Touya no sabía que le daba más miedo: si entrar en una cueva llena de arañas o aquel resplandor azul fantasmal que desprendían las rocas de su interior. Yakón y su Krokorok hacía rato que se habían marchado, después de liberar la entrada de la cueva de la telaraña eléctrica de un Galvantula. Maldito vaquero, ya me podrías haber acompañado hasta la salida. Claro, con un cocodrilo de un metro de altura cualquier es el valiente que se enfrenta a las tarántulas eléctricas de allí dentro. En aquel momento se arrepintió de no haber capturado un Sandile en la Zona Desierto, de verdad que lo hacía. Tanto su Dewott como su Swoobat lo pasarían mal ahí dentro, esperaba que su Dwebble, su Simisear y su Solosis pudiesen hacer todo el trabajo. Por Arceus, confío en vosotros para hacer esto. Respiro hondo, levanto la cabeza, hincho el pecho y dio un paso adelante.

De lo cual se arrepintió enseguida. La electricidad era reinante en el interior de la cueva, bañando cada rincón de su azulada luz. A Touya se le pusieron los pelos de punta y se encogió un poco sobre si mismo. Adiós, ciudad Fayencia, hola, Cueva del Terror. Al menos tenía su sentido del humor ahí dentro. Precisamente humor es lo que le faltó cuando los Fayecienses le advirtieron de los monstruos que habitaban la Cueva Electrorroca. Oh, sí, se habían esmerado en darle todos los detalles. Peludos y amarillos, cuatro patas y cuatro ojos. Y unas mandíbulas que soltaban descargas como el mismísimo Zekrom. Otros hechos de metal, algunos con pinchos y otros que carecían de ellos, pero siempre con una mirada voraz y sin boca. Y los últimos, con cuerpo de roca, atrapaban a sus presas con sus garras y desaparecían en la oscuridad. Por los tres Regis, ¿dónde me he metido? Empezó a caminar, acordándose de todos los Pokémon Legendarios que recordaba y rogándoles protección.

La electricidad azul que se derramaba por la cueva, aunque un tanto siniestra, era lo suficientemente potente iluminar la gruta de manera que no le hacía falta Destello, cosa que agradeció profundamente. Las piedras chirriaban bajos sus pies, y las iba apartando a pequeños golpes con las deportivas, cuando de pronto vio que algunas se movían de forma poco natural. O se desviaban hacía los lados y no en la dirección en las que Touya las chutaba o se quedaban totalmente inamovibles. Eso asustó aun más al chico, por supuesto. Piedras fantasma. ¿Habría por allí algún Pokémon espíritu un poco juguetón? Santo cielo, eso es lo que esperaba que fuese, solo un Pokémon de tipo Fantasma con ganas de tocar la moral. Más por comprobar su teoría que por valentía, chutó una piedra un poco más grande que las demás con fuerza, y para su asombro, esta fue volando hasta chocarse con una de las enormes rocas clavas al suelo que había por toda la cueva. Y se quedó quieta, como pegada con pegamento. Vale, eso SÍ que es extraño. El muchacho no sabía si acercarse o no a la gigantesca piedra que le hizo de diana, pero cuando lo hizo, más por demostrarse así mismo que no era un cobarde que por otra cosa, vio que el enorme obelisco soltaba chispas, como si tuviese una esfera de rayos en su interior. Eso es aun más extraño. Escrutó con la mirada la piedra pegada y vio una pequeña interacción eléctrica entre las dos rocas. Probó de sujetar el guijarro pequeño, aun con miedo de llevarse un calambrazo, pero para su agrado comprobó que solo le cosquilleaba los dedos. Y que si hacía un poco de esfuerzo, podía separarla de la roca gigante, pero que si dejaba de ejercer fuerza, volvía a pegarse. Como dos imánes… ¡Claro! ¡Actividad magnética, como los Magnemites! Ahora que lo entendía, la Cueva Electrorroca no daba tanto miedo… Las piedras más pequeñas se pegan en las más grandes debido a la emisión de magnetismo, claro. ¡Como he podido no darme cuenta! Más tranquilizado por su nuevo descubrimiento, y después de creerse merecedor del título de Profesor de Poke-Física, continuó caminando con una sonrisa en la boca y alivio en el cuerpo.

