EMBRUJADA

Por Cris Snape

DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.

CAPÍTULO 7

Sueños

¡Oh, bendita rutina!

Ése era el primer pensamiento de Percy Weasley cada mañana al levantarse. Ya había pasado más de un mes desde que la joven Audrey Prewett se librara del encantamiento de la tía Muriel y Percy podía decir que se sentía plenamente feliz y satisfecho. Con los problemas ajenos al trabajo resueltos, al fin podía gozar de su posición como jefe de departamento. Las nuevas responsabilidades no le asustaban para nada y ya estaba empezando a plantear algunas reformas que le gustaría llevar a cabo. Seguía visitando La Madriguera los domingos y, aunque las bromas sobre el Príncipe Azul se habían vuelto una constante cuando se encontraba rodeado por sus hermanos, poco a poco se fue acostumbrando a ellas. Roxanne seguía adorándolo, James y Fred seguían siendo unos salvajes, su madre aún no se había olvidado de cómo cocinar guisos deliciosos y él seguía confiando plenamente en Margaret y agradeciendo su presencia cada día de su vida. Sí, Percy Weasley volvía a ser el mismo hombre de siempre, estaba muy contento con su vida y deseaba que todo siguiera como hasta entonces, pero había algo que le perturbaba y en lo que se descubría pensando algunas veces, cuando no tenía demasiados asuntos que atender en el Ministerio.

A Percy le molestaba muchísimo pensar en aquello porque ni tan siquiera formaba parte de la vida real, pero era innegable que últimamente sus sueños le inquietaban un poco. No tenía pesadillas ni rememoraba viejas escenas de guerra como ya le ocurriera después de la caída de lord Voldemort. Los sueños simplemente eran perturbadores porque todas las noches soñaba con Audrey Prewett.

A veces no eran más que tonterías, como que la chica visitaba a su hermana en el Ministerio o que se la encontraba por la calle y hablaban durante un rato, pero eran las menos. La mayoría de las veces era como si Percy hubiera vuelto a la adolescencia, cuando noche sí noche también soñaba con que le hacía cosas a Penélope Clearwater que jamás osaría hacerle en realidad. Sí, era perturbador y a veces incómodo, pero la realidad era que Percy tenía sueños eróticos con Audrey Prewett. Muchos sueños eróticos. Tantos que más de una vez había tenido que darse un poco de consuelo en mitad de la noche. Otras, se había despertado con los pantalones del pijama húmedos y había tenido que meterse en la ducha. Era molesto y un poco vergonzoso, pero Percy no podía evitar soñar con ella. Incluso en alguna ocasión, cuando estaba despierto y pensaba en ello, sentía el breve impulso de ir a buscarla. Por fortuna siempre había logrado contenerse y su subconsciente no le había obligado a hacer nada imprudente o estúpido.

En cualquier caso Percy había optado por no darle demasiada importancia a ese asunto. Puesto que los sueños estaban más allá de su control, únicamente debía preocuparse por no quedarse dormido en su despacho o en algún lugar público por lo que pudiera pasarle. Si bien era cierto que últimamente estaba empezando a echar un poco en falta el sexo de verdad, Percy aún gozaba del suficiente autocontrol como para centrarse en el trabajo y olvidarse de todas esas banalidades más propias de la gente corriente que de él porque Percy Weasley era el jefe de departamento más joven del Ministerio de Magia (obviando a Harry Potter, por supuesto) y no debía sucumbir a la tentación jamás. No era digno de él.

Esa mañana había llegado temprano al trabajo. Tenía que ultimar los detalles de la próxima reunión que mantendría con Mafalda Prewett. Durante un segundo se sintió un poco incómodo con la idea de ver a esa mujer. Por la noche había tenido uno de esos sueños y aún estaba un poco perturbado. Sus hermanos siempre le habían acusado de tener muy poquita imaginación y demasiado sentido común, pero si pudieran acceder a su mente y ver los múltiples usos que podía darle a una vulgar pluma y a un caldero de peltre se lo pensarían dos veces antes de repetir dichas acusaciones. Agitando la cabeza, Percy se obligó a sí mismo a olvidarse de Audrey y repasó el último informe que la señorita Prewett le había hecho llegar un par de días antes. Tenían que solucionar un pequeño problema con una partida de polvos flu en mal estado y habían tenido un pequeño follón con unos trasladores perdidos, pero por lo demás todo estaba en orden. Percy pensaba plantearle a Mafalda el tema de la reestructuración del Departamento y anotó en un margen del pergamino que debían hablar también sobre los periodos vacacionales de los empleados. Tenía la sensación de que lo estaban dejando para lo último y los trabajadores podían empezar a ponerse nerviosos y a reclamar sus derechos y demás chorradas.

