Tiempo muerto.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece, porque de otra forma habría zombies, franceses siendo… franceses, ukes con metralleta y látigo, alemanes sin ropa y hard yaoi, mucho yaoi, en todo caso los acontecimientos de este fumado fic ya habrían aparecido en el animé… pero le pertenece a Hidekaz Himaruya, cúlpenlo a el por qué no pasa nada de eso (?)

Advertencia del capitulo: Lenguaje fuerte (como siempre), datos sacados de la Zombie Survival Guide de Max Brooks, referencias a Apocalipsis Z, violencia y muertes.

Nota: Creo que algunos estarán encantados con la sorpresita del final de capítulo. Ese problemita haría las cosas la mar de interesante si se lo propusiéramos a un director de cine~

¡Me disculpo por la tardanza, por eso les traigo un omake al final!


Irrealidades.


Por lo general, mucha gente en la ciudad de México, la capital de dicho país, suele despertarse a por lo menos las cuatro de la mañana para comenzar sus faenas diarias y por lo tanto a eso de las seis en punto estar en el metro de la ciudad. Esteban Yáñez y su esposa, Alejandra de Yáñez, atendían un pequeño local muy cerca del centro de la ciudad en donde vendían comida. Por supuesto, el local se encontraba exactamente debajo de su vivienda por lo que no era necesario despertar a semejantes horas.

Sin embargo una madrugada, Esteban escuchó unos gritos por debajo de la ventana que daba a su dormitorio. Él se apresuró a bajar las escaleras habiendo cogido una pistola en la mano derecha y una linterna en la otra, esperando que no se tratara de una intrusión a su negocio. Mientras, su esposa llamaba a la policía en el acto.

Al llegar a la calle se encontró con un joven mugriento y con mala pinta tirado en el piso, seguramente uno de los tantos niños callejeros, el cual seguía gritando a todo pulmón, sosteniéndose el brazo derecho o lo que quedaba de este mientras la sangre manaba a borbotones de la extremidad cercenada.

—¡La alcantarilla! ¡Cierra la alcantarilla chingada madre porque ahí vienen!— Aulló el chico al verle acercarse.

—¿Quiénes vienen? Tranquilo hombre que ya viene la policía…

—¡No pendejo! ¡Que cierres la alcantarilla te digo, yo no quiero saber de policías!

A Esteban no le quedo más opción que cumplir con la petición del chaval, así que haciendo acopio de todas sus fuerzas cargó y arrastró la tapadera metálica de la cloaca, asestándole un pisotón para que encajara bien en su sito cuando creyó escuchar un sonido cavernoso adentro de la coladera, mas parecido a un gemido lejano que le erizó los vellos en la nuca. Mientras Esteban seguía pensando en la llorona* después de haber escuchado el sonido, Alejandra corrió hasta donde se encontraba tumbado el joven, sacando de un botiquín un par de gasas estériles y más material de curación con el cual esperaba detener un poco el sangrado de la lesión hasta que llegaran los policías y paramédicos.

Entre sollozos, el muchacho que no quiso identificarse con la pareja, comenzó a relatar como fue que se había hecho aquella lesión, confesando que al principio él y sus compañeros habían estado robando las tuberías de cobre en la colonia cercana para posteriormente venderlas, cuando de pronto, escucharon el inconfundible ruido de la sirena de una patrulla de judiciales y decidieron meterse a una coladera para evitar que los fueran a arrestar.

En su loca carrera dentro de los conductos del drenaje, comenzaron a escuchar más pasos siguiéndoles y creyendo que eran uniformados pisándoles los talones, decidieron apresurar más el paso hasta que llegaron a un túnel sin salida y fueron rodeados por un grupo numeroso entre hombres y mujeres –entre ellos uno que otro güero o gringo- que venían cubiertos de harapos y heridas en todo el cuerpo; estos se acercaron cojeando y lamentando de forma espantosa y rítmica, atrapando entre sus descoloridas manos a dos de los muchachos mientras les encajaban los dientes en la carne. Él logró escapar. Intentó buscar una salida, hasta que halló una tapa de la alcantarilla a medio cerrar y decidió que si no quería terminar como sus colegas era preciso saltar y moverla. Confiado, dejó la coladera abierta, mientras sentado intentaba recuperar el aliento hasta que un brazo fuerte y torpe lo intentó jalar desde dentro del drenaje y pese a que quiso zafarse, lo que había adentro lo mordió y zamarreo muchas veces al punto de que terminó rompiéndole el brazo.

Antes de que pudiera decir otra cosa, entre una verborrea inteligible de insultos y demás frases, el muchacho perdió la conciencia y en los sesenta minutos posteriores en los que la ambulancia llegaba, este murió.

A las siete y media de la mañana, Francisco (Pancho para los amigos) Antonio Sánchez Jiménez mejor conocido como la Republica Mexicana se removía perezoso entre las sabanas. El dichoso despertador estaba armando su escándalo con su irritante insistencia. El moreno extendió su mano de miope dormilón para apagarlo sobre la misma mesilla de noche pero… ¡Plaf! El trasto fue a parar hasta el otro lado de la ciudad por el súbito y bien propinado manotazo que le dio su dueño.

—Ni modo.—Dijo para si mismo— Otro reloj más que se va al garete…

Dicho esto, se volvió a acurrucar entre sus sabanas y echó una cabeceada dispuesto a seguir descansando la flojera de no hacer nada (lol) hasta que unos gritos femeninos lo despertaron, sin que esta vez un simple manotazo los fuera a hacer callar.

—¡Don Pancho, baje a desayunar porque se le van a enfriar las tortillas! — Gritó desde el piso de abajo la señora que le hacia el quehacer en la casa y además le cocinaba.

—Nomas porque no quiero comer frío, chingá… —Susurró medio adormilado e intentando ponerse de pié al tiempo que se rascaba las legañas de los ojos.

El mexicano intentó bajar los escalones a la otra planta de la casa pero tropezó con un calcetín olvidado, la gravedad lo llevó hasta abajo recibido por una serie interminable de moquetazos bien puestos en la cara y de ahí llego arrastrándose hasta la mesa con pereza digna de caracol. Su ánimo cambió en cuanto vio el aspecto de su desayuno consistente en café de olla, un par de huevos estrellados cubiertos en salsa roja, tortillas recién salidas del comal y varios trozos de carne enchilada, cual comenzó a devorar peor que perro famélico en una carnicería. Luego encendió el televisor. El único propósito era para ver con que nueva perogrullada iría a salir Loret de Mola*, hasta que notó la mirada extraña del conductor. Una mirada de miedo sutil que no había visto en años.

En la tele aparecieron las imágenes del centro de la ciudad, las calles estaban bloqueadas por los militares y acordonadas en lugar de las típicas cintas color amarillo, unas rojas de peligro acompañadas del dibujo de dos huesos y un cráneo. El reportero en la zona alegaba que se trataba de la explosión de alguna clase de fábrica de pesticidas y cierta histeria colectiva que el personal militar y judicial estaba intentando contener.

Y ahora que él mismo recordara, no había ni una sola fabrica en el centro al ser una mera zona turística y comercial. A saber que casi todas las fábricas estaban en Tlatelolco, Vallejo… y otras más como para Coacalco, pero eso ya era para la salida del DF y no importaba. De hecho dudaba que se tratara que todo ese asunto fuera producto de una simple histeria colectiva.

