EMBRUJADA

Por Cris Snape

DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.

CAPÍTULO 5

La bruja malvada

Percy Weasley había visitado por primera vez la casa de la tía Muriel a la tierna edad de cinco años y ya entonces le había puesto la casa de gallina. Quizá era porque, aunque no conservaba demasiados recuerdos de sus difuntos tíos Gideon y Fabian, tenía grabadas a fuego en su memoria las historias de terror que esos dos sinvergüenzas –como su madre gustaba de llamarlos- les contaban a sus hermanos y a él. En su mente de niño, tía Muriel era una bruja vieja y solterona que siempre se quejaba por todo y era capaz de urdir las peores maldades del mundo. Y, aunque objetivamente hablando tía Muriel sí que era así, Percy debía reconocer que sus tentáculos nunca habían terminado de alcanzar a la numerosa prole de Arthur y Molly Weasley.

Sin embargo, su madre y sus tíos habían pasado una buena parte de su infancia en casa de la tía Muriel, así que no era de extrañar que sus cuentos fueran terroríficos. Para empezar, la casa era muy antigua y, aunque por fuera estaba construida con ladrillo, por dentro todo era de madera. Una madera vieja que no estaba excesivamente bien cuidada, que crujía bajo los pies a cada paso que daba y que olía a rancio. Además, las ventanas eran excesivamente pequeñas, así que el interior solía estar en penumbras casi todo el tiempo. O peor aún, iluminado con velas que dibujaban sombras siniestras en las paredes. Y eso por no hablar de los numerosos escondrijos que había por todas partes. Al parecer, el Prewett que la mandó construir, allá por la mitad del siglo XIX, era un poco paranoico y deseaba contar con multitud de escondrijos en los que ocultarse. O quizá sólo había sido realista y había preparado su casa a prueba de intrusos. En todo caso, era algo que Percy no tenía forma alguna de averiguar.

A parte de todo lo mencionado anteriormente, el mobiliario de la casa era tan antiguo que parecía casi como sacado de otra época. Era cierto que los muebles de La Madriguera eran más prácticos que nuevos, bonitos o elegantes, pero al menos no estaban apolillados ni se caían a pedazos. En cierta ocasión, Percy había escuchado a su tía decir que todo estaba simplemente como debía estar, que lo único que ella hacía era respetar la herencia familiar, pero eso era una patraña porque una cosa era conservar las antigüedades y otra consentir que se pudrieran sin hacer nada por evitarlo.

A pesar de en general la casa era un desastre, no era lo que más había aterrado a Percy de pequeño. No, lo peor de todo era saber que allí dentro estaba ella, la horrenda tía Muriel. Su madre a veces decía que había sido una tutora muy dura. A ella no la había tratado mal porque siempre había sido una niña muy tranquila, pero a sus hermanos les había dado más palizas de las que Molly Weasley era capaz de recordar. Quizá no fuera algo de extrañar, porque Fabian y Gideon debieron ser dos elementos de mucho cuidado, pero Fred y George también lo habían sido y Percy no recordaba que sus padres les hubieran maltratado. Bueno, en cierta ocasión su padre se puso realmente furioso con ellos, cuando estuvieron a punto de engañar a Ron para que hiciera un Juramento Inquebrantable, pero por lo demás habían tenido bastante suerte de ser hijos de Molly Weasley y de no estar bajo los cuidados de Muriel Prewett.

Percy agitó la cabeza una vez estuvo frente a la casa. Hacía bastante tiempo que no iba por allí, pero le pareció que todo estaba como antes. La verdad era que le apetecía bastante darse media vuelta y volver a la seguridad del Ministerio de Magia –ese lunes fue de lo más interesante y había dejado cientos de asuntos inacabados. Bueno, en realidad sólo un par de ellos- pero estaba allí por algo muy importante: Audrey Prewett.

No tenía pruebas, por supuesto, pero la lógica le decía que lo más posible era que la tía Muriel hubiera sido la responsable de hechizar el libro de cuentos que había dejado a la pobre Audrey en tan lamentable estado. Ella era la única Prewett que había despreciado lo suficiente a Raymond como para maldecirlo de esa manera.

