Doce Corazones
Capítulo XII
Sin Mirar Atrás
Por Anako Hiten
El constantemente escandaloso Santuario se mantuvo en silencio inquebrantable durante un largo tiempo. Los Caballeros se limitaban a entrenar duro todos los días, y conversar sólo durante las horas de comida. Las primeras semanas estaban llenas de una gran tensión, aún más si alguno de los gemelos se encontraba cerca; sin embargo, el tiempo continuó su curso y los Santos Dorados ayudaban a los geminanos a superar todo aquello. Kanon aún se castigaba por la muerte de Shaka, pero Mu y Camus lograron hacerlo sentir mejor, hablándole fraternalmente.
Saga, después de ver a su hermano un poco más animado, decidió continuar su relación con Milo, que estaba receloso por falta de atención, y cuando estaba fuera de la vista de Saga, se jugueteaba con Camus de lo lindo, sin saber que su posesivo novio se daba cuenta de ello.
Por su parte, Mu quería despejar su mente y liberar su tristeza, por lo que decidió utilizar sus poderes para fabricar una armadura… pero se le ocurrió una mejor idea…
Una tarde bastante calurosa, Camus estaba tratando de mover sus tornados sin que se derritieran, cuando vio un brillo dorado que llamó su atención. Fue hacia él y encontró al guardián de la primera casa concentrado utilizando su polvo de estrellas.
— Hola Mu¿podría preguntar qué haces?
— ¡CAMUS! —Mu pareció nervioso al verlo, y se veía cansado— Eh, bueno… yo…
El acuariano observó bien lo que Mu tenía frente a él, y le preguntó sorprendido:
— ¿No es esa…?
— Sí, y por favor, no le digas a nadie que la tengo yo— dijo Mu, suplicante.
— No te preocupes, pero… ¿acaso estás haciendo otra?
— No precisamente, intento completarla, pero falta algo muy importante.
— Y si no me equivoco… es la sangre de un Caballero¿cierto?
— Sí, pero necesitaría demasiada, y yo no--
— Te daré la que necesites… estoy muy saludable, así que bastará conmigo— dijo Camus decidido— Espero que puedas terminarla pronto.
— Pero Camus…— el pelilila lo miró muy asombrado— Ni siquiera sé si resultará, y tú te debilitarás demasiado, hasta podrías--
— ¿Morir? Claro que no¡soy muy fuerte! Además… lo hago por él…
— ¿Estás seguro?
— ¡Por supuesto! —Camus movió su mano y soltó una fina lámina de hielo, la tomó con su otra mano e hizo con ella un corte en su muñeca, brotando de ella grandes cantidades de sangre. Mu lo miraba casi sin creerlo, eso era una gran demostración de amistad. Encendió su cosmoenergía y nuevamente su polvo de estrellas apareció entre sus manos, mezclándose con la sangre del francés. Ambos se sentaron para acomodarse, aquello tardaría bastante tiempo.
No era justo… habían sucedido cosas muy dolorosas en un corto período de tiempo, y pensaba que su alma se estaba haciendo de hierro por tanto dolor… pero sólo se engañaba a sí mismo… fantaseaba con besar a Máscara, pero no podía dejarse caer en esos pensamientos, no quería perdonarlo, no después del dolor que le había causado, pero su amor por él era tan grande como su vanidad… o quizás aún más.
Volvió a lanzar otra rosa roja al mismo lugar, pero sin éxito, no expulsaban nada... hasta que a su nariz llegó un olor suave y tentador, y su cuerpo lentamente caía por el entumecimiento muscular. Al fin lo había logrado.
— Ahora… el próximo paso… la inmunidad… oh dioses… esto es horrible… ¡horriblemente perfecto! —pensó Afrodita aumentando su cosmos hasta el séptimo sentido para levantarse, pero era demasiado pronto.
— Oh, no… mi vista también está afectada… —se lamentaba el sueco desparramado en el piso— Esto va a darme una buena ventaja al luchar… si es que algún día llego a levantarme…
— ¿Fabricando veneno de rosas, mujer?
Simplemente genial, no podía moverse, ni tampoco ver, estaba tirado en el suelo como tapete y al tonto de Máscara se le ocurría pasar por allí, como si no tuviera la cabeza lo suficientemente caótica.
— Es muy potente, los restos del veneno están provocándome calambres… ¡Buen truco!
Máscara Mortal, que se encontraba sentado en el piso al lado de Afrodita, acarició su cabello, y miró sus labios… en un arrebato lo besó y se levantó. El pisciano estaba enojadísimo, aunque muy en su interior, quería un beso más largo, pero de igual manera se encontraba paralizado por su propio veneno y no podía ni reclamar ni alargar el beso.
