EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 9
La loca de los gatos
Muriel Prewett colocó el bonito servicio de porcelana sobre la mesa y se sirvió el té justo cuando el viejo reloj de cuco dio las cinco de la tarde. Estaba sentada junto a la ventana de su salita de estar, observando como una suave brisa agitaba las ramas del centenario árbol de su jardín. Sus tres encantadores gatitos se restregaban perezosamente contra sus piernas, ronroneando y esperando a que su ama les obsequiara con una caricia. Muriel sonrió. Aquel era su momento favorito del día. No necesitaba más que el delicioso té con leche y azúcar, el silencio tranquilizador del campo y la compañía de sus queridos mininos.
Muriel le dio un largo trago al contenido de su tacita y pensó que los animales no siempre le habían gustado. Cuando era más joven, sentía un gran rechazo por ellos porque le parecía que olían mal y definitivamente odiaba encontrarse pelos o excrementos desperdigados por todos sitios, pero con la edad había aprendido a apreciar su compañía. La experiencia le había demostrado que los gatos no la decepcionaban y definitivamente no eran tan estúpidos como los miembros de su familia
Tampoco era como si le quedaran demasiados parientes. Muriel recordaba con melancolía los días en que los Prewett eran numerosos e importantes en el mundo mágico. Recordaba a sus dos hermanos, brujos orgullosos y de gran poder, o a sus queridos sobrinos Gideon y Fabian, tan talentosos como absolutamente insoportables. Incluso a veces pensaba en esa vergüenza que resultó ser Raymond, el primer Prewett squib en varias generaciones. Muriel, que nunca había sido amante de las grandes reuniones porque la gente era bastante escandalosa y ella adoraba la paz y el silencio, era capaz de echar de menos las tardes pasadas en compañía de sus hermanos y sus sobrinos, cuando era más joven y paciente y no se molestaba por casi nada. En ocasiones le apenaba pensar que esos tiempos no volverían. La familia Prewett se había diezmado hasta casi desaparecer.
Ciertamente Molly había tenido un montón de hijos y éstos la estaban obsequiando con unos cuantos nietos, pero ninguno de ellos era un Prewett. Eran Weasleys y se sentían orgullosos de ellos. Por desgracia, las únicas personas que aún conservaban el viejo apellido familiar eran las hijas de Raymond. Una de ellas, Mafalda, al parecer era una bruja. Muriel se alegraba de que al menos ese squib hubiera podido devolver a la familia un poco del honor perdido, pero la otra tenía tanta magia corriendo por sus venas como una cucharilla de té. Aunque eso no era algo sorprendente teniendo en cuenta que Raymond había cometido la indecencia de darle su apellido a una niña que no era su hija.
Muriel chasqueó la lengua con desagrado. Los demás podrían decir lo que quisieran de ella, pero en su opinión había cosas que simplemente no estaban bien. Lo que había hecho Raymond con esa niña, Audrey creía recordar que se llamaba, no era correcto en absoluto. La anciana sabía perfectamente que las nuevas generaciones no acostumbraban a respetar las normas más tradicionalistas pero. ¿Legitimar a una bastarda que no tenía absolutamente nada que ver con él? Raymond Prewett, aparte de squib debía ser rematadamente tonto porque. ¿A quién se le ocurría hacer una cosa así?
Cuando supo que su sobrino había hecho aquella barbaridad estuvo a punto de ir a reclamarle. Si no lo hizo fue porque tuvo la certeza de que él no la escucharía. Llevaban años sin mantener contacto, algo que por cierto a Muriel no le hacía ninguna falta, y el muchacho ya había demostrado ser un absoluto insolente en varias ocasiones. Eso era culpa de su hermano por haberlo mimado demasiado, Muriel estaba convencida. La cuestión fue que, a pesar de que era su responsabilidad velar por los intereses de todo el clan Prewett, Muriel había decidido no intervenir y seguir ignorando a Raymond como llevaba haciendo tantos años. Y lo hizo bastante bien hasta que se enteró de que ese chico se había muerto. Por supuesto que esperaba que algún día ocurriera algo parecido, pero le pilló un poco por sorpresa porque Raymond aún era joven. Fue extraño, pero lo primero que pensó fue que la muerte le había cogido antes de tiempo, algo que no era raro en la familia. Fabian y Gideon también habían fallecido siendo apenas unos críos y Muriel no pudo evitar preguntarse si Molly correría la misma suerte.