Usando la lógica y sentido común, habría más paramédicos y cosas así atendiendo los heridos o afectados que no aparecían ni fugazmente en pantalla; Aparte de eso, no habían pasado muchas imágenes de la susodicha fabrica

¿Y además como iba esto? ¿Se pensaban calmar y curar a la gente con AK-47 en mano? Porque no se veía muy tranquilizador que digamos el hecho de ver a hombres fuertemente armados, venir con el uniforme de los antidisturbios y bajando de los blindados de la guardia nacional…

Luego sonó su celular, el cual con la musiquita de la cucaracha lo sacó de sus cavilaciones. La llamada era directamente del móvil de su presidente. Contestó.

—¿Qué transa wey?

—Francisco, modera tu lenguaje… —Lo reprendió Calderón desde el otro lado de la línea.

—Perdón jefe. Lo oigo medio raro ¿P-p asó algo? —Inquirió el mexicano sospechando un poco.

—Ya encendiste la tele. Por el bullicio de fondo me atrevo a adelantarme. —Dijo el mandatario soltando un suspiro.

—Eso mero. Hay un pinche desmadre en el centro que ya parece plantón del Peje y…

—Pues eso es a lo que voy. Prepárate tus maletas, papeles, identificación y otras madres que te sean útiles porque tenemos una reunión de emergencia allá en Ginebra… así es, en este momento. El chofer y un escolta irán a recogerte a tu casa, tomaremos un jet y espero que para ese momento te saques de la cabeza todas las paparruchas que está en la televisión porque esto es peor de lo que tú crees…


Bitácora de viaje por Ludwig.

FECHA: 26/05/2012

HORA: Entre las 18:00 y 18:30

LUGAR: Un pueblo medianamente grande, aparentemente apacible y semi-desierto. Territorio más adentro de la frontera de Francia.

DISTANCIA A LA QUE ME ENCUENTRO: Aprox. 17 kiló metros en la carretera, desde aquí arriba del techo de la camioneta y únicamente con los prismáticos puede verse una zona residencial. Ya le he echado el ojo a unos edificios.

PUNTOS ESPECÍFICOS: Hemos salido a toda leche en muchas clases de vehículos disponibles después de que fuimos victimas de alguna clase de bombardeo en Ginebra, durante la conferencia de emergencia. Como si no fuera poco, nuestros mandatarios nos han mandado al diablo y no tenemos más que unas pocas raciones de comida… y ya no hablemos de agua.

¿Cómo conseguimos transporte?

Fácil, nuestros amigos africanos hicieron gala de sus mejores trucos escondidos bajo la manga y por suerte entraron a una pensión de automóviles, allá en Ginebra, de donde han sacado los vehículos en los que nos encontramos (Estoy encima de una ambulancia, mein gott…). Entre todo, presiento que nos van a ser de mucha ayuda un blindado de la caja de valores, la camioneta de mudanza, el camión de la basura, el todoterreno el furgón de turismo y… sí, un par de motocicletas. Esas no se de donde las habrán robado pero como Australia, a la par que mi hermano sigan conduciendo así, van a terminar como calcomanías en el asfalto.

Tras varios kilómetros de viaje, esquivando la carretera nacional y tomando rutas alternas logramos llegar de una sola pieza hasta Francia. El lugar se ve tranquilo pero no hablamos de una calma que de confianza, es decir, con los binoculares tan solo se puede apreciar no más que un puñado de gente caminando, como si no supieran que pasa y no logro ver más… [Anotación: Buscar unos prismáticos que tengan mínimo un zoom de más de 10X, buscar pilas de todo tipo, cuerdas, un mapa del lugar (porque ni el mismo Francia sabe en donde diantres estamos) y un desencofrador por eso de las dudas]

ACCIÓN REALIZADA: Nos hemos puesto a discutir por más de media hora y lo que me preocupa es quedarnos en penumbras, uno no sabe si esas cosas nos pueden ver en la oscuridad.

¿Qué más le vamos a hacer? Lo único que nos queda, nos guste o no es entrar al poblado; que viene siendo mucho más seguro que quedarnos a media carretera como tontos. Además creo que es más riesgoso no entrar y refugiarnos, aun que sea temporalmente en un lugar de la población. Fick dich, eso si no nos comen en el intento...

—Ve~, ¿Que tanto estás viendo, Lud? —Preguntó Italia colgado de un brazo del alemán. Este, le cedió los prismáticos.

—No se si la sed me afecta pero… ¿Tú qué ves ahí?

—Gente. —Achinó los ojos -Sí, más- e incluso le intentó dar vueltas al aparatito. — Están caminando, harán la compra, uno va haciendo la colada, va un grupo en tropel a por algo en una tienda. Seguro hay pasta en oferta~

—¿Pero que tú está haciendo, chico? ¿Nos vamo' a dal prisa o qué?— Interrumpió con un grito el cubano desde arriba del camión recolector, apoyado por un mexicano cubierto de cáscaras de banana, un brasileño atrapado en una caja, un peruano asqueado y media Latinoamérica más, aguantando las arcadas dentro del contenedor.

—¡Pero que macanudo, che! Ya se fue al diablo la reserva de gasolina…—Dijo Argentina desde la cabina, pegándole un golpe a la pantalla donde estaba la aguja medidora del combustible.

—¿Creen que aguante seguir un par de kilómetros más? — Preguntó Estonia aparcando, asomando medio cuerpo desde el blindado— Por que de otra forma vamos a tener que dejar el recolector y compactarnos más en los coches y…

—¡NO! — Corearon todos al unísono.

—Ya, creo que sí puede seguir. Las cosas funcionan mejor después que les metés una patada. — Contestó Argentina con una sonrisa.

—¡Haberlo dicho antes, weon! —Vociferó molesto el chileno en el asiento copiloto— Te habría agarráo a pata' desde hace mucho, po.

—Sí Manu, pero vos no me agarrás a golpes la noche entera. Eso significa que hago bien mi trabajo~

—¡Cállate, hay un niño!

—¡SILENCIO! —Chilló Francia, con una cara de alterado nunca antes vista— ¿Qué vamos a hacer? ¡Llevamos el puñetero día sin comer y con calma seremos la cena!

—El frog tiene razón. — Dijo Inglaterra mirando acusadoramente a Alemania, mientras lidiaba con un gringo agarrado a su pierna de forma muy heroica. —¿Se te ocurre algo o vas a seguir admirando pájaros?

El rubio se mordió el labio, sabiendo que todos estaban esperando una respuesta rápida. Se comenzaba a ir oscureciendo muy rápidamente y la temperatura descendiendo. Lo más lógico que su cabeza podía procesar fue aceptar que tendrían que entrar al poblado, a la de ya. Seguro que no faltaría un edificio donde quedarse un rato. Además, no dudaba que con gente caminando por ahí podrían ayudarse a crear un perímetro o base.

Pensando más lejos, si esa gente no estaba enterada de todo el follón de puta madre allá afuera, se podrían construir una especie de ciudad amurallada con la ayuda de la gente de ahí. Cosa nada difícil con un par de buldózeres, concreto, varillas y…

—¡Despierta bastardo! —Le gritó romano borrándole al instante a Ludwig la sonrisa de su cara.

—Vale, ya. Se me ha ocurrido algo. —Dijo sentándose en la orilla de la ambulancia. — Vamos a hacer arrancar estas cosas, aparcamos estos trastos y escondemos todo esto en algún callejón, nos vamos a pié hasta llegar a esa zona de los edificios. —Señaló las edificaciones grises— Nos presentamos, hablamos con los vecinos y se acabó. Sin problemas ¿Quedó claro?