— ¡JA¡AL FIN LO HICE! —chilló Máscara señalando triunfalmente a Afrodita— Y permíteme decirte… que sí sabes a rosas… espero que logres levantarte… ¡adiós!
El italiano se fue corriendo traviesamente, se sentía algo tonto, pero no le importaba, había logrado probar los anhelados labios de su pececito y esta vez no sentía remordimientos.
— ¡Si pensabas que te perdonaré después de esto estás muy equivocado!
Afrodita sintió lejos al italiano, y trató de moverse… ¡y pensar que tenía que envenenarse unas cuantas veces más para inmunizarse!
La ostentación era algo contagioso, eso era lo que pensaba Saga, al ver a Shura de Capricornio viéndose en el espejo de los baños por más de diez minutos, con Aioria a su lado arreglándose el cabello. Aunque a decir verdad, él mismo también llevaba rato ahí, desenredando su cabellera, tenía días sin peinarla y comenzaba a parecer un espantapájaros.
— ¡Parece que cuando Milo se emociona, no ignora ni una hebra de cabello!— bromeaba Shura con Saga.
— ¡Y parece que alguien se emborrachó ayer, León!
Al instante el aludido volteó la vista, mirando al muchacho con muy malos ojos— ¿Qué te hace pensarlo, Saga?
— Es que cada vez que te pasas de copas… amaneces con extrañas marcas en el cuello, como hoy… ¿Tanto tiempo frente al espejo y sin notarlo?
Aioriafrunció el ceñoy se subió el cuello de la franela. Shura sólo se reía por lo bajo, y se miraba la oreja izquierda, que también tenía una marca.
— Oye, Saga… ¿qué pensarías si me pongo un arete en la oreja?
— Que serías el primero de los Caballeros Dorados en hacerlo— contestó el geminiano.
— ¿Y tú, Aioria?
— Pues… es tu cuerpo, haz lo que quieras con él— gruñó Aioria, para después salir del lugar.
— ¡Eh, León¿Por qué te vas tan pronto? —preguntó Saga— ¡Estás muy raro hoy!
— ¡No es asunto tuyo! —masculló el leonino yéndose definitivamente.
Shura reía a carcajadas, mientras que Saga lo miraba odiosamente.
— ¡GRACIAS AMIGO¡Me hiciste un gran favor esta mañana!
— ¡No me habla¡Y me mira horrible! —se quejaba el peliazul— ¡Eres un estúpido!
— Tranquilo, cuando hable con él se resolverá todo— dijo el español acariciándose su oreja.
— ¿Y cuándo piensas hacerlo?
— Pues… no lo sé…
— ¡Así que voy a aguantarme la rabia y las malas miradas de Aioria hasta que a ti te de la gana de decirle todo!
— Amargado¡puedes cobrarme el favor cuando quieras! —sonrió el español, y luego pensó— Espero que no se lo tome en serio
Era ya de noche, con algo de suerte llegaría a su cama y se lanzaría allí. Mu tenía razón, aquello era muy agotador, en todos los aspectos. Continuó arrastrándose por el pasillo que llevaba a su recámara, y al llegar se tumbó en su cama.
— ¡AY!
— ¿Kanon?
El acuariano se movió y a su lado se encontraba acostado el menor de los gemelos, al cual le había aplastado una mano. Kanon, al ver a su chico en tan penosa situación, se preocupó. Su piel lucía blanca como una hoja de papel, mantenía sus ojos cerrados y daba la impresión de que el viento fácilmente podía llevárselo a volar.
— ¿Tus propios tornados te atacaron, o es que Milo y tú recuperaron el tiempo perdido?
— No quiero hablar ahora, Kanon. No me siento bien— dijo Camus arropándose.
— ¡No me digas, que no se nota! —exclamó el mellizo levantándose.
Camus lo sintió irse, iba a pensar en lo último que había dicho Kanon, pero el sueño predominó, hasta que rato después una suave mano en su espalda lo hizo entreabrir los ojos.
— Lamento despertarte, te prepararé un jugo de remolacha con naranjas, para que no te veas como un fantasma¿bébetelo, sí?
Camus subió su cabeza, vio que el gemelo lo miraba dulcemente. Se preguntó qué hacía en su cama cuando llegó. Se sentó, tomó el vaso que le era ofrecido y bebió de él. No le era muy agradable el sabor de la remolacha, aparte de que su amante no era muy dado para la cocina, pero sabía que estaba preocupado por él, y a pesar de no saber la razón de su debilidad, lo ayudaba a mejorarse.