Pero, como joven e inexperto aventurero que era, Touya se relajó demasiado deprisa. Los problemas le volvieron a acosar, y ahora por duplicado, por si fuera poco. Un profundo eco se apoderó de la caverna. Sonaba a una enorme bestia que mordía o desmenuzaba algo con los dientes, y que se movía rápidamente con los pies… o patas. ¡Arceus en bicicleta, ¿qué ha sido eso? Una ola de pánico chocó contra el sentido común y la lógica de Touya y le hizo correr como un poseso. Mala idea. La luz que emitían las rocas y las continuas miradas atrás de daba el entrenador eran mala combinación, porque solo consiguió marearse y no ver la roca de tamaño más o menos mediano que le impedía el paso. ¡Pum! Casi se la come para merendar. Tachán, ahí estaba el segundo problema. Un ejército de piedras medianas inundaba aquella parte más profunda de la cueva. Por suerte el eco voraz había cesado. Bien. Bien. A ver, Touya, estás metido hasta el cuello en esto. Estás en una cueva llena de piedras que se mueven como imanes, con uno de los monstruos a tus espaldas y ahora has llegado a una parte dónde hay un montón de rocas más grandes que pequeñas. Piensa con lógica, alguna solución debe haber. Y bendito sea Arceus Creador, la encontró. Sin tener en cuenta que era razonamiento puro, Touya se dio cuenta que si movía las piedras con ingenio y con cálculo y conseguía que se pegases a los obeliscos gigantescos, podría despejar el camino hasta la salida.

Lo que no entró en sus cálculos fue el peso de las rocas que tenía que mover. Debían pesar tanto como un Gigalith, pensó. O más. Aunque si se esforzaba era capaz de moverlas lo suficiente como para que las rocas titánicas emitidoras de chipas las atrajeran. Ahora toca demostrar que soy un hombre. Pero por suerte nadie más veía el espectáculo, porque los jadeos que soltaba después de mover cada piedra no se podían relacionar con la definición de virilidad. Mientras trataba de apartar una de las últimas, el eco chirriante se volvió a envolver las paredes rocosas y Touya se acongojó. Soltó el pedrusco y miró a su alrededor nervioso, a ver de dónde provenía el chirrido. Estaba cerca. Lo podía escuchar. Y su cerebro no paraba de chillar "¡Muévete de ahí!". Buscó casi con desesperación su mochila para salir corriendo de allí y la encontró descansando en una pequeña oquedad en la pared. Tú mismo la pusiste ahí, imbécil, se recriminó. Se agachó corriendo y cuando la cogió, se quedó congelado donde estaba. En el hueco que tapaba la bolsa en la oquedad, amparados por la oscuridad, vio cuatro ojos brillantes, muy, muy juntos, de color azul, acechándolo. Oh Arceus, oh Arceus, oh Arceus, voy a morir. Lo sabía. Cuando aquellos ojos saltaron encima de él, sabía que iba a morir. No tuvo tiempo de despedirse mentalmente de todos sus seres queridos cuando notó algo suave en la cara. Oh, no, deben ser la mandíbulas peludas… pensó con asco. ¿No puedo morir de una forma más digna? Pero no hubo dolor. Ni sangre. Ni heridas. Ni una carnicería. Solo un Touya con una postura de lo más ridícula, esperando a que un monstruo lo atacase. Cuando el terror de ser devorado se hubo disipado, se atrevió a abrir los ojos para comprobar que era aquello suave y peludo que tenía en la cara. En primera instancia no vio nada, pero lo seguía notando. Algo pequeñito, en el puente de la nariz. Se llevó la mano lentamente y cuando toco lo que le pareció una mota de polvo un poco grande, noto que se movía hacía su mano. Lentamente, la alejó hasta poder enfocar que era aquello. Al principio le pareció eso, una moto de polvo un poco más grande de lo normal, pero cambió de opinión en cuanto cuatro patitas surgieron y cuatro ojitos azules lo miraron con miedo. Era la araña más adorable que Touya había visto en su vida. Con pelaje amarillo y el final de las extremidades en azul, aquel bichito se removió entre sus dedos explorándolo. Se quedó embobado viéndolo caminar. Se quedó un rato así hasta que se le ocurrió la genial idea de sacar la Pokédex, porque, oh, sorpresa, se acordó que era su deber. Con voz monótona de mujer, aquel cacharro le anunció que esa arañita se llamaba Joltik, Pokémon de tipo Eléctrico, y que le gustaba la electricidad estática. Bueno, no es tan extraño que viva aquí al ser un Pokémon Eléctrico. Al fin y al cabo es una cueva eléctrica, la relación estaba clara. Con suavidad, bajó la mano y dejó a ese Joltik salvaje que volviese a su madriguera en la oquedad, dónde pudo ver más cuartetos de ojos observando a su compañero regresar sano y salvo. Monstruos a mí… Se dijo a si mismo con una renovada valentía.

