─¡Dios libre a Malcom de la Maldición de La Rosa!

─¡Caramba Malcom! ¡No hagas tanto alboroto por nada! ¡Es sólo un capullo! ─una grácil y delicada mano apareció en escena, aferrando el delicado botón de rosa que el joven jardinero había lanzado lejos de sí en un arranque inexplicable de pánico.

─Discúlpeme, señorita Aislyn, no sabía que andaba usted por aquí ─haciendo gala de su perfecto entrenamiento, el muchachito se inclinó en una reverencia de cortesía. Ahora parecía asustado por partida doble, y también consternado; no había querido que ella, entre todas las personas, le escuchara. Había sido su sincera y emotiva despedida secreta a la mujer que, día a día, hombro con hombro, había trabajado con él, enseñándole todo lo referente al cuidado de los jardines, en especial de las rosas.

─¡Tonterías! ─la mano hizo un gesto y la visión de la joven dejó al empleado en silencio. Ella aspiraba con los ojos cerrados el aroma singular del capullo; la melancolía mezclada con añoranza era evidente en cada uno de sus rasgos.

No eran rasgos corrientes, por supuesto. La muchacha era alta y delgada; su innata elegancia puesta de manifiesto en cada uno de sus movimientos. Los delicados pies, calzados con las zapatillas más cómodas, al último grito de la moda, visibles entre los pliegues de la amplia falda que la proclamaba como alumna del Instituto St. Sophie no daban indicios de su estatura, considerablemente superior al promedio entre las chicas de su edad. Más allá de toda discusión se encontraba su ascendencia, remarcada por la voluntariosa barbilla que, unida a una naricilla respingona pegada en medio de unos ojos color zafiro, la proclamaban como la indiscutible hija de quién era.

─Perdón, señorita…─ el jardinero protestó, intentando disculparse, se percibía en su tono el respeto unido a la familiaridad que le otorgaba el haber sido vapuleado por ella cientos de veces los últimos diez años. Malcom no se explicaba cómo el ser víctima una y otra vez de las travesuras de una señorita de sociedad, inquieta cual camada de cachorros, podía elevar su rango; pero así era. Si había una persona a la que Aislyn toleraba la estupidez era a él y sólo a él. Tenía en los oídos de la memoria suficientes diatribas con otros tantos empleados e incluso caballeros como para saber que era afortunado por lograr escapar con apenas unas palabras de reconvención.

No es que Aislyn no fuera una dama educada y perfectamente cortés; no. Su madre, quien la adoraba sin reservas, no había cometido ningún fallo en su educación. Lo que sucedía es que poseía un vivo genio, fruto de la mezcla de su herencia escocesa y americana, que le resultaba difícil contener la mayor parte del tiempo. Sus genes estaban tan caprichosamente mezclados, que su personalidad resultaba una deliciosa combinación imposible de ignorar y digna de aplaudir. Justo como ahora, que había pasado de la tristeza a la impaciencia sin abandonar ninguna de las dos, ajena a todo cuanto no fuera el momento presente y el aroma de las Sweeties.

─La maldición no existe Malcom ─dijo; su dulce voz teñida con exasperación, libre de la genuina tristeza dibujada en su rostro─, fue un cuento chino de William; uno muy malo, por cierto; para burlarse de tus exagerados cuidados al podar las Sweeties y, de paso, provocar la ira de mamá. Nada pasa por un pequeño capullo. Además, sobra decir que no conozco quién las cuide mejor que tú. Mamá te entrenó bien ─dijo, esbozando apenas una sonrisa; esforzándose por ahuyentar las nubes del duelo recientemente vivido.

─Gracias, señorita.

Un rubor de complacencia se expandió por el juvenil rostro del jardinero, olvidada ya la maldición y el hecho de que cortar por puro descuido una Sweetie, como Aislyn las llamaba, bien podría valerle una llamada de atención del dueño de la propiedad. Especialmente en esos días en que el ambiente de la mansión sólo podía calificarse de perturbador.

Malcom esbozó una sonrisa apenas perceptible, ante la posibilidad de contemplar ese extraño y peculiar rasgo de Lord William Ardley, quien, por lo general, era un caballero en todos los sentidos; cortés la mayor parte del tiempo y alegre lo que restara. No obstante, si había algo que disgustara profundamente al amo, era ver cualquier evidencia de descuido en los jardines privados de la mansión, que eran el santuario de las Sweeties.

