EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 6
El Príncipe Azul
Audrey abrió los ojos, frunció el ceño y parpadeó. Percy, que aún estaba muy cerca de ella, esperó expectante a que la chica hiciera o dijera algo y no era el único. El sanador, la señora Prewett y Mafalda contenían la respiración y no terminaban de decidir si sería adecuado o no acercarse a Audrey para asegurarse de que estaba bien. Todo permaneció en absoluto silencio durante un segundo, hasta que Audrey agitó la cabeza y miró a Percy fijamente, dando un paso atrás casi por instinto. Era evidente que se había sobresaltado y no tardó nada en barrer la habitación con la mirada hasta localizar a Sophie Prewett y correr hacia ella en busca de un poco de protección. A Percy le pareció más joven y más indefensa de lo que nunca la había visto, lo que era bastante porque hasta ese momento se había encontrado con Audrey en el funeral de su padre, en la lectura de su testamento y en la habitación de un hospital bajo los efectos de un hechizo que resultó ser tan inofensivo como puñetero.
-¡Mamá!
Sophie, que hasta ese instante había estado absolutamente tensa, pareció ir a morirse del alivio. Liberando un suspiro, abrazó con fuerza a su hija y empezó a acariciarle el pelo como solo una madre podría hacer.
-¡Oh, Audrey, cielo!
-¿Qué ha pasado, mamá? ¿Dónde estamos?
Sophie se dispuso a responder sus preguntas, pero entonces el sanador entró en acción, separó con suavidad a Audrey de su madre y miró a Percy y a Mafalda con decisión antes de pedirles a ambos que esperaran fuera porque debía asegurarse de que todo estaba bien. En opinión de Percy no era necesario ningún chequeo médico, pero de todas formas obedeció la orden y casi agradeció que alguien le dijera lo que tenía que hacer porque después de darle el beso a Audrey había empezado a sentirse bastante raro, como si de verdad hubiera hecho algo muy valioso por primera vez en toda su vida.
Mientras se iba al pasillo, Percy pensó que quizá lo conveniente sería irse a casa, pero no podía marcharse sin saber algo más. Mafalda, que parecía casi tan aliviada como Sophie, se dejó caer con abandono en una silla y Percy creyó conveniente ir a su lado, un poco descolocado ante la idea de saberse un Príncipe Azul como los de los cuentos de hadas. Cuando su madre se los leía de niño, Percy no había llegado a apreciar demasiado esas figuras porque siempre las había considerado más aptos para niñas que para niños, pero después de lo que acababa de pasar no podía evitar pensar que él era uno de esos personajes porque había bastado un beso suyo para liberar a una princesa, una muggle en realidad, de un terrible conjuro. Sonaba tan ridículo que una vez más tuvo ganas de ponerse a reír hasta el histerismo, pero en esa ocasión siguió sin parecerle lo más adecuado si Mafalda Prewett andaba por ahí cerca.
-Ha funcionado –Dijo entonces la mujer. Su voz sonó un poco ausente y sus ojos estaban fijos en la puerta de la habitación que ocupaba su hermana. A continuación, miró a Percy con la mirada repleta de gratitud- Muchísimas gracias, señor Weasley. No sé qué hubiéramos hecho sin su ayuda. No sólo descubrió el origen del hechizo, sino que ayudó a Audrey a librarse de él. Ni Sophie ni yo tenemos forma de pagarle todo lo que ha hecho por mi hermana.
-Ya le dije antes que he cumplido con mi deber. No podía quedarme de brazos cruzados si existía alguna forma de ayudar a Audrey.
-De todas formas, reitero nuestra gratitud.
Percy tuvo la sensación de que ese diálogo podía sucederse de forma repetitiva durante horas y horas, así que asintió secamente con la cabeza y se sentó a su lado, nuevamente confundido porque no tenía ni idea de qué hacer a continuación. ¿Consideraría Mafalda que lo adecuado era que Percy se fuera a casa? ¿Sería buena idea esperar para conversar con Audrey antes de retomar su vida normal justo donde la había dejado?
-Audrey ha sido una fuente de problemas desde que era muy niña. ¿Sabe señor Weasley?
