+Capítulo 4: Dolorosamente Patética+

Se subió al coche, antes de que pudiera arrepentirse.

Su vida había dado un vuelco que ni en siglos se hubiera imaginado, era como si desde un principio no hubiera cuidado correctamente a su mujer y por culpa de esos descuidos ella había terminado forzándose al peor de los resultados, aún si eso significaba abandonar al hombre que amaba con locura y al hijo que había concebido como el único heredero Tao.

Lamentablemente esos eran detalles que el ambarino había pasado por alto, el estado crítico que ella había alcanzado por culpa de historias pasadas y por ese dichoso tema que él siempre había dejado en inconcluso para con su esposa, el mismo tema que ponía a la platinada aún más loca que de costumbre y que desataba un estado sin fin de celos hacia la que había sido el primer amor del chino.

KYOYAMA, ANNA.

-¡¿Aún la amas, no es así?-

Sí… la mitad de sus problemas estarían resueltos, si sólo hubiera contestado de manera correcta.

Recordaba exactamente el día en que Jeanne le hizo frente con eso, fue el día quizá más horrendo en la vida del joven Tao y quizá el día más glorioso para una inexperta Kyoyama, que luego de más de cinco años de matrimonio había concebido al fin y llevaba en su vientre al fruto de la semilla de un Asakura tan puro como Yoh.

La sonrisa exaltante de la Kyoyama en aquel entonces, fue prácticamente idéntica a una puñalada al corazón y el detonador de una acumulación de sentimientos encontrados en el perplejo Tao, cuando la rubia le notificó primero que nadie que estaba esperando un varón y lo mucho que le gustaría que él fuera el padrino de su primer pero no único hijo.

Probablemente, responder con una sonrisa a aquella traumante noticia… fue quizá el peor error de su vida o al menos, el primero de sus errores.

Quizá porque nunca había imaginado que ella pudiera terminar al lado de otro hombre, quizá por eso la noticia de aquel entonces le pegó donde más le dolía y terminó por desbordarlo esa escena familiar que inundaba la residencia Asakura, más aún por la sonrisa brillante que estaba dibujada en el rostro de la Kyoyama y el estado tan cariñoso que su exaltado marido tenía para con su joven pero hermosa mujer.

Ese fue el primero de los acontecimientos que el Tao no pudo tolerar, encontrarse a si mismo frente a un enorme festejo ante la llegada del primer heredero e intercambiar palabra con una inesperadamente complacida Kino, que únicamente elogió la belleza con la que su preciosa aprendiz había sido premiada y lo orgullosa que se sentía de la rubia mujer que iba a llevar a cabo sus expectativas.

-Nuestro primer Asakura, el primer hijo de Anna… ¿no cree que es maravilloso, joven Tao?-

Técnicamente, definir como "maravilloso" la época que estaban viviendo los Asakura e incluida Anna, era correcto… pero para él, que hacia poco que se había casado con otra mujer, las cosas no estaban tan maravillosamente bien.

Su único refugio en esa noche fue escaparse al enorme jardín de la concurrida pensión, quizá porque le faltaba el aire al no ser capaz de compartir ese grado de felicidad o porque un nudo de culpa se atoró en su seca garganta, estando al tanto en que no podía estar a la altura de la alegría de la rubia y siendo consciente que a partir de ese entonces las cosas en su casa marcharían más mal de lo que había esperado.

¿Quién lo hubiera pensado? Aun estando fuera de la gigantesca habitación, aún podía escuchar notoriamente las felicitaciones de los invitados hacia la pareja de casados y los agradecimientos modestos por parte de la mujer que en nueve meses sería madre.

Y claramente eso era lo que más le dolía al joven Tao, ella estaba casada con un hombre que claramente no era él e iba a ser madre un hijo que claramente no era el suyo, aún si eso sonaba contradictorio de acuerdo a la vida que él llevaba e incluso si sonaba inaudito para la platinada que era sólo el reemplazo de lo que antes había perdido.

ANNA.