Para bien o para mal, ella era la única pariente de verdad que le quedaba. Muriel podía ser una vieja gruñona y preocuparse muy poco por los sentimientos de los demás, pero eso no significaba que no se diera cuenta de que no era precisamente bienvenida en La Madriguera. De los siete hijos que Molly y ese Weasley habían tenido, no había ni uno que fuera medianamente decente. Ni siquiera Percy. Alguna vez había depositado todas sus esperanzas en él, pero se había equivocado. Percy Weasley era tan maleducado e idiota como el resto de sus hermanos.
Sin embargo, si debía ser sincera consigo misma, Muriel tenía que reconocer que las visitas a La Madriguera no siempre fueron desagradables. Hubo un tiempo, cuando los hijos de Molly eran pequeños, en los que visitar aquella casa le hacía viajar a los años en los que realmente fue feliz. La Madriguera era un nido de pequeños pelirrojos que gritaban, corrían, ensuciaban y rompían todo a su paso y, sin embargo, a Muriel a veces le gustaba ir allí. Percy había sido un buen chico y William y Charles sabían cómo comportarse cuando llegaba el momento, pero los gemelos siempre fueron una auténtica calamidad.
Frederick y George. Muriel les había dado tantas collejas que había perdido la cuenta y sin embargo siempre los había encontrado graciosos. Le recordaban demasiado a Fabian y Gideon, sobre todo después de que esos dos cabezas de chorlito se murieran. A Muriel le había dolido perderlos. A pesar de que siempre les hacía reproches y condenaba enérgicamente que hubieran decidido vivir su vida como espíritus libres, había lamentado muchísimo que se fueran. Los había echado de menos durante años y aún después de tanto tiempo pensaba en ellos al menos una vez al día, pero le quedaron Fred y George. Hasta que Fred también murió.
¡Cuánta tragedia! La gente pensaba que Muriel Prewett no tenía sentimientos, tal vez porque ella misma no dejaba ver su faceta más humana demasiado a menudo, pero lo cierto era que cada pérdida sufrida a lo largo de su vida estaba grabada a fuego en su corazón. Incluso la de Raymond, el squib contestón y rompedor de tradiciones.
Muriel suspiró. Odiaba ponerse melancólica. A pesar de ser una mujer considerablemente anciana, no solía a pasar su tiempo pensando en las pérdidas sufridas. Acostumbraba a estar demasiado ocupada cotilleando por aquí y por allá como para sumirse en aquel estado taciturno, pero de vez en cuando se acordaba de cómo había sido su vida y se preguntaba cuándo terminaría. No era un pensamiento agradable y por desgracia cada vez la asaltaba más a menudo. ¿Qué ocurriría si un día simplemente no se despertaba? ¿Y si sufría un mareo y era incapaz de volver a levantarse? ¿Pasarían semanas antes de que alguien se preocupara por ella y sus queridos gatitos terminarían devorándola a falta de otra cosa que llevarse a la boca? No. Eso último no sería posible porque sus mascotas no serían capaces de algo así, pero la otra parte a veces la preocupaba.
Muriel era una mujer solitaria. Lo había sido desde que a los quince años decidió que no iba a casarse tal y como acostumbraban a hacer otras chicas de su edad. Ella no necesitaba a ningún hombre a su lado para ser feliz. Quería poder hacer las cosas que quisiera, cuando quisiera y donde quisiera. Casi siempre había disfrutado al intentar controlar los movimientos de todos y cada uno de los miembros de la familia, pero ya nadie le hacía caso. Seguramente los hijos de Molly aún le tenían un poco de miedo, pero su influencia sobre ellos era nula. Muriel culpó a la edad por ello y le dio un largo sorbo a su taza de té.