—¿Tío, para que nos vamos a pie?

—¿Quieres gastar gasolina que ya no vamos a poder usar en caso de una escapada rápida? —Le respondió con otra pregunta.

—¿Y si nos roban un coche? — Inquirió Holanda preocupado.

—Hombre, habrá cientos más en la calle, ¿No lo fijas?— Escupió el inglés fastidiado.

—Bueno, suficiente de gritos, señoritas.— Gritó el Camerún desde su vehículo al tiempo que preparaba la Glock 9mm— Ya oyeron al soldadito. No se quejen y comiencen a mover el culo.


Terror. Solo se necesitaron un par de mugrosos minutos para desatarlo. Y cinco segundos precisos para darle inicio a una cosa que iba para carnicería y terminó mal para el otro bando. Ósea que para esa noche, los no-muertos tendrían que esperar para cenar.

¿De quién fue la idea de entrar ahí?

La gente no estaba enterada. Nadie se enteró. Nadie hizo la colada, ni caminaban por ahí muy alegres ni fueron en tropel a por ofertas de pasta en la tienda de la esquina. Semanas antes, el ejército francés comenzó a evacuar la gente y trasladarles a un punto seguro en lugar desconocido. Acto seguido dispararon a todo aquel sujeto en las calles que arrastrara los pies y gimiera como el demonio.

Bueno, no resultó así. Les quedaron aproximadamente unos trecientos y poco más a los que no dispararon en aquel pueblo. Posiblemente quedaron dentro de túneles, atrapados en almacenes, inactivos dentro de algún local, etc. En el caso de ahora, un grupo de cincuenta y ocho podridos quedaron atrapados –de forma previamente planeada por algún desconocido ya evacuado de la zona– dentro de una pensión de autos subterránea, donde supuestamente iban nuestras naciones a dejar los autos.

Que pena que nadie le mencionó a Alemania que los estacionamientos subyacentes son como laberintos sangrientos en brotes zombies.

—¡Trágate esta, cabrón! — Gritó jadeante el mexicano lanzando una granada a sus espaldas, sin detener su paso. No hubo efecto, de haber sido personas vivas, estas se hubieran retorcido del dolor por las esquirlas del artefacto.

A cada cuadra que avanzaban en la avenida, parecía que la horda de podridos se multiplicaba. Salían como enjambre de cada esquina. Las calles asemejaban a una estampa dantesca. Había carros apilados unos encima de otros como imitando a las torres de Jenga. Furgones destrozados por completo, y colectivos clavados encima de las tiendas… ¡Encima!

Ahí todo había perdido sentido.

—¡No está funcionando! ¡Usen pistolas! – Gritó Hungría cargando con varias forjas con los médicos del grupo.

—¡Con gusto mujer, ya me tienen harta!— Tanzania arrebató la pistola de la mano de su vecino, amartilló ruidosamente el arma dispuesta a seguir corriendo y disparar hasta que le fue arrebatada de sus manos, esta vez por el sudafricano.

—¡No disparen, el sonido va a atraer más hasta nuestra posición! —Finlandia fue de los pocos que decidió por experiencia no usar armas.

—Que a nadie se le ocurra detenerse porque se nos van a venir encima todos.— Advirtió Alemania.

—¡Shit, ya no puedo correr más!~ —Estados Unidos estaba dando traspiés a media calle después de agotar su energía en la carrera. Si se detenía, seria hamburguesa con lentes recién servida para los zombies.

El ruso, en un acto poco usual hacia su enemigo numero uno, levantó con cierta facilidad al americano y lo subió al hombro como vil saco de papas. Los Italias sacaron energía de quien sabe donde y ya iban a la cabeza del grupo superando a todos en velocidad.

La ventaja principal en cualquier tipo de Apocalipsis zombie es que cuando se trata de una infección normal, el reanimado no tiene más inteligencia que una piedra con retraso mental y una velocidad apenas superable por un caracol. Aquel que se sienta en condiciones para no preocuparse, haría bien en recordar la fábula de la liebre y la tortuga. Por supuesto, la liebre en este caso corre el peligro de ser devorada viva.

Pero, en esta ocasión nos enfrentamos a una mutación del solanum que ha hecho a los no-muertos presentar un cuadro de inteligencia… digamos, como la de un perro. Sumándole a esto, que los muy malditos aparte de cojear, cojean muy pero muy rápido. No corren pero pareciera que trotan a la velocidad que van.

Perderlos de vista no fue tarea sencilla. Definitivamente los dejaron muy atrás. Ni siquiera había sido fácil para Australia, acostumbrado a correr como vil velocirraptor por sus tierras. Ya se podían ver los edificios a los que les habían echado ojo desde lejos.

Y el portón estaba abierto.

¡Bendito portón! ¡Alabado sea el idiota que lo dejó así!

—¡ADENTRO TODOS! — Gritó Corea saltando por los aires al lanzarse dentro del patio del complejo.

Tras casi aplastarse los unos a los otros, cerraron la puerta y el zaguán, atrancando con un par de pesados archiveros que estaban afuera, al igual que otras cosas inútiles entre valijas, estufas y otros cachivaches que estaban arronzados en la parte delantera del patio. Todos sin excepción se dejaron caer exhaustos en su carrera.

—Correr en falda… no es lo mío, tipo… —Murmuró Polonia para sí mismo.

—Sí… cuenta la leyenda… que esos hijos de puta no corrían… y solo comían cerebros…—Agregó Lituana siendo aplastado por los otros bálticos.

La mayoría, boqueando como peces se pegaron a las paredes y sentaron en el piso a recobrar el aliento. Otros como Dinamarca, al cargar armas tán pesadas, simplemente les dio el telele al poner pie en zona segura.

—Noru… Recuérdame… llevar un hacha de incendios… la próxima vez…

—S' es que hay pr'xima vez. —Dijo Suecia con la cara pegada al piso, recuperándose. Noruega con una mueca de fastidio y miedo mal disimulado se abanicaba con su gorro, ignorando a todo el mundo.

En el diminuto pórtico que comunica del jardín a las escaleras, venia contoneándose muy sensualmente una chica. Veintitantos, castaña, con una sola blusita de escote profundidad atlántica y una falda que dejaba muy poco lugar a la imaginación.

—¡Eh, hola linda! ¿Estás sola?~

La mujer se iba acercando entre la oscuridad al danés, cosa que no pasó desapercibida por los nórdicos, y menos para el noruego. Solo con la poca luz que quedaba, se dieron cuenta que nada andaba bien cuando la tipa se abalanzó a por el rubio, envolviéndole en un abrazo fatal, abriendo y cerrando frenéticamente una boca chorreada de sangre oxidada y casi negra cerca del hombro del rubio. Dinamarca intentaba apartársela de encima, luchando brazo con brazo. Y había que admitirlo, la maldita tenía fuerza. Cerró los ojos cuando sintió a sus brazos desfallecer y casi ser la presa de su reanimada atacante. Luego, escuchó un sonido como de un objeto tomando velocidad, seguido de un golpe seco más alejado.

—Ni se te ocurra, puta…—Siseó el noruego con el hacha del otro rubio cubierta de una espesa y oscura. La cabeza de la no-muerta rodó por el piso, aun moviendo sus ojos vidriosos y chasqueando los dientes.

