EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 11
El ogro
El primer impulso que tuvo Sophie Prewett cuando la carta llegó a sus manos fue romperla en mil pedazos y tirarla a la basura. No podía creerse que después de casi veinte años de ausencia Paul le hubiera escrito a Audrey, pero lo había hecho.
Sophie recordaba perfectamente el día en que Paul decidió irse de casa. Había ido a llevar a Audrey al colegio y pensaba ir a hacer algunas compras, pero se olvidó del dinero y tuvo que regresar para recogerlo. Encontró a Paul muy ocupado, sacando sus cosas del armario y preparándose para huir sin despedirse. Hacía meses que Sophie venía notando su extraño comportamiento, pero hasta esa mañana de noviembre sus ideas no se aclararon del todo. Paul le confesó que llevaba tiempo enredado con otra mujer, una compañera del trabajo, y que se iba a vivir con ella. No quería saber nada ni de Sophie ni de Audrey y definitivamente no quería tener que decirle adiós a su hija. Así de simple. Sophie intentó arrancarle alguna explicación, hizo un vano intento por arreglar las cosas, pero Paul se fue y en todo ese tiempo jamás, ni una sola vez, había hecho el intento de ponerse en contacto con Audrey.
¿Por qué ahora? Para Sophie fue una bendición encontrar a Raymond. Fue un gran marido, un gran amigo y un gran padre y Paul había dejado de hacerle falta mucho tiempo atrás, así que no podía entender a qué venía aquello. Le hubiera encantado dejarse llevar por sus impulsos, mandar a ese desgraciado al infierno y olvidarse de aquel ridículo acercamiento, pero no era ella la que tenía que tomar la decisión. La carta era para Audrey y Audrey era una adulta perfectamente capacitada para elegir si quería descubrir lo que Paul tenía que decirle.
Sophie sabía que sería duro para su hija, pero cuando esa tarde volvió de la guardería en la que llevaba un tiempo trabajando, no dudó al decirle que tenía que hablar con ella. Audrey pareció extrañarse un poco. Últimamente las cosas habían estado un poco revueltas, pero la joven se sentía mucho más tranquila desde que salía con Percy. La complicada situación que ambos debían soportar se le hacía cada día menos desagradable y consideraba que Percy Weasley era un buen tipo. Quizá algo mayor y estirado para ella, pero muy inteligente e interesante. Su madre se daba cuenta de que su vida se estaba estabilizando de nuevo y a Audrey le extrañó que estuviera tan seria, como disgustada. Tenía la misma cara que ponía en el pasado cuando Audrey hacía alguna trastada y se veía en la obligación de echarle la bronca, pero la joven no recordaba que hubiera hecho nada que ameritara una represalia. Porque no había hecho nada. ¿Verdad?
—Ha llegado esto para ti.
Sophie no se anduvo por las ramas y le entregó la carta. Audrey dio un respingo cuando leyó el nombre del remitente y miró a su madre en busca de consuelo. ¿Cuántas veces había pensado en Paul a lo largo de esos años? No demasiadas, la verdad. Recordaba vagamente haber preguntado por su padre durante las semanas posteriores a su marcha, pero después de eso no le había echado de menos. Su madre siempre la cuidó muy bien y luego había tenido a Raymond, su padre.
—No tienes que leerla si no quieres —Dijo Sophie sin poder evitar que su voz sonara un poco amarga—. No le debes absolutamente nada a ese hombre y personalmente entendería que no quieras saber lo que tiene que decirte —A la mujer le hubiera encantado detenerse allí, pero no le pareció justo—. No obstante, nos guste o no, Paul es tu padre. Sé que Raymond ejerció esa labor con bastante acierto durante mucho tiempo, pero quizá podrías…
Sophie se encogió de hombros. Sentía cierta curiosidad por saber qué pretendía Paul. Durante algunos años había sido un jugador de rugby bastante aclamado, pero sufrió una lesión gravísima en la rodilla cuando aún era joven y tuvo que retirarse. A Sophie nunca le pareció que tuviera mucho cerebro, pero era un hombre carismático y guapo y no tardó nada de tiempo en encontrar un trabajo como relaciones públicas para su antiguo equipo deportivo. A Sophie le había gustado ir con él a las fiestas y disfrutar de una ajetreada vida social, pero cuando nació Audrey decidió que era necesario cambiar algunas cosas y dejó de salir tan a menudo. Paul no y quizá por eso terminó fugándose con una secretaria. Fue algo ridículamente típico y, a pesar de todo el tiempo transcurrido, Sophie aún le guardaba rencor a ese hombre. No porque la abandonara a ella, que también, sino porque no tuvo reparos en deshacerse de su niña. Nunca se había preocupado por ella, ni había preguntado si le faltaba algo ni nada de nada. La parte más visceral de Sophie quería que Audrey rompiera la carta. La más fría se preguntaba si Paul podría ocasionarles problemas en el futuro.
