Notas únicas: Hola. Quería dejar claro que La canción que canta Matt es de Guns N' Rose. No me pertenece. La traducción sí. La parte en que Tai ve llegar a su futura esposa la hice mientras escuchaba: Shouri~Zen no theme~

Aquí les dejo el link por si desean colocarla y sentir lo que yo cuando describí la escena :D

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Capítulo I

Emociones.


~~~.*.~~~

Me encuentro haciendo jueguito con el balón. Estoy en el jardín de nuestra casa, Sora está adentro haciendo la cena. Aprovecho que nos han dado el día libre para pasarlo con ella, pero, no lo sé, me siento extraño. Tengo… algo golpeando en mi pecho y estómago. Me siento ansioso. Y solo el fútbol puede ayudarme drenar éste sentimiento.

Paso el balón de mi pierna derecha a la izquierda. Lo subo hasta que logra golpear mi pecho. Algunas gotas de sudor resbalan por mi rostro, la respiración se me vuelve más pesada con cada movimiento, pero continúo, concentrado en el balón para que no toque el suelo.

―¡Tai! ―escucho a Sora gritar desde el balcón.

—¿Huh, qué? —me siento desconcertado.

Ella vuelve a llamar.

Pierdo la concentración, me sobresalto y por poco me enredo y pierdo el equilibrio de mi cuerpo por como el balón se enredó entre mis piernas. Levanto la vista hacia el lugar en donde escuché a Sora, ella tiene las manos apoyadas del barandal. Me hace una seña con su mano invitándome a pasar a la casa.

Suspiro pesado.

La verdad no deseo entrar aun, pero el sol ya se está metiendo y Sora solo tiene una regla infranqueable: ser puntual para la cena.

Vuelvo a suspirar pesado y le muevo la mano avisándole que ya entro.

—Date prisa —grita—. La cena ya está a punto de servirse —me avisa.

Asiento con la cabeza y le muestro la hilera de mis dientes.

Miro el balón de fútbol que está ahora dormido en el césped. Lo levanto con los pies y, con un suave movimiento de mis extremidades inferiores, lo engancho y elevo hasta que las atrapo con las manos.

Miro hacia la puerta y lo pienso dos veces, la verdad no deseo entrar aun. Últimamente he sentido mi cuerpo pesado, distinto. Creo que es porque por fin estoy cayendo en cuenta de que pronto me casaré, seré padre, tendré más protagonismo en el equipo y, por lo tanto, más presión en el trabajo. Las cosas están cambiando, la verdad, no me atrevo a decir si para peor o para mejor. Cualquiera diría que la segunda opción, pero por alguna extraña razón me siento asustado.

¿Acaso se puede ser tan feliz como lo soy ahora y para siempre?

—¡Taichi! —vuelve a gritar Sora. Está molesta.

Trago pesado y me obligo a caminar. Entonces me veo a mi mismo con los brazos cruzados encima de mi pecho y negando con la cabeza en un gesto de reproche, como si con aquella expresión me dijera que me he vuelto muy dócil.

¡Hey, macho que se respeta le obedece a su mujer!

Camino con parsimonia y abro la puerta del patio trasero de la casa. Lo primero que percibo es el exquisito olor del Yakitori, mi platillo favorito. Amo las brochetas de pollo. Aquel olor está disperso por toda la cocina y recién me he dado cuenta de que muero de hambre. Escucho mi estómago rugir y la boca se me desase en agua. Otro olor se mezcla con el del Yakitori, aspiro con fuerza y lleno mis pulmones de aquella esencia culinaria. Sí, se trata del popular Tempura: vegetales y marisco frito.

Seguro ha tenido antojos, pienso, ya que se ha esmerado, aunque conservo la vaga sospecha de que ha pedido comida del restaurant más cercano a la casa y ha vaciado la comida dentro de las ollas para que crea que lo hizo ella.

Como si pudiera engañarme.

Sora no es de las que cocinan muy bien. Generalmente, siempre disfruto de su famoso: Arroz seco a la carbón; o de su también popular: Carne congelada por un lado y quemada por el otro. Ella alega que lo que la hace una pésima chef es la falta de tiempo, que el trabajo la consume de sobremanera, pero que sí sabe cocinar. Yo por otro lado sé que eso no es cierto, es decir, a Sora no le gusta estar en la cocina ¡Lo odia! Por eso soy yo quien siempre cocino, desde niño, a decir verdad. Con eso que mi padre trabajaba en exceso y que mi madre pasaba la mayor parte del tiempo en donde mi abuela enferma fuera de la ciudad, Hikari y yo no las pasábamos solos en casa, entonces, por ser el mayor, tenía que ser yo quien cocinara para Hikari y para mí.

¡Menos mal!

No creo que hubiese sido saludable que Hikari creciera con los jugos de papa de mi mamá o con sus comidas sobre-condimentadas ¡Iak!

Como sea, en casa soy yo quien cocina, salvo por algunas veces en que Sora hace ése truco de la comida del Restaurant en las ollas "para demostrar que cocina" o por esas veces en que hace comidas fáciles de preparar. Una vez estuve una semana entera con la dieta del huevo frito y arroz blanco. ¿La razón? Gané una apuesta —o la perdí, ya no estoy seguro de ello—, entonces ella tuvo que cocinar por esa semana. ¡Bajé tres kilos para ése entonces! Sobre todo porque ya el sabor del huevo frito, luego de tres días repitiéndolo, me provocaba nauseas.

Continúo caminando y cruzo la cocina. Me cohíbo de siquiera levantar la tapa de la sartén. Otra regla inquebrantable es: jamás husmees cuando cocino. Seguro que sí.

Al llegar a la sala de estar, sentada sobre el mueble ¡Carísimo! Que se empeñó en comprar mi prometida, está una castaña de reflejos dorados. Está riendo, de piernas cruzadas y ropa de diseñador. Sonreí, era típico de ella que jugara así con su cabellera: Rosa, corto, castaño, esponjado, más corto, alisado. Siempre reinventándose en su apariencia personal. Mimi Tachikawa, tan diferente a mi Sora. No me quejo. Sora es hermosa, así luzca siempre igual, hablando solo de cortes para el cabello, claro, pues siempre va muy arreglada, su trabajo lo amerita, siendo diseñadora de modas no podía andar por ahí como una desaliñada.

Me quedo mirando por un tiempo extenso la escena de las dos mejores amigas riendo y cuchicheando escandalizadas. Mujeres, si no están hablando no están tranquilas. Observo a las chicas y el rostro de Mimi se voltea y me mira, de repente, escucho su voz gritona:

—¡Taichi!

Doy un respingo por la sorpresa, pensé que no se había dado cuenta de mi presencia, su grito me ha dejado zumbando los tímpanos.

Me quedo debajo del marco de la puerta y pego mi hombro en éste, recargando mi peso sobre él.

―Mimi, ¿cómo has estado? ―digo, pero ella arruga sus facciones, enojada.

―¡Hey! —se levanta y camina hacia a mí—. ¿Así saludarás a tu querida y hermosa amiga?

Ruedo mis ojos y muestro mi sonrisa de "que se le va a hacer, es Mimi". Cuando la tengo cerca le extiendo los brazos y ella me imita. Me rodea con sus manos por el cuello, yo le abrazo por la cintura. Su apretón es un muy efusivo. Echo una mirada hacia donde se encuentra sentada Sora. Ella me está dando una sonrisa cariñosa y tengo la impresión de que luce más hermosa que de costumbre. Sus labios están de un color carmesí, sus mejillas sonrosadas y el resto de ella me regala un halo de tranquilidad y amor.

Le sonrió y ruedo los ojos poniéndolos en blanco, mientras niego con la cabeza por el gesto de Mimi.

―Taichi, hueles a diablos —dice a la vez que se aleja de mí arrugado su nariz—. ¿En dónde has estado? ―Inquirió.

―Estaba jugando al fútbol. Lo siento, iba camino a la regadera. No sabía que estabas aquí, princesa —Mimi pone su cara de 'te odio'. Sonrío—. ¿Cómo has estado?, ¿Qué tal la vida de madre?

―¡Uff! —suelta y me parece que luce cansada—. No me puedo quejar, Emi es un amor. Pero Yamato —resopla—. No lo sé, parece que no ha logrado familiarizarse con los cambios de pañales y esas cosas. ¿Puedes creer que lleva un año haciéndolo y aun se va en vomito cuando le hace el cambio? —Y sigue y sigue—. Tuvimos que contratar a una niñera que, a decir verdad, ¡la adoro! Aunque últimamente con lo del trabajo nuevo, las gira de Mathew, los deberes del hogar y la niña… bueno, es difícil malabariar con todo.

