EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 8
Vínculo mágico
Audrey apenas prestaba atención a lo que le estaba diciendo su amiga Linda. Normalmente hubiera estado muy interesada en conocer los detalles de su última aventura romántica, pero desde que le pasó lo del hechizo no se sentía la misma. Si bien era cierto que hacía ya algún tiempo que había dejado de comportarse como una niña estúpida, Audrey no sintió que estaba madurando hasta que no despertó en San Mungo, el hospital mágico.
La joven no conseguía recordar con claridad lo que le había pasado mientras estuvo bajo los efectos del encantamiento. De vez en cuando le venían a la cabeza imágenes confusas y retazos de conversaciones, pero nada que tuviera demasiado sentido para ella. Mafalda y su madre se habían encargado de contarle con pelos y señales todo lo ocurrido y Audrey se sentía extraña respecto a todo aquello, quizá porque sus emociones en general se habían convertido en una vorágine que no era nada fácil de controlar.
Cuando Audrey Prewett se levantaba por las mañanas y se miraba al espejo, podía ver a la misma chica menuda y de pelo oscuro de siempre, pero por dentro se sentía diferente. Se preocupaba por cosas que antes ni siquiera se planteaba y ya no estaba tan interesada en hacer locuras como antes. Sin embargo, lo más significativo bajo su punto de vista era que no podía quitarse a Percy Weasley de la cabeza.
No lo conocía de nada y no tenía ni idea de qué podía esperar de él. Sólo sabía que el día de la lectura del testamento de su padre le había odiado con todas sus fuerzas y que cuando despertó en San Mungo Percy estaba frente a ella. Eso y que le había dado un beso bastante aceptable, lo único relacionado con el hechizo que podía recordar claramente. Y lo sueños.
Audrey se removió sintiéndose un tanto incómoda. Cuando era una adolescente con las hormonas en permanente estado de ebullición, había tenido bastantes sueños de esa clase y entonces no les había dado ninguna importancia. De hecho era muy divertido organizar fiestas de pijamas con sus amigas para charlar sobre cosas como aquella, pero en ese momento de su vida a Audrey no le parecía adecuado pensar en esos sueños. Aunque era un poco estúpido, temía que Linda pudiera leerle la mente y a Audrey no le apetecía tener que explicarle quién era Percy Weasley.
Sin duda alguna, a Linda, que la conocía como la palma de su mano, le hubiera extrañado muchísimo que Audrey fantaseara con un hombre como Percy porque no era para nada su tipo. A Audrey le gustaba los chicos de su edad, altos, morenos y musculosos. Durante un tiempo ni siquiera le importó que tuvieran sentido común si eran capaces de hacer ciertas cosas en la intimidad. Audrey reconocía que había sido una jovencita un tanto superficial –seguramente aún lo era un poco- así que imaginar que hacía según qué cosas con Percy era raro. Percy Weasley era pelirrojo, flacucho, viejo y un mago, algo así como el anti-amante que toda chica no quisiera tener jamás. Y ella no podía dejar de pensar en él.
Aunque procuraba mantener la mente ocupada en sus obligaciones diarias, Percy era un pensamiento recurrente incluso allí, en un pub con la música excesivamente alta y a rebosar de gente, con Linda agarrada a su brazo con toda la pinta de estar explicándole algo muy emocionante. Audrey, que supuso que había llegado el momento de reaccionar de alguna manera, soltó un gritito y se rió. Cuando Linda le dio un abrazo y se echó a reír también, supo que había hecho lo que se esperaba de ella y se alegró por no decepcionar a su mejor amiga. Desde lo del hechizo apenas habían pasado tiempo juntas y Linda se lo había echado en cara. Linda se marchaba a Alemania en un par de semanas como empleada de una empresa dedicada a desmantelar otras empresas o algo parecido y quería que pasaran todo el tiempo posible juntas antes de despedirse.
A pesar de que había estado muy ocupada casi desviviéndose por Percy Weasley, Audrey también había tenido tiempo para pensar en Linda. Eran amigas desde la guardería y habían crecido juntas, haciendo un montón de burradas y divirtiéndose como un par de locas. Su amistad ni siquiera se había resentido cuando iniciaron estudios universitarios distintos. Linda se había decantado por el mundillo de la economía mientras que Audrey había optado por prepararse para ser profesora infantil. De hecho, esa misma semana había empezado a trabajar en una guardería y, aunque había sido aterrador y agotador, estaba muy contenta. Le gustaban los niños porque consideraba que eran las únicas criaturas que aún conservaban un poco de bondad en sus pequeños corazones. No todos, por supuesto, porque había algunos por ahí a los que hubiera tirado con gusto por una ventana, pero sí la mayoría. Estaba convencida de que se le presentaba un futuro laboral bastante bueno e incluso le hacía ilusión montar su propia guardería más adelante, cuando tuviera experiencia y cierta estabilidad económica.