Siguió con su trabajo de apartar las piedras-imán, ahora más relajado, mientras los pokémon araña se atrevían a salir de su hogar y observarlo trabajar desde la seguridad de la distancia. Pronto acabo de despejar las pocas rocas que le quedaban, y se encontró con el camino libre para avanzar a un tramo de cueva más despejado. Recogió su mochila, se despidió de los Joltik y siguió caminando. El techo de la cueva se distanciaba del suelo a cada paso, hasta que llegó a una zona dónde se convertía prácticamente en una bóveda. Ya no había tantas piedras medianas, pero las gigantescas eran más grandes aún y formaban verdaderas paredes. ¿No podrían poner un cartel de "usted está aquí" o algo parecido? Porque para ser una cueva entre ciudades, parece que la han pisado cuatro Purrloins contados.

Los obeliscos era un verdadero FASTIDIO. Cada vez eran más altos, formaban verdaderos muros unos pegados a los otros y tenía que rodearlos para avanzar en aquella cueva de luz espectral. Aquello se estaba transformando en un verdadero laberinto. Y oye, ni un alma a la vista, cosa que empezaba a molestar a Touya. Suspiró profundamente y dio un alto en el camino, se sentó sobre una roca y buscó algo para comer. Yuhu, bayas de Cheren, celebró sarcásticamente. A no ser que se comiese un revivir, no tenía nada más a mano, así que se dedicó a engullir los frutos. Estaban… Buenos. Quizá un poco fuertes de sabor, pero bastante ricos. Se dedicó a explorar a que sabía cada baya cuando oyó voces a un par de muros más allá. Buena acústica era decir poco para el eco que provocaba aquella cueva. Puedo escuchar todas las palabras con una nitidez increíble.

-¡…ldito Yakón! ¡¿Cómo demonios pudo encontrarnos en los Almacenes Frigoríficos? –exclamó una voz fuerte y masculina.

-No pierdas la calma, recluta. Los miembros del Equipo Plasma no se pueden permitir mostrar semejante comportamiento infantil –sentenció otra voz, mucho más anciana y sosegada que la primera.

-Pero Sabio Menek… Ese crío y el Líder de Gimnasio… -protestó débilmente una voz femenina.

¡El equipo Plasma! ¡O sea que después de haber huido de Fayenza, se habían dirigido a la Cueva Electrorroca! Esas ratas de cloaca… Touya dudo si en volver a por Yakón y atraparlos de una buena vez, opción que descartó enseguida. Demasiado camino que recorrer de vuelta, seguramente ya habrían huido a Ciudad Losa o dónde fuese para cuando volviese con el vaquero. ¿Enfrentarse a ellos? ¡Já! Que buen momento para chistes. A lo mejor si los seguía, lograba descubrir dónde se escondían o algo, cualquier información era valiosa. Muy poco a poco, se llevó la mano hacía la cintura y cogió la segunda pokéball empezando por la izquierda. Apretó el botón del centro y una luz blanquecina materializó la forma de su Swoobat. El murciélago azuloso le sonrió a la espera de órdenes.

-Swoobat, avísame hacía dónde se dirigen esas voces del fondo –señaló más allá del muro- desde el aire, en todo momento. ¿De acuerdo?

El Pokémon murciélago asintió y voló con total sigilo cerca el techo, ocultándose en la oscuridad y rastreando las voces hasta que Touya lo vio desaparecer. Por su lado, se pegó a los obeliscos tanto como pudo caminó sigilosamente hacía donde su Swoobat se había perdido. Poco a poco y paso tras paso, seguía las indicaciones su de Pokémon, que iba y venía guiándole en el más total silencio. Maldita sea, lo que tengo que hacer por mantener la paz. Opinó que aquello estaba muy mal pagado para luego reírse de forma muda de su ocurrencia. Pagar. Qué gracia.