—Eso es genial —digo—, creo.

—¿Y tú qué? Te he visto en televisión a veces cuando Takeru y Matt deciden —se detiene y hace un gesto con sus dedos de comillas— "ser hombres de deportes" —suspira—. Creo que solo lo hacen por apoyarte, porque a decir verdad, no les veo interesados en el juego. No mucho. Bueno, aunque creo que también es una excusa para tomarse unas cervezas. Hablo de Mathew, no de TK, TK no tiene esos gustos tan ordinarios…

Sonrío intentando seguirle el hilo de la conversación.

¡Kami-sama! ¡¿Qué…?! ¿No respira?

―… muy pronto me veras en la televisión en un programa de cocina… —dice señalándome con el dedo y guiñando un ojo—, que será muy ¡Muy televisado!

—Eso suena genial —hago una pausa, muevo mis ojos por toda la habitación, ahora llevo la mano detrás de mí nuca y la rasco—. Bueno, les dejo un momento, iré a la ducha. Ya sabes, Princesa, huelo a diablos.

Camino hasta en donde está Sora y le doy un beso en los labios, dirijo luego mi mano hacia su vientre y lo acaricio:

—Regreso un en un momento para cenar, cuidale mucho —susurro refiriéndome al bebé.

Ella sonríe, pero, cuando me dispongo a alejarme, me toma por la mano y me sujeta impidiéndome el andar. Le miro confundido. Ella sonríe.

―Espera un momento, Tai. He dejado los bocetos de mi vestido de novia en el cuarto.

―¿Huh? —No lo comprendo, ¿eso qué tiene que ver?—. ¿Por qué no puedo verlos? ¿No quieres mi opinión?

―No, tonto —interrumpe Mimi—. No debes verlo. Es de mala suerte, ¿qué no lo sabes? —culmina con un tono de voz que recalca lo obvio.

Sora comienza a levantarse y deja en el aire un «Ya regreso». Mimi está tomando un trago de su té. Me mira con una sonrisa suspicaz que me hace sentir incómodo.

—¿Qué? —le suelto.

—Nada —responde mostrando una sonrisa.

—Vamos, dime, ¿qué pasa? —me acerco a ella, quiero sentarme en el mueble, pero Sora me mataría.

―No es nada —responde encogiéndose de hombros. Se queda en silencio durante unos segundos, bebe de su taza de té y luego procede a hablar—, bueno, es que… ya Sora me dijo que serán padres, que le has pedido matrimonio. Eso deja mucho que decir, es decir, estás sentando cabeza, estás madurando, a mi parecer estás cambiando.

―No he cambiado, Mimi, he mejorado. Nada más —bromeo.

―Sigues siendo el mismo engreído de siempre —se pone a reír—. Pobre de mi amiga.

Con mucha humildad le regalo una de mis sonrisas derrite-mujeres y continuo con el juego:

―¿De qué hablas, Mimi? Si Sora es y será la mujer más afortunada… —En parte es verdad, aunque por la forma que lo digo parece una burla—, de este mundo, ¿no ves? Le di la oportunidad de darme un hijo y, si sale como su padre, será guapo y encantador, como es de esperarse.

―¡Afff! No puedo contigo, Taichi Yagami ―Nos echamos a reír.

Siento a Sora llegar. Le miro y ella hace un gesto con su cabeza señalándome el pasillo.

Ya puedo irme.

—¿Qué sucede? —dice al ver cómo Mimi le mira.

―Sora, amiga. ¿Cómo puedes soportar a éste hombre tan jactancioso?

Ella pasea sus ojos y los alternas en Mimi y en mí, confundida, al parecer.

―Es que tu fionce, dice que eres afortunada de tenerlo como novio y futuro esposo. Que humilde —ironiza—. ¿No crees?

No podía, simplemente las ganas de reír no las soportaba. Mimi es tan… Mimi.

―Él no tiene la culpa de ser tan atractivo y carismático, amiga. Simplemente, tengo suerte de poder ser su futura esposa.

Sora me sigue el juego sin pensarlo dos veces, esta es la razón número mil del porqué le amo: por su sentido del humor.

―¡JAH! —suelto con aire victorioso—. ¿Lo ves? Todos quieren a Taichi- sama.

Mimi pone en blanco sus ojos y bufa por lo bajo. Le guiño un ojo y desaparezco por el pasillo a grandes zancadas.

Al llegar al baño de la habitación me quito la camisa y la echo a un lado de la entrada del lugar, desabrocho el botón de la bermuda; con los pies, me ayudo a quitarme los zapatos y los dejo regados en medio de la alcoba. Abro la regadera, me cercioro de que no esté ni caliente ni fría. Termino de quitarme la ropa interior y me meto dentro de la ducha.

Suspiro sintiendo el placer de las gotas de agua deslizarse entre mis cabellos y recorriendo mi cuerpo. Me quedo parado como estatua inundándome con la frescura del agua.

Sin darme cuenta ya estoy dándole vueltas en mi cabeza al hecho de que Sora será dentro de poco mi esposa. Pronto seria la señora Yagami. Sora Yagami. Suena genialmente-súper-bien. Comienzo a dibujar una sonrisa en mis labios.

—¡Auch! —me quejo del pinchazo de dolor dentro de mi cabeza, pero pasa pronto— Raro —susurro para mis adentros.

Tomo el jabón y lo paso por mi cuerpo, lo dejó y ahora me estoy echando el champú. Mis cabellos están degradados, ahora lucen normales, ya no existe la maraña de cabello rebelde de mi adolescencia, bueno, aún está, solo que ya no tan largos. Desde que entré a la liga profesional de fútbol mi look cambió, ahora debo proyectar una imagen cuidadosa y con glamour. Me enjuago la cabeza y cuando pretendo salir del baño el dolor vuelve, aunque esta vez no desaparece.

~~.*.~~

Es mi último partido de fútbol como soltero. Dentro de algunos días me casaré. Estoy ansioso, pero más ansioso estoy por jugar. Llevo cuarenta y nueve minutos sentado en la banca, esperando a que el técnico decida ponerme en juego.

Hace unas horas llegué al Bernabéu con dolor de cabeza, el mismo cuadro de jaqueca crónica que he estado presentando las últimas semanas. Me han dicho que ha podido ser por el estrés de la boda y de las últimas etapas de los partidos, además de la preocupación y ansias por la llegada de Taichi Jr —bueno, aun no sé cuál es su sexo, pero tengo el presentimiento de que será un varón—. Como sea, uno de los paramédicos del Real Madrid me ha dado una capsula de alguna medicina súper genial para el dolor de cabeza. Hace más de media hora que la tomé y ya ha empezado a hacer efecto.

Muevo mi pie intranquilo contra el suelo. Está haciendo un frío desgarrador, así que uso una chaqueta muy gruesa con las iniciales y el escudo del equipo. Miro al entrenador, al segundo técnico, ninguno parece notar mis ansias por jugar.

Suspiro con pesadez. Necesito jugar, necesito relajarme. Si no lo hago me dará algo, puedo asegurarlo.

—Yagami —dice Mou, sacudiendo la cabeza hacia la cancha—. A calentar.

No esperó ni dos segundos. Me levanto, me despojo de la chaqueta y salgo a uno de los extremos de la cancha a calentar, como lo ha ordenado el DT. Escucho aplausos, evito las insoportables ganas de saludar a la afición, ya me han llamado la atención por ello.

Busco entre el público a Sora. Estoy muy preocupado por ella, le pedí que no viniera, pero es terca como mula. He llegado a la conclusión de que no me hará caso nunca. Vaya, que sí es testaruda.

Entiende mi miedo, he sacrificado mucho para poder cumplir la meta de ser padre. Horas y horas de entrenamiento junto a ella: sudor, calor, jadeos ¡Todo para lograr un bien! No sucedía nada. Nada hasta hace unas semanas en la que nos enteramos de que tanto esfuerzo y dedicación dieron resultados al fin. Ahora está embarazada, pero parece que odia que la cuiden en exceso ¿Cómo puede culparme? Solo quiero lo mejor para mi bebé y para ella, si algo le pasara…

La audiencia debe creer que soy un loco, hasta hace un instante estaba riéndome por las estupideces del sexo y del sacrificio para conseguir al bebé, ahora estoy serio y preocupado por encontrar el lugar en donde Sora se ha ubicado.

Mientras daba saltos de un lado a otro calentando mi cuerpo, a lo lejos, en uno de los balcones privados le vi. Estaba riendo y charlando con una compañera de trabajo. Le tuve que conseguir entradas extras, solo para que ella no estuviera sola. Nuestros ojos, a pesar de la distancia, se encuentran. Ella sonríe y saluda con su mano, yo le sonrío y eso es todo.