Aquella tarde hacía bastante calor. El ambiente en esa región solía ser bastante agradable durante todo el año, pero ese verano estaba siendo exageradamente caluroso. La hierba del valle que rodeaba su casita se había secado y era imposible salir a dar paseos relajantes porque no había absolutamente nada agradable ahí fuera. A Muriel le gustaba caminar por los alrededores hasta que se hacía de noche, pero ese día cambió de planes. Seguramente visitaría el Callejón Diagón. Hacía mucho tiempo que no se pasaba por Londres y, aunque gracias a El Profeta y a Corazón de Bruja estaba al tanto de las cosas más importantes que ocurrían en el mundo mágico, esperaba poder encontrarse con alguna antigua amistad que la pusiera al tanto de ciertos detalles que nadie publicaba en un periódico.
A pesar de lo mucho que le gustaban los cotilleos, Muriel reconocía que ese verano no había tenido demasiado contacto con sus antiguas amistades. Se acordó entonces de Augusta y Minerva. No podía decirse que hubieran sido amigas del alma exactamente, pero habían aprendido a disfrutar de la mutua compañía. En Hogwarts se habían compenetrado bastante bien. Las tres fueron a Gryffindor y las tres hicieron gala de unos caracteres bastante fuertes. No habían sido confidentes y definitivamente no habían mantenido intrascendentes conversaciones sobre sus compañeros de estudios, pero sí que habían compartido sus inquietudes intelectuales y habían vivido momentos bastante agradables. Con el tiempo su relación con Minerva se había enfriado hasta casi desaparecer, pero hasta hacía relativamente poco tiempo Muriel había estado tomando el té con la vieja Augusta. La pobrecita también había sufrido muchas desgracias a lo largo de su vida, pero ahora tenía motivos más que suficientes para sentirse feliz. Estaba tan orgullosa de su nieto que a veces olvidaba el destino que habían corrido su hijo y su nuera.
Muriel Prewett frunció el ceño. La guerra había sido una cosa terrible y esperaba de todo corazón que nada parecido volviera a ocurrir jamás. Si bien era cierto que durante el último enfrentamiento contra los mortífagos aún había tenido fuerzas para pelear, poniendo a su vieja casa y a ella misma en un serio peligro, a esas alturas de su vida sólo aspiraba a vivir en paz. Era bueno para ella ver pasar los días sin incidentes, tomar su té, acariciar a sus gatos y decidir si daba un paseo o si visitaba algún lugar mágico.
Aunque últimamente habían pasado cosas inesperadas. La prematura muerte de Raymond había traído consecuencias de lo más curiosas cuando una de sus hijas activó aquel antiguo encantamiento. Muriel se había olvidado de él durante muchos años y reconocía que quizá no había sido buena idea regalarle a su sobrino un libro maldito, pero en aquel momento del pasado la mujer sintió que era lo que debía hacerse. Cuando murió su hermano, Raymond Prewett fue muy desagradable con ella y Muriel había querido castigarle. El muchacho le había dicho que la magia no le serviría para nada allí dónde pensaba ir y Muriel había querido demostrarle lo contrario. Esperaba que el hechizo se hubiera liberado antes y que el mismo Raymond hubiera sido la víctima, pero habían pasado más de treinta años y fue esa muchachita la que terminó embrujada. Por fortuna, todo parecía haberse resuelto con cierta fortuna, aunque Muriel sospechaba que las cosas no serían tan fáciles para Percy Weasley.
Esa clase de encantamientos creaban vínculos. En los cuentos infantiles muggles, cuando un príncipe encantador besaba a la princesa maldita, terminaban viviendo juntos para siempre. Y todo el mundo sabía, muggles incluidos, que la base de los cuentos era real. Muriel Prewett ignoraba si Percy y Audrey Prewett tendrían un "Felices para siempre", pero llevaba días esperando que algo ocurriera. No quería que pasara nada porque apreciaba muchísimo su vida tranquila y rutinaria, pero una bruja no llegaba a su edad sin aprender unas cuantas cosas por el camino.