—Raymond era mi padre —Dijo Audrey. Se veía un tanto aturdida. Y no era para menos—. Eso no cambiará nunca. Pero me gustaría saber qué quiere Paul. Creo que voy a leerla.
—Te dejaré a solas.
Sophie le apretó cariñosamente el hombro y se fue. Las manos de Audrey temblaron un poco mientras abría el sobre, pero no se echó atrás. Dudaba mucho que sus sentimientos pudieran cambiar con solo leer unas cuantas frases insignificantes, pero realmente sentía curiosidad. ¿Qué excusa le pondría Paul para explicarle por qué se había marchado? Seguramente sería algo absurdo y difícil de creer y a Audrey le apeteció partirle la cara a ese tipo aún antes de saber cuáles eran sus intenciones. La joven desplegó la carta y leyó.
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—Así que quiere verte.
Audrey asintió. Percy dobló con cuidado el trozo de papel y se lo devolvió a su acompañante. Aunque no habían planeado esa cita de antemano, Audrey había querido quedar con él esa tarde y Percy no pudo negarse porque la había notado un tanto rara, preocupada por algo. Decir que descubrir el motivo de sus desvelos le sorprendió era quedarse corto. Audrey le había hablado en alguna ocasión sobre su padre biológico, aunque no era un tema que le agradara demasiado. Percy sabía que la había abandonado cuando era muy pequeña y que no había vuelto a verla desde entonces. Le costaba trabajo entender cómo un hombre era capaz de abandonar a sus hijos y podía ver dolor en los ojos de Audrey por más que ella se empeñara en fingir que no le importaba. Después de todo, Raymond Prewett siempre había estado a su lado, para lo bueno y para lo malo. Él era su figura paterna y a Audrey no le hacía ninguna falta conocer al tal Paul.
—No sé qué hacer.
Percy consideraba que hubiera sido muchísimo más conveniente que Audrey hablara sobre el tema con su madre o con su hermana, pero lo había escogido a él. Debía confiar lo suficiente en su buen juicio como para pedirle consejo a él, pero Percy realmente no sabía qué decir. Él había crecido en el seno de una amorosa familia y a su padre jamás le habría dado por volar del nido; seguramente no le habían faltado motivos en determinados momentos, pero Arthur Weasley había cuidado de sus hijos. Se había quedado. Después de todo era lo más normal del mundo. Lo habitual era que los hombres asumieran su responsabilidad, no que salieran corriendo a las primeras de cambio. Y menos aún para fugarse con cualquier fulana que les saliera al paso.
—¿Qué es lo que quieres? —Preguntó Percy, incapaz de decir algo más sensato.
Audrey se mordió el labio inferior. En la carta, Paul decía que se arrepentía de haberla abandonado, que la echaba de menos y que le gustaría poder verla de nuevo, conocerla. Audrey se sentía estúpida porque esas insignificantes palabras la habían conmovido y empezaba a sentirse un tanto desgraciada. ¿Por qué todo tenía que pasarle a ella? Había hecho un buen puñado de tonterías cuando era una cría, pero el destino no podría estar pasándole factura por ello durante el resto de sus días. ¿Cierto? ¿Acaso no había tenido suficiente con todo el asunto del hechizo? Estaba condenada a entenderse con Percy Weasley. ¿Es que no iba a parar nunca?