El entrenador me llama y me da instrucciones, luego escucho por los parlantes:

«Cambio, número ocho: Ricardo Kaká; por el número diecinueve: Taichi Yagami».

Corro hasta el límite de la cancha, espero a Kaká, él llega hasta a mí, me saluda con un choque de palmadas, aspiro hondo, corro en el mismo lugar para tomar impulso y salgo al terreno de juego. Doy las indicaciones que me ha dado el Director Técnico. Todos nos posicionamos en nuestros lugares. El pitazo se escucha, empieza el partido para mí.

~•~

Solo recuerdo que llevaba como diez minutos jugando, el marcador seguía igual, había corrido demasiado buscando con desespero el otro tanto. El dolor de cabeza volvía. Me sentía mareado, fatal. Quería pedir un cambio, pero entonces el entrenador habría perdido uno en vano, el mío. Ricardo había jugado sensacional, pero como venía de una lesión decidieron dejarlo descansar, por eso entré yo al campo de juego. Sin embargo, no rendí lo sufriente y eso me molestó. Negué con la cabeza e ignoré las puntadas de dolor. Debía esforzarme más, no dejaría que el estrés y el momento incomodo me impidieran saborear ese instante dulce de mi vida. O eso recuerdo que pensé. Pero…

¡Rayos! Dolía mucho.

Antes de despertar aquí yo corría tras el balón, era un contraataque ofensivo. Posiblemente la jugada terminaría en gol, yo sentía que la vena a un lado de mi cabeza explotaría en cualquier momento. El sonido del pitazo, el de los fanáticos, hasta los gritos de mis compañero me molestaba de sobremanera. La vista se me nublaba de golpes y sentía las arcadas que amenazaban con soltar el vómito que estaba intentando contener.

¡¿Qué rayos me pasaba?!

Minuto setenta y ocho, el Valencia llevaba un gol, Real Madrid dos goles, una falta de Pepe había puesto en peligro el marcador y podría haber un empate por el penalti que sacaría el número nueve del Valencia: Soldado. Casillas impuso su mirada de halcón y sus reflejos se activaron en un ciento por ciento, no podía confiarse. Los demás solo estuvimos a la espera y rogando que Soldado fallara.

¡Pepe si era cara dura!

Nunca tuvo que haber entrado así, ése penalti nos ponía en ascuas, nos jugábamos la vida y pudo levantar de entre las cenizas al Valencia que no se había rendido ni por un segundo.

Portero contra delantero. El silbato se hizo escuchar. Soldado corrió y chutó el balón lanzándolo a la portería con una eminente y gloriosa fuerza, cerré mis ojos.

¡Ése sería un reverendo gol!

Pero Casillas se lanzó adivinando la dirección del esférico y estiró hasta el último músculo de su cuerpo, con la punta de los dedos de sus manos logró desviar el redondo. Saque de portería. El balón cayó en pie de Marcelo, éste corrió y desvió el esférico hasta Di María, Di maría a Xavi Alonso y Xavi Alonso hizo el pase a Karim que estaba solo, error de un defensa. Él envistió de inmediato contra el portero y en una sola patada lanzó el balón que se convertiría en el tercero del partido.

Todo ocurría muy rápido, pero por un instante pensé que el malestar se había ido. Salvo por la vena a un lado de mi frente que palpitaba y se sentía caliente.

Nueva jugada.

El Valencia sacó en portería e hizo una contra jugada, Soldado tenía ya desde hace mucho las ansias de marcar un segundo gol, Pepe fue tras él, pero por motivo de la tarjeta amarilla no podía atosigarlo mucho, el delantero corrió como nunca y centró, ya que la marca de Pepe no lo dejaba hacer la jugada, y allí el tanto número dos del Valencia hizo sonar las voces de sus hinchas, error de Sergio Ramos que fue a despejar el balón y lo envió directo a portería, autogol. Casillas miraba anonadado y gritó al aire un gran: «¡Mierda, Sergio!» tenía las manos en las caderas y en un vaivén de su cabeza que iba de lado a lado, parecía incrédulo, nuestras caras miraron con desconcierto aquel error. El Valencia celebraba y estábamos como hace unos minutos con solo un tanto de ventaja y el balón era redondo, cualquier cosa podía pasar.

Casillas sacó a jugar la chimbomba nuevamente. Özil y Arbeloa hicieron una combinación de pases entre ellos hasta llegar al medio campo, el esférico fue pasado a mi persona, miré a los lados, Karim estaba marcado, Cristiano igual, tres defensas lo tenían inmóvil.

Respira, Taichi. Me decía mientras tomaba un segundo aire y me relajaba.

Volví mi mirada al frente, la portería estaba protegida solo por el portero. Expulsé un resoplo enorme y emprendí la marcha. Pensé que lo mejor sería ser un egoísta y hacer una jugada en solitario. Fui en dirección hacia la meta cuando un defensa se barrió en mi contra, pasé el balón por encima del cuerpo barrido de Barragán y salté. Por poco perdí el equilibrio, pero me sobrepuse. Estuve casi cara a cara con el portero. Otro defensa quiso cubrirme: Cissokho, un hombre de color muy fuerte y profesional. Se puso en frente de mí, yo movía el balón intentando quitarme la marca de encima, lo miré a los ojos y giré mi cuerpo, junto a mí al esférico y, con el revés del pie, lo dirigí a mi derecha y al mismo tiempo lo atraje una vez más.

¡LISTO! Pensé. Eso sería fácil.

Continué corriendo hasta encontrarme en zona de penaltis, lancé con toda mi fuerza.

El silbato del árbitro confirmó el cuarto gol de Real Madrid, los gritos de celebración de mi equipo se escucharon, sentí mi cabeza explotar y no pude evitar gritar de agonía.

―¡Ahhhh, mierda!―El dolor volvía mil veces más fuerte.

Caí de bruces sobre mis rodillas, mis manos sujetaban mi cabeza, como si estas estuviesen evitando que explotara. Cerré los ojos, recuerdo que el dolor se me hizo insoportable. Volvían las arcadas. Puse la frente contra césped, hundí mi cabeza en el hueco de mis manos. El dolor fue insoportable. Escuché llamar a los paramédicos, luego todo se volvió oscuro y no recuerdo más.

Cuando abrí los ojos ya me encontraba aquí, dentro de la ambulancia. Pregunté en dónde estaba, qué había pasado, en dónde estaba Sora. Seguro estaría muy preocupada por mí en este instante. Pero solo me dijeron que no ha contestado el teléfono. Vamos de camino a la clínica más cercana. Las sirenas resuenan, pero no me molesta, ya no siento dolor ni nauseas ni nada.

—¿Se han podido comunicar con mi novia? —vuelvo a preguntar. Cinco minutos después desde la última vez que lo hice.

—Sí, pero ha vuelto a caer la contestadora —contesta una mujer con uniforme blanco.

Entonces caigo en cuenta. Es cierto. Sora se iría a mitad del segundo tiempo, debía volar a Milán para buscar su vestido de novia ésta misma tarde.

―¿Quiere que volvamos a intentar? —dice la misma mujer.

—No, no lo haga. Ella seguro ni sabrá lo que ha sucedido, sino hasta dentro de algunas horas. Está volando hacia Milán, busca su vestido de novia.

―Es cierto, pronto se casará —responde la chica—. Debe estar muy emocionado, ¿cierto?

Pero qué chismosa es ésta muchacha.

No puedo evitar achicar mis ojos y verle de reojo.

―Sí, la verdad que sí —Le sonrío. Sinceramente, parece muy amable.

La ambulancia se ha detenido de pronto.

—Hemos llegado al hospital —anuncia ella.

Me bajan en la camilla, me piden que me quede acostado. Bufo cansado, no estoy enfermo, me siento bien. Me ruedan hasta llegar un cuarto de emergencias. Me han pedido que haga varias pruebas: Sigue la luz con los ojos, qué día es hoy, quienes son tus padres. Esas cosas que le preguntan a un loco.

Logro contestarlas todas. Descartan una contusión cerebral, pero deben hacerme varios exámenes. Esta noche no se ha podido, no hay personal que manipule la cámara de resonancia.

Tengo que quedarme la noche entera en la clínica. «Es por precaución». Dijo el médico de guardia.

¡Maldición, odio los hospitales, odio las inyecciones, odio estar postrado en una cama!