El plan era visitar a Muriel, asegurarse de que no estaba equivocado y averiguar cómo librar a Audrey del encantamiento. En principio parecía un plan bastante sencillo, pero Percy estaba seguro de que esa mujer no le iba a poner las cosas fáciles. No era su estilo ser amable o complaciente con los demás, pero en todo caso Percy no pensaba irse de allí hasta no haber cumplido con su objetivo. Y tía Muriel podía ser muy desagradable si se lo proponía, pero Percy contaba con una buena cantidad de sangre Weasley corriendo por sus venas, lo que se traducía en una cualidad muy importante: era un cabezota de tomo y lomo.

Tras un último segundo de indecisión, Percy recorrió los últimos metros que lo separaban de la casa y golpeó la puerta con los nudillos. Al atravesar el vallado exterior había notado la magia protectora de la vivienda acariciándole, reconociéndole y permitiéndole el acceso, así que supuso que tía Muriel ya sabía que tenía visita. Seguramente estaba tardando tanto en abrir –Percy ya llevaba casi dos minutos inmóvil en la entrada- para fastidiarle y crear expectación. Estaba empezando a enfadarse un poco cuando la puerta se abrió y pudo ver el rostro de Muriel Prewett.

Tenía el ceño fruncido, como siempre. A Percy le fastidiaba un montón que sus hermanos le dijeran que iba a terminar siendo igual que esa mujer porque, aunque no fuera tan simpático y gracioso como sus hermanos, dudaba mucho que fuera igual de arisco, gruñón y desagradable que la vieja señora Prewett.

-Buenas tardes, tía Muriel –Saludó Percy inclinando levemente la cabeza, haciendo alarde de sus buenos modales.

-Percival. ¿Qué haces aquí? –Su tía, en cambio, sonó tan antipática como siempre- ¿Qué andas buscando? Porque esto no es una visita de cortesía. Ni tú ni los salvajes de tus hermanos venís a verme nunca.

Quizá porque a nadie le gustaba aguantar que otra persona le insultara gratuitamente durante horas y horas, pero Percy se guardó el comentario. Entornó un poco los ojos para mirar a la espalda de esa mujer y vio un par de gatos haciendo guardia detrás de su dueña. Su madre había comentado un par de veces que la tía Muriel estaba aficionándose a los gatos y Percy no pudo evitar preguntarse si ya se había convertido en la vieja loca de los gatos. Procuró no sonreír al darse cuenta de que la anciana ya reunía todas esas cualidades.

-En realidad vengo a hablar sobre un asunto del Ministerio.

-¿El Ministerio? ¿Qué quieres ahora ese atajo de incompetentes? ¿Es que no me han molestado lo suficiente a lo largo de mi vida que ahora quieren arruinarme mis últimos años? Atajo de sinvergüenzas.

Percy tomó aire para intentar armarse de paciencia. ¿Quién le mandaba a él meterse en esos berenjenales? ¡Cómo se había puesto la tía Muriel por nada! Y menos mal que le había dicho que le mandaban los del Ministerio, porque de haber confesado que estaba allí por su cuenta, seguramente la bruja le habría echado de allí a patadas. ¡Menuda era!

Percy había pasado una buena parte de la noche del domingo pensando cuál sería la mejor forma de plantearle el tema de Audrey a aquella mujer y, tras convencerse de que decir la verdad no le llevaría a ningún sitio, había decidido mentir. Iba a convertir el asunto de libro de cuentos en una investigación oficial del Ministerio. Si tía Muriel terminaba enterándose de que la había engañado, Percy tendría que aprender a vivir con su eterna desaprobación. Tampoco es que supusiera mucha diferencia respecto a la situación actual.

-¿Podría pasar, tía? Se trata de algo serio y no me gustaría que alguien nos escuchara.