Mafalda llegó puntual, lo cual no constituía ninguna sorpresa, y junto a otros compañeros dieron comienzo a la reunión. Percy se manejaba bastante bien exponiendo sus ideas y dando órdenes y todo el mundo parecía contento con su gestión, incluso aquellos a los que no caía demasiado bien. Tampoco era como si le importara demasiado ser del agrado del todo el mundo. Él no estaba allí para hacer amigos, sino para hacer bien su trabajo, así que si la gente pensaba que era un estirado y un borde le daba igual siempre y cuando le mostraran el debido respeto.

Puesto que su mente metódica y su obsesión por el orden y la planificación se ponían de manifiesto cada vez que tenían que tratar asuntos de importancia, la reunión transcurrió a la velocidad de la luz y pronto cerraron todos los puntos pendientes y se dispusieron a continuar con su trabajo. La única que se quedó atrás fue Mafalda, que permaneció en pie junto a la puerta un instante, hasta que Percy la miró con los ojos un poco entornados.

-Me gustaría hablar con usted en privado, señor Weasley –Dijo, y a Percy le recordó aquellos momentos de su vida en los que la rutina brillaba por su ausencia. No habían sido las peores semanas de su vida, por supuesto, pero Percy odiaba los imprevistos y lo que le pasó a Audrey lo había sido. Un imprevisto que ahora tenía consecuencias de lo más extrañas. Aún así, hizo un gesto para invitar a Mafalda a quedarse y la vio cerrar la puerta con decisión.

-¿Ha ocurrido algo con sus compañeros, señorita Prewett?

-No, no se preocupe. Todo está en orden.

-En ese caso. ¿Puedo ayudarla con algo?

Mafalda se mordió el labio inferior. Daba la sensación de estar entre nerviosa y divertida y Percy no pudo dejar de preguntarse a qué se debía esa actitud un tanto extraña. Finalmente la bruja suspiró y dio un paso adelante.

-Sophie me ha pedido que le invite a cenar este sábado en casa como agradecimiento por haber ayudado a Audrey.

Percy no supo por qué, pero tuvo la sensación de que allí había gato encerrado.

-No es necesario –Dijo, dispuesto a rechazar la invitación, pero un instante después comprendió que no podía negarse porque no era lo correcto. Sin duda ahora formaba parte importante de la vida de esas tres mujeres y quizá lo adecuado fuera mantener los lazos que se habían forjado después de la extraña experiencia compartida- En cualquier caso, si la señora Prewett insiste, estaré encantado de acudir.

Dicho eso, inclinó la cabeza con elegancia y se sintió satisfecho por quedar como un caballero. Mafalda sonrió, Percy volvió a tener la sensación de que algo no estaba bien y se arrepintió un poco de haber aceptado sin intentar averiguar qué estaba pasando en realidad.

-Perfecto entonces. Sophie estará encantada, muchas gracias.

-Es un placer.

Percy se maldijo por mantener su pose a pesar de que no le gustaba para nada la expresión en la cara de Mafalda. ¿Acaso Audrey había vuelto a recaer y pretendían tenderle una trampa para que volviera a besarla? No era como si a Percy le hubiera asqueado la primera vez, pero no le gustaba que le tomaran el pelo. Audrey era una chica bastante guapa, demasiado joven quizá pero aceptable. Percy a veces se acordaba de la suavidad de sus labios y ni siquiera necesitaba estar dormido para imaginar que volvía a disfrutar de ellos. Agitó la cabeza y vio a Mafalda marchándose. Parecía contenta y satisfecha y Percy comprendió que la noche del sábado no iba a ser precisamente una fiesta.