Quizá un par de años antes hubiera estado encantada de coger el dinero de la familia Prewett para disponer de él como quisiera. Si bien era cierto que Raymond no fue su padre biológico, Audrey siempre lo quiso como si lo hubiera sido. La joven apenas recordaba nada de su verdadero padre. Su madre le había contado una vez que se llamaba Paul, que era de Edimburgo y que había sido jugador de rugby. La cuestión era que se había ido de casa cuando Audrey tenía tres años y que no había intentado ponerse en contacto con ella nunca. Cuando era más pequeña, su madre no acostumbraba a hablar mal de él, pero cuando Audrey cumplió los quince años y le hizo un montón de reproches sin sentido, la mujer le soltó que Paul se había ido con otra mujer. Seguramente tendría una familia con ella, pero Audrey ya no sentía ninguna curiosidad. Quizá antes sí se planteó la posibilidad de ir a buscarle, pero a esas alturas le daba igual si ese tal Paul estaba casado y tenía hijos. Audrey no necesitaba conocerle ni a él ni a sus posibles hermanos porque había tenido a Raymond y porque aún tenía a Mafalda, su paciente y mágica hermana mayor.
Cuando su madre y Raymond las presentaron, ambos tenían miedo de que no fueran a caerse bien, pero no fue así. Mafalda, que se había quedado huérfana unos años antes, siempre estuvo encantada con la idea de tener una hermana menor, y Audrey, que había crecido prácticamente con la única compañía de su madre y sus ruidosos tíos maternos, no podía creerse lo divertido que era contar con la compañía constante de una niña con la que jugar y compartir confidencias. Si bien era cierto que se habían distanciado un poco cuando Mafalda tuvo que marcharse a Hogwarts, su relación actual era bastante buena. Eran un gran apoyo mutuo y, aunque Audrey apreciaba muchísimo a sus amigos, especialmente a Linda, era Mafalda la persona en la que confiaba ciegamente y por eso le había contado a ella lo de sus sueños con Percy y no a Linda.
Mafalda la había escuchado con atención y había llegado a la conclusión de que lo que le ocurría a Audrey estaba relacionado con el hechizo de Muriel Prewett. Por eso había invitado a cenar a Percy y le había animado a contarle lo que le pasaba. Audrey reconocía que no había sido demasiado explícita a la hora de hablarle de todo aquello, pero Percy había prometido que investigaría el tema y la chica, que no lo conocía demasiado bien, estaba muy segura de que cumpliría su palabra. Estaba un poco ansiosa por saber si lo de los sueños era algo normal o no y consideraba que Percy estaba tardando demasiado tiempo en ofrecerle una explicación, pero algo le decía que no era ella la única que últimamente estaba teniendo sueños subidos de tono. Había visto la cara de Percy cuando hizo la confesión y sabía que a él le ocurría algo parecido.
-Audrey –Linda, que le acababa de dar un codazo, la sacó de sus cavilaciones- El tipo de la barra no te quita ojo. Para mí que quiere lío.
Audrey dejó de pensar en Percy Weasley y miró al chico. Era uno de esos morenos que tanto le gustaban, pero esa noche no le hizo el menor caso. No estaba de humor.
-¿Por qué no nos vamos? –Le dijo a Linda agarrándola del brazo para sacarla del local- Me duele un poco la cabeza.
-¿Hablas en serio? –Linda la miró como si se hubiera vuelto loca.
-Me apetece estar en un sitio más tranquilo.
Linda alzó las cejas, pero cedió a sus deseos. Audrey podía entender perfectamente que estuviera un poco confundida porque no era de las que renunciaban con facilidad a una noche de juerga. Incluso a ella le parecía raro y angustiante haber cambiado tanto. Necesitaba que Percy arreglara el tema de los sueños como había arreglado el del hechizo. Aunque, pensándolo fríamente, su recién adquirida madurez no era algo que tuviera demasiado que ver con Percy Weasley. Seguramente sólo se debía a que algunas de las cosas que le pasaban a la gente les ayudaban a crecer como personas. Audrey había pasado muchísimos días creyéndose una princesa de cuento, había despertado gracias a un beso de su Príncipe Azul y todo ello había tenido consecuencias. No era nada raro y debía dejar de preocuparse antes de volverse loca de verdad.