A medida que avanzaba puedo apreciar que la cueva se iba iluminando cada vez más, y eso era porque las piedras magnéticas se iban mezclando con cristales de pura luz. Precioso. Algunos presentaban impurezas, pero la mayoría, de todos los tamaños posibles, eran puros y brillantes. Intentó no dejarse embaucar por su belleza y continuó para atrapar a aquellos ladrones. De pronto, una piedrecita salió de Arceus-sabe-dónde y golpeo su deportiva. Le siguió otra. Y otra más. Al final pudo ver que salían directamente de una caminito que hacía esquina. Y que no saltaban solas.

Dudo. ¿Seguir al Equipo Plasma o ir dónde las misteriosas piedras? Su Swoobat volvió a donde estaba para darle nuevas instrucciones, pero su amo estaba distraído. Se acercó tanto como pudo para llamar su atención. Cuando Touya se dio cuenta de que el Pokémon Murciélago le requería, otra piedra más surgió del caminito y fue a dar a su pierna. Aun a riesgo de perder a esas sabandijas, se dirigió hacía el origen de las piedras voladoras. Total, ya se han llevado su merecido. Guardó a Swoobat en su pokéball después de darle las gracias y camino con cautela por el camino. Era pedregoso, y se iba estrechando cada vez más. Pero no encontró nada ni a nadie. Giró en el ángulo que hacía esquina y se quedó perplejo de lo que vio. Aquella esquina desembocaba a una enorme habitación hecha puramente de cristal brillante. Tanta luz irradiaba que casi le dejó ciego. Con una mano alzada por delante, caminó hasta el centro para descubrir que era lo que se empeñaba en llamar su atención a base de piedrecitas. Pero esta a desierta. Una habitación vacía, hermosa, sí, pero vacía. Antes de girarse para volver por dónde había venido, una mano le apresó el hombro con fuerza, provocándole tal susto que hubiese soltado un grito si otra mano no le hubiese tapado la boca.

-¿Se puede saber que haces aquí? –preguntó una voz sorprendida en un susurro. Una voz que al principio no conocía, pero luego martilleo su memoria hasta hacerle recordar. Se zafó de las manos y se giro para encararse al otro entrenador.

-¡N! –la exclamación de Touya fue otra vez ahogada por la mano del entrenador de pelo verde- ¡Eso lo debería preguntar yo!

N se lo quedó mirando sin apartar la mano de su cara, y el otro chico pudo apreciar sus rasgos una vez más: ojos verdes que brillaban a la luz de los cristales, pelo del mismo color pero más pálido, una gorra negra y blanca calada hasta los ojos y su esbelta figura.

-Que bueno verte otra vez –dijo con una enorme sonrisa de felicidad mientras bajaba la mano, con evidente reticencia a hacerlo-. ¿Qué te trae por esta cueva?

Para variar, hablar con aquel chico lo dejaba desarmado, pero no solía ser al principio de la conversación.

-No, la pregunta es qué haces TÚ aquí, cuando el Equipo Plasma acaba de huir de Fayenza. ¡¿Es qué no entiendes que te podrían capturar junto a ellos?

Espera un momento. ¿Se había preocupado por la seguridad de N? Sí, lo había hecho.

-He venido a buscarlos para llevármelos a mi cas… A la Base del Equipo –dijo, desviando la mirada hacía el suelo, como si de repente se hubiese vuelto un forofo de las piedras brillantes. No iba a decir "Base", iba a decir "Casa". Un leve sentimiento de tristeza embargó a Touya cuando recordó su invitación en la Noria, cuando estuvo a punto de…- ¿Y tú? –preguntó de repente.

-Oh, ya ves, que nos hemos hecho amigos y estamos jugando al escondite en una cueva electromagnética, lo normal -. Contestó el chico con un ademán casual, sin preocuparse por ser irónico. ¿Se puede saber por qué me he puesto a la defensiva?

-Ellos… Han hecho algo malo en Ciudad Fayenza, ¿no es así? –preguntó N con tristeza, mirándose fijamente los pies.

