EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 3
Embrujada
Percy apoyó las manos sobre la impoluta superficie de su escritorio. Frente a él, Margaret esperaba expectante a que abriera el sobre que acababa de recibir. Ahí estaba su futuro. Estaba a un paso de descubrir si su esfuerzo de los últimos meses había dado sus frutos o si había estado perdiendo el tiempo para nada. Por un lado, Percy deseaba conocer el resultado, pero por el otro le aterraba la posibilidad de haber fracasado. Con el paso de los años, el brujo había comprobado que no ver cumplidas sus ambiciones era algo que le molestaba bastante y le volvía irritable y un poco insoportable. Sin duda, Margaret sabía que no le esperaban buenos tiempos si su jefe no había logrado el tan ansiado ascenso y, quizá por ello estaba allí, casi tan nerviosa como el mismo señor Weasley.
Después de casi un minuto de indecisión, Percy empezó a sentirse un poco estúpido y decidió que había llegado la hora de actuar. Con una firmeza que no había demostrado hasta ese momento, cogió el sobre de sus superiores, extrajo el pergamino y leyó las nuevas noticias en el más absoluto silencio. Su rostro no mostró emoción alguna, así que la pobre Margaret no tenía forma de saber si lo había conseguido o no. Un momento después, Percy dejó el pergamino sobre la mesa, se recostó en su butacón de cuero negro y se atusó la corbata. Su secretaria contuvo a duras penas la tentación de coger la carta y averiguar lo que pasaba por su propia cuenta. En lugar de eso, miró al joven señor Weasley con fijeza y preguntó:
-¿Y bien?
Percy permaneció inmutable durante un segundo más, pero la sonrisa enorme que reflejó su rostro a continuación delató que, efectivamente, acababa de ver hecho realidad uno de sus sueños.
-Me han concedido el ascenso.
-¡Enhorabuena, señor Weasley! ¡No sabe cuánto me alegro!
Margaret parecía tan sincera que Percy se puso en pie y le estrechó una mano con efusividad. En ese momento se sentía el hombre más feliz de la tierra. Era cierto que se le venían un montón de problemas encima y que tendría que multiplicar sus horas de trabajo si quería hacer las cosas correctamente, pero nada de eso le asustaba. A él siempre le había encantado el trabajo. ¡Vivía para él, por Merlín!
-Espero que esté preparada para una mudanza. Voy a cambiar de despacho y solicitaré en seguida que usted siga siendo mi secretaria. Si es que está dispuesta, por supuesto.
-Será un placer seguir trabajando para usted, señor Weasley.
-Perfecto entonces –Percy miró a su alrededor con aire un tanto melancólico, pero ese fue el único sentimentalismo que se permitió. Había demasiadas cosas por hacer- Tengo que reunirme con mis superiores para firmar mi nuevo contrato y ultimar algunos detalles, pero creo conveniente dar la notica a los empleados antes de ello. ¿No le parece?
-Es una excelente idea.
-Y debería tomar una decisión en firme sobre mi sustituto. Apenas tendré unos días para organizarlo todo antes de asumir mis nuevas funciones.
-Estoy segura de que entre los dos conseguiremos que salga bien.
-Eso espero –Percy suspiró y se tomó un pequeño respiro mientras guardaba la carta. Pensaba conservarla de la misma forma que conservaba otros muchos documentos que habían sido importantes para él con el paso de los años- Vamos allá.
Percy abandonó el despacho seguido por Margaret. Tenía la sensación de que la mujer se había puesto aún más contenta que él por el ascenso y le alegraba saber que contaba con el apoyo de alguien que era tan leal y eficaz. Ambas cualidades eran muy importantes para él y, mientras se reunía con los funcionarios del departamento que hasta ese día habían estado a su cargo, pensaba en que Mafalda Prewett era la candidata perfecta para ser su sustituta. De hecho, estaba bastante resuelto a ofrecerle a ella el puesto y, cuando la vio sentada frente a su escritorio, rellenando informes con una celeridad asombrosa, terminó de decidirse. No sólo porque fuera una empleada capaz, sino porque contaba con el aprecio de sus compañeros y seguramente recibiría el apoyo de todos ellos cuando se convirtiera en su supervisora. Lo que menos quería Percy era que su primer nombramiento levantara ampollas en todo el Departamento de Transportes Mágicos.