—Nunca he tenido la necesidad de conocerle. ¿Sabes? —La voz de Audrey fue casi un murmullo—. Apenas me acuerdo de él y mi madre sólo conservó un par de fotografías suyas. Lo destruyó casi todo durante los días siguientes a su marcha, pero quiso guardar algo para que algún día yo supiera quién había sido ese hombre. De todas formas, no hubiera sido muy difícil encontrar cosas suyas porque era famoso.
—¿En serio?
—Fue jugador profesional de rugby. Mi madre dice que era realmente bueno. Y tenía cierto encanto, por eso cayó rendida a sus pies —Audrey agitó la cabeza—. A veces pienso que si no hubiera sido alguien conocido nunca se habría ido.
—¿Por qué?
—Era un hombre guapo, atractivo y famoso. Debía tener un montón de mujeres rondándole continuamente y al final cayó en la tentación.
Percy chasqueó la lengua. No estaba para nada de acuerdo. Únicamente necesitaba pensar en Harry para ser consciente de que fama e infidelidad no estaban para nada ligadas. Harry Potter, el héroe por excelencia del mundo mágico, estaba muy enamorado de Ginny y Percy no le creía capaz de mantener relaciones extramatrimoniales con nadie.
—No creo que la fama tuviera algo que ver con su decisión de irse con otra mujer, Audrey. Se fue porque quiso.
Audrey lo miró con sorpresa un instante y Percy se dijo que no estaba ayudando demasiado.
—De todas formas, si dice que quiere verte tiene que ser verdad. No creo que se haya puesto en contacto contigo para nada. Al menos se ha tomado la molestia de averiguar dónde vives.
Audrey asintió y se quedó callada durante unos segundos. Cuando habló, Percy se sintió muy sorprendido.
—¿Tú qué harías?
—¿Yo?
—Si estuvieras en mi lugar. ¿Irías a verle?
Percy meditó su respuesta. Quería ayudar a Audrey porque se notaba que no lo estaba pasando muy bien, pero no quería influir demasiado en su decisión final. El tal Paul no era su padre después de todo.
—No lo sé, Audrey. Me cuesta muchísimo imaginar cómo me sentiría y qué pensaría estando en la misma situación que tú.
—Hace un par de días ni siquiera me acordaba de él. A veces me viene a la mente que se fue de casa y me pregunto dónde estará, pero no suelo sentir nada al pensar en esas cosas. Creía que no me importaba, pero ahora es distinto. Sé que quiere verme, que él también piensa en mí y yo… —Audrey volvió a agitar la cabeza—. Estoy muy confundida.
—No sé qué puedo hacer o decir para ayudarte, Audrey. Es un asunto muy delicado y sólo tú tienes la última palabra. Tienes que ordenar tus sentimientos y pensar detenidamente en todo esto antes de tomar una decisión. Nadie puede hacer eso por ti porque nadie puede ponerse en tu lugar.
Audrey permaneció muy seria durante un par de segundos y a continuación sonrió. Era una sonrisa entre triste y resignada pero que dejó a Percy con buen sabor de boca. Supo que acaba de encontrar las palabras correctas y que había podido ayudar a esa chica. Ignoraba cómo, pero Audrey parecía haberse quitado un buen peso de encima.
—Sé que no puedes decirme lo que debo hacer, por eso he querido hablar contigo. Sabía que me escucharías y que no te entrometerías. Eso es mucho más de lo que hubieran hecho mi madre o Mafalda.
—Querías a alguien que escuchara. ¿Cierto? —Audrey asintió y Percy compartió su alivio—. Pues estás de suerte. Pese a lo que la gente pueda pensar, soy bueno escuchando.
—Mi madre está muy enfadada con Paul. Creo que mientras estuvo casada con mi padre no se dio cuenta de lo furiosa que está, pero no se le ha olvidado lo que ese hombre hizo. Fue un cerdo —Percy tuvo que darle la razón—. No sé qué piensa Mafalda exactamente, pero creo que se sentirá un poco herida si acepto ver a Paul, como si estuviera traicionando el recuerdo de nuestro padre.