— Sí, sé que sabe mal, pero lo importante es que te lo bebas, así podrás recuperar tus fuerzas…
— ¿Qué hacías aquí, Kanon? —inquirió Camus luego de terminar el jugo, y Kanon volvió a llenar el vaso, tenía toda una jarra de jugo— ¿MÁS?
— Si no lo bebes no te responderé…— el francés puso una cara de niño malcriado que enterneció al geminiano, quien decidió responder a la interrogante— No te había visto hoy, y quería charlar un rato contigo.
— Yo también quería… pero…
— Bébete el jugo, Camus, y después vete a dormir, quiero verte recuperado mañana... ¡Mañana entrenaremos en contra y estoy listo para vencerte!
Kanon se despidió y se fue, y en su descenso vio a Milo subiendo con mucha prisa, y llevaba una pequeña botella de farmacia en su mano.
— No sabía que Milo tomara medicinas… ¿para qué será?... Bueno, eso es asunto de Saga, no mío.
Tosía y tosía, y luego tuvo una crisis de estornudos a causa de las cantidades de polvo que había en su armario. Tenía años sin meterse allí, pero necesitaba limpiarlo. Se tapó la nariz y la boca con un paño comenzó a sacar todas las cajas vacías y ropa vieja que ya no usaba; era un armario pequeño, y la mayor parte de su contenido parecía ser basura… hasta que vio un grueso sobre apergaminado, que estaba lleno de papeles mal doblados. Se quitó el paño y se sentó en el suelo y los sacó uno a uno, y salieron algunas viejas fotos: fotos suyas de cuando vivía en Brasil, y de sus compañeros de la escuela de Samba. En una de ellas, estaba él, con su cabello corto y una muchacha rubia estaba junto a él… acercó la foto a su pecho, mientras que sus labios musitaron algo.
— …Moa…
— Así que ese es el nombre de tu novia, Aldebarán…
El carioca no se había dado cuenta de que Dohko había entrado a su casa, y tomado una de sus fotografías.
— Ya no lo es… la he dejado sola por tanto tiempo— dijo Aldebarán mirando la foto con nostalgia— Además, éramos unos adolescentes, no creo que se quede esperándome para siempre.
— ¿Y estas cartas¿Quién las escribió?
— Pues… ella… pero cada vez que trato de leerlas no puedo evitar llorar… la extraño mucho, y a mis amigos, y ahora que no puedo ir…
— ¿No habías comprado tu boleto? —preguntó Dohko— Te ibas para Navidad¿qué sucedió?
— Iba a comprarlo el día después de que murió Shaka… no tenía cabeza para hacerlo… y hace unos días traté de comprarlo, pero aumentaron el precio casi al doble, y ya me había costado mucho ahorrar ese dinero.
— Pero puedo prestarte, Aldebarán, no te preocupes.
— Ni lo pienses, eso es bastante dinero— negó el toro rotundamente— Y no te quedaría nada para los regalos de Navidad. De igual manera no quiero irme después de todo esto, no creo que sea conveniente irme en estos momentos.
— Ya la marea está baja, Aldebarán, no te preocupes por eso.
— Trataré de ir el año que viene, para el Carnaval, tal vez…
Dohko cogió otra fotografía y la miró: en ella estaban unos quince muchachos y muchachas con trajes de plumas y lentejuelas, muy ceñidos al cuerpo. El antiguo maestro sonrió al ver que uno de ellos era el actual Caballero de Tauro.
— ¡El gran toro con un traje de lentejuelas azules! —se burló el libriano— ¡ Y vaya que tenías el cabello corto!
— Sí… si Moa me viera ahora… ¡se moriría de un infarto! —rió el moreno.
— ¿Qué es lo que dice ese cartel detrás de ustedes?
— Académia Junior do Portela… fue donde aprendí a bailar… —relataba Aldebarán— estuve cinco años allí, y éramos de la división juvenil. Siempre fui el más alto, desde los nueve, por eso nunca fui a la academia infantil. Ése era mi hogar, y casi todos allí éramos huérfanos, pero muy talentosos para el baile y crecimos como hermanos. Espero que el tiempo pase rápido para poder ir a visitarlos.
— Bueno, pero tienes a otros diez hermanos que te quieren mucho… Uno de ellos tiene mucho sueño ahora…
— Yo también tengo sueño… y a... ah… aaahhhh—el toro estornudó sonoramente, tapándose la boca con el paño— … alergias…
— ¡Salud! Y que duermas bien¡torito bailarín!
El guardián de la segunda casa del Santuario se levantó, sin darse cuenta de que su compañero había tomado una de sus cartas, llevándosela con él, para algún desconocido propósito.