~~~.*.~~~

¡DIABLOS!

Estúpida corbata que no puedo anudar. Malditos temblores de mis manos.

¿Por qué estoy tan nervioso?

Porque hoy me caso, hoy desposo a Sora y sé muy bien que no la merezco. Ella no se merece a un torpe como yo. No, no la podré hacer feliz, siempre estará enojada por mi forma intrépida de ser. Nunca me perdonará que le haga ser infeliz.

¡Mierda, mierda, mierda!

Me doy por vencido, esta porquería no se anudará. Camino de un lado a otro, mis pasos rechinan por toda la habitación de la casa de Yama-san. Estoy transpirando por lugares en los que nunca en mi vida he transpirado.

No la merezco lo sé, ella es demasiado para mí.

¿Qué rayos estoy haciendo?

Debo dejarla ser feliz con alguien que no la haga enfadar y llorar tanto.

Me vuelvo a ver en el espejo. Parezco un pingüino rígido con problemas de estreñimiento.

Suspiro con pesadez.

Mi mente comenzó a volar a la época en donde solo éramos amigos. En la vez que vomité por accidente en su sombrero, en la que le regalé el broche para el cabello, en la que le envié la carta disculpándome. Recuerdo aquella vez que le hice caer cuando teníamos once años, le había empujado jugando fútbol y ella cayó al suelo rompiéndose una mano. Estuvo más de un mes enyesada. Yo no paré de disculparme por esas veces que le hacía enfadar y sentirse mal. Pero ella siempre me perdonaba.

―Estas por casarte con la chica de tus sueños, aunque no la merezcas, amigo ―digo, viendo mi reflejo.

―¡Hablando solo, Taichi?

Volteo a verle, es Matt quien está sonriendo.

―Yamato, pensé que te vería en la ceremonia.

―Y yo pensé que me necesitabas —Mira mi corbata desecha que guinda de mi cuello—. Veo que no me equivoqué.

Nos quedamos mirándonos. El hace un gesto con su cabeza de como de: «¿qué vamos a hacer con contigo?». Se acerca hasta quedar frente a mí, con solo centímetros de distancia. Trago pesado. ¿Irá a golpearme?

―¿Nervioso? —pregunta a la vez que toma de ambos extremos y comienza a anudar el maldito lazo de mi corbata.

¡¿Qué si estoy nervioso?!

Acaso no me has visto temblar, sudar…

―No, —Le respondo dudando un poco. Mucho—. Bueno sí. Bueno no, es que… ―dejo salir una bocanada de aire ―. La verdad es que no. Pero, Yama, no puedo casarme con Sora.

Él amplía el iris de sus ojos y levanta sus cejas en señal de sorpresa. No esperaba otra reacción. La verdad que yo mismo me he sorprendido diciendo eso. Aunque es la verdad. No es que no desee casarme con Sora, la amo y eso me haría el ser más feliz del mundo, pero, ¿estar enamorado no es sacrificarse por el otro? ¿No es poner las necesidades de tu pareja sobre las tuyas? Si es así, entonces debo dejarla ir. No puedo permitir que cometa un error. Yo soy un error. Siempre le hago llorar o enfurecerse. No quiero condenarla a una vida en donde sea yo quien le haga daño. No, no puedo. Ella merece a alguien mejor, perfecto para ella. Dudo que exista, pero yo soy lo más lejano a ello.

Sí, será mejor que aleje de todo. Aunque me destroce el corazón, será mejor que le diga que es libre de volar. No la quiero para mí, no puede ser mía, porque ella no le pertenece a nadie, es un alma libre, así es Sora, alguien que siempre vuela alto, que no se rinde, que quiere ayudar a los demás a ser feliz ¿Y si me dijo que sí solo porque le dio miedo hacerme sufrir? Ahora que lo pienso, no le di alternativas el otro día, le puse en un dilema cuando le pedí matrimonio.

¡Rayos, rayos, rayos!

―¿Qué dices, estúpido? —Matt me está mirando con mirada asesina. Suelta la corbata y da un paso lejos de mí.

―Sora merece a alguien mejor que yo —Me sincero.

―No lo dudo, en eso tiene razón―Hace una pausa y deja ver una sonrisa burlona. Yo frunzo todo lo que puedo fruncir en mi rostro―. Mira, Tai, estás nervioso. Viejo, es obvio que no mereces a Sora, pero ella te eligió y eso es lo que importa.

―Matt, pero… es que, tengo… le temo, ¿sí? Tengo mucho miedo de no hacerla feliz, hasta ayer estaba seguro de hacerlo, pero ya no lo estoy. Soy torpe, distraído y un total fracaso.