-¿Fue demasiado para ti?-le preguntó ella, apareciéndose por detrás

-Diría, más bien, que fue suficiente-bufó, él-Sabes que no me gustan los festejos-

-Pero pensé que estarías contento-comentó ella, ubicándose a su lado-Digo, por ellos-lo miró, inocentemente-Ya que los quieres tanto...-

-Lo estoy, aunque no se me note-respondió él, en semblante serio-Pero tú sabes, no soy demostrativo, en realidad-

-¿En serio crees que no lo eres?-ella se dirigió los pasos, hacia el césped recién cortado-A veces, eres muy evidente, ¿sabes?-le habló, captando su atención-Y mucho más cuando se trata de esa mujer-

-No empecemos, ¿quieres?-él miró, hacia un costado-No estoy de ánimos-

-¿Huh?-ella se giró, sin controlar el coraje-¿Eso quiere decir que te duele?-

-Bueno, no puedo decir que no me afecta-agregó él, como si le temblara la voz-¿Verdad?-y así, le devolvió una sonrisa débil a su platinada esposa

-Ren...-musitó ella, con dolor

-Lo sabes, ¿verdad?-él bajó, la cabeza-A Anna la quise mucho...-intentó susurrar, para sus adentros-No, quiero decir, la quiero mucho-se corrigió y a ella, le dio un escalofrío-Supongo que todavía no me acostumbro, a que esté casada con alguien-

-Con alguien que no eres tú, ¿verdad?-interpretó ella, dominada por la rabia

-Yo no dije eso-esquivó él, en semblante serio

-Y créeme, que no hizo falta-se burló, ella-Eres desagradablemente obvio-y entonces, frunció el ceño

-¿Podemos parar con esto?-la miró, molesto-No es el momento ni el lugar-

-¡Claro que lo es!-ella levantó, la voz-¿¡No te das cuenta en el estado en que estás, todo por esa bendita mujer?-se le acercó violentamente, llevada por los mil demonios-¿¡Cuánto tiempo te va a llevar aceptar, que lo eligió a él en vez que a ti?-gritó y él, se paralizó-¡No pienso pasar toda mi vida al lado tuyo, para que vivas pendiente de esa mujer!-

-No es como si ella lo hubiera elegido-excusó él, como bufando-De lo contrario, ella nunca...-y así apretó los puños, mordiéndose la lengua

-Heh...-sonrió, malvada-¿Todavía sigues pensando que tú siempre fuiste la primera opción?-ella comentó, desacreditando a la esposa Asakura-En verdad te creíste toda la farsa que te montó esa mujer, ¿cierto?-

-¿Qué?-gruñó, él

-¿Aún no te diste cuenta?-ella se cruzó, de brazos-Encaja a la perfección con un tipo como ese, que no tiene futuro alguno-dijo palabra por palabra, segura de su discurso-Es lo que una mujer como ella se merece-agregó, desatando la ira de su esposo-E incluso, creo que es aún mucho más-y eso fue el detonador, de la rabia del Tao

-¡¿Qué dijiste?-le gritó él en la cara, tomándola violentamente de las muñecas-¡Atrévete a repetir eso y te juro que... !-

-¡¿Vas a defenderla delante de mis narices?-contratacó, ella-¿¡Es eso?-le repitió, haciéndolo dudar-¡¿Es que acaso te gusta hacerme sufrir?-

-Perdón... –musitó él, liberándola del agarre-Perdóname, Jeanne...-acomodó suavemente, uno de sus pobres mechones-No quise...-

-¡¿Qué demonios es lo que te pone tan mal?-chilló ella, lejos de la culpable caricia-¿¡Que esté esperando un bebé o que ese hijo no sea tuyo?-y entonces, él se dio la vuelta

-Basta-caminó él, como de regreso a la fiesta-No tiene importancia-

-¡Sí que la tiene!-pataleó, ella-Porque...-apretó, los puños-¡¿Aún la amas, no es así?-y así, las lágrimas de ese entonces, marcaron un principio y un final en su vida

Saber y estar al tanto que así habían salido las cosas a partir de eso… lamentablemente, era algo que lo frustraba, más de lo que pudiera imaginar.

Por eso dejó que la frustración lo llevara a hundirse en los pasillos del hospital, ignorando por completo a cuanto doctor o enfermera se le cruzara en el camino y aún más los vagos intentos de Yoh por detenerlo, como si en verdad fuera la necesidad de verla lo que lo impulsaba de esa manera y no la culpa que en algún rincón de si estaba remordiéndole la consciencia.