Quizá por eso no le sorprendió en absoluto ver cómo Percy Weasley se aparecía a las afueras de su casa en compañía de esa chica, Audrey. En su opinión, realizar esa clase de magia en compañía de muggles era una absoluta locura, pero los tiempos estaban cambiando. Demasiado. Cada vez que afirmaba que las cosas ya no eran como antes, la vieja Muriel sabía que tenía la razón de su lado. Los jóvenes se estaban olvidando de las tradiciones más antiguas, la sociedad era cada día más decadente y luego ocurrían las guerras y todos esos desastres que había visto a lo largo de su vida. Cuando vio al anteriormente sensato Percy Weasley hacer magia frente a una muggle como si fuera lo más normal del mundo, una parte de su cerebro comprendió lo que los mortífagos querían impedir. Equivocaron los métodos, por supuesto que sí, pero sus pretensiones no estaban vacías de razones.
En cualquier caso, Muriel Prewett no pudo pasar demasiado tiempo reflexionando sobre aquellas cuestiones porque Percy avanzaba con decisión hacia la casa y no parecía estar de muy buen humor. A la anciana no le extrañó dadas las circunstancias, pero seguía sin gustarle la presencia de Audrey. La chica caminaba un par de pasos por detrás de su sobrino y se la veía bastante aturdida. Sin duda la aparición la había dejado bastante turbada y quizá con secuelas físicas.
Muriel los observó desde la ventana sin mover un músculo. Apuró el contenido de su taza de té y esperó a que llamaran a la puerta. Después, permaneció sentada durante casi un minuto y sonrió al imaginarse a Percy perdiendo la paciencia. Siempre había sido un niño responsable capaz de ejercer un gran autocontrol sobre sus emociones, pero desde lo del hechizo había perdido los nervios. Los genes Weasley eran mucho más fuertes que los Prewett, de eso no cabía duda. Cuando finalmente fue a atender a las visitas, lo hizo con calma absoluta. Podía entender que los chicos estuvieran molestos con ella por lo que les estaba pasando, pero Muriel tenía una imagen que mantener y no pensaba dejarse avasallar por dos chicos imberbes. Era demasiado vieja para eso.
Mientras abría la puerta, Muriel se preguntó si Percy aún conservaría un poco de sus rígidos modales. A pesar de haber crecido en La Madriguera, rodeado de hermanos salvajes y con una madre que acostumbraba a vociferar órdenes, Percy siempre había sido un chico muy educado y con un vocabulario excelente. Se notaba que había dedicado gran parte de su infancia a leer; a Muriel le costaba un gran esfuerzo imaginarse a Molly o a su marido utilizando algunas de las expresiones más habituales de Percy.
-Percy –La voz de Muriel sonó tan desagradable como siempre. No era como si la mujer pretendiera caer antipática, pero nunca fue buena en las labores diplomáticas y ya ni siquiera quería esforzarse por ser amable con los demás. Era vieja y podía hablar como le viniera en gana. Si Percy fruncía el ceño con desagrado y llenaba sus pulmones de aire como si estuviera conteniendo un estallido de ira, no era su problema- ¡Qué pronto has venido a verme de nuevo!
-No es una visita de cortesía, tía Muriel.
Aunque había hablado con tranquilidad, la anciana bruja pudo distinguir perfectamente la tensión en su tono de voz. Bien. Iba a encontrarse con el Percy controlado que tanto había apreciado durante unos cuantos años. Tras él, la chica muggle la miraba con fijeza y una expresión extraña, mezcla de fascinación y desagrado. Sin duda, estaba intentando decidir si sería conveniente arrojarse sobre Muriel o no.
-Entonces. ¿Por qué estás aquí?
Obvió deliberadamente la presencia de Audrey. Todos los presentes eran conscientes de que ella sabía que era una muggle y que no pensaba tomarse la molestia de dirigirle la palabra.
-La señorita Prewett y yo queremos tratar un asunto muy importante con usted.
Sí. Las consecuencias del hechizo sin duda. A Muriel no se le ocurría otra razón por la cual Percy Weasley podría haber llevado a esa chica a su casa. A no ser que quisiera casarse con ella y hubiera decidido recuperar la antigua costumbre de pedir permiso a la cabeza de familia. Muriel sonrió ante eso último. Sería algo bastante curioso.
-¿La señorita Prewett? –Muriel entornó los ojos y miró a Audrey. Seguía sin parecerle gran cosa. Una chiquilla muggle del montón, de pelo y ojos oscuros y bastante flacucha para su gusto.
-Es la hija de Raymond Prewett. La conociste durante el funeral de su padre.
