"Que gris amanecer, mi alma esta triste, porque perdió a su amor."
CAPITULO 49
La mañana siguiente, el inglés se despertó antes que sonara la alarma y la desactivó, no deseaba despertar al otro. Con cuidado, se levantó de la cama, evitando que su piel rozara la del francés y caminó de puntitas, intentando hacer el menor ruido posible. Se arregló en silencio y se preparó una taza de te. Tomo sus cosas y se fue. En el camino, sacó su celular y miró la fecha, era viernes y hoy si todo salía bien, resolvería su problema y todo regresaría a ser fabuloso entre él y su amado oji azul.
Mientras tanto, en el departamento, Francis se encontraba mirando al techo, hacía un rato que se había despertado, lo había hecho pocos minutos después que su pareja pero prefirió fingir que seguía durmiendo debido al inexplicable temor que sentía a la reacción del otro. Estiró su mano y tomo su celular, marcando enseguida al número de su chef principal, le avisaría que no llegaría a trabajar debido a "causas de fuerza mayor" o como el diría, un día de espionaje.
La mañana transcurrió sin problema alguno en la oficina, Arthur acomodaba algunos papeles, hacía unas llamadas, de vez en cuando se levantaba de su asiento y se estiraba y rara pero rara vez revisaba su teléfono en busca de algún mensaje o llamada pérfida de Francis. No había mucho que hacer en ese día, prácticamente ya era fin de semana. Miró el reloj de pared de su oficina y calculó las horas que faltaban para que terminara el día laboral, solo era menos de una.
Pasado el tiempo, Patrick se asomó por su oficina, se veía muy contento –Janice preparó sopa crema de pistache para la cena- comentó, al parecer era su platillo favorito. Arthur intentó sonreír ante la idea del menú que le esperaba y se levantó del sillón, tomando en el transcurso su saco y maletín.
El recorrido a la casa de Patrick fue tranquilo, no es como si fuese la primera vez que iba a ese lugar, de hecho era como la tercera, las primeras dos fueron por trabajo pero esta última era personal. A llegar, las hijas de su compañero los recibieron, estaban felices de tener un invitado para cenar.
En cuanto entraron a la casa, Janice se asomó por la cocina, anunciando que en unos minutos estaría la cena. Los dos mientras se dirigieron a la sala y aguardaron a ser llamados. El inglés tomo entre sus manos el diario y empezó a hojearlo, deteniéndose en uno de los artículos, se trataba de una reseña del restaurant del francés.
-¿no es ese el restaurant de tu pareja?- preguntó curioso el peli castaño y de inmediato el rubio asintió –se ve muy chic- comentó.
La cena transcurrió sin problema alguno, con conversaciones triviales y risas. Por un momento el oji esmeralda olvido sus preocupaciones con respecto al francés e incluso deseó en silencio el poder tener una familia tan hermosa cono la de Patrick.
Una vez terminada la cena, el castaño se llevó a las niñas a dar una vuelta, dejando solos a su esposa y a Arthur. Ella estaba enterada de la situación, su esposo se la había comentado y aceptó ayudar en lo que pudiera. Ambos se sentaron en el desayunador de la cocina, uno frente al otro, cada quien sosteniendo una taza de té de jazmín, esperando el momento a que cualquiera de los dos hablase.
-estoy enterada de tu problema- habló primero ella, pronunciando cada palabra en tono sereno y pausado mientras sus cejas se suavizaban –realmente no es algo de lo que debas temer, al contrario- agregó, sorbiendo un poco del té.
Las cejas del ingles se levantaron -¿Por qué me pasa esto?- preguntó –quiero saber-
Janice colocó la taza sobre el platito de porcelana y volvió a sonreír –eso que te sucede es una respuesta natural de tu organismo- se explicó – el amor que sientes hacia esa persona se ha hecho tan fuerte que tu cuerpo empieza a resentirlo, no es tan malo como suena, simplemente es algo que todos enfrentan en un momento de la relación, puede que a los primeros días o incluso a los años de esta-
Arthur no parecía comprender del todo la explicación que estaba escuchando y ella rápidamente lo intuyó. Los dos guardaron silencio, él porque no sabía que decir y ella porque buscaba una forma más clara y simple de explicar todo lo que había dicho.