Touya estuvo a punto de ladrar otro ácido sarcasmo, pero se contuvo al ver la expresión de N. ¿No sabía que había hecho en la ciudad? ¿Pero él era el Líder, no?

-¿N-no lo sabes? –preguntó, confuso.

-Sé que Ghechis los envió aquí con la compañía de un Sabio, pero creía que era para intentar convencer a la gente de que se uniese a nuestra causa.

De pronto, Touya recordó el discurso de Ghechis en pueblo Terracota. Se estaba esforzando en ser amable con la gente, sembrando la duda en sus mentes con palabrería elaborada y elegante, en otras palabras, manipulándoles sutilmente. Y N estaba allí en aquella ocasión. Pero las otras veces que el Equipo Plasma había actuado, con crueldad y vandalismo, N no estaba por allí. Y ahora resulta que no sabía nada del ataque de los reclutas en Fayenza. En ese momento, Touya supo la verdad como si la tuviese delante, encarnada en la triste figura N: aquel chico que decía ser el Líder no era más que un muñeco en las crueles manos de Ghechis que manipulaba cuando se le antojaba.

-Han… Bueno, sí, han hecho cosas malas. Contra civiles. Pero Yakón, el líder de Gimnasio, y yo mismo les hemos parados los pies. Así que todo está bien por allí –intentó maquillar lo mejor que pudo sus palabras para que N no se entristeciera más-. Pero luego han huido y les hemos perdido la pista. Y yo ahora me dirigía a Ciudad Losa para el siguiente gimnasio, y me los he encontrado y he decidido seguirlos y… -Touya sentía que las palabras se le escapaban de la boca-. Y bueno, eso. ¿Y tu como me has encontrado si habías venido a por tus reclutas? –desvió la conversación lo mejor que pudo.

-Pues estaba esperando por aquí, cerca de la entrada de Ciudad Losa, y vi a un Swoobat revoloteando aquí y allá y decidí seguirlo a ver que pasaba, y entonces te encontré… pegado a la pared, con un gesto extraño -bueno, al menos lo había conseguido, había vuelto la sonrisa de N, y solo le había costado hacer el ridículo jugando a los espías.

Vale, ¿y ahora qué?

No podía ir a por el Equipo Plasma, tenía al líder plantado justo delante suyo, pero tampoco podía salir y toparse con ellos.

-Y… pues bueno… eso –que estúpido se sentía ahora mismo-. ¿No tendrías que ir a buscar a tus reclutas, N?

-Ahora mismo estoy mejor aquí, contigo –la sonrisa se ensancho y los ojos verdes lo observaron con aquel magnetismo que Touya había visto en el Parque de Atracciones-. Seguro que ellos solitos sabrán encontrar la salida, ¿no crees?

-C-creo –miró a su alrededor, no tenía gran cosa más que decir. Relajó la postura y acomodó el peso en los talones del pie derecho. ¿Y ahora qué? Se dedicó a pasear la mirada por la habitación brillante, y comprobó que sus ojos ya se había acostumbrado, por suerte. Un poco más de esa luz mortal y tendría que usar un Herdier lazarillo.

-Touya… -le llamó N con voz suave. El chico desvió la mirada hacía él y comprobó que aun le sonreía-. Quería… hablar sobre lo que pasó en el Parque de Atracciones.

Las alarmas de su cabeza sonaron todas a la vez, armando un alboroto que dejó a Touya no solo confuso, sino también al borde del desmayo. Justo las palabras que no sabía si quería oír. Como una película, todos los recuerdos pasaron totalmente nítidos por su pequeña cabeza en el filo de colapsarse. Recordó la Noria. La confesión de ser el Líder del Equipo Plasma. La invitación a su casa. El casi-beso. EL CASI-BESO. Su corazón empezó una carrera hacía el infarto, latía tan fuerte que parecía que se iba a salir del sitio. Desde de haber pasado todo aquello, días antes, aun no había decidido si era todo un despropósito… o si realmente lo había querido. Analizando en frío como había reaccionado él, cualquiera afirmaría que estaba totalmente dispuesto a recibir el beso. A ver, concéntrate. Porras, ¿cuánto llevas sin hablar? N aun sonríe, esperando mi respuesta. ¡Di algo rápido, idiota!