―Bueno, eso ella lo sabe No creo que sea más distraída que tú. Además, que yo sepa, le has advertido antes de proponerle matrimonio de todas esas cosas, ¿no?

Lo miro atónico, ¿cómo sabía eso? Que yo sepa él no estuvo allí, y si lo hizo, bueno, se llevó el espectáculo en vivo de dos personas haciendo el amor como locos sobre la alfombra y petalos de rosas.

―Mimi —responde a mi mirada confusa—, ella me lo dijo todo. Mira, pedazo de Baka —continua siendo lo más sensible que puede. Obvio que es sarcasmo—, si en caso de que cometas alguna idiotez, que lo harás, prometo que estaré allí —¿Es en serio? Estoy a punto de sonreír por lo buen amigo que es cuando…—, estaré allí y te moleré a golpes si le haces daño. ¿Entendido?

―Pero yo…

―No digas más tonterías, o terminaras en el altar, sí o sí, con un ojo morado ―Sonríe y luego me dice―: Lo harás bien, tú la amas y ella a ti, lo demás vendrá solo Taichi. No hay alguien más perfecta para ti que ella y viceversa. Aunque tú seas un idiota… sé que darás lo mejor de ti para hacerla feliz.

Me quedo contemplando su mirada sincera. Tiene razón, solo yo dejaría el pellejo por ella, solo yo daría mi vida con tal de verle sonreír.

―Gracias, Matt.

Volvemos a quedar en silencio. Nos miramos fijo. Esa mirada de mejores amigos y que ya no hay más nada que decir. Él tiene su sonrisa ladina. La verdad que quiere parecer duro, insensible, pero yo sé que me tiene cariño, que es un buen amigo. Aunque mantener la mirada así nos hace sentir incomodos y la rompemos y, a continuación, estamos carraspeando y desvariando.

―Ya dejemos el sentimentalismo —vuelve a hablar—, vámonos, que llegarás tarde a tu propia boda. Y luego no seré yo quien te muela a golpes, sino cierta pelirroja con mucho temperamento.

Matt tenía razón. Además, Sora está esperando un hijo mío, el primero de muchos que pienso hacerle.

¡Hey, quiero tener mi propio equipo de fútbol!

Echo la vista al espejo y veo como luzco en el chaqué que la colega de Sora había confeccionado para mí: traje de seda negro, la camisa es color durazno bajo, aunque a mí me parece blanco; la corbata y chaleco es de seda, plateada y, la flor que va en el ojal, combinaba con el ramo de novia que llevará mi dulce Sora. Muevo un poco mi cabello intentando arreglarlo. Nada que hacer, mi cabello siempre será un desastre, aunque es un desastre que llama la atención, uno provechosamente bueno.

Al asomarme por la ventana veo a las personas tomar su lugar. Nos casaremos en la casa que Matt ha comprado en España, por sugerencia de Mimi. Con eso de que es un cantante súper reconocido, al parecer le va bien con el dinero.

~•~

¡WAO!

Eso es lo primero que pienso cuando noto lo hermoso que ha quedado todo.

Al parecer los decoradores, con órdenes exactas de Sora y Mimi, han hecho un excelente trabajo. El jardín de la mansión de Yamato luce sensacional. Hay una alfombra de terciopelo en un tono fucsia oscuro; al lado del camino, en la entrada, dos pilares de lado a lado que terminaban con rosas y flores: blancas, rosadas y rojas que caen como una cascada sobre los pilares; en el suelo, a cada lado de la alfombra, se encuentran pequeñas luces fucsias que iluminaban el camino; al lado del camino los asientos de los invitados, los cuales estaban cubiertos por vestidos en tono crema —sé eso porque Mimi me lo dijo, porque, al igual que la camisa en tono durazno, estas se ven blancas—, al final del camino hay dos pilares más con flores y rosas, son iguales que los anteriores pero más grandes; un toldo es iluminado por luces cálidas y apagadas que dan un aire cañido y acogedor, debajo de éste se encuentran más arreglos florales, parece un campo lleno de rosas varias. La luna está llena y las estrellas brillan más que nunca. El pasto verde, los arboles grandes y frondoso adornados con lucecitas blancas, dan un toque muy romántico. Detrás del jardín gigantesco de los Ishida-Tachikawa, está un gran bosque con pinos altos.

Me alejo de la ventana y camino a la otra ala de la mansión. Sora está allí, en una habitación encerrada, sé que no puedo verle aun, pero necesito escucharle.

—¿Sora? —Pregunto mientras toco la puerta—. ¿Estás ahí?

Le escucho acercarse hasta la puerta, se detiene, pero no habla. Su respiración se hace tan profunda que la puedo escuchar.

—¿Sora? —pregunto preocupado.

—¿Qué haces aquí, Taichi, no puedes verme? —habla detrás de la puerta.

—Solo quiero escucharte, ¿estás bien?

Silencio.

—¿Amor? —Las ganas de derribar la puerta se apoderan de mí. ¿Estará enferma?

—Yo también quería escucharte. No te asustes, pero estoy muy nerviosa —Se sincera.

—No tienes por qué estarlo, yo siempre te cuidaré, amor. Siempre, Sora.

Escucho un sollozo. Giro la manilla, está con el seguro puesto.

—Estoy bien —avisa—. Solo que ahora estoy muy sensible. Deben ser las hormonas y todo esto. Y, yo también te amo, Tai.

Sonrío. Sí, estoy haciendo lo correcto. Casarme con ella será la mejor decisión de mi vida.

~•~

Los invitados ya han tomado asiento en sus puestos, la banda que tocará la Marcha Nupcial está preparada, yo estoy esperando dentro de la casa, al lado de mis padres, de Hikari, Mimí, Matt y las damas de honor. Dentro de poco sonará la melodía que da paso a que todo el protocolo que Sora, en conjunto con Kari y Mimí armaron, de inicio.

―Tranquilo, hijo ― dice mi madre con voz suave ―, es normal sentir nervios, pero luego te darás cuenta que es una sensación muy bonita. Estar casados es lo mejor del mundo si amas a esa persona y ése es tú caso y el de Sora.

Nervios, Malditos nervios. Suspiro. Respira, Taichi. Me obligo a tranquilizarme.

―Y bien… ― se acerca Yamato con su meneo galante y su sonrisa de medio lado―. La novia llegó, ¿listo para zambullirte al agua? —Me pregunta con tono burlón. Aunque sé que le agrada la idea de que al fin dé el paso.

―¿Ah...? ―intento articular una respuesta, pero antes de hacerlo el me interrumpe y vuelve a hablar.

―¡Sí, bien! —responde por mí—. ¡Hagámoslo! —finaliza con un tono animado.

―Esperen… ―dice Koushiro que se acerca junto con Ken, Daisuke, Joe y Takeru―. Hay que tomarnos una copa de vino, la última copa con un Taichi soltero.

Una copa, ¡genial!, no bebo, pero ahorita me tomaría la botella entera solo por tranquilizar a las malditas mariposas reboteadoras dentro de mí estómago.

Yamato sonríe como si aquello fuera una gran idea. Hace un gesto con su mano y llama a una de las camareras, ella tiene en su mano una bandeja con los tragos justos para cada uno de mis padrinos y para mí.

―¡Por Tai y Sora, por su nueva vida de casados y de padres! ―dice Joe alzando su copa.

—¡Salud! —decimos el resto al unísono.

―Por Tai y Sora, —continua Kou— Porque, al fin de cuentas, el muy distraído se ha quedado con la pelirroja sexy ―culmina.

Y si no hubiese estado tan nervioso por la boda, le parto la cara por echarle el ojo a mi novia.

—¡Salud! —coreamos.