De pronto, los ojos miel de ella se iluminaron -¿le amas?- preguntó y el otro asintió -¿mucho?- volvió a preguntar y el otro volvió a asentir; una sonrisa traviesa se formó en los labios de la dama –entonces ¿Por qué te asusta ese sentimiento?- le preguntó –todo lo que sientes es tu amor por él en estado puro, algo así como un embarazo salvo que lo tuyo podría ser psicológico- le explicó –en vez de negarlo, acéptalo, que no te de pena, exprésale lo que sientes, no te lo guardes- le aconsejó. El inglés solo asintió perplejo, preguntándose porqué el amor era tan complicado y sobre todo, la psiquis humana.
Mientras tanto, a un par de casas de distancia, Francis esperaba a su pareja. No se explicaba por qué este había abordado el auto de uno de los empleados de la oficina ni tampoco se explicaba qué se encontraba haciendo en la casa de este. Realmente no se explicaba nada, solo se limitaba a observar y seguir en silencio a su pareja, necesitaba esclarecer el porqué del comportamiento de este.
Luego de verlos salir de la casa, tomo un taxi y le pidió al taxista que los siguiera con cautela. Recorrieron prácticamente media ciudad siguiéndolos. Al ver el patrón que seguían, intuyó que ese sujeto dejaría a su pareja en el estacionamiento de la oficina y anticipándose a ello, le pidió al taxista detenerse y se bajo, no sin antes pagar y empezó a caminar a prisa, aun tenía la esperanza de comprobar que todo lo que pensaba de Arthur era una gran mentira. Cuando llegó a la esquina, se escondió tras ella y miró lo que acontecía en el auto.
Por otro lado, dentro del auto, Arthur le daba las gracias a Patrick, la platica que tuvo con su esposa mas o menos le ayudó y confiaba poder enfrentar a sus sentimientos desbordados. Sabiendo que los viernes era el día mas ajetreado para el francés, el inglés decidió tomárselo con calma, era probable que su pareja regresara entrada la noche y con eso en mente, empezó a platicar con el castaño sobre temas triviales que parecía ser del agrado de ambos.
Desde lejos, Francis se mordía las uñas, su amado inglés se comportaba demasiado "cariñoso" con ese desconocido a su parecer. No le agradaba como se reían ni que estuvieran encerrados en ese auto, tampoco le agradaba como SU Arthur le daba un codazo suave ni que el otro le respondiera de la misma forma pero no podía hacer nada sino seria descubierto, así que aguantándose los celos, continúo contemplando a esos dos.
Al final, luego de casi una hora encerrado en ese auto, el inglés decidió que era tiempo de retirarse. Agradeció nuevamente a su compañero y colocó su mano sobre el seguro del cinturón de seguridad, apretando el dispositivo para poderse retirarlo pero para su mala suerte, nunca se escucho el "click" y extrañado, volvió a insistir.
Patrick se percató de ello y se quitó el suyo para poderse inclinar y ayudar a destrabar el seguro. El rubio insistió en hacerlo el mismo, sonriendo de forma apenada y sonrojándose en el proceso. Entre los dos forcejeaban por destrabar aquella cosa pero parecía no querer ceder.
El francés veía impactado lo que ocurría en ese auto, desde su ángulo todo parecía verse morboso y sexual. No creía realmente lo que veía, ¡su pareja realmente le estaba siendo infiel!. Sus pupilas azules se encontraban dilatadas y su corazón crujía de solo presenciar eso.
Finalmente el cinturón se destrabo, liberando al rubio. Patrick se levantó, su rostro sonrojado debido al esfuerzo contrastaba con su cabello desarreglado. Arthur se mostraba apenado y a como pudo, salió del auto mientras agradecía la ayuda. Luego de ello, los dos se despidieron, el auto arrancó y el rubio se quedó solo en el estacionamiento del edificio.
