Saludos, lectores de fanfiction! Esto ha sido… -suspira- realemente interminable! Creo que escribí este cap durante … dos meses (?)
Bueno, en fin.. al fin, no más Jeanne! Y ahora sí empieza esta historia!
De más está decir que espero que les guste y lo disfruten (claramente, una review, sip?)
PORQUE NO SE VALE LEER Y NO DEJAR REVIEW!
Y por supuesto, lo más importante de todo, agradecimientos a:
Love Hao, Insane Potter Killjoy Way Tao, LightShadowBlue … y alguien más que no me dejó su nombre ^^
Atte.
Anna De Usui
+Capitulo 3: Odio+
Ese día, pasó tan rápido que, ni en sueños se lo hubiera esperado.
Era tremenda la contradicción que sentía al verla ahí tirada, claro que las lágrimas amenazaban con saltársele de los ojos pero a la vez le producía dicha el poder verla en ese estado lamentable, siempre y cuando los problemas del Tao terminaran antes de que esa mujer se encargara de destruir todo.
Quizá fue por eso que no la ayudó en lo absoluto, siquiera movió un músculo cuando la sangre amenazó con rozar sus pies inmóviles y simplemente observó fijamente a la mujer que ahora yacía prácticamente blanca, haciéndole caso a sus deseos egoístas que únicamente involucraban a Ren y que de alguna manera primero la necesitaba a esa arpía fuera del camino.
Sí, seguramente fue lo más sínico o malvado que hizo en su vida… pero no podía evitar la satisfacción que le producía semejante situación de ese trágico estilo, era la primera vez que veía claramente a la muy desgraciada sufriendo como en alguna momento había sufrido la Kyoyama y a decir verdad la rubia internamente lo gozaba más de lo que hubiera querido, sólo porque la odiaba muchísimo más de lo que pudiera representar su matrimonio con Tao o de la rabia que le daba a Anna que esa mujer se hubiera apropiado de "su soltero".
¿Qué? A esa altura, ya no daba para negar más, lo que la mantenía cerca del Tao.
Quizá había engañado a todo el mundo con esa fachada de la Señora Asakura, pero... no podía engañar a su propio corazón con los sentimientos malnacidos que la ataban al chino, no podía seguir fingiendo que aceptaba esa realidad como si fuera de esperarse que llegaran a ese resultado y muchos menos podía aceptar que otra mujer estuviera ocupando el lugar que alguna vez había tenido la Kyoyama, aún si eso significaba dejarla morir tal como lo estaba haciendo ahora o si era realmente necesario que ella tomara cartas en el asunto para guiarla al lecho de muerte.
Fue en ese preciso momento en que su mente torcida tuvo compasión de aquella mujer, fue la primera vez en que el aspecto de Jeanne pareció helarle la piel a la rubia y la primera vez en que se asustó de sólo escuchar aquella respiración atragantada en medio de la garganta, ignorando los deseos como necesidades egoístas de su corazón anteriormente herido y las ideas malvadas que había experimentado para quitarse del camino a esa santa falsa.
De igual manera no pudo moverse siquiera un centímetro para ir en su rescate, al contrario ahora estaba paralizada por el miedo que le producía el estado tétrico por parte de la que antes hubiera llamado "doncella" y era su fobia al olor rancio pero podrido a sangre lo que también le impedía articular movimiento, a pesar de los ojos prácticamente en blanco de la Señora que la miraban entre más que perdición y de esa boca entre seca que parecía querer musitar únicamente palabras de odio para con la saludable Señora Asakura.
Podía sentirlo como si hubiera sido una conexión sobrenatural con la platinada, la rubia podía palpar cómo cada gota de aliento abandonaba ese cuerpo ahora casi deshecho y cómo era su alma la que vagaba entre los recuerdos que la tétrica parecía tener con su amado marido, haciendo incapie en lo poco cariñoso que él parecía para con la que había coronado como su leal esposa y también en lo sospechosamente amistoso que él se mostraba para con la Kyoyama ante la mirada espía de su mujer.
Y Anna podía palpar de manera exagerada la rabia que recorría las venas de la casi difunta, veía los sentimientos encontrados de la platinada apagando rápidamente cada uno de sus latidos y también ese corazón celoso pero rencoroso que se negaba a perdonar los males a los que había sido sometida, a pesar de que eso involucrara erróneamente a su tierno esposo y a la bella mujer que había señalado imaginariamente como la maldita amante.