Tía Muriel apretó los dientes y frunció el ceño aún más. Obviamente no había tenido intención de invitarle a entrar, lo que hubiera sido una bendición en otras circunstancias, pero realmente Percy quería tratar ese asunto con la máxima discreción posible. Una cosa era que encontrara reprobables ciertas actitudes de su tía y otra bien distinta que deseara que sus compañeros del Ministerio se enteraran de que iba por ahí hechizando muggles. Seguramente le traería problemas y era bastante mayor para verse inmersa en un proceso criminal. Además, podría volver locos a todos los habitantes de Azkaban en menos que canta un gallo, así que Percy definitivamente no quería que fuera a la cárcel. Sólo quería ayudar a Audrey Prewett y retomar su amada rutina.

-Vale –Finalmente, la mujer se hizo a un lado para permitirle la entrada- Pasa. No toques nada y no molestes a mis niños –Percy supuso que se refería a los gatos. Una vez dentro, el joven pudo distinguir que eran al menos una docena- Si rompes algo, me lo pagarás. ¿Me has oído?

-Claro. No se preocupe.

En realidad, Percy no tenía ganas de poner sus manos sobre ninguno de los objetos que había desperdigados por aquí y por allá. La casa estaba en tan malas condiciones como el recordaba y olía francamente mal, seguramente porque tía Muriel no cuidaba de los gatos tan bien como ella pensaba. Mientras caminaba hacia una pequeña sala de estar, Percy sintió que estaba metiéndose en una cueva y procuró no parecer disgustado. Si arrugaba la nariz, seguramente tía Muriel se enfadaría con él.

-Siéntate ahí –La anciana señaló una vieja silla que no ofrecía mucha confianza. Percy tenía la sensación de que estaba siendo más tiquismiquis que nunca y se dijo que las manías de esa mujer se iban agravando conforme cumplía años- No tengo té ni ninguna otra cosa, así que no te voy a ofrecer nada de beber –Espetó con desdén- Además, ni siquiera has avisado de que vendrías, así que no tengo porqué tratarte como a un invitado. ¡Presentarse de sopetón en una casa respetable! ¡Qué vergüenza!

George, siempre tan predispuesto a gastar bromas, había dicho en alguna ocasión que la tía Muriel estaba mal de la cabeza. La última vez que la había visto, Percy se había llevado la impresión de que únicamente tenía muy mala baba, pero ese día se dijo si no sería verdad que estuviera perdiendo facultades. Nunca la había visto tan gruñona y maleducada.

-Siento no haberla avisado con más tiempo, tía Muriel, pero el Ministerio me ha enviado de sopetón y no he tenido forma de ponerme en contacto con usted para hacerle saber que vendría –Dijo con tono monocorde Percy.

-Ya. Excusas. Recuerdo los tiempos en los que el Ministro de Magia actuaba con mano dura, no como ese Shacklebolt –Tía Muriel suspiró y negó profusamente con la cabeza- ¡Aurores convertidos en Ministros! ¡Es inconcebible!

-El señor Shacklebolt es un buen Ministro. Es un héroe de guerra y está dirigiendo con bastante acierto a la sociedad mágica después de la guerra.

-Ya, bueno –Tía Muriel gruñó- No digo que no hiciera un buen papel contra ese atajo de ratas asesinas, pero ahora debería dejar paso a alguien capaz. Alguien de la vieja escuela. Tantos cambios en tan poco tiempo –La anciana chasqueó la lengua- No me gustan los revolucionarios, Percival. No es bueno intentar cambiar las cosas que ya funcionan. Te lo digo yo.

-Estoy seguro de que el Ministro lo hace lo mejor que puede –Percy decidió que era el momento de cambiar de tema- Pero no estoy aquí para hablar de política. Tengo que hacerle algunas preguntas sobre un objeto mágico que pertenece a la familia.

-¿En serio? ¿Qué objeto?

Percy retuvo el aire en los pulmones mientras buscaba algo en su túnica. Cuando sacó el libro de cuentos que había pertenecido a Raymond Prewett, no perdió detalle de la expresión en el rostro de Muriel. No sabía muy bien qué esperar, aunque había imaginado que la anciana parecería un poco disgustada por haber sido descubierta. Pedir que se avergonzara de hacer según qué cosas era un sueño irrealizable, claro. En cualquier caso, a Percy le sorprendió que tía Muriel sonriera ampliamente y agarrara el libro casi con afecto.