Corrió a su lado apenas la encontró tendida en una cama maltrecha, ella tenía el brazo derecho vendado quizá hasta alcanzar el codo y el respirador ubicado sobre su entreabierta que proclamaba un largo sueño, a pesar de que él aún podía sentirla respirar débilmente y que algo de color quedaba en su piel prácticamente moribunda.

La primera de sus lágrimas se derramó cuando se acomodó a su lado, cuando sostuvo dudosamente la débil mano de su esposa y le repitió incontable número de veces lo mucho que lo lamentaba, lo mucho que se arrepentía de haberle fallado de esa manera tan espantosa y que haría lo que fuera con tal de hacerla feliz como ella tanto se merecía.

La sonrisa frágil que Jeanne le dedicó luego de aquel monologo, fue lo que desarmó el corazón sufrido de un culpable Tao y lo que por un momento le llevó a ignorar el segundo en que pasó, en que su amada pero intensamente adorada mujer entró en paro y un dolor espantoso anidó en el pecho del chico en medio de un grito desesperado de ayuda.

AYUDA QUE LLEGÓ, DEMASIADO TARDE.

Todo se había acabado, de eso estaba segura.

¿Era intuición, quizá? No, era una certeza que tenía, reinando todos los rincones de su consciencia.

Entendía que no era nadie para luchar contra la furia de Ren, incluso estaba al tanto del amor lamentablemente ciego que sentía por la platinada y sabía mejor que nadie lo que el Tao estaba dispuesto a hacer por su amada familia, dándose por enterada que no había lugar para ella en la vida del chino y que quizá incluso dejó de tenerlo en el momento preciso en que él conoció a Jeanne.

Se abrazó las piernas de sólo pensar en eso, tenía los ojos enrojecidos hasta el punto en que aún le goteaban las lágrimas y sin embargo el dolor seguía brotando de su interior como si fuera natural, como si fuera normal que estuviera sufriendo por un hombre casado y que quizá no sólo se había casado para excluir a la Kyoyama de su vida.

Se había casado con esa mujer porque la amaba más que a nada, se había comprometido a pasar el resto de sus días a su lado porque su amor era más importante que cualquier otra cosa en el mundo, e incluso ese sentimiento era mucho más significativo que las ganas que el Tao hubiera tenido de poner celosa a la rubia.

Anna, que decía y creía conocerlo tan bien... sí, se había estado engañando a si misma, durante más de seis años.

Ahora claramente sabía que ya no significaba nada para Ren, incluso en ese momento quizá él ya ni la considerara su amiga y mucho menos quisiera recordar que tiempo atrás había estado enamorado de ella, porque seguramente la estaba odiando más de lo que probablemente se odiaba a si mismo y quizá estaba haciéndola culpable de la situación en la que había acabado su esposa.

Y por un momento, creyó que estaba preparada para aceptar e incluso soportar el odio del Tao, pero... una vez más había vuelto a engañarse a si misma como si fuera una niñata, le aterraba la idea de que existiera la posibilidad de tener que convivir con ese sentimiento maligno y hasta se le helaba la sangre de sólo imaginar que el chino que ella adoraba podría dejar de quererla, sólo porque él siempre había sido la única persona que ella amaba sinceramente y que incluso en este mismo instante seguía amando como desde el primer día en que lo conoció.

Y tal vez, si no hubiera sido por el ruido que hizo la puerta al abrirse... sí, seguramente el llanto hubiese seguido fluyendo, de la misma manera que hasta el momento.

Ella ahí en el piso del recibidor de su enorme casa, como esperando que algo o alguien viniera a salvarla lo antes posible; y él de pie en la entrada con los ojos chiquitos puestos en ella, como muriéndose de ganas de rescatarla de la situación que ahora la desbordaba... sí, claramente él parecía su salvador, a simple vista.

Después de todo, desde que Ren había contraído matrimonio con la mujer equivocada... sí, ese hombre había pasado a ocupar ese lugar en su vida, ese hombre ahora mismo era su más querido confidente.

Ahora él era el único que sabía de sus dudas y de sus miedos, él era el único que estaba a su lado incluso cuando ella no lo necesitaba y él era el único que venía en su búsqueda antes de que ella llegara a llamarlo, él era el único que ahora mismo la conocía más de lo que se conocía a si mismo y el único que hasta el momento había cumplido su promesa al pie de la letra.