Mafalda interrumpió sus pensamientos. Su voz, libre de tensiones y preocupaciones, sonaba más suave y relajada que nunca. Percy agradeció que se pusiera a hablar porque eso retrasaría el momento de tomar una decisión. Quizá, para cuando Mafalda terminara de decirle lo que quería, el sanador ya habría terminado con Audrey y la chica podría perfectamente elegir por su cuenta si quería o no quería ver a Percy otra vez. Normalmente a él le gustaba tomar sus propias decisiones, pero dudaba que sus sentimientos de extrañeza fueran a disiparse pronto.
-No recuerdo si Sophie lo ha mencionado antes, pero Audrey no es hija natural de mi padre –Mafalda prosiguió hablando y a Percy le sorprendió enormemente escuchar esa revelación- Cuando mi padre las trajo a casa, Audrey tenía seis años. Era una niña nerviosa y muy traviesa y mi padre la adoraba. La crió como a una hija y yo siempre la he querido como a una hermana, por eso siempre hemos estado tan preocupados por ella.
Percy no entendía por qué Mafalda le estaba revelando todas esas cosas. Eran temas de familia que definitivamente no eran de su incumbencia y lo correcto hubiera sido indicarle que no tenía por qué seguir contándole nada, pero a decir verdad sentía muchísima curiosidad. De una forma o de otra se había implicado en todo lo que tenía que ver con las Prewett. Había sacrificado su tiempo y utilizado los recursos del Ministerio de Magia para averiguar de dónde procedía el hechizo del libro de cuentos e incluso se había visto obligado a interrogar a la terrible tía Muriel para sonsacarle información, así que tenía derecho a saber esas cosas aunque no tuvieran mucho que ver con él.
-Fue una adolescente arisca y rebelde. Incluso se escapó de casa en una ocasión, cuando tenía dieciséis años. Nos tuvo con el alma en vilo durante un par de semanas, hasta que llamó a casa desde Liverpool. Estaba asustadísima y a partir de ese momento suavizó bastante su actitud, aunque siempre ha sido respondona y, bueno –Mafalda sonrió con condescendencia- a decir verdad es un poco maleducada a veces. Usted tuvo ocasión de comprobarlo el día de la lectura del testamento.
Audrey les dijo a su madre y a él que eran unos buitres. Eso definitivamente podía considerarse como algo digno de una persona con muy pocos modales, aunque a decir verdad Percy lo había achacado más al dolor por la pérdida de su padre que a una falta de educación. Había encontrado a Audrey tan joven y tal dolida que, al igual que su madre, la había disculpado en seguida, más aún teniendo en cuenta que inmediatamente después había tenido lugar todo el follón del encantamiento.
-Las cosas empezaron a ir realmente bien hace un par de años. Audrey entró en la universidad y se volvió mucho más tranquila, pero mi padre murió y después pasó todo esto y… -Mafalda suspiró y agitó la cabeza- Me pregunto cuándo acabará.
Percy tuvo la sensación de que Mafalda se arrepentiría de haberle hecho esas confidencias en cuanto se encontraran por primera vez en el Ministerio de Magia. Definitivamente sus empleados no acostumbraban a hablarle sobre sus vidas privadas ni sobre sus emociones y Percy realmente no sabía qué hacer. Nunca había sido bueno consolando. Su madre le había dicho en alguna ocasión que era un poco insensible en muchos aspectos y Percy debía darle la razón porque se veía a sí mismo como un hombre un tanto frío y bastante dado a mantener las distancias con sus conocidos, pero también era verdad que durante la guerra había sido uno de los pilares que habían mantenido a su familia en pie. Aunque la muerte de Fred le había dolido tanto como a los demás, su temperamento menos Weasley que el del resto de la familia le había llevado a mantener la calma cuando los demás parecían perder el control. En los meses que sucedieron al final de la guerra, cuando decidió volver a La Madriguera para acompañar a su madre y ayudarla a superar la pérdida de su hijo, Percy había servido tantas tazas de té que se había convertido en todo un experto. Aún hoy, después de tantos años, era el elegido para aquellos menesteres.
Basándose en todo ello, Percy pensó que podría decirle algo a Mafalda que la animara un poco. A pesar de que estaba muy feliz porque Audrey se había curado, se le notaba un montón que tenía el miedo metido en el cuerpo. Percy quiso decirle que todo terminaría pronto, que ahora que Audrey se había librado del hechizo todo estaría bien, pero como en realidad no conocía lo suficiente a las Prewett y realmente no tenía ni idea de cómo podría tomarse Audrey lo ocurrido, se limitó a darle una palmadita en el hombro para demostrarle que, pese a su manifiesta torpeza, iba a seguir apoyándolas aunque ya nada fuese asunto suyo. No era algo muy típico de él actuar de esa forma pero se descubrió a sí mismo pensando que su relación con aquellas tres mujeres estaba lejos de acabar tan pronto.