Comprobó con alivio que casi todos los empleados estaban allí. Tan solo faltaban Doyle y Clarkson, que habían sido enviados a hacer una inspección de rutina al Expreso de Hogwarts. Percy se detuvo en mitad de la estancia y le echó un vistazo a su alrededor. Su nuevo despacho estaría en otra planta del Ministerio, junto a otros peces gordos del mundillo ministerial, y por un instante tuvo la certeza de que iba a echar de menos todo eso. Por más que adorara el trabajo de oficina, estar en contacto con sus hombres siempre le resultó agradable, y no sólo porque le permitía tenerlo absolutamente todo controlado.
Después de un rato de reflexión, Percy acaparó la atención de todos los presentes y formuló un pequeño discurso para anunciar que lo habían ascendido. Intentó bromear asegurando que ya podían respirar tranquilos porque al final se librarían de él, y culminó afirmando que Mafalda sería su sustituta. Todos recibieron las noticias con más o menos entusiasmo y le felicitaron como si en cierta parte sí que les aliviara no tener que verle la cara constantemente. A continuación, Percy solicitó a Mafalda Prewett que lo acompañara a su despacho para asegurarse de que aceptaba su nueva oferta de trabajo.
Percy la encontró un poco desmejorada y tardó un poco en recordar todo el asunto de la muerte de su padre, el testamento y el extraño comportamiento de su hermana Audrey. Había estado tan absorto en sus propias cavilaciones que había olvidado cosas que también le habían preocupado un poco durante el fin de semana. Porque la actitud de la joven Audrey Prewett era alarmante, sobre todo si se debía a lo que él pensaba que la estaba causando. De todas formas, antes de hacer juicios precipitados, quizá fuera adecuado contar con un poco más de información.
-Por favor, siéntese –Pero antes de nada, lo conveniente era ser amable- Espero que no le importe que haya anunciado su ascenso delante de todo el mundo. Quizá hubiera sido conveniente comentárselo a usted primero.
-La verdad es que me ha pillado un poco por sorpresa, pero le agradezco muchísimo que me dé esta oportunidad. Estoy segura de que haré un gran trabajo.
-Espero que sí. A partir de ahora tendremos que colaborar activamente. Quiero introducir algunos cambios en el funcionamiento del Departamento y estaré en permanente contacto con los distintos jefes de las secciones para asegurarme de que las reformas se llevan a cabo de la manera adecuada.
-Haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarle, señor Weasley.
-En cuanto tenga ocasión de instalarme en mi nuevo despacho y poner en orden algunos detalles, tendremos una primera reunión. Me gustaría presentarle al resto de responsables del Departamento para que tenga oportunidad de familiarizarse con ellos antes de empezar a trabajar juntos.
-Por supuesto.
-Bien –Percy hizo una pausa bien estudiada antes del cambio de tema- Me alegra que haya decidido incorporarse tan pronto al trabajo. Tiene libertad para tomarse más días libres si los necesita.
-No se preocupe, señor Weasley. Estoy perfectamente. De hecho, creo que quedarme en casa me haría sentir bastante peor de lo que me siento.
Percy creía saber a lo que se refería. Cuando murió Fred, la única forma de consuelo que obtuvo consistió en matarse a trabajar porque mientras lo hacía no tenía que pensar en la pérdida sufrida. Ni en su propia estupidez.
-¿Y su hermana? ¿Ya se encuentra mejor?
Mafalda Prewett se mordió el labio inferior y su rostro, que hasta entonces había permanecido bastante inexpresivo, compuso una mueca un tanto angustiada.
-En realidad Audrey no está bien. Ayer tuvimos que ingresarla en San Mungo.
Percy dio un respingo. Estaba bastante seguro de que la chica había sido víctima de algún hechizo, pero no creyó que fuera tan grave.
-¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?
-Está absolutamente descontrolada. Los sanadores aún están haciéndole pruebas. Creemos que lo que le pasa está relacionado con el libro de cuentos de mi padre.
