EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 4
Lady Audrey
Era jueves y, aunque él no era un hombre que acostumbrara a quejarse por nimiedades, Percy Weasley debía reconocer que estaba hecho polvo. La mudanza a un despacho mejor no estaba resultando ser la aventura fascinante que él había pensado y, aunque el día anterior ya había sacado la última de sus pertenencias de la antigua oficina, aún quedaban bastantes cosas por hacer antes de poder dar por concluido todo aquel follón. A pesar de ser uno de los hombres más minuciosos y ordenados del mundo, Percy no podía evitar que la situación se le estuviera escapando de las manos y únicamente Margaret, su querida y maravillosa Margaret, había logrado convencerlo de que en realidad nada estaba tan mal. Tenían el archivo prácticamente organizado del todo y todas las posesiones de Percy estaban colocadas en sus nuevos y respectivos lugares, pero también había un montón de trabajo por hacer. Percy debía leer un montón de informes de su predecesor, diseñar técnicas de trabajo y hacer unos cuantos millones de cosas más antes del fin de semana y, francamente, empezaba a dudar que fuera a conseguirlo. Estaba estresado y, tal y como le venía sucediendo desde sus años de estudiante en Hogwarts, la tensión se le había instalado en la espalda y sufría una serie de dolores agudos que ni la más potente de las pociones calmantes era capaz de aplacar. Además, el estómago no admitía nada bien la comida y Percy llevaba un par de días sobreviviendo a base de té y galletitas de jengibre. ¡Oh! Y no podía pegar ojo porque esas últimas dos noches había estado dándole vueltas al libro de cuentos de Raymond Prewett para intentar averiguar qué le ocurría a Audrey. Aún no había sacado nada en claro.
Así pues, Percy tenía hambre y sueño, sufría intensos dolores y estaba bastante seguro de que no tardaría en darle un infarto. Por fortuna, hasta el momento había logrado que no se le notara ninguna de esas cosas. Tenía todo el derecho del mundo a sentirse mal de vez en cuando, pero no podía permitir que nadie se diera cuenta. Sería inadmisible porque la gente podría empezar a creer que era un tipo debilucho y entonces sus superiores se enterarían, creerían que no estaba capacitado para ejercer ese trabajo y lo degradarían obligándolo a pasar un par de años buscando la forma de recuperar el puesto que tanto se merecía.
Vale. Quizá estaba siendo un poco exagerado. Llevaba el suficiente tiempo en el Ministerio de Magia como para saber que no despedían a nadie por estar estresado, pero aún así no quería que nadie le viera en semejante estado de debilidad. Había llegado hasta dónde estaba mostrándose siempre fuerte y decidido y así iba a seguir hasta el final de su vida. Una vida que, por cierto, no deseaba que se acabara prematuramente. Por eso había comprendido que necesitaba un poco de ayuda. No con el trabajo, por supuesto, pero sí con el diario.
Ser consciente de que no podía intentar solucionar todos los problemas del mundo le había llevado directamente hasta el Departamento de Aurores. No solía ir mucho por allí porque, si bien reconocía que los aurores eran bastante necesarios para que la sociedad estuviera organizada y la gente no fuera por ahí haciendo lo que le diera la gana, los encontraba demasiado rudos y vulgares como para andar mezclándose con ellos. A veces necesitaba que le echaran una mano y sólo entonces iba a visitarlos, pero siempre solicitaba hablar con el mismo.
Tener a Harry Potter en la familia era una bendición. Atrás habían quedado los días en los que lo consideró un fanfarrón ansioso de fama y poder. Después del ascenso de Voldemort, Percy se había dado cuenta de que Harry no era nada de eso. Cuando la guerra terminó, ni siquiera era capaz de mirarlo a los ojos por culpa de la vergüenza que le producía saber que se había pasado meses diciendo barbaridades sobre él. No se diferenciaba demasiado de lo que sentía cuando estaba con el resto de miembros de su familia, pero Harry no era un Weasley, así que obtener su perdón había sido muy importante para él. En la actualidad, mantenían una relación bastante cordial. Eran cuñados, comían juntos todos los domingos y se caían más o menos bien. Percy opinaba que quizá tanto él como Ginny podrían poner un poco más de empeño para evitar que James se comportara como una pequeña bestia, pero en el fondo disfrutaba mucho con las travesuras de su sobrino. Pero muy en el fondo.