Sabiendo que tenia tiempo de sobra antes que Francis llegara a casa, empezó a planear con que lo sorprendería. Se giro para emprender camino a casa y antes que pudiera dar un paso, se encontró de frente con el francés, el rostro de este reflejaba una profunda tristeza y decepción -¡Francis!- exclamó feliz de verle pero el otro ni se inmutó.
-¿desde hace cuanto?- demandó saber el oji azul, su semblante era serio al igual que su tono de voz.
-¿a qué te refieres?- preguntó confuso Arthur.
Francis se paso la mano por el cabello, acomodándoselo –de entre todas las personas ¿Por qué tu?- dijo al aire, seguido de un parloteo entre dientes en su idioma natal. Uno que otro insulto broto de sus labios mientras empezaba a caminar de un lado al otro.
Arthur no comprendía que pasaba –Francis ¿Qué ocurre?- preguntó, ignorante de la situación -¿te ocurre algo?-
Los pasos de este se detuvieron en seco y dirigió su mirada a su pareja -¡claro que me ocurre algo Kirkland!- exclamó exaltado, pronunciando el apellido de este, cosa que rara vez hacia –no sabia por qué evitabas mis besos, mis caricias y mis abrazos… tenía mis sospechas pero no quise hacer caso, realmente no quise pero… merde!- sonrió de forma amarga y se llevó la mano a la frente en un vano intento de ocultar las lagrimas que amenazaban por brotar de sus ojos -¿acaso tu amor por mi es tan poco que decidiste tener una aventura?- preguntó, evitando mirar al otro a los ojos.
El inglés quedó mudo ante la aseveración del francés, él nunca osaría serle infiel y menos ahora que había descubierto que su amor hacia él se había intensificado hasta el infinito. Intentó acercarse al otro en un vano intento de abrazarle pero fue repelido de forma grosera.
-olvídate de mi Kirkland que yo intentare hacer lo mismo- sentenció el oji azul, declarando así el final de lo que había sido una maravillosa relación. Ninguno de los dos dijo mas, el de cabellos ondulados se retiró del lugar fingiendo frialdad cuando por dentro se sentía morir mientras que el rubio, apenas y pudo asimilar lo que acababa de ocurrir.
Pasaron un par de semanas desde aquel fatídico día. Luego de esa noche, ninguno volvió al departamento, el solo hecho de pensar en volver les provocaba un gran dolor y malestares profundos.
Esa noche, Kirkland regresó a su casa con su rostro bañado en lágrimas y se encerró en su habitación. Sus padres se preocuparon pero no dijeron palabra alguna, en cambio, Ian adivinó la razón por la que su hermano estaba así, realmente no tuvo que meditarlo mucho, sabía que era culpa de ese francesito y molesto por ello, exclamó varias maldiciones que fueron rápidamente calladas por su madre.
Bonnefoy en cambio, no regresó a casa de sus padres esa noche, en vez de eso, fue al restaurant y se encerró en su oficina, aventando contra la pared o al cesto de basura las fotografías que conservaba de ambos. Ordenó a uno de sus empleados una copa y una botella de vino rojo y deseo que con ello, todos sus problemas se esfumaran.
Los días posteriores a ello, fueron igual de dolorosos. Arthur dejó de asistir a trabajar, auto confinándose a su habitación, llorando como magdalena día y noche y Francis se convirtió en obseso del trabajo, no abandonándolo solo más que para irse a cambiar a casa de sus padres.
Al inicio, las familias de ambos imaginaban que solo se trataba de una pelea de enamorados pero conforme pasaban los días, se percataron que aquello no era una simple pelea y temiendo lo peor, intentaron hablar con sus hijos pero ninguno accedió a decir palabra alguna, se habían encerrado en su mundo de autocompasión y dolor.
Ian intentó por todos los medios de hablar con su hermano. Al menos tres veces al día iba a hablarle a través de la puerta, preguntarle qué le había pasado, decirle que si quería, podía ir a golpear a Bonnefoy en su nombre pero siempre recibía la misma respuesta: un profundo silencio interrumpido por el hipar de este.