A Percy le alegró saber que, efectivamente, Mafalda se había dado cuenta de ese detalle.
-Debe ser alguna clase de hechizo.
-O una maldición –Mafalda volvió a morderse el labio inferior, como meditando muy seriamente lo que estaba a punto de decir- Sé que lo que le voy a pedir es una impertinencia, pero no lo haría si no creyera que es realmente importante.
-Si puedo ayudar en algo, no dude en pedírmelo.
-Verá, señor Weasley. Audrey está absolutamente convencida de que es una princesa. Dice que mi madre y yo la hemos mantenido encerrada durante toda su vida y no permite que nos acerquemos a ella. Cada vez que un sanador intenta tranquilizarla, le acusa de ser un brujo malvado y se pone absolutamente histérica. Lleva dos días llorando todo el tiempo, suplicando para que su príncipe vaya a rescatarla –Mafalda hizo una pausa y miró a su jefe fijamente, con seriedad, para dar a entender que aquello no era una broma ni nada parecido- Cree que usted es el Príncipe Azul.
Percy alzó una ceja. Sí. Después del bonito espectáculo del sábado pasado, eso le había quedado bastante claro. La cuestión era si quería mezclarse en todo ese embrollo. Le apenaba mucho la situación de la chica porque nadie merecía sufrir algo como lo que ella estaba sufriendo, pero no era asunto suyo. Sin embargo, su vena más Gryffindor le decía a gritos que no podía abandonarla a su suerte, no cuando la pobrecita parecía tan desesperada.
-¿Usted piensa que, si voy a visitarla, se tranquilizará?
-Estoy bastante segura. Al menos durante un tiempo. Pero no tiene por qué hacerlo. Los sanadores se han mostrado prudentes pero optimistas.
Era posible que en San Mungo solucionaran el problema sin necesidad de su intervención. Eran buenos profesionales y debían estar acostumbrados a ver cosas como aquellas a diario. Quizá, si en unos días Audrey no mejoraba, podría ir a hacerle una visita.
-Por cierto –Antes de que Percy pudiera añadir nada, Mafalda continuó hablando- Su madre olvidó en casa los regalos que mi padre quiso hacerle. Me he tomado la libertad de traerlos a la oficina. Espero que se los haga llegar.
-Es cierto. Después de lo que pasó, nos fuimos con bastante prisa. Le agradezco el detalle.
-No tiene importancia –Mafalda se puso en pie- Si me disculpa, volveré al trabajo.
-Por supuesto –Percy inclinó la cabeza, satisfecho ante tanta competencia- Espero que hermana no tarde en mejorar.
-Gracias, señor Weasley.
Mafalda Prewett se fue cerrando la puerta tras ella. Sin duda alguna, esa mujer debía tener los nervios de acero. En los últimos días la desgracia se había cernido sobre su familia y ella no dejaba vislumbrar ni un ápice de lo mal que lo debía estar pasando. Más convencido que nunca de que había tomado la decisión correcta, Percy sonrió y se puso a hacer sus cosas. Le esperaban unas semanas de estrés absoluto. Era maravilloso.
OoOoOoOoOoOoO
Percy dejó la caja con las cosas de Raymond Prewett sobre la mesa de la cocina. El brujo le había ofrecido a Mafalda quedarse con el libro hasta que los medimagos encontraran una forma de curar a su hermana, pero la joven afirmó que no era necesario porque ya habían examinado todo el contenido de la caja y no encontraron absolutamente nada que pudiera serles de ayuda.
Extrañado porque su madre no estuviera en la habitación, siendo como era su lugar favorito de toda la casa, Percy no tardó en oír jaleo en la planta superior. Alguno de sus sobrinos estaba correteando por el pasillo.
-¡Fred! ¡Ven aquí ahora mismo!
Percy sonrió. La voz de su madre sonaba con la misma enérgica mala uva de sus mejores tiempos. Y realmente no era para menos cuando se trataba de Fred, que era un demonio andante, más problemático aún que los legendarios gemelos Weasley. A su lado, hasta el pequeño James Potter podría ser confundido con un angelito.