Encontró a Harry en su despacho. Aunque a Percy le estaba empezando a gustar decir que era uno de los jefes de departamento más jóvenes de la actualidad, siempre se cuidaba mucho de no mencionarlo porque técnicamente no lo era. Y es que Harry Potter, a sus recién cumplidos veintiocho años, era el Jefe de Aurores. El antiguo Percy llevaría varias semanas rumiando su envidia, afirmando que Potter tenía ese puesto sólo por haberse deshecho de Voldemort –que, por cierto, no era moco de pavo- y gritándole al mundo que él era el funcionario más joven convertido en jefe por méritos propios. El nuevo Percy, sin embargo, podría pensar esas cosas, pero sabía que era injusto pronunciarlas en voz alta. ¿Y qué si Harry era Jefe de Aurores por enchufe? Toda la comunidad mágica sabía que era un buen auror, un poco inconsciente a veces, pero bueno al fin y al cabo. Y se lo merecía. Después de la mierda de vida que había tenido, lo justo era que la gente levantara un poco la mano con él.
Harry estaba recostado en su silla, jugueteando con su varita. Percy alzó una ceja cuando vio los hilillos de colores que su cuñado estaba trazando en el aire. Había dibujado un dragón bastante deforme y al brujo le pareció un poco ridículo. El antiguo Percy lo hubiera tachado de irresponsable y le hubiera soltado una perorata sobre perder el tiempo en horario laboral, pero el nuevo esbozo una sonrisa y golpeó la puerta con los nudillos para hacerse notar.
Harry dio un respingo. El dragón deforme desapareció y el hombre se levantó precipitadamente de la silla, colocándose las gafas y colocándose su túnica de auror sobre los hombros. Cuando vio a Percy, sonrió y se relajó considerable.
-¡Ah! ¡Eres tú!
-Buenos días, Harry. ¿Puedo pasar?
-¡Claro, claro!
Harry carraspeó y agitó la varita para cerrar la puerta del despacho. Percy se acomodó frente a él y no pudo contener el impulso de asegurarse de que sus propias gafas seguían perfectamente colocadas sobre su nariz.
-¿Qué te trae por aquí?
Harry se sentó frente a él y ordenó un poco todos los pergaminos que estaban desperdigados sobre la mesa. Para tener un puesto de tanta responsabilidad, Potter era bastante desastroso. Aunque, claro, lo que contaba cuando uno era auror no era la habilidad para ordenar documentos por orden alfabético, sino ser capaz de ganar duelos mágicos antes de que algún criminal lo mutilara o asesinara. Al parecer, Harry era bastante bueno haciendo eso último.
-Me preguntaba si podrías echarme una mano con un asunto extraoficial.
-¿De qué se trata?
Percy dejó el libro sobre la mesa. Harry lo cogió y lo examinó con curiosidad.
-¿Os ha contado mi madre a Ginny y a ti que su primo Raymond murió?
-¿Quién? ¿El squib? –Percy afirmó con la cabeza- Nos dijo que le había donado algunas cosas.
-Este libro es una de esas cosas.
-¿En serio? Parece bastante normal.
-¿Os ha hablado mi madre de Audrey Prewett?
Harry entornó los ojos como si estuviera intentando recordar algo. Finalmente, negó con la cabeza.
-Audrey Prewett es la hija de Raymond y está hechizada. Creemos que había algo en el libro que la ha llevado al estado en que se encuentra actualmente y me preguntaba si podrías echarle un vistazo.
Harry volvió a concentrar su atención en el libro. Le dio un par de vueltas, lo hojeó superficialmente y finalmente lo dejó sobre la mesa.
-Claro. Últimamente esto está un poco muerto, así que me servirá para entretenerme un poco.
-Bien. Te lo agradezco enormemente.
Percy se levantó, dispuesto a marcharse, pero la voz de su cuñado lo detuvo.
-¿Han denunciado el caso de esa chica, Percy?
-No. La familia no cree que sea necesaria la intervención de los aurores, al menos de momento. Sólo es un encantamiento. Los sanadores creen que se le terminará pasando.
-Entiendo. ¿Y qué le ocurre exactamente?
Percy suspiró. No quería responder a eso porque sabía que sus hermanos se enterarían y se reirían de él durante el resto de su vida, pero tampoco podía mentirle a Harry porque acababa de aceptar que le ayudaría. Sin pedir nada a cambio, para más inri.