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Cuando se plantó nuevamente frente a la casa de las Prewett, Percy se dio cuenta de era el segundo sitio que más veces había visitado en aquellas últimas semanas. El primero era La Madriguera. Su vida social nunca había sido para tirar cohetes, pero desde el ascenso estaba tan liado que ya ni siquiera salía por ahí para tomarse una cerveza con los compañeros del Ministerio o algún viejo conocido de Hogwarts. No tenía demasiados amigos, mucho menos desde que la gente del trabajo había decidido que no podían confiar en él porque ahora era el jefe. Percy sólo mantenía lazos de algo parecido a la amistad con Oliver Wood, su antiguo compañero de Gryffindor. Era un poco raro que hubieran terminado llevándose bien a pesar de lo distintos que eran, pero la verdad era que durante algún tiempo se habían compenetrado a la perfección. Ahora apenas se veían porque Oliver jugaba en un equipo de quidditch alemán y porque además estaba hecho todo un ligón y a Percy no le iba ese rollo, pero sí que se escribían cartas de vez en cuando y salían por el mundo muggle en las pocas ocasiones que Oliver estaba en Inglaterra y tenía ganas de pasar desapercibido. Por suerte tenía a sus numerosos hermanos. A pesar de que Percy no se había comportado muy bien en el pasado, después de la guerra había sido aceptado de nuevo en la familia como si nada y Percy aprendió a disfrutar de la compañía de sus padres y de sus hermanos. Si bien era cierto que normalmente ellos preferían pasar tiempo con sus mujeres y sus respectivos hijos, de vez en cuando iban a El Caldero Chorreante con Percy a beber cerveza y a charlar sobre temas de interés: quidditch, niños y escobas voladoras. A Percy no le entusiasmaba ninguno de los tres, pero no se quejaba. Ya no. A veces Percy pensaba que debía empezar a salir más a menudo, aunque fuera en soledad, pero eran pensamientos fugaces y carentes de importancia. Quedarse en casa no estaba tan mal.

Esa noche sin embargo tenía aquella cena. Todavía seguía pensado que Mafalda no le había dicho la verdad al invitarle y el brujo ni siquiera sabía si le apetecía o no estar allí, pero no se echó atrás. Caminó con decisión hasta la puerta de entrada, llamó al timbre y esperó a que le abrieran. Segundos después, como si le hubieran estado esperando con impaciencia, Mafalda fue a su encuentro. Vestía con ropa totalmente muggle y se había dejado el pelo suelto, así que estaba bastante diferente a como lucía en el trabajo. Además, había elegido un vestido verde que la favorecía bastante y Percy se dijo que tampoco era nada fea. Si la observaba detenidamente, algo que no había hecho nunca hasta ese día, tenía cierto parecido con su hermana Ginny. Y ahora que se la veía más relajada y contenta, Percy sintió curiosidad por saber cómo era la joven señorita Prewett fuera del trabajo. Normalmente la vida privada de sus empleados no le importaba lo más mínimo, pero después de lo ocurrido Percy consideraba que esas ganas de saber eran normales.

-Buenas noches, señor Weasley –Mafalda le sonrió ampliamente y le invitó a entrar-¿Cómo está?

-Muy bien, muchas gracias.

Percy le echó un vistazo al vestíbulo y tuvo la sensación de que empezaba a conocer esa casa como la palma de su mano. Justo en ese momento Sophie hizo su aparición. Traía puesto un elegante vestido negro y se había recogido el cabello en un moño un tanto desaliñado. Un par de pasos por detrás venía Audrey, vestida de un llamativo color rojo. Se parecía muchísimo a su madre y Percy pensó que estaba preciosa. Después, se dijo que la ropa que llevaba puesta le sonaba de algo y supo que se había puesto rojo hasta las orejas cuando recordó que durante uno de sus extraños sueños había tenido ocasión de arrancarle a Audrey un vestido como aquel antes de proceder a ciertas actividades que no era el mejor momento para recordar.

-¡Señor Weasley! –Sophie se adelantó y fue estrecharle calurosamente la mano- Quiero agradecerle que haya aceptado la invitación. Estamos muy contentas de tenerle aquí.