Sin perder la sonrisa, Percy enfiló la escalera y localizó a su madre en el dormitorio principal. Escuchó a Fred moviéndose por algún lugar cercano y cuando llegó al cuarto vio a Molly Weasley cambiándole el pañal a Roxanne. La niña era un bebé nervioso y con mal genio que lloraba casi todo el rato. Había logrado enloquecer a sus padres, su abuela se hacía la mártir cada vez que tenía que cuidarla y Percy estaba encantado porque Roxanne siempre se quedaba callada cuando la cogía en brazos.
Para no perder la costumbre, esa tarde Roxanne estaba llorando con desconsuelo. Cualquiera podría haber dicho que se quejaba de esa forma porque hasta entonces había tenido el pañal sucio, o porque tenía hambre o estaba enferma, pero hubiera estado equivocado porque Roxanne lloraba sólo porque sí. En cuanto lo vio llegar, Molly suspiró y no ocultó su alivio.
-¡Percy, cariño! Menos mal que has llegado –Terminó de vestir a Roxanne y sin más miramientos la colocó en sus brazos- Coge a la niña un momento, anda. Voy a ver qué está haciendo su hermano.
-Creo que está en el cuarto de Ron.
-¡Fred!
Sí que estaba allí. Y causando algún caos, sin duda. Percy chasqueó la lengua y centró su atención en Roxanne. Como era predecible, la niña ya no lloraba. Se limitaba a succionar con fuerza el chupete que Percy le había metido en la boca y a mirarlo con una seriedad pasmosa. Mientras regresaba a la cocina, el brujo le hizo un par de carantoñas a Roxanne y se sentó en su silla de siempre, acomodando a la niña sobre la mesa para hacerle cosquillas en la tripa. Normalmente no le gustaba que le vieran haciéndole monerías a los niños porque se sentía ridículo, pero él también podía ser muy cariñoso cuando estaba en la intimidad.
Un par de minutos después, Molly llegó prácticamente arrastrando a un Fred con cara de maldad absoluta. Debía haber hecho muy grave, puesto que su abuela lo envió al rincón de los castigos durante una hora. Percy saludó al niño y miró dicho rincón con aire melancólico. ¿Cuántas horas habían pasado los chicos Weasley contra la pared después de alguna trastada? Percy debía decir que él no sufrió demasiado ni ese escarmiento ni ningún otro, pero con sus hermanos fue muy distinto.
-Este niño me va a volver loca –Se quejó Molly, sentándose junto a Percy- Como si no hubiera tenido bastante con tus hermanos, ahora me toca sufrirlo a él –El brujo no dijo nada. Su madre lo miró entonces como si acabara de darse cuenta de su presencia y entornó los ojos- ¿Tú qué haces aquí? Es lunes.
-He venido a traerte las cosas de tu primo Raymond –Señaló con la cabeza la caja sobre la mesa- Nos la dejamos en su casa el otro día y Mafalda Prewett me las ha llevado a la oficina.
-¡Oh, claro! Dale las gracias de mi parte.
Percy consideraba que había sido del todo innecesario que su empleada hubiera tenido aquel gesto porque bien podría haberles hecho llegar todas las cosas vía lechuza. Era evidente que había querido comentarle todo el tema de Audrey, y Percy seguía pensando que les echaría una mano si en un par de días no mejoraba.
-¿Sabes la sensación que tuvimos cuando la hermana de Mafalda abrió el libro? –Molly afirmó con la cabeza- Pues la chica está en el hospital. Sufre alguna clase de encantamiento, aunque los medimagos no saben de qué se trata exactamente.
-¿En serio? Ya decía yo.
Molly fue hasta la caja que trajo su hijo y extrajo el famoso libro de cuentos de su interior. Parecía la cosa más normal del mundo, así que resultaba muy difícil de creer que algo tan insignificante pudiera ocasionar tantos problemas.
-Mafalda me ha pedido que vaya a visitar a su hermana si no se mejora.
-¿Por qué?
-Al parecer sufre alucinaciones o algo parecido. Se cree una princesa secuestrada y dice que yo soy su Príncipe Azul.