El cuerpo se intentó incorporar con trabajo, tambaleándose e intentando abalanzarse nuevamente contra el primero que tuviese en frente. Esta vez contra Finlandia, quien con la culata del rifle le fragmentó la caja torácica en un solo movimiento y después del impacto, el bicho reanimado ya no volvió a moverse.

Los demás tan solo se quedaron viendo entre ellos. Cabía la posibilidad que el edificio, al haber tenido la puerta abierta –literalmente– a todo el mundo en la calle, no estuviera vacío por ningún lado. Ahora tendrían que ir buscando algún otro Ghul que se pudiera haber escondido dentro del complejo, si es que se querían quedar.

¡Que carajo! ¿Pues a donde más se iban a pasar la noche? Afuera ya no se podía regresar…

Un par de puños comenzaban a aporrear el zaguán, acompañados de lamentos antinaturales. De alguna forma, los malditos caminantes sabían que ahí había comida fresca esperando a por ellos. En definitiva, las naciones se iban a pasar un mal rato de cojones buscando un posible peligro en los pisos. Antonio maldijo mentalmente a Govert y Ludwig por no haberle dejado traer el lanzallamas. Y de cierta manera, estar metido en un edificio le recordaba a cierta película que alude a las letritas rojas que dicen Recording, en las cámaras de video.


No se encontró a nadie más en las instalaciones, ni no-muertos ni sobrevivientes. Al parecer había un semisótano, pero nadie había tenido los cojones para ir al punto de las nueve de la noche a revisar que tanto había allá abajo.

Racionamiento fue la primera idea que se le vino en mente a alguien. Comenzar primero con los productos perecederos era la opción más lógica en esos momentos. En cualquier momento el suministro eléctrico se iría al garete y good bye comida. Hungría, Holanda Bélgica, Japón, México, Egipto y Suiza fueron los primeros en meterse a la cocina, mandaron a un lado al pobre Inglaterra, como siempre. Es que si se habían jugado la vida allá afuera, lo risible ahora seria morirse de una indigestión… Las micronaciones no protestaron cuando les mandaron a lavarse, afortunadamente aun funcionaba el agua caliente. Que también iba a ser racionada tarde o temprano e inexistente a saber, en unas pocas semanas como mucho. Igual en cuestión de tiempo, no quedaría mucha cordura en esas cabezas.

—Hey, te traje esto— Rumania le extendió un plato de yogurt a Bulgaria, quien se encontraba sentado en el piso de la sala muy metido en sus pensamientos. — Sabía que iba a gustarte. Creo que te lo haz merecido después de todo.

—Muchas gracias Vlad… — Le respondió con una sonrisa. Ambos se quedaron sentados en silencio, Rumania se quedó ahí viéndolo con mucha tranquilidad.

Prusia mientras tanto acabó a la par que España, Dinamarca y México, unas cervezas olvidadas en un piso perteneciente a unos estudiantes. Conste que también Alemania decidió pasarse por ahí a "vigilar" que no hicieran desmanes. Malditas tentaciones… Polonia a pesar de todo estaba la mar de feliz cuando descubrió un armario lleno de faldas, vestidos, tacones, en fin. Casi le dio un infarto de la pura felicidad.

El único que estaba volviéndose loco en esos edificios, era Estonia, cuando en ningún lado encontró WiFi o conexión a Internet. ¡¿Carajo, eso era un edificio y no había Internet?

Bueno, tampoco se podía pedir mucho. No se ha visto un Apocalipsis con Internet aun funcionando. Pero en este caso no habían pasado ni una semana siquiera desde que supuestamente se inició el brote… y de hecho ni se había hecho público. Seguramente los proveedores salieron huyendo de sus trabajos dejando los servidores hechos un lío.

Los demás estaban aburridos como ostras, abatidos, cansados y mentalmente desfallecidos. Aun que como ha de saberse, la comida cambia todo un poco. Rato después con algo de desconfianza al principio no tardaron en reírse aun que fuera un rato con estupideces, sentados en rueda como grupito alegre de boy scouts. Cada quién se empezó a contar algún relato al azar, vivencias, nada en especial con tal de evadirse un poco de la situación.

Eso hasta que nadie se fijo en que momento cambiaron tan bruscamente de tema. El tópico que nadie quería volver a escuchar.

—Es como en el cuento de Fiskurhofn… —Susurró Islandia posando su mirada en el cuenco semi-vacío de sopa.

—¡No salgas con esa cabronada, por Odín, te lo pido! — Protestó Dinamarca (de paso escupía y se atragantaba la comida…) al tiempo que se abrazaba como lapa a la cintura de Noruega.

—Creí que eso se había quedado en la época en la eras un crío que todavía mojaba la cama, hermanito… —Agregó Noruega intentando apartarse a patadas al otro nórdico.

—¡No digas tonterías! —Al peliplateado su cara se tornó roja de vergüenza — ¡Te dije que era verdad y no me creíste porque pensaste que Dinamarca y yo nos lo habíamos inventado!

—¿Y de que va ese cuento del fishkur-quien-sabe qué?— Preguntó Austria con bastante curiosidad.

—¡No lo digas joder! ¡Hasta a mi me pone los pelos de punta tan solo acordarme!

—Lo d'ce quien se as'stó al ver por prim'ra vez una m'riposa monarca…—Dijo Suecia para molestarlo.

—¡Era una criatura grotesca como ninguna!... ¡Si hasta se comió al pobre Gusanito!~ —Se enjuagó unas lagrimas muy masculinas del rostro. (?)— Además, cállate Sve. Tú te pusiste a llorar como nena la vez que Fin te golpeó la entrepierna cuando de chicos le propusiste matrimonio.

—'so no tiene n'da que ver al caso…

—¿Van a decir de que trata o qué, bastardos?— Esta vez bufó Romano.

—Vale, pero si interrumpen, espero callen a ese alguien a sartenazos.— Sentenció Islandia mirando de forma asesina al danés.


Gunnbjörn Lundergaart, era un jefe islandés quien estableció una colonia a la entrada de un fiordo aislado en la recién conquistada Groenlandia. Había en la partida más de 153 colonos, incluidos el propio Lundergaart, los hombres que lo acompañaban y el pequeño Islandia que no aparentaba más que unos pocos seis o siete años.

Gunnbjörn volvió de regreso a Islandia junto con la pequeña nación, después de un invierno, presumiblemente para procurarse provisiones y nuevos colonos. Cinco años después Lundergaar, Islandia y el auto-invitado Dinamarca volvieron y encontraron el complejo de la isla en ruinas. De los colonos, sólo encontró tres docenas de esqueletos; los huesos limpios de carne. A lo lejos, el danés divisó a tres seres: dos mujeres y un niño. Su piel tenía manchas grises y los huesos atravesaban la carne en algunos sitios. Las heridas eran obvias, pero no había restos de sangre. Cuando fueron vistos, las figuras se volvieron y se acercaron a la partida de Lundergaart. Sin dar respuesta a la comunicación verbal, atacaron a los vikingos pero inmediatamente, gracias a su naturaleza belicosa, los hombres se defendieron y los atacantes fueron corta dos en pedazos.