Jeanne débilmente estaba reteniendo a la otra mujer por medio de sus emociones oscuras, estaba haciéndole sentir que ella era la única culpable de que hubiera terminado en ese estado tan sufrido y que iba a ser su responsabilidad que muriera así nada más con semejante carga de rencor, sólo porque la Kyoyama no había hecho más que arruinar la vida matrimonial de la platinada y que ahora así iba a destrozar en pedazos el corazón del próximo viudo.
HASTA EL MOMENTO EN QUE, LA CONVENCIÓ DE SU CULPABILIDAD.
-¡¿Qué estás haciendo ahí parada, Anna?-escuchó gritar al moreno, que entró de repente en la escena
-¿Yoh?-se giró la rubia, simulando sorpresa-¿Qué pasó?-
-¿Que no es obvio?-se arrodilló, junto a la platinada-¡Se está muriendo!-
-Si no se murió ya…-habló entre dientes, la rubia
-¡¿Qué dijiste?-él la vio, como queriendo golpearla
-No dije nada-comentó la rubia, cruzándose de brazos-¿Y qué pasó con la ambulancia?-
-Ya está en camino, creo-respondió él, más calmado-Pero tengo que presionar su herida-acercó las manos, a su corte-De lo contrario, ella…-y entonces, sus hombros temblaron
-Entiendo-dijo la rubia, seria-Es para parar la sangre, ¿verdad?-
-¿Eh?-él la vio, sorprendido-¿Eres buena en este tipo de cosas?-
-Lo suficiente-respondió la rubia, ubicándose junto a él-Tú ve a preparar las cosas para llevarla al hospital-le indicó, arrancando un trozo de su vestido negro-Yo la cuido-
-¿En serio?-el moreno, sonó preocupado
-Sí-dijo la rubia, presionando el corte de la platinada-Ve tranquilo-
Por supuesto, no lo hizo por la maldita arpía de Jeanne.
Lo hizo por el hombre que la amaba profunda e incondicionalmente, lo hizo pensando en el sufrimiento del Tao más que en la propia satisfacción que le daba la muerte próxima de esa y lo hizo porque la platinada no podía darse el gusto de hacerla sentir más culpable de lo que ya se sentía, por eso sostuvo aquel pedazo de fina tela contra la carne latente de la mujer herida y tragó saliva de sólo ver cómo sus ojos rojizos perdían la órbita en medio del blanco.
Anna no podía evitar preguntarse si en realidad estaba haciendo las cosas bien, no podía permitir que el Tao sufriera siquiera ni un gramo por su esquifosa esposa y tampoco podía dejar que Jeanne desapareciera libre de culpas como si en realidad hubiera sido una Santa, sabiendo que ella misma le había llenado la cabeza al chino para que terminaran alejándose y así ganarse el primer lugar en el corazón del anteriormente estúpido enamorado víctima de un hechizo.
Y sin embargo no podía hacer nada para parar la sangre aunque en verdad se esforzara, el cuerpo de la próximamente difunta había comenzado a temblar así de repente y su boca entreabierta se había manchado con el mismo tono de rojo, que ahora parecía bañar las rodillas afligidas de una Anna que había quedado inmóvil y a la que daba la impresión que el miedo o el remordimiento le habían ganado en batalla.
La Kyoyama volvió a la realidad en el momento en que sintió ese líquido frío en su piel, justo entonces se percató que en ningún momento había estado presionando el corte inmenso en el brazo de la Señora Tao y que aquel pedacito de tela sólo yacía sobre la carne como si fuera un accesorio más, en tanto los ojos de la Kyoyama sólo se sometían al horror que en el fondo parecía gozar y de esa manera permitía que Jeanne fuera abandonada a su suerte en el baño de su propia casa.
Por eso esta vez sí sujetó fuertemente la herida provocada por el vidrio filoso, se adaptó maduramente a la sensación helada que emanaba de la cercanía que mantenían y resistió internamente las arcadas que le producía el olor inmundo que rodeaba a la platinada, ignorando el hecho de que esa mujer aún la observaba con la misma rabia que momentos atrás y que el último de sus alientos estuviera dedicado a la rubia que simplemente aumentó el odio anidando dentro suyo.
-¿Anna…?-habló sin aire, la platinada
-¿Qué?-casi la ignoró, la rubia
-Te odio, ¿sabías…?-dijo la platinada, levemente
-¿Huh?-la rubia la vio, entre furiosa
-Odio que mi esposo te quiera más que a mí…-susurró la otra mujer, cerrando los ojos
Y en lo que pasaron diez minutos de eso, la ambulancia se la llevó al hospital, al fin.