-En fin –Mafalda pareció recuperar la compostura y se irguió por completo en la silla. Fue como si el breve contacto con Percy la hubiera devuelto a la realidad y el brujo tuvo la sensación de que pretendía transformarse de nuevo en la empleada un tanto inaccesible que siempre había sido- Espero que todo vuelva a la normalidad. Supongo que Audrey alucinará un poco cuando le contemos lo ocurrido, pero dentro de poco lo del hechizo sólo nos hará reír.
-Estoy convencido de ello.
Mafalda le sonrió, agradeciéndole sus breves palabras de apoyo. En ese momento, el sanador salió de la habitación, sonriente y aparentemente satisfecho con los resultados de su último examen. Se acercó a Mafalda mientras garabateaba unas palabras en un enorme trozo de pergamino.
-Señorita Prewett, tal y como le he comentado a su madre, podemos decir que su hermana está totalmente restablecida. Me gustaría que pasase aquí la noche para hacerle un nuevo chequeo mañana por la mañana, pero después podrá volver a casa sin necesidad de seguir ningún tratamiento.
-Entonces. ¿Todo está bien?
-Perfectamente en orden. No queda ningún resto de magia en su organismo y dudo mucho que sufra cualquier clase de efecto secundario. Sin embargo, sería recomendable que la observara por si nota algo raro en su comportamiento, quizá algún resquicio del encantamiento.
-Claro. Estaré atenta.
-Quizá lo único reseñable sea que no parece recordar nada de lo que ha pasado desde que recibió el hechizo, pero no es nada grave. Suele ser bastante normal en encantamientos de este tipo. Tal vez con el tiempo recuerde cosas, pero no podría asegurarlo. ¿Quién sabe? Hasta puede que sea mejor así.
Percy creyó que definitivamente sí que era mejor que Audrey no se acordara de nada porque podría resultar un poco bochornoso para ella saber cómo se había estado comportando. ¡Si hasta había acusado a su madre y a su hermana de tenerla secuestrada! Definitivamente, si él estuviera en su lugar, preferiría no recordar absolutamente nada de nada.
-Ahora tengo que marcharme –El sanador extendió una mano en dirección a Percy- Muchas gracias por su ayuda, señor Weasley. Sin usted nos hubiera resultado muy difícil averiguar cómo solucionar el problema.
-No hay de qué, señor.
-Hasta mañana, señorita Prewett.
Mafalda se despidió del sanador e inmediatamente después fue hacia la habitación. Percy la siguió más por inercia que por otra cosa y se quedó justo en la puerta de entrada mientras Mafalda iba hasta la cama y abrazaba a su hermana sin darle tiempo a Audrey a protestar. Percy las observó en silencio, fijándose especialmente en la más joven de las tres. Tenía el mismo aspecto de antes, como si nada hubiese cambiado. El brujo recordó que antes de besarla le había parecido que era una chica bastante guapa y en ese momento, mientras Mafalda le reprochaba el susto que les había dado, Percy tuvo que reafirmarse en ello. Audrey Prewett era una pequeña preciosidad. No una belleza despampanante como su cuñada Fleur porque pocas mujeres podían parecerse a ella, pero tenía algo distinto, una chispa en la mirada que Percy no había visto en los ojos de ninguna mujer desde Penny. Lamentablemente era demasiado joven para que se planteara algo con ella. Y demasiado muggle tan bien.
-Entonces. ¿Es verdad lo que ha dicho mamá? –La voz de Audrey Prewett sacó a Percy de su ensimismamiento. A decir verdad, el hombre estaba un poco sorprendido por los derroteros que habían tomado sus pensamientos- ¿Os he estado llamando brujas?
-Brujas malvadas para ser más exactos.
-Bueno, Mafalda. En tu caso sí que hay un poco de verdad en eso.
La hermana mayor se echó a reír y volvió a abrazar a la más pequeña. Percy se sintió repentinamente fuera de lugar y se dispuso a marcharse sin despedirse. No quería interrumpir aquel momento de intimidad familiar, pero la señora Prewett pareció darse cuenta de su presencia y extendió una mano en su dirección.