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Sophie había vuelto a hacer ejercicio un mes después de la muerte de Raymond. Quedarse sola en su cuarto por las noches era un infierno y aún le echaba de menos tanto como el primer día, pero después de que Audrey se recuperara satisfactoriamente de su extraño mal y de que las cosas volvieran a la normalidad, era su obligación superar el fallecimiento de su marido. Seguramente las cicatrices que la marcha de Raymond había creado en su corazón nunca se cerrarían del todo, pero a él no le hubiera gustado verla sumida en una depresión y Sophie pensaba seguir siendo la mujer fuerte que siempre había sido. Si fue capaz de salir adelante con una niña pequeña, sería capaz de superar aquello.
Y era difícil. Muy difícil. Raymond había sido un buen hombre. Sophie recordaba que al principio sólo le interesó físicamente. Después de su desengaño con Paul, se había resignado a estar sola para siempre. No había muchos hombres dispuestos a estar con una mujer que cargaba a sus espaldas con una niña y ella tampoco tenía tiempo para aventuras amorosas. Bastante tenía con pagar las facturas a fin de mes, sacar adelante sus dos trabajos y cuidar de Audrey como buenamente podía. Ni siquiera había salido de copas ni una sola noche desde la huida de Paul, así que no había tenido ni amantes ni nada. Pero Raymond apareció un día en la cafetería en la que trabajaba y le sonrió. Era un hombre muy guapo y elegante y Sophie siempre se las arreglaba para ser ella la que le sirvía el café por las mañanas. Después era fácil fantasear con él sin querer llegar más allá. Pero un día mantuvo una conversación de más de dos palabras con Raymond y descubrió que era ingenioso y divertido y dos meses después de conocerse aceptó salir a cenar con él. La primera cita fue casi perfecta y su relación imparable. A él no le importaba que Sophie tuviera a Audrey de la misma forma que a Sophie no le importaba que él tuviera a Mafalda y después de casi dos años decidieron que las niñas se conocerían y que ellos estarían juntos para siempre.
Pero no había sido para siempre. El corazón de Raymond falló cuando más felices eran y a Sophie ya sólo le quedaban los recuerdos. Sucumbir a las ganas de llorar era fácil, pero esa mañana las aplacó corriendo velozmente por los alrededores de la casa, saludando a los vecinos y fingiendo que todo estaba bien. Pasó casi dos horas fuera, hasta que las fuerzas le fallaron y se dio cuenta de que agotarse físicamente no la ayudaría a sentirse mejor. Volvió a casa dispuesta a darse un buen baño y tomarse un refresco, pensando en lo bien que siempre le había sentado a Raymond el chándal. Por su trabajo solía vestir con traje, pero él afirmaba que era un hombre de ropa deportiva y zapatillas de deporte.
Sophie entró por la puerta de la cocina y se sorprendió muchísimo al ver a Audrey allí con toda la pinta de haber madrugado. Eran las ocho de la mañana y los fines de semana su hija no salía de la cama hasta mucho después. De hecho, si alguna vez se había cruzado con ella a esas horas era porque la chica volvía a casa después de una noche de juerga, no porque hubiera decidido despertarse temprano. Pero Audrey ya no era la misma. Había empezado a cambiar algún tiempo atrás, pero después del hechizo ese cambio se había hecho más evidente. Audrey se había vuelto más callada y no era tan impulsiva como antes. Sophie agradecía el cambio porque lidiar con la Audrey adolescente fue terrible, pero no sabía muy bien qué esperar de esa nueva Audrey. Ahora que no era maleducada y rebelde, Sophie disfrutaba muchísimo escuchándola hablar sin parar y tampoco consideraba que su apasionado comportamiento fuera algo necesariamente malo. Lo ideal hubiera sido encontrar un término medio entre ambos estados de ánimo porque Audrey ya no estaba embrujada, cierto, pero distaba mucho de encontrarse bien. Quizá esos sueños de los que hablaba la perturbaran más de lo que pretendía hacerles creer, o tal vez le pasaba algo de lo que ni siquiera era consciente. En cualquier caso, Sophie se dispuso a echarle una mano.
-Buenos días, cariño. ¿Qué haces levantada tan temprano?
-No me apetecía estar en la cama. Anoche me acosté muy pronto y no tengo nada de sueño.