Molly no pudo contener un resoplido de risa. Percy realmente no le veía la gracia a todo el asunto, pero no objetó nada. Se limitó a mirar a su madre con un leve resentimiento, como intentando reprenderla por comportarse de manera tan inadecuada.
-¿Y qué vas a hacer?
Percy se lo pensó un instante. Acarició la frente de Roxanne con la punta de la nariz y al final se encogió de hombros.
-No lo sé, aunque sería correcto hacerle el favor a Mafalda.
-Sí. Seguro.
Percy observó a su madre mientras la mujer examinaba el libro. Molly recordaba vagamente haberlo visto durante su infancia. Creía que era el que solía utilizar su abuela cuando les leía cuentos, aunque no podría asegurarlo al cien por cien. Sólo tenía claro que le resultaba muy familiar.
-Alguien debería examinarlo.
-Le ofrecí la posibilidad a Mafalda, pero no quiso quedarse con él.
-Entonces deberíamos echarle un vistazo por nuestra cuenta.
El brujo dudaba que fueran a sacar algo en claro. Su madre podría ser una espléndida ama de casa y una duelista de lo más sorprendente, pero no tenía ni idea de qué clase de magia utilizar para producir el efecto causado en Audrey Prewett. Y Percy, que siempre se había considerado a sí mismo como un mago bastante capaz, podía llegar a reconocer que estaba un poco verde en el asunto. Aunque por intentarlo no perdían nada.
-Me lo llevaré a casa y veré si encuentro algo que pueda servir de ayuda. ¿De acuerdo?
-Me parece una idea genial –Molly le dio un beso en la frente y, antes de que su hijo pudiera reaccionar, se dirigió velozmente hacia la salida- ¿Te quedas un rato con los niños? Tengo que ir a hacer unas compras.
-¿Qué? ¡No! Tengo que irme, mamá.
Pero ya era tarde. Molly había cerrado la puerta con fuerza y a esas alturas ya debía estar muy lejos de La Madriguera. Perfecto. Le había dejado con el demonio de Fred. A saber qué cosas iba a ser capaz de hacer ese niño mientras volvía su abuela. Al menos le quedaba el consuelo de saber que con Roxanne estaba todo absolutamente controlado.
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Percy dedicó la mayor parte de la mañana del martes a preparar su mudanza definitiva. Margaret se estaba encargando de disponer todo el archivo interno para el traslado y él optó por ocuparse de asunto más personales. Aunque nunca había sido un hombre muy sentimental, con el paso del tiempo había ido llenando el despacho de cosas significativas para él. Había fotografías familiares estratégicamente colocadas por todos sitios, un par de plantas que cuidaba él mismo, unos cuantos de sus libros favoritos e incluso una muda de ropa por si surgía cualquier improvisto y se veía obligado a cambiarse en el trabajo. Mientras recogía todo, sintió un poco de pena por abandonar ese sitio. Se iba a un despacho mejor, con mucha más categoría, pero después de tanto tiempo pasado entre esas cuatro paredes ya casi lo consideraba un segundo hogar. Estaba bastante seguro de que esa extraña tristeza se le pasaría en un par de días, en cuanto se hubiera instalado en la nueva oficina, pero organizar la mudanza no estaba siendo un plato de gusto para él. Y no sólo porque fuera un embrollo que le impedía trabajar como era debido.
Por fortuna, sus cosas siempre habían estado muy bien organizadas, así que reducir de tamaño todas ellas y meterlas en una caja no le estaba resultado nada difícil. Lo único que debía conservar su aspecto de siempre eran las plantas y Percy ya había decidido que sería lo último que se llevaría. Suspirando, echó un vistazo a uno de los retratos familiares en que aparecían todos los hermanos Weasley cuando eran niños. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces y Percy creía que, en lo concerniente a su persona, había sido para mejor. En eso estaba pensando cuando llamaron suavemente a la puerta.
Margaret había subido a la nueva oficina con una buena parte del archivo, así que no era ella. Cuando Percy dio permiso al visitante para que entrara, no tardó en reconocer el pelo rojo de Mafalda Prewett. Supo lo que pasaba aún antes de que ella hablara y se sintió un poco culpable por no haber dedicado ni un minuto de la noche anterior a examinar el libro de cuentos que ahora era de su madre.