-Muchas gracias a usted por invitarme. ¿Cómo se encuentra?

-¡Oh, muy bien! Aliviada ahora que Audrey está mucho mejor –Sophie agarró a su hija por el brazo y la atrajo hacia Percy con suavidad- ¿Verdad que te encuentras mejor, cielo?

-Sí –Audrey habló un poco a regañadientes- Al menos ya no estoy hechizada.

-La actuación de Muriel Prewett fue lamentable –Dijo Percy para dejar claro que lo que su tía había hecho le parecía fatal- Por suerte pudimos solucionar el problema.

El brujo recordó cómo se habían librado del encantamiento y sintió cómo se ponía aún más rojo de lo que ya estaba. Normalmente se le daba muchísimo mejor controlar sus emociones, pero desde que había visto a Audrey con ese vestido se había puesto nervioso. Cualquiera en su situación lo estaría, más aún si se tenía en cuenta que Audrey tampoco tenía pinta de sentirse muy cómoda. Percy apenas había tenido ocasión de conocerla antes de sufrir las consecuencias del extraño sentido del humor de tía Muriel, pero la veía como a una chica insolente y un tanto desvergonzada. El que se comportara con tanta timidez no dejaba de resultarle raro y totalmente fuera de lugar. La señora Prewett tampoco parecía entender qué le pasaba a su hija, porque cuando la miró y vio que estaba un poco ruborizada, hizo un gesto de extrañeza y retomó las riendas de la conversación.

-No creo que sea necesario que sigamos hablando sobre el mismo tema. Una vez aclarada la situación, lo mejor es olvidarnos de esa mujer. Personalmente no tengo ningún interés por encontrarme con ella. Nunca.

-Yo tampoco –Dijo Mafalda con firmeza, señalando una de las puertas laterales- ¿Pasamos al comedor? La cena estará lista enseguida. ¿Verdad, Sophie?

La mujer consultó la hora y asintió. Después, los cuatro entraron a un salón amplio, de grandes ventanales y adornado con multitud de flores de colores. A Percy no dejaba de maravillarle el tamaño de la casa porque cada vez que la veía la encontraba más grande que la anterior. Tras intercambiar unas cuantas frases de cortesía, tomaron asiento y Percy colocó una servilleta inmaculadamente blanca sobre sus rodillas.

-A Raymond le gustaba organizar sus cenas de negocios en el comedor –Comentó Sophie entonces con cierto aire tristón- Sin embargo, cuando no tenemos invitados preferimos comer en la cocina. Es mucho más acogedora.

-Y es más rápido a la hora de quitar la mesa –Bromeó Mafalda. A Percy no se le escapó el que la bruja mirara a su hermana de reojo, como esperando a que la chica dijera algo, pero Audrey estaba muy callada y luchando por no tener que mirar a Percy directamente. El hombre debía reconocer que también estaba evitando centrar su atención en Audrey porque irremediablemente terminaba por acordarse de sus sueños.

-En casa solemos recurrir a la magia –Percy sonrió- Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, mi madre nos obligaba a hacerlo todo manualmente, pero ahora resulta mucho más cómodo hacer uso de la varita. Solemos juntarnos a comer los domingos y con tantos niños pequeños sería impensable hacerlo de otra forma.

Sophie asintió, pensando sin duda en que la vida de una bruja ama de casa era mucho más sencilla que la de una muggle ama de casa. Ella había tenido la suerte de casarse con un hombre como Raymond y desde hacía unos cuantos años contaba con la inestimable ayuda del personal de servicio, pero antes de Raymond había sido una madre soltera y sabía perfectamente lo que era fregar platos y barrer suelos.

-Mafalda ha comentado alguna vez que tiene usted cinco hermanos. ¿Cierto?

-Efectivamente. Antes éramos siete, pero Fred murió durante la guerra.