Sophie le dio un beso en la frente y fue hasta el frigorífico para hacerse con una botella de agua fresca. Audrey la miraba fijamente pero sin decir nada y Sophie supo que quería decirle algo. Conocía a esa chica como la palma de su mano.
-¿Estás bien?
-Le voy a preguntar a Mafalda si sabe algo sobre Percy Weasley. Hace una semana que prometió investigar lo de los sueños y creo que ya podría haber averiguado alguna cosa.
-Entiendo –Sophie se sentó frente a ella- ¿Has vuelto a…?
Audrey se ruborizó un poco y asintió.
-Sé que es una tontería, mamá, pero comienzo a estar harta. No puedo dormirme sin soñar con él. Al principio era hasta divertido, pero ya resulta pesado e incómodo.
-Son solo sueños, Audrey.
-Pero. ¿Y si me pasa algo más? No me dirás que es normal que parezca un adolescente salido –Sophie sonrió y su hija soltó un suspiro- Si Weasley no me dice nada en un par de días, pienso buscar ayuda profesional.
-De verdad que no parece nada preocupante, pero si insistes podría llamar al doctor Campbell.
-No hará falta, mamá. Buscaré a alguien por mi cuenta.
-¿Por qué? Campbell es muy bueno.
-Lo sé, pero es tu psicoanalista.
-¿Y qué?
-Pues que me da un poco de vergüenza decirle lo que me pasa.
A Sophie le pareció gracioso que Audrey le dijera eso. Hubiera esperado que pusiera objeciones respecto a la edad del doctor Campbell y le venía con aquellas.
-No creo que vaya a escandalizarse por unos sueños algo subiditos, cariño.
-Ya, pero lo conozco desde pequeña y no quiero ir a verle –Audrey sonrió con cierta ironía- Si no conseguiste que fuera a su consulta cuando era una idiota, no lo lograrás ahora.
-Está bien, como quieras. Pero te lo repito. No te pasa nada.
-Ojalá.
Sophie consideró que la conversación ya se había terminado, pero justo cuando iba a ponerse de pie, Audrey habló.
-Pero es más que eso, mamá. No solo sueño con él. Últimamente no puedo quitármelo de la cabeza. Pienso en él a todas horas. En el sueño, en el beso que me dio en el hospital y en todas las veces que he estado con él. Me cuesta un montón concentrarme en otras cosas. Es como si estuviera obsesionada.
Sophie frunció el ceño y meditó respecto a esa última información. Audrey parecía realmente angustiada y la mujer debía reconocer que sí era un poco obsesivo pensar en alguien constantemente. Estaba bastante segura de que su hija estaba perfectamente bien de la cabeza, así que se planteó la posibilidad de que todo aquello se debiera al hechizo del que fue víctima. Quizá era alguna especie de efecto secundario que desaparecía con el tiempo. Sin embargo, por lo que le contaba Audrey, las cosas cada vez eran peores y ella también se preocupó un poco. Aún así, prefirió reservarse dicha preocupación para sí misma. Su hija ya estaba lo suficientemente angustiada.
-Sólo estás cansada. No duermes bien por culpa de esos sueños y cuando estás despierta te acuerdas irremediablemente de ellos. Yo creo que es normal.
-¿Y si es algo mágico?
-Si es algo mágico tendremos que esperar a que alguien que entienda del tema nos lo confirme. Estoy segura de que el señor Weasley está investigando lo que te pasa. Por lo que cuenta tu hermana, es un hombre serio y perfectamente capacitado para llegar al fondo del asunto, así que estoy segura de que no tardará en venir a visitarnos para darnos alguna explicación. No tienes que preocuparte.
Audrey no se vio demasiado convencida, pero asintió y le sonrió. Sophie deseó con todas sus fuerzas que Weasley averiguara algo, cualquier cosa.
-En fin, cariño. Voy a darme un baño. Apesto.
-Pues la verdad es que un poquito sí.
-¡Oye!
A Sophie le alegró que le gastara esa broma. Cuando dejó a su hija en la cocina, se dijo que estaba un poco mejor y se prometió que ella misma buscaría a Mafalda para que se pusiera en contacto con Weasley. Si esa mañana había estado convencida de que la rutina había vuelto a casa, ahora se daba cuenta de que no era así y se moría de ganas por solucionar eso.