-Eh… Sí, claro, lo que pasó en el Parque. Lo de la batalla –a lo mejor tenía suerte y se refería a eso. Por favor, Arceus, que se refiera a eso.

N rió, moviendo la cabeza.

-No me refiero a la batalla. Me refiero a lo que pasó en la Noria. ¿Te acuerdas, no?

¡Como si me pudiese olvidar que casi me besas!

-Oh, sí. Lo de la Noria. Cuando me dijiste que eras el líder del Equipo Plasma… -y venga otro desvío de conversación. Rogó otra vez porque no se refiriese al beso.

-Casi, casi, pero no. Ese era el momento, pero no el exacto –N avanzó un paso hacía Touya, y su corazón ya exclamaba "Infarto, infarto". Casi se rozaban. Casi. Si no hubiese sido por el ligero traspiés del otro chico, ahora mismo N estaría tocando su piel-. Lo que pasó después de que te invitase a mi casa, ya sabes. Bueno, lo que estuvo a punto de pasar.

Oh, sí, sé muy bien lo que estuvo a punto de pasar. Tu boca en mi boca. Lo sé se sobras. Pero lo que no sé es si yo quiero eso.

Touya se sonrojó hasta límites insospechados y bajó la cabeza, evitando el contacto visual con N.

-…Me acuerdo, sí –dijo voz tan baja que ni tan siquiera un Hydreigon con sus tres cabezas lo hubiese podido escuchar. Pero N lo hizo.

-Quería explicarte sobre ese asunto –salvando la distancia que les separaba con un corto paso, el entrenador de pelo verde rompió el espacio vital de Touya con su cuerpo. Con lentitud, levantó una mano y le cogió el mentón para levantarle la cabeza y descubrir el color rojo Darmatian en su cara. Le sonrió con ternura y le empezó a acariciar con un dedo- Necesito hablar contigo sobre ese… "beso".

¡Bingo especial, señores! Había dicho la palabra del premio gordo. A Touya las piernas se le volvieron de chicle y casi se cayó, pero se obligó a mantener la compostura.

-Ya, claro… eso –no, no podía pronunciar la palabra, aun se le atragantaba.

-Sí, eso –contestó N, acariciándole aun el rostro con su dedo pulgar-. La cuestión es… que yo QUERÍA eso, Touya. No sé si me explico. No fue algo premeditado y llevado a cabo como un plan militar. Era algo que sentí en aquel momento y que quería tener. Quería un beso tuyo. Supongo que después de hablar contigo, algunas cosas me quedaron claras.

Oh, no. No, no, no, no. Esto no puede estar pasando. No. Ni hablar. Debe ser una sobredosis de electricidad o alguna cosa de estas.

-¿Y tú? –preguntó N agachando un poco más la cabeza- ¿Querías ese beso tanto como yo?

Oh, por supuesto que sí lo querías. No te engañes más, bobo. Una voz desconocida habló en la mente de Touya. Rotunda, imbatible. Como si alguien se hubiese colado en la fiesta que era ahora mismo su cerebro y se hubiese dedicado a poner orden.

-Yo… yo… -Sí lo querías. No hiciste nada para impedirlo, ni para apartarte. Estaba claro que lo querías, aunque no lo buscases-. Yo… -sentía que había olvidado hablar. Ninguna palabra coherente acudía a su boca, así que no dijo nada, y se limitó a sonrojarse más, si cabía.

-¿Te desagradó la idea de un beso mío? –preguntó N con dulzura y armado de paciencia. Touya negó con la cabeza. Qué demonios. Es verdad, la idea no me disgustó. N sonrío con evidente emoción en su cara- ¿T-te importaría… que lo volviese a intentar? –ahora lo vio claro. En sus ojos verdes, que lo miraban con desesperación. Pese a su fachada enigmática y sosegada, N estaba tan nervioso como él. Sin saber muy bien que parte de su embotado cerebro lo había ordenado, volvió a negar con la cabeza, dándole luz verde a N para que hiciese lo que le apeteciese.