El jefe escandinavo, al creer que la expedición al completo estaba maldita, ordenó que quemaran todos los cuer pos y las estructuras artificiales. Y como su propia familia estaba entre los esqueletos, Lundergaart ordenó a sus hombres que lo mataran a él también, que desmembraran su cuerpo y lo echa ran a las llamas. Posteriormente ese relato fue llamado «El cuento de Fiskurhofn» que la misma patrulla de Lundergaart contó a unos monjes viajeros irlandeses y las dos naciones se encargaron de contarlo al los otros nórdicos. El relato, por cierto, dejó con insomnio a Finlandia por más de una década -Y supongamos que en la actualidad- , a Suecia con la manía de dormir con más de una espada al lado y finalmente a Noruega que no se alteró para nada, lo único que provocó en el rubio fueron las ganas de agarrar exitosamente a trompazos a Dinamarca por andar inventando cosas que asustaran a su querido hermanito. Y aun que para los cinco rubios decidió olvidarse ese asunto, el relato hasta la fecha sobrevive en los Archivos Nacionales de Reykiavik, la capital de Islandia. Quizá no se trate realmente del relato más fiel sobre un ataque zombie de la civilización escandinava antigua, sino que también explica un poco por qué los asentamientos vikingos en Groenlandia se desvanecieron misteriosamente durante los primeros años del siglo catorce.

Bueno… eso también explica la perturbación del rey de los nórdicos a volver a pisar Groenlandia, tener contacto con cualquier vestigio del relato o película de no-muertos. Al igual que con las mariposas, claro... pero esa ya es otra historia.


Un silencio incomodo, las caras de todo el mundo –literalmente– eran un poema. Hasta Grecia estaba con los ojos como platos por primera vez en su vida. Las miradas de unos con otros se chocaban como intercambiando un "Y esto fue real, ¿no te jode?". Claro, aquello no demostraba nada. Como muchos habían pensado, posiblemente las alucinaciones de un niño pequeño y un vikingo bebido de más. Pero…

¿Era posible que esta clase de cosas ya hubieran sucedido en el pasado?

—Yo… pasé por algo parecido… —Susurró Japón algo indeciso. Pidió permiso con la mirada a los presentes— ¿Quieren escuchar?


El joven Japón caminaba alegre y muy orondo por los bosques de su tierra –aun que algo sediento-, disfrutando cómo a su paso los pajarillos en la copa de los árboles cercanos volaban. Esta vez sentía que había errado en el camino y por lo visto, que se había perdido, al notar lo poco familiar que le resultaba la zona. Intentó caminar cuesta arriba la montaña para volver a tomar el camino de vuelta a su casa, cuando en la lejanía y bastante bien escondido comenzó a ver una escalinata de piedra, los árboles, conforme él avanzaba, llevaban adornos de papel bendecidos, un sinfín de estatuillas coronaban algunas rocas y el inconfundible portal rojo de un templo lo detuvo.

Había un anciano de pie en la escalinata apoyado en un sencillo bastón de madera, el cual miraba como al vacío sin decir palabra alguna, perdido en sus cavilaciones. Kiku le hizo una reverencia profunda al anciano y este le devolvió el gesto, al tiempo que le dedicaba una mueca parecida a una sonrisa.

Así que tu eres Japón, ¿No es verdad? — Se detuvo y lo observó durante unos segundos.— Te noto algo cansado.

Así es, creo que me he perdido en mi caminata. Mi nombre es Honda Kiku, señor.

El mío es Yamamoto Ichimaru. Soy quien entrena en este templo a los guerreros de la hermandad de la vida. —Hizo unas señas al moreno mientras lo guiaba escaleras arriba, invitándole a pasar al templo.— ¿Sabes quienes somos?

Para ser sincero, nunca antes había escuchado hablar de sus guerreros… sin ofender.

Al contrario, es el mejor halago que pudiera escuchar— Respondió el viejo.

Dentro del templo no había ni una sola alma, el hombre sirvió una taza de té a Japón y le invitó a tomar asiento. Comenzó a relatarle historias sobre monstruos caníbales y humanos. El hombre fue completamente sincero con el joven japonés enfrente de él, le habló también de una sociedad secreta que entrenaba a asesinos, con el propósito de ejecutar demonios. Estas criaturas, según su explicación, fueron en el pasado seres humanos. Después de morir, unos demonios invisibles los hacían revivir y hacían que se alimentaran de la carne de los vivos.

Para combatir este terror, La hermandad de la vida ha sido formadaSegún el anciano maestro, por el propio shogun Existen desde hace mucho, y todos entrenados en el arte de la destrucción.

Con una extraña manera de ir a batalla sin arma alguna, dedicando la mayor parte del tiempo a evitar que los demonios les capturen, retorciéndose igual que una serpiente cuando los intentan capturar. Las armas, como según el hombre mostró en un cuarto aparte a la joven nación, eran katanas curvas, peligrosas y más afiladas que las propias de un Ninja, diseñadas para cortar cabezas y destruir al demonio encerrado en el cráneo. El templo por supuesto, aunque el lugar en especifico se localizara oculto y prohibido para todo ajeno a la hermandad, parecía poseer una habitación donde las cabezas cortadas de los monstruo, que han abatido vivas y aun moviendo sus repulsivas bocas, adornaban las paredes.

Kiku distinguía con horror las cabezas de los vencidos, seguirle en la oscuridad con ojos podridos y vidriosos, su presencia en el salón; a la vez que mordían el aire con los dientes y sacaban sus lenguas grises, intentando morderlo desde lejos. El anciano le confesó que solo los reclutas de alto rango, preparados para formar parte de la hermandad, debían pasar una noche entera en esta habitación, sin ninguna compa ñía excepto la de esos objetos profanos. Aterrado, el moreno pidió disculpas muy amablemente al hombre haciendo un sin fin de reverencias, con tal de irse inmediatamente de ahí.

Poco tiempo después, decidió hacerle una visita y aprovechar hablar de nuevo con el hombre. Pregunto a un sacerdote shinto dando la bendición a un guerrero, que dónde se encontraba aquel hombre, para poder ofrecerle sus más sinceras disculpas por su reacción la ultima vez. El sacerdote le dijo que lo habían encontrado muerto hacía casi dos semanas. La hermandad no permitía que se desvelaran sus secretos, ni que los miembros renunciaran a su lealtad, ni siquiera su propio maestro… Que de otra forma si Kiku hubiera sido un muchacho común y no su nación, su cabeza también habría estado colgada en el cuarto de los condenados desde la última vez.

Existieron muchas sociedades secretas en el Japón feudal. La hermandad de la vida no aparece en ningún texto, pasado o presente. Si la historia es cierta en realidad y no una imprecisión por parte del japonés en alguna clase de estado de alucinación después de haber consumido algún hongo en el bosque o delirado debido a la deshidratación, el relato bien podría explicar por qué ha habido tan pocos brotes registrados en Japón a diferencia del resto del mundo. O bien la cultura japonesa ha creado un muro de silencio muy eficaz alrededor de sus brotes o La hermandad de la vida cumplió su misión. De cualquier forma, el gobierno de la isla nipona no encontró informes de brotes hasta la segunda mitad del siglo XX.


—¡¿Eh, ahora resulta que todos han visto zombies? —Francia puso los ojos en blanco, esperando respuestas mientras Seychelles se escondía aterrada tras su espalda.

—Acá nadie ha dicho nada de zombies… Pero nos queda claro que todo lo que han contado, coincide con lo que hemos visto que eran esas cosas de allá afuera. —Le espetó Perú mientras sostenía su flauta de Pan.

—Supongo que también vale la opinión de un servidor, ¿verdad?— Interrogó Camerún con una cara de lo más seria.