-Audrey. ¿Te acuerdas del señor Weasley? Nos ha estado ayudando a encontrar una forma de librarte del hechizo.
Percy se puso un poco tenso. Audrey clavó en él sus ojos negros y los entornó un instante, mucho menos contenta de verle a él que de reencontrarse con su familia. Percy tuvo la sensación de que seguía sin caerle demasiado bien; sin duda pensaba que su madre le había quitado cosas que le pertenecían a ella y a su hermana porque un día fueron del señor Prewett y a Percy no se le ocurría una forma de hacerla cambiar de opinión. Ciertamente había sido el propio Raymond Prewett quién había querido legarle todas esas cosas a su madre y Percy difícilmente podía ser responsable de ello, pero aún así se sintió un poco incómodo y se arrepintió de no haberse ido cuando tuvo la ocasión.
-¿Nos ha ayudado? –Inquirió Audrey como si no se creyera ni una palabra- ¿Por qué?
Las tres mujeres esperaban con curiosidad su respuesta. Percy se vio obligado a entrar a la habitación y se acercó un poco más a la cama. No creyó conveniente explicarle la historia del Príncipe Azul porque seguramente sería muchísimo mejor que fueran su madre y su hermana las encargadas de revelarle hasta donde había llegado su nivel de locura mientras estuvo embrujada, pero tenía que decir algo, dar una respuesta que dejara medianamente contenta a Audrey.
-Pensé que cierto miembro de mi familia tenía algo que ver con el asunto y quise ocuparme personalmente de arreglar lo que ella se encargó de estropear. –No estaba siendo plenamente sincero, pero esa respuesta se aproximaba mucho a la realidad.
-¿Quieres decir que sabes quién me hizo eso? –Preguntó Audrey. A Percy le resultó raro que no le llamara de usted tal y como solía hacer la mayor parte de la gente a la que conocía, pero en realidad no le sorprendió porque tenía la sensación de que eso era algo muy típico de una chica como Audrey.
-Fue Muriel Prewett, una tía de mi madre y de su padre.
Sophie frunció el ceño como si fuera a pedir que alguien le sirviera la cabeza de esa vieja bruja en una bandeja de plata, pero no abrió la boca. Audrey, sin embargo, aún quería saber más.
-¿Y por qué lo hizo?
-Creo que porque nunca terminó de aceptar el hecho de que su padre fuera un squib. Es una mujer bastante tradicional y le molestaba muchísimo que en su familia hubiera alguien a quién ella considera una vergüenza.
Audrey asintió y entonces miró a su hermana. Percy no se esperaba lo que le preguntó a continuación.
-¿Es como esos brujos que mataron a tanta gente en la guerra?
Se refería a los mortífagos y Percy realmente creía que Audrey no tenía ni idea de quiénes fueron ellos ni de quién fue Voldemort. Sin embargo, si lo pensaba fríamente era bastante lógico que Audrey supiera cosas de la guerra porque, aunque en aquel entonces hubiera sido una niña, su padre era un squib y su hermana una bruja. Una bruja que, para más inri, había tenido que sufrir a los terribles hermanos Carrow en Hogwarts.
-La tía Muriel no llegaría a ese extremo –Aunque la pregunta no se la habían formulado a él, Percy se vio en la obligación de contestar. Le parecía fatal lo que esa vieja había hecho y no pensaba volver a mostrarse cordial con ella en mucho tiempo, pero tampoco era justo que la confundieran con una mortífaga porque durante la guerra había luchado contra ellos tanto como el que más. No le gustaba su sobrino squib, cierto, pero no quería hacerle daño. No demasiado al menos- Creo que tiene un extraño sentido del humor y que lo del libro de cuentos sólo fue una forma de expresar lo frustrada que se sentía por no haber conseguido que todos en su familia fueran magos.
Audrey lo miró inexpresivamente y a Percy no le resultó fácil dilucidar si encontraba o no satisfactoria esa respuesta. Esperaba que sí porque no le apetecía mucho que las Prewett fueran a denunciar a la tía Muriel. Seguía sin querer meterla en problemas a pesar de que ella solita se los había buscado.
-En cualquier caso, queremos mantenernos alejadas de ella –Señaló Mafalda, colocándole a su hermana el pelo detrás de las orejas.
-A mí me gustaría estar a solas con esa mujer cinco minutos –Masculló Sophie entre dientes, arrancándole una risita a Audrey.