ÉL ERA EL ÚNICO QUE, NO LA HABÍA ABANDONADO.

Traía las peores pintas que podría atreverse a mostrar frente a una mujer, los cabellos color de cielo caían desprolijamente sobre su medianamente rosado rostro y la banda que acostumbraba llevar ahora mismo estaba envolviendo su brazo izquierdo, en conjunto con una playera blanca que quizá le quedaba uno o dos talles más grande y unos pantalones de color negro que resaltaban la intensidad de su mirada ligeramente oscura.

Y sin embargo lo que pareció asustarla fue el tamaño de la sombra de aquel adulto chico, no podía evitar sentirse chiquita frente a la presencia del anteriormente despistado adolescente y darse cuenta que la aterraba profundamente admitir que él había crecido, que contrariamente ella parecía haber vuelto a sus años mediocres de niñez y que más allá de todo su corazón había vuelto a ser tan frágil como en aquel entonces.

SE SENTÍA, DOLOROSAMENTE PATÉTICA.

-¿Horo Horo?-ella pronunció su nombre, dejando huir el llanto

-Estaba camino aquí, cuando Yoh me avisó-comentó el peliazul, instantáneamente-¿Estás bien?-

-Lo estaré, en algún momento-contestó ella, sonriendo débil-¿Sabes algo de Ren?-

-No mucho, sólo que Yoh está con él-habló el azulito, rascándose la cabeza-Así que, ahora mismo la que me preocupa, eres tú-

-Pasa y cierra la puerta, ¿quieres?-la rubia le ordenó, como de costumbre

-¿No me vas a contar qué pasó?-preguntó él, haciéndole caso

-¿Por qué debería hacerlo?-ella volvió a ocultar la cabeza, en el hueco entre sus piernas

-Ey, ¿tan poco confías en mí?-chistó él, arrodillándose a su altura-Vamos, cuéntame-

-Eres un pesado-ella se quejó-No pasa nada, ya te dije-se abrazó, más fuerte-Sólo que… estoy preocupada, es todo-

-Ese "preocupada" es para ocultar algo, ¿verdad?-interpretó el peliazul, sin quitarle los ojos de encima-¿Qué te hizo ese idiota de Ren esta vez?-y así, colocó sus fuertes manos sobre las chiquitas de la mujer

-Es más bien, lo que le hice yo a él…-ella lo miró, desconsolada-Me odia, ¿sabes?-las lágrimas brotaron, de sus bellas gemas negras-Fue lo último que me dijo, antes de irse-

-¿Huh?-encarnó las cejas, él-¿Odiarte?-repitió, bromeando-Vamos, si tú eres imposible de odiar-y así, la despeinó un poco, infantilmente

-Pero…-ella apretó los labios, fuertemente-Es que…-y así, se refugió una vez más entre las piernas

-Cielos-bufó, el peliazul-No tienes remedio, ¿eh?-

-¿Hmm?-ella lo miró, atenta

-Está bien-el peliazul se levantó, dirigiéndose hacia su lugar-Haré esto como por milésima vez, ¿de acuerdo?-comunicó, sentándose al lado de la mujer-Ya se me ha hecho costumbre, después de todo-

-¿Qué... ?-preguntó ella, en un intento de hablar

-Vamos, recárgate en mi hombro-le indicó el azulito, acompañado de señas-Yo te escucho-e inmediatamente, ella hizo caso al mandamiento del chico

-¿Podríamos... obviar eso y quedarnos en silencio?-ella cerró los ojos, acomodándose-Al menos, por hoy...-

-Silencio está bien-aceptó, él-Pero eso no significa que no puedas llorar, ¿eh?-

-Horo-...-musitó ella, antes de ser interrumpida

-Yo me llevaré todo tu dolor-el peliazul sujetó con fuerza, uno de los hombros femeninos-Lo prometo-y así, apretó los dientes

-Gracias...-sonrió ella, cerrando los ojos-Siempre...-

-Sí, siempre estoy para cuidarte-completó, él-Eso ni lo dudes-

-Es egoísta de mi parte, pero...-la rubia le habló, en un tono dulce-¿Me abrazas?-

-Claro, hermosa-sonrió el carismático peliazul, inundando de satisfacción el corazón de la Kyoyama