—Mafalda es una mujer muy sensata. Si finalmente te entrevistas con ese hombre, sabrá que tus sentimientos hacia Raymond no cambiarán.
Audrey volvió a quedarse callada. Percy la observó, consciente de lo guapa que era y de los vivaces que eran sus ojos y se sintió irremediablemente atraído por ella. Ignoraba si dicha atracción se debía cosa del vínculo existente entre ambos, pero no le importó demasiado. En los últimos tiempos Audrey Prewett estaba empezando a gustarle. Gustarle de verdad. No sólo se sentía atraído físicamente por ella, sino que cada día la encontraba más encantadora y fácil de tratar. No le suponía absolutamente ningún sacrificio verse con esa chica y en ocasiones se encontraba echándola en falta. No dejaba de resultarle curioso el hecho de que sus sueños eróticos hubieran desaparecido casi por completo. Suponía que la cercanía física hacía que ese deseo del subconsciente perdiera fuerza, pero quería investigarlo. No hablaría con la tía Muriel otra vez, eso estaba clarísimo, pero creía haber encontrado un par de libros la mar de interesantes.
Pero eso tendría que esperar. Lo único que importaba en ese instante era que Audrey estaba allí, a su lado, angustiada y a punto de tomar una decisión que podría cambiar muchas cosas en su vida.
—Lo único que importa es lo que tú quieras hacer, Audrey —Percy siguió hablando—. Estoy convencido de que tu madre y tu hermana te apoyarán hagas lo que hagas. No tienes que preocuparte por ellas, sino por ti. ¿Quieres ver a ese hombre? ¿Tienes curiosidad por saber qué ha sido de él? A lo mejor te apetece mandarlo al cuerno en persona, yo qué sé —Audrey soltó una risita—. La cuestión es que depende de ti. Eso es todo.
Audrey entornó los ojos y ninguno de los dos dijo nada más durante el resto de la velada. Media hora después, la chica estaba en casa, con la cabeza echa un lío pero decidida a hacer las cosas bien. Por ella, sólo por ella.
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Dos días después, Audrey le hizo saber a Percy que había quedado con su padre aquel viernes por la noche, en un restaurante chino en una zona céntrica de Londres. Obviamente la chica se había tomado su tiempo para tomar aquella decisión, pero Percy estaba muy preocupado por ella.
Si Audrey le había dado vueltas al asunto durante todos esos días, Percy Weasley no se quedaba atrás. En algunos momentos se arrepentía de no haberle aconsejado que se olvidara de él. Tendría que haberle dicho que el tal Paul no era más que un sinvergüenza indigno de una chica como Audrey. Alguien que era capaz de abandonar a sus hijos era un monstruo sin entrañas. Los pensamientos de Percy no habían sido tan extremos cuando leyó la carta y charló con la joven muggle, pero cada segundo que pasaba estaba más seguro de que el tal Paul iba a hacerle daño a Audrey y se arrepentía de sus acciones pasadas.
Porque Percy no quería que nadie dañara a Audrey. Una chica como ella únicamente merecía que le pasaran cosas buenas porque era genial. Bastante mala suerte había tenido la pobrecita con todo el asunto del hechizo como para que encima el tal Paul le dijera o hiciera algo hiriente.
Lo del hechizo había sido muy injusto para los dos, cierto, pero sobre todo para Audrey. Cada día que pasaba Percy se sentía más y más afortunado. Al principio había sido duro aceptar que una jovencita muggle era su media naranja, pero Audrey era una chica genial y él no tenía motivos para quejarse. Seguramente Audrey no podría decir lo mismo. Percy tenía la sensación de que él no era precisamente su tipo y lo sentía por ella. Un maldito hechizo los estaba forzando a estar juntos y Audrey tendría que haber podido elegir a su pareja. A Percy le dolía ser consciente de que en circunstancias normales jamás hubiera tenido la más mínima posibilidad de estar con esa chica y constantemente se repetía que estaba capacitado para hacerla feliz. Tenía que ser amable con ella, tratarla con respeto y darle toda la libertad que necesitara. Tenía que demostrarle que Percy Weasley era alguien que merecía la pena y ayudarla a que el largo camino que tenían por delante fuera lo más llevadero posible. Pero eso tendría que esperar un poco.