-A mí también, Sophie, pero creo que es mejor que lo dejemos correr. El hechizo llevaba muchos años en ese libro y dudo mucho que Muriel Prewett quiera hacer algo en contra nuestra. Darle vueltas al asunto sólo nos traería dolores de cabeza y no es algo que necesitemos en este instante.
Sophie no se mostró demasiado de acuerdo, pero no le discutió nada a su hijastra. No delante de Percy al menos. El brujo, que agradecía que Mafalda hubiera querido echarle un cable, carraspeó aún más incómodo que antes y se dispuso a marcharse.
-Será mejor que me vaya. Ya es tarde.
-Por supuesto –Sophie se levantó y le estrechó la mano, la gratitud aún presente en sus ojos- Muchísimas gracias por su ayuda, señor Weasley. Si hay algo que podamos hacer por usted, no dude en pedirlo.
-Todo está bien. No se preocupe –Percy miró a Audrey e inclinó la cabeza ligeramente- Espero que se reponga, señorita Prewett.
Audrey no dijo nada. Aceptó sus buenos deseos con una sonrisa y después retomó la conversación con su hermana. Cuando Percy se fue del hospital tenía un regusto agridulce en la boca. Por un lado estaba contento por haber ayudado a esas mujeres y por otro lamentaba que la curación de la joven señorita Prewett supusiera el fin de sus encuentros con lady Audrey. Aunque unos días antes lo considerara imposible, era consciente de que los iba a echar de menos.
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Cuando Percy llegó esa noche a La Madriguera se preguntó si se habría olvidado de alguna celebración importante porque todos sus sobrinitos parecían estar allí a pesar de que no era el día de la tradicional comida dominical de la familia Weasley. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que había mucha presencia de niños y muy poca de adultos comprendió que lo único que pasaba era que sus hermanos se habían puesto de acuerdo para encasquetarle los niños a los abuelos y una voz en su cabeza le dijo que lo mejor que podía hacer era huir de la quema cuanto antes, pero su padre parecía haber notado su presencia y ya había abierto la puerta de la casa y se acercaba a él a buen paso, cargando a una Roxanne que berreaba con toda la fuerza de sus pequeños pulmones.
-¡Gracias a Merlín, Percy! –Arthur Weasley depositó a su nieta en los brazos del recién llegado y la niña se quedó callada como por arte de magia- ¿Se puede saber qué le das a esta niña? Porque llevo más de una hora intentando calmarla y no hay manera.
Percy nunca había terminado de entender por qué su sobrina únicamente dejaba de llorar cuando él la tenía en brazos. Esa noche se limitó a mirar a la niña, que sollozó amargamente y apoyó la cabeza en su hombro como si hubiera decidido que era el momento ideal para ponerse a dormir.
-¿Tenéis aquí a toda la tropa?
-Absolutamente a todos. Los únicos que se han quedado a cenar son Ginny y Harry.
-¿Por qué? ¿Dónde han ido los demás?
-Bill y Fleur tenían una cena con unos clientes muy importantes de Gringotts –Arthur iba hablando mientras entraban en La Madriguera. Percy vio a James y Fred rondando alrededor del reloj familiar, señalando las agujas como si no las hubieran visto en toda su vida- Angelina y George balbucearon algo sobre una noche de tranquilidad antes de largarse volando y Ron y Hermione iban a la fiesta de cumpleaños de una compañera de trabajo del Ministerio.
-Así que se han puesto todos de acuerdo.
-Por suerte Harry ha conseguido dormir a todos los bebés.
-Excepto a Roxie –Comentó Percy con una sonrisa, encantado porque su sobrinita se acababa de quedar frita. Ni siquiera había necesitado tres minutos para obtener ese resultado. Arthur asintió con asombro y también sonrió.
-Supongo que la muy pilla te estaba esperando a ti.
Percy asintió y fue a llevar a Roxie a su cuna, amenazando a James y Fred con hacerles cosas horribles si la despertaban. Después, fue directo a la cocina y se encontró con Dominique y Victoire coloreando tranquilamente y a Ginny dándoles la cena a Rose y a Albus al mismo. Debía reconocer que su hermana había ido cogiendo bastante práctica en eso de la crianza de los hijos. Además, tenía la paciencia de una santa porque era capaz de soportar a James prácticamente las veinticuatro horas del día.