-¡Oh! ¡Qué tenemos aquí!

-¿Lo reconoce?

-Por supuesto. La mujer de mi hermano lo compró hace muchos años y tu abuela solía leerles cuentos a sus hijos y a… -Tía Muriel entornó los ojos y miró a Percy con suspicacia. Por suerte no tenía intención alguna de hacerse la tonta- ¿Dices que estás aquí por ese libro?

-Efectivamente.

-¿Y se puede saber cómo ha llegado a tus manos, jovencito? La última vez que supe de él, estaba en posesión de ese squib.

Tía Muriel parecía alegrarse de ello y, aunque todavía no habían llegado a esa parte de la conversación, Percy ya no albergaba ninguna duda: Muriel Prewett era la creadora del hechizo que mantenía a Audrey ingresada en el hospital.

-Raymond se lo cedió a mi madre en su testamento.

-Bueno, era lo mínimo que podía hacer porque, para empezar, el libro nunca debió salir de la familia.

-De hecho, tía, el libro no salió de la familia. Si lo compró la madre de Raymond, lo justo era que él lo conservara.

Tía Muriel lo fulminó con la mirada, considerando sin duda alguna que su comentario era de lo más inadecuado, pero Percy no se amedrentó. Una cosa era morderse la lengua porque a las personas mayores había que respetarlas y otra callarse ante todas las injusticias que estaba diciendo. En todo caso, la anciana debió dar por bueno el argumento de Percy porque no discutió nada al respecto.

-Como sea –Muriel chasqueó la lengua con desdén y su suspicacia fue en aumento- ¿Por qué está el Ministerio interesado en un viejo libro, Percival?

-Verá, tía. Cuando mi madre tuvo acceso a los bienes heredados, una de las hijas de Raymond Prewett abrió el libro de cuentos y ahora está bajo los efectos de algún encantamiento desconocido.

Tía Muriel no movió ni un músculo durante un buen rato. De hecho, Percy empezaba a perder la paciencia, pero al final la bruja se encogió de hombros y esbozó una sonrisa que era bastante cruel. Y pensar que Percy estaba convencido de haber visto lo peor de ella. Era obvio que había estado equivocado.

-¿Dices que una de sus hijas está hechizada?

-Efectivamente. ¿Tiene idea de qué ha podido pasar?

-Reconozco que no es lo que yo había pensado pero. ¿Qué se le va a hacer?

-¿Cómo dice?

-Esperaba poder dar su merecido a Raymond –Llegados a ese punto, Percy tenía la sensación de que el rostro de Muriel era la viva representación de la maldad absoluta- Siempre fue un crío arrogante y presuntuoso. Seguro que fue por su padre, que nunca tuvo valor para ponerlo en su lugar. ¡Claro! Cómo el chico era un squib, mi hermano pensaba que tenía que permitir que fuera un respondón y un sinvergüenza, pero yo lo tenía calado y no pensaba consentir que fuera por ahí creyéndose el rey del mundo.

Percy ni siquiera era capaz de pensar. No se había esperado para nada una confesión tan rápida. Creyó que tendría que pasarse horas y horas sonsacándole cosas, pero no sólo no había tenido que convencerla de nada, sino que se daba cuenta de que Muriel estaba orgullosa de sus hazañas. ¡Orgullosa! Era una barbaridad. Esa mujer estaba definitivamente chiflada.

-¿Es que no se da cuenta de lo peligroso que es lo que ha hecho? Raymond pudo haber resultado herido de alguna forma. Ahora mismo hay una chica en el hospital. ¡Por Merlín!

-¡Ay, no exageres, Percival! –Tía Muriel volvió a chasquear la lengua- El encantamiento produce un efecto muy divertido, pero te aseguro que la integridad física de esa chica no peligra.

-¿Cómo que no? Se cree que vive en un cuento de hadas. ¿Y si se escapa de San Mungo y sufre un accidente? ¿Y si su paranoia la lleva a atacar a alguien? ¿No pensó en ello cuando decidió hacer esa barbaridad?

