─¿Piensas que mamá lo sabía? ─inquirió Aislyn, con cierto dejo de censura. Pese a que había sido grata, la sorpresa de descubrir a un nuevo heredero Ardley resultaba tremendamente abrumadora, dadas las circunstancias de su nacimiento. Aislyn aún tenía problemas para mirar directamente en los ojos de su hermano mayor; imaginar a William cautivo de una pasión prohibida no era su fuerte.

─Fue Candice quien envió a la señora Dorothy a residir a Finca del Cobre ─dijo William, con expresión imperturbable. Al contrario que Aislyn, él no parecía contrariado por la noticia. Sin dar muestra alguna de emoción, continuó explicando ─. Siempre fueron muy amigas. Candice lo supo desde el principio. El último viaje que realizó tío Archibald a México coincide con las fechas; Candice fue quien lo envió para que estuviera presente en el nacimiento, ella bien sabía que podía ocurrir… bueno… lo que casi ocurrió hoy, aunque con consecuencias diametralmente diferentes. Emilia no se caracterizaba precisamente por su buen juicio y era necesaria una negociación.

La verdad de sus palabras afectó a Aislyn positivamente. Percibió que William había utilizado el nombre propio de su madre, tal y como siempre hacía cuando deseaba consultarle alguna decisión específica o expresar admiración sin reservas por la aguda inteligencia de la cabeza visible de la familia. Para William, llamar Candice a su progenitora era dispensarle un máximo respeto; aunque, en contadas ocasiones, como esta, el nombre adquiría en su voz una sutil frialdad.

─Pero…¿Porqué darle tu nombre? ¡El nombre de William le pertenece al primogénito!

─Bueno… ─William hizo una mueca circunstancial, que evidenció su postura con claridad y no dejó lugar a dudas de que se estaba tomando la noticia con filosofía─. Él es mi primogénito; aunque no tenga posibilidades de aspirar a la línea de sucesión. Es un Ardley de hecho, pero no de derecho. El hacendado lo registró bajo su tutela y es un legítimo De Arredondo y Huesca, heredero además. Presumo que el primer nombre fue añadido a petición expresa de Candice, por conducto del tío Archibald.

─¡William! ─el tono escandalizado de Aislyn llenó la biblioteca, expandiéndose más allá, hasta el balcón central de la mansión, para perderse, capturado por las suaves ráfagas de aire que se estrellaban contra los muros, ambientando la tranquila noche con el susurro musical de plañideras notas místicas. Para Aislyn resultaba extraordinario descubrir el resentimiento de William, patente en cada inflexión de su voz; no le cupo duda de que él responsabilizaba a su madre por semejante situación.

─¿Cuál es el problema Aislyn? ─inquirió el heredero en el habitual tono condescendiente reservado para la única mujer en la línea de sucesión, su penetrante mirada le reveló que él conocía sus pensamientos─. Las cosas sucedieron de esa forma, y no puedo hacer más. Mamá nunca dio el tipo de madame Aloy, pero en esta ocasión en particular, demostró ser una discípula formidable.

─¿La estás responsabilizando de tus errores? ─la consternación era evidente en la voz de Aislyn. Aunque acostumbrada a dialogar de esa forma con su hermano mayor, esta vez se sentía incómoda por la madurez que la situación exigía de ella y, además, se encontraba sumamente confundida al descubrir facetas que le habían pasado por completo desapercibidas tanto en su madre, como en William. Casi lamentó haber bajado esa noche a la biblioteca; casi, porque, a decir verdad, todo el embrollo le resultaba en extremo fascinante.

Pese a todo, Aislyn lamentó en seguida el haber formulado semejante pregunta; bastó una mirada a la sombría expresión en el rostro de William, acentuada por el brillo de las llamas de la chimenea, para saber que se había lanzado al mar en plena tormenta. Nunca, en toda su existencia, había visto a su hermano tan perturbado.