-Percy, cielo. ¿Qué haces aquí?
Su madre le dio la bienvenida con un sonoro beso y el brujo se vio obligado a confesar.
-He estado resolviendo algunos asuntos que tenía pendientes y me preguntaba si podríais invitarme a cenar.
-Por supuesto –Y Molly Weasley colocó un nuevo servicio en la mesa- No me digas que has conseguido tranquilizar a Roxie.
-Ahora mismo está dormida.
-¡Oh, cariño! Eres una bendición. Tu padre estaba a punto de volverse loco.
-Absolutamente cierto –Dijo Arthur mientras se sentaba junto a sus nietos mayores y se hacía el maravillado cuando Dominique le mostró los garabatos que había estado haciendo. Percy también se acercó a ellos, le dijo a Victoire que estaba guapísima sólo para ver cómo la niña alzaba la cabeza con una soberbia encantadora, y después se acomodó en su sitio habitual. Harry, que había ido en busca de esos dos demonios que respondían a los nombres de Fred y James, volvió controlando a los niños a duras penas y les hizo tomar asiento para darles la cena.
-Pero queremos cenar con los grandes –Se quejó James mientras su padre le colocaba una servilleta en el cuello.
-Ni hablar –Espetó Harry, sonando tan duro como cuando no era más que el jefe de aurores- Vais a cenar ahora mismo y después iréis a la cama.
-¡No tenemos sueño!
-Y yo he tenido un día horrible y no tengo ganas de arreglar vuestros desastres, así que si quieres estar con Fred hasta muy tarde, me harás caso. –James fue a protestar otra vez- Y callando.
James se cruzó de brazos, enfurruñado, y Fred le imitó a la perfección. Percy sonrió, recordando al chico menudo y desgarbado que había sido Harry en su adolescencia. ¿Quién podría haber dicho entonces que El-Chico-Que-Vivió iba a terminar convertido en El-Padre-Que-Controla-Demonios-De-Cuatro-Años?
-¿Te apetece una cerveza mientras esperas la cena, cariño? –Le preguntó su madre al tiempo que colocaba una jarra de espumosa cerveza de mantequilla frente a él. Percy sólo pudo encogerse de hombros.
-Gracias, mamá.
-Ya he terminado con estos dos –Anunció Ginny cogiendo a Albus en brazos- Papá. ¿Me ayudas a acostar a Rose?
Arthur Weasley pareció encantado de tratar con una niña mucho menos arisca que Roxanne y cogió en brazos a una Rose que prácticamente se caía del sueño. Padre e hija desaparecieron entonces de la cocina y Molly hizo flotar dos platos repletos de verdura hasta la mesa, justo frente a los nietos mayores, quienes dejaron de dibujar de inmediato y recogieron todas sus cosas antes de ponerse a comer sin que la abuela tuviera que repetírselo dos veces. Sin duda alguna Fleur y Bill estaban viviendo su paternidad de forma bastante tranquila porque ninguno de sus hijos era problemático. Percy a veces tenía malas sensaciones respecto al que nacería en diciembre porque era bastante posible que tanta paz solo fuera la calma que precedía a una horrible tempestad.
-Por cierto, Percy –Dijo su madre como si tal cosa- ¿Se puede saber que le has hecho a tu tía Muriel?
Percy suspiró. Sin duda era de esperar que la vieja le fuera con el cuento a su madre en cuanto tuviera la más mínima oportunidad, pero después de lo ocurrido en el hospital no le apetecía hablar del tema. Sin embargo, las quejas de Muriel deberían haber sido bastante graves porque su madre estaba un tanto trastornada y Percy no tuvo más remedio que contarle todo lo que había averiguado y lo que tuvo que hacer para ayudar a Audrey. No le apetecía que toda la familia supiera que era el puñetero Príncipe Azul. Iban a pasarse muchos años bromeando al respecto, pero no podía hacer otra cosa.
Cuando Ginny y Arthur volvieron a la cocina tras dejar a los dos niños debidamente dormidos, James dio un salto en su silla y dio comienzo a una serie de burlas afectuosas que se repetirían durante bastante tiempo. Demasiado tiempo.
-¿Sabes que el tío Percy es el Príncipe Azul, mamá?
Y el pobre Percy sólo pudo poner los ojos en blanco y resignarse a lo inevitable. Como si no tuviera suficiente con lo que ya tenía.