-Se cree que es una princesa de cuento.
-¿En serio?
-Los sanadores dicen que no supone ningún peligro para nadie. Excepto para sí misma.
-Claro.
Percy pensó que el interrogatorio había terminado y dio un par de pasos hacia la puerta. Harry habló otra vez.
-Y, Percy. ¿Tú que tienes que ver con ella?
Maldito cotilla. Percy no se dio la vuelta para mirarlo. Se estaba empezando a sentir muy atormentado.
-Es hermana de Mafalda Prewett, una de mis empleadas. Y su padre era primo de mi madre. Ayudar es lo correcto.
-Ya. ¿Es sólo por eso?
Durante un segundo, Percy tuvo la desagradable sensación de que lo sabía. Se preguntó si su madre había sido capaz de irse de la lengua y contar al todo el mundo cuál era el alcance real de la locura de Audrey Prewett, pero entonces se dio cuenta de que Harry no lo miraba ni con malicia ni con suspicacia y supo que estaba enterado de nada. Y que tampoco podía ocultárselo porque, quizá, fuera importante para su investigación.
-Está bien –Masculló entre dientes, dándose la vuelta en esa ocasión- Cree que yo soy el hombre que la salvará de su destino. El Príncipe Azul. ¿Contento?
Harry alzó una ceja y contuvo una risita. Genial.
-¿El Príncipe Azul?
Sí. El jodido Príncipe Azul.
-Efectivamente.
-Vaya –Harry carraspeó y se puso bruscamente rojo. Lo dicho anteriormente: genial- Averiguaré lo que pueda sobre el libro, no te preocupes.
-Bien. Muchas gracias. Nos vemos el domingo.
-Sí. Hasta el domingo.
Cuando Percy salió de la oficina y cerró la puerta, escuchó la carcajada. Maldito fuera El-Chico-Que-Vivió-Y-Qué-Se-Reía-De-Su-Terrible-Y-Absuda-Desgracia.
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-¡Mi señor!
Audrey Prewett se arrojó a sus brazos. Literalmente. Percy pensó que para creerse una princesa mostraba una excelsa falta de modales, pero como la pobre chica no estaba del todo en sus cabales, se dejó hacer y luchó por mostrarle una sonrisa amable.
Había llegado al hospital diez minutos antes. Después de conversar con la señora Prewett sobre el estado de salud de su hija y descubrir que no se había producido ningún cambio durante esos días, Percy había entrado a la habitación. En realidad no le apetecía mucho estar allí a causa de su fracaso a la hora de descubrir algo relacionado con el libro, pero como había dado su palabra y él siempre cumplía con lo prometido, ni siquiera se había molestado en buscar una excusa para escaquearse de todo aquello. Quizá Mafalda entendiera perfectamente que no volviera a visitar a Audrey nunca más. De hecho, la bruja había hecho un par de comentarios dando a entender a su superior que no estaba obligado a ayudar a su hermana, pero Percy se veía incapaz de olvidarse de sus problemas familiares así, sin más. Debía ser por aquello de ser un Gryffindor y su súper desarrollado sentido del honor.
En todo caso, ahí estaba. Apenas había podido cerrar la puerta de la habitación antes de que Audrey le rodeara la cintura con los brazos y apoyara la cabeza en su hombro. Era desconcertante. No era un hombre acostumbrado a que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. La última chica que se le abrazó con tanto entusiasmo fue una especie de novia que tuvo un par de años antes. Apenas le duró porque no le gustó demasiado que Percy fuera tan apasionado de su trabajo y, aunque él no se había llevado una decepción demasiado grande, sí que echaba un poco de menos los abrazos porque, vamos, los de su madre no contaban, eso por supuesto.
-Hola, señorita Prewett –Masculló al cabo de un par de segundos, luchando por quitarse a la chica de encima- ¿Cómo se encuentra?
-Aburrida –Audrey sonrió ampliamente y se sentó en la cama- Pero llamadme Lady Audrey, por favor. Y tuteadme si queréis.
Percy frunció el ceño. ¡Claro! Lady Audrey era muchísimo mejor que señorita Prewett. Eso por no hablar de la posibilidad de tutearla cuando ella le hablaba como si estuvieran en plena Edad Media. El brujo contuvo el impulso de poner los ojos en blanco y decidió seguirle el rollo. Se recordó nuevamente que en esos momentos Audrey Prewett era una chiflada y se preparó mentalmente para escuchar cualquier clase de barbaridad durante el tiempo que durara su estancia allí.