Lo importante esa noche era que todo saliera bien con el tal Paul. Percy sabía que tendría que haberse quedado en su apartamento devorando uno de sus nuevos libros sobre hechizos de amor, pero la ansiedad pudo con él y terminó rondando por la casa de los Prewett. Lo correcto hubiera sido llamar a la puerta y fingir una visita social a Mafalda y Sophie, pero estaba convencido de que ninguna de las dos mujeres estaba pasando un buen rato y decidió esperar fuera para no molestarlas. No sabía si a su vuelta Audrey querría hablar con ellas en primer lugar, pero no le importaba. En cuanto la viera aparecer por la casa, la abordaría muy cortésmente y le sacaría toda la información relacionada con su cita con el tal Paul. Le ofrecería su apoyo y estaría allí para cualquier cosa que necesitase.
Durante un par de horas, Percy no dejó de darle vueltas al asunto. En algún momento de la noche debió estar lo suficientemente desquiciado como para idear curiosas formas de torturar a Paul en caso de que su comportamiento no hubiera sido el adecuado. A Percy le sorprendió descubrir que guardaba en su interior una vena un tanto sádica, aunque no tardó en recordar su actuación durante la batalla de Hogwarts y fue consciente de que era capaz de hacer cualquier cosa si se encontraba bajo presión. Cuando se dio cuenta de que habían matado a Fred, Percy quiso causar todo el daño que fuera posible. Si el tal Paul hacía pasar un mal rato a Audrey, se iba a enterar de lo que un Weasley era capaz de hacer por su familia.
Su familia. Percy suspiró al darse cuenta de que ya consideraba a Audrey como un miembro de su familia. Era un hombre lo bastante listo como para reconocer sus sentimientos y, aunque había sido un proceso lento y progresivo, era obvio lo que sentía por Audrey. No mucho tiempo atrás lo hubiera creído imposible, pero quería estar con Audrey Prewett. Quería cuidarla y estar siempre a su lado y realmente quería que esa noche apareciera por casa con una sonrisa en la cara.
El estómago de Percy se volvió pesado cuando el taxi se detuvo frente a la casa. Al principio no pudo ver la cara de Audrey, pero en cuanto el coche se puso en marcha de nuevo, Percy prácticamente corrió hasta situarse al lado de la chica.
—¡Hola, Audrey!
La joven dio un salto de alarma y soltó un gritito, alarmada por la inesperada llegada del brujo. Percy reconocía que su saludo no había sido precisamente sutil.
—¡Oh, Percy! ¡Joder! ¡Qué susto me has dado!
—Lo siento mucho. No era mi intención.
—Ya —Audrey se llevó la mano al pecho, luchando por recuperar el aliento, y miró a Percy fijamente—. ¿Qué haces aquí?
—Quería saber cómo te ha ido con Paul.
—¡Oh! —Audrey se sorprendió tanto por esa respuesta como por su repentina aparición—. ¿Quieres pasar?
—Tu madre y Mafalda deben estar esperándote. Prefiero que hablemos a solas. Si no hay ningún problema.
—Pues claro que no lo hay. ¿Por qué debería haberlo? Aunque no entiendo porqué no quieres que ellas estén presentes mientras hablamos. También les contaré lo que ha pasado.
Percy tuvo la sensación de que Audrey estaba un poco a la defensiva y no le faltaban razones. En primer lugar, había sido abordada en plena noche por un brujo de los de verdad. Y lo más importante, era posible que su cita con el tal Paul hubiera sido un auténtico desastre.
—Se me sigue dando muy bien escuchar —Dijo en tono conciliador—. ¿Ya no necesitas un buen oyente, Audrey?
La chica suspiró, golpeó el suelo con la punta de sus zapatos un par de veces y terminó sentándose en los escalones de la entrada. Percy se dejó caer a su lado, sonriente y dispuesto a mostrarse muy comprensivo.