Y remontándonos a la actualidad, nos encontramos en la habitación del inglés, un lugar que solo conserva los vestigios de la pulcritud puesto que ahora esta tapizado por pañuelos, una innumerable cantidad de ellos. Hecho un novillo sobre su propia cama, lloraba amargamente al tiempo que sostenía una foto de ambos entre sus brazos, estrujándola de forma protectora al tiempo que repetía un mantra casi inaudible que consistía en "Francis" y "fue mi culpa".
Él se culpaba por el hecho de no haber sido sincero respecto a su sentir, se culpaba de haber buscado ayuda a espaldas de este, se culpaba por no haber correspondido a todas esas muestras de afecto que el francés le proporcionaba pero de lo que mas se culpaba es por no haber hecho algo para aclararle el malentendido, por no haberle detenido ese día, por no haber corrido a su lado y abrazarlo de tal forma que no pudiera moverse. Se lamentaba no haber hecho nada y en cambio, solo haberse quedado de pie viendo como la persona a la que posiblemente mas amaba en todo el universo se iba de su lado.
Sabia que le había hecho daño pero no encontraba el valor para irse a disculpar. En su mente aparecían mil escenarios diferentes y todos con el mismo final: ser echado a patadas por el francés.
Aun con su tristeza impregnada en la piel y sus ojos hinchados de tanto llorar, se giró y miró el calendario, de inmediato se acordó, era día de pagar la renta o en su caso, de desalojar el departamento pues ya no tenia caso seguirlo pagando si ninguno de los dos iba a habitarlo. Pese a su estado y sus sentimientos, se levantó de la cama, se limpió los residuos de lágrimas que bañaban sus mejillas y salió de su habitación, él personalmente iba a recoger los fragmentos de su vida pasada y negándose a las peticiones de su familia de ayudarle con ello, caminó hacia la parada de autobuses y tomó el autobús de la ruta mas larga a su ex–departamento, solo quería prolongar aun mas lo inevitable.
En otra parte, para ser exactos, en el restaurant de Francis, este se encontraba trabajando en una nueva receta, con esta seria su decimo quinta que inventaba y deseaba que fuese perfecta para el deleite de sus comensales. De pronto, el molesto ruido de su celular lo interrumpió y sabiendo que este no dejaría de sonar a menos que lo desbloqueara, dejo a un lado lo que hacia y caminó hacia su oficina para ver de que se trataba.
Al desbloquearlo, un mensaje salto de la pantalla, era de los arrendatarios, recordándole que era día de pagar la renta. Sabiendo que ya no era necesario pagarla, decidió ir por sus pertenencias –saldré un rato- avisó a su chef principal y el rostro de todos sus empleados prácticamente se iluminó, hacía mucho que su jefe no salía del negocio.
Sin deseos de pisar ese apartamento, caminó sin prisa, no valía la pena tomar autobús para ahorrarse quince minutos de viaje, prefería extender su agonía unos cuarenta minutos mas. Al llegar al que era su hogar, observó el número treinta y ocho en la puerta, comprobando que realmente ya había llegado. Saco sus llaves del bolsillo y abrió la puerta. Todo lucia tal cual lo habían dejado ese día, aun se podía ver en el lavabo la taza de té que había usado el inglés, las revistas sobre la mesita, varios recibos y las flores ahora marchitas que colgaban cerca de la ventana. Fue inevitable no suspirar, ese lugar le causaba una mezcla de nostalgia y dolor.
Caminó hacia el cuarto que compartía con su ex y noto que la puerta estaba entre abierta pero decidió atribuirlo a que seguramente no la cerro bien ese último día que habitó dicho lugar. La empujó para terminar de abrirla y tras ella, la figura de Kirkland apareció de espaldas a él, sentado en el suelo abrazando la camisa que había usado el día previo al rompimiento, se le podía escuchar sollozar y murmurar cosas inentendibles.
Intentó dar un paso atrás, volver a dejar la puerta entre cerrada, huir de ahí y no regresar pero en vez de eso, sus pies se detuvieron en seco, el oji esmeralda había percibido su presencia, volteándose, dejando ver esos ojos hinchados y rojos, esas bolsas negras bajo sus ojos, esas mejillas ruborosas bañadas en lágrimas, ese cabello mas despeinado de lo normal, ese cuerpo descompuesto a causa del dolor. Un nudo se le formó en la garganta, pocas veces lo había visto de esa forma tan penosa y casi de inmediato quiso irlo a abrazar, a besar, a reconfortarlo con las palabras dulces que solía decirle pero se contuvo, aun estaba enojado por la "aventura" que este había tenido con ese sujeto.