-Claro. Como quieras, Lady Audrey.
La chica sonrió aún más, si es que eso era posible, y pareció enteramente satisfecha.
-Decidme, mi señor. ¿Habéis conseguido derrotar ya al dragón?
-¿El dragón? –Percy se sintió momentáneamente perdido, hasta que recordó la última conversación que habían mantenido- En realidad, sigo trabajando en ello.
-¡Oh! Esperaba que ya lo hubierais vencido.
-Bueno. Es un dragón. No es fácil. ¿Sabes?
-Claro –La chica, que había pasado de la alegría a la depresión en un instante, agachó la cabeza. Percy aprovechó para mirarla bien y se dijo que era guapa. No despampanante como su cuñada Fleur, pero había algo en ella, especialmente en sus ojos, que resultaba atrayente. –He de suponer, entonces, que tampoco habéis podido con las brujas.
-Las estoy reservando para el final.
-Claro. Si matar una bruja ya es difícil, no imagino cómo será matar a dos.
-No te preocupes. Estaré preparado.
Audrey volvió a sonreír y dio un par de palmadas en la cama.
-Venid, mi Señor. Sentaos a mi lado y contadme cosas sobre vos. Me muero por saber todo lo que os concierne.
Percy se mordió el labio inferior. En realidad había pensado en hacer su visita lo más breve posible. Quería ir a San Mungo, intercambiar unas palabras con la paciente para tranquilizar sus nervios y largarse antes de llegar más allá, pero mientras se acomodaba a su lado supo que le esperaba una tarde muy larga. Y no era que le sobrara el tiempo. Tenía un montón de trabajo ministerial esperándole en casa y le ponía muy nervioso no hacerlo enseguida. Nunca le había gustado dejar las cosas para luego.
-¿Qué quieres saber? –Preguntó con resignación, dejando que la chica volviera a agarrarse a su brazo.
-Habladme de vuestra familia. ¿Cómo están vuestros padres?
-Bien –Percy se sintió repentinamente incómodo, pero aún así contestó- Viven en el campo.
-Por supuesto. Merecen un descanso después de toda una vida al servicio de su pueblo –Audrey pareció satisfecha ante esa idea. Percy estaba de acuerdo con ella en que los viejos señores Weasley se merecían descansar porque, aunque no hubieran tenido que servir a ningún pueblo, habían pasado toda su vida trabajando- ¿Tenéis hermanos?
-Así es. Cinco.
-¡Oh, grandioso! Cuando nos casemos, los querré como si fueran míos.
Percy alzó una ceja. Cada vez que decía que tenía cinco hermanos en lugar de seis, se sentía un poco fuera de lugar porque obviar a Fred siempre era duro, por más real que fuera su respuesta. Sin embargo, en esa ocasión apenas tuvo tiempo de acordarse de él. Audrey no se lo permitió. Había dicho que se iban a casar. Eso desconcentraba a cualquiera.
-Claro –Masculló entre dientes, preguntándose qué dirían en el Ministerio si tuvieran ocasión de escucharle en momentos tan surrealistas como ese- Seguro que les caes muy bien.
-Seguro.
Audrey fue a decir algo más, pero entonces entró un sanador con cara de malas pulgas.
-Lo lamento, señor Percy, pero es hora de marcharse. La paciente necesita descansar.
Su voz sonó seca y dura. El joven Weasley se alegró de tener la excusa perfecta para librarse de esa locura, pero Audrey no estaba muy de acuerdo con eso de que tuviera que irse. Se agarró a su brazo y se mostró terriblemente compungida. El sanador, sin embargo, no le permitió quejarse.
-No quiero oírla lloriquear, señorita Prewett –Espetó con gravedad- Acordamos que permitiría al señor Weasley visitarla si no hacía escándalo. ¿Se acuerda?
Audrey alzó la cabeza con orgullo y se cruzó de brazos.
-¿Puedo despedirme al menos?
El sanador se encogió de hombros y se fue. Percy estaba maravillado por su forma de tratar a su acompañante, pero una vez más no le dieron ni un segundo para pensar. Audrey se le abrazó con más fuerza aún y, sí, lloriqueó un poco.
-Disculpad al guardián, mi Señor. No es un hombre malvado, pero las brujas lo obligan a tratarnos así.