Llegó al pueblo muy temprano aquella mañana, era un joven negro con una herida en el brazo. Evidentemente por como Camerún se pudo dar cuenta, al pobre chaval le había fallado la lanza y la cena que espe raba se había esfumado. Por muy acostumbrado que ya había estado desde siempre a todos sus rituales, esta vez los acontecimientos que siguieron le parecieron tremendamente bárbaros. En el pueblo, tanto el doctor como el jefe de la tribu examinaron la herida, oyeron la histo ria del joven hombre y asintieron con la cabeza sobre una decisión secreta que Camerún no pudo escuchar. El hombre herido, entre lágrimas, se despidió de su mujer y su familia. Obviamente, según la costumbre de la tribu, el contacto físico no estaba permitido, luego se arrodilló ante el jefe.

El anciano cogió un garrote largo con la punta de hierro y entonces lo clavó en la cabeza del condenado, aplastándola como a un gigante huevo negro. Casi de inmediato, diez guerreros de la tribu tiraron sus lanzas, desenvainaron los primitivos sables y pronunciaron un cántico extraño para aquel que no ha pisado tierras africanas: "Njamba egoaga na era enge" (Juntos peleamos y juntos ganamos o morimos). A continuación, los hombres simplemente se dirigieron hacia la sabana. El cuerpo del desgraciado chico, para horror de la misma nación, fue desmembrado y quemado mientras las mujeres de la tribu sollozaban frente a la columna dehumo. Cuando la nación africana consultó a su superior para que le diera algún tipo de explicación, simplemente encogió su diminuta figura y le respondió:

¿Quieres que se levante de nuevo esta noche?


Otro silencio incomodo. La tensión podía cortarse en el aire con un cuchillo. Rusia tenía rodeado entre sus brazos a China, que intentaba en vano escapar de su asfixiante abrazo de oso. El otro que estaba atrapado en un abrazo de ese tipo era Argentina, hacía si mismo. Y si nadie detenía a Hong Kong, EUA, Grecia y Costa Rica, lo más seguro es que se lanzaran desde la ventana.

—Ya, déjense de tonterías, están asustando a las criaturas-aru… —Los reprendió China mientras acariciaba la cabeza de Taiwán, nadie se esperaba que Yao fuera a abrir el pico.— Nos conviene descansar y ver que podemos planear mañana por la mañana-aru.

—Yo lo apoyo… —Murmuró Grecia tomando unos cuantos cojines de la sala, jalando consigo al nipón.

—Si no tienen nada más que decir, pueden irse a dormir.—Alemania se corrigió luego en voz alta, antes que todos huyeran— ¡Pero alguien va a tener que hacer guardia!

—Yo me quedo. —Le apoyó Suiza, a pesar que su cara denotaba fatiga. Liechtenstein lo secundó.— A mi no se me va escapar ni una mosca ¡Te lo aseguro!


Iván sospechó desde un principio que todo esto iría muy, pero muy mal. Empero, tratándose de más que un interés personal era más bien de un interés familiar. Por más que Belarús le insistiera en casarse, volverse una con él y toda esa sarta de cosas que venían diciéndose desde tiempos inmemoriales y, que teniendo en cuenta el terror que le infundía su hermana menor, había algo en el congelado y complejo corazón de Rusia que a pesar de todo, estaba atado a Natalia.

¿Amor? Seguro, pero amor fraternal y un poco más fuerte por aquello de los sentimientos compartidos; entiéndase por el deseo bélico, de libertad de sus respectivos pueblos, de superación y todo eso que solo los países sienten.

Él amaba sus hermanas, en cualquier situación estaba su deber como "el hombre de la familia" en cuidarlas. Por supuesto, esta vez no iba a ser una excepción. Quizá lo descubrirían… quizá no. Lo más claro que tenia ahora en mente era ayudar a su pequeña hermana. Y vaya taco en el que estaba metido ya…

Había acordado en quedarse con uno de los apartamentos del último piso para su uso y le dieron el consentimiento inmediato cuando dijo que Belarús estaba tan alterada por la situación que prefería encerrarse y no salir hasta nuevo aviso. Por ahora todo iba bien, todos estaban muy felices durmiendo juntos en los departamentos del nivel medio y que Natalia no se apareciera por ahí era una de tantas alegrías. No es que su presencia fuera despreciada, pero parecía mas peligroso el hecho de tenerla a ella ahí metida jugando con sus cuchillos que a un zombie corriendo libre entre las naciones. Y pensándolo bien, hasta el zombie era más agradable, social y hasta menos agresivo. Ajá sí.

El miedo lo invadió al ruso como hace mucho no había sentido, esa sensación de vacío en la boca del estomago aunado a el vértigo de las escaleras en penumbras le provocaban escalofríos, a pesar de llevar puesta la bufanda de la que ni en sueños se separaba. La pequeña bolsa de lona se movió en las manos enguantadas. La golpeó con fuerza contra la pared para evitar que volviera a moverse, esta se quedó quieta de nuevo sin antes soltar un chillido agudo. En los dos últimos escalones sus piernas sintieron volverse de gelatina, tragó duro, caminó hasta el fondo del pasillo y tocó varias veces la puerta.

—¿V-vannya, eres t-tu? — Cuestionó una voz femenina y temblorosa tras la abertura.

—Da, ya lo he traído. ¿Me dejas pasar, sestra?

Con el sonido de varios movimientos de seguros, cadenitas y crujidos, la perilla se movió e Iván pudo pasar a la sala. Ucrania llevaba el pelo muy desordenado, sus pechos por poco quedaban al descubierto porque los botones superiores de su blusa se habían extraviado en el momento que ella y la bielorrusa forcejearon. El ruso le entregó la bolsa y ella negó con la cabeza enérgicamente. "Que no quería nada con ella" le susurró con los ojos cubiertos de lagrimones, explicando las que fueron palabras de su hermana.

Rusia la abrazó con fuerza, le plantó un beso en la frente al tiempo que se sentaban en el sillón del apartamento ese.

—¿Quiere que yo vaya entonces? — Consultó un tanto inquieto.

—Ajá…—Katyusha se limpió las lágrimas con el puño de la blusa— Ten mucho cuidado por favor. No dejes que te haga ni un rasguño ¿Vale? —Iván se le quedó viendo a su hermana. Observó una rasgadura en su mejilla, de la cual una simple perlita roja se balanceaba y puso al ruso en tensión.

—No es lo que crees. — Dijo adelantándose— Me lo he hecho con el abrelatas hace un rato…

Y ahí permanecía Iván luchando contra ese escalofrío. Un temblor que avisa a que todo aquel que sabe de sobra lo que esta haciendo, va en contra de todo lo impuesto. Seguro haz sentido alguna vez la emoción de pecar directamente a tu divinidad. Imaginarte testigos invisibles acosándote en cada rincón de la habitación, el sudor frío que resbala por las sienes convirtiéndose en la paranoia pegajosa de ser descubierto. Nunca fue más placentera o terrorífica, ni las dos cosas a la vez.

Estaba la silueta de Natalia, desdibujada y borrosa por la claridad de la vela en la mano del ruso. Estaba muy quieta en la silla. El aire en la habitación olía a oxido, a podredumbre corrompida, humedad y moho.

—Iiiiiváaaaan…—Si él hubiera sido un gato, lo más seguro es que hubiera pegado un salto y se hubiera quedado en el techo. ¿Por qué Natalia arrastraba las palabras?

—¿E-estas bien, he-hermana?

—Siii, acéeeercaaaate.