-¡Tú no vas a venir a mi casa a hablarme en esos términos, Percival Weasley! –Tía Muriel, repentinamente poseída por una furia casi demencial, se puso en pie con agilidad y le plantó un dedo frente a la nariz- Tengo todo el derecho de dirigir los designios de la familia como me plazca, así que lávate la boca con jabón antes de volver a decirme cosas como esa.

Percy hizo un gran esfuerzo para contenerse. Suspiró, recogió el libro con un gesto seco y también se levantó.

-¿Cómo se rompe el hechizo? –Tía Muriel lo miró con extrañeza, como si se hubiera esperado que la discusión fuera a seguir por otros derroteros- Usted lo creó, así que debe saber cómo se acaba.

-¡Oh! –La anciana casi pareció una niña traviesa- ¡Pero si es muy sencillo! El encantamiento se rompe como todos los de los cuentos de hadas muggles. Con un beso del príncipe.

-Muy bien. Gracias por atenderme.

-Sí, claro. Aunque la próxima vez te agradecería que no me mintieras, querido. Sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Percy no se permitió sentir vergüenza por haber sido descubierto. Se despidió con un gesto y salió a la calle sintiendo que necesitaba urgentemente respirar aire puro. ¡Maldita mujer! Sólo esperaba que el beso no tuviera que ser de amor verdadero, porque en ese caso la llevaba clara.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

-¿Un beso? ¿Así de simple?

Percy asintió. Sophie Prewett y el sanador de San Mungo intercambiaron una mirada un tanto incrédula, mientras que Mafalda parecía estupefacta por semejante revelación. Percy podía entenderla perfectamente porque aún no había terminado de asimilar todo lo que había descubierto en casa de Muriel Prewett. Para empezar, una parte de sí mismo no quería creerse que su tía hubiera sido capaz de hacer algo como aquello y para terminar, era increíble que el problema de Audrey pudiera solucionarse de manera sencilla.

-Creo que la persona con la que he hablado sabía bastante del tema –Dijo Percy. Aunque había revelado toda la información necesaria para ayudar a Audrey, no había delatado a Muriel. Seguía sin querer meterla en follones por más que se lo mereciera- Además, no perdemos nada por intentarlo.

Sophie le miró con gratitud y fue incapaz de decir nada porque estaba embargada por la emoción. El sanador, que tenía el ceño fruncido y no parecía en absoluto seguro de nada, se puso en pie como si acabara de aceptar lo inevitable.

-Objetivamente hablando no hay indicios médicos que nos hagan pensar que un beso vaya a servir de algo, pero si usted quiere –Se dirigió a Sophie- Podemos intentarlo.

-Me parece bien.

-En ese caso. ¿Quiere ayudarme a preparar a Audrey?

Sophie asintió y se marchó con el sanador. Percy supuso que iban a lavar a la chica y adecentarla un poco. A prepararla para el primer beso de su Príncipe Azul. Sonaba tan absurdo que tuvo muchísimas ganas de echarse a reír, pero no lo hizo porque Mafalda estaba frente a él y parecía dispuesta a averiguar más cosas de las que Percy había revelado.

-Fue esa mujer. ¿Verdad? Muriel.

Percy no pudo negarlo, así que hizo un gesto afirmativo.

-No sé porqué odiaba tanto a mi padre. Parecía culparlo por haber nacido squib, como si hubiera podido elegir otra cosa.

-Tía Muriel es una mujer un tanto… Excéntrica –No estaba seguro de que esa fuera la palabra que mejor definía a la anciana, pero no se le ocurrió nada mejor- Le aseguro que lo mejor que pudo pasarle a su padre fue no tener contacto con ella durante todos estos años.

-Supongo –Mafalda se encogió de hombros- Pero Muriel Prewett no es una excéntrica. Es una vieja bruja.

Percy rió con suavidad y tuvo que darle la razón.

-Quiero darle las gracias por todo lo que está haciendo por mi familia, señor Weasley –Mafalda lo estaba mirando a los ojos y se le veía totalmente sincera- No estaba obligado a hacer nada y gracias a usted es posible que podamos curar a Audrey. No sé cómo podremos pagarle su ayuda.