Bajo las instrucciones detalladas que Yoh le explicó cuidadosamente a la rubia, primero ella optó por asegurarse que los niños aún siguieran durmiendo tan tranquilos como siempre y después se dirigió a despertar al descuidado borracho del Tao, que al principio pareció no prestarle atención al llamado insistente de su compañera y así ella se vio obligada a echarle un poco de agua prácticamente helada con tal que abriera los ojos que en realidad le pesaban.
De esa manera lo llevó cuidadosamente hacia el baño principal de la enorme casa, el aliento a alcohol que despedía su joven huésped ya se había hecho prácticamente insoportable para la Señora de Asakura y de cierta manera la habían hartado los comentarios con doble sentido que él pronunciaba aún de borrachera, incitándola a que confesara que planeaba hacerle "cositas" en el estado en que se encontraba y que después de todo ella siempre había sido una mujer que disfrutaba aprovecharse de la debilidad de los demás.
Sinceramente no pudo creerse la sartra de estupideces que le dijo el chico en ese par de minutos, incluso cuando se sostuvo débilmente de la pared en tanto ella preparaba la ducha y cuando le sacó la camisa como si hubiera sido un intento desesperado de conseguir algo de sexo, por lo que lo obligó a meterse bajo el agua fría que supuestamente debía refrescarle la cabeza y así se dirigió escaleras abajo a prepararle al inexperto ebrio una taza de café caliente que le trajera la consciencia de vuelta.
La primera gota de agua fría, pareció helarle la sangre violenta, la verdad.
Se estremeció de sólo sentir sobre su espalda varonil la temperatura tan invernal de la ducha, las plantas de sus pies se arrugaron de sólo hacer contacto con la impecable bañera y su aliento pareció empañar los azulejos blancos del medianamente lujoso baño, que trajo consigo la imaginación quizá poco honesta de un Tao de mente débil y que corrió a su adorada pero ignorada esposa del lugar que supuestamente se había ganado en su corazón.
Las situaciones bastante obscenas que vivía en su cabecita fantasiosa con la hermosa rubia, habían logrado que el Tao sintiera esa necesidad incontrolable de cercanía para con la susodicha y que hasta llegara a tenerle envidia al suertudo de Yoh por haberle pedido matrimonio antes, antes cuando el chino todavía no había empezado a amar a su chiflada esposa con locura y cuando aún quedaba algo de voluntad propia en su ahora marchito corazón de guerrero.
Por eso él vivía con ella esos encuentros eróticos imaginarios en la ducha casi como una rutina, era casi siempre la imagen de la chica que le ofrecía su desnudez en medio del agua helada y era él el que la tomaba con desesperación confesándole repetidamente que aún seguía queriéndola, para entonces recibir por parte de su compañera la respuesta que había esperado quizá desde que tenía memoria y así terminar por correrse en el interior de la rubia dándole cierre a su ímpetu sexual motivado por la preciosa Kyoyama.
Sin embargo eso no significaba que amara menos a su adorada e irremplazable esposa, al contrario Jeanne era una parte inexplicablemente esencial en la vida del Tao y era obvio que ninguna mujer había tenido en él el mismo efecto que tuvo esa platinada, en realidad ninguna otra mujer excluyendo a la despampanante mujer del Asakura menor.
Pero en realidad ni sentido tenía que siguiera negando la dependencia que tenía para con la rubia, ella había sido la primera mujer en toda su vida que había causado mayor efecto del esperado y que de una manera bastante rara se había ganado un lugar inamovible en el corazón sincero del ambarino joven heredero, por lo que a él le parecía natural que le siguiera teniendo un cariño tan grande y de ese estilo.
DESPUÉS DE TODO, ANNA HABÍA SIDO, SU PRIMER AMOR.
Y por más ilógico que sonara la hermosa rubia venía ocupando su cabeza más de la cuenta, tanto que la única cosa que lo distrajo fue el sonido del teléfono y de la llamada insistente que se decidió a tomar por ella, que después de todo la dueña de casa ya se encontraba en el piso de abajo y preparándole al prematuro bebedor quizá mucho más que un simple pero pobretón café.
El sólo pensar en la posibilidad de que la rubia estuviera esperándolo abajo, con más de una sorpresa que seguramente le harían sangrar la nariz… sólo motivó el estado payaso en el que se encontraba el hombre, por lo que únicamente marchó medio tumbado hasta el teléfono del segundo piso y levantó el tubo sin dejar de imaginar el libido sexual con el que la rubia lo estaba esperando, ignorando por completo que exactamente en ese momento había tomado la decisión equivocada y que toda esa adoración para con la Kyoyama estaba a punto de desvanecerse por completo.