Obedeció. La flama naranja iluminó un rostro. El pelo rubio estaba totalmente revuelto, los ojos azules de Bielorrusia se habían vuelto nublosos, grises y sin vida, tan solo tatuados por venas reventadas y cuajarones de sangre acumulada dentro del globo ocular que le daban un aspecto diabólico. Una manojo extendido de venas cianóticas e inflamadas se ampliaba por todos los rincones de su piel ya de por si blanca, ahora tremendamente gris. Una baba rojiza oscura se escurría por las comisuras de sus labios. Llevaba las manos atadas a los descansos de la silla y una correa más grande la tenia atrapada de su cintura hasta dar una vuelta al respaldo.

—¡MALDITAAAA SEAAA, MUEEEROOO DE HAMBREEEE! — Gruñó la bielorrusa. La boca de ella se abrió desmesuradamente, dejando ver una hilera de dientes cubiertos de una espesa baba roji-negra. La abría y cerraba intentando alcanzar al rubio.

—No puedo. Sería cuestión de tiempo para que se dieran cuenta y…

—CAAARNEE, AHOOOORAAAA~

Ante la suplicas de la rubia, él desató la bolsa de lona de la que sacó un par de ratas gordas y de pelo lustroso que recordaban vividamente a un roedor cocinero que tuvo en protagonismo, su propia película de Pixar. Se la puso en la boca para que pudiese morderlas e inmediatamente las engulló sin siquiera darle importancia a los quejidos de los animalitos. Tan solo se escuchaba un crujido seco de sus pequeños huesos al ser triturados dentro de esa boca oscura y babeante que se lo estaba merendando con fruición. Astillas de hueso del tamaño de alfileres se le encajaban en la mandíbula a Natalia y la sangre de la rata, incluida la suya mezclada, se le escurrían de la comisura de su boca, empapando de una mezcolanza escarlata terrible pestilente el cuello de su blusa.

La otra rata fue devorada con más facilidad, esta sin embargo quiso oponer resistencia al principio, intentando en la desesperación por su inminente fin, arrancarle con éxito un pedazo no muy grande de los labios de Natalia. Rabiando, esta le destripó el cráneo de un solo mordisco que le hizo recordar a Iván, que Belarús comenzaba a comportarse como ese cantante de rock cuando arrancó la cabeza a un murciélago la vez que se lo arrojaron al escenario. Lo único que faltaba sería sacar a pasear a un zapato como mascota… Desgraciadamente, aquí la causa era distinta y no tenia nada de gracioso. De hecho, si no salía pronto de ahí se lanzaría al piso por las arcadas.

—MÁAAAAS, NECESIIIIIITOOOO MÁAAAAAAS.

El ruso dio un paso para atrás con miedo, luego media vuelta y salió dando traspiés fuera de la habitación. Nada de esto podía estar pasando, tenía que ser una broma de muy mal gusto. Pegó su espalda a la puerta, que al tener un buen grosor, apaciguaba un poco los gritos de Natalia. Lentamente se deslizó hasta el piso con lágrimas cubriendo sus ojos violetas. No estaba pensando claramente, se estaba volviendo todo una pesadilla.

¿Por qué Bielorrusia?... De las tantas miles de personas, de las otras muchas naciones que les habría podido suceder… ¿Por qué su hermana?... Su acosadora hermanita menor.

Katyusha no tardó en aparecerse. Ambos se quedaron abrazados, llorando bajito en la puerta mientras los berridos furiosos e inhumanos se perdían en el fondo como un eco.


Omake: La cacería nocturna de un Némesis.

La aparente quietud de la noche habría sido suficiente para calmar sus temores, pero de eso ya podía darse por lejano. A partir de ahora todo el mundo tenía que dormir ignorando decenas de puños aporrear una puerta, lamentos de ultratumba y ruidos extraños, etc. Atrás quedaron los tiempos en los que podíamos dormir sin más preocupaciones que el trabajo de mañana, el tráfico y las deudas.

Posiblemente ya era eso de las dos y media de la madrugada. Las naciones dormían como sardinas en habitaciones contiguas. Alemania, dormía al lado de Italia en una colchoneta matrimonial tendida en medio de la sala de un piso de algún desconocido. Austria y Prusia dormían tendidos a un lado sobre una maraña de mantas. Un par de sillones los ocupaban Kugelmuguel y Hungría. Uno de los cuartos lo ocupaban los asiáticos juntos, Al igual que los nórdicos, que también decidieron quedarse encerrados a dormir. Otro más era para Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Suiza y Liechtenstein se quedaron vigilando al lado de la puerta, varios minutos después pegaron los ojos.

En el piso de al lado sucedía casi lo mismo. Los latinos dormían todos despatarrados por el suelo de la sala y comedor. Ahí se fueron a meter Inglaterra, USA, Canadá y Francia. Australia dormía ruidosamente en uno de los cuartos del fondo. España optó por dormir dentro del cuarto de lavado junto con Romano y Seborga… bajo llave y candados. Los africanos decidieron repartirse las habitaciones, a pesar de que no eran tantos. El único asiático que no estaba en el otro piso era Japón, ya que estaba al lado de Grecia, tendidos en un sofá. Turquía dormía como piedra en la cocina, junto con Egipto y Chipre.

Rumania y Bulgaria estaban vigilando. Por pura obviedad, no diré quien dormiría dentro de un armario en cuanto pudiera.

En cuanto a los soviéticos, excluyendo a Polonia, que estaba metido en el piso de los Latinos junto con Lituania y compartiendo cuarto con los científicos… pues… pobres soviéticos. Estaban en la penúltima planta de hasta arriba.

Habiendo hecho mención de España, por cierto, no podía conciliar el sueño. Era una bendición estar en un edificio de quince plantas y estar casi tan arriba que los jodidamente lúgubres ruidos de la calle eran apaciguados por las paredes. Por lo general el castaño no tenia un sueño pesado, se levantaba ante el primer sonido que llegara a escuchar (Por mera costumbre y experiencia militar.), Antonio despertaba. Esta vez además de que era la primera durmiendo en esta clase de situación, su insomnio acrecentó. Algo le impedía entregarse en brazos de Morfeo, quizá el ambiente enrarecido de un mal presagio.

Decidido cerrar los ojos, un ruido casi imperceptible le hace volver a abrirlos. Un murmullo que casi lo hace dudar de su seguridad, de recuerdos frescos y tormentosos, fantasmáticos. Ya han pasado muchos años desde eso pero…

—No debo desvelarme, Lovise va a dar cuenta que no estoy en la cama y vendrá a por mí… —Se intenta tranquilizar.

Aun que intentara dormir, sabe que ya no es posible. Sus sentidos se enfocan en rastrear, detectar, esquivar un manotazo de Argentina (Que le ha confundido con un mosquito), saltar por encima de los durmientes países y escanear el más mínimo ruido que no encaje en la atmosfera de un edificio asegurado. La pálida penumbra solo es irrumpida por un haz de luz de luna colándose por un resquicio de la ventana y sus cortinas.

Aguarda con sigilo. Los ojos del ibérico se mueven frenéticamente buscando movimientos ajenos de izquierda a derecha, de arriba abajo como bragas de prostituta.

La visibilidad es nula, le apetece encender la luz pero eso supone despertar a sus compañeros que duermen placidamente y no se enteran de lo que ocurre, ajenos a un peligro que atraería más visitantes indeseados, llámense no-muertos y posiblemente saqueadores. Caminar hasta la cocina implica que Rumania lo confunda con un zombie y de paso lo llene de plomo, además quedar entregado a un ataque sorpresivo… a traición, pero… es necesario correr el riesgo. Con los pies descalzos se abre camino hasta el comedor, descubre el pequeño ventanal al lado del frigorífico para que entre algo de luminiscencia. Dispuesto a dar la media vuelta y regresar a su cuarto adormir al ver que no hay nada porque preocuparse, escucha aquel terrible sonido que rasga el aire y termina con un golpe seco sobre la puerta de madera. Ya no hay duda, le ha encontrado… otra vez.