Sophie cabeceó y no comentó nada respecto a eso último. Justo en ese momento se empezó a servir la cena y los temas incómodos fueron sustituidos por otros bastante interesantes. Percy se divirtió especialmente comparando la literatura mágica con la muggle y comprobó que tenía bastantes gustos en común con Mafalda. A pesar de que se lo estaba pasando considerablemente bien porque tanto Sophie como Mafalda estaban demostrando ser unas anfitrionas perfectas y unas mujeres inteligentes y con inquietudes intelectuales, bastante parecidas a él mismo en muchos sentidos, le intrigaba bastante el mutismo de Audrey. Mafalda le había hablado de la supuesta rebeldía juvenil de la chica y él mismo había tenido ocasión de escucharla decir unas cuantas groserías, así que verla tan apagada le tenía un poco despistado. Porque, aunque Percy hubiera sabido perfectamente cómo tratar a Lady Audrey, la nueva Audrey-No-Embrujada estaba demostrando ser un pequeño misterio y Percy tenía ganas de descubrir por qué se comportaba así. Y lo iba a conseguir. ¿Por qué no?

Sin embargo, no tuvo muchas ocasiones para hacerlo mientras duró la cena. Cuando un par de horas después abandonaron la mesa y acudieron a la sala de estar dónde Audrey y él habían visto juntos la televisión alguna vez, Percy había perdido la esperanza de poder intercambiar con ella alguna palabra. No obstante, Mafalda y Sophie demostraron tener otros planes y Percy comprendió que tenía razones de sobra para creer que había gato encerrado en aquella invitación porque, sin dar muchas explicaciones, las dos mujeres salieron de la salita con la excusa de preparar un poco de té y dejaron solos a Audrey y Percy, que intercambiaron una mirada y optaron por sentarse en los comodísimos sillones frente al televisor.

-¿Realmente se encuentra bien, señorita Prewett? –Preguntó Percy buscando una forma de hacer que el silencio entre ellos fuera un poco menos denso.

Audrey se quedó callada un instante, como pensándose la respuesta, y finalmente habló un tanto aceleradamente.

-Muy bien. Ni siquiera me siento diferente. Es un poco raro. ¿No?

-¿Raro? ¿Por qué?

-Se supone que he estado sometida a un fuerte encantamiento, pero no tengo la sensación de haber vivido nada extraño.

-¿Quiere decir que no recuerda nada de lo que pasó?

-Sólo fragmentos –Audrey se mordió el labio inferior- A veces me veo a mí misma negándome a ver a mi madre o llamándola bruja, pero es como si estuviera viendo una película, como si nada de eso me hubiera ocurrido a mí.

-No soy un experto en la materia, pero seguramente un medimago podría decirle a que se debe eso.

-No me apetece volver al hospital –Audrey negó con la cabeza y entonces miró fijamente a Percy- Lo que sí recuerdo con total claridad es el beso.

Percy dio un respingo. Aunque una buena parte de él había disfrutado de esa experiencia, la otra esperaba que Audrey Prewett no fuera capaz de acordarse de ese momento tan extrañamente íntimo. Se había hecho a la idea de que después de ayudarla con el hechizo desaparecería de su vida para siempre, pero al parecer los planes no salieron del todo bien porque Audrey formaba parte muy importante de sus sueños y porque esa noche estaba ahí, sentado junto a ella y hablando sobre algo que incomodaba a ambos por igual.

-¿Se acuerda?

-Recuerdo lo nerviosa que estaba antes, como si fuera mi primer beso, y lo extraña que me sentí después, como si acabara de despertarme –Audrey agitó la cabeza y su pelo oscuro bailó alegremente por delante de sus ojos. A Percy le hubiera gustado oír que lo del medio tampoco estuvo nada mal, pero Audrey no hizo comentario alguno sobre su talento besando- Después me ha ocurrido algo un poco raro. Lo he hablado con Mafalda y con mi madre y las tres creemos que es mejor que te lo cuente a ti.

¡Oh! ¡Así que ahí estaba el gato encerrado! A Audrey le pasaba algo y las otras dos mujeres habían decidido que sería buena idea recurrir nuevamente a él para solucionar el problema. Fuera cual fuera dicho problema. Percy pensó que debería sentirse un poco enfadado por haber sido engañado. Después de todo ya había probado que podía ofrecer ayuda incondicional sin necesidad de recurrir a ninguna clase de manipulación, pero no pudo sentir ni una pizca de furia. Quizá fuera porque esa noche había disfrutado bastante con la compañía o tal vez porque la imagen de Audrey mordiéndose el labio era tan encantadora que le tenía curiosamente subyugado, pero no se enfadó. Se sintió un poco tonto, pero nada lo suficientemente grave como para marcharse sin escuchar lo que Audrey tenía que decirle.