-No me deben nada, señorita Prewett. Estoy encantado de poder ayudarles, de verdad.

Mafalda le sonrió, suspiró profundamente y se pasó las manos por la cara, signo inequívoco de que estaba muy nerviosa.

-¿Está seguro de que quiere hacerlo?

-Sólo es un beso. No será para tanto.

-Esperemos que no.

Mafalda volvió a mirarlo con inmensa gratitud y pasaron un par de minutos hablando sobre el hechizo de tía Muriel. Si la joven bruja no había demostrado hasta el momento tenerle demasiado aprecio a la matriarca del clan Prewett, después de los recientes acontecimientos podría decirse que la tenía bastante atragantada. Si Muriel había despreciado a su sobrino Raymond durante toda su vida, el desprecio que Mafalda sentía por ella era mil veces mayor. De hecho, Percy estaba seguro de que iba a amenazar de alguna forma a la anciana, pero no pudo hacerlo porque el sanador y Sophie volvieron en menos tiempo del esperado.

-Audrey ya está lista –Dijo Sophie- Podemos hacerlo cuando quiera.

Percy asintió y acompañó a aquellas tres personas a la habitación de Audrey. En cuanto lo vio, la chica corrió a sus brazos y se le agarró a la cintura. Resignado, Percy ni siquiera intentó apartarla.

-¡Habéis venido, mi señor! Creí que os había pasado algo.

-No. Estoy bien –Percy la separó de su cuerpo para mirarla a los ojos-Escúchame, Audrey. Ya sabemos cómo curarte.

-Llamadme Lady Audrey, mi señor. Es lo correcto.

-Te aseguro que no es necesario que…

-¿De qué tenéis que curarme, mi señor? –Audrey no parecía escuchar la mitad de las cosas que le decía, únicamente las que le interesaban a ella.

-Estás hechizada y…

-¡No, por piedad! ¿Las brujas han vuelto a encantaros?

-No. Yo… -Percy apretó los ojos, comprendiendo que era imposible intentar razonar con ella. Así pues, una vez más optó por seguirle la corriente- Lo que quiero decir es que creo que ya sé como escapar de las brujas.

-¿En serio? –Audrey dio un saltito de emoción.

-Completamente en serio. Pero antes de huir, quiero pedíos una cosa por si algo no sale bien.

-Podéis pedirme lo que queráis. Mi corazón os pertenece.

Percy se vio tentado a poner los ojos en blanco. ¿Realmente las princesas decían tantas cursilerías?

-Necesito un beso, lady Audrey.

-¡Oh!

La chica, que tan dispuesta se mostraba siempre a darle abrazos y achuchones, se puso colorada ante la mención de la palabra beso. Percy estaba seguro de que iba a andarse con remilgos, así que la cogió de las manos y decidió que iba a terminar con todo aquello ya mismo.

-Por favor, sólo un beso antes de ir a enfrentarme a las brujas.

-¿Necesitáis que os de fuerzas para afrontar tan difícil batalla?

-Eso es, lady Audrey.

-En tal caso, hacedlo.

Audrey cerró los ojos, se puso de puntillas, alzó el rostro y se dispuso a esperar a que Percy hiciera lo que tenía que hacer. El brujo la miró un instante y le pareció que era muy guapa. Fue extraño porque hasta entonces no se había fijado mucho en ella. Era demasiado joven y demasiado muggle para que un hombre como Percy tuviera interés, pero mientras la veía esperar el beso, no pudo negar la realidad. Audrey Prewett era una pequeña y jovencísima belleza y besarla no le supondría un sacrificio demasiado grande. Así pues, inclinó el rostro y juntó sus labios con los de la chica, sintiéndolos suaves y un poco tibios.

Fue agradable, pero duró poco y cuando se separó sólo acertó a mirar a Audrey para saber si había funcionado. Ella aún tenía los ojos cerrados y se lamía los labios con un gesto que resultaba demasiado inocente para una chica de su edad.