Sin mirarle de frente aprieta los puños y su quijada, sabe que lo observa y casi puede visualizar una tétrica sonrisa. Tienen una historia añeja e irregular. Encuentros fortuitos solamente. Nada para nadie, han compartido victorias y derrotas sin saldo favorable para ninguno. Hoy la balanza se puede inclinar para cualquier lado. Da la vuelta otra vez y por fin puede verlo, su blátida presencia le provoca una descarga eléctrica recorrer su espalda.

—Aquí estamos de nuevo, ¿eh? —Murmura Antonio con voz ronca e insegura.

—Ei. — Es su gélida respuesta.

Le nota más decidido y fuerte. Su coraza oscura y reluciente contrasta con la madera clara de la puerta, la afilada figura de su cuerpo es una máquina de guerra y supervivencia formidable. Quieto en la puerta despliega y retrae sus alas un par de veces, acicala sus antenas flexibles y puntiagudas, poderosos sensores. Orgulloso fanfarronea el armamento con el que la naturaleza le ha dotado. España… a sus ojos, solo es un simple simio lento, torpe y lampiño.

Permanecen inmóviles. España decide ser el que lanza el primer golpe. De reojo mira la que será su arma, está a solo unos centímetros de distancia. Va desplazándose a su objetivo, el enemigo solo le vigila y gira sobre su eje para no perder de vista a Antonio.

Lo mira… con sus ojos… de cucaracha

Se da cuenta de sus intenciones. Para él, un humano desarmado es presa fácil, pero un español armado con una pantufla es otro cantar. Nervioso el enemigo no retrocede; Antonio lleva sudor en las manos y no precisamente por calor. La pulsación se le dispara pero avanza de frente, un poco más que ya están a distancia… un poco más… un poco…

—¡Muereeeeeee! —Su grito de guerra es medianamente contenido por el temor de despertar gente.

Escucha el sonido de la pantufla romper el aire, se vuelve en cámara lenta. Su rostro desencajado se transforma del nerviosismo a la algarabía a sabiendas que esta por acabar al enemigo de un zapatazo de una vez por todas. Por su mente pasan imágenes de antiguas batallas, sanguinarios combates sin un vencedor, y hoy, la batalla es para los bípedos. Pero… está cantando victoria muy pronto.

Con velocidad endemoniada esquiva el golpe, la pantufla se estrella contra la pared en la cual se despliegan múltiples partículas de polvo procedentes de la suela. Siente como sus delgadas y filamentosas patas le recorren el omóplato y luego el cuello; Llega a su oreja, después el enemigo emprende el vuelo antes que el español se lo cargar a zapatazos, y le susurra a Antonio con una trollface épica:

—Adiós miamorrrrrrrrrrr~

España da un giro rápido, izquierda, derecha ¡No está! Con la respiración agitada mira en el pasillo… Joder, se ha posado en la mano de Turquía. Da un paso para atraparlo (también aprovechar para golpear "Accidentalmente a Sadik") y el bicho se adelanta volando hacia la pared, luego al piso, de nuevo a la pared rebotando cual experto de parkour. Dice la canción que la cucaracha no tenia mariguana pa' fumar, pero a él no lo engañan. Está muy convencido que momentos antes estuvo con Holanda, fumándose unos porros bien gordos de una sola aspirada, para después salir a joderle la noche. Ya le parecía más simpática la mascota de Wall-E que ese volador endemoniado.

España avanza sin vacilar, pero su reacción le sorprende al ver que se abalanza contra él en pleno vuelo kamikaze. Siente sus patitas subirse en su antebrazo izquierdo pero en esta ocasión, le asesta un golpe que lo envía directo al piso. Lo deja tirado, con un ala segmentada. Da un paso, el adverso se pone de pie en un brinco y su ala regresa milagrosamente a su lugar.

Va y vuela al techo de la habitación. Sus movimientos son lentos, da motivación saber que ha bajado la guardia y solo se necesita un último ataque: un proyectil de lana y peluche, por eso del ruido y la no proliferación de armas nucleares. No es tan veloz pero logra evadir el golpe mortal, tan solo alza el vuelo y emprende su retirada, cual experimentado piloto de guerra cruza limpiamente el umbral de la ventana, perdiéndose en la negrura de la madrugada. Jadeante, Antonio descansa en el filo de la puerta del cuarto de lavado. De nuevo, esta pelea no ha tenido vencedor.

—¡Bastardo, deja jugar al sonámbulo y regresa a dormir! ¡Tengo miedo, chigiiiiiiiiiii~!— Grita romano desde adentro, haciendo que quienes duermen cerca bufen de incomodidad.

¡Oh, sí tan solo Romano lo supiera!... Esto no es un juego, es una afrenta, una contienda que seguro va a repetirse en un futuro, quizá en otro campo de batalla, en otras condiciones, uno de ellos levantará la mano (o la pata) en señal de victoria.

Pero la próxima vez, va estar preparado….


VonKellcsiisTRADUCTOR: Nah, es que eso de ir matando de poco en poquito me parece más bonito (Lol, verso sin esfuerzo~) Si, todos los cubanos (y los de ascendencia, me cuento) decimos guagua. Lo que no sabía es que en canarias lo decian. Rumania nada más se le bota el tornillo, eso y que también a Argentina a veces xD

Arisawtatsuki: Pues es cierto, le falta el gore, pero en unos cuentos capitulos me parece que puedo hacerlo festival de viceras, ¡Eso sería encantador!. Lo de las luchas internas me da buenas ideas~

Sakura Eldestein: Pero ya vez, se quedaron en un edificio *sniff*... por lo no te creas, ahí nadie tiene asegurado que un edificio sea buena idea, ¿verdad? -risa malvada-

YuriyKuznetsov: Bueno, si ahora no pueden con una simple recesión, ¿te imaginas que carambas harían con un desmadre así? Y adivina, pronto van a usar carnada vivita y coleando~

AyanamiInori: Francia aunque vea un apocalipsis en su nariz sigue siendo igual de pervertido lol. Pero bueno, ese es otro tema. Y sí, creo que nadia había usado mucho el escenario de los edificios, tan solo REC. Creo que tampoco se usa mucho el de fábrica...


Y hasta acá el capítulo 4. Yo se que muchos se estaban esperando un festival de sesos, tripas y huesos saltando por todas partes pero eso lo vamos a dejar para otro capítulo. Es decir, apenas se van escondiendo y luego un tiroteo al estilo pelicula de Tarantino... Nah, eso todavia no es tan de mi estilo. Pero de lo que sí les tengo preparado es algo que puede ser más interesante que zombies normales. Y algo así como no el tipico virus revive-muertos.

¿Gustan hacer critica? Adelante, sus criticas son bien recibidas (Menos las destructivas, esas me la sudan en cantidades agroindustiales). ¿Saben algo? Quiero un Beta plz... ¿Alguien se ofrece? Aun necesito terminar Cadena de Sangre decentemente, los examenes son los peores enemigos para mi cratividad...

Si se quedaron con dudas, recomiendo leean los tomos de Marvel Zombies vs Army of Darkness. Prometo que les va a gustar~