—Ha sido un encuentro… Interesante —Dijo Audrey—. Paul se ha mostrado muy amable, me ha explicado por qué se fue y me ha pedido una oportunidad. Creo que ha sido honesto conmigo y no ha intentado justificarse —Percy dio un respingo cuando Audrey le cogió una mano. Al principio tuvo el impulso de apartarla, pero por suerte no lo hizo. Era un contacto muy agradable—. Dice que cometió un error, que ni mi madre ni yo tuvimos la culpa y que lo siente mucho.
—¿Y qué le has dicho tú?
—No mucho, en realidad. No he conseguido sentirme cómoda en toda la noche, pero él no se ha molestado ni nada. Me ha contado algunas cosas de su vida. Está casado con aquella secretaria. Dice que estaba realmente enamorado de ella, que no se hubiera ido si sólo hubiera sido un capricho pasajero. Me ha invitado a visitarlos a su casa cuando quiera.
—¿Has pensado ya si vas a ir?
Audrey negó lentamente con la cabeza. Sus dedos se apretaban entre los de Percy y el brujo se atrevió a acariciarle los nudillos con la otra mano. Sí. Definitivamente aquello era muy agradable, un gesto cálido y amistoso. Íntimo.
—Tengo que asimilarlo todo. Paul me ha dicho que me tome todo el tiempo del mundo. Dice que quiso encontrarme hace algunos años y que cuando se enteró de que mi madre se había casado de nuevo no quiso molestar. Sabe lo que Raymond significó para mí y… —Audrey suspiró y giró el cuerpo para mirar a Percy a los ojos—. No sé qué… Es demasiado bueno para ser verdad. Odio lo que hizo, pero tendrías que haber estado allí. Parecía muy sincero mientras se disculpaba.
—Quizá lo parecía porque estaba siéndolo, Audrey —Percy, invadido por aquel bienestar que le proporcionaba el contacto entre las dos manos, se atrevió a acariciarle el rostro—. Está claro que Paul cometió un gravísimo error al alejarse de ti, pero es perfectamente posible que se arrepienta y quiera hacer las cosas bien. No puede volver atrás y cambiar el pasado, pero te ha buscado, se ha puesto en contacto contigo y está intentando arreglar lo que hizo. ¿Es suficiente para ti?
Audrey, que había aceptado la caricia de Percy con mucho gusto, cerró los ojos y dejó la mente en blanco, abrumada por todo lo que acababa de pasarle. Era verdad que lo único que quería era llegar a casa para hablar con su madre, pero aquella conversación con Percy le estaba haciendo mucho bien. Ese hombre era alguien digno de su total confianza, un hombre con la cabeza bien amueblada que era capaz de razonar con cierta frialdad. Audrey necesitaba a su madre, sí, pero no necesitaba verla apretar los dientes mientras le hablaba de Paul. Sophie Prewett había sufrido mucho por culpa de ese hombre y Audrey no quería ponerla entre la espada y la pared. No hasta que no hubiera tomado una decisión concreta.
¿Quería perdonar a su padre y darle una segunda oportunidad? La niña que un día había sido le decía que no, que Paul no se merecía ostentar el honor de ser su padre porque Raymond ya lo había sido y el otro nunca podría estar a su altura, pero la Audrey adulta había creído en las palabras de ese hombre. Había visto la sinceridad en sus ojos y, aunque Paul debería seguir siendo un ogro malvado para ella, no podía evitar sentir que ya no lo era. Todavía no estaba segura de poder perdonar su abandono, pero quizá si le diera otra oportunidad podría comprobar si merecía la pena ofrecer ese perdón.
Miró a Percy. A pesar de su pomposidad y su extrema rectitud, era un buen tipo. Audrey ya se había dado cuenta antes y cada vez disfrutaba más a su lado, pero nunca le había gustado tanto Percy Weasley como esa noche. Porque ese hombre había estado esperándola en la calle, preocupándose por ella. Había querido comprobar con sus propios ojos que Audrey no se había roto en pedazos. Y esa caricia era diferente. Se notaba que salía de las mismísimas entrañas de Percy y la chica se sintió inmensamente reconfortada. Durante todo el trayecto de vuelta en taxi había sentido muchísimo miedo, pero ya no estaba asustada. Algo en su interior le decía que todo saldría bien mientras Percy estuviera ahí para escucharla y sólo por eso decidió dar aquel paso. No sabía muy bien a dónde les llevaría, pero por primera vez desde que se había librado del hechizo quiso hacerlo.