-¡Oh, sí! –Muriel era consciente de que lo que iba a decir a continuación sería una grosería, pero no podía contenerse- La bastarda.
Muriel esbozó una sonrisa cruel cuando Audrey dio un paso en su dirección, esperando a que la chica hiciera algo, lo que fuera. Pero Percy puso los ojos en blanco y extendió un brazo para detener a la muggle, estropeándole de paso la diversión a su tía abuela.
-Por favor, tía Muriel, prescindamos de esa clase de calificativos.
-Pero es la verdad. Esta niña no es hija de Raymond. El muy idiota cargó con ella, pero no le tocaba absolutamente nada.
-¡Era mi padre, vieja bruja!
La chica había subido el tono de voz y parecía colérica. ¡Oh, los muggles y su mal carácter! Ni siquiera Percy parecía ser capaz de contener aquel estúpido arrebato. Por alguna razón, Muriel estaba disfrutando enormemente al ver a esa chiquilla tan enfadada. A veces la anciana no podía comprender por qué sentía lo que sentía.
-Está bien, señorita Prewett –Percy se giró lentamente, cogió a la chica por los hombros y la miró a los ojos- No haga caso de tía Muriel. Disfruta atormentando a los demás.
Muriel se sintió momentáneamente indignada. ¿Cómo se atrevía Percy a decir algo así de ella? ¡Le debía un respeto, por Merlín! Pues bien, iba a recibir su merecido. Si unos minutos antes había estado dispuesta a echarle una mano con sus problemas, ahora había cambiado de idea. Percy Weasley y esa niña idiota no iban a obtener nada de ella, por idiotas.
-Dime lo que tengas que decir y llévate a la muggle de mi casa.
Notó la tensión en el cuerpo de su sobrino aún antes de que él hiciera nada. Percy se giró para mirarla, puso los brazos en jarra y decidió no andarse con rodeos. Seguramente tenía tantas ganas de irse de allí como Muriel de perder a esos dos de vista, así que la conversación sería rápida. Nada de cortesías inútiles.
-Aunque conseguimos romper el maleficio que Audrey padecía, tanto ella como yo estamos sufriendo los efectos secundarios –Muriel asintió. Ya se esperaba algo como eso- Cuando rompí el hechizo, se creó un vínculo entre ambos y quiero que me diga cómo acabar con él.
A pesar de que Muriel no había pensado en ese posible vínculo cuando maldijo el libro de cuentos, creía saber lo suficiente sobre el tema como para dar un consejo al chico Weasley, pero no lo hizo. No se lo merecía. Cuando habló, sonriente y muy satisfecha consigo misma, su voz sonó realmente maliciosa.
-No podéis deshaceos de ese vínculo, Percy –Dijo con tranquilidad, disfrutando con el horror que pareció invadir a los dos jóvenes- Cada día se hará más fuerte y llegará un momento en que creeréis enloquecer si no estáis el uno con el otro. De hecho, es lo que ocurrirá si no estáis juntos.
Muriel sabía que no era una buena persona. Lo sabía porque lo que les estaba diciendo no estaba nada bien y lo estaba disfrutando muchísimo, pero ser consciente de su maldad no la hizo sentirse para nada culpable. Percy era un ingrato y Audrey una muggle orgullosa y se merecían sufrir durante un par de semanas, hasta que se dieran cuenta de que el vínculo mágico poco a poco iba desvaneciéndose. De hecho, sería bastante divertido ir a echarles un vistazo durante los días de tormento que se aproximaban.
-¿Está hablando en serio?
-¿Cuándo he bromeado yo, Percy Weasley?
El chico estaba pálido como un muerto, y su acompañante parecía a punto de desmayarse, pero no habría piedad para ellos. No por el momento.
-¿Queréis un consejo? Pasad tiempo juntos y acostumbraros a estar el uno con el otro porque será lo único que os mantendrá cuerdos.
Tras decir esas palabras, Muriel se metió en su casa y cerró la puerta de un portazo. Tal y como Audrey Prewett le había dicho, era una vieja bruja y seguramente estaba empezando a perder la cabeza, pero esa tarde se sintió tan bien que pasó riéndose casi una hora. Ser mala era francamente divertido.