Con la profunda comprensión del cariño compartido, Malcom había supuesto, sin atisbo de duda, que ahora ese peculiar celo se extendería a los setos recién plantados sobre la tumba; razón por la cual se encontraba, en esos momentos, realizando su concienzuda labor en ese lugar. Había esperado a la hora de la comida, cuando todos estuvieran ocupados y no pudieran observarlo dirigirse hasta allá; no quería perturbar la frágil calma de la mansión, apenas conseguida tras el agotador funeral que reunió a más miembros de la familia de los que hubiera podido imaginar que existían.

Mientras Aislyn permanecía en silencio frente a la tumba, contemplando las rosas recientemente plantadas, Malcom permitió a su mirada vagar más allá de las nubes grises que abotagaban el cielo, pensando que, con toda seguridad, su ama velaba por Lakewood desde allí. Los recuerdos de tiempos más felices continuaron pasando por su mente, en un silencioso homenaje.

Años atrás, cuando los niños Ardley habían arribado a la mansión y las normas de comportamiento que separaban a la servidumbre de los propietarios aún no estaban lo suficientemente aprendidas y no eran importantes, Aislyn y Alistair le habían permitido acompañarles en su larga jornada de travesuras que, en ocasiones, comenzaba antes del amanecer y concluía siempre con algún intempestivo desaguisado que provocaba el confinamiento de ambos en la biblioteca hasta la hora de la cena, y, por supuesto, una represalia por haber arrastrado al pequeño hijo del jardinero a sus maquinaciones.

Fue en ese entonces que Lord William, como era llamado el primogénito y heredero, había acuñado la leyenda de la Maldición de la Rosa, provocando con este incidente diversas reacciones entre los demás miembros de la familia: los ojos de la señora Candice habían brillado con fuerza inusitada y dejó asomar una sonrisa extrañamente melancólica a sus labios, mientras que lord Archibald había perdido todo estilo al dejar caer el oporto, el carísimo oporto de la cosecha reservada para navidades, al escuchar semejante historia; para los gemelos fue una novedad tan interesante que ocuparon casi dos meses en relatarla a todo aquel que estuviera disponible, y no, para escucharlos.

Eran otros tiempos; recordó Malcom. Tiempos de risas y felicidad; de despreocupación y diversión; de esperar el amanecer con ansiedad para ver qué sorpresa traía el nuevo sol. Tiempos en los que Aislyn cabalgaba por horas en la pradera y Lord William reía de verdad. Tiempos en los que la amada presencia de Candice White Ardley todavía llenaba cada rincón de Lakewood.

Malcom contuvo un suspiro, evocando, sin necesidad de mirar, los hermosos capullos de Sweeties que, listos para florecer, aguardaban el sol, suspendidos en el seto frente a él, como un vivo testimonio del fluir del tiempo y de la vida; de esa vida que parecía haber abandonado la mansión cuando su ama partió. Una parte de la tristeza de Aislyn era también de él. Pese a ser el hijo de un jardinero, la señora había compartido con él momentos inolvidables que atesoraría siempre en lo más profundo de su alma.

─Cuida bien de las rosas Malcom ─dijo Aislyn tras él, con tono comprensivo; su voz revelando el profundo dolor que aún permanecía en ella y que, tal vez, nunca se iría. Su voz diciéndole, sin palabras, que comprendía y agradecía el gesto que había realizado momentos antes─. ¡Cuídalas!… ¡o las pecas de la nariz de mamá se pegarán en la tuya!

Aún contemplando las nubes, Malcom sintió, más que ver, el guiño travieso de unos ojos verdes; sintió más que escuchó, la inevitable carcajada que, viajando desde el más allá, cruzó el espacio llevando el mensaje de amor de Candice White Ardley hasta su corazón.

Sonriendo, por primera vez en días, Aislyn se alejó de ahí dejándolo con sus recuerdos. Mientras que, sobre la llanura visible desde la Tercera Colina de Pony, un relámpago anunció el inicio de la tormenta más fuerte de la temporada.