─La primer noticia que tuve de la existencia de William se remonta a aquella noche hace más de cuatro años, cuando, entre las acciones de Western & C, descubrí los documentos que acreditaban la identidad de mi hijo, ¡Mi hijo! ─explicó William en un tono que había perdido su rítmica cadencia de cortesía transformándose en un perturbador lamento de ira. La ferocidad de su mirada se estrelló en el resplandor del fuego, el tono escandalizado no había abandonado aún su voz cuando prosiguió sus palabras─. Incluso había notas de tío Archibald respecto a las conversaciones sostenidas con De Arredondo y Huesca, Emilia y la propia Dorothy. Hay también cartas personales de Dorothy informando periódicamente todo cuanto ocurría en Finca del Cobre. Candice miró crecer a William a distancia ¿entiendes? lo supo todo, todo el tiempo, con lujo de detalles, y nunca me dijo una sola palabra, nunca escupió la verdad a mi cara, pese a que sabía que lo de hoy podía ocurrir en cualquier momento. ¡Maldita sea! ¡Incluso su funeral resultó un adecuado marco para la presentación de William! ¡Eso es demasiado!, incluso para ella. Padre tenía razón cuando la acusaba de conspirar con el cielo.

Aislyn guardó silencio en espera de que William se recobrara. Estudiando su reacción percibió que había más, mucho más de lo que quizás William revelaría nunca, en aquella historia extraordinaria por la cual el destino había elegido traer al mundo al primer vástago de la siguiente generación.

Una parte de Aislyn, aquella donde se resguardaba su inquebrantable lealtad, creía que su madre había acertado en sus decisiones respecto a William Antonio José Francisco De Arredondo y Huesca Comonfort; sin embargo, la otra parte, aquella que había saltado de alegría al conocer al adolescente venido de México, elevó un silencioso reproche al cielo, esperando que su madre recibiera un poquito de su congoja.

Aislyn pensó en las palabras de su hermano: por supuesto que recordaba aquella noche, años atrás, cuando William y su madre discutieron acaloradamente. William salió visiblemente alterado de la mansión y no regresó en más de cuatro meses. Fue la primera vez que la familia no estuvo reunida al completo para las navidades, y la cacería del zorro estuvo a punto de ser cancelada a falta del presidente. Sin embargo, todo había quedado en un mal rato, puesto que William jamás desatendió su lugar habitual en la vida familiar y, pese a estar ausente de la mansión, cumplió cabalmente con sus compromisos como Jefe del Clan. El problema, como todos bien comprendieron, se había dado exclusivamente entre Candice y él.

─Nunca lo olvides Aislyn ─advirtió su hermano. Luego, con un tono que sugería genuina, aunque reacia, admiración, continuó diciendo─: Jamás culparé a mamá por algo así. Si hubo algún error, y lo hubo, el único responsable fui yo. Por el contrario, le estaré eternamente agradecido a Candice por garantizar el vínculo que trajo a William de regreso a Lakewood. Las decisiones de Candice siempre fueron las mejores; yo no discuto esa verdad. Ni siquiera padre habría superado un éxito como este. La fortuna de los Arredondo y Huesca está ahora en las capaces manos de los Ardley, lo cual nos da una oportunidad única más allá de la frontera e incluso en la Europa peninsular. William tiene en sus manos las bases para consolidar el futuro de por lo menos cinco generaciones y lo ayudaremos a conseguirlo, cueste lo que cueste.

Con esa sentencia, la conversación murió y ambos hermanos guardaron silencio, sumidos cada uno en sus muy personales reflexiones. Ella, concentrada en el desasosiego que siempre sentía cuando se mencionaba a su padre, a quien jamás había conocido; él, por su parte, rumiando el dolor que creía olvidado desde hacía más de una década: aquel que le recordaba que había perdido, a muy temprana edad, una parte de su alma.

Desde la chimenea, a unos pasos de donde ambos se encontraban sentados, se escuchó el crujir de los leños que, por un instante, chisporrotearon alegremente provocando que las sombras de la estancia danzaran cual fantasmagóricos entes. Tras los cristales del enorme ventanal, pudo vislumbrarse el resplandor inigualable de la tormenta eléctrica que comenzaba a fraguarse en la lejanía, como un adecuado complemento a la sombría noche.