-No te preocupes. Lo entiendo.
-¿Volveréis pronto?
-En cuanto tenga ocasión.
Percy en realidad estaba convenciéndose a sí mismo de que no iba a ir allí de nuevo ni estando borracho, pero cuando vio la esperanza en los ojos oscuros de Audrey supo que sí, que no le quedaría más remedio que seguir formando parte de esa extraña situación.
-Dame un par de días para encontrar una forma de derrotar al dragón y vendré a verte.
-Os esperaré con impaciencia, mi Señor.
-Ya. Hasta pronto, lady Audrey.
-Id con Dios, mi Señor.
Percy bufó mientras salía de la habitación. Bueno, no había estado tan mal. Seguía siendo tan raro como la primera vez, pero quizá con un par de visitas más terminaría por acostumbrarse. Intentando no pensar en lo ocurrido, el brujo decidió ir en busca de la señora Prewett para despedirse, pero no la encontró en la sala de espera. Quién sí estaba allí era Mafalda, vestida con ropa muggle y con el pelo recogido. No tenía el aspecto distinguido de la funcionaria ministerial que era y Percy seguramente no la habría reconocido de habérsela encontrado por la calle.
-Buenas tardes, señor Weasley. Sophie me dijo que estaba con Audrey.
-Acabo de dejarla.
-Sophie me ha pedido que me disculpe con usted por marcharse sin despedirse. Está agotada, así que esta noche me quedaré yo con Audrey. Así podrá dormir un poco.
-Entiendo, pero. ¿Es realmente necesario que permanezcan en el hospital?
-Los sanadores dicen que nos avisarán si ocurre algo, pero Sophie insiste en quedarse. Aunque Audrey se niega a que estemos con ella en la habitación, no quiere dejarla sola.
-Sophie me ha dicho que no se han producido grandes cambios.
-Mi hermana no ha mejorado, pero tampoco ha empeorado y, según parece, eso es todo un avance.
A Percy le hubiera gustado poder decir que él sí que la había encontrado un poco mejor, pero hubiera sido mentira, así que se quedó callado.
-¿Ya se marcha?
-Sí. Quiero llegar pronto a casa. Tengo unos cuantos asuntos pendientes.
-Sé lo que quiere decir –Mafalda sonrió, comprensiva- Yo también tengo muchísimo trabajo.
-Espero que se le haga lo más llevadero posible.
-Lo mismo le digo, señor Weasley.
Tras eso, se despidieron hasta el lunes y Percy se fue a casa. Esa noche se acostó muy tarde y, con el libro de cuentos en manos de su cuñado Harry, pudo concentrarse por completo en el asunto que más le preocupaba: su trabajo.
OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Domingo en La Madriguera, el equivalente perfecto a un día de completa locura. Percy se apareció a unos veinte metros de la casa de sus padres y lo primero que sintió fue un intenso golpe de calor. Percy se felicitó internamente por no haberse puesto un traje y se subió un poco las mangas de su inmaculada camisa blanca mientras llenaba sus pulmones de aire limpio. Le gustaba el campo. No para vivir allí continuamente, por supuesto, pero sí para ir de vez en cuando. Era relajante y Percy casi podía sentir cómo se limpiaba por dentro.
Quizá, a cualquier persona del mundo no le hubiera parecido precisamente tranquilizador meterse en su antigua casa un domingo porque había niños gritones por todas partes y adultos un poco idos ocupando cada rincón de la casa, pero Percy lo agradecía. El domingo era el único día de la semana en que apartaba de su camino el trabajo y las responsabilidades y sólo disfrutaba y se dejaba llevar.
Cuando llegó a La Madriguera, lo primero que vio fue a James Potter y a Fred Weasley peleándose por hacer uso de uno de los artículos de broma de George. Fred afirmaba que él tenía todo el derecho del mundo a usarlo primero porque George era su padre. James respondía que la cosa aquella era suya porque su papá se lo había comprado. Estaban en un punto muerto y Percy pasó a su lado, les saludó, les revolvió el pelo, aceptó con diplomacia las dos miradas de resentimiento y siguió con su camino como si nada. Podía escuchar voces en la cocina y, efectivamente, ahí estaba todo el mundo.