-¿Annita?-escuchó, la voz del moreno-Qué bueno que contestas-pareció, suspirar-Jeanne no está nada bien-
-¿Yoh?-preguntó, el chino-¿Qué pasó?-
-¿Ren?-la voz del Asakura, casi tembló-¿Que no estabas durmiendo, acaso?-
-¿Qué importa eso ahora?-refutó, el ambarino-¿Dónde están?-le habló, intranquilo-¿Cómo está?-escapó de él, la desesperación-¿Qué fue lo que pasó?-
-¿Anna no te dijo nada?-le respondió, el moreno-Tu esposa intentó suicidarse-
El tubo del teléfono golpeó contra el estante, cuando se deslizó por los dedos del traumado Tao.
Las preguntas como "¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo?" parecieron excluidas de su cabeza, el dolor tanto como la culpa se incrustaron en su pecho sin querer dejarlo respirar y su estado de horror simplemente le nubló la vista como a cualquier esposo desesperadamente enamorado, por lo que la rabia fluyó libremente por sus venas desatando la peor de sus facetas y fue la esposa del Asakura la que recibió toda la impotencia encontrada por parte de Ren.
La furia que parecía consumirlo lo guio escaleras abajo quizá en una milésima de segundo, no podía explicarse ni a él mismo el sentimiento salvaje que inundaba su corazón y que teñía de negro la poca paz que reinaba en algún rincón de su interior, para que así se encontrara a la siempre tan tremendamente hermosa rubia en la cocina, se había calzado el delantal de color rosado como toda una ama de casa y había preparado infantilmente un poco de comida para recibirle a su invitado de la noche, en tanto tarareaba inocentemente una canción que no reflejaba nada de madurez y llevaba espantada en la cara una sonrisa que ponía al descubierto la felicidad que la invadía.
ACTO QUE DESATÓ, EL ODIO DE REN.
-¿Quién era?-preguntó ella, sin mucha atención-¿Alguien importante?-
-Era tu marido-contestó él, con semblante serio-Que te llamó desde el hospital-agregó, los detalles-¿Algo que quieras decirme?-
-No necesariamente-respondió la rubia, seria-No tengo que darte detalles de mi intimidad-
-¡No me tomes el pelo, Anna!-el chino, le levantó la voz-¡¿Por qué no me lo dijiste antes?-
-¿Decirte qué cosa?-ella siguió, manteniendo su postura
-¡Lo que le pasó a Jeanne, maldición!-los ojos del chino, perdieron su órbita-¿¡O es que no pensabas decírmelo nunca?-
-No te lo dije porque no quería preocuparte-sonó tranquila, la mujer-Porque no quería que te pusieras así-
-¡Tú tienes mucho que ver con mi estado!-volvió a gritar, él-¡Si no me hubieras mentido, yo...!-
-Ah, claro-le habló, ella, irónica-¿Ahora yo tengo la culpa?-dijo, como en superior-Si mal no recuerdo, el borracho eras tú, no yo-
-¡¿Qué?-gruñó, el chino
-Mira, poco me importa si esa mujer sólo quiere llamar tu atención-la rubia se giró, para verlo a la cara-Pero el que la descuidó, fuiste tú, no yo-lo acusó, sin darse cuenta-No es mi culpa que ella esté mal de la cabeza-
-Siempre lo has disfrutado, ¿verdad?-él se apretó, la nuca-Hacerme sufrir, digo-
-¿Huh?-encarnó las cejas, la rubia-¿Estás loco?-le miró, entre ofendida-¿Crees que soy tan sínica?-
-¡Por supuesto que lo creo!-él se aproximó, con aires de violencia-¡La que está mal de la cabeza, eres tú!-la contagió, de rabia inmadura-¡¿Cómo pudiste ocultarme algo como eso, todas estas horas?-
-¡¿Y qué ibas a hacer, con la borrachera que tenías?-se defendió, la joven mujer-¡Sólo ibas a estorbar, nada más!-
-¡Podría haber estado ahí, desde un principio!-refutó él, alejándose del cuerpo de su compañera-¡En vez que estar aquí, perdiendo el tiempo!-
-Entonces, ¿es eso?-tomó aire, la rubia-¿La prefieres sobre mí?-le preguntó, sin esconder su tristeza-¿Es así?-
-¡Por supuesto que sí!-contestó él, más seguro que nadie-¡La prefiero sobre cualquier mujer!-confesó, sin pensar-¡Es mi esposa, carajo!-
-¡Vete con esa arpía, entonces!-chilló, ella-¡Pero después no vengas llorando a mis pies, pidiéndome perdón!-contuvo, las lágrimas-A mí ya me perdiste, ¿entendiste?-y así, el fuerte portazo por parte del Tao, terminó por echarlo de la casa