Como una enorme y potente corriente electrizante que dejaba en ridículo a toda la Cueva Electrorroca, sus labios y los de N entraron en contacto. Despacio, muy despacio. Como una cuenta regresiva que nunca acababa, N se abalanzó lentamente hacía Touya, mirándolo directamente a los ojos, avisándole de lo que se acercaba, y de que no se podría echar atrás. Y el otro chico tampoco quería moverse. Sí, vale, de acuerdo, voz sabionda de mi cabeza, QUIERO esto. ¿Contenta? Y los disfrutaba. La boca de N era… dulce. Suave. Cándida. El chico del pelo verde aprisionó su cara con las dos manos sin romper el beso, y Touya, por instinto o vete Arceus a saber por qué, se abrazó a su cintura para acomodarse. Sintió fuego en su estómago. No fuego violento, si no fuego… cálido. Notó la lengua de N asomando por su propia boca, tímida, pidiendo permiso. Y se lo dio. Ambas lenguas se entremezclaron mientras su abrazo se estrechaba, sus cuerpos se tocaban y sus cabezas ardían. Sí, eso le gustaba. Por supuesto que le gustaba. El chico del pelo verde se aparto, separando sus labios, y se lo quedó mirando con cara de inmensa alegría. Y Touya notó que sonreía. Ampliamente. Y que no podía, ni quería, dejar de hacerlo.

-Touya… -dijo N, rompiendo el abrazo para aclararse la garganta y poder contemplar al otro chico sin cortapisas-. Tú me… Bueno, tú… Tú me gus…

Una enorme explosión poco oportuna ahogo las palabras de N. Ambos se giraron alarmados hacía el origen de tal estruendo, fuera de la habitación de cristal, y corrieron a ver qué pasaba.

-Siempre nos tienen que interrumpir –dijo N, furioso.

La escena que allí encontraron los dejó tan sorprendidos que ya dudaron si no se trataba de un sueño.

Touya reconoció a la profesora Encina y a Bel, ambas con expresión enfadada, luchando contra los miembros del Equipo Plasma, furiosos ellos también. Y las explosiones estaban provocadas por el contraataque de un Watchog de los Plasma contra el Vozarrón del Minccino de la Profesora.

-¡Touya! –le llamó Bel en cuanto lo vio.

-¡Señor N! –los ladrones hicieron lo mismo.

Y allí estaban ellos, inmóviles, uno al lado del otro.

-¡Touya, ven aquí! ¡Es peligroso! –exclamaba Bel.

-¡Aléjate de ese muchacho, Touya, es el Líder de estas alimañas! –le ordenó Encina.

-¡Nuestro Señor N, aléjese de ese indeseable! –dijo una recluta del Equipo Plasma.

Pero no se movieron. Al menos, no enseguida. Tardaron varios segundos en analizar la situación, comprenderla y juzgar. N se movió antes, dando un paso hacia delante.

-¡Un poco de respeto! ¡Este chico no es un indeseable como decís! ¡Es…! –N no pudo acabar la frase. La voz le desapareció en un momento y no dejó ni rastro. Touya empezó a caminar, con cabeza gacha, hacía la profesora y la joven rubia que lo aguardaban. Sin dudar, sin hacer nada. Simplemente obedeció y se fue. Sintió que se quedaba sin aire y que todo el color de la cara se transformó en blanco cera.

Cobarde. Eres un maldito y asqueroso cobarde. La voz de su cabeza aun seguía hablando para cuando se reunió con Bel y Encina. CO-BAR-DE. ¿Qué pasa, te da miedo que te vean con él? Lo acabas de besar, ¿no es cierto? ¿O es que eres tan cobarde que lo negarás? Míralo. Mira a N si tienes lo que hay que tener. ¡Cobarde! No, no iba a hacerlo. No iba a mirarlo. No podía hacerlo. Sabía lo que se encontraría si lo hacía. A un N… triste. Casi pudo sentir como se rompía por dentro cuando se alejó de su lado. Era un cobarde, sí. No podía negarlo. Ni quería hacerlo. Pero tampoco quería ver a un N en ese estado. Bel lo llevó a la salida de la cueva para cuando la profesora Encina se había encargado de amenazarles nombrando a un par de personas influyentes en Teselia, así que cogieron a su Señor N y se fueron a toda prisa. Lo había hecho, y no sabía aun porque. Dejó que la lágrima que asomaba por su ojo cayese para chocar contra la hierba de Ciudad Losa.