Fleur, Ginny y su madre estaban cocinando. Angelina, Ron, Fred y Bill hablaban sobre quidditch. Hermione y su padre vigilaban a los niños y Harry tenía en brazos a su niña pequeña, Lily. Percy creyó ver a Roxanne dormitando en su cuna y se fijó en Dominique, que desde siempre había sido el menos guerrero de todos sus sobrinos. Estaba dibujando tan tranquilo, ajeno a la discusión de enemigos mortales que mantenían James y Fred por un lado y Teddy Lupin y su hermana mayor por otro. Percy se dijo que era todo un clásico ver pelearse a esos dos.
-¡Percy, cielo! Ya has llegado.
En realidad se había retrasado casi media hora. La noche anterior había estado preparando un gráfico económico hasta muy tarde y se había dormido. Era una vergüenza y no pensaba reconocerlo abiertamente porque a él esas cosas no le pasaban nunca. Era un hombre responsable, no un perezoso dormilón.
-Lo siento, mamá. Tenía cosas que hacer.
-¡Oh, siempre trabajando! –Molly chasqueó la lengua con desaprobación y, por su expresión, Percy supo que iba a chincharle- ¿Por qué no te buscas novia y te casas de una vez?
Las conversaciones se interrumpieron un momento. Nadie quería perderse la ocasión de ver cómo Percy suspiraba con resignación y ponía los ojos en blanco antes de exclamar:
-¡Oh, mamá! Déjalo ya. ¿Quieres?
Después de eso, todos siguieron con lo suyo. Molly Weasley sonrió con satisfacción. Era bastante probable que pensara que si insistía lo suficiente, a Percy no le quedaría más remedio que ceder, pero hasta el momento no estaba teniendo demasiado éxito.
Una vez pasado el brevísimo instante de tensión, Percy miró a su alrededor intentado decidir con quién iba a compartir su tiempo hasta la comida. No quería ni oír hablar de guisos o quidditch, y ocuparse de los niños ni se le pasó por la cabeza, así que fue a sentarse junto a Harry, que en ese momento tenía un dedo metido en la boca de Lily. A la niña le estaban saliendo los dientes y se pasaba la mitad del tiempo incómoda y la otra mitad directamente lloraba como una loca. Seguramente en un par de semanas estaría mucho mejor, pero en ese momento Lily Potter era todo gesto adusto y babas. Nada que a Percy le agradara demasiado, en cualquier caso. Y eso que ya tenía experiencia gracias a sus sobrinos mayores.
-¿Cómo está? –Quiso saber nada más sentarse, refiriéndose obviamente a Lily. Harry hizo un gesto de dolor cuando la niña le mordió con fuerza. Ya tenía un par de dientes y era una tortura intentar consolarla.
-Supongo que bien. ¿Quieres cogerla un momento?
-No, gracias. Creo que está bien ahí, contigo.
Harry suspiró. La maniobra no le había salido muy bien, así que se resignó y se dijo que estaba destinado a ser un mártir para siempre.
-¿Y tú qué tal?
-Acostumbrándome a mi nuevo puesto. Estoy hasta el cuello de trabajo, pero bien.
Harry sonrió y acomodó a Lily un poco mejor. La niña lloriqueó un poco y siguió mordiendo con saña.
-Le he echado un vistazo al libro que me diste el otro día –Dijo de pronto Harry. Percy no se esperaba que saliera el tema y casi lo lamentó. Era domingo, su único día libre.
-¿Has encontrado algo?
-Restos de un antiguo encantamiento cuyos efectos ya conoces.
-Ya me esperaba algo así. ¿Tienes idea de cómo romperlo?
-En realidad no. Quizá deberías buscar al que lo conjuró y preguntarle.
-¿Y cómo se supone que voy a hacer algo así?
-No creo que sea tan difícil.
-¿Por qué no?
-Porque tengo la teoría de que el libro fue hechizado por algún miembro de la familia. Debía tener acceso a él y, bueno, un libro de cuentos no es algo que uno deje olvidado por ahí.
-Claro.
Lo que su cuñado decía sonaba bastante lógico. Si Audrey era víctima de algún hechizo familiar, ayudarla debía ser fácil. Al menos en teoría, porque era posible que el autor estuviera muerto y no tuviera forma de explicarle el contrahechizo. Después de todo, no quedaban muchos Prewett en el mundo.
Aunque, pensándolo mejor, sólo existía una mujer con la suficiente mala leche como para hacer algo así.
Percy tenía una nueva misión que llevar a cabo y no iba a fracasar.