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Después de la conversación con su madre, Audrey se había encerrado en el viejo despacho de Raymond Prewett, el lugar en el que había empezado todo. Cuando era niña, solía colarse allí mientras su padre trabajaba. Su madre solía regañarle por interrumpir al hombre, pero Raymond no se había enfadado con ella ni una sola vez. Por el contrario, siempre le sonreía y la instaba a sentarse en sus rodillas para fingir que le permitía ayudarle con sus negocios. Raymond se reía con ganas ante sus ocurrencias y Audrey se sentía feliz y protegida. En su opinión, su padrastro había sido el único hombre digno de confianza que había conocido jamás. Audrey quería a sus tíos, pero reconocía que todos ellos eran unos auténticos cerdos a la hora de tratar a las mujeres. Su padre biológico la había abandonado y los chicos con los que había estado siempre terminaban por decepcionarla. Raymond no. Él fue un buen padre y un buen marido y Audrey había perdido la esperanza de encontrar a alguien como él. No podía fiarse de los hombres y sin embargo, sí que confiaba en Percy Weasley.
Otra vez terminaba pensando en él. Iba al despacho de su padre para olvidarse de sus problemas y volvía justo al punto de partida. Era frustrante porque no tenía ni idea de lo que podía hacer para evitar que le pasara eso.
Audrey se sentó en la butaca de su padre. Sentado allí, Raymond Prewett había parecido incluso poderoso, algo que realmente no había sido. Únicamente tuvo suerte con sus inversiones en bolsa y obtuvo cierto reconocimiento como contable. Audrey nunca pudo entender su trabajo, aunque realmente tampoco se empeñó en hacerlo. Sentada allí, lo echó muchísimo de menos. En su etapa adolescente había tratado fatal a todo el mundo, incluyendo a Raymond, y se arrepentía muchísimo. Sus padres lo sabían y ella nunca había tenido que disculparse por ello, pero ahora que Raymond no estaba, Audrey no dejaba de pensar en lo mucho que le hubiera gustado decirle todo lo que había significado para ella.
Durante un par de horas, Audrey pudo olvidarse de Percy, aunque a cambio se pasó todo ese tiempo llorando por su padre. No quería que nadie la viera en ese estado. Sabía que su madre lo estaba pasando fatal y que Mafalda estaba tan triste como ella por más que se hiciera la dura. En eso se parecía mucho a su padre. Raymond era un hombre que vivía sus emociones con intensidad pero que siempre se guardaba mucho de mostrarlas públicamente. Los que no le conocieron bien decían de él que era frío y distante, pero nunca lo fue. Y Mafalda tampoco. Podía ser muy buena fingiendo que era la más fuerte de la familia, pero Audrey podía sentir todo su dolor a kilómetros de distancia. Quizá el problema con el hechizo no les había permitido a ninguna de las dos llorar lo suficiente por su padre, pero desde que Audrey se recuperó ya habían pasado un par de noches hablando hasta muy tarde, recordando viejos tiempos y pensando en lo que Raymond hubiera opinado sobre tal y cual cosa.
Por ejemplo, Percy Weasley. Obviamente estaba siendo un tema de conversación bastante recurrente entre ellas, y no solo por la parte de los sueños. Era el Príncipe Azul y Mafalda no podía evitar reírse hasta las lágrimas cada vez que se imaginaba a su un tanto arisco jefe a lomos de un brioso corcel y ataviado con un traje medieval repleto de adornos varios. Audrey bromeaba afirmando que un príncipe de verdad únicamente utilizaría horrendas armaduras y cotas de malla y Mafalda respondía que Percy Weasley ni siquiera podría soportar el peso de una espada sujeta a su cintura, mucho menos el de una armadura completa. Era agradable poder reírse sobre un asunto que no dejaba de ser un tanto preocupante.
Pensar en todo aquello llevó a Audrey de vuelta al recuerdo de sus sueños. Soltó un gruñido de molestia y se dispuso a marcharse a su habitación para distraerse escuchando música, pero justo cuando iba emprender el camino hacia la planta de arriba alguien llamó a la puerta y fue a abrir.
Le alegró muchísimo ver a Percy Weasley allí. Quizá fuera un poco pronto aún para visitas, pero Audrey sabía para qué había ido a casa y no pensaba esperar más tiempo para averiguar lo que le ocurría.
-¡Weasley!
-Buenos días, señorita Prewett.
Percy inclinó la cabeza en un gesto exageradamente caballeroso y Audrey se hizo a un lado para dejarle entrar.
-No me gustaría molestarla, pero quisiera hablar con usted.
-Claro, no hay problema. ¿Vamos a… el jardín?