―Por la nueva pareja, por la nueva familia, por mi amigo, el idiota más idiota de todos los tiempos, y porque su vida se vuelva más prospera y feliz junto a la dulce Sora —aquellas palabras le pertenecían a Yama-San.

―Muchachos… —hablo completamente emocionado por sus brindis—. Gracias —ellos me miran y sé que debo decir algo—: no pediría compartir este momento con nadie más, ustedes son geniales y no los cambiaría por nada.

―No nos pongamos sentimentales, bebamos el trago y a la salud de la pareja ―añade Daisuke.

―¡Por mi mayor logro: Sora! ¡Por mi futuro hijo!, y porque a partir de hoy diré que conquisté a mi mayor tesoro y la hice mi esposa.

—¡Salud! —Y fondo blanco.

Ése trago me quemó la garganta por completo, pero me despertó y despojó las dudas en mí. ¡Bendito alcohol!

―¡Vamos, muchachón…! ―animó Ken.

El momento con mis amigos terminó. Ahora estoy de pie, esperando que la melodía que me indica que debo caminar al altar inicie. La banda no tarda mucho tiempo en hacer sonar sus instrumentos. Inflo mi pecho tomando todo el aire posible, luego siento la mano de mi mano acariciar mi antebrazo y al girar a verle me encuentro con sus ojos marrones brillosos, nublados por las lágrimas de felicidad, pero sonriendo para demostrarme que no debía volver a ponerme nervioso. Beso su frente y ella entrelaza su brazo al mío. Ambos caminamos hacia el altar.

Mi hermana sale de brazo de Takeru, Miyako le sigue junto a Ken, luego Koushiro y la prima de Sora: Zaira, en la marcha iban Daisuke al lado de mi prima: Yurumí y, por último, el padrino y la madrina: Yamato y Mimí.

Les veo caminar hasta que cada quien toma un lado del altar. Mimí guiña su ojo al pasar a mi lado, seguido me regala su sonrisa gigante y yo asiento con la cabeza.

A continuación la hija de Ken y Miyako echa las flores en el camino, detrás de ella iba la pequeña Emi, de un año de edad —hija de Yamato y Mimí—, quien llevaba los anillos de la alianza sobre sus piernas. La madre de Sora es quien empuja el coche del bebé.

El tema Shouri~Zen no theme~ comienza a entonarse y, eso solo significa una cosa: ya venía ella.

En un parpadeo la veo pasar por el arco adornado de flores y rosas, está vestida de blanco. Dejo de respirar y me pido control. Estoy temblando, pero no por miedo ni nervios, no, sino por la felicidad que invade mi cuerpo. Ella luce radiante, bella, despampanante, una joya de mujer, mi Sora, mi más preciado tesoro y pronta a ser mía, mi mujer, mi esposa, mi amante, mi todo.

Está dentro de un vestido blanco, ceñido al torso, sin mangas y, en la comisura del vestido, por la parte superior cerca de su pecho hay piedras preciosas azules que contonean el extremo parecido a un corazón, a partir de la cintura otro detalle en piedras azules la marcaban, su vestido blanco se abría en forma de campana, tenía detalles de encajes. Lucía como una princesa, una reina de cuentos de hadas. Con cada paso que daba sentía latir el corazón con regocijo y frenesí, ella venia escoltada por su padre y su semblante era tan sereno, alegre. Sus mejillas adquirieron de pronto un sonrosar brillante, ese sonrojo le hizo ver más hermosa, y eso era mucho decir. Su pelo estaba recogido y al lado llevaba el broche viejo que le regalé años atrás.

Algo viejo -sonreí-, algo azul, y algo nuevo. Esa era la regla de oro de las novias, sin eso, no podía haber boda, ni siquiera el novio era tan importante como esas tres cosas.

Sin darme cuenta, Haruiko, me entregaba a su hija:

―Cuídala muy bien —Me dijo sonriente—, porque a partir de hoy la dejo en tus manos y su felicidad dependerá de lo mucho que la ames. Díselo siempre. No debes dar por sentado que lo sabe, porque al igual que una rosa, debe ser siempre regada por esa palabra y por hechos que lo demuestren.
Sonrío y tomó a Sora de la mano:

―Descuide —respondo a mi suegro—, lo haré. Se lo prometo, la cuidaré siempre, porque ella es mi vida.

El padre de Sora sonríe satisfecho ante mis palabras. Asintió con la cabeza y se sentó en los puesto de adelante, junto a mi madre y mi padre, junto a Toshiko que no tardó en besar los labios de su marido. Ambas madres lloraban sin poder evitarlo, tuve que quitarles la vista, o me contagiarían su llanto.

Cuando giro me encuentro con los ojos de Sora, estaban llenos de un brillo distinto. Ella lucia hermosa, con todas las letras que la palabra representa.

Ella es un espectáculo digno de admirar.

Aprieto su mano y le susurro un:

—Te amo, estás bellísima, más de lo usual.

Ella sonríe y todo dentro de mí se descontrola. Estoy seguro que no abe el efecto que su sonrisa causa en mí.

Ahora vamos por la parte de los votos matrimoniales, Sora sonríe con nerviosismo mientras recita lo que escribió:

―Tai, —dice y deja escapar una risilla de emoción—. Qué sería de mi sin ti, eres lo más hermoso que me ha pasado, has sido mi compañero, mi amigo, mi amor. Siempre has estado para mí en las buenas y en las malas, te amo con cada centímetro de mi piel, eres y serás la persona que disipa mis tristezas y las transformas en alegría, limpias mi lágrimas y las transformas en risas, solo tú eres capaz de llenar mi corazón de paz y tranquilidad.

» Eres mi valiente caballero de armadura dorada, mi príncipe azul de cuentos de hadas, eres tú quien que me salva de mí misma, eres tú quien me hace volar alto, no importa qué, no importa cuándo, siempre estás allí y sé que puedo contar contigo. Sé que eres un poco torpe, descuidado y distraído, pero eres mío, Tai, siempre mío.

Le miro congelado por todas las hermosas palabras que suelta. Su tono de voz está cargado y se siente forzado a salir. Contiene las ganas de llorar y quebrarse delante de todos. Sé que está nerviosa, feliz, lo sé porque yo estoy igual.

Ella continua hablando entre risas y sonrisas:

—Te amo y te prometo que seré la esposa que mereces. Prometo amarte aunque te salgan pelos en donde antes no había o se te caiga el que ya tienes —Todos rieron—. Prometo reírme de tus chistes, aunque a veces no den gracia, prometo amarte siempre, incluso cuando llegue tu crisis de mediana edad y no reírme cuando quieras vestirte como un chico de diecisiete —Más risas—. Te amo, Tai, eres mi valeroso Tai.

Estuve a punto de acercarme y besarle, pero el grito de Mimí y Hikari me detuvo. No era el momento, luego podría, ahora debía decir mis votos.

―Sora ―mi voz se fue en un hilo, carraspee y volví a hablar―. ¿Qué puedo decirte, que no sepa nadie aquí? Ere mi más preciado y anhelado deseo, mi fantasía y mi razón de respirar, soy solo un suertudo que aún no se cree que haya conquistado a tal mujer, por ti sería capaz de atravesar el desierto sin una gota de agua, tu eres mi catalizador, tu eres la fuente de mi valentía y de mis decisiones osadas. Por ti lo daría todo.