-¿Puedo entrar, señor Weasley?
-Por supuesto. Técnicamente, este es su despacho ahora.
Mafalda sonrió, entró y cerró la puerta. Percy la invitó a tomar asiento y la notó un poco nerviosa.
-¿Ocurre algo?
-Quería hablar con usted sobre lo que le comenté ayer respecto a Audrey. Sé que le dije que no era necesario que fuera a verla, pero…
La bruja interrumpió la frase, claramente azorada por lo que le estaba pidiendo. Percy asintió, comprensivo, y decidió asumir aquella responsabilidad. No era como si él hubiera hecho algo para que la joven señorita Prewett estuviera en ese estado, pero si estaba en su mano ayudar y no lo hacía. ¿Qué clase de persona demostraría ser?
-No tiene que decir nada. En cuanto pueda, me pasaré por San Mungo e intentaré tranquilizar a su hermana.
Eso había sonado muy Gryffindor. Aunque Percy siempre había sido un tipo ambicioso y más bien poco pasional, se consideraba un Gryffindor de pro y adoraba mostrarse caballeroso y ayudar a quién lo necesitara. Si esa ayuda podía contribuir a mejorar su imagen ante sus empleados, era algo meramente circunstancial. Porque. ¿Cuántos Jefes de Departamento podían presumir de preocuparse tanto por sus empleados? Percy aún recordaba que el señor Crouch, su primer jefe, ni siquiera había sido capaz de recordar su nombre ni una sola vez y, aunque entonces estaba demasiado ocupado planificando cuál era la mejor manera de hacerle la pelota a los demás, en el fondo sí que le había molestado que ese hombre fuera incapaz de reconocerle. Ya ni hablar de su indiferencia absoluta ante la entrega laboral de aquel joven, arrogante y ansioso de poder Percy Weasley.
-Se lo agradeceremos muchísimo, señor Weasley –Mafalda sonrió y lo miró con gratitud- Los sanadores son incapaces de hacer que Audrey se calme. Cada vez está peor y anoche incluso intentó escaparse. Logró salir al mundo muggle y los celadores la encontraron un par de calles más abajo. Si se hubiera perdido, no sé qué habríamos hecho.
-¿Y se encuentra bien?
-Por fortuna no le pasó nada, pero estamos muy preocupados por ella. No sabemos cuánto puede afectar el hechizo a una chica como Audrey. Es muggle.
A Percy le sorprendió escuchar aquello. Existían indicios suficientes para suponer que la chica aquella carecía por completo de magia, pero no se había parado a pensar realmente en ello y la noticia le pilló por sorpresa.
-Los medimagos creen que el hechizo podría afectar su mente para siempre. Sophie vive atormentada con la idea de vaya a volverse loca y yo me siento impotente porque no sé qué hacer ni cómo ayudarla.
Debía ser muy duro para ella, especialmente después de lo de su padre.
-Seguro que todo sale bien –Percy intentó sonar tranquilizador- En San Mungo contamos con muy buenos profesionales, sólo necesitan averiguar qué le ocurre exactamente a su hermana. Cuando eso pase, no tardará en reponerse, ya lo verá.
-Eso espero.
-¿Le parece bien que vaya a verla esta tarde, a eso de las cinco?
-Por supuesto. Muchas gracias, señor Weasley.
-No hay de qué. Es un placer poder ayudarles.
Mafalda se marchó. Percy permaneció pensativo un rato y cuando Margaret regresó pudo volver a dejar el asunto a un lado. No tenía sentido dedicar su horario laboral a darle vueltas al tema, así que concentró todo su esfuerzo en la mudanza, que iba a ser un proceso más largo de lo que pudiera haber pensado.
Margaret y él pasaron todo el día yendo de un lado para otro y cuando llegaron las cinco Percy estaba agotado. Aún así, no olvidó su promesa y se presentó en San Mungo. Solicitó información sobre Audrey y llegó a su habitación con solo diez minutos de retraso.