Percy asintió y Audrey le guió por el pasillo hasta la parte trasera de la casa. No sabía por qué se acababa de poner tan nerviosa, aunque sospechaba que se debía a la impaciencia. Percy traía escrito en la cara que sabía algo y se moría de ganas por escucharlo. Aún así, procuró recordar los modales que su madre había tratado de inculcarle desde que era muy niña e invitó a Percy a sentarse en las sillas de mimbre del porche. Después, le ofreció algo de beber, pero Percy declinó la oferta y prácticamente le pidió que se quedara.
-¿Está su hermana en casa?
-No lo sé. No la he visto esta mañana.
-Bueno, supongo que no importa.
-Pero mi madre está arriba. Si quieres voy a buscarla.
-No –Percy carraspeó- Creo que es mejor que hablemos a solas, el tema es un poco delicado y sólo nos incumbe a nosotros.
-Claro.
Audrey, que había hecho ademán de levantarse, tomó asiento nuevamente y golpeó el suelo con el talón
-¿Sabes algo sobre… eso?
-En realidad sí –Percy se había puesto rojo y luchó contra el nudo de su corbata-Pero antes, debe saber que yo he tenido la misma clase de sueños que usted. Debí decírselo la semana pasada, pero reconozco que me daba un poco de apuro confesárselo.
-¡Oh!
No era algo que le hubiera pillado por sorpresa, aunque Audrey no logró entender por qué le ocultó ese hecho. Tampoco era como si fuera a espantarse teniendo en cuenta que le pasaba lo mismo.
-Soy un hombre al que no le gusta demasiado airear sus intimidades, pero después de consultar varios libros sobre hechizos de amor y filtros amorosos, creo que lo mejor es que usted sepa que a los dos nos pasa lo mismo –Percy Weasley hizo una pausa, carraspeó nuevamente y se colocó las gafas sobre el puente de la nariz- En mi caso, no son solamente los sueños. Últimamente no puedo dejar de pensar en usted. ¿Le ocurre lo mismo?
Audrey asintió lentamente, sorprendida porque no pensaba que el tema fuera a ir tan lejos.
-¿Sabes que es lo que ocurre?
-Todavía no conozco los detalles, pero la clase de encantamiento que sufrió deja en la víctima un rastro mágico que tarda mucho tiempo en borrarse. No importa si dicha víctima es bruja o no. El rastro queda ahí y puede provocar ciertos inconvenientes. Como los sueños.
-¿Y es grave?
-Eso depende.
-¿De qué?
Percy suspiró y permaneció callado un par de segundos.
-El rastro mágico no sólo permanece en la víctima. También queda algo de él en el encargado de romper el encantamiento. En este caso, en mí mismo.
Audrey apretó los labios y reflexionó, sacando una conclusión bastante acertada.
-¿Por eso soñamos el uno con el otro?
-Por eso y porque de alguna manera se ha creado un vínculo entre nosotros. Un vínculo mágico.
-¿Qué significa eso exactamente?
-Tendría que investigarlo un poco más a fondo, pero a partir del momento en que nos dimos ese beso, estamos íntimamente ligados el uno al otro. No sé si los efectos del vínculo se harán más fuertes con el tiempo o si por el contrario se irán debilitando, pero a día de hoy ese vínculo está ahí y no podemos hacer nada para destruirlo.
Audrey no sabía qué decir. La magia siempre le había quedado un poco grande y no tenía ni idea de lo que iba a pasar después, así que no sufrió ninguna reacción.
-En muchos casos, el tiempo hace que el vínculo se debilite hasta desaparecer, pero en el nuestro parece que cada vez se hace más fuerte.
-¿Por qué?
-No lo sé, señorita Prewett. Pero hay una forma para averiguarlo.
-¿Qué forma?
-Muriel Prewett creó el encantamiento, así que ella debe estar al tanto de todo lo que se relaciona con él. Por eso tenemos que ir a hablar con ella.
-¿Los dos?
-Unirnos para solucionar esto nos hará más fuerte.
-Pero esa mujer no querrá ni verme. Odiaba a mi padre por ser un squib. Yo solo soy una muggle. ¿Cómo voy a plantarme ante ella y exigirle una explicación?
-Estaremos los dos juntos –Percy la miró con intensidad- Podría ir yo solo, pero esto nos afecta a ambos. Tenemos que permanecer unidos hasta que todo pase.
Audrey se lo pensó. No le hacía ninguna gracia ir a hablar con esa mujer, pero Percy tenía razón. Era lo mejor para ambos pelear codo con codo y eso era justo lo que iban a hacer.