»Siempre te lo he dicho eres mi más preciado tesoro, la luz de mi camino y de mis ojos, no hay nada en este mundo que pueda hacerme cambiar de idea. Solo somos dos amigos que jugaron a enamorarse y ahora no podemos vivir sin el otro, por lo menos yo no puedo hacerlo sin ti. Si algún día te haré llorar espero que sea de felicidad, como hoy, como en este momento y si no es así, entonces me merece cada grito que me des, cada regaño y golpetazo de Matt —Miré a ver al rubio que sonreía y asentía como si eso fuera un hecho—. Prometo amarte y tenerte en cuenta en cada uno de mis planes, prometo decir que luces hermosa, aun cuando despiertes toda despeinada, de mal humor y con el aliento matutino, también prometo besarte en cada despertar y darte la razón cuando te pongas peleona sin ningún motivo aparente.

»Eres mía, Sora y yo soy tuyo, siempre seremos tú y yo. Siempre te amaré, esa es mi promesa.

Ella se lanzó entre mis brazos y me besó sin importarle que no fuera el momento para hacerlo. Todos aplaudieron y los "aww" y "que lindos" se escucharon por todo el jardín. Yo sentí mi mundo girar de prisa y a la vez ir con lentitud. Ya no había nadie más, solo ella, yo y el fruto de nuestro amor que crecía en su vientre.

Varios minutos después estábamos prometiendo el amor eterno:

―Prometo amarte y respetarte, estar a tu lado en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separé —digo, Matt se acerca y me entrega el anillo, yo lo introduzco en el dedo de Sora.

―Prometo amarte y respetarte, estar a tu lado en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separé ―repitió ella. Mimí imita a su esposo y Sora coloca el anillo en mi dedo.

Me acerco y espero a que me den la autorización de besarla, el casamentero lo hace y luego yo me acerco, le rodeo el rostro con mis manos y deposito un beso casto en sus labios, ella me da el permiso que necesito y profundizo la acción, dejándome impregnar la emoción que sus labios causan en mí cuerpo.

—Oficialmente eres mía, Cielo —le susurro sobre sus labios.

Ella ríe.

Las personas se punen de pie y aplauden nuestro beso, pero yo aún no he terminado, soy un maldito adicto a esos labios finos y rosados. La tomo con ambas manos por la cintura y ella me rodea el cuello, me inclino y echo su cuerpo hacia atrás, escucho como ríe, lo siguiente es que vuelvo a besarla en los labios.

Escucho como todos se regocijan y murmullan contentos por el espectáculo que hemos dado. Simplemente no me importa, solo deseo comerme a besos a mi mujer.

~•~

Nos reunimos en la resección de la boda, allí mismo, en el jardín de los Ishidas. Estamos todos de pie al frente de nuestras mesas haciendo el tradicional brindis de tres copas de sake: que consiste en poner una copa encima de la otra y listo. Como es de costumbre, mis padres se acercan y nos dan un sobre con dinero, otra gran tradición de mi cultura.


«Con ustedes el señor y la señora Yagami». Anuncia Yamato desde el escenario.

La canción de aquella banda estadounidense de rock clásico comienza a ser interpretada por la banda de Yamato: Sweet Child O'Mind, versión piano.

― Y, señora Yagami —Pregunto mientras nos movemos al son de la música—, ¿está feliz?

―Sí, señor Yagami —responde con una sonrisa que no la abandona—. Feliz como una dulce niña.

Nos besamos y, al romper el beso fugaz, ella apoya su cabeza sobre mi pecho, yo le aprieto el abrazo y por momento volvemos a olvidarnos del mundo mientras bailamos la pieza lenta.

Yamato cantaba:

«Ella tiene una sonrisa que me hace rememorar recuerdos infantiles donde todo era tan fresco como el brillante cielo azul, y de vez en cuando, al mirar su rostro, me llevaba a ese lugar especial y si la miraba demasiado tiempo, probablemente, me quebraría y lloraría. Dulce niña mía, dulce amor mío»


Mimí al poco rato anunció un juego tradicional: el del liguero.

—¿Qué rayos es eso? —pregunto curioso, sin saber qué es.

¡Vaya, solo me he casado una vez! No pueden pretender que yo sepa lo que es el estúpido juego del liguero.

Todos los ojos estaban puestos en mí. Mimí-chan se acercó hasta donde yo estaba y me susurró al oído de lo que se trataba el dichoso juego.

¡Cielos!

Parpadeo un par de veces incrédulo, luego mis ojos se abren, sin poder evitarlos, sorprendidos y una sonrisa desvergonzada y sugerente se dibuja en mi rostro.

―Con que ese es el juego. Está bien —anuncio.

Mi libido empieza a subir en un dos por tres y, rápidamente, pongo mi mejor cara de seductor.

"Exotique-Soul ballet" suena a través de los parlantes y las mujeres comienzan a gritar y a reír enloquecidas.

El motivo del juego es seducir a la novia y quitar el liguero debajo de su vestido solo con los dientes y la boca, luego debo lanzarlo a los solteros de la fiesta y, el hombre que lo atrape primero, bueno, ése será el afortunado que deberá colocárselo solo con los dientes a la chica que haya atrapado el ramo de flores que Sora lanzará.

Comienzo de la canción.

Introduzco mis dedos en el nudillo de la corbata y lo aflojo, como si estuviera a punto de hacer el amor con mi mujer y quisiera impresionarla con mis gestos masculinos, desabrocho lentamente los botones del saco sin despegar la mirada penetrante y sugerente de Sora, con movimientos sexys quito despacio, y al ritmo de la música, mi saco y pronto lanzo la prenda hacia un lado del salón. Sora ríe a carcajadas por mi intento-pobre- de seducción en púbico. Me acerco y beso sus labios, mis invitados se animan y sueltan silbidos y piropos, se escuchan divertidos y alegres. Debe ser por las copas de licor y por la música de cabaret.

Sora está sentada, le extiendo la mano para pedir la suya y ella me la da. Beso su dorso y la ayudo a ponerse de pie. Ya sabiendo lo que debe hacer, ella levanta su pierna y la coloca con coquetería sobre la silla. Sonrío, insinuante, mi mujer toma el extremo de su vestido y los sostiene, invitándome a meterme debajo de él, literalmente. Bajo y me introduzco dentro del vestido abultado de Sora. Nadie puede verme ahora, así que me permito ser juguetón y travieso.

Dejo una línea de besos por su pierna, desde el tobillo hasta el liguero -mis manos están detrás de mí, en mi espalda, sujetadas una contra la otra-, muerdo el liguero y lo deslizo con parsimonia, recorriendo la larga y bien formada pierna de mi esposa, siento como continua soltando grandes carcajadas y los invitados la acompañan. Imagino su sonrojo colosal. Saco la prenda que aún estoy mordiendo y la sostengo con una mano. Los solteros se amontonaron y ahora les doy la espalda y lanzo el liguero, para mi desgracia, Takeru es quien lo atrapa, el pobre se volvió rojo al darse cuenta que sin esfuerzo había capturado el liguero.

Minutos después todas las solteras están juntas esperando a que Sora lance su ramo de flores. Ella les da la espalda y lo envía con mucha fuerza luego de hacer su cuenta regresiva.

Pronto tendré una plática seria con Hikari.

Pues, cuando vio que el ramo iba en dirección hacia Zaira, ella se lanzó y, como pudo, le arrebató el ramo de flores a la muchacha. Nunca hubiera imaginado eso de Kari, pero todo es posible si TK está de por medio.

¡Odio está tradición!

El-manos-largas de Takeru ha comenzado a subir el liguero por la pierna de Kari con su boca, y ella que no para de reír, yo los miro de reojo, cualquier paso en falso y decapito al rubio en plena boda. Por suerte, el estúpido juego, ha terminado y ya es hora de que Sora y yo nos fugáramos de la boda.