Sophie y Mafalda estaban en el pasillo, susurrando algo entre ellas y con cara de infinita preocupación. Cuando vieron a Percy se las notó muy aliviadas. Sophie le estrechó la mano afectuosamente, le agradeció que se hubiera tomado la molestia de hacer esa visita y le puso en antecedentes. Los medimagos afirmaban que por el momento era mejor que le siguieran el rollo a Audrey, así que su presencia en el interior de la habitación estaba descartada. Como Audrey pensaba que eran un par de brujas malvadas, tenerlas cerca sólo la alteraba. Sophie rumiaba su preocupación en soledad, impotente porque no podía ayudar ni consolar a su hija. No era justo y así se lo hizo saber a Percy, quién se mostró de acuerdo con ella y prometió hacer todo cuánto estuviera en su mano para que Audrey se pusiera mejor.
Después de obtener el permiso de los profesionales para adentrarse en la habitación, Percy volvió a encontrarse frente a frente con la hermana de su empleada. Audrey estaba absolutamente despierta, con los ojos abiertos como platos y cierta ansiedad reflejada en su rostro, y alguien la había atado a la cama para evitar que volviera a escaparse. Percy se detuvo bajo el umbral de la puerta, mirando las piernas desnudas de la joven, y no supo muy bien qué hacer a continuación. Por suerte no fue necesario que tomara ninguna clase de iniciativa, puesto que en cuanto Audrey lo vio, dio un bote en la cama y se puso a hablar.
-¡Mi Señor, habéis vuelto! –Dijo, sonriendo y mirando en todas direcciones- ¡Aprisa! Debéis liberarme. Tenemos que escapar de aquí cuanto antes.
-Yo… -Percy pensó en qué decir y dio un par de pasos hacia la cama- No puedo hacer eso.
Audrey pareció momentáneamente confundida. Parpadeó y enseguida volvió a agitarse con nerviosismo.
-Si os preocupa la magia, sabed que las brujas enviaron a sus secuaces y que no utilizaron ningún hechizo para apresarme. Podéis liberadme cuando queráis.
Percy alzó las cejas. Objetivamente hablando, aquello no había sido una buena idea. La chica estaba muy lejos de sentirse más tranquila y él no tenía ni idea de cómo afrontar la situación. ¿Sería correcto retirarle las cuerdas que la mantenían atada a la cama? Como Audrey y Sophie no eran brujas, los medimagos habían optado por métodos totalmente muggles de inmovilización y, visto lo visto, de momento estaban funcionando. Sin duda alguna, Audrey podría estar en peor estado si la hubieran apresado con cuerdas invisibles.
-La magia no es el problema en realidad.
-¿No?
-No –Percy se acercó un poco más, dispuesto a ser todo lo honesto que fuera capaz. Quizá si alguien le contaba a esa chica cuál era la realidad, todo aquel hechizo desaparecía- La verdad es que yo no soy ningún príncipe de ninguna clase.
Audrey frunció el ceño, pero no dijo nada.
-Y tú tampoco eres una princesa y no necesitas ser rescatada, eso desde luego. Eres una chica normal que está bajo los efectos de un hechizo desconocido y que se pondrá bien en cuanto los medimagos encuentren la forma de contrarrestarlo.
Audrey permaneció pensativa un instante. Percy estaba bastante seguro de que había conseguido tranquilizarla, cuando la joven se puso a gritar histéricamente.
-¡No! ¡Las brujas os han confundido con su magia negra! ¡Debéis creer en mí! Yo soy la Princesa, vos sois mi Príncipe Azul y vais a rescatarme.
-Sé que eso es lo que crees, pero si intentaras recordar… -Percy suspiró- Sophie es tu madre y Mafalda es tu hermana.
-Sí, pero son malvadas. ¡Mirad lo que os han hecho! ¡Por favor! Miradme. La verdad está en mí y vos lo sabéis. Por favor.
Audrey lloraba. Percy estaba bastante seguro de que esa era la situación más surrealista a la que se había enfrentado jamás. Consideraba, además, que su actitud era la más correcta, pero al ver lamentarse a esa chica con tanta desesperación no le quedó otro remedio más que hacer lo que habían dicho los medimagos: seguirle el rollo. Después de todo, si Audrey seguía tan nerviosa iba a darle un ataque y a Percy no le agradaba la idea de que todo el mundo supiera que iba causando crisis de ansiedad por ahí. Así pues, miró fijamente a Audrey y se inclinó hacia las correas.