Besó a Percy Weasley. Mientras él seguía acariciándole la cara, acercó sus labios a los del chico y le besó. Él pareció sorprendido y se puso bastante nervioso, pero a Audrey no le importó. Le rodeó el cuello con los brazos y recordó el beso que se habían dado en el hospital, cuando Percy se vio obligado a hacerlo para librarla de aquel horrible encantamiento. Todo fue muy confuso entonces. A Audrey le había tomado muchísimo tiempo poner en orden sus pensamientos, pero sabía que cuando se separaran todo estaría bien. No sabía si era cosa de la magia o no, pero ya daba igual. Percy Weasley le gustaba. Y si te gusta un chico lo más normal es que le beses.
Audrey podría haber seguido así toda la noche, pero sólo tardó unos segundos en separarse. Percy tenía los ojos cerrados y estaba totalmente entregado a ella. Audrey prácticamente podía oír los latidos de su corazón y, cuando el brujo la miró, parecía más un chaval asustado que un hombre hecho y derecho.
—¿Qué…?
—¿Sabes una cosa, Percy Weasley? Con magia o sin ella, me gustas.
Percy alzó una ceja como si no diera crédito a lo que estaba oyendo.
—¡Vaya! —Exclamó. Sus gafas se le escurrieron por la nariz y usó el dedo índice para empujarlas hacia arriba—. Ése es un interesante cambio de tema.
—¿Eso es todo lo que puedes decir? —Audrey frunció el ceño e hizo ademán de levantarse. No sabía qué había esperado de Percy al hacer esa confesión, pero su indiferencia le molestaba bastante. Por fortuna, el chico la cogió del brazo para impedir que se fuera.
—No te enfades. Es sólo que ha sido un poco inesperado. No pensé que yo pudiera gustarte.
—¿Por qué no? —Audrey no sabía por qué de pronto se sentía tan malhumorada.
—Las circunstancias que propiciaron este acercamiento no fueron las mejores y lo sabes. Confiaba en poder ganarme tu cariño con el tiempo, pero no creí que fueras a confesarme algo así tan pronto. Además, no podemos estar seguros de que no sea cosa de la magia. Los vínculos mágicos pueden confundir las emociones de las personas y tú estás pasando por un momento delicado con todo el asunto de Paul. Obviamente estás hecha un lío y no me gustaría que confundieras gratitud con otra cosa. Yo estaré a tu lado pase lo que pase y no…
—Percy —Con suavidad, Audrey le puso un dedo en los labios—. ¿Quieres callarte y darme otro beso? Haces que me duela la cabeza.
—Pero Audrey. La magia…
—Sólo una pregunta —Audrey no dejó que intentara soltar otro discurso y utilizó el tono de voz idóneo para controlar a los niños de la guardería—. ¿Es posible que yo te guste a ti, aunque sea un poquito?
—¿Qué?
—¿Te gusto, Percy? Y antes de que empieces a decir cosas sin sentido, te digo que sólo aceptaré un sí o no por respuesta. Sin matices.
Percy no había acudido a aquella casa para eso, pero sintió que no podía mentir. Audrey le había besado. Confundida o no por el vínculo mágico, le acababa de confesar que se sentía atraída por él. ¿Cómo resistirse a algo así? Sería cosa de idiotas y Percy Weasley nunca había tenido un pelo de tonto. Así pues, suspiró y asintió con la cabeza.
—Sí.
En cuanto escuchó esa palabra, Audrey volvió a besarle, en esa ocasión con mucha más pasión. Terminaron prácticamente tumbados en el suelo y cuando se separaron a Percy le dolió. Físicamente. Quiso decir alguna cursilada como que estaban unidos por una magia que iba más allá de un simple hechizo, pero se calló porque no quería que Audrey le escuchara hablar de la magia del amor verdadero. Apenas estaban empezando a conocerse.
Además, seguir con la parte de los besos era muchísimo más divertido.