Por más que lo deseara no podíamos ir de luna de miel, ella trabajaba y yo igual, pero eso no quería decir que en la noche de bodas dormiríamos. Al llegar a la habitación había una botella de champagne, la cama estaba cubierta por pétalos de rosas rojas y blancas que formaban un corazón encima de las sabanas de seda del lugar, un manto blanco con flores sobrevolaba encima de la cama, alrededor velas daban un buen ambiente a la habitación. La besé y la volví a besar, jamás me cansaré de sus labios. Vinieron las caricias y poco a poco la iba acostando sobre la cama, bajé el cierre de su vestido y luego se lo quité, ella llevaba un sexy conjunto de encaje blanco que me hizo volver a la locura para llevarla a la cama por primera vez como la Señora Yagami.

~•~

Bum-bum, bum-bum, bum-bum.

Sonido magistral, sonido de la vida que se desarrolla dentro de Sora. Vida que Sora y yo hemos creado, producto de nuestro amor. Pequeños latidos que me llenan de emoción y le dan un sentido a mi vida. Han pasado unos días desde la boda y ahora estamos en el consultorio de la ginecólogo-obstetra que lleva el control de mi bebé. Una enfermera está haciendo el chequeo rutinario. Mi bebé es muy pequeño como para poder verle, pero su corazón ya late muy, muy rápido.

Ya no aguanto las ganas de verle.

La enfermera estaba hablando con nosotros, cuando, de repente, ha hecho un gesto extraño, ha arrugado la frente y labios. Luego de eso se dio media vuelta y sin decir nada sale.

Sora me miró asustada.

¿Qué había pasado? ¿Por qué salió así? ¿Andaba algo mal?

―Tai… ― dice con tono nervioso, yo me acerco y le beso en la frente.

―Tranquila, mi amor, todo estará bien. Iré a ver qué pasó, ¿sí? ―ella asiente y cuando dispongo a salir, la doctora entra.

―¿Sucede algo malo doctora? ―pregunta con preocupación Sora.

―Déjeme ver, aun no le diré nada —dice esta—, pero todo dependerá de cómo lo tomen ustedes.

¿Qué carajo quiso decir con eso?

―¿Es algo malo doctora? ―pregunto temiendo la respuesta.

La mujer puso un aparato en Sora, ése que se usa para escuchar los latidos del corazón del bebé.

Luego de chequear todo lo que había chequeado la enfermera, la Doctora sonríe y nos mira.

―Felicidades, según este ultrasonido son dos latidos diferentes, es decir, tendrán gemelos.

Dejo escapar el aliento de alivio. Rayos, por poco creí que algo iba mal con mi bebé.

Espera un segundo —pienso—. ¿Dijo gemelos?

―¿¡Gemelos'! ―suelto sorprendido, Sora ríe y aprieta fuerte mi mano, vuelvo a mirarla y le sonrío.

Ni importaba si eran uno o dos, ¡seis bebés! Igual lo amaríamos.

Ahora solo faltaban nueve bebés más y tendría mi equipo de jugadores de fútbol. Sí, mi propio equipo.

~•~

Hoy mi día había transcurrido de maravillas, luego de dejar a Sora en la casa, me dirigí hacia la clínica a por mis exámenes que hicieron por mis jaquecas, vómitos y otros síntomas más.

Imagino que ha sido algo que comí, una bacteria o un parásito.

Espero por algunos segundos al médico. Él se abre paso por su consultorio y se sienta detrás de su escritorio.

―Y, ¿qué es lo que tengo, doc?

―Señor Yagami —dice con seriedad luego de haber fruncido ligeramente su entrecejo al leer los resultados—. No sé cómo decirle esto…

Me había preocupado. Las ansias me consumían:

—Vamos, suéltelo, doc. No debe ser tan grave.

El hombre suspira con cansancio y lleva sus dedos hasta el puente de su nariz y la masajea.

—Tiene un tumor, Yagami —suelta sin más.

Escuché lo que dijo, pero no puede ser verdad. Seguro ha dicho otra cosa y yo lo he interpretado mal.

―Disculpe, ¿qué? ―pregunto por inercia.

Y él comienza a explicar:

―Los estudios han arrojado que tiene un tumor meduloblastoma. Se trata de un tumor con origen en las células embrionarias.

―¿Un tumor? ¿Qué tipo de tumor? —inquiero consternado.

―Es un tumor llamado meduloblastoma de origen en las células…

Lo interrumpo, no me importa una mierda su origen, solo quiero saber si es benigno o maligno.

―¡No! —grito lleno de angustia. Esta mierda no puede estar pasándome a mí—. ¿Qué clase de tumor es? ¿Es… es malo? —al preguntar esto último mi voz sale quebrada y tartamudeo sin poder evitarlo.

―Su comportamiento es maligno. —Sincera.

Agacho mi cabeza y apoyo mis codos sobre las rodillas, froto una y otra vez mis manos sobre mis cabellos, cierro los ojos queriendo que con esta acción desaparezca todo mí alrededor. Me dolía el pecho, dolía mucho. Lo siento trancado, pesado, el aliento me falla.

¡Esta mierda no puede estar pasándome a mí! No, no, no, no ¡NO!

Levanto mi mirada y veo al doctor.

―¿Qué tan confiables son esas pruebas? —Me sorprendo porque mi voz ha salido calmada.

―Joven Yagami, aun no es seguro, pero, es un 89% confiable, deberíamos hacer otras pruebas, aun así…

―… darían el mismo resultado —completo la frase.

―No hay que hacernos falsas esperanzas.

Era en serio, en serio ocurría.

―¿Tratamiento? —pregunto.

―Extirpación y quimioterapia luego de la operación.

―¿Riesgos?

―Es una operación complicada, pero dependería de donde esté alojado el tumor. Mañana, si lo desea, comenzaremos con los exámenes y averiguaremos el origen, qué tan avanzado está y todo lo que sea necesario para la operación. Le daré un permiso médico, no podrá jugar en un buen tiempo al fútbol

Asiento con la cabeza y luego me levanto.

Camino hasta la entrada de la clínica con la mente en blanco, aun sin digerir lo que me han dicho. Una lágrima rueda por mi mejilla.

¿Cómo se lo diré a mis padres?¿Cómo se lo diré a Sora?

―Sora… ―susurro dándome cuenta de que espera un hijo mío y que es posible que no salga de esta.


N/A:

Holis y hasta aquí lo dejo, no sé cuando actualice le debo el capitulo de Nuestro Juego de Amor a Takai95, pronto lo tendré que subir, es que la inspiración de esta historia vino ami xDDD

MAZINGER-TAIORA: Gracias por tu RR, me da gusto que te gustara esta otra historia y que te haya hecho reir xDD tal vez el siguiente capi te haga llorar... ¿quien sabe? Respuestas a tu PD: tu eres español hay diferencias de horario asi que será raro verme conectada.

HikariCaelum: si, Tai es muy distraído, pero hermoso xDDD ya actualicé y espero que te guste este capitulo gracias por tu RR, saludos...

Jell Brown: Jell: gracias por tus consejos, no mi niña, no me lo tomo a mal, al contrario, que dicha que me corrijan así no cometo los mismos errores :D aqui tienes la actualización ¿era lo que esperabas? saludos y gracias por tu RR.

Taichifanamor: quería mostrar a Tai como es y sus sentimientos por eso lo hice en primera persona, que bueno que te gustó la declaración y la propuesta de matrimonio :D ojala te gusten los votos de amor de este capitulo :)

Gracias por leer mi historia :D los quiero mucho, gracias por sus RR

Se despide:

Genee~ un beso (muack).