-Está bien. Te voy a desatar, pero no podremos irnos a ninguna parte.
-¿Por qué no?
-Pues…
-¿Es por el dragón? Las brujas lo han puesto a vigilar el foso de fuego. ¿No habéis podido matarlo.
-Sí –Aseguró Percy tras un instante de duda- Quiero decir que sí es por el dragón. No pude acabar con él antes de entrar.
-Queríais verme antes. ¿Verdad? –La chica dejó de llorar para convertir su rostro en el reflejo de la mismísima felicidad, y se sentó en la cama una vez Percy la hubo liberado por completo de sus ataduras. Seguramente alguien le iba a echar la bronca por ello.
-Sí, claro.
-Lamentablemente, no podéis quedaros mucho rato.
-¿No?
-Tenéis que derrotar al dragón y matar a las brujas. ¿No es cierto? Entiendo que eso os llevará mucho rato.
-Efectivamente. Tienes toda la razón.
Audrey soltó una risita y, de repente, Percy se encontró con que la joven se había agarrado a su brazo y tenía la cabeza apoyada en el hombro.
-Os voy a echar mucho de menos, pero entiendo que debéis cumplir con vuestras obligaciones antes de que seamos libres. ¿Os imagináis lo felices que seremos cuando todo termine?
-Todo el tiempo.
-Lo que no entiendo –Audrey se separó momentáneamente de él y examinó su ropa con detenimiento- ¿Dónde están la armadura y la espada? Vuestros ropajes no parecen adecuados para pelear contra una criatura tan horrible –Antes de que Percy pudiera inventarse cualquier chorrada, la chica siguió hablando- ¿Habéis venido disfrazado para despistar a las brujas?
-Claro.
-Son muy listas, pero vos lo sois aún más. Siempre lo he sabido.
Audrey parecía realmente satisfecha ante esa idea. Percy simplemente trataba de asimilar lo que estaba pasando. Se sentía tentado de pellizcarse a sí mismo para comprobar que todo ese asunto no era una locura producto de su cerebro atrofiado por el estrés.
-Me gustaría quedarme un poco más, pero debo… -Dijo él, ansioso por salir de allí antes de que todo empeorara.
-¡Por supuesto! –Audrey lo soltó del todo y volvió a recostarse en la cama, peinándose el cabello con los dedos- Esperaré con ansias vuestro regreso, mi Señor.
-Ya.
-¡No tardéis mucho!
Esas fueron las últimas palabras que Percy escuchó antes de salir de la habitación. El brujo tomó aire un par de veces antes de recuperar el control sobre sus emociones. Todo eso había sido más desconcertante de lo que pensó antes de meterse en semejante embrollo. Realmente la situación era seria y, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, se sentía en la obligación de volver a visitar a Audrey más pronto que tarde.
Pero no pudo pensar en ello durante mucho tiempo, porque Mafalda y Sophie Prewett fueron a su encuentro en cuanto lo vieron salir por la puerta.
-¿Y bien?
-Creo que voy a tener que regresar alguna vez más –Dijo, sin querer entrar en más detalles. Sophie, que quizá había esperado que todo mejorase con la sola presencia de Percy, no ocultó su decepción- Después de nuestra charla, estará tranquila durante un par de días.
-Supongo que era mucho pedir que fuera a curarse –Se lamentó Sophie, alejándose de él para dejarse caer en un banco con toda la pinta de ser muy incómodo.
-Haré todo lo que esté en mi mano para venir este viernes –Aseguró Percy, dirigiéndose a una cariacontecida Mafalda- Y aprovecharé este par de noches para buscar algo en el libro de cuentos de su padre que pueda ayudar a Audrey.
-No tiene por qué…
Percy la interrumpió con un gesto. Volvió a prometer que iba a echarles una mano y se fue con la determinación presente en su rostro. Iba a conseguir curar a Audrey Prewett a cualquier precio.