-¿Qué quiere decirme?

-Verás, yo… -Audrey se ruborizó- Últimamente he estado soñando contigo.

Percy se quedó pasmado. ¿Ella también?

-Son sueños un poco raros –Audrey carraspeó y Percy supo que eran la misma clase de sueños que él tenía noche tras noche- Mafalda cree que pueden estar relacionados con el encantamiento, como si fueran un efecto secundario o algo así, y yo me preguntaba si podrías hablar con esa mujer para ver si lo que me pasa es normal.

No, no podía ser normal en absoluto porque los dos estaban soñando esas cosas. Audrey no se lo había dicho abiertamente, pero bastaba con mirarla a la cara para darse cuenta de qué era lo que la preocupaba. Aún así, Percy decidió disimular porque consideraba que contarle que a él le pasaba lo mismo podría ser un importante error. Evidentemente, Audrey no tenía ni idea de lo que le estaba pasando a él, así daba por hecho que el problema era suyo. Después de todo, ella fue la que estuvo encantada, no Percy.

-Intentaré averiguar algo, pero no sé si mi tía me dirá algo.

-¿No?

-Ella cree que fui un poco grosero cuando fui a preguntarle por el hechizo.

Audrey alzó una ceja como si le resultara difícil de creer que Percy pudiera ser maleducado con alguien. Ciertamente él se esforzaba bastante para que sus modales siempre fueran los correctos, pero la tía Muriel le sacó de quicio con su indiferencia y su aire divertido. La vieja bruja era incapaz de admitir que lo que hizo estuvo mal y a Percy realmente no le apetecía nada tener que visitarla de nuevo, pero quizá era la única que tenía la clave para averiguar qué significaban los sueños y Percy no tendría más remedio que sacrificarse nuevamente. Seguramente lo haría esa noche, aunque fuera a una hora intempestiva porque a esas alturas del cuento molestar a Muriel en plena noche le importaba muy poco. Y sí, se estaba volviendo muy grosero con ella. Pues vale.

-Seguramente sea una tontería, pero gracias.

Audrey le sonrió y Percy se derritió ante esa sonrisa. Su propia reacción le pilló un poco desprevenido, pero seguía pensando que esa chica era preciosa, recordó nuevamente los sueños y sintió un tirón bastante molesto e inoportuno en la entrepierna. No podía estar pasándole eso ahora, no es ese momento. Por suerte, Sophie y Mafalda debieron considerar que ya les habían dado suficiente tiempo a solas como para tratar ese tema y volvieron cargadas con un juego de té que tenía toda la pinta de ser carísimo. Percy agradeció su presencia y el resto de la velada transcurrió con normalidad, gracias a Merlín.

Cuando Percy abandonó la casa de las Prewett ya era cerca de media noche y él seguía convencido de que iría a ver a Muriel en ese momento, pero justo cuando iba desaparecerse se dio cuenta de que tendría que confesarle a esa mujer que estaba teniendo sueños eróticos y no le hizo ni pizca de gracia. Por supuesto que tenía que averiguar a qué se debía aquel problema, pero no pensaba consultarle a su anciana tía. Si lo hacía, lo más probable era que la mujer se riera en su cara y se lo contara al resto del clan Weasley y Percy no quería bajo ningún concepto que sus hermanos se enteraran de lo que le estaba pasando. Ya era suficiente suplicio que supieran todo el asunto del Príncipe Azul como para darles la oportunidad de hacer bromas respecto a eso. Quería a sus hermanos, de acuerdo, pero podían ser bastante desagradables cuando se lo proponían.

Así pues, sólo le quedaba la opción de investigarlo por su cuenta, algo que no le asustaba en absoluto porque siempre había sido muy bueno investigando cosas. Pero eso sería por la mañana. Esa noche se fue a casa y se metió en la cama con la certeza de que volvería a soñar con Audrey y que no podía hacer nada por evitarlo.