Arthur al ver a su ex, se puso inmediatamente de pie, a pesar de que le dolía todo lo que pasaba, una pequeña sonrisa intentó formarse en sus labios pero no lo logró. En ese momento solo podía sentir lo agridulce del momento.
Los dos se miraron por un largo rato, esperando a que el otro abandonara el lugar pero parecía que ninguno estaría dispuesto a hacerlo. El inglés se secó las lágrimas con el puño de su camisa, quería mostrarle que era fuerte y decidió al menos pedirle disculpas al otro por lo tonto que había sido aunque sabía que eso no resolvería nada.
-fui un tonto- admitió y el francés arqueó su ceja –hice cosas que te lastimaron y lo lamento mucho, todo esto me lo merezco-
Francis asintió mas no hablo porque sabia que si lo hacia, terminaría echándole en cara mas de una cosa al pobre infeliz y prefirió continuar escuchando las disculpas de este.
-sé que una disculpa no es suficiente ni tampoco cambiara lo nuestro pero es lo único que puedo hacer- finalizó, esperando al menos que el otro al menos dijera que las aceptaba.
-hay algo mas que puedes hacer- añadió el de cabellos semi ondulados y los ojos del inglés brillaron ante tal afirmación –desaparece de mi vida, no vuelvas a mostrarte frente a mi en lo que me queda de vida- le ordenó con gran desdén.
A pesar de lo crueles que fueron las palabras de Bonnefoy, Kirkland mantuvo la compostura, evitando derramar lágrima alguna, la pequeña esperanza que tenia de que las cosas se arreglarían, murió enseguida y el orgullo que había estado en eterno letargo, despertó. No se rebajaría al mismo nivel que el francés pero tampoco dejaría las cosas tal y como están.
-bien, si eso es lo que deseas, que así sea- le encaró, mostrando todo ese orgullo que la familia Kirkland poseía. Caminó hacia la salida, golpeando el hombro del otro contra el suyo en señal de molestia y se marchó del departamento, dejando todas sus pertenencias en este.
El francés se sorprendió un poco ante la actitud tan agresiva del oji esmeralda y entonces supo que había perdido a un gran amor y a un gran amigo y en cambio, se había ganado un enemigo. Se llevo la mano a la frente y sonrió amargamente ante lo irónico de la vida, ahora era definitivo, no podía volver a dirigirle la palabra a ese rubio ojos de esmeralda, a esa persona que una vez fue dueña de su amor y su vida.
Penultimo capitulo de esta interesante y apasionada historia. Francis es un tonto, como osa tachar a Arthur de infiel y su orgullo, ese orgullo tan frances que posee lo llevo a un inevitable final. Estoy triste por Arthur pero admito que la culpa es de ambos, su falta de comunicacion e inseguridad los guio a este resultado. Y bueno, pasando a otras cosas, me pone triste saber que solo falta un capitulo mas para el final y justamente a visperas del aniversario numero dos de la historia. Como siempre, quiero agradecer los comentarios de las chicas que han seguido la historia quincena a quincena y de las que apenas empiezan a seguirla, gracias a todas y espero recibir aun mas comentarios en este penultimo y el proximo capitulo. ¡GRACIAS!.
naho-chan-23: gracias por los animos y espero puedas animarte a terminar ese fanfic que dejaste inconcluso :).
Erelbrile: hay muchas situaciones de pareja que ignoramos o que nunca mencionan y es interesante que de vez en cuando las mencionen, el sexo no es lo unico interesante en una relacion. Espero el capitulo de hoy te haya quitado las dudas que tenias.
LeiaScissorhands: la mayor parte del tiempo cumplo mi palabra :). Te deseo un Feliz Cumpleaños por adelantado :).
Ultima actualizacion: Viernes 21 de Diciembre
