le daría a Scott.

Se puso de rodillas, con el miembro erecto de su pareja a centímetros de su rostro. El pelirrojo, que entendió al instante las intenciones de Matthew, sintió que se ruborizaba bastante. Eso sí que lo tomaba por sorpresa. La mano del americano rodeó con suavidad su pene, y comenzó a acariciar la punta. Scott se mordió el labio. Eso sí que se sentía espectacular. Las caricias del norteamericano en su órgano sexual lo hacían ahogar gemidos de placer. Podía aguantar los gimoteos. No era necesario.

La mente de Scott quedó en blanco de un momento a otro, al sentir que parte de su anatomía sensible era invadida por la lengua del menor. Gimió bastante alto. Encima que lo tomó por sorpresa, la lengua de Canadá hacía maravillas con esa parte de su cuerpo. Inconscientemente enterró las manos en los cabellos dorados, acercando más la cabeza del rubio hacia su miembro. Impulsado por Escocia, el más bajo introdujo el sexo del europeo completamente en su boca. Éste se sintió tocar la gloria. La húmeda boca del norteamericano se sentía genial. Y la esa sensación aumento conforme el menor metía y sacaba el miembro de la boca, lo lamía, a veces lento, otras veces rápido, en fin; jugaba con el ritmo. Scott sintió que no podía aguantar durante mucho tiempo más. Pero el canadiense con tendencias francesas dejó su pene en paz.

Matthew se puso de pie, quedando frente a frente con el rostro de Scott. Éste último pudo observar las mejillas rojas de Canadá, y un pequeño hilillo de baba que se camuflaba con las gotas del agua de la ducha. Besó los labios del menor con fiereza. Quería que comprendiera que deseaba hacerlo suyo en ese mismo momento. El rubio pareció captar las ansias del mayor. El canadiense se engañaría a sí mismo si decía que no tenía ganas. Deseaba sentir al británico en su interior.

Tomando la iniciativa, el escocés puso a Matthew de espaldas a él. El canadiense apoyó las manos en las paredes. Se dispuso a introducir un dedo, pero la dulce voz del menor lo interrumpió.

-Scott, Faites-moi le vôtre. (*) Please!

Sabía lo suficiente de francés para entender lo básico de eso. Tampoco es que importara. El tono suplicante que utilizaba, le hacía perder la cabeza. Y mandando todo a la mierda, se aferró fuertemente a la cintura del más bajo, y lo penetró de una vez.

El rubio gimió. Scott sonrió al sentir la estrechez del menor contra su miembro. Comenzó a embestirlo lentamente, dándole tiempo para acostumbrarse a la intrusión.

El movimiento de ambos fue aumentado a medida que pasaba el tiempo. El americano movía las caderas de forma provocativa. El europeo se dejaba llevar completamente. Los gemidos de ambos, el agua cayendo sobre ellos haciendo la sensación cien veces más placentera, el calor que los inundaba cada vez que Scott profundizaba más el contacto. Cualquiera de los dos estaba a punto de llegar al éxtasis, todo gracias a esa unión entre sus cuerpos, en esos momentos en los cuáles los dos eran uno sólo.

No duraron mucho tiempo más. Con un gemido ahogado, Canadá sintió como se contraían sus paredes interiores. Escocia gimió también ante eso. Mordió el cuello del canadiense, mientras sentía que llegaba, que en cualquier momento liberaría todo. El rubio del rulo tensó todo el cuerpo, y sintió cómo el semen salía de su miembro. Sus músculos se aflojaron completamente, mientras respiraba agitadamente. Por su parte, el británico pegó un grito al cielo al sentir como su cuerpo experimentaba esa indescriptible sensación. La única palabra que se le ocurría para describir eso sería "intenso". Sintió como el cuerpo se relajaba completamente. El menor sintió la esencia de Scott en su interior.

Quedaron jadeando uno sobre otro, recuperándose de eso, mientras el agua seguía cayendo sobre ellos. Apenas podían mantenerse de pie. Sentían las piernas increíblemente flojas.

Scott salió del interior de Matthew. Éste hizo una mueca por el cambio, pero recobró nuevamente la compostura. Terminaron de bañarse rápidamente.

-Scott…-lo llamó el canadiense, mientras ambos iban cubiertos con toalla hacia la habitación del escocés.

-¿Qué sucede?

-¿Te gustó tu regalo?-preguntó tímidamente.

-El mejor de todos-dijo sonriendo, mientras besaba al menor en la coronilla. Matthew simplemente se sonrojó.

-Ponte el pijama que te regalé-pidió Scott. El norteamericano puso los ojos en blanco, y se quitó la toalla para vestirse -¡Sabía que quedarías aún más adorable!

-No es para tanto-murmuró el menor.

-¿Qué no es para tanto? Ahora no te suelto nunca más –Y dicho eso, Escocia terminó de vestirse y apresó al canadiense en un abrazo de oso, mientras le llenaba el rostro de besos.

-Vamos a dormir-dijo el rubio, intentando zafarse del abrazo. El pelirrojo no se quejó y apagó la luz, dejándose caer en la cama. Cuando el americano hizo lo mismo, él volvió a abrazarlo fuertemente.

-… ¿Otra vez?

-Qué puedo decir. Te amo demasiado.

Matthew sintió sus mejillas arder. Jamás dejaría de sobresaltarse con las repentinas cosas que decía el británico. Apoyó la cabeza en el pecho del mayor, y se acurrucó contra él.

-Yo también.

-¿Mucho?

-Muchísimo.

-¿En serio?

-Hasta el infinito.

-Eso es mucho. Sí, nos amamos con la misma magnitud. Pero aún así…

-¿Qué sucede?

-Yo te amo hasta el infinito más uno.

-Siempre queriendo tener la última palabra.

-Por supuesto, es parte de mi encanto…

-Buenas noches, Scott.

-¡Pero no me interrumpas! Como decía…

-Te amo, Scott.

El mayor hizo silencio. Se quedaron un rato así. Canadá estaba increíblemente cansado. Sentía que le había pasado un camión por arriba. Estaba a punto de conciliar el sueño.

-Pero yo te amo más-susurró el escocés, posponiendo el sueño de Matthew, pero garantizando que dormiría más feliz. Se acomodó mejor, y cerró sus ojos, dispuesto a darle fin a esa noche inolvidable.

(*) Scott, hazme tuyo ahora. (Traductor de Google. No sé qué tan seguro es.)

Esto ha sido lo más pervertido que haya escrito en mi vida. Soy pésima escribiendo los momentos más próximos al orgasmo, lo mío son los preliminares. Eso significa que debo limitarme al Lime (?).

¡Espero que hayan disfrutado el capítulo más francés de la historia! Hasta el próximo capítulo~